Encíclica
del Papa SAN PÍO X
ACERBO NIMIS
Sobre la enseñanza del catecismo
(15 de abril de 1905)
EN ESTA HERMOSA ENCÍCLICA,
SAN PÍO X NOS REVELA CUÁL ES LA CAUSA PRINCIPAL
DE LOS MALES DE NUESTRA ÉPOCA: LA IGNORANCIA RELIGIOSA,
Y MUESTRA CÓMO REMEDIAR ESTA SITUACIÓN PARA
RESTABLECER EL REINO DE NUESTRO SEÑOR JESUCRISTO.
I.
DOLOROSAS COMPROBACIONES
1. Causas de los males presentes
Los secretos designios de Dios Nos han levantado de Nuestra
pequeñez al cargo de Supremo Pastor de toda la
grey de Cristo en días bien críticos y amargos,
pues el enemigo de antiguo anda alrededor de este rebaño
y le tiende lazos con tan pérfida astucia, que
ahora, principalmente, parece haberse cumplido aquélla
profecía del Apóstol a los ancianos de la
Iglesia de Éfeso: Sé que… os han
asaltado lobos voraces que destrozan el rebaño
(Hechos, 20, 29). De este mal que padece la religión
no hay nadie, animado del celo de la gloria divina, que
no investigue las causas y razones, sucediendo que, como
cada cual las halla diferentes, propone diferentes medios
conforme a su personal opinión para defender y
restaurar el reinado de Dios en la tierra. No proscribimos,
Venerables Hermanos, los otros juicios, mas estamos con
los que piensan que la actual depresión
y debilidad de las almas, de que resultan los mayores
males, provienen, principalmente, de la ignorancia de
las cosas divinas. Esta opinión concuerda
enteramente con lo que Dios mismo declaró por su
profeta Oseas: No hay conocimiento de Dios en la tierra.
La maldición, y la mentira, y el homicidio, y el
robo, y el adulterio lo han inundado todo; la sangre se
añade a la sangre por cuya causa se cubrirá
de luto la tierra y desfallecerán todos sus moradores
(Oseas, 4, 1 ss).
2. Ignorancia
de la religión
¡Cuán comunes y fundados son, por desgracia,
estos lamentos de que existe hoy un crecido número
de personas, en el pueblo cristiano, que viven en suma
ignorancia de las cosas que se han de conocer para conseguir
la salvación eterna! Al decir “pueblo cristiano”,
no Nos referimos solamente a la plebe,
esto es, a aquellos hombres de las clases inferiores a
quienes excusa con frecuencia el hecho de hallarse sometidos
a dueños exigentes, y que apenas si pueden ocuparse
de sí mismos y de su descanso; sino que también
y, principalmente, hablamos de aquellos a quienes
no falta entendimiento ni cultura y hasta se hallan adornados
de una gran erudición profana, pero que, en lo
tocante a la religión, viven temeraria e imprudentemente.
3. Indiferencia
ante las verdades religiosas
¡Difícil sería ponderar lo espeso
de las tinieblas que con frecuencia los envuelven y —lo
que es más triste— la tranquilidad con que
permanecen en ellas! De Dios, soberano autor y moderador
de todas las cosas, y de la sabiduría de la fe
cristiana para nada se preocupan; y así nada saben
de la Encarnación del Verbo de Dios, ni de la redención
por El llevada a cabo; nada saben de la gracia, el principal
medio para la eterna salvación; nada del sacrificio
augusto ni de los sacramentos, por los cuales conseguimos
y conservamos la gracia. En cuanto al pecado, ni conocen
su malicia ni su fealdad, de suerte que no ponen el menor
cuidado en evitarlo, ni en lograr su perdón; y
así llegan a los últimos momentos de su
vida, en que el sacerdote —por no perder la esperanza
de su salvación— les enseña sumariamente
la religión, en vez de emplearlos principalmente,
según convendría, en moverles a actos de
caridad; y esto, si no ocurre —por desgracia, con
harta frecuencia— que el moribundo sea de tan culpable
ignorancia que tenga por inútil el auxilio del
sacerdote y juzgue que pueda traspasar tranquilamente
los umbrales de la eternidad sin haber satisfecho a Dios
por sus pecados. Por lo cual Nuestro predecesor Benedicto
XIV escribió justamente: Afirmamos
que la mayor parte de los condenados a las penas eternas
padecen su perpetua desgracia por ignorar los misterios
de la fe, que necesariamente se deben saber y creer para
ser contados entre los elegidos (Instit.
27, 18).
