La experiencia espiritual de Lutero

El Papa Francisco nos invitaba el pasado 31 de octubre, en la catedral luterana de Lund, a conmemorar «la experiencia espiritual de Martín Lutero», con motivo del 5º centenario, en 2017, de la fijación de sus 95 tesis en las puertas de una iglesia de Wittemberg. Este acto público suele considerarse como el comienzo de la supuesta pero falsa «Reforma», ya que en realidad fue una revolución total, una destrucción de la verdadera fe, y una apostasía y rebeldía contra Nuestro Señor y contra su Iglesia. Recordemos, pues, dicha experiencia, pero no para «contar esa historia de manera diferente», según el deseo del papa, sino para contarla tal como fue en la realidad, esto es, como la experiencia espiritual de un verdadero heresiarca.

1º Primera «experiencia espiritual», frustrada, de Martín Lutero

Martín Lutero nació en 1483 de una buena familia cristiana, y desde muy temprano se sintió atraído por la religión y el trato con Dios, y más tarde por la teología. Su padre deseaba que estudiara derecho, pero él decidió hacerse monje, y entró en la orden agustina en 1505. Ordenado sacerdote en 1507, obtuvo el doctorado en teología en 1512. A partir de esta fecha, su vida sería la de un enseñante y un predicador.

Al inicio fue Martín un monje piadoso y celoso. Dotado de un temperamento rico y apasionado, propio de los grandes hombres cuando lo ponen al servicio de la verdad y del bien, se sintió también expuesto, por razón del mismo, a fuertes tentaciones contra la castidad, atractivo por la buena mesa, propensión a la ira, espíritu de independencia, inclinación al orgullo.

Lutero habría querido verse al abrigo de tales tentaciones; al igual que San Pedro en la Transfiguración, desearía haber llegado ya a la vida celestial, haberse «revestido de Cristo», encontrarse ya desde ahora en un estado de perfecta rectitud que no pertenece a esta vida terrena, salvo casos muy excepcionales. Empezó a invadirle la obsesión por la certeza de su salvación; y como las tentaciones seguían importunándolo, creando en él un sentimiento de culpabilidad, acabó desesperando en cierto modo de la vida cristiana, de la eficacia de la gracia y de los medios ordinarios para recibirla y conservarla (sacramentos, oraciones, ayunos, etc.).

Es en relación consigo mismo, sobre la base de su vida interior personal, de esta su «experiencia espiritual» íntima, que Lutero construiría un nuevo sistema religioso, que ya no tendría nada que ver con la enseñanza de la Iglesia, ni con la verdad del cristianismo.

2º Segunda «experiencia espiritual», herética, de Martín Lutero.

En 1515, en su cátedra de Teología bíblica, procedió a comentar las epístolas de San Pablo, empezando por la epístola a los Romanos, de extraordinaria riqueza, pero también de difícil comprensión. A partir de lo que él creía entender del texto, ateniéndose únicamente a su sentir propio y sin referirse a la tradición eclesiástica, en función de su problema interior («¿puedo salvarme aun sintiendo en mí tantas tentaciones?»), Martín Lutero elaboraba una nueva teología cristiana que, ya desde el principio, era radicalmente incompatible con la de la Iglesia Católica, aunque la ruptura exterior y pública a que lo llevaría no se realizase sino algún tiempo después.

En efecto, según la doctrina católica, el hombre que acepta la Revelación divina por la fe, y que, movido por la esperanza de la salvación divina, quiere arrepentirse de sus pecados y volverse hacia Dios, en virtud de los méritos de Cristo, obtiene por la gracia que sus pecados le sean perdonados, y que su alma sea regenerada y santificada de modo a hacerse, según la expresión de San Pedro, «partícipe de la naturaleza divina» (II Ped. 1 4). El cristiano que vive de la caridad es, pues, como frecuentemente lo llama San Pablo, un «santo», porque ha sido realmente purificado, transformado, santificado interiormente, y se ha convertido realmente en amigo de Dios por una semejanza efectiva y estable. Y, siendo amigo de Dios, hace espontáneamente las obras de Dios, las buenas obras de la virtud, que le merecen, por la gracia de Cristo presente en él, la salvación del Paraíso.

