Conocer al Corazón Inmaculado

LA DEVOCIÓN AL CORAZÓN INMACULADO
DE MARÍA A TRAVÉS DE LOS SIGLOS

La devoción al Corazón Inmaculado de María no apareció súbitamente en Fátima en 1917. El mensaje de Fátima es la coronación de una piedad cuyo fundamento se en cuentra en la Sagrada Escritura, que no ha dejado de desarrollarse a lo largo de la historia, y que está en el corazón de la espiritualidad católica. Esto es lo que mostrarán las líneas que siguen.

FUNDAMENTOS EN LA SAGRADA ESCRITURA

La palabra “corazón”, que se encuentra cerca de un millar de veces en la Biblia, tiene en hebreo un sentido mucho más vasto que en francés. No significa solamente ese músculo que es un órgano vital de nuestro cuerpo, o incluso nuestra afectividad, sino que designa también nuestra inteligencia con sus facultades (memoria, razonamiento, decisiones), y, de manera más general, el alma humana en todas sus potencias.

Veamos en primer lugar los anuncios o figuras del corazón de Nuestra Señora en el Antiguo Testamento, tales como el Espíritu Santo los hizo discernir a los Padres de la Iglesia y a los escritores eclesiásticos, y tales como San Juan Eudes los menciona en su obra sobre el Corazón de María.

En el Antiguo Testamento

Se puede citar el salmo 44, que la Iglesia hace recitar a los sacerdotes y religiosos en las maitines del miércoles. Ese salmo, que significa ante todo las bodas místicas de Israel con su Dios, ha sido aplicado por la Tradición a la santa Iglesia y también a la santa Virgen María:

— el Rey (Nuestro Señor) está prendado de su belleza: concupiscet Rex decorem tuum (v. 12);

— toda su gloria está en el interior, en su alma: omnis gloria ejus ab intus (v. 13);

— los pueblos la alabarán eternamente: populi confitebuntur tibi in aeternum (v. 18);

Destaquemos también estas palabras del Eclesiástico (24, 24) introducidas en la liturgia: Ego Mater pulchrae dillectionis et timoris et agnitionis et sanctae spei (Yo soy la Madre del amor hermoso, y del temor, y de la sabiduría y de la santa esperanza).

Y no hay que olvidar el Cantar de los cantares, que San Juan Eudes llama “El libro del corazón virginal y de los celestes amores de la Madre del amor hermoso. Es un libro enteramente lleno de divinas sentencias que nos anuncian que ese corazón incomparable está completamente abrasado de amor hacia Diosy completamente lleno de caridad hacia nosotros”. El santo comenta nueve de sus sentencias, aplicándolas a la Virgen María.

En el Nuevo Testamento

Las primeras menciones explícitas del Corazón de María se encuentran en el Evangelio de san Lucas:

— una primera vez después del pasaje de la adoración de los pastores: “Maria autem conservabat omnia verba haec, conferens in corde suo”: María conservaba todas estas cosas –o todos estos recuerdos- meditándolas en su corazón (Lc 2, 19);

— una segunda vez después del hallazgo de Jesús en el Templo: “Mater ejus conservabat omnia verba haec in corde suo”: Su Madre conservaba todas estas cosas en su corazón (Lc 2, 51).

El padre Marc Trémeau O.P., en Le mystère du rosaire, hace interesantes observaciones a propósito de estos dos versículos. Advierte ante todo que verba viene del hebreo dabar, que significa a la vez “palabra” y “cosa”: la santa Virgen no se acuerda solamente de lo que ha escuchado, sino también de todos los hechos de los que ha sido testigo. La palabra conferens, si se recurre a los verbos hebreos HGH y SYH que son el substrato semítico, es de muy rica significación: quiere decir a la vez murmurar, repetir, rememorar, meditar, interesarse, reflexionar. El abate Fillion dice acertadamente a este respecto: “Admirable reflexión, que nos lleva a leer en lo más íntimo del corazón de María. Ella comparaba lo que veía y escuchaba con las anteriores revelaciones que había recibido, y adoraba las maravillas del plan divino”. Esos dos versículos de San Lucas, por tanto, ya nos introducen profundamente en el Corazón de María.