4. Las malas pasiones
y la mala vida engendran esta ignorancia
Siendo esto así, Venerables Hermanos, ¿qué
tiene de sorprendente, preguntamos, que la corrupción
de las costumbres y su depravación sean tan grandes
y crezcan diariamente, no sólo en las naciones
bárbaras, sino aun en los mismos pueblos que llevan
el nombre de cristianos? Con razón decía
el apóstol San Pablo escribiendo a los de Éfeso:
La fornicación y toda especie de impureza o
avaricia, ni aun se nombre entre vosotros, como corresponde
a santos, ni tampoco palabras torpes, ni truhanerías
(Efesios, 5, 3 ss). Como fundamento de este pudor
y santidad, con que se moderan las pasiones, puso la ciencia
de las cosas divinas: Y así, mirad, hermanos,
que andéis con gran circunspección; no como
necios sino como prudentes... Por lo tanto, no seáis
indiscretos, sino atentos sobre cuál es la voluntad
de Dios (5 Ibid. vv. 15 ss).
II.
NECESIDAD DE LA INSTRUCCIÓN RELIGIOSA Y SUS BENEFICIOS
Sentencia
justa; porque la voluntad humana apenas conserva algún
resto de aquel amor a la honestidad y la rectitud, puesto
en el hombre por Dios creador suyo, amor que le impulsaba
hacia un bien, no entre sombras, sino claramente visto.
Mas, depravada por la corrupción del pecado
original y olvidada casi de Dios, su Hacedor, la voluntad
humana convierte toda su inclinación a amar la
vanidad y a buscar la mentira. Extraviada y ciega
por las malas pasiones, necesita un guía que le
muestre el camino para que se restituya a la vía
de la justicia que desgraciadamente abandonó. Este
guía, que no ha de buscarse fuera del hombre, y
del que la misma naturaleza le ha provisto, es la propia
razón; mas si a la razón le falta su verdadera
luz, que es la ciencia de las cosas divinas, sucederá
que, al guiar un ciego a otro ciego, ambos caerán
en el hoyo. El santo Rey David, glorificando a Dios por
esta luz de la verdad que le había infundido en
la razón humana, decía: Impresa está,
Señor, sobre nosotros la luz de tu rostro.
Y señalaba el efecto de esta comunicación
de la luz, añadiendo: Tú has infundido
la alegría en mi corazón (Salmo 4,
7), alegría con la que, ensanchado el corazón,
corre por la senda de los mandatos divinos.
5.
La Doctrina cristiana y las virtudes teologales
Fácilmente se descubre que es así, porque,
en efecto, la doctrina cristiana nos hace conocer a Dios
y lo que llamamos sus infinitas perfecciones, harto más
hondamente que las fuerzas naturales. ¿Y cómo
esto? Mandándonos a un mismo tiempo reverenciar
a Dios por obligaciones de fe, que se refiere
a la razón; por deber de esperanza, que
se refiere a la voluntad; y por deber de caridad,
que se refiere al corazón, con la cual deja al
hombre enteramente sometido a Dios, su Creador y Moderador.
De la misma manera, sólo la doctrina cristiana
pone al hombre en posesión de su eminente dignidad
natural en cuanto hijo del Padre celestial, que está
en los cielos, que le hizo a su imagen y semejanza para
vivir con Él eternamente dichoso. Pero
de esta misma dignidad y del conocimiento que de ella
se ha de tener infiere Cristo que los hombres deben amarse
como hermanos y vivir en la tierra como conviene a los
hijos de la luz, no en comilonas y borracheras, no
en deshonestidades y disoluciones, no en contiendas y
envidias (Romanos, 13, 13); mándanos asimismo
que nos entreguemos en manos de Dios, que es quien cuida
de nosotros; que socorramos al pobre, hagamos bien a nuestros
enemigos y prefiramos los bienes eternos del alma a los
perecederos del tiempos.
6. La humildad y las virtudes cardinales
Y sin tocar menudamente a todo, ¿no es la doctrina
de Cristo la que recomienda y prescribe al hombre soberbio
aquella humildad que es manantial verdadero de su gloria?
Cualquiera que se humillare será el mayor en
el reino de los cielos (Mateo, 28, 4). Esta celestial
doctrina nos enseña igualmente la prudencia del
espíritu, que nos sirve para guardarnos de la carne;
la justicia, que nos hace darle lo suyo a cada cual; la
fortaleza que nos hace capaces de sufrir y padecer todo
generosamente por Dios y por la eterna bienaventuranza;
en fin, la templanza, que hace para nosotros amable la
pobreza por amor de Dios y que en medio de nuestras humillaciones
nos gloriemos en la cruz. De manera que por la
sabiduría cristiana, no solamente nuestra inteligencia
recibe la luz que nos permite alcanzar la verdad, pero
la misma voluntad queda presa de aquel amor que nos conduce
a Dios y nos une a Él mediante el ejercicio de
la virtud.
