FSSPX Actualidad

La Tercera Orden de la Fraternidad

Marzo 07, 2017

En mi paso por diversos prioratos he escuchado más de una vez a los fieles de nuestras capillas alguno de estos comentarios: “¿Qué es la Tercera Orden de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X? ¡Ni siquiera sabía que existía! ¿Cómo nació? ¿Qué significa ser terciario?”

Estas pocas líneas que siguen pretenden poner en relieve, ante todo, el espíritu que movió a nuestro Fundador a redactar sus Estatutos y reglas, y erigir oficialmente su existencia tras diez años del nacimiento canónico de la Fraternidad. Las personas sinceramente interesadas en su santificación verán en ella un medio seguro y eficaz para lograrlo.

 

Ante todo, vamos a plantearmos la siguiente pregunta: ¿cómo nacieron las terceras órdenes en la Iglesia?

La primera y más célebre debe su origen a San Francisco de Asís. Fue la que sirvió de norma y modelo a las que se establecieron después de ella en la Iglesia.

San Francisco fijó la regla de los frailes que lo siguieron desde un principio y también la de las religiosas unidas a Santa Clara de Asís. Allí tenemos la Primera y la Segunda Orden Franciscana respectivamente.

Sin embargo, no se detuvo allí. Pensó también en aquellos cristianos que vivían en el mundo, ansiosos de mayor santidad, que no en contraban en su propio estado recursos bastante poderosos para realizar sus anhelos, que hubieran deseado abandonar el mundo pero que no podían realizarlo por impedírselo legítimas e ineludibles obligaciones.

Para ellos creó el Santo la Tercera Orden, proporcionándoles el modo más ventajoso que se pudiera imaginar para consagrarse a Dios sin salir de sus casas, armonizando las ocupaciones de la vida seglar con el recogimiento.

San Francisco se proponía renovar los ejemplos de fervor de los primeros cristianos y convertir el hogar doméstico en un santuario, en el que Dios recibiera el culto más fervoroso y llegar a mantener en medio del pueblo fiel la exacta observancia de los mandamientos de Dios y de la Iglesia.

“La Tercera Orden —tal como aseguraba el Papa León XIII— hace verdaderos cristianos”.

En nuestros tiempos, después de la fundación de la Fraternidad, el apostolado de los sacerdotes reveló la urgencia y necesidad de recurrir a un medio que permitiese a los fieles que viven inmersos en la agitación del mundo hallar un instrumento que les permita, a la vez, guardar la fe, la esperanza y la caridad ante tanta confusión en la Iglesia, y vivir más fácilmente el ideal evangélico.

Es así que Monseñor, atendiendo las preocupaciones y deseos de los sacerdotes, escuchó los llamados de los fieles angustiados, abandonados, sin defensa, en medio de la ruina de las instituciones eclesiales que en otro tiempo conservaban y mantenían la fe.

Hacia 1980 redactó los Estatutos y precisó las obligaciones particulares de la Tercera Orden de San Pío X, presentándola precisamente como Orden establecida para procurar una escuela de santidad a las almas que viven en el mundo: “El fin de la fundación de la Tercera Orden consiste en la santificación personal y de las personas bajo la responsabilidad de los miembros de la Tercera Orden” (Estatutos).

Esta santificación está enteramente centrada en el Santo Sacrificio de la Misa, donde se encuentra el sentido y la fuente de la vida cristiana, que no es otra cosa sino una vida de sacrificio y de corredención.

Éste es el espíritu de la Iglesia, su fe viviente, como lo enseña su Magisterio. Las palabras del Apóstol, “tened los mismos sentimientos que Cristo Jesús”, piden a todos los cristianos que reproduzcan en cuanto les sea humanamente posible, los sentimientos que animaban al Divino Redentor cuando ofrecía (por nosotros) el sacrificio de sí mismo, es decir, que reproduzcan su humilde sumisión de espíritu, que adoren, que honren, alaben y agradezcan a la Soberana Majestad de Dios. Pide también de ellos mismos que de alguna manera asuman la condición de víctima, que se sometan completamente a los preceptos evangélicos, que se dediquen espontáneamente a la penitencia, que cada uno deteste y expíe sus faltas. Finalmente, pide que todos muramos místicamente con Cristo sobre la Cruz de manera de poder hacer nuestra la idea de San Pablo: “Estoy crucificado con Cristo” (cfr. Carta a los Gálatas, 2, 19; Pío XII, encíclica Mediator Dei, año 1947).

Por eso Monseñor prescribía a los Terciarios “la asistencia a la Misa de siempre y comunión, si es posible” como una de las obligaciones personales diarias.

Así, en estrecha unión con el Santo Sacrificio de la Misa, describía el espíritu de la Tercera Orden como “el mismo que anima a la Fraternidad Sacerdotal, es decir, el espíritu de la Iglesia, manifestada por toda su Tradición, su Magisterio infalible, expresado y expuesto en el Catecismo del Concilio de Trento, de la Vulgata, en la enseñanza del Doctor Angélico, en la liturgia de siempre. Espíritu de adhesión a la Iglesia Romana, a los Papas, a los Obispos, espíritu de obediencia a la autoridad de la Iglesia, según su fidelidad a la finalidad de su cargo, que no es sino difundir la fe Católica y el Reino de Nuestro Señor (…) Espíritu de vigilancia respecto a todo lo que pueda corromper la fe (…), devoción tierna y filial a la Santísima Virgen María (según el espíritu de San Luis María Grignon de Montfort), a San José y a San Pío X…”

Casi cuarenta años después de su redacción, aquellos párrafos inspirados en la sabiduría pastoral de nuestro Fundador resumen con simplicidad un luminoso y accesible programa de vida cristiana, que creemos puede ser puesto en práctica por todas las personas sinceramente deseosas de perseverar en la fe y en la caridad.

Es de esta manera, además, como participarán de los beneficios espirituales y méritos de la Fraternidad, uniendo sus oraciones y sacrificios, sus luchas y esfuerzos, sus gozos y alegrías, a los de aquellos que formamos parte de esta gran familia de nuestra congregación.

Invitamos, pues, a todas las personas interesadas a animarse a formar parte de los Terciarios, escribiendo y pidiendo al Padre Superior de Distrito ser admitidos en calidad de postulantes. Un año de prueba les permitirá comprobar que no es imposible que de esta manera sean religiosos en el mundo, unidos a la Fraternidad.

Esta convicción posibilitará que luego pronuncien su compromiso definitivo ante la Congregacón y la Iglesia, en calidad de miembro activo de la Tercera Orden, trabajando en su santificación, en la práctica de los ideales evangélicos de perfección y, en última instancia, en la salvación de su alma y por la mayor gloria de Dios.

Padre Luis María Canale


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