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Las almas del Purgatorio

Noviembre 14, 2017
"...la pena de sentido, que viene del fuego temporal, será también tanto más intensa cuanto que el alma la siente sola, sin compartirla con el cuerpo, lo cual no deja de aliviarla"

La Santa Madre Iglesia se preocupa muy especialmente de las almas del Purgatorio y dedica la Conmemoración de los Fieles Difuntos, los primeros ocho días de noviembre -enriquecidos con indulgencias- y todo este mes a rogar por las almas de los fieles difuntos. Conozcamos la doctrina sobre el Purgatorio.

Gran interés tenemos nosotros en conocer la doctrina de la Iglesia sobre el Purgatorio, y la condición de las almas que allí se encuentran, dado que un día nos tocará, si la misericordia de Dios así nos lo concede, encontrarnos en dicho lugar. Tal es el objetivo de esta breve exposición, en la que daremos primeramente la enseñanza que Santo Tomás nos brinda sobre las almas del Purgatorio, y luego la que podemos conocer a través de algunas revelaciones, especialmente las de Santa Catalina de Génova en su Tratado del Purgatorio.

Doctrina de Santo Tomás sobre el purgatorio

1) Lo primero que nos enseña Santo Tomás es que hay un purgatorio después de esta vida. Las almas de los difuntos, explica el Santo, al salir de esta vida, reciben la recompensa que han merecido por sus acciones. Si el alma es capaz de recibir enseguida su retribución, entra en su lugar propio: así, los justos que no deben nada a Dios son admitidos inmediatamente en el cielo, los malvados que han muerto en pecado mortal van directamente al infierno. Pero si el alma no es capaz de recibir la recompensa, porque se ve demorada por algún impedimento, como sucede cuando no puede entrar aún en el cielo por tener deuda que pagar, va a un lugar temporal, al que llamamos Purgatorio.

Santo Tomás no deja de señalar la conveniencia de los diferentes infiernos según la culpa que tenga el alma, y que es su verdadera justificación teológica:

  • si el alma, después de la muerte, es hallada en pecado mortal, va enseguida al infierno de los condenados;
  • si es hallada en pecado original solamente, va al Limbo de los niños;
  • si es hallada con pecado venial, va al Purgatorio;
  • y si no tiene pecado alguno, pero no puede ingresar en la gloria por no haber sido merecida (tal era el caso de los justos plenamente purgados del Antiguo Testamento), va al Seno de Abraham. Así, pues, negar cualquiera de estos lugares, dice el Santo, sería hablar contra la divina justicia, resistir a la autoridad de la Iglesia, e incurrir en herejía.

2) Enseña luego Santo Tomás que el lugar donde se purgan las almas y donde son castigados los impíos es el mismo; un solo y mismo fuego quema al pecador como castigo y purifica al elegido, del mismo modo que un mismo fuego quema la paja y acrisola el oro (San Gregorio). Lo que nos hace distinguir ambos lugares es:

  • por una parte, la gravedad de la pena: el fuego del infierno es más intenso que el del Purgatorio, como situado que está en la parte inferior, mientras que el Purgatorio, aunque está unido al infierno, está en una región superior;
  • y, por otra parte, la condición de la pena: en el infierno la pena de fuego y de daño es eterna, y excluye toda esperanza y toda virtud sobrenatural; mientras que en el Purgatorio la pena de fuego y la privación de Dios es temporal, no se extiende más allá de lo que exige la perfecta limpieza del alma, y va acompañada de la gracia, virtudes infusas y dones del Espíritu Santo, con que el alma fue hallada en el momento de la muerte.

3) Por supuesto que la pena del Purgatorio excede toda pena temporal de esta vida, y ello cuanto a la doble pena de daño y de sentido:

  • la pena de daño, o de privación de Dios, será tanto más grave cuanto que Dios es más vivamente deseado, porque el cuerpo ya no frena la tendencia del alma hacia Dios, y porque el alma ve claramente que ha llegado para ella el momento de gozar del sumo Bien, y por eso se duele sumamente de verse retardada en su posesión;
  • la pena de sentido, que viene del fuego temporal, será también tanto más intensa cuanto que el alma la siente sola, sin compartirla con el cuerpo, lo cual no deja de aliviarla.