Lejos estamos de afirmar que la malicia del alma y la
corrupción de las costumbres no pueden existir
con la ciencia de la Religión. Pluguiese a Dios
que los hechos demostrasen lo contrario. Pero entendemos
que cuando al espíritu lo envuelven las espesas
tinieblas de la ignorancia, no pueden darse ni la rectitud
de la voluntad ni las buenas costumbres, pues si caminando
con los ojos abiertos puede apartarse el hombre del buen
camino, el que padece de ceguera está en peligro
cierto de desviarse. Añádase que en quien
no está enteramente apagada la antorcha de la fe,
todavía queda esperanza de que se enmiende y sane
la corrupción de costumbres; más cuando
la ignorancia se junta a la depravación, ya no
queda espacio para el remedio, sino abierto el camino
de la ruina.
III.
EL DEBER PRIMORDIAL DEL SACERDOTE
7. Misión confiada a los pastores de almas
Puesto que de la ignorancia de la religión proceden
tantos y tan graves daños, y, por otra parte, son
tan grandes la necesidad y utilidad de la formación
religiosa, ya que, en vano sería esperar que nadie
pueda cumplir las obligaciones de cristiano, si no las
conoce; conviene averiguar hora a quién compete
preservar a las almas de aquella perniciosa ignorancia
e instruirlas en ciencia tan indispensable. Lo cual, Venerables
Hermanos, no ofrece dificultad alguna, porque ese
gravísimo deber corresponde a los pastores de almas
que, efectivamente, se hallan obligados por mandato del
mismo Cristo a conocer y apacentar las ovejas, que les
están encomendadas. Apacentar es, ante todo,
adoctrinar: Os daré pastores según
mi corazón, que os apacentarán con la ciencia
y con la doctrina (Jeremías, 3, 15). Así
hablaba Jeremías, inspirado por Dios. Y, por ello,
decía también el apóstol San Pablo:
No me envió Cristo a bautizar, sino a predicar
(I Corintios, 1, 17) advirtiendo así que el
principal ministerio de cuantos ejercen de alguna manera
el gobierno de la Iglesia consiste en enseñar a
los fieles en las cosas sagradas.
Inútil nos parece aducir nuevas pruebas de la excelencia
de este ministerio y de la estima-ción que de él
hace Dios. Cierto es que Dios alaba grandemente la piedad
que nos mueve a procurar el alivio de las humanas miserias:
mas, ¿quién negará que mayor alabanza
merecen el celo y el trabajo consagrados a procurar los
bienes celestiales a los hombres, y no ya las transitorias
ventajas materiales? Nada puede ser más grato —según
sus propios deseos— a Jesucristo, Salvador de las
almas, que dijo de Sí mismo por el profeta Isaías:
Me ha enviado a evangelizar a los pobres (Lucas,
4, 18)
Importa mucho, Venerables Hermanos, asentar bien
aquí —e insistir en ello— que para
todo sacerdote éste es el deber más grave,
más estricto, que le obliga. Porque ¿quién
negará que en el sacerdote a la santidad de vida
debe irle unida la ciencia? En los labios del sacerdote
ha de estar el depósito de la ciencia (Mateo,
2, 7). Y, en efecto, la Iglesia rigurosamente la exige
de cuantos aspiran a ordenarse sacerdotes. Y esto, ¿por
qué? Porque el pueblo cristiano espera recibir
de los sacerdotes la enseñanza de la divina ley,
y porque Dios les destina para propagarla. De su boca
se ha de aprender la ley, puesto que él es el ángel
del Señor de los ejércitos (Ibid.).Por
lo cual, en las sagradas Ordenes, el Obispo dice, dirigiéndose
a los que van a ser consagrados sacerdotes: Que vuestra
doctrina sea remedio espiritual para el pueblo de Dios,
y los cooperadores de nuestro orden sean previsores, para
que, meditando día y noche acerca de la ley, crean
lo que han leído y enseñen lo que han creído
(Pontifical Romano).
Si no hay sacerdote alguno a quien no correspondan estas
obligaciones ¿cuáles no serán las
de aquellos que por el nombre y autoridad que ostentan
y por su misma dignidad tienen a su cargo y como por contrato
la cura de almas? Estos han de ser puestos en algún
modo en el rango de los pastores y doctores que Jesucristo
dio a los fieles para que no sean como niños
fluctuantes ni se dejen llevar doquier por todos los vientos
de opiniones y por la malignidad de los hombres…,
antes bien viviendo según la verdad y en la caridad,
en todo vayan creciendo hacia Cristo, que es nuestra Cabeza
(Efesios, 4, 14. 15).
