Mundo moderno... adolescente moderno

Conferencia brindada por el R.P. Jean-Pierre Boubée durante las jornadas del Movimiento de Familias Católicas en Flavigny, en septiembre de 2006. Tomado de la publicación “Nouvelles de Chrétienté”, nº 108, noviembre-diciembre de 2006.

El mundo moderno parece evolucionar indefinidamente hacia un refinamiento de los avances técnicos, a lo cual se une un cortejo de depravaciones morales cada vez más insidiosas y de solicitaciones imprevisibles y violentas. No nos limitaremos hoy a hablar en líneas generales de los adolescentes; abordaremos también los parámetros que perturban la educación.

Para muchos padres, el tránsito por la adolescencia constituye una angustia, en la medida que representa algo desconocido: ¿cómo evolucionarán las personalidades de sus hijos?

Si los hombres del mundo no se detienen ante nada, salvo ante lo que puede ser perjudicial para su reputación o para el éxito social de sus hijos, vuestra perspectiva cristiana se cuestiona ante todo si vuestros hijos serán fieles a Dios, cristianos fervientes y moralmente rectos. En última instancia, si se contarán entre los elegidos o entre los condenados…

En los tiempos que corren vuestra angustia de católicos fervientes es más profunda. En un mundo en descomposición, ustedes pertenecen por la gracia de Dios a un pequeño rebaño, a un pequeño núcleo, como se lo llama en el Antiguo Testamento. ¿Sobre qué descansa vuestra fortaleza? Sobre la fe en su integridad, en vuestra adhesión indefectible a la Iglesia, a nuestro Señor Jesucristo. ¿Quién se sitúa en la vereda del frente? El mundo, que no sólo es poco cristiano sino completamente pagano, con su apostasía pública, su materialismo hedonista, sus costumbres depravadas, su guerra insidiosa, cada vez más perniciosa y maligna.

Ustedes saben que están en un combate que es orden esencialmente espiritual, y cuyos efectos en la esfera psicológica, financiera y humana son múltiples: se trata de un compromiso total, cuya amplitud no es comprendida por los jóvenes. ¿Acaso conocen ellos cuánta es la perfidia de las fuerzas del mal? A pesar de tener apariencias de una “fiera piedad”, ¿no corren el peligro de cometer traición ante la primera emboscada? A veces se jactan de un legítimo orgullo de pertenecer al “pequeño grupo de irreductibles”. Y lo traducen en algunas insignias, ciertos comportamientos, determinado tipo de corte de pelo, de música o de aspecto. Pero llegará el día en que se preguntarán sobre la justificación del combate que llevan, sobre su rentabilidad, sobre la esperanza de victoria.  ¿Existe acaso una razón suficiente para colocarse voluntariamente al margen del mundo? La inquietud es grave, legítima, profundamente justificada. Hablaremos de esto con más detenimiento.

Que estemos inquietos, decepcionados, orgullosos o sorprendidos por nuestros hijos… ¿cuál es la importancia que eso tiene? Los diversos temperamentos que tienen son a veces para nosotros fuente de sentimientos encontrados. Es lícito hacer un balance y formularse las preguntas correctas:

  • ¿Son hoy en día nuestros jóvenes diferentes de que lo eran antes?
  • ¿En qué áreas el mundo moderno presenta dificultades nuevas y que hay que vencer?
  • ¿Con qué soluciones particulares contamos frente al mundo, tal cual como es en su realidad?

La juventud, antes y ahora

¿Qué nos parece esta reflexión: “¡No son como éramos nosotros!”? Escribiendo a los padres de familia de su escuela, el Padre Pinaud la completa: “No son como nosotros éramos a su edad… como nosotros querríamos que sean ahora… como desearíamos que fuesen yendo a nuestras escuelas… como nos gustaría, aprovechando nuestra formación…”

A. En el primer caso, no hay que dar lugar a una preocupación, a una nostalgia del pasado. El espíritu humano idealiza fácilmente el pasado, en especial el de la juventud. Además, un período no es idéntico al precedente y sería vano pretender revivir esa época de modo similar. Sin embargo, saliendo de los labios de algunos padres, esta reflexión podría estar impregnada de modernismo evolucionista: una especie de constante que afirma “la naturaleza ya no es lo que era”. 

