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Historia de Joseph Smith, fundador de los mormones

Febrero 13, 2017

Una juventud inquieta

Joseph Smith nació el 23 de diciembre de 1805 en Sharon (Vermont, Estados Unidos). Su padre era un humilde campesino instalado en el estado de Nueva York, donde Joseph pasó su juventud. Su cultura intelectual era elemental: lectura, escritura, cálculo y conocimientos bíblicos básicos. Según sus biógrafos, hacia los quince años todos sus desvelos giraban alrededor de la salvación, pero no encontraba ninguna solución satisfactoria en las iglesias protestantes que existían. Se entregó a la lectura de la Biblia con pasión, pero de forma desordenada, sin preparación suficiente, ni guía para ayudarlo a interpretarla correctamente.

 

Las primeras revelaciones

En esa perplejidad en que estaba sumido acerca de qué religión debía abrazar para salvarse, durante la primavera del año 1820 se le aparecieron Dios y su Hijo Jesucristo para darle instrucciones. Se le mandó que no se uniera a ninguna de las iglesias que existían, y se le dijo que Dios restauraría en la tierra la Iglesia que Jesucristo organizó originalmente, con todas sus verdades y la autoridad del sacerdocio.

El 21 de septiembre de 1823 se le aparece otro mensajero celestial. Le declara su nombre, Moroni, hijo de Mormón, el último profeta de los antiguos norteamericanos, y en resumidas cuentas le indicó lo siguiente: “Has de saber, querido José, que la religión verdadera que tú has de restablecer desapareció de la tierra, hace ya trece siglos, por las picardías de los antiguos americanos, que habiéndola profesado fielmente durante cuatro siglos, fueron dejados de la mano de Dios y se precipitaron en el abismo de la idolatría y de la barbarie. Busca el Libro de Oro, que mi padre Mormón escribió para perpetuar la memoria de ella y hacer posible su restauración; lo hallarás en una caverna del monte Cumorah, donde yo mismo lo escondí en el año 420”.

El mensajero, sin embargo, omitió un pequeño detalle. Cumorah era un nombre antiguo que ya nadie podía conocer. El pobre Joseph estaba desconsolado y prácticamente había abandonado toda esperanza de hallar el Libro de Oro redactado por el profeta Mormón. Pero en septiembre de 1827 Moroni se le aparece por tercera vez, y le manifiesta que Cumorah era el nombre que antaño tenía un monte situado a poco más de tres kilómetros de Manchester.

 

El hallazgo del tesoro perdido

Guiado por el ángel Moroni, Joseph encuentra entre las rocas de una colina ubicada entre Palmyra y Canandaigua una colección inestimable de “santas láminas”, hechas de un metal parecido al oro. Estas láminas estaban cubiertas de escrituras desconocidas e incomprensibles. Mientras se preguntaba ansioso cómo descifrarlas, se le aparece Moisés para enseñarle cómo usar un instrumento extraño, formado por dos piedras transparentes, que se encontraban a lado de las láminas, parecidos a unos lentes.

Moisés le indicó que las dos piedras de cristal no eran sino el Urim y Thummim de los judíos.1 Con estas lentes milagrosas, no sólo podía leer las escrituras misteriosas grabadas sobre las tabletas, sino también, según decía, comprender su significado. Después de haber descifrado el documento sagrado y haber comprendido la importancia muy grande de su descubrimiento, Joseph pidió ayuda a un tal Oliver Cowdery para transcribirlas al inglés.

La colaboración entre los dos hombres fue bastante extraña (y sospechosa). Smith decía que nadie podía ver las láminas sin morir, y que solamente él tenía derecho a mirarlas, tocarlas y descifrarlas. Por lo tanto, se ubicaban en una sala dividida en dos espacios por una cortina. Ayudado por las “lentes” leía y traducía las inscripciones, mientras del otro lado Cowdery iba escribiendo la traducción. Acabado el trabajo y gracias al financiamiento provisto por Martin Harris, un campesino, Smith pudo editar en marzo de 1830 la primera edición de The Book of Mormon.

 

Relatos del Libro de Mormón

Sólo nos corresponde reseñar las líneas generales del libro (un estudio detallado de la doctrina se puede encontrar en el artículo “Religión o delirio”, en la página 15 de la Revista "Iesus Christus" Nº 123). El libro recuenta la historia desde el año 2200 antes de Cristo hasta el año 421 de nuestra era. Relata que algunos de los constructores de la Torre de Babel, los Jareditas, emigraron a Estados Unidos.

