FSSPX Actualidad

Los frutos del sacerdocio experimentados por un jóven sacerdote

Agosto 25, 2017
El padre Flavio De Moraes en su sermón de despedida

El domingo 13 de agosto, décimo después de Pentecostés, el padre Flavio de Moraes celebró la misa de su despedida del priorato San José de Mendoza, después de seis meses de apostolado con los fieles de la Iglesia nuestra Señora de la Soledad. Corriendo su primer año de sacerdocio, comenta en el sermón la experiencia de los frutos del sacerdocio católico.

Durante esta última semana he recibido muchos agradecimientos, realmente mucho cariño por estos meses en que pude, en Mendoza, comenzar el ejercicio de mi sacerdocio recién adquirido. Esta gratitud que uno recibe de los fieles siempre es buena: es deber agradecer al sacerdote, y él a su vez a nuestro Señor por el regalo de un sacerdocio que nos consagra a la más hermosa de las tareas que es orientar a las almas hacia nuestro Señor mismo. El sacerdocio es así ese cúmulo enorme de gracias; gracias que uno recibe y gracias que uno comunica. Además, al pasar por este priorato en particular el sacerdote recibe una gracia muy especial -por la cual también hay que agradecer- que es la posibilidad de ver el esplendor de una vida parroquial muy intensa, un grupo tan grande de familias que aman muy profundamente su priorato y el sacerdocio. Ese amor les ha alcanzado una profunda restauración y conservación de sus familias católicas. Así entonces, percibimos cómo este amor al sacerdocio permite esa reconstrucción y cómo esta reconstrucción culmina necesariamente en el amor al sacerdocio. Esta visión, queridos fieles, hace un enorme bien a un alma sacerdotal porque no nos permite dudar de la eficacia del sacerdocio de nuestro Señor delante de un mundo que se cae a pedazos. Poseemos el principio de la más alta reconstrucción, principio que recibimos de Mons.Lefebvre: La restauración de todas las cosas en Cristo por la pureza doctrinal y la caridad misionera del sacerdocio. Así el sacerdote que llega a Mendoza ve con grandísima claridad el poder santificador de su sacerdocio y también la disposición que hay en los fieles que permite esa restauración. Traer en el alma esa visión es un vínculo muy grande -por el cual yo agradezco muchísimo- pudiendo entonces decir con toda seguridad que la gracia que el sacerdocio comunica en estas condiciones no es solamente eficaz: Es infalible.

Amadísimos fieles, descubrimos una hermosa delicadeza de la providencia al percibir que los textos de la misa de este domingo -el décimo después de Pentecostés- trae para nuestra meditación exactamente este tema: la acción santificadora del sacerdocio y las disposiciones de alma necesarias e ideales para recibirla.

Los textos de la misa de este domingo están ciertamente entre los más grandes tesoros de nuestro misal. Estos textos merecen nuestra constante meditación. Se nos describe en el texto de la Oración, de la Epístola y del Evangelio todo el proceso de nuestra vida espiritual. La Epístola nos va a hablar de la abundancia de la gracia de Dios comunicada por la iglesia, y el Evangelio nos va a hablar sobre nuestro papel en esta obra, sobre el modo de obtener el máximo fruto de estos dones de Dios.

La omnipotencia y misericordia de Dios

Lo que primero debe llamar nuestra atención en la misa de hoy es la Oración, cuyo texto1 ninguno de nosotros habría osado imaginar. Por eso, de hecho, hace falta que la Epístola y el Evangelio expliquen estas palabras. Dice la Oración que es por la misericordia que más perfectamente y más claramente Dios demuestra su omnipotencia. Dice que el perdón de nuestras faltas es la circunstancia más perfecta para contemplar la omnipotencia de Dios como ninguna otra cosa la ha podido manifestar, ni siquiera, la misma creación del mundo. Es impresionante. ¿Cómo nosotros debemos entender esto? ¿Cómo la obra de misericordia de la Redención manifiesta de un modo tan especial la omnipotencia de Dios?

La Epístola: La abundancia de la gracia de Dios comunicada por la iglesia2

Es la epístola la que viene en nuestra ayuda y nos va a mostrar cómo Dios quiso manifestar abundantemente su poder por esa misericordiosa economía de la Redención, en la que la Iglesia recibe los dones de Dios para repartirlos.

