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In memoriam: Dom Antonio de Castro Mayer, Obispo de Campos

Entrada de Dom Antonio a la ceremonia de ordenaciones sacerdotales en La Reja, a fines de 1986.

El 25 de abril de 1991 partía hacia la eternidad el alma del confesor de la fe y "hermano mayor en el episcopado" de Mons. Lefebvre, Mons. Antônio de Castro Mayer. A 27 años de su fallecimiento, revivimos el homenaje que se hiciera a este siervo fiel.

Después de una vida fecunda al servicio de la Santa Iglesia Católica, falleció, el 25 de abril de 1991, S.E. Dom Antonio de Castro Mayer. Se presentó, cargado de méritos, al Padre Celestial, para recibir el premio de los justos, la gloria que no tiene fin. Por sus obras, el gran obispo brasileño merece ser llamado un ilustre prócer en la tierra de la Santa Cruz.

Monseñor de Castro Mayer nació el 20 de junio de 1904 en la ciudad paulista de Campinas. Fue ordenado sacerdote el 30 de octubre de 1927. El Papa Pío XII lo nombró, el 6 de marzo de 1948, obispo titular de Priene, recibiendo la consagración episcopal el 23 de mayo. El 3 de enero de 1949, el mismo Sumo Pontífice le confió la diócesis de Campos, en el Estado de Río de Janeiro. Rigió su grey con espíritu sobrenatural, gran sabiduría y encendido celo apostólico durante casi cuarenta años. Al final de su vida reunió a sus sacerdotes fieles a la Tradición, transformando Campos en un bastión del Catolicismo íntegro, obediente al magisterio pontificio de los veinte siglos cristianos, mas resistente a los errores conciliares, e hizo de su casa un seminario.

Dotado de una clarividencia notable, su mirada de águila descubre, ya una década antes de la inauguración del Concilio Vaticano II, el rumbo del modernismo redivivo, revestido con ropajes de un falso progreso, que se denominó progresismo. Con fecha de la fiesta de la Epifanía de 1953 sale a la luz su carta pastoral sobre los “Problemas del apostolado moderno”, seguido de un compendio de “Verdades oportunas que se oponen a los errores contemporáneos”, un clásico sobre la crisis religiosa de nuestro tiempo. Allí el obispo de Campos condena las novedades envenenadas que iban a enseñorearse del mundo “católico” a resultas del Concilio antimariano de 1962-1965, y expone la recta doctrina que es el antídoto de los desvíos señalados. Es uno de los pocos que dan importancia a los errores antilitúrgicos ‒ya en enero de 1953‒ pues empieza la exposición con el enunciado y refutación de los yerros que atentan contra el culto católico. También da enseñanzas certeras sobre la estructura de la Iglesia, métodos de apostolado, vida espiritual, “moral nueva”, Estado católico, etc.

No transó con la apostasía, ni con los errores, ni con el mal.

“La intransigencia es a la virtud lo que el instinto de conservación es a la vida. Una virtud sin intransigencia o que odia la intransigencia no existe, o conserva apenas la exterioridad. Una fe sin intransigencia, o está muerta, o sólo vive exteriormente, porque perdió el espíritu” (Pastoral cit.).

Es evidente que un obispo tan fiel al Evangelio, tan consecuente con la enseñanza del Divino Maestro: El que no está por Mí, contra Mí está y el que conmigo no recoge, desparrama (San Mateo, 12, 30), no podía aprobar el ecumenismo de Juan Pablo II.

Tampoco excusó a los laicos del buen combate:

“Cualquier fiel, en presencia de una doctrina ya condenada, tiene el derecho y a veces el deber de combatirla. Si se encuentra con una doctrina no condenada explícitamente, pero incompatible con las enseñanzas de la Iglesia, puede y a veces debe, bajo su responsabilidad personal, señalar tal incompatibilidad y oponerse en la medida de lo posible a la propagación de esta doctrina” (Pastoral cit.).

No son muchos lo que ven la peligrosidad de la “línea media”. El obispo de Campos lo consignó ya en su pastoral:

“Esta tendencia a conciliar extremos inconciliables, de encontrar una línea media entre la verdad y el error, se manifestó desde los principios de la Iglesia. Ya el Divino Salvador advirtió contra ella a los Apóstoles: «Nadie puede servir a dos señores»”.

Y luego cita a Pío XII:

“Un hecho que siempre se repite en la historia de la Iglesia es el siguiente: que cuando la fe y la moral cristianas chocan contra fuertes corrientes de errores o apetitos viciados, surgen tentativas de vencer las dificultades mediante algún compromiso cómodo o de apartarse de ellas o de cerrar los ojos”.

Participó en la consagración de obispos, con Mons. Lefebvre, en Ecône, el 30 de junio de 1988. Allí declaró:

“Mi presencia aquí, en esta ceremonia, tiene como causa un deber de conciencia, el de hacer una profesión de Fe Católica, delante de toda la Iglesia. (…) Quiero manifestar aquí mi adhesión sincera y profunda a la posición de S.E. Mons. Marcel Lefebvre, dictada por su fidelidad a la Iglesia de todos los siglos. Nosotros hemos bebido de la misma fuente que es la Santa Iglesia, Apostólica y Romana”.

Afirmó también que de no haber concurrido hubiera cometido un pecado mortal. Contra él también se declaró una excomunión, tan nula como la de Mons. Lefebvre.

Desearíamos seguir relatando los nobles hechos de Dom Antonio de Castro Mayer. La tiranía del espacio lo impide. Esperamos hacerlo en el futuro. Pero seríamos sumamente negligentes si no diésemos testimonio de su acendrada devoción a la Madre de Dios. El obispo de Campos fue realmente un hijo de Nuestra Señora, un prelado que allanó el camino para el reinado de María.

“Ipsa conteret”, reza su escudo episcopal. Estas dos palabras muestran claramente su fe mariana. “Ipsa conteret caput tuum” (Génesis, 3, 15). La Santísima Virgen quiebra la cabeza de la serpiente infernal. Teniendo ante sus ojos esta verdad, el gran obispo siempre supo que el Inmaculado Corazón de María vencerá a la Revolución anticristiana, para que resuene triunfal:

Christus vincit,
Christus regnat,
Christus, Christus imperat.