Nuestros dogmas: el Purgatorio

En el cielo todo es puro y perfecto. El alma que deja su envoltura material, lleva adherido muchas veces el polvo del camino: los pecados veniales. Otras veces tiene pendiente aún la pena contraída, y esto ocurre, porque cuando Dios borra el pecado grave del alma conmuta la pena eterna en que habíamos incurrido por una pena temporal. Esta pena debe ser satisfecha. Si ello no ha ocurrido en esta vida, queda la deuda pendiente. Por esto existe el Purgatorio, que viene a ser así un estado de tránsito hacia el cielo.

Nada sabemos de la naturaleza de las penas del Purgatorio. Sabemos sí que pueden ser socorridas las almas que allí están detenidas por nuestros actos satisfactorios. Los méritos de Jesucristo circulan por todo el cuerpo de los redimidos, que es el cuerpo místico de Cristo. Miembros de Jesucristo son los bienaventurados del cielo, como los que están detenidos en el Purgatorio, como los que aun luchamos en el mundo las batallas de Dios. Hay intercambio de satisfacciones y méritos, que no son sino los mismos méritos de Jesucristo que asimilamos y hacemos florecer. Los que están en el Purgatorio no pueden merecer, porque con la muerte termina el tiempo de merecer. Pero nosotros lo podemos, y Dios acepta nuestras satisfacciones por aquellas almas que no pueden hacerlo.

Esta doctrina es clara y consoladora. Pero el protestante niega pertinazmente al Purgatorio, consecuente con su doctrina de que el hombre es justo, totalmente justo por el hecho de que Cristo esconde los pecados del protestante, cuando el protestante confía en Cristo. Pero una cosa es ser consecuente con los propios prejuicios y otra cosa es ser consecuente con la verdad. Vamos, pues, a
detenernos un instante en la demostración de la verdad.

La doctrina del Purgatorio está luminosamente expresada en el Libro II de los Macabeos, c. Xii, v. 43 y sig. He aquí el texto:

Y habiendo recogido (Judas) en una colecta que mandó hacer, doce mil dracmas de plata, las envió a Jerusalén a fin de que se ofreciese un sacrificio por los pecados de estos difuntos, teniendo, como tenía, buenos y religiosos sentimientos acerca de la resurrección (pues si no esperara que los que habían muerto habían de resucitar, habría tenido por cosa superflua e inútil el rogar por los difuntos); y porque consideraba que a los que habían muerto después de una vida piadosa, les estaba reservada una grande misericordia. Es, pues, un pensamiento santo y saludable el rogar por los difuntos, a fin de que sean libres de sus pecados”.

Aquí no hay lugar a duda. Los que han llevado una vida piadosa, y por consiguiente han muerto en gracia, pueden ser librados de los pecados, cuya pena no está aún satisfecha, por los sufragios de los fieles. Esto no se refiere al infierno. Tampoco al Paraíso. Luego existe un lugar transitorio de expiación. Y éste es el Purgatorio.

Pero el protestantismo recusa la autoridad del libro de los macabeos, al cual no tiene por libro inspirado. Pues bien: aun así subsiste la fuerza del argumento. En efecto: quedaría por lo menos como cosa indudable la fe del pueblo judío en el Purgatorio. Jesús conocía perfectamente esta creencia de su pueblo. Y puesto que vino a enseñar la verdad, de ser falsa esta creencia, la hubiera denunciado como tal. Pero, lejos de eso, no solamente no la excluye, sino que la presupone en su predicación. Hablando del pecado contra el espíritu Santo dice que

no será perdonado ni en esta vida ni en la otra” (Mat. XII, 32).

Presupone entonces, juntamente con sus oyentes, que en la otra vida hay perdón para algún género de faltas.

Igualmente, San Pablo, en su Carta I a los Corintios (III, 11 y sig.) habla de dos categorías de hombres que se salvan porque edificaron sobre el único fundamento, que es Cristo. Son los primeros los que hicieron obras perfectas, a las cuales el apóstol compara con el oro y las piedras preciosas. Son los segundos los que a la obra buena mezclaron imperfecciones y pecados veniales, que el apóstol compara con la madera, el heno y la hojarasca. Afirma, pues, San Pablo que éstos también serán salvos en el día del Señor; pero después de “haber sufrido daño” y “como quien pasa por el fuego”. Ahora bien, ¿qué pena es ésta que el apóstol supone conocida por aquéllos a quienes escribe? No se trata de los condenados, pues éstos no se salvan. No se trata de los perfectos, pues éstos no padecen daño alguno después de su muerte, ni llegan al cielo como quien pasa por el fuego. Se trata entonces de la doctrina de la expiación en el Purgatorio, que el apóstol no explica porque la presupone.

Notad que cuando hablamos a base de una verdad conocida, que está en la mente de los interlocutores, y que no expresamos precisamente porque ella está sirviendo de base a nuestro razonamiento, en este caso, la verdad, en función de la cual estamos hablando, tiene tanto valor como aquello que explícitamente afirmamos.

Por estos motivos, pues, la iglesia universal de todos los siglos, desde los tiempos de los apóstoles, enseñó la doctrina del Purgatorio y de los sufragios, lo que reconoce Calvino cuando dice:

Hace más de mil trescientos años que existe el uso de hacer sufragios por los difuntos” (Ins., 1.3, c. 5).

Y si no existiera el Purgatorio, ¿qué solución quedaría al problema? Por una parte nadie entra en el cielo si no es perfectamente puro. “No pondrá su planta –dice Isaías– hombre manchado”. Por otra parte es cosa cierta que el infierno es castigo tan sólo de los que murieron en pecado mortal. ¿Qué será, pues, de los que murieron manchados por pecados veniales y de los que no han satisfecho aún su deuda en este mundo?

La Bondad de Dios hizo el Purgatorio. No le quitemos sus atributos ni cercenemos su verdad.

Mons. Dr. Audino Rodríguez y Olmos