El corazón significa, en el lenguaje bíblico, el alma humana en todas sus facultades. Cada vez que el texto sagrado habla del alma de María, lo que dice puede ser en consecuencia aplicado a su corazón. Para conocer mejor el corazón de María, cabe entonces señalar todas las menciones de su alma en la Sagrada Escritura.

Mencionemos, siempre en San Lucas:

— la palabra del ángel en la Anunciación: “Ave gratia plena, Dominus tecum”: Salve llena de gracia, el Señor es contigo (Lc 1, 18). Aquí se ve la plenitud de gracia de la Virgen María. Es su Corazón Inmaculado.

— la respuesta de Nuestra Señora: “Quomodo fiet istud, quoniam virum non cognosco? (…) Ecce ancilla domini, fiat mihi secundum verbum tuum”: ¿Cómo será eso, pues no conozco varón? (…) Yo soy la esclava del Señor, hágase en mi según tu palabra (Lc 1, 34-38). Aquí tenemos la virginidad del Corazón de María y la plena sumisión de la Madre de Dios a la voluntad de su creador.

— el episodio de la Visitación: “Abiit in montana cum festinatione. (…) Ecce enim ut factaest vox salutationis tuae in auribus meis, exsultavit in Gaudio infans in utero meo”: Ella (Nuestra Señora) partió apresuradamente hacia la montaña. (...) Pues desde el mismo instante en que tu saludo sonó en mis oídos, el hijo saltó de gozo en mi seno (Lc 1, 39-44). Aquí está la caridad del Corazón de María y su mediación.

— el Magnificat (LC 1, 46-55), que es, según la expresión de San Juan Eudes, el “cántico del Corazón de la Santísima Virgen”, nos revela su profunda humildad.

— las palabras del anciano Simeón cuando la presentación del Niño Jesús en el Templo: “Et tuam ipsius animam doloris gladius pertransibit”: Una espada de dolor traspasará tu alma (Lc 2, 35). Es el Corazón Doloroso de la Corredentora.

Se puede decir que los dos primeros capítulos del Evangelio según San Lucas contienen en substancia toda la teología de la devoción al Corazón Inmaculado de María.

San Juan, al relatar la tercera palabra de Nuestro Señor en la cruz (Ecce Mater tua, he ahí a tu madre, Jn 19, 27), agrega la maternidad espiritual del Corazón de María.

De lo que acabamos de ver, se puede ya concluir que:

— el Corazón de María es ante todo el corazón físico, corporal, de la Santísima Virgen, cuya dignidad procede del hecho de estar animado por el alma incomparable de la Santísima Virgen que lo hace latir de amor por Dios y por nosotros;

— más profundamente, el Corazón de María representa lo que San Juan Eudes llamará su corazón espiritual, es decir, toda la vida interior de Nuestra Señora, y especialmente su vida de unión con la Santa Trinidad y con su divino Hijo. La Santísima Virgen fue la primera en participar del amor del Corazón de Jesús, Ella es el modelo de la perfecta devoción al Sagrado Corazón.

LA DEVOCIÓN AL CORAZÓN DE MARÍA EN LOS PADRES DE LA IGLESIA

Estamos obligados a limitarnos. Citaremos a San Agustín, San León Magno, San Juan Damasceno y San Bernardo.

San Agustín

El texto de San Agustín habitualmente citado a propósito del Corazón de María se encuentra en su tratado de la virginidad, en el capítulo tres:

“A quien le decía: “Bienaventurado el seno que te llevó”, Cristo mismo le respondió: “Bienaventurados más bien los que escuchan la palabra de Dios y la practican” (Lc 11, 27-28). A fin de cuentas, a sus hermanos, es decir, a sus prójimos según la carne, que no creyeron en él, ¿de qué les sirvió ese parentesco? Del mismo modo, el vínculo maternal no habría servido de nada a María si ella no hubiera sido más bienaventurada por llevar a Cristo en su corazón que en su carne”.