Unos 1500 años después también emigró un grupo de israelitas que desplazó a los primeros. Lehí, un judío residente en Jerusalén hacia el tiempo de Jeremías, recibió de Dios la orden de salir rumbo a Norteamérica. Llegó allí con su familia en una barca, y con el tiempo su descendencia creció hasta ser una tribu numerosa. El sucesor de Lehí, nombrado por orden de Dios, fue Nefí, su hijo menor. Su clan debió luchar por siglos contra el de su hermano mayor, Lamán.

Cristo visitó los Estados Unidos después de su resurrección, antes de ascender al cielo. Allí escogió doce Apóstoles y fundó la rama norteamericana de su Iglesia. Con el paso del tiempo, sin embargo, surgieron discordias y guerras. Se corrompieron las costumbres al punto de peligrar la conservación de la fe verdadera. Por eso Dios envió más tarde al gran profeta Mormón, que con su predicación y milagros consiguió que los Nefitas volviesen a la antigua piedad y arrojasen de su seno los corrompidos hijos de Lamán, los Lamanitas. Fue así como algunos de éstos tuvieron que retirarse a lugares apartados, y otros fueron arrojados a América del Sur.

Hacia el año 400 d.C. los Lamanitas volvieron a hacerse fuertes, guerrearon contra los Nefitas, los vencieron y los aniquilaron. Por este motivo Mormón escribió en láminas de oro el origen, historia, religión y apostasía de los norteamericanos, profetizando que algunos siglos después, la religión que desaparecía sería restablecida por un descendiente del patriarca José, y ese era el propio Joseph Smith. Con él iba a comenzar la era, el milenio de la salvación universal.

 

Comienzos y acogida de la nueva religión

En 1829, un ser resucitado que se da a conocer como Juan el Bautista se les aparece a Joseph Smith y a Oliver Cowdery. Les impone las manos y les otorga el Sacerdocio Aarónico 2 con autoridad para bautizar y llevar a cabo otras prescripciones.

Poco después, tres de los apóstoles originales ‒Pedro, Santiago y Juan‒ se les aparecen y les otorgan la autoridad del apostolado y el Sacerdocio de Melquisedec 3 o sacerdocio mayor. Con la restauración de la autoridad del sacerdocio, Joseph va a comenzar la predicación de la era de salvación.

Los comienzos no transcurrieron sin dificultades. Smith fue criticado, burlado, y encontró mucha oposición. Le exigieron que mostrara las famosas láminas de oro. Él declaró que habían sido vistas por once testigos. Pero parece seguro que los testigos mintieron, o jugaron con las palabras: Habían “visto” las láminas, pero sólo con “los ojos de la fe”; las habían “tocado”, pero sólo “detrás de un velo”, ya que Smith afirmaba que no las podía mostrar a nadie bajo pena de muerte.

Martin Harris, el campesino que había financiado la primera edición del libro, consiguió de Smith una copia exacta de las láminas, que envió a un especialista en grafología de Nueva York, el profesor Anthon. En una carta pública, el profesor declaró que la hoja que le había entregado estaba “cubierta de todo género de símbolos corvados, y evidentemente combinados por una persona que tenía ante los ojos un libro con distintos alfabetos, entre los cuales estaban el griego y hebreo. Se encontraban también algunas letras romanas invertidas o puestas de costado, formando unas columnas perpendiculares. Al final se veía un dibujo representando un círculo dividido en distintos compartimentos, cubierto de signos extraños, copiados de un calendario mexicano publicado unos años antes, de manera de ocultar y disfrazar su origen”.

 

Difusión y conflictos

Pero Joseph no se desanimó. El Libro de Mormón lo decía claramente: él había sido elegido para restaurar la antigua religión perdida. Había llegado la hora de la gran restauración de la religión primitiva y la era del milenio. Los indios, descendientes de los Lamanitas, se iban a convertir ampliamente. América iba a ser el lugar de encuentro de los “Santos” de todo el universo. La misión especial de la nueva iglesia iba a ser construir la nueva Jerusalén. Con sus amigos, Joseph puso con ardor manos a la obra.

El 6 de abril de 1830, La Iglesia de los Santos de los Últimos días fue inaugurada en Fayette, en el estado de Nueva York. Unos misioneros improvisados comenzaron a difundir entre la población campesina, poco formada, la noticia del maravilloso descubrimiento de Joseph Smith.

Hubo muchas adhesiones, pero también vivas resistencias. Algunos se sentían atraídos por el orgullo de ser los primeros en pertenecer al reino de los santos. Otros se reían de esas fábulas absurdas. En 1929, Smith y Cowdery, su secretario, se habían rebautizado mutuamente. Comunidades de mormones se iban formando en los estados de Nueva York, Ohio, Pensilvania, Indiana e Illinois. Se rebautizaba por inmersión a todos los que adherían.