La epístola nos dice que la iglesia da, por el ministerio sacerdotal, ese despliegue multiforme de los poderes de Dios que se comunican a las almas. Así como un prisma que difunde toda la riqueza de la luz blanca, el sacerdocio despliega todo el poder de la gracia y sus múltiples dones. La iglesia con su sacerdocio es ese prisma donde podemos conocer y contemplar como en ningún otro lugar el poder de la gracia de Dios. Pero la enseñanza que nos quiere dar la misa de hoy no se queda ahí, se concluirá al presentarnos el cuadro completo de esta obra de la Redención. La Epístola nos muestra la Redención de parte de Dios. Ahora vendrá el Evangelio que señala nuestra parte, mostrándonos la más perfecta disposición de corazón para recibir estas gracias. ¿Qué debemos hacer para recibir los más altos preciosos y exquisitos dones de dios?

El Evangelio: Nuestro papel en esta obra de la santificación3

Queridos fieles, la parábola del fariseo y del publicano es una de las páginas más hermosas de la Sagrada Escritura. Esta parábola abre a nuestra contemplación el interior del alma de los santos, único lugar donde podemos encontrar los más preciosos tesoros de Dios inseparablemente unidos al más profundo desprecio y desconfianza de sí mismos. No me extenderé comentando la oración tan deforme del fariseo, considerando directamente la perla hermosísima que es la oración del publicano. Dice el evangelio que poniéndose en presencia de Dios sin osar ni siquiera mirar al cielo, el publicano sin ningún artificio, sin ninguna negociación, sin ningún comercio implora la gratuita bondad de Dios. Solamente en razón de que pide la bondad a la suma bondad.  Queridos fieles, la belleza, la eficacia infalible de esta oración viene de Dios, y esta es la más alta y sublime verdad. Todos los bienes que poseemos nos fueron dados gratuitamente, vienen puramente de Dios. Nosotros sólo poseemos nuestros pecados. El publicano nos ha dado el ejemplo de la más alta oración, de la más perfecta elevación de la mente a Dios, porque ha logrado elevarla hasta alcanzar la más pura verdad, que es el hecho de que la salvación y la santificación son dones gratuitos de Dios, frutos únicamente de su bondad. Pero lo sorprendente de esta parábola -su punto central y muy especial- es que no fueron los actos de virtud los que llevaron al publicano a alcanzar esta disposición tan perfecta del alma: fueron sus pecados, fue la experiencia sensible de su miseria, fue el conocimiento profundo de sus heridas, fue la visión clara de su debilidad la que le permitió alcanzar la hermosísima disposición de alma que le hizo presentarse desnudo delante de Dios, poseer la altísima sabiduría y pedir por un bien que sólo podemos poseer como fruto de un regalo.

Queridos fieles, tenemos delante de nosotros por esta parábola el secreto más íntimo de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María, tenemos aquí una fotografía del corazón humillado y santo de María Magdalena, tenemos por fin la espiritualidad propia de nuestros tiempos de crisis. Es el estado de destrucción de todas las instituciones, es el conocimiento de nuestra miseria el que nos va a hacer recibir todas las riquezas de la omnipotencia divina para finalmente ser capaces de implorar por los bienes que un día hemos pensado adquirir por el gran valor de nuestras obras.

Conclusión

Amadísimos fieles, hoy en esta despedida tenemos la oportunidad de conmemorar las gracias que recibimos por el sacerdocio, el cual, nos entrega el verdadero conocimiento de Dios y también los medios para alcanzar a ese Dios que conocemos. Sin embargo en nuestros tiempos no podemos considerar el sacerdocio sin recordar, sin agradecer una altísima acción sacerdotal cuyo efecto restaurador se extendió por todo el mundo hasta nosotros, que es el santo sacrificio del altar, precisamente sacerdotal, donde nuestra alma se une con la gracia de Dios. Esta acción sacerdotal es la de Mons. Lefebvre que nos entregó un misal que logra transformar en rito, en un ritual, esta hermosísima oración del publicano; el rito tradicional de la misa en el que no es posible pensar en presentar a Dios el fruto del trabajo del hombre sino, por el contrario, pone en nuestros labios un doloroso  y muy hermoso pedido de propiciación.

  • 1. "Oh Dios, que manifiestas tu omnipotencia principalmente perdonando y teniendo misericordia…" (Colecta del décimo domingo después de Pentecostés)
  • 2. 1Cor. 12, 2-11
  • 3. Luc. 18, 9-14