San Agustín nos enseña aquí que es sobre todo el Corazón de María el que ha concebido a Nuestro Señor, en la medida en que su alma ha correspon dido perfectamente al designio de Dios sobre ella, y así ha permitido al Verbo de Dios encarnarse en su cuerpo. Comentando todavía a San Lucas (1, 45), escribe asimismo:

“La Virgen María, creyendo, creyó en Él (Nuestro Señor); creyendo, lo concibió. (…) Totalmente llena de fe, ella concibió a Cristo en su espíritu antes de concebirlo en su seno. Yo soy, dijo, la esclava del Señor”.

San León Magno

El papa San León retoma la misma idea en uno de sus célebres sermones sobre la natividad de Nuestro Señor, apoyándose sobre el mismo pasaje de San Lucas (1,45):

“De la raza de David es elegida una Virgen de sangre real que, llamada a llevar un retoño sagrado, concebirá en su espíritu antes que en su cuerpo esa divina y humana descendencia”.

San Juan Damasceno

San Juan Damasceno, por su parte, celebra la pureza del Corazón de María:

“Tu corazón es de una pureza sin mancha: no vive más que de la contemplación y del amor de Dios”. Además, ve en la hoguera de Babilonia una figura del corazón de Nuestra Señora: “¿No era a ti a quien esa hoguera representaba? Y el fuego ardiente y refrescante del que estaba llena, ¿no es la imagen del amor ardiente con que tu corazón estaba completamente abrasado?”

San Bernardo

San Bernardo habló con frecuencia del Corazón de María. Escuchémoslo hablando del Corazón Doloroso de Nuestra Señora:

“¡Oh! Sí, la espada traspasó tu alma, y no es más que atravesándola que llegó al cuerpo de tu Hijo. Habiendo Jesús rendido el último suspiro, su alma no fue alcanzada por la lanza cruel que le abrió el costado: es la tuya la que recibió el golpe. ¡Oh! Podemos decirlo con certeza, tu dolor fue más duro que el martirio, pues la compasión del corazón es más dolorosa que los sufrimientos del cuerpo”.

Y San Bernardo exalta en una oración la misericordia del Corazón de María:

“Abre, oh Madre de misericordia, abre la puerta de tu corazón benignísimo a las plegarias que te hacemos con suspiros y gemidos. Tú no rechazas ni miras con horror al pecador, aunque esté todo podrido de crímenes, si clama a ti y si implora tu intercesión con un corazón contrito y penitente. Y no es esto maravilla, oh mi Reina, si el santuario de tu corazón está repleto de tan grande abundancia de misericordia, pues esta obra incomparable de misericordia, ordenada por Dios antes de todos los siglos para nuestra redención, se ha cumplido en tu seno, donde el creador del mundo se ha dignado poner su morada”.

LA DEVOCIÓN AL CORAZÓN DE MARÍA EN LOS MONASTERIOS DE LA EDAD MEDIA

Hemos citado ya a San Bernardo. Mencionemos a tres monjas: Santa Matilde, Santa Gertrudis y Santa Brígida.

La devoción al Corazón de María se desarrolla ahora ampliamente, a la par de la devoción al Corazón de Jesús.

Santa Matilde

Un día, Nuestro Señor se dignó enseñar por sí mismo a Santa Matilde la manera de honrar al Corazón de su Madre. En tiempo de Adviento, como ella deseaba ofrecer sus homenajes a la bienaventurada Virgen María, el Señor le enseñó lo que sigue:

“1º) Venera el Corazón virginal de mi Madre, a causa de la sobreabundancia de todos los bienes que lo han hecho tan amable a los hombres; ese Corazón era tan puro que emitió ante todo el voto de virginidad; 2º) Venera ese Corazón cuya humildad mereció concebir del Espíritu Santo; 3º) Ese Corazón lleno de devoción y de deseos que me han atraído hacia sí; 4º) Ese Corazón ardentísimo de amor hacia Dios y hacia el prójimo; 5º) Ese Corazón que ha conservado tan fielmente dentro de sí todas las acciones de mi infancia y mi juventud; 6º) Ese Corazón que fue traspasado en mi Pasión por estigmas de los que no pudo jamás perder la memoria; 7º) Ese Corazón fidelísimo, pues consintió en la inmolación de su Hijo único para la redención del mundo; 8º) Ese Corazón inclinado a interceder sin cesar por el bien de la Iglesia naciente; 9º) En fin,venera ese Corazón completamente entregado a la contemplación y que, por sus méritos, obtuvo la gracia para los hombres”.