4) Nuevo punto que enseña Santo Tomás, y es que la pena del Purgatorio no expía el pecado venial cuanto a la culpa, sino que sólo satisface a la justicia divina; o, dicho de otro modo, las almas del Purgatorio ya no tienen ningún pecado venial, sino que sólo permanece en ellas la pena debida por los pecados veniales, y es por eso que deben ofrecer una expiación a Dios. Enseña Santo Tomás que la muerte en estado de gracia borra todos los pecados veniales, porque por la muerte queda destruido el incentivo del pecado, que era nuestra concupiscencia, y porque no permanece en el alma, después de la muerte, el afecto o apego sensible al pecado. Lo único que queda en ellas es el desorden real que han tenido algunos de sus actos, y que debe ser reparado por la debida pena, por el debido sufrimiento que sea contrario a la voluntad. De esta manera las almas, en el Purgatorio, son por un lado perfectamente santas, en el sentido de que ya no tienen el menor pecado, la menor mancha que las afeen a los ojos de Dios; pero, por otra parte, han de equilibrar su alma con aquellas disposiciones que no tuvieron suficientemente en esta vida, como el conocimiento de la gravedad del pecado, el sentimiento profundo de la infinita majestad de Dios, el perfecto amor de Dios sobre todas las cosas, el abandono total de sus voluntades en la voluntad de Dios, etc.

5) Por esa misma santidad de las almas del Purgatorio, enseña Santo Tomás, el demonio no tiene ya ningún poder sobre ellas, ni siquiera de atormentarlas; pues no es justo que quienes han triunfado ya contra los demonios, muriendo sin pecado mortal, deban someterse a ellos para soportar de su parte un castigo. En esta vida, que es lugar de lucha, Dios permite que los demonios nos tienten, nos ataquen, nos atormenten, como los enemigos propios de nuestra lucha, así como permite que los buenos ángeles nos ayuden en ese combate. Pero después de esta vida, el alma no se ve ya atormentada ni por los demonios, pues los ha vencido, ni por los ángeles buenos, pues no atormentan los espíritus bienaventurados a sus propios conciudadanos; y así sólo queda que la pena con que estas almas son purgadas venga de la justicia divina, y más aún, de la caridad divina, que por el amor intenso que tiene a esas almas, las dispone para poder entrar en la patria y recibir por fin la recompensa.

6) Otra enseñanza de Santo Tomás es que las almas de los fieles difuntos pueden ser ayudadas por las obras de los vivos; es más, señala el Santo, tal costumbre figura en las Escrituras, y proviene de los mismos Apóstoles. La razón de que podamos ayudar con nuestras obras a los difuntos no es otra, en realidad, que la comunión de los santos, esto es, el carácter común que tienen en la Iglesia todos los bienes espirituales, de modo que lo que uno hace aprovecha a otro, y lo que uno gana puede aplicarlo a los demás miembros de la Iglesia. De este modo, hay una corriente continua de bienes espirituales desde la Iglesia militante a la purgante; la hay también de la Iglesia triunfante a la purgante, puesto que los santos de la gloria también interceden por las almas del Purgatorio, y les prestan los alivios o auxilios compatibles con la justicia divina que ha de ejercerse en ellas.

Sin embargo, observa Santo Tomás, haciendo suya una enseñanza de San Agustín, el motivo de que estas obras buenas de los vivos les sean aplicadas, es que merecieron durante su vida que los sufragios les valieran después de la muerte. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia, nos enseñó Nuestro Señor Jesucristo; y eso se verifica eminentemente en las almas del Purgatorio: cuanto más misericordiosas fueron con el prójimo por las obras de caridad, más merecen que se les apliquen los sufragios que la Iglesia ofrece por ellas.

7) Finalmente, si nos preguntamos cuáles son las obras que más aprovechan a los difuntos, Santo Tomás contesta que las obras que más ayudan a las almas del Purgatorio son las oraciones de la Iglesia, el Santo Sacrificio de la Misa y las limosnas. ¿Por qué? Porque toda la aplicación de los sufragios de los vivos a los difuntos se basa en la unión que existe entre ellos por la caridad. Y así, cuanto más caritativa sea una obra, o más se tenga la intención de aplicarla a un difunto determinado, más vale para aliviarlas en el Purgatorio. Entre las obras caritativas figuran sobre todo dos:

  • la Santa Misa, por una parte, porque es el sacramento que es signo de la unión de la Iglesia en la caridad, y porque contiene a Aquél que es la fuente y el vínculo de la caridad, por quien toda la Iglesia queda unida y consolidada;
  • y la limosna, por otra, entendida en su acepción general de cualquier obra de misericordia, pues estas obras son directamente producidas por la caridad.

La oración, a su vez, vale mucho para las almas del Purgatorio, porque es la obra que más nos permite dirigir nuestra intención a alguien particular, rezando por él, pidiendo por él, y aplicándole lo que nosotros hayamos podido merecer por nuestras propias obras.