Ahora bien, sabemos que eso es objetivamente falso. Y para probarlo, basta con apelar al éxito de nuestras escuelas, de nuestros movimientos juveniles, y otros aspectos que muestran que un compromiso serio de la familia, de la Iglesia, de la sociedad, alcanza para reportar frutos de gracia semejantes a los que se vieron en el pasado. Tengamos cuidado para que el desaliento que se insinúa frente una generación llamada “diferente” no sea el resultado de una intoxicación subversiva.

B. Respecto a los que desearían que actuasen como adultos, la impaciencia tiende a hacerlos olvidar cuántos años de esfuerzos constantes hacen falta para que un ser alcance la madurez. Es sorprendente ver cómo los padres juzgan la educación, o cómo temen ser juzgados sobre la indisciplina pasajera de sus hijos. Frente a la impaciencia del “no hay nada que hacer”, tenemos que afinar nuestra memoria y nuestro espíritu analítico.

No se trata de desconocer que puede existir algún retraso en esta evolución de los niños y de los adolescentes, interponerse carencias o abusos puntuales, que descubren cuáles son las condiciones generales de vida de las familias y de contexto social, elementos que quizás conviene llamar púdicamente como “la atmósfera de los tiempos…” Por esta vía llegamos al fondo de nuestra observación.

C. Porque el último motivo de amargura hunde sus raíces en el segundo punto, de lo que en realidad es el fundamento. Con todo, estén seguros de que la queja sobre el declive de las generaciones no es una cosa nueva: “Por lo demás, el mal es más antiguo de lo que se supone; esta es la razón de por qué se ha extendido tanto”. Ya en 1875, Renan hacía un diagnóstico en Réforme Intellectuelle et Morale, en términos que se aplican exactamente a los acontecimientos actuales:

“Para ver cuán grave era el estado moral de Francia en estos últimos años, era necesario tener cierta penetración de espíritu y alguna familiaridad en el razonar sobre política e historia. A fin de avizorar el mal hoy en día, lo único que hace falta es tener ojos. El edificio de nuestras quimeras se derrumbó como castillo mágico construido en el aire. Presunción, vanidad pueril, indisciplina, falta de seriedad, de aplicación, de honradez, debilidad mental, incapacidad de avistar varias ideas al mismo tiempo, falta de espíritu científico, ingenua y grosera ignorancia. Esa es, después de un año, es la síntesis de nuestra historia. El ejército, tan orgulloso y pretencioso, no tuvo ni una única buena oportunidad; los estadistas, engreídos de ellos mismos, se convencieron de su propia incapacidad; la instrucción pública, cerrada a todo progreso, está persuadida de haber dejado el espíritu de Francia hundirse en la nulidad. Todo fue aplastado como una visión apocalíptica”.

Nuestra sociedad duplica este resultado con un cinismo inquietante: las altas esferas políticas y eclesiásticas afectan alegrarse por los progresos alcanzados en un mundo cada vez más liberal y más perfecto, por reformas enriquecedoras, mientras que la evidencia más patente muestra lo contrario.

Las cualidades de nuestros jóvenes

Ante todo es necesario tener en cuenta que lo propio de la juventud, como dijo el General Mac Arthur, citando a Samuel Ullman en un famoso discurso, es “la capacidad de imaginación, una intensa emotividad, una victoria del coraje sobre la pusilanimidad, el gusto por la aventura en contraposición al amor por la comodidad”. Este cuadro apenas si ha cambiado.

Los jóvenes son propensos a maravillarse, a asumir riesgos de cara a los acontecimientos, a entusiasmarse. Son una tierra virgen y receptiva para quien quiere cultivarlos bien. Son jóvenes como nosotros lo fuimos y nuestros padres los fueron antes de nosotros. Guiados por el amor de sus educadores no son menos capaces de hacer las mismas cosas.

Lo que les falta es encontrar a adultos que tengan fe en aquello que hace grande a un hombre. Inestables, a veces un poco dejados, críticos en su humor, inteligentes para evitar el esfuerzo… estas características son los obstáculos que todo educador encuentra. Las famosas Lettres aux chapitaines de A. Charlier dan prueba de los desalientos, de las esperanzas, de los esfuerzos que hacen parte de los que buscan engrandecerlos, tanto hoy, como en el pasado y en el futuro. En ocasiones, algunos aspectos de su evolución podrían convertirse en herramientas en manos de educadores inteligentes. Por ejemplo:

- Tienen poco o ningún respeto ante la autoridad (resultado de la pérdida del sentido del respeto). Esto podría indicar un espíritu de simplicidad y de docilidad.