En virtud de ello, aprendemos que el fundamento más importante de nuestra devoción al Corazón de María es la devoción que Nuestro Señor mismo tiene al Corazón de su Madre. Se comprende por qué la Virgen María dirá el 13 de junio de 1917 en Fátima: Jesús quiere establecer en el mundo la devoción a mi Corazón Inmaculado”.

Pero Nuestra Señora misma manifiesta a la santa los sentimientos que llenaron su corazón en los principales misterios de su vida. Así, a propósito de la Purificación:

“Después de su nacimiento, yo esperaba con un indecible gozo el día en que ofrecería ese Hijo a Dios Padre, como hostia muy agradable que por sí sola ha hecho aceptas a Dios todas las hostias ofrecidas desde el principio del mundo. Mi devoción y mi reconocimiento eran tan grandes, desde que la presenté, que si la devoción de todos los santos se encontrara reunida en un solo corazón humano, ella no podría siquiera compararse a la mía; pero a la palabra de Simeón “Una espada atravesará tu alma”, todo mi gozo se cambió en dolor”.

La Virgen María contó otro día a la santa de qué manera su alma era una perfecta semejanza de la Santa Trinidad:

“La Santísima Trinidad me ha amado tanto desde toda la eternidad, que siempre ha tenido una particular complacencia en pensar en mí. (…) Ella quería hacer de mí una imagen perfecta donde se manifestara todo el arte maravilloso de su sabiduría y de su bondad”.

Santa Gertrudis

Se encuentra un pensamiento similar en las revelaciones hechas a Santa Gertrudis:

“Durante las Maitines, durante el canto del Ave María, ella vio tres arroyos impetuosos brotar del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; ellos penetraron con el impulso de una infinita suavidad en el corazón de la Virgen María, y de ese corazón saltaron de nuevo hacia su fuente con una fogosa impetuosidad. Pues bien, dentro de ese torrente de la Santa Trinidad, le fue dado a la bienaventurada Virgen ser la más poderosa después del Padre, la más sabia después del Hijo, la más benigna después del Espíritu. Ella aprendió además que todas las veces que los fieles rezan devotamente sobre la tierra esa salutación angélica, es decir el Ave Maria, esos torrentes, con una impetuosidad renovada, vienen a rodear por todas partes a la bienaventurada Virgen con la abundancia de sus aguas, y a penetrar con una fuerza nueva en su Corazón santísimo para saltar enseguida hacia su fuente en una delectación maravillosa. Y desde esa fuente, torrentes de gozo, de delicias y de eterna salud inundan a cada uno de los santos y de los ángeles y, todavía más, a cada uno de los que sobre la tierra hacen memoria de esa salutación. Así, en cada uno es renovado todo el bien que les ha venido por la encarnación del Hijo de Dios, portador de salud”.

Santa Brígida

En lo que respecta a Santa Brígida, he aquí la oración que prueba, si fuera necesario, la gran devoción de la santa al Corazón de María:

“Oh Virgen incomparable, oh amabilísima María, vida y alegría de mi corazón, yo venero, amo y glorifico con todas las potencias de mi alma tu dignísimo Corazón, el cual a tal punto fue abrasado de ardentísimo celo por la gloria de Dios, que las llamas celestes de tu amor, habiéndose remontado hasta el mismo corazón del Padre eterno, han atraído a su Hijo único junto al fuego del Espíritu Santo a tus purísimas entrañas, aunque de tal manera que Él ha permanecido en el seno del Padre”.

Un rasgo particular y remarcable de la piedad de Santa Brígida es que el Corazón de María es con frecuencia representado como no siendo sino uno con el Corazón de Jesús:

El corazón de mi Madre era como mi corazón, dijo un día el divino Maestro a la santa. Por ello puedo decir que mi Madre y yo hemos obrado la salvación del género humano con un mismo corazón, en cierta manera, quasi uno corde, yo por los sufrimientos que llevé en mi cuerpo y en mi corazón, y ella por los dolores y el amor de su corazón.

