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También por la sotana

Junio 15, 2017
La sotana es una bandera.

El siguiente testimonio de un sacerdote "ensotanado" nos muestra cómo el hábito religioso juega un papel importantísimo como medio de hacer visible a Dios y a la Iglesia delante de las personas.

Un día —y de esto no hace mucho tiempo— entré en una iglesia y me quedé de pie cerca de la puerta. Poco después un sacerdote de unos setenta años ingresó desde una puerta lateral, y como se dirigía al lado opuesto tenía que pasar por donde yo estaba.

Casi al mismo tiempo entró también un matrimonio con típico aspecto de turista, colocándose a mi lado. Intercambié con ellos un saludo, que motivó me preguntaran qué iglesia era aquella, de qué estilo, cuándo había sido construida, etc. Traté de responder como pude en una conversación que no habrá durado más de dos o tres minutos.

El sacerdote, que llevaba clergyman, pasó cerca de nosotros y alcanzó a oír lo que decía. Cuando los turistas se retiraron tuve un diálogo con él y palabras más o menos me dijo lo siguiente:

¿Por qué lleva Ud. sotana? Fíjese, la mayor parte del clero ya no la usa y creo que está bien así. La sotana suele dar cierto aire de importancia a quien la lleva. La gente lo percibe así. Por eso estos turistas, en lugar de preguntarme a mí sobre esta iglesia, que seguramente hubiese podido responder mejor que Ud. porque vivo aquí, lo consultaron a Ud. Yo no tengo sotana, pero si la tuviese, la llevaría sólo en la iglesia. Afuera no, para no llamar la atención de la gente. Se lo digo, no más, para que lo piense."

Claro que lo pensé. Me pregunté por qué me había dicho aquello. Creo que tuvo un poco de celos por no haber sido preguntado él, que sabía más que yo sobre la iglesia. Supongo también que se enojó con aquellos turistas, que a la hora de consultar, se habrían inclinado más por la sotana que por el clergyman. Pero estaba igualmente fastidiado conmigo, porque a diferencia del clero actual, llevaba hábito eclesiástico, que aunque yo no quisiera —dijo— reclama prelaciones o preferencias de parte de la gente. La sotana, si se quiere, no era más que la punta del iceberg. ¿Qué hubiese pasado si en lugar de ella hubiésemos hablado de doctrina, de la misa tradicional? Porque en el fondo, ese sacerdote y yo, o cualquier religioso de uno y otro lado, puede ser tomado como exponente a pequeña escala de la dicotomía existente entre Roma y Ecône, entre modernismo y Tradición. Si una sotana sería capaz de generar una controversia, ¿cómo puede uno imaginarse que Roma vuelva en bloque a la Tradición?

Anta la magnitud del problema, y considerando especialmente que la fe está siendo atacada por todas partes, y no como antes, a manos de enemigos externos, sino por los propios hombres de Iglesia, se ha llegado a pensar que la Iglesia, si no ha desaparecido, está en tren de desaparecer.

Esta opinión, que tiene muchos matices, toma en consideración una serie de datos objetivos que a duras penas podrían negarse, y se encontraría en buena sintonía con lo que dijo Nuestro Señor Jesucristo: Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe en la tierra?.1 Por haberse multiplicado la maldad, la caridad de muchos se enfriará.2

Sin embargo, el expediente no parece tan fácil de despachar. Por un lado, no es asunto seguro que estemos viviendo precisamente en los últimos tiempos. Por otro, se estaría tomando por principio de demostración lo que a su vez debe probarse, entrándose así en un círculo vicioso.3 Además, debe tenerse por cosa cierta que la Iglesia, de acuerdo a la economía establecida por Cristo, no puede extinguirse como tal, con sus ministros y medios de salvación. Mientras haya hombres sobre la tierra, tie ne que serles permitida y ofrecida la posibilidad de salvarse, y eso no a través de un mecanismo insólito e insospechado, sino de forma ordinaria, común y corriente. Por fin, ese parecer difícilmente puede compaginarse con otras palabras de Nuestro Señor, a saber, con la garantía de que las puertas del infierno no prevalecerán contra la Iglesia y con la promesa de asistencia a sus ministros hasta el fin de los tiempos:

Por tanto, id y haced discípulos a todas las naciones, bautizándoles en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado. Y he aquí, yo estoy con vosotros (con los Apóstoles y sus sucesores) todos los días, hasta el fin del mundo."

