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Pío XII, el gran Papa defensor de la Verdad

Octubre 21, 2017

El pasado 9 de octubre se cumplió un nuevo aniversario del fallecimiento de Eugenio Pacelli, Papa Pío XII, el gran Pontífice que declaró el dogma de la Asunción de la Virgen María. Recordamos su actuación y magisterio subordinado a la Verdad Sustancial, ejercido en tiempos tan difíciles como los que se transitaban en plena Segunda Guerra Mundial.

 

Servir tan sólo a la verdad es la única meta del Sumo Pontificado a través de los siglos; a la verdad, íntegra y auténtica, no enturbiada por tiniebla alguna, ni plegada a ninguna condescendencia, y jamás separada de la caridad de Jesucristo”.

Durante el interrogatorio del juicio más inicuo de la historia de los hombres, un escéptico procurador romano preguntaba irónicamente al supuesto reo de crímenes de lesa humanidad y de lesa religión ¿qué es la verdad?, y sin esperar la respuesta, enfrenta a los acusadores reconociendo la total y absoluta inocencia de aquél:

¡Yo no encuentro ningún delito en este hombre!”1

Este hombre “verdaderamente era un hombre justo” 2 e Hijo de Dios,3 el Cristo —como lo confiesa inspiradamente el humilde San Pedro—,4 que murió en la cruz por nuestros pecados. Sólo Él pudo decir con toda justicia, “Yo soy… la verdad” 5 y vino a este mundo “para dar testimonio de la verdad” y ser así “la luz del mundo”,6 por quien todos los hombres se santifican.7

Esta Verdad Sustancial —de la que viene toda otra verdad como de su fuente primera— es, pues, la que ha de guiar todas las acciones de todos los hombres.

Éste fue también el objetivo de toda la vida de Eugenio Pacelli, y la divisa, con el nombre de Pío XII, de todo su Papado. En su primera encíclica, lo proclamaba enfáticamente con este planteo:

¿Cómo no ha de ser él—el Rey de Reyes y Señor de los Señores— el alfa y el omega de Nuestra voluntad, de Nuestra esperanza, de Nuestra enseñanza y de Nuestra actividad, de Nuestra paciencia y de Nuestros sufrimientos, consagrados todos a la difusión del reino de Cristo?”,8

Completó su pensamiento, pocos días después, así:

en el reino de Cristo no hay precepto más inviolable ni más fundamental ni sagrado que el servicio de la verdad y el vínculo de la caridad”.9

Pío XII fue uno de los Papas que con más dedicación e inteligencia se consagró a la reconquista de la verdad en todas sus manifestaciones a fin de reconstruir sobre ella el mundo de la justicia, de la caridad y de la paz, camino a la vida bienaventurada, y a lo largo de sus casi veinte años de pontificado, cumplió acabadamente con este primer deber de la caridad.

Y lo hizo siempre a la luz de la Verdad Revelada, desde los eternos principios de la Sabiduría cristiana, único centro capaz de armonizar y unificar las verdades supremas de la razón y de la Filosofía con las de la Fe y de la Teología, cuya fuente primera es siempre Dios.

Impartió sus enseñanzas a través de encíclicas, cartas, discursos, alocuciones, radiomensajes, homilías, sermones, y mil otros modos, mostró —en toda su fuerza y plenitud— el mundo de la verdad natural y sobrenatural, para irradiar desde él la justicia y la caridad.

Nadie como él ha vivido en su plenitud el texto paulino: veritatem facientes in caritate.

Pocos Pontífices y aún pocos hombres en la historia de Occidente han iluminado con la luz de la verdad los más variados sectores de la ciencia, de la técnica, de las instituciones y de la cultura, las múltiples manifestaciones de la vida, aún las más oscuras y difíciles de esclarecer y también las más sencillas y humildes. Lo profano y lo sagrado, la Teología, la liturgia y la Sagrada Escritura, la música y la literatura, el arte y el deporte, la política y la economía, la medicina y la prensa, radio y televisión, la astronomía, casi todas las actividades humanas, fueron objeto de su consideración profunda y personal. Más de veinte volúmenes encierran este trabajo, elaborado cuidadosa y exhaustiva y personalmente por un esfuerzo enorme fundado en el estudio, la reflexión, la lectura y consulta.

