Los orígenes del Corán

No se puede abrir uno u otro de los miles de libros consagrados a la saga musulmana sin encontrar la versión oficial de la vida del profeta y de su inspiración divina. Todos los sabios, eruditos, traductores y vulgarizadores reproducen de manera fiel una única y misma historia. ¿Puede dudarse de su veracidad ante semejante unanimidad?  La respuesta es afirmativa.

En un libro que se titula “Pequeña guía del Corán” (Ediciones de París, año 2004) Laurent Lagartempe dedica varias páginas al examen de las fuentes del Corán para demostrar esencialmente tres cosas:

  • que toda la historia de Mahoma depende de un único documento, que a su vez se remite al relato de un solo cronista;
  • que la veracidad de lo que se dice no puede probarse por otros testimonios contemporáneos o cercanamente posteriores a la época de Mahoma, ya sea dentro o fuera del mundo árabe de la época;
  • que más allá de algunas realidades o leyendas consignadas en el Corán o existentes al margen de él, el Islam es una entera impostura que pasa por religión cosechando por aquí y por allá de fuentes judías, paganas y cristianas, ya sean éstas ortodoxas u heterodoxas.

Veámoslo en detalle.

Fuentes históricas escritas y orales

La historia de Mahoma —que más que historia, es una leyenda— descansa toda por entero en los relatos del “Libro de la vida del enviado de Dios”. Este libro, que es comúnmente llamado “sirat” o “sira”, es una biografía del profeta encargada por el califa Otmán en el siglo IX, y cuyo autor reproduciría los relatos de un cronista, Ibn Is’hâq (+ 768), quien vivió alrededor de 140 años después de la muerte de Mahoma y recogió todo lo que la tradición oral contaba acerca de aquél.

Fuera de esta “sirat” no existe ninguna otra biografía de Mahoma. Todos los trabajos de investigación histórica emprendidos no han aportado ninguna fuente documental nueva, de modo que los eruditos musulmanes se ven obligados a repetir una y otra vez lo que se cuenta en la “sirat”.

Tampoco existe trazo alguno de la figura de Mahoma en las numerosas crónicas no musulmanas de la época. San Sofronio, Obispo de Jerusalén en 634, abrió las puertas de la ciudad a las huestes del califa Omar en 638, y a pesar de conocer los planes del jefe árabe, no hace alusión alguna a un profeta o a una religión nueva.

Hacia 644 el emir Said ibn Amir sostuvo una controversia con el Patriarca Juan I, jacobita. En los documentos que de eso han quedado el emir, lejos de hablar de Mahoma, invoca la Torah judía para contradecir a los cristianos que afirman que Cristo es Dios.

Las consonantes mhd (Mahomed) y los patronímicos derivados, que designan a conquistadores o jefes guerreros, aparecen en ciertas crónicas no musulmanas de época. Sin embargo, los acontecimientos que en ellas se remencionan tuvieron lugar después de la fecha consignada por la tradición sobre la muerte de Mahoma, en 632.

Ahora bien: la ausencia de fuentes escritas no se opondría al principio de historicidad de los hechos relatados por la “sirat” si existiese una fuente oral confiable. Sin embargo, no es así.

Maxim Rodinson, autor del libro “Mahomet”, previene a sus lectores de la siguiente manera: “las tradiciones orales no son muy seguras y se alejan de la realidad de los hechos (…) Los forjadores de tradiciones tenían cierto don literario. Daban a sus narraciones ese carácter vivo, ágil, familiar que constituye su encanto”.

Tras una larga recensión de las tradiciones musulmanas, Patricia Crone afirma en “Hagarism, the making of the islamic world”: “La tradición esencialmente histórica a la que se supone que los narradores agregaron sus fábulas no existe. Dado que un narrador seguía a otro, el bagaje del pasado se reduce a un bagaje común de historias, temas y motivos fáciles de combinar y recombinar en medio de una profusión de hechos aparentes”.

De esta manera, la fiabilidad de la tradición oral depende por entero de la fiabilidad de los propios narradores, que se remontan en cadena hasta el primer narrador. En el caso de las narraciones árabes, los expertos sostienen que esta condición puede admitirse a partir del siglo X, pero no antes.

Como el término “Mahoma” no aparece sino recién en el siglo IX, no se hace mención de él en ningún texto externo al Islam, y la raíz mhd resulta por igual aplicable a cualquier jefe guerrero, no existe ningún indicio histórico que confirme la leyenda del sedicente profeta.

Fuentes reales

Lo que a los estudiosos del Islam más les llama la atención es la ausencia de originalidad religiosa. Una observación que no es nueva, pues el primero en plantearla fue San Pedro el Venerable, abad de Cluny (en el siglo XII). El exégeta protestante alemán Harnack, por su parte, ya decía en el siglo XIX que esta religión es tributaria de sectas judeo-cristianas.

El propio Corán confirma esta ausencia de originalidad. Dirigiéndose a los hijos de Israel afirma: “Y creed en el Qur’an que he revelado y que confirma los Libros que poseéis” (II, 41).