Si dejamos por un momento en suspenso estos intrincados temas, cuyas dificultades han de resolverse a la luz de la analogía de los dogmas,4 y nos situamos en un plano más bien práctico, es fuerza admitir que ante la magnitud de la cuestión parece imposible que hubiera una solución.

Esta opinión también tiene sus razones. Sabemos que el problema reside esencialmente en la jerarquía, en el Papa y los obispos, que al menos desde el Concilio Vaticano II a esta parte vienen enseñando doctrinas incompatibles con el magisterio precedente.

Revertir esa situación requeriría que el Papa y el episcopado se convirtieran, sea que Dios les conceda una gracia especial interna o que sobrevenga un cataclismo de proporciones, capaz de despertar sus conciencias, las de los fieles y del mundo entero.

Ahora bien, es un dato de la realidad que semejante gracia no ha sido concedida ni a Juan XXIII, Pablo VI, Juan Pablo I, a Juan Pablo II ni a Benedicto XVI, al menos hasta ahora. Más aún, existen sólidos motivos para conjeturar que Benedicto XVI seguirá pensando y obrando como el Cardenal Ratzinger de ayer.

Es claro que la conversión del Papa y de todo el episcopado, o de una gran parte de él, tendría todos los visos de verdadero milagro. Porque tantos años de pertinacia en el error, aun suponiendo que fuese de buena fe, no se remueven fácilmente y en todas sus consecuencias. Debería suceder algo bastante parecido a lo que Dios hizo con Saulo de Tarso.

Sin embargo, ¿puede pensarse razonablemente que semejante milagro se produciría?

Si uno consulta la historia de la Iglesia, en cuyo transcurso sucedieron varias crisis, que aunque no son idénticas a la actual, bajo cierto aspecto pueden compararse entre sí, la respuesta tendría que ser más bien negativa.

Para recurrir a un ejemplo notorio, el de la crisis arriana, recordemos que San Jerónimo escribió aquella famosa frase: el mundo despertó con un gemido, sabiéndose arriano. Sus palabras nos dan una instantánea del problema, pero en realidad la herejía se introdujo subrepticiamente por doquier, haciendo que gran parte de la Iglesia5 pasase insensiblemente de la ortodoxia a la heterodoxia.

  • 1. San Lucas, 18, 8
  • 2. San Mateo, 24, 12.
  • 3. Como son los últimos tiempos, desaparecen la fe y la caridad. Desaparecen la fe y la caridad, luego estamos en los últimos tiempos.
  • 4. Según esta analogía, lo que se afirma en base a un dato de la revelación no puede contradecir lo que se dice fundándose en otro. Dios es autor de toda la revelación y no puede haber contradicción en las conclusiones.
  • 5. La jerarquía de la Iglesia es respecto a la fe lo que el gobierno de un estado es a las decisiones que toma. Si el presidente de un país declara la guerra a otro, se dice que tal país, nación o estado declara la guerra. Del mismo modo, la fe que predica la jerarquía —Papa y obispos— esa se dice ser la fe de la Iglesia, aunque alguno no esté de acuerdo con ella.
Toma de sotanas en el seminario de La Reja, Buenos Aires

Así como la cristiandad de entonces se apartó de la fe para caer en la herejía, no súbitamente sino en tránsito progresivo y gradual, la reversión de ese estado de cosas tampoco se produjo por la inopinada y milagrosa aparición de un Papa restaurador, la conversión masiva y repentina de los obispos arrianos o arrianizados, o por la producción de una hecatombe natural, sino a través de un largo proceso en sentido inverso,  que no corre entre el Primer Concilio de Nicea (325) y Primero de Constantinopla (373), sino que se inicia antes de uno y termina bastante después del otro, cuando la herejía fue definitivamente extirpada bien adentrado el siglo V.

No es preciso pensar mucho para darse cuenta que este mismo proceso, más allá de ciertas variantes, se reprodujo en todas las épocas de la Iglesia: con los dominicos luchando contra la herejía albigense; con el Cisma de Occidente, durante el cual hubo dos, y por momentos tres papas, hasta que finalmente todos volvieron a la obediencia de Eugenio IV; con los jesuitas recuperando terreno cedido al protestantismo en Alemania; con San Francisco de Sales en el caso de los calvinistas de Ginebra, etc.

Lo que interesa destacar en todo esto no es tanto quiénes intervinieron, cuáles fueron los hechos capitales, instancias todas que pueden consultarse en un manual de historia eclesiástica, sino más bien la necesidad de que la solución viniera desandando el camino recorrido por el error o la herejía.

Pero, ¿por qué tendría que ser necesario que suceda así? ¿No podría acontecer de otro modo?