- La pereza, que a menudo es consecuencia de un crecimiento físico rápido, no hace más que camuflar fuentes de energía, que la práctica de algunos deportes colectivos ponen en evidencia. Esto prueba que no debe excluirse reconducir estas energías hacia causas más sublimes.

Particularidades de la juventud actual

No obstante, su espíritu es altamente receptivo de progresos del siglo. Novedades técnicas, pasatiempos sofisticados, aberraciones seudo-artísticas, tecnologías de aprendizaje fácil, cultura a la carta… son otros tantos elementos que dejan interrogantes pendientes.

  • Algunos adultos toman el partido pueril de querer parecer estar más al día que los jóvenes: por una “amplitud de espíritu nada sincera” están de acuerdo sin restricciones con todas las novedades perniciosas en orden al aprendizaje intelectual o a la aparente supresión del esfuerzo de voluntad.
  • De manera más moderada, no es raro ver a algunos padres elegir emprender la marcha en retirada, afirmando con una seguridad que sólo se compara a la mala fe, que sus hijos están suficientemente informados para evitar los peligros morales. De otros peligros, ni se les escucha hablar…
  • Muchos educadores se quedan perplejos o se muestran hostiles. Esta inquietud no carece de fundamento: el aparente aggiornamento al gusto actual por la técnica conduce inexorablemente a la atrofia de la capacidad de razonamiento, a una degradación de la tolerancia moral, a una manifiesta decadencia artística, a un acostumbramiento a un nuevo tipo de sociedad liberal avanzada.
  • Muchos otros se preguntan, sin encontrar siempre la solución ideal, sobre la riqueza cultural que se podría intentar hacer salir de este magma…

Sería un poco largo iniciar este debate aquí: ¡pero será necesario hacerlo de manera urgente! Como telón de fondo, padres e hijos temen no estar abiertos a los progresos del siglo o están simplemente contra la pared debido a las necesidades vinculadas a los estudios o a la vida social: ¡a qué precio moral se está obligado a afirmarlo! Ahora bien, es necesario no engañarse: por la inmoralidad abren las puertas al surgimiento de una juventud impía.

Esta impiedad ante las cosas divinas es grandemente favorecida por la impiedad social (incluso entre los que frecuentan a nuestras escuelas). Muchos jóvenes manifiestan comportamientos inesperados ante la autoridad, o ignorancia y desprecio por el pasado.

Hay quizás una falta de firmeza por parte de los padres. En efecto, es frecuente verlos temer que su hijo se enfrente a un esfuerzo demasiado grande; es igualmente frecuente observar debilidad en la fijación de exigencias, mantenerse firme en un castigo; otro tanto, la costumbre de fiarse demasiado en las narraciones de los hijos en detrimento del apoyo de la autoridad escolar; el hábito de relevar de una actividad a un joven porque manifiesta reticencias cuando tiene 14 o 15 años de edad…

A eso se agrega la crítica de toda institución: el papa, los obispos, el Estado, y también el predicador del domingo, el director de colegio, los encargados del campo, el profesor de piano, el verdulero…  uno se imagina el desierto lunar que reina en el cerebro del niño. ¿Hay que sorprenderse de que a medida que avanza en años, ese joven no sea estable ni en el matrimonio ni en una congregación religiosa? De allí resulta una generación poco aguerrida, convencida de sus derechos, con jóvenes que miran a la autoridad “desde lo alto”. Así se van echando las bases de una mentalidad insumisa, en perfecta conformidad con una mentalidad revolucionaria.

¿Presenta el mundo moderno dificultades inéditas en el orden de la redención?

No podemos evitar un combate que debe llevarse adelante, una victoria que debe facilitarse en el gran campo de batalla que es el alma de todo adolescente. No en vano ha costado la Sangre de nuestro Redentor. Debemos plantear el tema a nivel del misterio de la Redención, analizarlo a la luz del Sacrificio Redentor, ejemplo de todo éxito en el mundo, de la manera en que Dios lo concibe. 

Si nos gusta soñar con un mundo mejor, con recrear la Cristiandad, Dios, en su Providencia, nos puso en un mundo concreto, en un momento preciso de la historia de la humanidad. El que escribe la historia es Dios. Mientras no descubre secretos, a lo largo de su desarrollo concreta su inmenso plan de amor para completar el número de los elegidos. No podemos abstraer de considerar este plan a fin de esposarnos con la Sabiduría.

