La alegría de Pascua, triunfo de Nuestro Señor.

Como lo pueden comprobar por la liturgia, hoy todo es alegría. En el himno del Victimæ Paschali, vimos cuán presente está la alegría, y en el temor de Santa María Magdalena que se había acercado por primera vez al Salvador después de su Resurrección.

Pongámonos en el lugar de los apóstoles, que han vivido esos instantes absolutamente extraordinarios. Ellos que habían sufrido, que habían dudado de la potencia de Nuestro Señor, que habían dudado de su divinidad, en definitiva, y que pensaban que todo estaba acabado.

 

De pronto, María Magdalena, que recibió la gracia insigne de ser la primera, perseverando en el deseo de encontrar a Nuestro Señor, al menos de guardar su cuerpo, de poder embalsamarlo, no entiende que el sepulcro se encuentre abierto, que su cuerpo no esté mas. Ella lo busca en vano, y Nuestro Señor recompensa su perseverancia. Recompensa su insistencia apareciéndosele.

 

Y luego son las otras mujeres, que estaban sin duda alejadas de María Magdalena, las que tuvieron también la alegría de ver a Nuestro Señor y de correr a decírselo a los Apóstoles que no creyeron, como afirma el Evangelio. Pero, sin embargo, fueron al sepulcro para ver si lo que ellas decían era verdad.

 

Éstos comprueban que el cuerpo de Nuestro Señor no está más. Sin embargo, como no han visto todavía a Nuestro Señor, aún dudan.  Han visto la sábana santa doblada y el sepulcro vacío. Algo ha pasado, pero ¿qué?

 

Vuelven y le cuentan esto a los demás. Se reúnen. Y de repente Nuestro Señor se les aparece. Están asombrados. Están atemorizados. Se preguntan si no están soñando, si no es un espíritu.

 

Nuestro Señor les dice: No, no soy un espíritu. Ved, estoy aquí en medio de vosotros. Dénme miel, dénme pan y veréis. Voy a comer delante vuestro. Ellos están impávidos…

 

Obviamente sus corazones están gozosos, esperanzados, pero temen aún. Están atónitos, no pueden imaginar lo sucedido.

 

Tomás no estaba presente, luego éste vendrá también. Todos dudan y Nuestro Señor les reprocha esta incredulidad, porque les había anunciado: “El Hijo del hombre será entregado en las manos de los hombres. Lo harán morir y al tercer día, resucitará”. Resucitaré de entre los muertos, dijo Jesús. Pero no lo habían creído. Y ahora están ante el hecho que están obligados de atestiguar. Entonces la alegría llena sus corazones.

 

Y sin embargo, todavía hay algo que no han entendido. Piensan que Nuestro Señor, ahora que ha resucitado, va a restablecer el reino de Israel. No entienden que este reino es un reino eterno. No entienden que Nuestro Señor, en algunos días, en cuarenta, subirá al cielo y los va a dejar de nuevo.

 

Pero durante esos cuarenta días, Nuestro Señor los va a instruir y poco a poco se va a dar la luz en ellos. Van a entender que ahora ellos también tienen que ganar la victoria.

 

Presenciamos la alegría de Nuestro Señor, porque es un triunfo del bien sobre el mal, un triunfo de Dios sobre el demonio, de la virtud sobre el vicio, de la eternidad sobre el tiempo, el triunfo eterno de la vida contra la muerte.

 

Nosotros, creaturas de Dios, tenemos que estar felices. No podemos sino alegrarnos que ahora el Cielo esté abierto de nuevo, que Dios, que se había vuelto desconocido, alejado, se hace cercano de nuevo, que el camino está abierto para volver a Dios para lo cual hemos sido creados desde toda la eternidad. Hemos sido creados para Dios, para vivir en Dios, para gozar de Dios durante la eternidad.

 

LA LUCHA CONTRA EL PECADO SIGUE

 

El Cielo nos estaba cerrado, el camino para ir a Dios estaba bloqueado. No podíamos ir al cielo. Ahora este camino, que Dios nos ha abierto, debemos ganarlo. ¡Sí!, Nuestro Señor ha entrado en su eternidad, ha recibido su gloria, pero nosotros aún no lo estamos. Por consiguiente, debemos alegrarnos, estar lleno de esperanza, tener esta fe profunda en la Resurrección de Nuestro Señor, en su triunfo sobre el mal. Asimismo, no debemos olvidar que, al lado de los discípulos, de María Magdalena, de la Virgen María, estaban los guardias que vigilaban el sepulcro; y, del otro lado, los príncipes de los sacerdotes. ¿Qué hicieron?