Su obra escrita y hablada no es la simple palabra de un filósofo o de un político, ni tan siquiera de un economista o literato admirable: toda ella respira y trasunta la fuerza y la verdad de Dios, y le dan entonces una fuerza y valor sobrehumanos.

Así lo reconocerá él explícitamente en su primer discurso a la Academia Pontificia de la Ciencia:

La verdad, que buscamos por los inmensos caminos del universo, es voz y verbo que la realidad de las cosas envía a nuestra mente a través de los admirables sentidos de nuestra naturaleza plasmada de carne y espíritu. Así como no creamos la naturaleza, así tampoco creamos la verdad. No somos nosotros la medida de la verdad del mundo, ni de nosotros mismos, ni del alto fin al que estamos destinados. La sagacidad de nuestro arte mide la verdad de nuestros aparatos e instrumentos, de nuestras máquinas e inventos; transforma y encadena y doma la materia pero no la crea; y ha de quedar satisfecha de seguir la naturaleza, como el discípulo hace con el maestro cuya obra imita. Cuando nuestro entendimiento no se conforma con la realidad de las cosas o se hace sordo a la voz de la naturaleza, se envanece en la ilusión de los sueños y corre en pos de quimeras que le parecen personas. Bien dijo, pues, el sumo poeta italiano que la «naturaleza toma su curso del divino entendimiento y de su arte…, que vuestro arte sigue a aquélla, en cuanto puede, como el maestro al discípulo, de suerte que vuestro arte es como el nieto de Dios»”.10

Y añadía el Pastor Supremo:

No sólo nuestro arte es nieto de Dios: lo es también la verdad de nuestro entendimiento, pues en la escala del conocimiento de la verdad encuéntrase él acá abajo, por decirlo así, en el tercer grado del descenso, bajo la naturaleza y bajo Dios. Entre Dios y nosotros está la naturaleza. La verdad es inseparable de la naturaleza frente al arte infalible de la mente creadora que la sostiene en el ser y en el obrar, y que así mide su obrar por la realidad de las cosas”.11

Pío XII inculca una y otra vez el estudio de las Ciencias, de la Filosofía y de la Teología, e insiste en que Ciencia y Filosofía, por una parte, y Fe y Teología, por otra, lejos de oponerse, se armonizan y ayudan mutuamente, provenientes de una misma Fuente que es Dios, Verdad infinita de quien proviene por participación toda verdad natural y sobrenatural.

  • 1. San Juan, XVIII, 38.
  • 2. San Lucas, XXIII, 47.
  • 3. San Marcos, XV, 39; San Juan, I, 1 ss.; V, 17 ss.; V, 48 ss.; X, 22 ss., y en otras partes.
  • 4. San Mateo, XVI, 16 / 17; San Marcos, VIII, 29; San Lucas, IX, 20, y en otras partes.
  • 5. San Juan, XIV, 16.
  • 6. San Juan, XII, 46.
  • 7. San Juan, XVII, 17: “Santifícalos en la verdad. La palabra tuya es la verdad”.
  • 8. Encíclica “Summi Pontificatus”, del 20 de octubre de 1939, en “Colección completa de Encíclicas Pontificias”, tomo II, pág. 1533, ed. Guadalupe.
  • 9. “Radiomensaje de Navidad de 1939”. In questo giorno, en “Doctrina Pontificia - Documentos Políticos”, ed. BAC, tomo II, pág. 808.
  • 10. “Discurso en la inauguración del IV año de la «Academia Pontificia de Ciencias»”, del 3 de diciembre de 1959, en “Discursos y Radiomensajes de Su Santidad Pío XII”, tomo I, Primer año de pontificado, ediciones Acción Católica Española, Madrid, año 1956, págs. 419 / 420.
  • 11. Idem nota anterior.
"lo que no responde a la verdad y a la norma moral no tiene objetivamente derecho alguno a la existencia, ni a la propaganda, ni a la acción" (Pío XII)