Ten por cierto, le dijo un día Nuestra Señora, que yo he amado a mi Hijo tan ardientemente y que Él me ha amado tan tiernamente, que Él y yo no somos, por así decirlo, más que un solo corazón, quasi cor unum ambo fuimus.

Esto es lo que pondrá de relieve muy particularmente San Juan Eudes. Volveremos a hablar de ello más adelante.

LA REVELACIÓN DEL ROSARIO A SANTO DOMINGO

Al hablar del Rosario no nos alejamos de nuestro tema. Muy por el contrario. La donación del Rosario a Santo Domingo (1170-1221) por la santísima Virgen María, dio paso a una etapa decisiva en la devoción a su Corazón Inmaculado.

En efecto, el Rosario consiste esencialmente en meditar, contemplar, los misterios de la vida de Nuestro Señor. Ahora bien, el Corazón de María es el depositario de los misterios de la vida de Jesús, como lo ha enseñado el evangelista San Lucas (supra).

Por tanto, el Corazón de María es el que nos enseñará el secreto. ¿Cómo? Por las gracias que su mediación nos obtiene cuando recitamos las Ave.

Como lo dice además el padre Vayssière O.P.: “Rezad cada decena, menos reflexionando que comulgando por el corazón con la gracia del misterio, con el espíritu de Jesús y de María tal como el misterio nos lo presenta. (…) El rosario así practicado no es ya solamente una serie de Ave Maria piadosamente recitadas, sino que es Jesús mismo reviviendo en el alma por la acción maternal de María”.

Al revelar el Rosario a Santo Domingo, la santísima Virgen María nos invitaba a penetrar en su Corazón para hacer nuestros sus sentimientos para con su divino Hijo.

Se puede decir que todos los apóstoles y predicadores del Rosario son apóstoles y predicadores del Corazón de María y contribuyen a propagar su devoción y su reino en las almas y sobre esta tierra.

El Rosario se volverá a encontrar en el centro del mensaje de Fátima.

* * *

Si seguimos recorriendo los siglos, habría que citar entre los grandes devotos del Corazón de María a San Buenaventura, San Lorenzo Justiniano, San Bernardino de Siena, San Ignacio, el venerable Luis de Granada O.P., San Pedro Canisio, el cardenal de Bérulle, etc. San Francisco de Sales le dedica su Tratado del Amor de Dios, donde señala que “la sagrada Virgen no tenía más que un alma, un corazón y una vida con su Hijo”. Pero debemos detenernos más largamente en San Juan Eudes.

SAN JUAN EUDES

San Juan Eudes (1601-1680) va a contemplar al Corazón de María en su plenitud de gracias, tal como fue saludada por el Ángel en el día de la Anunciación: Ave, gratia plena (Lc 1, 28). “Así contemplado, el Corazón de la Virgen viene a ser como el vaso comunicante en que se vierte el Corazón de Jesús para de allí derramarse en todos los bautizados”. Esta meditación contemplativa es la que nutre los primeros años del santo.

Habiendo entrado primero en el Oratorio, funda en 1641 la Congregación de Nuestra Señora de la Caridad, destinada a los penitentes, y que dedica al Corazón de María. Luego, en 1643, funda la Congregación de Jesús y de María, para la formación del clero en los seminarios y la renovación del espíritu cristiano en el pueblo por la predicación de misiones. Dedica inmediatamente la naciente sociedad al Sagrado Corazón de Jesús y de María. La palabra “Sagrado Corazón” está en singular. San Juan Eudes se sitúa en este punto en la línea de las revelaciones de Nuestra Señora a Santa Brígida, pero también de San Francisco de Sales, de Bérulle y de M. Olier: es cautivado por el misterio de intimidad en que el Hijo y la Madre no tienen sino una sola vida.