Desde un principio Dios nos muestra la existencia de dos razas: la de Abel, fiel hasta la muerte, ofreciendo los primeros sacrificios; en la vereda opuesta, Caín, asociado al éxito terrestre, a los bienes de este mundo, persiguiendo al Justo. La historia continúa con la elección y separación de Abraham en un mundo completamente impío; prosigue con la elección de Isaac, hijo de la mujer libre, Sara, opuesto a Ismael, hijo de la esclava Agar. San Pablo comenta ampliamente este episodio: “El hijo de la carne perseguía al hijo del espíritu”. Y aún hoy es así. El Antiguo Testamento es la historia de la lucha entre dos clases de hombres, ya sea que vivan en el mundo, ya sea que hagan parte del pueblo elegido.

Si se consultan los textos escriturarios que anuncian el futuro, el advenimiento del Reino de Dios, no se establecen criterios diferentes. Se pueden leer los Evangelios, la segunda epístola a los Tesalonicenses, el Apocalipsis… Los acontecimientos, pruebas, cambios que se anuncian, sobrevendrán para tamizar a los elegidos como el trigo, y son una prolongación de este inmenso combate entre las dos razas. Se habla de períodos en que el mundo entero escuchará hablar de Cristo y de otros períodos de apostasía… bajo modalidades diversas. Es en esta perspectiva que hay que ver el lugar que ocupamos y la vocación que tenemos en el mundo moderno.

Después de que el cristianismo consiguió penetrar el imperio romano, la sociedad medieval conoció varias tentativas de cristianización política. Piénsese en Dagoberto, Carlomagno, San Enrique de Alemania, San Eduardo de Inglaterra, San Gregorio VII, San Luis rey de Francia… lo cual no significa que bárbaros, pecadores, aventureros y guerreros del Islam no hayan hecho parte de la escena. En esta trama histórica, la Edad Media aparece, permitido por Dios, como un apogeo, sin por eso pasar por alto aquellas pruebas que son propias de esa época.

De allí en más comienza una larga decadencia, la cual parece ser cada vez más profunda. Se desencadenan las fuerzas satánicas con la reaparición del humanismo pagano, el protestantismo y sus guerras impías, el Iluminismo, la Revolución Francesa, las conquistas inexorables del laicismo y el espíritu revolucionario universal, hasta que la Iglesia preste su apoyo por su democracia religiosa coronada por Vaticano II.

El cuadro parece desolador, pero nunca han faltado hombres heroicos y valientes. ¡Cuántas tentativas valerosas, impregnadas de fe, que habrían debido permitir a la Iglesia y a la sociedad reunirse bajo el estandarte de Cristo! (la pérdida de los reinos latinos conquistados por los Cruzados, el magro entusiasmo de Francia en la colonización de Canadá, la guerra de Vendée, San Pío X, los cristeros, el general Boulanger, Salazar en Portugal, García Moreno, Dolfuss en Austria). ¡Qué mezcla de buen grano y cizaña, con esta incomprensible victoria de la cizaña!

Evidentemente, se puede alegar la falta de fe de los participantes, los castigos de Dios, la incompetencia o la casualidad. Pero la historia es escrita por la misericordia de Dios, en medio de la pobreza de las virtudes humanas. No hay un hilo conductor más potente, y su comprensión se alcanza leyendo la Escritura y las obras de los santos. “El mal existe para que el pecador se convierta o para que el justo sea probado” (San Agustín). Como dijo Jesucristo: “Es preciso que sucedan todas estas cosas”

Pero… ¡cuidado! En la historia no hay fatalismo; lo único que existe es un “sentido cristiano de la historia”. “La causa de la grandeza del imperio romano no es ni fortuita ni fatal, entendiendo estas palabras en el sentido en que se llama fortuito a lo que se produce sin causa o en aquel en que las causas no responden a un orden razonable; y fatal, a lo que se produce sin la intervención de la voluntad de Dios o de los hombres, en virtud de una necesidad inherente al orden de las cosas. Es indudable, en efecto, que la providencia de Dios establece los reinos de la tierra” (San Agustín).

En cambio, en esta historia concreta, la actual, se inserta nuestra propia historia, la de nuestra salvación y la de nuestros hijos. Nuestro deber es, pues, santificarnos, sabiendo que tenemos los medios, cualquiera que sea la época: “Dios es fiel y nunca permitirá que seamos tentados por encima de nuestras fuerzas” (San Pablo). ¿En qué es más difícil este período comparado con los precedentes?