"...si las almas son santas, pero tienen cosas que purgar, el fuego de la caridad divina trabaja en ellas como sobre leña húmeda: les va comunicando progresivamente sus cualidades de fuego, pero con violencia, con dolor diríamos"

Enseñanzas de algunas almas sobre el Purgatorio

Hasta aquí la enseñanza del Angélico. No estará demás, sin embargo, dar algunas precisiones sobre el estado de las almas del Purgatorio, dado que demasiado frecuentemente imaginamos el Purgatorio como el lugar de la justicia de Dios, de una justicia inflexible, de una justicia sin misericordia: cuando, en realidad, es una invención de la misericordia de Dios, aunque se trate de una misericordia en la que el hombre ya no puede merecer. Y esto es precisamente lo que algunas almas santas, especialmente Santa Catalina de Génova, nos enseñan a partir de las luces que Dios les comunicó sobre las almas del Purgatorio. Tres son particularmente las razones por las que en el Purgatorio se manifiesta la misericordia divina:

  • primero, por el amor que las tres Divinas Personas tienen a esas benditas almas;
  • segundo, por el amor y conformidad que esas almas tienen para con Dios;
  • tercero, por el mismo sufrimiento que tienen que soportar estas almas.

1) Amor de Dios por las almas del Purgatorio. Ante todo, la misericordia de Dios para con esas almas se manifiesta en la predilección que la Divina Providencia manifestó para con ellas. El Señor se las eligió de tal manera, que les concedió la gracia de la perseverancia final, y se las adquirió para siempre: son almas definitivamente salvadas. Y por eso, ahora en el Purgatorio, la Santísima Trinidad mira a cada una de estas almas sufrientes con un inmenso amor:

  • Dios Padre las contempla resplandecientes de la Sangre de su Hijo, precio único y preciosísimo de su salvación, y las mira y ama infinitamente en su Hijo crucificado y glorioso.
  • Dios Hijo se alegra de verlas sumergidas en la voluntad de su Padre, en un consentimiento total al amor del Padre.
  • Dios Espíritu Santo realiza en ellas los últimos toques del trabajo de santificación y perfeccionamiento sobrenatural, a través de la dolorosa purificación a que las somete: las mira con infinita complacencia, y se derrama abundantemente en ellas con sus dones y gracias.

En definitiva, las almas del Purgatorio son hijas queridísimas de la Misericordia divina: están destinadas a ser las joyas eternas de la Jerusalén celestial.

2) Amor que estas almas tienen a Dios. El segundo efecto de la misericordia de Dios con las almas del Purgatorio es el don de una intensa y perfecta vida espiritual, cual no podríamos imaginarla en esta tierra, salvo en los santos más grandes. Y es que, a diferencia de nosotros:

  • su fe no es como la nuestra, vacilante y frágil, que se deja tan fácilmente seducir por las creaturas: esas almas se encuentran fijas en Dios, sólo lo miran y consideran a Él, y su fe llega, a través de las pruebas del Purgatorio, a los mayores desprendimientos y renuncias de sí;
  • su esperanza es firmísima: saben que se han salvado para siempre, que ciertamente poseerán el cielo, y que ya no pueden perder a Dios por el pecado;
  • y su caridad es ardentísima, hasta el punto de convertirse en la principal actitud de esas almas, por la que son purificadas: suspiran por Dios, lo aman como su todo, y con todas las energías de su ser.

Esta vida espiritual es tan perfecta, que produce en ellas una conformidad perfectísima con las voluntades de Dios: su abandono en Dios es perfecto, y produce en ellas un ordenamiento de todos sus anhelos, de todos sus afectos, de todos sus deseos.

3) Sufrimientos de estas almas. El tercer efecto de la misericordia de Dios para con estas almas son los mismos sufrimientos con que las purifica. Por decirlo de algún modo, Dios es un fuego devorador, y este fuego, por misericordia, quiere comunicarse a las almas para convertirlas en Sí mismo; y las almas son como la madera que ese fuego enciende. Según la condición de las almas, este fuego tendrá diferentes acciones y efectos:

  • si las almas son ya perfectas, y son en todo semejantes a Dios, el fuego de la caridad divina trabaja en ellas como sobre leña ya perfectamente consumida: se ha convertido en brasa, en la que el fuego ejerce su acción silenciosa y calmamente, como identificándose con ella: son las almas glorificadas;
  • si las almas son santas, pero tienen cosas que purgar, el fuego de la caridad divina trabaja en ellas como sobre leña húmeda: les va comunicando progresivamente sus cualidades de fuego, pero con violencia, con dolor diríamos, porque encuentra resistencias en la leña: echa humo, la llama chisporrotea: son las almas del Purgatorio, que son progresivamente asimiladas por la caridad de Dios, hasta que desaparezcan esas resistencias;
  • y si el alma se mantienen tenazmente aferrada a su pecado, entonces el fuego de la caridad divina trabaja sobre ellas como sobre leña incombustible: con violencia suprema, sin lograr transformarla en Dios: son las almas del infierno.