 

Los guardias quedaron asombrados, caídos en el piso; algunos, quizá, habrán creído, pero no todos. Sin duda, algunos se convirtieron, diciendo: “Nos hemos equivocado; estábamos aquí para guardar el cuerpo de Nuestro Señor y de repente, desapareció, ha resucitado. Lo creemos”. Fueron a contar todo esto a los príncipes de los sacerdotes, no obstante, ¡observemos la malicia de esos sacerdotes! Inventan una mentira: “Bien, bien, pero sobre todo no difundan la noticia. Decid que los apóstoles vinieron durante la noche, mientras estaban dormidos y lo llevaron”. Pero ellos contestan: “No se puede, hemos sido testigos de lo contrario. Hemos visto una luz y hemos caído en tierra, con un ruido extraordinario. Algo se ha producido. No son los apóstoles, somos testigos”.  – “No os aflijáis, dicen los príncipes de los sacerdotes, les daremos dinero. ¿Cuánto queréis?” Y a causa de este dinero miserable, van a difundir la noticia que son los apóstoles que han llevado el cuerpo de Nuestro Señor.

 

Por consiguiente, delante de la Resurrección, se observa la obra del demonio que continúa. El demonio fue vencido por la Cruz. Ha sido vencido por la Resurrección de Nuestro Señor, pero está ahí. Y mientras el mundo no haya terminado, luchará y mentirá. Dirá que Nuestro Señor no ha resucitado, que Nuestro Señor no era Dios, que lo han robado. Continuará a través todos los siglos mintiendo.

 

TENEMOS QUE GANAR EL CIELO POR NUESTRA LUCHA

 

Por consiguiente, estamos en un mundo de lucha. El demonio está aquí todavía, continúa su obra. No diremos: todos están salvados. Tenemos que conquistar esta resurrección, tenemos que conquistarla por medio de la santidad. Por eso toda nuestra vida espiritual es un combate, un combate espiritual de todos los días, un combate contra las potencias de tinieblas, contra todos los instintos malos que están en nosotros, contra el pecado que está todavía en nosotros; debemos luchar.

 

Luchemos con ánimo, con la persuasión de que un día Nuestro Señor nos dará la victoria. Tomemos los medios, que son la búsqueda de la santidad y sobre todo la Cruz de Nuestro Señor, que es el camino de la resurrección. Es por la cruz que Nuestro Señor ha llegado a la Resurrección. Si, pues, nosotros también queremos llegar a la resurrección de Nuestro Señor, hay que pasar por la Cruz, por el sufrimiento, por el combate. Esta Cruz, sus discípulos la han llevado. Si el camino de Dios está abierto, el camino de Dios se encuentra en el altar. Nuestra resurrección pasa por el altar, pasa por la Santa Misa, por el Sacrificio de la Cruz.

 

Tenemos que apegarnos a Nuestro Señor Jesucristo, y es gracias a la Eucaristía que tendremos en nosotros, gracias a Nuestro Señor crucificado y Nuestro Señor ahora resucitado, que pondremos en nosotros, en nuestro cuerpo, en nuestro corazón, en nuestra alma, la prenda de la resurrección. Si queremos resucitar nuestras almas y también nuestros cuerpos, debemos alimentarnos de la carne y la sangre de Nuestro Señor y saber que tendremos que luchar a lo largo de esta vida contra las potencias de las tinieblas.

 

Esto es lo que tenemos que hacer hoy, no simplemente complacernos en un sentimiento de alegría, de gloria. ¡Qué alegría para nosotros saber que Dios ha resucitado, que Nuestro Señor nos ha abierto el camino del cielo y que ahora sólo tenemos que seguirlo, seguir el camino que nos ha marcado a fin de llegar a la Casa del Padre y alegrarnos todos juntos! Pero tendemos que caminar paso a paso, con ánimo, todos los días, para ganar la patria celestial.

 

Que sea éste nuestro propósito y nuestra alegría hoy, prometer seguir a Dios, llevar su Cruz, a fin de llegar también a su Resurrección.

 

+ S.E.R. Monseñor Marcel Lefebvre

(Sermón en ocasión de la Pascua de 1971 en el Seminario de Ecône)