Es cierto que Dios no está obligado a hacer las cosas de una manera o de otra. Sin embargo, una vez que en su providencia dispone un orden de cosas, raramente se sale de la pauta trazada por su sabiduría. Esa economía, que no es más que el orden de cosas que vemos a nuestro alrededor, v.gr., que el agua no se calienta en un instante sino que debo exponerla a un agente que la lleve gradualmente de frío a calor, no se suspende sino muy raramente, cuando interviene un milagro.

En lo que estamos hablando tendría que suceder más o menos lo mismo, es decir, que la reparación de los problemas no acontezca ni aleatoria ni fantásticamente sino según su economía ordinaria y normal. Es toda la diferencia que promedia, por dar un ejemplo, entre la conversión de Saulo y la de un penitente común y corriente.

Este proceso, conviene aclararlo, no es un postulado de teología ficción. Lo vemos cumplido en Nuestro Señor Jesucristo. Toda su misión puede y aún debe verse como una obra desplegada y cumplida de manera pedagógica. Pudiendo hacerlo, no estableció una cátedra de tipo celeste porque no era —realmente no era— el modo más apto para enseñar y santificar a los hombres. Vivió, enseñó y predicó de modo humano, acomodándose a las exigencias humanas, es decir, de la forma que ciertamente mejor se adaptaba a los hombres. Y aún el género de muerte que escogió, como enseña Santo Tomás,1 era la más conveniente para educar a los hombres.

Así, sobre las huellas de los modos humanos, Jesucristo deshizo toda la trama de la caída del hombre, verdad ésta de que se hace eco el prefacio del tiempo de Pasión:

Pusiste la salud del género humano en el leño de la Cruz, para que de donde salió la muerte, de allí surgiese la vida; y el que venciera en un árbol, en un árbol fuera también vencido."

Por lo demás, esto mismo es lo que es lo que enseña San Pablo a los Romanos2 y a los Corintios,3 cuando pone en paralelo la primera creación con la segunda creación, el primer Adán con el nuevo Adán, que a su vez sirvió de base para que los Padres y los Santos trazasen las analogías existentes entre la primera y la segunda Eva, proveyendo de razones al edificio de los dogmas marianos.

Así, pues, si tuviésemos que reflexionar acerca de cómo debería llegarse a una solución, habría que decir que una vía más o menos milagrosa o imponderable resulta poco probable. Al contrario, de acuerdo a la historia —y no sólo a la historia—, la restauración de la fe, de la Misa, de los sacramentos, tendría que producirse más ordinariamente que mágicamente, es decir, también según un modo humano, y sobre todo sin que resulte en que tres cuartas partes de la Iglesia cayese en otro tipo de cisma.

Generalmente no suele llamarse solución a la que causa un problema parecido al que quiere resolver. Es tan claro, como que el remedio de una enfermedad no puede pasar por la muerte del paciente.

Al decir que la solución no tendría que hacer abstracción del orden humano de cosas porque es economía establecida y querida positivamente por Dios, en nada se desvirtúa la incidencia del componente sobrenatural. No hablamos de políticas o de soluciones puramente humanas o naturalistas. Que en este asunto Dios venga a obrar atendiendo a los modos humanos para nada desdora su gloria, pues Él es el único que conoce los secretos de los corazones, que guía las mentes y las voluntades, conduciendo tamaña empresa sin que nada escape de sus manos.

Los hombres, eso sí, no podemos dispensarnos de hacer lo que está y esté a nuestro alcance, sin ceder ni al derrotismo ni al super-providencialismo. Entre uno y otro extremo, hay un ancho camino, y qué convenga más hacer o no hacer dadas las circunstancias, no siempre es asunto que pueda zanjarse a priori, materia como es de tipo prudencial, y en este caso, de prudencia suprema.

En el fondo, lo cierto, lo que importa, es rescatar la idea de que siendo inmerecidos depositarios de la gracia de haber conservado la fe, los sacramentos, la misa, la verdadera doctrina, es decir, poseyendo exclusivamente las llaves que abren de par en par las puertas del cielo, quisiésemos hacer gala de “católicos”, viniéndosenos en mente la tentación de “cerrar la puerta desde adentro” para que nadie más entre.

Porque al fin de cuentas, ¿qué hubiese pasado con nosotros si Monseñor Lefebvre hubiese guardado la Tradición sólo para sí?

  • 1. “Suma Teológica”, III, XLVI, III.
  • 2. Romanos, 5, 12-21.
  • 3. I Corintios, 15, 21-22.