Así, pues, las almas del Purgatorio sufren inmensamente. Su misma vida espiritual les inflige este sufrimiento. En efecto, para almas que aman perfectamente a Dios, que están perfectamente limpias y abrasadas por la caridad divina, totalmente entregadas al amor que las posee, que las atrae y que quiere darse en plenitud, verse impedidas de alcanzarlo y de poseerlo plenamente es un sufrimiento indecible; es una dolorosa languidez de amor, un exilio lejos del Amado, un devorante deseo de poseerlo; es igual que una espera infligida por su misma conducta: llegó el Amado y no estaba lista… A ello vienen a añadirse otras penas secundarias, según la condición de cada alma: conocimiento perfecto de sus faltas e infidelidades, que mucho deploran; remordimientos por las gracias desaprovechadas o despilfarradas; sufrimiento de estar allí olvidadas y separadas de sus parientes; espera ansiosa de su liberación del Purgatorio, que no saben cuándo tendrá lugar.

Pero, entiéndase bien, a causa de su perfecta conformidad con la voluntad de Dios, las almas del Purgatorio agradecen a Dios (¡y cuánto!) estos sufrimientos, y los aman para abandonarse a la voluntad de Dios. Dos son los motivos de este amor:

  • el primero es que las almas del Purgatorio no querrían por nada del mundo presentarse ante Dios en el estado en que se encuentran; y si Dios no les diese la oportunidad de purificarse en el Purgatorio, jamás se atreverían a comparecer en su presencia, conscientes como son de su indignidad; y por eso, viendo cómo estos sufrimientos las limpian, las purifican, las hermosean, los aman con todo su corazón, como puede un santo en esta vida amar la cruz;
  • el segundo es que las almas del Purgatorio quieren adquirir la semejanza con Jesús Crucificado que no supieron adquirir en esta vida.

Conclusión

Muchas son las lecciones que nos dan las almas del Purgatorio. No olvidemos que si ellas están en ese lugar de purificación, es por no haber cumplido obligaciones que también nos incumben a nosotros.

1º) Así, la primera lección es corresponder al amor que Dios nos tiene a nosotros. Si tantas veces ofendemos a Dios, es porque no somos conscientes, por nuestra culpa, ni del amor que Dios nos tiene, ni de la majestad inmensa de Dios, a quien toda culpa ultraja.

2º) Por eso, otra lección que nos dan las almas del Purgatorio es comprender la gravedad del pecado, incluso en sus manifestaciones más chicas, “veniales”, pues por esas faltas expían allí con tan terribles castigos: infidelidades a la gracia, descuidos y negligencias voluntarias, faltas cometidas por apego a las creaturas, ausencia de la debida vigilancia…

3º) Una tercera lección: las almas del Purgatorio nos están estimulando a amar a Dios con todo nuestro corazón, con toda nuestra mente, con todas nuestras fuerzas, como lo hacen ahora ellas que se dan cuenta que Dios lo es todo, y lo demás no es nada.

4º) Cuarta lección: el amor de la cruz y de los sufrimientos, que nosotros evitamos tan cuidadosamente. ¡Qué gracia nos hará Dios aceptándonos en el Purgatorio, permitiéndonos en él sufrir algo por El, ya que tan cobardes habremos sido para sufrir algo en esta vida!

5º) Quinta lección: obligación en que estamos de socorrer a estas pobres almas. Santo Tomás dice que la práctica de la caridad, y de las obras de misericordia, se regula en función de dos principios: el primero, la unión de un alma con Dios; el segundo, la necesidad a que esta alma se encuentra expuesta. Pues bien, las almas del Purgatorio, que reúnen las dos condiciones, son las más dignas de nuestra misericordia, de nuestra ayuda, de nuestros sufragios.

Recemos, pues, por las almas del Purgatorio: Santo y saludable es el pensamiento de rezar por los difuntos, a fin de que se vean liberados de sus pecados, nos enseña la Sagrada Escritura, en el segundo libro de los Macabeos (12, 46). Y pidámosles al mismo tiempo a dichas almas la gracia de aprender todas las lecciones que ellas nos dan, a fin de que, pensando frecuentemente en ellas en esta vida, y practicando con ellas una misericordia generosa, recibamos del Señor el mismo trato cuando nos toque estar en ese lugar de purificación.