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Viernes Santo: Via Crucis y “Misa de Presantificados”

Abril 06, 2018
El Via Crucis por las calles de la Ciudad de Buenos Aires, Argentina

La Iglesia guarda silencio y el Viernes Santo no se celebra la santa misa, para concentrarnos en la meditación de la Pasión y muerte de nuestro Señor en la Cruz. La ceremonia de mayor importancia será la adoración de la Cruz redentora en la Acción Litúrgica de la tarde. Al centro del Triduo Sacro, el velo que cubre a Cristo Crucificado se retira y ante nuestro Señor, ya muerto, se dobla toda rodilla.

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El Oficio divino de esta tarde se divide en cuatro partes, cuyos misterios vamos a explicar sucesivamente. Primeramente hay Lecciones; luego siguen Oraciones; se continúa con la adoración de la Cruz y se termina con la Comunión.

Estos ritos desacostumbrados anuncian al pueblo fiel la grandeza de este día y al mismo tiempo le hacen sentir la suspensión del Sacrificio diario al que reemplaza. El altar se halla desnudo, sin cruz, ni candeleros, el atril del evangelio sin paño. Recitada la hora de Nona, el celebrante se adelanta con sus ministros; los ornamentos negros expresan el duelo de la Santa Iglesia. Llegados al pie del altar se prosternan sobre las gradas y oran en silencio durante algún tiempo, después de lo cual, dicha una oración, comienzan las lecciones.

Las lecciones

La primera parte de este oficio comienza con la lectura de dos trozos de los Profetas y del relato de la Pasión según San Juan. En la primera de esas lecturas tomada del Profeta Oseas (V, 15 y VI, 1-5), el Señor anuncia sus designios misericordiosos para con su nuevo pueblo, el pueblo de la gentilidad, que estaba muerto y que, después de tres días, debe resucitar con ese Cristo que todavía no conoce; Efraín y Judá serán tratados de modo distinto; sus sacrificios materiales no han aplacado a un Dios, que no ama sino la misericordia y que únicamente rechaza a los duros de corazón. La segunda lectura está tomada del Éxodo y pone ante nuestra vista, el símbolo del Cordero pascual, en el momento en que la figura desaparece ante la realidad. Este Cordero es sin defecto como el Emmanuel; su sangre preserva de la muerte a aquellos cuyas moradas están rociadas con ella. Deberá no sólo ser inmolado sino servir de alimento a aquellos que por El son salvados. Él es el manjar del viajero, que le come apresuradamente, sin tiempo para detenerse en la rápida carrera de esta vida. La inmolación tanto del Cordero antiguo, como del nuevo es la señal de la Pascua.

Las oraciones solemnes

La Iglesia, que acaba de repasar, juntamente con sus hijos, la historia de los últimos instantes del Señor, no hace ahora sino imitar a ese divino Mediador, que, sobre la Cruz, como enseña San Pablo, ha ofrecido por todos los hombres a su Padre, sus oraciones y súplicas, mezcladas con lágrimas y acompañadas de un gran clamor.1 Desde los primeros siglos viene presentando en este día a la Majestad divina, un conjunto de oraciones, que, abarcando las necesidades de todo el género humano, muestran que es verdaderamente la Madre de los hombres y la Esposa caritativa del Hijo de Dios. Todos, incluso los judíos, participan de esa solemne intercesión que la Iglesia presenta al Padre de los siglos desde el pie de la Cruz de Jesucristo. A cada oración precede un anuncio solemne que explica su objeto. Luego el diácono advierte a toda la asamblea que se ponga de rodillas; puestos en pie un momento después a la señal del diácono, los fieles se unen a la oración del sacerdote.

  • 1. Hebreos, 5, 7.
"He aquí el madero de la Cruz en el cual pendió la salvación del mundo"

La adoración de la Santa Cruz

Las oraciones generales han concluido con la súplica dirigida a Dios por la conversión de los paganos; la Iglesia ha terminado su recomendación universal y solicitado para todos los habitantes de la tierra la efusión de la sangre divina que brota, en este momento, de las venas del Hombre-Dios. Volviéndose ahora a los cristianos sus hijos, conmovida ante las humillaciones del Señor, los invita a disminuir el peso, dirigiendo sus homenajes hacia esa Cruz hasta ahora infame y en adelante sagrada, bajo la cual camina Jesús hacia el Calvario y de cuyos brazos penderá hoy. Para Israel, la cruz es un objeto de escándalo; para los gentiles un monumento de locura;1 nosotros, cristianos, veneramos en ella el trofeo de la victoria de Cristo y el instrumento augusto de la salvación de los hombres. Ha llegado, pues, el momento en que debe recibir nuestras adoraciones por el honor que el Hijo de Dios se ha dignado hacerla, regándola con su sangre y asociándola así a la obra de nuestra Redención. No hay día ni hora más indicada en el año para rendirla nuestros homenajes.