No pretendemos elevarnos a la condición de profetas, ni a la de un experimentado combatiente; queremos trabajar desde nuestro puesto en la historia de la Iglesia por el advenimiento del reino de Cristo. Nadie puede escapar a este gran combate que nos rodea. Tampoco osaríamos ser ridículamente ingenuos como esos políticos franceses que decían que la nube radioactiva de Chernobyl siguió las sinuosidades de la frontera francesa, a fin de afectar sólo a nuestros vecinos… Estamos bajo la influencia del Chernobyl antirreligioso y antinatural que quema y atrofia los órganos de cada uno de nosotros.

“Cuando la cólera de Dios –esa plaga temible que se llama peste– se ha desencadenado sobre una población, sucede que somos alcanzados y heridos de muerte; sin embargo, hay otros que sin ser afectados precisamente por la plaga, sufren a veces un malestar considerable” (Padre Emmanuel).

Dificultades de la juventud ante la omnipresencia de la Revolución

A la luz de este desarrollo escriturístico de la historia de la humanidad, nuestros jóvenes no son como los de antes: sus combates son más violentos porque están más cerca del fin del mundo, porque el príncipe de las tinieblas adquirió un mayor imperio sobre las cosas.

Sí, son diferentes porque la apostasía termina por tener cierto encanto. Las doctrinas modernas saben presentarse bajo la capa de la honesta razón. Al parecer, ya no se arriesgan a bajar a la arena del circo, a la picota o a la crucifixión… Con todo, y esa es la novedad más temible, la apostasía nos acecha:

  • por una piedad pueril, sin estructura sólida de doctrina, por la crítica de lo que en todo momento condujo a la santidad,
  • por la costumbre de invocar derechos e ignorar deberes, por la rebelión latente y universal,
  • por la búsqueda del ocios antes del amor del bien, por la búsqueda de facilidad que halaga la sensualidad,
  • por un incontrolado deseo de poseer, de cara a un desencadenamiento de necesidades técnicas cada vez más innovadoras,
  • por la connivencia con la contra-naturaleza en el orden del matrimonio, de la justicia,
  • por el acostumbramiento hipócrita a la inmodestia,
  • por la curiosidad fácil y arriesgada a lo largo de las calles y en todo momento en Internet;
  • por la inversión permanente de los valores: castración del carácter de hombre, confusión de los roles recíprocos del hombre y la mujer, hipertrofia derechos del niño-rey…
  • por el adoctrinamiento universal falsificador de la historia y los principios naturales.

La nueva Revolución seduce, desalienta a los combatientes, engaña a los opositores… se promociona, a veces a conciencia, por hombres de “bien”, príncipes de la Iglesia, estadistas, padres de familia, profesores… Su proyección implacable hace pensar en aquel pasaje del Evangelio de San Lucas: [esto sucede] “a fin de que se descubran los pensamientos que se abrigan en los corazones de muchos”.

Soluciones ante el mundo tal como es en realidad

En este combate gigante, volvamos al Evangelio. ¿No es este el combate anunciado al fin de los tiempos? Ahora bien, nuestro Señor mismo apostrofó a sus fautores, los fariseos: los acusó de haber falseado la verdadera religión en beneficio propio, haber manoseado el fin del hombre en provecho propio. Esta situación ha de durar hasta que aparezca “el hombre de iniquidad”.

Podemos inventar día a día nuevas recetas para intentar reparar lo irrevocable. No serán más que recetas. Del mismo modo, dirigirnos a la fuente de toda verdad, que en su amor no puede dejar a los hijos de los últimos tiempos sin los medios adecuados. Estos medios evangélicos deben ponerse en práctica mucho antes de llegar a la adolescencia y no deben abandonarse en ese momento crucial de la vida de un hombre.

Por supuesto, nuestra generación “de hijos de la Tradición” puede estar orgullosa. Su cosecha de vocaciones y la piedad de sus jóvenes son una recompensa para los padres. La práctica de la confesión y de la comunión parece bien arraigada. A pesar de todo, el análisis que hicimos nos lleva de la mano a hacer un balance: ¿en qué esfera este mundo pudo habernos infestado con sus errores? ¿Están los remedios evangélicos a la altura de nuestra vida?