Los dos Corazones entran en la liturgia

La consagración de dos obras a Jesús y María exigía, como complemento necesario, la organización de los cultos de los Sagrados Corazones para sus miembros. San Juan Eudes compuso primero una salutación al corazón de María, Ave Cor, tomada en préstamo en parte de Santa Matilde, que se difundió rápidamente en muchas diócesis, con gran pesar de los jansenistas que la atacaron encarnizadamente. Allí se encuentra la expresión: “Salve, oh Corazón amabilísimo de Jesús y de María”. El santo explica: “Esta salutación se dirige conjuntamente al santísimo Corazón de Jesús y de María. Pues aunque el corazón del Hijo sea diferente del de la Madre, Dios unió tan estrechamente esos dos corazones que se puede decir con verdad que no son más que un corazón, puesto que siempre han sido animados por un mismo espíritu y han estado colmados de los mismos sentimientos y afectos”.

Después San Juan Eudes instituyó muy rápidamente una fiesta litúrgica del Corazón de María para su sociedad de sacerdotes. A ese efecto compuso un oficio en el que se cantaba la unión de los dos corazones. La colecta resume toda su doctrina:

“Oh Dios, que has querido que tu Hijo único, que vive desde toda la eternidad en tu corazón, viva y reine para siempre en el Corazón de la Virgen Madre, concédenos celebrar sin cesar esa santísima vida de Jesús y de María en un mismo corazón, concédenos tener entre nosotros y con ellos un solo corazón, y cumplir en todo tu voluntad, con grande corazón y con un alma bien dispuesta, para que podamos ser hallados por ti conformes a tu corazón”.

La celebración del nuevo oficio fue autorizada verbalmente por el obispo de Bayona desde 1643 o 1644. Marie des Vallées (1) le hizo saber que Nuestra Señora consideraba con beneplácito esa fiesta instituida en su honor. Desde 1648 la solemnidad fue extendida a la diócesis de Autun donde el santo había predicado una misión, y desde allí se expandió progresivamente a otras diócesis de Francia. En 1762 estableció paralelamente una fiesta en honor del Corazón de Jesús. Nuestra Señora había abierto el camino a su Hijo. Es por otra parte interesante señalar que en el oficio compuesto por el santo para solemnizar al corazón de María, que revisó en 1672, el corazón de Jesús ocupa un lugar considerable. “Si el corazón de María es el objeto inmediato que canta el padre Eudes, él se place en considerarlo en sus relaciones con Jesús, que lo llenó de su vida, lo revistió de sus perfecciones y de sus virtudes. (…) Jesús reinando en el corazón de su divina Madre, he aquí, parece, la idea dominante del oficio del bienaventurado”. San Juan Eudes, además, se inspiró ampliamente aquí en los escritos de los Padres de la Iglesia y de los místicos de la Edad Media. Su oficio es el eco de la Tradición entera.

En 1674 el papa Clemente X aprobaba la celebración del oficio en las iglesias y capillas de la congregación del padre Eudes. Con el santo, la piedad hacia el Corazón de María había pasado de la devoción privada al culto público oficial de la Iglesia.

El libro del Corazón admirable

Pero es preciso mencionar también su obra El Corazón admirable de la santísima Madre de Dios, terminada en 1680, tres semanas antes de morir. El escrito está dividido en doce libros, en honor de las doce estrellas que forman la corona de la Madre de Dios. El santo considera allí en todos sus aspectos la devoción de la que se hace apóstol, apoyándose constantemente en la Sagrada Escritura, los Padres y los doctores de la Iglesia, los escritos de los Papas y de numerosos obispos. Las perfecciones del Corazón de María, sus relaciones con las tres Personas divinas, su unión con el Corazón de Jesús, su papel en la obra de la redención y de la santificación de las almas, todas esas cuestiones son abordadas y tratadas con amplios desarrollos. El libro abarca con una perfección inigualada la doctrina, historia y práctica de la devoción. Es como la suma teológica de la devoción al Corazón de María.

Y como San Juan Eudes es un apóstol, un predicador de misiones de palabra inflamada, le hace falta una insignia, un signo sensible, para tocar a sus oyentes, que sea al mismo tiempo una síntesis de su predicación. “Su originalidad consiste en hablar del corazón de María, no en un sentido metafórico como Bérulle, según esa tradición en la que el corazón designa la vida interior, sino refiriéndose directamente al órgano físico”. San Juan Eudes reúne todas las perfecciones del corazón espiritual de María en su corazón corporal, que se convierte en su símbolo.

