FSSPX Actualidad

Entrevista a Monseñor Lefebvre en Argentina. Julio de 1977

Noviembre 03, 2017
Portada del reportaje concedido por nuestro Fundador a la revista argentina "Siete Días"

El Concilio Vaticano II, la fe y la autoridad pontificia. En julio de 1977 en Argentina, Monseñor Lefebvre concedió una entrevista a la revista "Siete Días" en la que explicó de manera clara y magistral los motivos de su resistencia a las nuevas enseñanzas de las autoridades de la Iglesia, dando ánimo al pueblo argentino en este combate por la fe católica.

 

"Habla Monseñor Lefebvre"

Aún suspendido a divinis y al borde de la excomunión, el obispo francés mantuvo en nuestra capital su empeño y obstinada actividad. Sus pasos, hora tras hora. Sus misas. Su palabra.

‒ ¿Cuáles son los motivos, el basamento, que lo llevaron a considerar cismático a un Concilio convocado, aprobado y promulgado por dos papas?

‒ En primer lugar debe considerarse el carácter particular del Concilio Vaticano II. Carácter que lo distingue de toods los demás Concilios celebrados en la Santa Iglesia, incluido el Vaticano I de 1870. Ha sido el Papa Juan XXIII, quien fijó los alcances teológicos del Concilio en su discurso de apertura:

No queremos definir ninguna nueva verdad, en consecuencia no queremos hacer un Concilio dogmático, queremos hacer un Concilio pastoral."

Y ha sido también el actual Pontífice Paulo VI quien en diversas oportunidades ha expresado que: el magisterio de la Iglesia no se quiso pronunciar con sentencia dogmática extraordinaria, que el Concilio tuvo como propósito no dar nuevas definiciones dogmáticas solemnes.

Por lo tanto a partir de este discurso deberá distinguirse entre Concilio dogmático y Concilio Pastoral: Todos los Concilios fueron dogmáticos, todos definieron verdades del depósito de la Revelación, todos condenaron o anatematizaron los errores que se oponían a las doctrinas definidas. Solo el Vaticano II quiso reducirse al marco de lo pastoral, sin abordar directamente las cuestiones dogmáticas, sin intentar dar definiciones, y sin intentar condenar los errores del tiempo. Ahora bien, a estas consideraciones fundamentales ‒que surgen de las propias palabras pontificias‒ deberán agregarse las circunstancias históricas en que hubo de reunirse la asamblea, y la mentalidad con que llegaron a Roma muchos obispos y que se convirtieron en los promotores de las más audaces reformas conciliares. Yo fui miembro de las comisiones preparatorias designadas por el Papa Juan XXIII, y juntamente con los demás integrantes ‒cardenales eximios, y buenos teólogos‒ preparamos los esquemas previos que debían servir de base para los estudios de la asamblea. La preparación de esos esquemas, que serían luego de aprobados y promulgados, autorizados documentos de la enseñanza de la Iglesia, requieren tiempo, reflexión, consulta de las fuentes y de los documentos eclesiásticos. Todo esto se tuvo en cuenta. Pero, hete aquí, que en la primera sesión del Concilio un grupo de obispos y cardenales empleando las modernas técnicas de presión logró desbaratar el exhaustivo trabajo realizado. Así pues sujetos todos por la limitación del tiempo y de los reglamentos internos, hubo de prepararse nuevos esquemas de discusión, en otras comisiones preparadas de un modo completamente arbitrario. Imagine las dificultades que esto suponía y tenga en cuenta la decidida actuación de ciertos cardenales y obispos, aquellos que se conocieron como los de las orillas del Rhin, nucleados en el grupo Idoc, y todos impregnados de modernismo y liberalismo y que además contaron con una superestructura bien financiada de oficinas, prensa, distribución, etc… Advierta, también, que el aula conciliar estuvo sometida a los vaivenes de la política internacional y todo esto explicará ‒está más extensamente consignado en mi libro “Un obispo habla”‒ el carácter ambiguo, diluido, de los documentos conciliares finalmente aprobados, y que brotaron de los apresurados esquemas redactados en la sede del Idoc, aprobados ‒muchos de ellos‒ a carpeta cerrada, sin el debido y necesario análisis. Cuando se estudian tales documentos, no debe pues prescindirse de las motivaciones puramente humanas que influyeron en su redacción. Sin embargo no todos ellos son igualmente ambiguos. Algunos repiten las enseñanzas tradicionales de la Iglesia ‒yo mismo, y creo ser el único, aplico en mis seminarios las normas fijadas por el documento respectivo‒; otros se apartan peligrosamente de la misma y así fue necesario, en algunos, introducir notas que dejaran a salvo las doctrinas definidas del magisterio eclesiástico. En tal sentido, en cuanto son ambiguos, sus contenidos conducen al cisma, a la ruptura con la Tradición. Por consiguiente, al romper con la Iglesia del pasado, el Vaticano II, puede decirse, es un Concilio cismático.

El Concilio, el Espíritu Santo, la Fe

‒ ¿No se corre el riesgo, al afirmar esto, de atentar contra la asistencia del Espíritu Santo al Concilio?