La adoración de la cruz comenzó en Jerusalén en el siglo IV. La emperatriz Santa Elena había hallado recientemente la verdadera cruz; y el pueblo fiel deseaba contemplar, de cuando en cuando, este árbol de vida cuya milagrosa invención había colmado de gozo a la Iglesia entera.

Se determinó que se expusiese a la veneración de los cristianos una vez al año, el Viernes Santo. El deseo de contemplarla llevaba todos los años una multitud inmensa de peregrinos a Jerusalén para la Semana Santa. La fama llevó por todas partes los relatos de este ceremonial, pero todas no podían aspirar a verla ni una vez siquiera en la vida. La piedad católica quiso gozar al menos por imitación, de una ceremonia que muchos no podían gozar en su realidad; y, hacia el siglo VII, se pensó repetir en todas las iglesias, el Viernes Santo, la Ostensión y Adoración de la Cruz que tenía lugar en Jerusalén.

No se poseía, es verdad, sino la figura de la Cruz verdadera; pero, puesto que los honores rendidos a este madero sagrado iban dirigidos al mismo Cristo, los fieles podían ofrecerle honores semejantes, aun cuando no viesen ante sus ojos el madero mismo que el Redentor había regado con su sangre. Tal fue el motivo de la institución de este rito, que ahora va a tener lugar, y en el cual la Iglesia nos invita a participar.

En el altar el celebrante se quita la capa pluvial y permanece en pie junto a su asiento. El diácono con los acólitos va a la sacristía para traer a la iglesia la cruz en procesión. Cuando llegan al presbiterio, el celebrante recibe de manos del diácono la santa Cruz y se pone al lado de la Epístola y allí, de pie, en el plano, vuelto hacia el pueblo, descubre un poco la parte alta de la cruz y canta en un tono de voz moderado: He aquí el madero de la santa Cruz.

Esta primera ostensión representa la primera predicación de la cruz, la que los Apóstoles se hicieron entre sí, cuando, no habiendo recibido todavía al Espíritu Santo, no podían hablar del misterio de la Redención sino con los discípulos de Jesús y temían llamar la atención de los judíos.

Por eso el Sacerdote no eleva la Cruz sino un poco. Este primer homenaje es ofrecido en reparación de los ultrajes que el Salvador recibió en casa de Caifás.

El sacerdote se dirige luego a la parte delantera de la grada, siempre en el lado de la Epístola, y se coloca de cara al pueblo. Sus ministros le ayudan a descubrir el lado derecho de la Cruz, y después de haber descubierto esta parte del instrumento sagrado, la muestra nuevamente al pueblo, levantándola, esta vez, un poco más que la primera y cantando en un tono superior: He aquí el madero de la Cruz.

Esta segunda manifestación más gloriosa que la primera representa la predicación del misterio de la Cruz a los judíos, cuando los Apóstoles, después de la venida del Espíritu Santo echan los fundamentos de la Iglesia en el seno mismo de la Sinagoga y conducen las primicias de Israel a los pies del Redentor. La Iglesia lo ofrece en reparación de los ultrajes que recibió en casa de Pilatos.

El Sacerdote se coloca después en medio de la grada, vuelto siempre hacia el pueblo. Ayudado por el diácono y subdiácono descubre todo lo restante del Crucifijo, y elevándole algo más que las veces anteriores canta con triunfo y a plena voz: He aquí el madero de la Cruz.

Esta última manifestación representa la predicación del misterio de la Cruz en el mundo entero, cuando los Apóstoles, rechazados por la masa de la nación judaica, se vuelven hacia los gentiles, y van a anunciar al Dios crucificado hasta más allá de los límites del imperio romano. Este tercer homenaje rendido a la Cruz es una reparación de los ultrajes que el Salvador recibió en el Calvario.

La Comunión

De tal manera ocupa hoy, en este aniversario, el pensamiento de la Iglesia, el recuerdo del Sacrificio consumado este mismo día sobre el Calvario, que renuncia a renovar sobre el altar la inmolación de la divina Víctima, limitándose a participar del sagrado misterio mediante la Comunión.

El diácono acompañado de dos acólitos, se traslada al monumento, toma el copón del tabernáculo y lo lleva al altar mayor. Mientras se dirige al altar, la escola canta algunas antífonas.

Terminada la Comunión el celebrante se purifica los dedos en un vaso, los enjuga con el purificador, encierra el copón en el tabernáculo y, de pie en medio del altar, dice como acción de gracias y en tono ferial, tres oraciones.

El celebrante y los ministros descienden luego del altar y vuelven a la sacristía. En el coro se recitan Completas, apagadas las velas y sin canto. Luego se traslada en privado la sagrada Eucaristía al lugar donde ha de reservarse y ante la cual arderá una lámpara como de costumbre.

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  • 1. I Corintios, 1, 23.