No se puede dejar de pensar aquí en la aparición de la Virgen María el 13 de junio en Fátima: “Delante de la palma de la mano derecha de Nuestra Señora, se encontraba un corazón coronado de espinas que parecían clavarse en él. Comprendimos que era el Corazón Inmaculado de María, ultrajado por los pecados de la humanidad, que pedía reparación”.

San Pío X dio a San Juan Eudes los títulos de “padre, doctor y apóstol del culto litúrgico a los Corazones de Jesús y de María”. En el alba de los tiempos modernos, él fue el profeta de los Corazones de Jesús y de María, preparando las almas para las revelaciones de Paray-le-Monial (de 1673 a 1675) y de Fátima (1917).

SAN LUIS MARÍA GRIGNION DE MONTFORT: CONSAGRARSE A LA VIRGEN MARÍA

San Luis María Grignion de Montfort (1673-1716) tiene su lugar en esta historia. No solamente fue uno de los más grandes predicadores del rosario, enrolando casi a 100.000 personas en la cofradía del Rosario, sino que sobre todo su doctrina, especialmente el Tratado de la verdadera devoción a la santa Virgen, se difundió providencialmente en la Iglesia en el momento de las grandes intervenciones marianas de los siglos XIX y XX, ayudando así a las almas a recibirlas con fruto.

Él recuerda, en efecto, que “Jesucristo vino al mundo por la Santísima Virgen María, y por ella Él debe reinar en el mundo” (VD 1). “Es por María que la salvación del Mundo ha comenzado, y es por María que debe ser consumada” (VD 49).

El santo puso además los fundamentos de la verdadera devoción mariana, que no tiene por fin sino “establecer más perfectamente la de Jesucristo” (VD 62), y, por tanto, su cima consiste en la consagración de sí mismo a Jesucristo, la Sabiduría encarnada, por las manos de María. Esta consagración, que San Luis María llama “una perfecta renovación de los votos y promesas del bautismo” (VD 120) es un camino fácil, corto, perfecto y seguro (VD 152 a 168) para llegar a la unión con Nuestro Señor.

Estamos en el corazón del mensaje de Fátima, según las mismas palabras de Sor Lucía: “Establecer en el mundo la devoción al Corazón Inmaculado de María, significa llevar las almas a una consagración total”. San Luis María había preparado a las almas para su doctrina.

Un siglo bajo el signo de la Inmaculada

Llegamos al siglo XIX. La ruptura de la llamada Revolución francesa había hecho entrar al mundo en una nueva era de oposición pública de las naciones al reinado de Cristo Rey. Ella encontrará su culminación en el ateísmo de la revolución de 1917. Entre las dos se produjo una sucesión de intervenciones marianas de alcance mundial, como nunca se había visto en la historia. La Virgen se presenta como la Inmaculada, concebida sin pecado (Rue de Bac – 1830; y sobre todo Lourdes – 1858); ella exhorta a rezar el rosario y hacer penitencia, llora por las desgracias de la Iglesia (La Salette – 1846); muestra su protección todopoderosa para los que quieren rezarle (Pontmain – 1871).

Pero es necesario mencionar también los acontecimientos sucedidos en la iglesia de Nuestra Señora de las Victorias en París. El 11 de diciembre de 1836, movido por una fuerte inspiración interior, el abate des Genettes consagraba al Corazón Inmaculado de María su decadente parroquia, situada en un barrio completamente descris tianizado por la Revolución. Esa misma tarde aquella se convirtió en una de las parroquias más fervientes de Francia, cuya influencia franqueó rápidamente nuestras fronteras. El Corazón Inmaculado de María venía a mostrar los frutos de la consagración a su nombre.

Un poco antes, en 1822, Monseñor de Mazenod había fundado en Marsella los Oblatos de María Inmaculada, a los que lanzó a la conquista evangélica del mundo.