Preámbulos a las soluciones dadas por Dios

1° — Vuelta al orden natural y al mundo real. Que sus hijos vivan en la realidad. Sean mezquinos con el mundo virtual, con el de las imágenes electrónicas, con las avalanchas mediáticas artificiales… Preferir las distracciones más simples al “ocio virtual”, las lecturas que hacen parte de un mundo normal, los juegos simples a los artificiales. Lo real consiste en entender que nada se consigue sin esfuerzo, sin dificultades que deben vencerse, sin el empleo de energía, a veces incluso con cierta carencia de recursos materiales.

2° — Conocimiento del adversario. Nuestro ambiente posee sus cualidades y defectos en este sentido. Conocemos claramente algunas características que hicieron la gloria de nuestro país o la cristiandad, por ejemplo, “los reyes cristianos hicieron mejores aportes que la anarquía republicana; la enseñanza de la historia está falsificada y es socialistoide; los cristeros fueron muy valientes; queremos el reinado de Cristo Rey; toda autoridad viene de Dios”. Muy raramente nos tomamos la pena de formarnos, y más raramente todavía tiempo para leer, hacer leer o discutir con nuestros adolescentes. 

En este período de su vida, es cierto que no siempre son dóciles a nuestros ideales. Prefieren buscarlos afuera, en sus amigos. Ustedes han hecho algo a su favor en materia de elección al proveerle de amigos enviándolos a nuestras escuelas, a los campamentos, etc.  Sin embargo, a menudo reproducen los ideales de manera inadecuada, porque el ejercicio de la sabiduría, de la inteligencia no se refleja en sus costumbres…

Un pequeño cúmulo de conocimientos pasa por la posesión de cultura… Por eso es asombroso ver ante sí jóvenes que, aunque firmes en sus certezas, son capaces de sucumbir ante el primer viento de ideas modernas. En esa esfera es necesario que cada uno se imponga el estudio de la historia, política, filosofía y religión.

Remedios que enseña Jesucristo

A pesar de contar con una educación profundamente cristiana, ¿pueden los jóvenes exhibir cierta fragilidad ante el espíritu moderno? Jesucristo mismo nos previene cuando se pregunta si hallará fe en la tierra cuando regrese. Advertencia seria, obviamente, pero nuestro Señor nos provee también de los remedios.

3° — Los adoradores en espíritu y en verdad. Volvamos a leer el episodio de la Samaritana: “Viene la hora en que mi Padre busca adoradores en espíritu y en verdad”.

  • En ciertos casos hay una falta de generosidad para asistir a la santa Misa por una devoción circunscripta a lo mínimo. Esta asistencia debe multiplicarse para entender el espíritu de sacrificio que la anima. Al pie del Calvario, de la Misa, se comprende y se forma el espíritu cristiano.
  • El naturalismo práctico en la educación, cosa que también solemos excusar, es denunciado por el Padre Emmanuel: “Como la naturaleza está mal, el naturalismo se ve precisado aquí de decir que nada anda bien y nos hace gritar: ¡la moral, la moral! ¡La moral es necesaria! ¡Precisamos la moral! Escuchemos entonces al naturalismo enseñar la moral”. Se trata de una moral independiente; aquella que tiene en ella su propio fin, buscando una suerte de coherencia en la vida humana. “La moral, en efecto, nos prescribe deberes; pero ¿qué es un deber sino una dependencia? Dependemos, en efecto, de Dios nuestro Creador, de nuestros padres, que después de Dios y junto a Dios, son los autores de nuestra existencia; dependemos de la humanidad entera, de la que somos parte. De allí resulta la antigua división de deberes para con Dios, deberes para con el prójimo y deberes para con nosotros mismos. Escuchemos al respecto a Bossuet: «Santificamos el nombre de Dios, deseamos que venga su reino. Pero, al contrario, venimos a rezarle cuando las necesidades humanas nos constriñen. A fuerza de encomendar a Dios nuestros desavenidos asuntos, el esfuerzo que hacemos para comprometer a todos sus santos en nuestros intereses hace que nos mantengamos en el apego que nos tenemos. ¡Cristianos! El Dios al cual así se reza es un ídolo, del cual se pretende que haga lo que uno quiere, y no el Dios verdadero que debe hacer de vosotros lo que Él quiere. Sé que está escrito que Dios cumple la voluntad de aquellos que le temen, pero entonces es preciso que se le tema y que uno se someta a él desde lo profundo del corazón »…”. Este naturalismo, esta falta de una relación profunda y radical para con Dios mina con frecuencia nuestra vida social, política y profesional.

