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Domingo de Resurrección: Vigilia Pascual y Misas de Pascua

Abril 06, 2018
El Cirio Pascual que acaba de ser bendito, ya encendido con el Fuego Nuevo

Culmina la Semana Santa con la gloriosa Resurrección de nuestro Señor. La luz ha vuelto a brillar con el Fuego Nuevo y con ella nuestra inteligencia se afirma con la luz de la fe en virtud del milagro de la Resurrección. La Iglesia se alegra una vez más al ver al Señor, como los Apóstoles, y vuelve a entonar el Alleluya triunfal que los ángeles cantan en el Cielo.

La bendición del Fuego Nuevo y del Cirio Pascual

Comienza la Vigilia del Sábado Santo. El primer rito que hay que cumplir es la bendición del fuego nuevo, cuya luz debe alumbrar la ceremonia durante toda la noche. En los primeros siglos existía la costumbre de sacar cada día el fuego de un pedernal para encender con él las lámparas y velas durante este oficio y esta luz ardía en la iglesia hasta las Vísperas del día siguiente.

El sentido de este uso simbólico, que en la Iglesia latina no se practica más que en este día, es fácil de comprender. Cristo ha dicho: Yo soy la luz del mundo;1 la luz material es, pues, la figura del Hijo de Dios; la piedra es también una de las figuras bajo la cual el Salvador del mundo aparece en las Sagradas Escrituras, Cristo es la Piedra angular nos dicen de común acuerdo San Pedro 2 y San Pablo 3 que no hacen más que aplicarle las palabras de la profecía de Isaías. Mas, en este acto, la chispa viva que sale de la piedra, representa un símbolo más completo todavía. Simboliza a Jesucristo lanzándose fuera del sepulcro tallado en la roca, a través de la piedra que cierra su entrada.

Ahora bien, el sepulcro de Cristo se halla situado fuera de las puertas de Jerusalén; las piadosas mujeres y los Apóstoles deberán salir de la ciudad para llegar hasta él y constatar la Resurrección. Por eso el Obispo y su cortejo acaban de salir de la iglesia para dirigirse al atrio donde flamea en la noche el brasero del fuego nuevo.

Preséntase entonces delante del Obispo el cirio que la santa Iglesia tiene preparado para que luzca con esplendor durante la larga Vigilia que ya comienza; un cirio superior en peso y en grosor a todos los otros que se usan en las demás fiestas. Este cirio es único; tiene forma de columna y está llamado a representar a Cristo.

El Obispo traza entonces con un punzón una cruz entre los agujeros extremos destinados a recibir los granos de incienso. En la parte de arriba de esta cruz traza en seguida la letra griega Alfa, y en la parte de abajo la letra Omega y en los ángulos de la cruz traza cuatro números que son el milenio del año en curso.

Grabados estos signos, el Obispo toma cinco granos de incienso, los asperja e inciensa tres veces, y luego los clava en los agujeros de la cruz: uno arriba, otro en el centro, otro a los pies y uno en cada brazo. Entonces el diácono enciende en el fuego nuevo una velita o pábilo en el fuego nuevo, lo ofrece al Obispo y éste enciende el cirio pascual diciendo:

"La luz de Cristo que resucita glorioso, disipe las tinieblas del corazón y de la mente".

Durante este tiempo en la iglesia todas las lámparas han sido apagadas.

Procesión solemne y Pregón Pascual

El diácono se reviste ahora de la estola y dalmática blancas, toma el cirio pascual bendecido y entra en la iglesia a oscuras, a la cabeza del cortejo. Después de haber dado algunos pasos, la procesión se detiene, todos se vuelven hacia el cirio que el diácono eleva en alto, diciendo:

"Luz de Cristo".

Todos a una voz le responden:

"Demos gracias a Dios".

Esta primera ostensión de la luz proclama la divinidad del Padre que se nos ha manifestado por Jesucristo:

"Nadie conoce al Padre, nos dice, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo ha tenido a bien revelárselo".4

Hacia el medio de la iglesia de nuevo se detiene la procesión y todos nuevamente se arrodillan mientras el diácono canta en un tono más elevado que la primera vez:

"Luz de Cristo".