La acción del papado en el siglo XIX y al principio del XX reviste asimismo una importancia capital para la preparación de las almas para el mensaje de Fátima. En primer lugar, principalmente, cabe señalar la definición del dogma de la Inmaculada Concepción por el papa Pío IX, el 8 de diciembre de 1854. La Revolución se había hecho en el nombre de una pretendida bondad natural del hombre… ¡que hará correr por lo demás tanta sangre! En respuesta, el dogma recordaba que sólo la Virgen María había sido preservada del pecado original, destruyendo así los fundamentos de la Revolución; y al mismo tiempo, mostrando a los hombres a Nuestra Señora Victoriosa –por su Hijo- del pecado y de Satanás, indicaba que la Virgen María triunfaría contra las fuerzas del mal.

Señalemos también la obra del Papa León XIII:

— El 24 de diciembre de 1884 agregó a las letanías de la santa Virgen la siguiente invocación: Reina del santísimo Rosario, ¡ruega por nosotros! – Se sabe que la Virgen se presentará en Fátima bajo la advocación de Nuestra Señora del Rosario;

— En 1889 acordó una indulgencia plenaria a los fieles que practiquen la devoción de los quince sábados en honor de Nuestra Señora, costumbre popularizada por la cofradía del Rosario;

— Y, sobre todo, renovó de manera considerable la devoción al santo Rosario en toda la Iglesia, escribiendo a la vez un número impresionante de documentos pontificios sobre esta cuestión, y ordenando que todos los días del mes de octubre, en todas las iglesias del mundo católico, sea rezado el Rosario ante el Santísimo Sacramento expuesto.

Al alba del siglo XX

Se conoce el celo del papa San Pío X por propagar la devoción mariana, especialmente según el espíritu del padre de Montfort.

El papa alentó, entre otras, la devoción de los primeros sábados del mes, a la que dio una orientación reparadora muy marcada, especialmente por las blasfemias proferidas contra el nombre y las prerrogativas de la Virgen María. La devoción esencial pedida por Nuestra Señora de Fátima ya está aquí.

Del mismo modo, el decreto Quam singulari del 8 de agosto de 1910, sobre la comunión de los niños, encontrará como su coronación celestial en la comunión dada por el Ángel de Portugal a los tres pequeños pastores en el otoño de 1916.

Antes de concluir esta larga historia, hace falta todavía hablar de Berta Petit, terciaria franciscana nacida en Enghien (Bélgica) en 1870 y llamada a la presencia de Dios en 1943. Las gracias que ella recibía eran pagadas con sufrimientos de toda clase. Ella fue el gran apóstol de la devoción al Corazón doloroso e inmaculado de María, espe cialmente a partir de su audiencia con el cardenal Mercier en 1916. A continuación de ese encuentro, el mismo año, en las horas trágicas de la Primera Guerra mundial, el cardenal Mercier consagró Bélgica al Corazón Doloroso e Inmaculado de Nuestra Señora. Los obispos franceses habían consagrado Francia a ese mismo Corazón en diciembre de 1914. Los obispos de Gran Bretaña le consagrarán su país en 1917.

Todo estaba preparado para que la Santa Virgen viniera a Fátima.

Del mismo modo que la devoción al Corazón de Jesús, que no dejó de desarrollarse en el curso de los siglos, encontró su coronación en las apariciones de Paray-le-Monial, así la devoción al corazón de María había de encontrar la suya en Fátima.

Hno. Marie-Dominique O.P

Fuente: Le Sel de la Terre n° 53 - año 2005

 

NOTA: (1) Marie des Vallées (1590-1656), laica, figura importante de la mística francesa. Hija espiritual de San Juan Eudes, contribuyó especialmente a desarrollar el culto a los Corazones de Jesús y de María. Toda su vida estuvo marcada por el sufrimiento, debido a su mala salud. Al morir des Vallées, san Juan Eudes escribió: “Ha querido Dios quitarnos lo que más amábamos en el mundo, que era nuestra hermana María... La he confesado tres veces en estos ocho días, he rebuscado y examinado toda su vida y puedo asegurar con toda verdad que no he hallado pecado venial en toda su vida”.