‒ He dicho que el Vaticano II fue un Concilio puramente pastoral, y queda claro, asimismo, la intención de los dos Pontífices que presidieron sus sesiones de no comprometer en el evento al Magisterio dogmático de la Santa Iglesia. Así pues en esa perspectiva deberá considerarse la inspiración del Espíritu Santo en los documentos producidos por el Concilio. La orientación liberal del Concilio no puede atribuirse al Divino Espíritu. Eso sería blafemo, sacrílego. No se puede tampoco, funado en la jurisdicción, solicitar una total obediencia a las reformas conciliares. La jurisdicción, en la Iglesia, está al servicio de la Fe, que es su primera finalidad. No puede imputarse al Espíritu Santo una disminución de nuestra Fe. El mismo Papa ha reconocido que los frutos del Concilio son frutos amargos y los frutos son siempre de la misma naturaleza que su causa productora. Así pues no hay jurisdicción ni derecho alguno que pueda imponernos una disminución de nuestra Fe. Si el humo de Satanás se ha infiltrado en la Iglesia, según lo afirmó angustiosamente el Papa Paulo VI, es innegable que la seguridad de la inspiración del Espíritu Santo se ha de buscar en los documentos que contienen las definiciones dogmáticas del Magisterio y no en las indefinidas declaraciones del Concilio, de carácter simplemente pastoral y por lo mismo contingentes y mudables.

La autoridad pontificia

‒ ¿Qué seguridad lo guía a sentirse en posesión de una verdad, frente a la mayoría que acata la verdad respaldada por la autoridad papal?

‒ Yo no tengo ideas personales, sino afirmo la verdad enseñada durante veinte siglos y que todos los fieles católicos han aprendido cuando niños en su pequeño catecismo. Yo no afirmo otra cosa, sino aquello que la Iglesia siempre ha afirmado, sostenido y enseñado. Y así yo condeno todos aquellos errores que el Magisterio una vez, y para siempre, ha condenado y anatematizado. Hay ciertas verdades contenidas en el Santo Catecismo que ningún cristiano puede ignorar y hay en la actualidad ciertos gravísimos errores que se oponen a estas verdades y que por lo mismo cualquier cristiano puede y debe resistirlos. No importa quien sea el que pronuncie los errores, la resistencia debe ser la misma. Nada hay más precioso que el tesoro de nuestra Fe católica, recibida el día de nuestro Bautismo, y ninguna obligación hay más necesaria y urgente que la de conservar ese magnífico tesoro. Ello así, ante el hecho de que muchos obispos y sacerdotes proclamen actualmente doctrinas desde mucho tiempo atrás condenadas por la Iglesia ‒y este es un hecho que podemos comprobar a diario‒ nosotros debemos permanecer firmes en nuestra Fe. Por otra parte, y es otro hecho, no es cierto que la mayoría de los obispos acate la autoridad pontificia. Recuerde simplemente la reacción de muchos episcopados cuando la publicación de la encíclica “Humanæ Vitæ”. Yo acato la autoridad pontificia, la misma autoridad permanente de todos los Romanos Pontífices que han ocupado la Cátedra de San Pedro. Yo, como tantos miles de católicos, sólo pido al Papa que sea el sucesor de Pedro, y no el sucesor de Juan Jacobo Rousseau, de Lammenais, de los filósofos revolucionarios.

"El padre Sánchez Abelenda confesando a partidarios de Monseñor Lefebvre, durante la misa" (epígrafe de la revista para esta imagen)

“Confiemos en Nuestro Señor”

‒ Según el Apocalipsis de San Juan, el advenimiento del reino de Dios, la parusía, sobrevendrá tras una posible declinación de la Iglesia. Ante el aparente triunfo de Satanás. ¿Considera que estamos en principio en tiempos apocalípticos?

‒ No puedo afirmar esto. Yo no soy profeta. Sí puedo afirmar que estamos en presencia de una grave crisis de la Iglesia Católica. Debemos orar mucho y confiar en Nuestro Señor Jesucristo, quien no nos hará faltar las gracias necesarias para resistir y pasar esta dolorosa situación. Tenemos la palabra segura e infalible de Nuestro Señor: Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Sean sí o no los tiempos apocalípticos, confiemos en la promesa del Divino Redentor y acudamos al auxilio eficaz de la Santísima Virgen, como canta la Liturgia. Ella sola ha vencido todas las herejías del universo mundo.

‒ ¿Cuáles son, a su criterio, las desviaciones más graves producidas por el Concilio?

‒ En general, lo más reprochable del Concilio es el espíritu que anima a sus documentos y declaraciones. Es un espíritu liberal, conciliador, ecuménico. No se sostiene con firmeza y claridad la doctrina católica. Se hacen concesiones, se producen serias omisiones, a fin de no contradecir a las demás religiones, y a las filosofías modernas, materialistas, existencialistas, positivistas. El espíritu liberal y modernista flota en muchos documentos del Vaticano II.