“Este Qur’an que hemos revelado, tal como fue revelada la Torá, es un libro lleno de gracias, perpetuo hasta el Día del Juicio Final, que confirma los precedentes Libros revelados, corroborando sus respectivas revelaciones” (VI, 92).

“En estos relatos hay (…) verdad revelada, afirmando la veracidad de los Libros celestiales y la de los Profetas precedentes” (XII, 111).

“Anteriormente al Qur’an, Dios reveló la Torá, como una guía y misericordia para los mundos. Este Qur’an que están rechazando es una confirmación para los libros anteriores; Dios lo reveló en idioma árabe” (XLVI, 12).

Pueden rastrearse en él vestigios, nociones, fábulas y símbolos de las tradiciones babilónicas, judaicas, siríacas, armenias y griegas. Así, por ejemplo, la pluralidad de cielos —“Su voluntad se dirigió hacia los Cielos y los constituyó en siete Cielos” (II, 29)— es de origen babilónico. Lo que refiere acerca de la caída de los ángeles, la creación del hombre y la resurrección de los muertos provienen ciertamente de fuentes bíblicas.

Además de las referencias explícitas a la Torah judaica, toma prestados pasajes del Talmud, v. gr., sobre el arrepentimiento de Adán: “Adán y su esposa se dieron cuenta de su equivocación y el daño que se produjeron a sí mismos, y Dios inspiró a Adán palabras para que las pronunciara como arrepentimiento y petición de perdón” (II, 37); la fábula sobre la conducta de Caín tras el homicidio de Abel proviene de la Midrash: “Consternado, después de haber matado a su hermano, lo embargó un inmenso desconcierto, sin saber lo que debía hacer con su cadáver. Dios envió un cuervo que se puso a excavar en la tierra para enterrar a otro cuervo muerto, mostrando, de esta manera, al asesino cómo inhumar el cadáver de su hermano; entonces el asesino se arrepintió por su crimen” (V, 31).

Los relatos acerca del viaje del bicornio (XVIII 83-90) son una transposición de un viaje fantástico atribuido a un célebre rabino judío. Coré, descendiente de Leví (XXVIII, 76), es objeto de una leyenda de origen talmúdico. Ciertos detalles de la vida de José, hijo de Jacob (XII, 23, 21, 67, 72), la conversación entre un pájaro y Salomón, entre muchos otros, son de la Midrash.

Tampoco faltan del Corán referencias al Evangelio, aparte de la persona de Jesucristo, María y los Apóstoles, tampoco quedan al margen de este libro. Así, por ejemplo, “Y muchos seres vivos que habitan la Tierra junto a vosotros no pueden, por su debilidad, llevar y trasladar su sustento para comerlo o ahorrarlo. Dios les facilita la vida, y el modo de buscar su sustento” (XXIX, 60) remite a la célebre imagen de los pájaros que no se preocupan por lo que han de comer. Otras son más que evidentes: “quienes ofrecen sus riquezas por la causa y obediencia (…) es como el caso de quien siembra una semilla en tierra y de ella surge una pequeña planta que porta siete espigas y en cada espiga hay cien granos” (II, 261).

“Las obras buenas o malas, aunque tuvieran el tamaño de un grano de mostaza…” (XXXI, 16). En fin, todas estas metáforas tomadas de la agricultura son completamente extrañas a la mentalidad de pueblos nómades y beduinos…

Por fin, otra buena parte del Corán está hecha a partir de textos apócrifos y gnósticos. A los primeros hay que atribuir diversos prodigios que se cuentan sobre el Niño Jesús: “Dios distinguió a Jesús con ciertas particularidades: hablaba a la gente desde su cuna de manera clara, comprensible y sabia” (III, 46), que es del Pseudo-Mateo; “Dios envió a Jesús como Su mensajero a los israelitas, mostrando la veracidad de su mensaje con milagros que Dios le concedió: moldear la forma de un pájaro de barro y luego, soplándolo, darle vida y movimiento” (III, 49), que proviene del texto griego del Pseudo-Tomás; “no es cierto que lo mataron, como pretendieron; no lo crucificaron como aseveraron, sino que sólo les pareció haberlo crucificado” (IV, 157), doctrina profesada por ciertos herejes de la época pues el autor del apócrifo “Hechos de San Juan” hace decir a Jesucristo: “Yo no soy aquél que clavaron sobre la cruz”; “toda alma vendrá [al juicio final] con un guía y un testigo" [dos ángeles], detalle que figura en el Apocalipsis de Pablo. A la influencia gnóstica, que pasa al Corán de manos de la secta de los nazarenos, hay que atribuir, en cambio, la repetida negación de la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.

En síntesis, el juicio acertado de los eruditos no puede ser más evidente: el Islam, como religión, es una especie de amalgama ecléctica de judaísmo y cristianismo. En una palabra, un judeo-cristianismo arabizado.

R.P. Pablo E. Suárez