FSSPX Actualidad

Pintura Inmaculada

Diciembre 29, 2017
Detalle del rostro

La más hermosa de cielos y tierra

o cómo pintar la Inmaculada

El 8 de diciembre de 1854, rodeado de una solemne asamblea de obispos, arzobispos, cardenales y gran multitud de pueblo, Pío IX proclamaba así, en la Carta apostólica con valor de bula dogmática Ineffabilis Deus, el dogma de la Inmaculada:

Para honra de la santa e individua Trinidad, para gloria y prez de la Virgen Madre de Dios, para exaltación de la fe católica y aumento de la cristiana religión, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo, con la de los santos apóstoles Pedro y Pablo, y con la nuestra: declaramos, afirmamos y definimos que ha sido revelada por Dios, y de consiguiente, que debe ser creída firme y constantemente por todos los fieles, la doctrina que sostiene que

la santísima Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de culpa original, en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, salvador del género humano.

Por lo cual, si algunos presumieren sentir en su corazón contra los que Nos hemos definido, que Dios no lo permita, tengan entendido y sepan además que se condenan por su propia sentencia, que han naufragado en la fe, y que se han separado de la unidad de la Iglesia…”

Detalle de la luna

¿Cómo traducir en formas y colores la insondable sabiduría de Dios, que habiendo menester el inefable Verbo eterno para expresarse adecuadamente, se revela de manera limpísima en el privilegio de la Inmaculada Concepción? Luego de una lenta evolución, el canon iconográfico que se impuso queda plasmado por Francisco Pacheco (1564-1644), maestro y suegro de Velázquez, en su Arte de la pintura, su antigüedad y su grandeza (Sevilla, 1649). Allí describe cómo ha de ser su rostro, su vestimenta terrenal y celeste, su corona y la disposición de sus atributos (figuras bíblicas e invocaciones de las letanías lauretanas) con estas palabras (págs. 482-484, texto ligeramente adaptado):

Se ha de pintar, en este limpísimo Misterio, esta Señora en la flor de su edad, de doce a trece años, hermosísima niña, de lindos y graves ojos, nariz y boca perfectísima, y rosadas mejillas, los bellísimos cabellos tendidos, de color de oro, en fin, cuanto fuere posible al humano pincel. (...)

Ha de pintarse con túnica blanca y manto azul, que así apareció a Doña Beatriz de Silva, portuguesa, que fundó la congregación de la Purísima Concepción, que confirmó el Papa Julio II en el año de 1541. Vestida de sol, un sol ovalado de ocre y blanco, que cerque toda la imagen, unido dulcemente con el cielo; coronada de estrellas.

Doce estrellas, repartidas en un círculo claro entre resplandores, sirviendo de punto central la sagrada frente. (...) Una corona imperial adorne su cabeza, que no cubra las estrellas.

Debajo de los pies la luna, aunque es un globo sólido claro y transparente sobre los países, por lo alto más clara y visible la media luna, con las puntas abajo. (…)

Los atributos de tierra se acomodan acertadamente por país, y los del cielo, si quieren entre nubes. Adórnase con serafines y ángeles enteros que tienen algunos de los atributos. El Dragón, enemigo común, (…) a quien la Virgen quebró la cabeza, triunfando del pecado original y por siempre, se nos había de olvidado”.

Sirva como modelo ejemplar y “argumento” a meditar la “Inmaculada Concepción” de Francisco de Zurbarán (1632, Museo Nacional de Arte de Cataluña).