Lutero negaba esta verdad: para él, según lo sentía psicológicamente, el hecho de haber abrazado la fe y la vida cristiana no quita del alma el pecado [refiriéndose en realidad a la tentación, que no es pecado si no se consiente en ella]. Para Lutero, el cristiano sigue siendo, de hecho, pecador y enemigo de Dios, y su alma sigue estando totalmente corrompida. Pero como Cristo ha merecido, por el sacrificio de la cruz, la salvación para todos los hombres, quien por la «fe» (que es para Lutero una confianza en esta salvación conseguida por Cristo) cree firmemente que está salvado, el manto de los méritos de Cristo cubre las manchas de su alma, y el Padre, viendo este manto sobre él (gracias a la «fe-confianza»), le otorga el Paraíso. Las buenas obras, por tanto, no tienen ningún poder de mérito, ya que el hombre sigue siendo pecador interiormente, sino que sólo animan al cristiano a perseverar en la «fe-confianza».

3º Tercera «experiencia espiritual», revolucionaria, de Martín Lutero.

Este es el corazón de lo que Lutero llama «la verdad del Evangelio». De ahí se sigue naturalmente el resto de su sistema.

1º Lutero empieza cuestionando la Iglesia institucional, a la que acusa de no ser divina: • ante todo porque pretende que el hombre puede salvarse por las buenas obras, cuando él, Lutero, ha sufrido en su vida monástica la frustrante experiencia de que esas buenas obras son incapaces de quitar el pecado [en realidad la tentación, como ya hemos dicho]; • y luego, porque ella abandonó «la verdad del Evangelio», esto es, la salvación por la sola «fe-confianza».

2º Este rechazo de la Iglesia justifica el sistema luterano, al que se le pudiera reprochar de inventarse un nuevo Evangelio según su espíritu propio, realizando así la definición misma del hereje. Pero puesto que la Iglesia misma ha traicionado «la verdad del Evangelio», es lógico y necesario que Lutero, por un «libre examen» de la Escritura, encuentre esta verdad y la transmita al pueblo de Dios, extraviado por una jerarquía ilegítima. «A menos que se me convenza de mi error con atestaciones de la Escritura o con razones evidentes –pues yo no creo ni en el papa, ni en los concilios solos, ya que es evidente que se equivocaron y contradijeron–, me siento atado por los textos de la Escritura que he citado, y mi conciencia es cautiva de la palabra de Dios; por lo que ni puedo ni quiero retractarme de nada» (declaración de Lutero ante la Dieta de Worms, presidida por Carlos V, en 1521).

3º Puesto que el alma del cristiano no es transformada por la gracia, los sacramentos no obran nada real en ella, y por lo tanto el adagio clásico, «los sacramentos realizan lo que significan», pierde todo sentido. En realidad, los sacramentos se limitan a significar la «fe-confianza» y a despertarla. Por eso, sólo deben conservarse los sacramentos que producen este efecto psicológico.

4º Por la misma razón, la misa, renovación incruenta del sacrificio de Cristo, cuyos méritos nos aplica diariamente, pierde todo su significado. Sólo se conservará un memorial de la Cena, para recordarnos el único sacrificio de Cristo en la cruz y reavivar nuestra «fe-confianza» en su redención.

Sin embargo, Lutero no se contentó con relegar la misa. Renunciando a su condición de sacerdote, monje infiel a sus votos, alimentó un verdadero odio patológico al santo sacrificio. Sus palabras a este respecto son espantosas, y acabarían por hacernos creer que estaba poseído del demonio: «La misa –declaraba en 1521– es la mayor y la más horrible de las abominaciones papistas; es la cola del dragón del Apocalipsis; y ha derramado sobre la Iglesia impurezas y porquerías sin nombre». E insistía en 1524: «Sí, lo digo: todas las casas de prostitución –que Dios ha condenado severamente–, todos los homicidios, asesinatos, robos y adulterios, son menos dañinos que la abominación de la misa papista». Y, con mucha lucidez, concluía: «Si la misa cae, todo el papado se derrumba».