Huyendo de las oposiciones que encontraba en Fayette, a comienzos del año 1831 Smith transfirió la sede de su Iglesia a Kirtland (Ohio). A fines del mismo año, siguiendo los consejos de una nueva “aparición celestial”, se fue con unos mil doscientos mormones al condado de Jackson (Missouri), y fundó “la ciudad de Sion en que Cristo debía reinar en persona”.

Ahí también se declaró una persecución violenta: los ministros mormones fueron ultrajados y amenazados; los diarios de la secta fueron suprimidos, y ‒finalmente‒ en el año 1833, después de un asalto de un grupo de hombres armados, la comunidad fue expulsada de la región. Tuvo que dirigirse hacia el oeste, a Independence (condado de Clay, Missouri).

Mientras tanto, en Kirtland, Smith había constituido un triunvirato, con Rigdon y Williams, para dirigir su Iglesia. El 4 de febrero de 1835 eligió a doce apóstoles, confiándoles la misión de convertir al mundo. Uno de ellos se fue a Inglaterra y fundó en Preston, en 1837, la primera comunidad mormona de Europa. Pronto abundaron los neófitos. Varios emigrantes mormones salieron para América con el fin de reunirse con la iglesia de los santos.

Pero la intolerancia de la secta, su pretensión de poseer toda la región de Independence con el pretexto de que era la “Tierra Santa de los escogidos”, provocaron reacciones fuertes de parte de los otros grupos religiosos y civiles del lugar. Joseph Smith, su hermano y varios otros jefes mormones fueron arrestados y encarcelados. Otra vez, la colonia mormona, que contaba con unos quince mil miembros, tuvo que irse.

 

Una ciudad mormona

Expulsados de Independence, los mormones se fijaron en el Illinois y fundaron una ciudad nueva: Nauvoo. Dos años después, contaba con 2100 casas, varias escuelas, edificios públicos y un templo espléndido, cuyos planos habían sido revelados a Smith durante una visión. La ciudad fue reconocida por el Estado de Illinois, y Smith fue nombrado jefe legal de esta comunidad de veinte mil almas, de la que era a la vez el profeta y sumo sacerdote. La disciplina reinaba admirablemente. Todas las mañanas, rodeado por su estado mayor, Smith revisaba su milicia. Por la tarde anunciaba la palabra del Señor, con la Biblia en la mano. La ciudad obedecía a un régimen estrictamente teocrático.

Abrumado por el éxito, Smith se presentó como candidato a la presidencia de los Estados Unidos en 1844 (por supuesto, no ganó las elecciones).

 

Una última e inoportuna revelación:
la poligamia

En 1843, perseguido por los reproches de su esposa que se quejaba de su mala conducta, Smith afirmó a algunos iniciados que había recibido una nueva revelación de parte de un ángel, en la que se invitaba a los “santos” a seguir los caminos de David y Salomón, con la práctica de la poligamia. Esta pretensión provocó muchas divisiones en la misma comunidad. Pero la oposición fue mucho más viva todavía en el resto de Norteamérica. La cuestión consistía en saber si la Constitución de los Estados Unidos admitía o no la poligamia.

En Nauvoo, la oposición creó un diario especial, el Expositor. Smith, que ya no soportaba ni la más pequeña crítica, mandó a sus seguidores hacer uso de la fuerza para reducir a los oponentes. Las imprentas del Expositor fueron destruidas, las oficinas saqueadas y los redactores expulsados de la ciudad. Las víctimas fueron a quejarse a las autoridades de Illinois, que vieron en esos acontecimientos una buena oportunidad para terminar con una situación, que muchos ya no toleraban más. La milicia del estado se adueñó de Nauvoo y Smith fue arrestado juntamente con su hermano. Los dos fueron encarcelados en la prisión de Cartaghe (Illinois).

Sin embargo, movido por un rumor que se difundió diciendo que el gobernador pensaba liberarlos, un grupo armado se precipitó sobre la cárcel y asesinó a los dos prisioneros. El drama ocurrió el 27 de junio de 1844. Smith había terminado su carrera de restaurador, profeta y sumo sacerdote.

 

¿Una religión divina?