Esta segunda ostentación anuncia la divinidad del Hijo que se ha aparecido a los hombres en la Encarnación y les ha mostrado su igualdad de naturaleza con el Padre.

El clero y los demás ministros del altar encienden sus velas en el cirio pascual, y la procesión avanza hasta que el diácono ha llegado cerca del altar. Por tercera vez levanta el cirio y, mientras todos se arrodillan, vuelve a cantar:

"Luz de Cristo".

Todos entonces se levantan y reciben la luz del cirio pascual. Esta tercera manifestación de la luz proclama la divinidad del Espíritu Santo que nos ha sido manifestado por Jesucristo al dar a los apóstoles el mandato solemne que la Iglesia va a cumplir en esta noche:

"Enseñad a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo".5

Colocado el cirio pascual sobre un candelero en medio del presbiterio, el diácono inciensa el libro puesto sobre el atril, rodea al cirio incensándolo por todas partes, vuelve al atril y, teniendo todos en sus manos las velas encendidas, entona el Exsultet.

Luego del canto glorioso del Pregón Pascual, se leen las profecías.

  • 1. San Juan, 8, 12.
  • 2. Pedro, 2, 6.
  • 3. Efesios, 2, 20.
  • 4. San Mateo, 11, 27.
  • 5. San Mateo, 28, 19.
La santa misa de Gloria

Bendición del agua bautismal

La bendición del agua para el Bautismo es de institución apostólica; y su antigüedad está atestiguada por el testimonio de los más grandes doctores, tales como San Cipriano, San Ambrosio, San Cirilo de Jerusalén y San Basilio. Es justo, en efecto, que esta agua, destinada a ser el instrumento de las más grandes de las maravillas divinas, esté rodeada de todo aquello que pueda ensalzarla a la faz del cielo y de la tierra, glorificando al mismo tiempo a Dios que se ha dignado asociarla a su designio misericordioso para con la humanidad.

Terminada la bendición del agua bautismal, si no hay ningún bautismo, sigue la renovación de las promesas del Bautismo. El Obispo toma entonces estola y capa blancas, inciensa el cirio, y vuelto hacia el clero y los fieles, los cuales tienen todas sus velas encendidas, les dirige una alocución invitándoles a renovar las promesas que hicieron en su Bautismo.

En fin, para terminar se concluye el canto de las Letanías de los Santos mientras el Obispo se dirige a la sacristía donde se reviste de los ornamentos sagrados, todo refulgentes del esplendor pascual.

La misa de la Vigilia Pascual

La Letanía se acaba; y los cantores han llegado ya a la invocación que la termina: Kyrie eleison! El Pontífice avanza de la sacristía hacia el altar con la majestad de los días más solemnes.

A su vista los cantores prolongan la melodía de las palabras de invocación, y las repiten tres veces; tres veces dirigen la invocación al Hijo de Dios: Christe eleison!, y, en fin, la invocación al Espíritu Santo: Kyrie eleison!

La incensación del altar ha terminado; de pronto, ¡oh triunfo del Hijo de Dios resucitado! La voz del Pontífice entona el himno Angélico:

"Gloria a Dios en lo más alto de los cielos, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad".

A estas palabras, las campanas, mudas desde hace tres días, tocan alborozadas en el campanario de la Basílica; y el entusiasmo de nuestra santa fe hace palpitar todos los corazones.

Después de la Colecta el subdiácono sube al ambón de la Epístola y lee el pasaje que el Apóstol dirige a los neófitos en el momento mismo en que acaban de resucitar con Jesucristo.

Terminada la epístola el Obispo se levanta y canta con alegría el Alleluia. El coro repite Alleluia y dos veces se cambia este grito celestial entre el coro y el Pontífice.

En este momento se desvanecen todas las tristezas pasadas; se siente que las penitencias de la Santa Cuaresma han sido aceptadas por la divina Majestad y que Padre de los siglos, por los méritos de su Hijo resucitado, perdona al mundo, puesto que le vuelve el derecho de oír el cántico de la eternidad.

Se descubren todas las imágenes y continúa la misa de Resurrección.

Por la mañana, el mismo domingo, se celebra la misa del día de Pascua.

 

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