5º Puesto que la Iglesia institución –lo que Lutero llamaba con desprecio «el papado»– no existe ya como prolongación de Cristo, el creyente (por la «fe-confianza») se encuentra solo ante Dios. Está exteriormente iluminado por la Biblia (que debe leer personalmente: de ahí la necesidad de Biblias en lengua vernácula), e interiormente por el Espíritu Santo, que le permite discernir en la Biblia lo que conviene a su vida cristiana. Como atinadamente decía Boileau, «todo protestante se hizo papa, Biblia en mano».

6º Y ya que Lutero abolió la «jerarquía» –esto es, el «poder sagrado»– de la Iglesia, sus sucesores pondrán gradualmente en tela de juicio los demás poderes humanos: el protestantismo es de esencia revolucionaria. Por otra parte, al quedar cada cual remitido a su propia interioridad, sin mediación eclesial, era lógico separar radicalmente la vida religiosa de la vida política mediante la laicización. Por eso no es de extrañar que, en el establecimiento de la República laica, en la instauración de la escuela sin Dios, en el ascenso del anticlericalismo y en la realización de la separación radical de Iglesia y Estado, muchos de los promotores hayan sido protestantes.

Las buenas obras, y sobre todo los votos monásticos, son inútiles y mentirosos. Lo esencial para Lutero no es evitar el pecado, ni combatir las tentaciones (como él lo había hecho en su etapa católica), puesto que de todos modos el hombre sigue siendo interiormente pecador. Lo que cuenta es aferrarse al manto de los méritos de Cristo para cubrirse de él y escapar así, a pesar de seguir siendo enemigo de Dios, de la ira divina, ya que Dios ve en nosotros los méritos de su Hijo bien amado. Tal es el sentido de la máxima de Lutero a su amigo y biógrafo Felipe Melanchton, en su carta del 1 de agosto de 1521: «Pecca fortiter, sed fortius crede» (peca fuertemente, pero cree más fuertemente aún).

Consecuente con sus ideas, Lutero se laicizó y, en 1525, se casó con una antigua monja, Catalina de Bora, de la que tendría seis hijos. El resto de su vida siguió combatiendo a la Iglesia católica, que a sus ojos era «la gran prostituta de Babilonia», a la que había que atacar y aniquilar por todos los medios. Para ello Lutero multiplicó los panfletos obscenos y nauseabundos, y sus discípulos destruirán sistemáticamente todos los monumentos católicos, torturarán y asesinarán a obispos, sacerdotes, religiosos y numerosísimos fieles, al margen de todas las guerras atroces que desencadenaron.

Conclusión

Cuanto Martín Lutero moría, el 18 de febrero de 1546, Europa estaba, por su culpa, a sangre y fuego, y así debía seguir largos años. Millones de almas apostataron de la fe católica y abandonaron el camino de salvación en razón de sus falsas doctrinas y de sus ejemplos perniciosos.

Y por mucho que la Iglesia, en los años siguientes, mostrase una magnífica renovación gracias a una pléyade de santos y al gran movimiento reformador cuyo símbolo es el concilio de Trento; por mucho que lograse atraer numerosos pueblos a la fe gracias a un espléndido trabajo misionero; aun así, por desgracia, naciones enteras, enceguecidas, adoptarían los errores y mentiras del antiguo monje agustino, y no volverían a la verdad salvífica.

Lutero fue así el gran enemigo de la gracia de Cristo, a la que pretendía honrar, pero a la que combatió en la Iglesia, en los sacramentos, en las buenas obras, en su noción misma. Por este motivo, ningún católico consciente de lo que debe a Cristo y a la Iglesia, y menos un Papa (¡!), podrá jamás elogiar u honrar el nombre de Lutero, ni congratularse por su obra.