Oct. 2009 Carta a los amigos y benefactores Nº 75

Queridos amigos y benefactores:

El entusiasmo que encontramos en todo el mundo por nuestra Cruzada del Rosario nos llena de consuelo y nos estimula a abordar una vez más este tema con ustedes. Si recurrimos al cielo con esta multitud de Ave Marías, es —por supuesto— porque los tiempos son graves. Tenemos certeza de la victoria de Nuestra Señora ya que Ella misma lo ha anunciado; con todo, los acontecimientos que han tenido lugar desde hace un siglo, cuando este triunfo fue predicho en Fátima, nos obligan a suponer que, antes de esta victoria, todo género de males aún podrían afectar a la humanidad.

Las pautas dadas en Fátima por la Madre de Dios, sin embargo, eran muy simples: si el mundo no se convierte, será castigado: “Habrá una segunda guerra, más terrible que la primera”. El mundo no se convirtió. Y la respuesta de Dios no se hizo esperar mucho tiempo. Desde la Segunda Guerra Mundial, el mundo sigue sin convertirse. Si se cree que Rusia se convirtió, será preciso que se nos explique: ¿a qué se ha convertido?, ¿al liberalismo económico?

Casi cien años más tarde, comprobamos que el mundo ciertamente no se volvió mejor, al contrario. La guerra de los “sin fe” continúa raudamente su marcha, aunque tomó un cariz totalmente inesperado: la demolición prosigue particularmente por una subversión, por una infiltración de la Iglesia. Nuestra Madre, la Santa Iglesia está transformándose en un cúmulo de ruinas espirituales, mientras que la fachada exterior se mantiene más o menos bien, engañando así a la multitud sobre su estado real. Y es necesario comprobar que esta subversión encontró mayor e inesperada eficacia con motivo del Concilio Vaticano II. No es necesario hacer alta teología; hoy por hoy es un hecho histórico.

¿Qué cuota de responsabilidad es preciso asignar al Concilio? Es una cuestión difícil, pero es claro que este Concilio no quedó sin efectos, y sus consecuencias son completamente desastrosas. Gracias a él tuvo lugar una puesta a punto con el mundo. “Nosotros, más que nadie, tenemos el culto del hombre”,decía Pablo VI en el discurso de clausura del Concilio. La orientación antropocéntrica del Vaticano II ha sido reiteradamente destacada por Juan Pablo II. Ahora bien, esta orientación es muy extraña para la Iglesia de Dios, cuya esencia es sobrenatural; ella recibió de Nuestro Señor Jesucristo no sólo su constitución y sus medios, sino también y sobre todo su fin, que no es otro que la continuación de su propia misión redentora y salvadora:

 

Id por todo el mundo, predicad el evangelio a todas las criaturas. El que creyere y se bautizare se salvará; pero el que no creyere será condenado” (San Marcos, 16, 15).

Y ahora, he ahí la tragedia. Su misión divina ha sido reemplazada por una misión humana. Es un gran misterio que deja estupefacto. La salvación, por decir sólo eso, pasó a segundo plano.

Pocos hombres — ¡muy pocos, desgraciadamente! — comprenden que la terrible crisis de la Iglesia desde el Concilio Vaticano II es un castigo, más espantoso que todos los otros, ya que en esta ocasión la catástrofe es espiritual; lo que se hiere, lo que se mata sin estridencia en una indiferencia peor que la muerte, son las almas.

La pérdida de la gracia en un alma es el daño más terrible que le pueda acontecer; pero eso no acontece con estrépito audible, eso no se siente. Y la voz de los centinelas enmudeció. La exhortación a la conversión, a la penitencia, a la huída del pecado, de las tentaciones y del mundo cedió su lugar, si no a una complacencia, al menos a una simpatía respecto al mundo. Existe una verdadera voluntad de hacer las paces con el mundo moderno.

Así las cosas, la misión de salvación abrió paso a una nueva especie de misión humanitaria; se trata de ayudar a los hombres de toda condición, de todas las religiones, para que vivan concordes en la tierra.

No cabe duda que lo que gira alrededor del mensaje de la Santísima Virgen dado en Fátima, y que se llama “el secreto de Fátima”, no está cerrado. Lo que vivimos se inscribe ciertamente en este conjunto de acontecimientos que un día terminará, al final, con el triunfo de María. ¿Qué será? ¿Cómo lo veremos? En todo caso eso sucederá al menos por la conversión de Rusia, conforme a las propias palabras de la Virgen María.

En 1917 en Roma, los impíos celebraron los doscientos años de la francmasonería y los cuatrocientos años del protestantismo con desfiles especialmente violentos contra el Vaticano. Los manifestantes vociferaban y pregonaban el reino de Satanás sobre el Vaticano y el Soberano Pontífice. Mientras aún era seminarista, Maximiliano Kolbe presenciaba estos dolorosos acontecimientos y decía:

 

Este odio mortal a la Iglesia de Jesucristo y de su Vicario no era una simple chiquilinada de individuos descarriados, sino una acción sistemática seguida del principio de la francmasonería: «Destruid toda religión, cualquiera ella sea, sobre todo la religión católica» 

[Pisma Ojca Maksymiliana Marii Kolbego franciszkanina, Niepokalanow, maszynopsis, 1970]”.