La Santa Iglesia es enemigo irreconciliable del Liberalismo y del Modernismo, categóricamente condenados en el "Syllabus" y la encíclica “Quanta Cura” del Papa Pío IX, y en la encíclica “Pascendi” del Papa San Pío X, entre otros muchos documentos de los Pontífices. Condenaciones definitivas en las cuales los Papas sí han comprometido su infalibilidad. Las constitución “Gaudium et spes” recoge las orientaciones y tendencias más revolucionarias del mundo moderno. Esa constitución, y ella misma lo afirma, quiere unir, quiere casar a la Iglesia, a La Esposa Inmaculada de Cristo con el mundo moderno, y por lo tanto con la Revolución, con todos sus errores y desviaciones.

El documento sobre la libertad religiosa contiene enseñanzas de tal naturaleza que torna innecesaria la labor misionera de la Iglesia, fundada en el mandato evangélico de Id y enseñad a todas las gentes. Su contenido ambiguo contrasta con la claridad y con la fuerza de las encíclicas en las cuales los Romanos Pontífices de los últimos tiempos han enseñado la verdadera doctrina acerca de la libertad religiosa. La señalada ambigüedad del esquema surge con evidencia cuando se considera la nota introductoria que fue necesario colocarle: esa nota quiere dejar a salvo la doctrina tradicional sobre la materia. Ahora bien: nunca un documento de Concilio alguno necesitó de notas introductorias de tales características. Pero el Concilio Vaticano II no quiso definir. El Concilio nunca quiso dar definiciones exactas sobre los temas que se discutían, y ese rechazo de las definiciones, esa negativa a examinar filosófica y teológicamente los temas que se trataban, hizo que no se hayan podido definir los temas sino describirlos. Y no solamente no se definió sino que frecuentemente en las discusiones de esos temas se falseó la definición tradicional.

Así, pues, con una mala definición o con una ausencia de definición nos hallamos en pleno desorden. En todos los documentos no existe una definición de la colegialidad episcopal, no hay una definición del ecumenismo. Asimismo se ha falseado la definición de la Iglesia. No se ha querido presentar a la Iglesia como medio necesario para la salvación y así, insensiblemente, en los textos resulta que la Iglesia ya no es un medio necesario, sino un medio útil, simplemente útil. Los cristianos deben penetrar la masa de la humanidad que, en su integridad, ya se dirige hacia su salvación; los cristianos deben aportarle un complemento de unión, de caridad, etcétera, y eso es todo. Esto significa arruinar de raíz todo el espíritu misionero de la Iglesia. Y de este modo el esquema de las Misiones fue literalmente minado por esa idea.

La Iglesia en América

‒ Su actitud de severo debate, ¿no corre el peligro de transformarse en cismática, de crear actitudes cismáticas?

‒ Yo no soy ni quiero ser cismático. Cisma es la ruptura con la tradición y el peligro de caer en el cisma lo corren quienes introducen novedades en la Iglesia desoyendo el mandato del Papa San Agatón:

En nada disminuir ni cambiar nada, nada añadir a aquellas cosas que han sido debidamente definidas, sino custodiadas incólumes en las palabras y a su significación."

Jamás aquellos que permanecen fieles a la tradición podrán caer en un cisma. No pueden ir hacia el cisma quienes creen y enseñan que fuera de la Iglesia no hay salvación. Más bien son los prelados que orientan un falso ecumenismo, que sostienen la bondad de todas las religiones, quienes corren el riesgo de volverse cismáticos. No soy el fije de ningún movimiento, ni de ninguna secta. Soy y quiero permanecer hijo fidelísimo de la Iglesia Católica, Apostólica y Romana.

‒ ¿Cuál sería, en síntesis, la experiencia por usted recogida en este viaje a América, y, en especial, a la Argentina?

‒ Ha sido una experiencia positiva y provechosa. Pude constatar la profunda preocupación de muchos sacerdotes y fieles por las difíciles circunstancias que atraviesa la Santa Iglesia y pude, asimismo, advertir los graves problemas de conciencia que se les plantean. En todos los países que visité he recibido muchísimas adhesiones para mi obra de formación de auténticos sacerdotes católicos. Los pueblos tienen gran necesidad de buenos sacerdotes. Yo hago lo que hice durante treinta años como misionero, como arzobispo de Dakar, como visitador apostólico en África, como Superior de mi Congregación. Hago aquello que la Iglesia siempre pidió a sus obispos: formar auténticos sacerdotes, que celebren la Santa Misa y prediquen la palabra divina. Aquí, en este maravilloso país, del cual me llevo hermosos recuerdos, he conversado con innumerables sacerdotes, seminaristas, religiosos, religiosas y laicos, y he recibido también el testimonio de una multitud de personas sencillas que se acercaron a la Misa que he celebrado.

‒ ¿Qué les diría a los católicos argentinos?

‒ Que sean fieles a la Santa Iglesia. Que permanezcan siempre firmes en la Fe Católica, que la transmitan íntegramente a sus hijos. Que resistan a los errores modernos con el arma del Santo Catecismo Tradicional y que centren toda su piedad en el Santo Sacrificio de la Misa, en la Misa Tradicional de veinte siglos, y en la devoción filial a la Virgen Santísima, en Nuestra Señora de Luján, patrona de las católicas y marianas naciones del Plata.