Siendo aún Secretario de Estado de su predecesor, Pío XI, explicará que

el sello de la verdad no lo ha impreso Dios de modo diverso en la Fe y en la Razón. En vez de disentir, se ayudan mutuamente, ya que la recta razón demuestra los fundamentos de la fe y a su luz esclarece los términos de ésta, en tanto que la fe preserva de errores a la razón, la libra de ellos si ha caído y la ilustra con multiformes conocimientos”.1

Dirá en la misma oportunidad:

En la verdad tiene Dios su trono y de ella descienden al hombre, cual dos arroyos de una misma fuente, las verdades de la razón y las verdades de la fe, que nunca se oponen entre sí, sino que son hermanas de belleza diferente”.2

Y así como puso eficaz empeño en esclarecer las inteligencias con la verdad que no cambia, igual ha sido su preocupación por combatir errores y falsedades, y con mano firme y visión clarividente desgarrar el velo que ocultaba a muchas miradas, el lazo de estos engaños y mentiras que ponían en peligro la salvación de las almas o el bien común de la sociedad y de la Iglesia. Y aún dio un contundente principio sobre esto cuando afirmó que

lo que no responde a la verdad y a la norma moral no tiene objetivamente derecho alguno a la existencia, ni a la propaganda, ni a la acción”,

y que

ninguna autoridad humana (…) puede dar un mandato positivo o una positiva autorización para enseñar o hacer lo que sería contrario a la verdad…o al bien moral”.3

Aunque dicho en una ocasión en que hablaba sobre la libertad religiosa, es un principio de alcance universal que, tiempo después, Monseñor Marcel Lefebvre resumiría en una fórmula lapidaria que horrorizó a los liberales:

Sólo la verdad tiene derechos; el error no tiene ninguno”.

En otra oportunidad pondrá de relieve las consecuencias de la verdad y del error en la vida social:

el culto de la verdad, promovido por la Iglesia con su extensa actividad didáctica, se convierte en servicio de inestimable valor para la reconciliación y el entendimiento, para la recíproca comprensión y la colaboración de los pueblos y de los hombres. Si todos los pueblos en realidad y con sinceridad quieren, buscan, aceptan y reconocen solamente la verdad, entonces están verdaderamente en el camino que lleva, por su misma íntima naturaleza, al entendimiento y a la unión. Porque la verdad (cualquiera que sea su contenido en cada caso particular) es solamente una, y, por tanto, solamente puede ser uno también el querer universal y el deseo de la verdad. En cambio, el error (por alejar de la verdad y de la realidad) es, por su misma naturaleza, división; el error separa, desune, divide, aun cuando sean muchos los que se encuentren en el mismo error; su encuentro es un encuentro fortuito, no es ya efecto de un sólido principio unitivo”.4

En su esclarecedora encíclica “Humani Generis”, cuidadosamente señalará aún, contra el historicismo “que destruye los fundamentos de toda verdad…”, el sentido absoluto de los principios de la Filosofía, que una vez descubiertos como verdaderos en una época, lo son para siempre 5 sin que a ello se oponga el sentido histórico de la cultura —como tal, cambiante y enriquecedor— en que tales principios inmutables se encarnan sin perder nunca su vigencia absoluta.6

Afirma también allí, que la admisión de un fácil relativismo introducido desde la Filosofía en la Teología, no dejaría de contaminar de relativismo y consiguiente escepticismo la misma verdad revelada.

De igual manera, una vez más, pues lo había hecho con insistencia toda su vida, recordará el valor perenne e independiente de su época histórica de la verdad de la Filosofía de Santo Tomás.7

Pero Pío XII era un hombre abierto a toda verdad: no tenía clausurada la verdad católica frente a las conquistas más avanzadas y atrevidas de la ciencia, de la técnica y sus honestas aplicaciones. Precisamente porque toda verdad y todo bien —esté ella en donde esté y haya sido descubierta por quien quiera que fuese (recuérdese a este respecto las palabras del Papa sobre el parto sin dolor, que fue descubierto por un hombre de ciencia ruso)— viene de Dios, su gran preocupación fue reunir e integrar bajo el signo cristiano de la Iglesia todas las ciencias, las artes y las técnicas en la unidad superior de la Sabiduría cristiana, para lograr esclarecer exactamente el alcance de las mismas y su significación dentro de la verdad total.