 

(…) ¿Es posible que nuestros enemigos deban desplegar tanta actividad, hasta alcanzar la superioridad, mientras nosotros nos quedamos ociosos, a lo sumo dedicados a rezar, sin ponernos, con todo, a la obra? ¿Acaso no tenemos armas más potentes, la protección del cielo y de la Virgen Inmaculada? La Inmaculada, victoriosa y triunfadora contra todas las herejías, no cederá lugar al enemigo que levanta cabeza, si encuentra servidores fieles y dóciles a sus órdenes: Ella obtendrá nuevas victorias, más grandes de lo que se pueda imaginar. Es necesario que nos pongamos en sus manos como instrumentos dóciles, empleando todos los medios lícitos, interviniendo en todas partes a través de la palabra, a través de la difusión de la prensa mariana y la medalla milagrosa, y ennobleciendo nuestra acción por la oración y el buen ejemplo” 

[Testimonio del Padre Pignalberi, citado en el proceso de beatificación].

Fundó la Milicia de la Inmaculada sólo pocos días después de la aparición de Nuestra Señora en Fátima el 13 de octubre, cuando sucedió el gran milagro del sol. En efecto, el 16 de octubre, junto a seis compañeros seminaristas, se consagrará al Corazón Inmaculado de María para conducir al mundo entero a Dios a través de la Inmaculada.

Al leer su acto de consagración, uno no puede más que quedar cautivado por la relación entre el mensaje de Fátima y la respuesta del franciscano polaco:

 

Oh Reina Inmaculada del cielo y de la tierra, Refugio de los pecadores y nuestra Madre amantísima, a quien Dios ha hecho tesorera de su misericordia, yo, indigno pecador, me postro a tus santísimos pies y te suplico humildemente me aceptes, todo e íntegro, como tu propiedad. A Ti, oh Madre, te ofrezco todas las facultades de mi alma y de mi cuerpo, y pongo mi vida, mi muerte y mi eternidad en tus manos, para que tú puedas usar de todo mi ser de acuerdo con tu voluntad. Sírvete de mí, oh Virgen Inmaculada, como Tú lo desees para cumplir lo que se ha escrito de ti: «Ella aplastará tu cabeza» y «Tú has destruido todas las herejías en el mundo». Dígnate convertirme en tus purísimas y misericordiosas manos, en un instrumento dócil para hacerte conocida y amada por tantas almas errantes e indiferentes, y para aumentar, tanto como sea posible, el número de los que verdaderamente te admiran y te aman, para que el reinado del Sacratísimo Corazón de Jesús pueda ser propagado por el mundo. Donde tú entras, oh Inmaculada, obtienes la gracia de la conversión y la santificación, ya que toda gracia que fluye del Corazón de Jesús para nosotros, nos llega a través de tus manos”

 [Scritti di Massimiliano Kolbe, Nuova edizione, volumen único, ENMI Roma, 1997].

Queridos fieles: ésta es, precisamente, la perspectiva conforme a la cual lanzamos la Cruzada del Rosario. Pero la oración no es más que una parte: no olvidemos los dos elementos restantes, que también son muy importantes: la penitencia y la devoción al Corazón Inmaculado de María. Con la mortificación queremos reparar las injurias irrogadas a María; en unión con su Corazón doloroso, queremos asociarnos lo más cercanamente posible al sacrificio de la Cruz de Nuestro Señor, porque allí se opera nuestra salvación.

Y así nos situamos en el corazón del mensaje de Fátima: “Dios quiere introducir la devoción a mi Corazón Inmaculado”. Quizá no se hace bastante hincapié en este último aspecto, que nos parece aún más importante que la consagración de Rusia, y que es la segunda condición indicada por María al Papa para su triunfo: consagrar Rusia y promover la devoción a su Corazón Inmaculado.

Vamos a abordar, en este mes de octubre, una nueva fase en nuestras relaciones con el Vaticano: la de los debates doctrinales. Lo que está en juego es muy importante y lo encomendamos a vuestras oraciones. Eso también forma parte, sin duda alguna, de nuestra Cruzada, y es claro que esta intención forma parte del triunfo que deseamos del Corazón Inmaculado de María. Ello supera asimismo completamente nuestras fuerzas, y sería pura y simplemente una locura lanzarse a tal empresa, si no se la sostuviese con la fuerza de los medios sobrenaturales de la oración y la penitencia.

No queremos concluir esta carta sin agradecerles también por vuestros generosos esfuerzos, que permiten a nuestra obra desarrollarse por todas partes en el mundo. Sin embargo, algo frena nuestra obra: la cosecha es abundante, pero faltan obreros para la cosecha. Nuestro Señor ya lo decía e indicaba el remedio: ¡rezad por las vocaciones! ¡Cuánto querríamos ayudar a todos los fieles, algunos de los cuales sólo tienen la santa misa una vez por mes, o únicamente el domingo, no pudiendo, por tanto, beneficiarse de todo el apoyo sacerdotal habitual…! Con todo, Dios nos concederá este año 27 nuevos sacerdotes; para el año próximo esperamos una cifra un poco más elevada. Y aún así no basta, porque la demanda es grande en todo el mundo.

Vayan hacia ustedes nuestras rendidas gracias por todos sus esfuerzos. Que Dios les pague con gracias y bendiciones abundantes; eso es lo que pedimos de corazón para ustedes, sus familias y sus hijos. Que Nuestra Señora del Rosario y el Corazón Inmaculado de María los protejan.

En la fiesta de la Maternidad Divina de María, 11 de octubre de 2009.

+ Bernard Fellay

Superior General

de la Fraternidad San Pío X