4° — Las llamadas “virtudes evangélicas”. Adrede queremos terminar aludiendo a este punto de máxima importancia porque estas virtudes son enseñadas por nuestro Salvador como los remedios específicos para los últimos tiempos. Con frecuencia lo olvidamos, y perdemos el tiempo buscando paliativos a los males de la época. Es preciso releer los capítulos 5, 6 y 7 de San Mateo.

Detengámonos en la síntesis de este espíritu que nos ofrece la Tradición de toda la Iglesia con los tres votos de los monjes, y que corresponden a tres virtudes necesarias de todo cristiano:

  • pobreza,
  • castidad,
  • obediencia.

Aquí estamos en presencia de los verdaderos remedios a la crisis contemporánea.

La castidad: el tema daría para hablar de él solo. Aun así, para un católico es un tema habitual de atención. En primer lugar, porque lleva en sí esa herida profunda que lo inclina al mal; y también porque teme que esta herida haga mella en sus hijos. Le mortifica ver que es tan violenta en ellos como lo es en él: querría convencerse de lo contrario. Muchos padres luchan ciertamente tanto como pueden ante manifiestos pecados de sus hijos en el ámbito de la indumentaria. Pero en otros, faltan a sus deberes elementales de prudencia por irrealismo en el uso de Internet, conservando revistas, catálogos, publicidades, en las relaciones novio-novia imaginadas de manera demasiado inocente.

La pobreza: nos es urgente pensar sobre las consecuencias del acceso aberrante de nuestra juventud al dinero. Evita cada vez más el voluntariado, busca mil medios de ganar unos pesos, con el único fin de gastarlo en distracciones y objetos inútiles. Y lo que es peor, en familias cuyos padres tienen problemas económicos, a los hijos ni se les ocurre pensar que ese dinero podría servir para ayudarlos para las cosas esenciales.

Los padres dan a veces el ejemplo buscando exageradamente la técnica misma en aparatos útiles…

Obliguen a sus hijos a madurar más bien en la paz que reporta la Sabiduría, que corriendo detrás de las diversiones. La distensión, la felicidad, no son sinónimos de acumulación de medios sofisticados.

Este espíritu de pobreza debe conducir a descubrir la naturaleza humana en su diversidad, en sus sufrimientos, en sus luchas. Debemos amplificar nuestro aprendizaje de la caridad: rezar por los desventurados de toda clase, desear conversiones, sacrificarnos para hacer un favor que se nos pide.

La obediencia: los padres deben exigir no sólo aquella que es propia de los primeros años de vida, sino también la más profunda, el espíritu religioso de obediencia, que hace gustar el concepto de autoridad, que hace ver la voluntad de Dios en los acontecimientos, en las órdenes recibidas, en los contratiempos y reveses de salud, de fortuna, en las dificultades de nuestra sociedad etc.

Hay que respetar toda forma de autoridad y nunca sentarla en el banquillo de los acusados. No condice con la naturaleza de la autoridad que uno se limite a tolerarla, a discutirla o a autorizarla. Una vez más, vuelvan a leer lo que el Evangelio y San Pablo traen sobre el tema. Quizá descubramos por qué muchos jóvenes corren el riesgo de no tener ningún sentido divino en la obediencia.

Luchando contra el espíritu de independencia, ha de evitarse también el igualitarismo que no reconoce ni admira el orden jerárquico. Hagamos gustar la armonía del bien común. Aprendamos a saborear los designios eternos de Dios.

Estas puntualizaciones pueden parecer austeras, pero son alentadoras, ya que no provienen del conocimiento humano sino de la Revelación, que está centrada en nuestra salvación por el Amor divino. Por ello, en el seno de las familias, la cuestión no gira tanto alrededor de una conversión como en analizar los resultados.  El fin de la familia no es tanto multiplicar simplemente la cantidad de hombres, como “criarlos buenos para hacerlos felices”, como decía Bonald.

Ustedes tienen razón en fundar el ideal de sus hijos sobre una verdadera vida espiritual, en una sed de darse a Dios en respuesta a su Amor infinito. Pero no se olviden que existe un “deber de educar” en relación a lo que ustedes piden a Dios. Sólo entonces tendrán toda razón para confiar a sus hijos a nuestra Madre del cielo.