 

La verdad y especialmente la cristiana —afirmaba con toda razón— es un talento que Dios pone en manos de sus siervos para que fructifique en obras de bien común. A todos cuantos se hallan en posesión de la verdad, Nos querríamos preguntar, antes que lo haga el eterno Juez, si han hecho fructificar aquel talento de modo que merezcan la invitación del Señor a entrar en el gozo de su paz”.8

El mundo de hoy se caracteriza, si no por el abierto rechazo de la verdad, por una apatía e indiferencia con respecto a ella, o aún, por su ignorancia, muchas veces culpable y otras provocada por los enemigos de Dios y de la Santa Iglesia que — valiéndose de su poderosísima organización y de los medios de comunicación masiva— siembran toda clase de errores y ocultan la verdad.

A este enorme peligro se suma la “apostasía silenciosa” 9 dentro de la Iglesia Católica, consecuencia, afirmamos, de un Concilio Vaticano II que, “al propiciar una revisión de sus relaciones con el mundo”, ha aceptado en su visión “valores nacidos fuera de Él”,10 abandonando la misión que le fuera encomendada por su Fundador, de ser “Maestra de la Verdad”,11 y ha rechazado voluntariamente el ejercicio de un verdadero Magisterio.

Para evitar aquella desgracia y esta orfandad en que nos deja la Iglesia conciliar, los hombres de hoy, para cumplir con plena tranquilidad de conciencia con las exigencias práctico-morales que impone nuestra condición de católicos, podemos y debemos recurrir entonces, con confianza y certeza, junto a la Teología y Filosofía de Santo Tomás, a esta herencia y fuente de verdad que es el Magisterio de Pío XII, continuidad del Magisterio de siempre, y tomar de él los principios seguros con los cuales dar solución católica a los muchísimos nuevos y concretos problemas que debemos enfrentar en el mundo moderno en que vivimos.

  • 1. “Discurso en la inauguración del «Congreso Jurídico Internacional en Roma»”, 12 de noviembre de 1934 (tomado del artículo “In memoriam” de Monseñor Octavio N. Derisi, publicado en la revista “Sapientia”, nº 51, año 1959.
  • 2. “Discurso a la Juventud Universitaria y a los laureados de la Acción Católica”, del 20 de abril de 1941, o. c., t. III, pág. 55.
  • 3. “Alocución a los juristas italianos”, Ci riesce, 6 de diciembre de 1953, en “Doctrina Pontificia - Documentos Jurídicos”, ed. BAC, tomo V., págs. 435/436.
  • 4. “Discurso del 13 de octubre de 1955, al «Centro Italiano de estudios para la Reconciliación internacional»”, Il programa, en “Doctrina Pontificia - Documentos Políticos”, ed. BAC, tomo II, pág. 1050.
  • 5. Encíclica “Humani Generis”, nº 14, en “Colección completa de Encíclicas Pontificias”, tomo II, ed. Guadalupe, Bs. Aires, año 1965, pág. 1800.
  • 6. Encíclica citada, o. c., págs. 1798/1799.
  • 7. Encíclica citada, nº 16, o. c., pág. 1801.
  • 8. “Radiomensaje de Navidad del año 1954”. Ecce ego, en “Doctrina Pontificia - Documentos Políticos…”, pág. 1037.
  • 9. Juan Pablo II “dixit”.
  • 10. “Informe sobre la Fe”, del Cardenal Joseph Ratzinger.
  • 11. San Mateo, XXVIII, 29: “Id pues y bautizad a todas las Naciones… enseñándoles a observar lo que Yo os he mandado…”; “el que creyere se salvará y el que no se condenará” (San Marcos, XVI, 16).