A lo largo de nuestro relato no nos hemos detenido a analizar la autenticidad de las revelaciones y misión de Joseph Smith. Pero nos parece que los hechos hablan de por sí: no se encuentra ninguna prueba, ni testimonios de las afirmaciones de Joseph Smith. Su historia se parece a esas novelas o películas de ciencia ficción, en que lo bíblico se mezcla permanentemente con la ficción. Dotado de carisma, de un carácter emprendedor y organizador, Joseph Smith supo aprovechar la falta de formación de la gente de su época y su deseo de religión, para fundar su propia iglesia y presentarse como restaurador. Pero de ninguna manera “la Iglesia de los Santos de los Últimos días” puede pretender tener los criterios de una religión divinamente revelada. Es más bien el fruto de una imaginación exaltada, o tal vez ilusionada por el espíritu de las tinieblas.

El éxito que tiene la religión de Smith en nuestros días no se puede explicar, sino por esa misma falta de formación y vacío espiritual de la gente de nuestra época. Pero ya hace veinte siglos, San Pablo y San Juan nos habían advertido: “Carísimos, no creáis a cualquier espíritu, sino examinad los espíritus si son de Dios, porque muchos seudoprofetas se han levantado en el mundo” (I Juan, IV, I). “Vendrá un tiempo en que no sufrirán la sana doctrina; antes, deseosos de novedades, se amontonarán maestros conforme a sus pasiones y apartarán los oídos de la verdad para volverlos a las fábulas” (II Timoteo, IV, 3).

 

NOTAS:

1. El Urim y el Thummim eran dos piedras de cristales de roca que el Sumo Sacerdote debía llevar colgadas sobre su pecho cuando entraba al Sancta Sanctorum del Templo de Jerusalén (cfr. Éxodo, 28, 30).

2. Aarón fue el hermano de Moisés. Por ordenanza divina fue nombrado sumo sacerdote para todo el pueblo de los hebreos. (Ex. 28, 1).

3. Melquisedec fue un sacerdote misterioso que ofreció un sacrificio para celebrar la victoria de Abraham contra sus enemigos (Génesis, XIV, 18). Sabemos por San Pablo y la Tradición que el sacerdocio de Melquisedec fue una profecía del Sacerdocio supremo de Nuestro Señor Jesucristo (Hebreos, 7).

 

ANEXO: EL CREDO MORMÓN

(por Joseph Smith)

1) Creemos en Dios el Eterno Padre, y en su Hijo Jesucristo, y en el Espíritu Santo.

2) Creemos que los hombres serán castigados por sus propios pecados, y no por la transgresión de Adán.

3) Creemos que por la expiación de Cristo, todo el género humano puede salvarse, mediante la obediencia a las leyes y ordenanzas del Evangelio.

4) Creemos que los primeros principios y ordenanzas del Evangelio son: primero, Fe en el Señor Jesucristo; segundo, Arrepentimiento; tercero, Bautismo por inmersión para la remisión de los pecados; cuarto, Imposición de manos para comunicar el don del Espíritu Santo.

5) Creemos que el hombre debe ser llamado por Dios, por profecía y la imposición de manos, por aquellos que tienen la autoridad, a fin de que pueda predicar el evangelio y administrar sus ordenanzas.

6) Creemos en la misma organización que existió en la Iglesia Primitiva, esto es, apóstoles, profetas, pastores, maestros, evangelistas, etc.

7) Creemos en el don de lenguas, profecía, revelación, visiones, sanidades, interpretación de lenguas etc.

8) Creemos que la Biblia es la palabra de Dios hasta donde esté traducida correctamente; también creemos que el Libro de Mormón es la palabra de Dios.

9) Creemos todo lo que Dios ha revelado, todo lo que actualmente revela, y creemos que aún revelará (al hombre) muchos grandes e importantes asuntos pertenecientes al reino de Dios.

10) Creemos en la congregación literal del pueblo de Israel y en la restauración de las Diez Tribus; que Sión (la Nueva Jerusalén) será edificada sobre el continente americano; que Cristo reinará personalmente sobre la tierra, y que la tierra será renovada y recibirá su gloria paradisíaca.

11) Reclamamos el derecho de adorar a Dios Todopoderoso conforme a los dictados de nuestra propia conciencia, y concedemos a todos los hombres el mismo privilegio: que adoren como, cuando y donde lo deseen.

12) Creemos en estar sujetos a los reyes, presidentes, gobernantes y magistrados; en obedecer, honrar y sostener la ley (del hombre). Creemos en ser honrados, verídicos, castos, benevolentes, virtuosos y en hacer el bien a todos los hombres; en verdad, podemos decir que seguimos la admonición de Pablo: “Todo lo creemos, todo lo esperamos; hemos sufrido muchas cosas, y esperamos poder sufrir todas las cosas. Si hay algo virtuoso, o bello, o de buena reputación, o digno de alabanza a esto aspiramos”.