Por lo cual, el sacrosanto Concilio de Trento,
hablando de los pastores de almas, declara que la primera
y mayor de sus obligaciones era la de enseñar al
pueblo cristiano (Sess. 5, c. 2 de refor.; sess.
22, c. 8; sess. 24, c. 4 et 7 de refor ). Dispone,
en consecuencia, que por lo menos los domingos y fiestas
solemnes den al pueblo instrucción religiosa,
y durante los santos tiempos de Adviento y Cuaresma diariamente,
o al menos tres veces por semana. Ni esto sólo:
porque añade el Concilio que los párrocos
están obligados, al menos los domingos y días
de fiesta, a enseñar, por sí o por otros,
a los niños las verdades de fe y la obediencia
que deben a Dios y a sus padres. Asimismo manda
que, cuando hayan de administrar algún
sacramento, instruyan, acerca de su naturaleza, a los
que van a recibirlo, explicándolo en lengua vulgar
e inteligible.
IV.
DEFINICIÓN, DEFENSA Y ELOGIO DE LA ENSEÑANZA
CATEQUÍSTICA
En su constitución Etsi minime,
Nuestro predecesor Benedicto XIV resumió tales
prescripciones y las precisó claramente, diciendo:
Dos obligaciones impone principalmente el Concilio
de Trento a los pastores de almas: una, que todos los
días de fiesta hablen al pueblo acerca de las cosas
divinas; otra, que enseñen a los niños y
a los ignorantes los elementos de la ley divina y de la
fe. Con razón dispone este sapientísimo
Pontífice el doble ministerio, a saber: la predicación,
que habitualmente se llama explicación del Evangelio,
y la enseñanza de la doctrina cristiana. Acaso
no falten sacerdotes que, deseosos de ahorrarse trabajo,
crean que con las homilías satisfacen la obligación
de enseñar el Catecismo. Quienquiera que reflexione,
descubrirá lo erróneo de esta opinión;
porque la predicación del Evangelio está
destinada a los que ya poseen los elementos de la fe.
Es el pan, que debe darse a los adultos. Mas por lo contrario,
la enseñanza del Catecismo es aquella leche, que
el apóstol San Pedro quería que todos los
fieles habían de desear sinceramente, como los
niños recién nacidos. El oficio, pues, del
catequista consiste en elegir alguna verdad relativa a
la fe y a las costumbres cristianas, y explicarla en todos
sus aspectos. Y, como el fin de la enseñanza es
la perfección de la vida, el catequista ha de comparar
lo que Dios manda obrar y lo que los hombres hacen realmente;
después de lo cual, y sacando oportu-namente algún
ejemplo de la Sagrada Escritura, de la historia de la
Iglesia o de las vidas de los Santos, ha de aconsejar
a sus oyentes, como si la señalara con el dedo,
la norma a que deben ajustar la vida, y terminará
exhortando a los presentes a huir de los vicios y a practicar
la virtud.
8. Oficio poco grato a las pasiones
Esto es, No ignoramos, en verdad, que este método
de enseñar la doctrina cristiana no es grato a
muchos, que lo estiman en poco y acaso impropio para conseguir
alabanza popular; pero Nos declaramos que semejante juicio
pertenece a los que se dejan llevar de la ligereza más
que de la verdad. Ciertamente no reprobamos a los oradores
sagrados que, movidos por sincero deseo de gloria divina,
se emplean en la defensa de la fe o en hacer el panegírico
de los Santos; pero su labor requiere otra preliminar
—la de los catequistas— pues, faltando ésta,
no hay fundamento, y en vano se fatigan los que edifican
la casa. Harto frecuente es que floridos discursos, recibidos
con el aplauso de numeroso auditorio, sólo sirvan
para halagar el oído, no para conmover las almas.
En cambio, la enseñanza catequística, aunque
sencilla y humilde, merece que se le apliquen estas palabras
que dijo Dios por Isaías: Al modo que la lluvia
y la nieve descienden del cielo y no vuelven allá,
sino que empapan la tierra y la penetran y la fecundan,
a fin de que dé simiente que sembrar y pan para
comer, así será de mi palabra salida de
mi boca: no volverá a mi vacía, sino que
obrará todo aquello que yo quiero y ejecutará
felizmente aquellas cosas a que yo la envié (Isaías,
55, 10. 11). El mismo juicio ha de formarse de aquellos
sacerdotes que, por mejor exponer las verdades de la religión,
publican eruditos volúmenes; son dignos, ciertamente,
de copiosa alabanza. Mas ¿cuántos son los
que consultan obras de esa índole y sacan de ellas
el fruto correspondiente a la labor y a los deseos de
sus autores? Pero la enseñanza de la doctrina
cristiana, bien hecha, jamás deja de aprovechar
a los que la escuchan.
Conviene repetir —para inflamar el celo de los ministros
del Señor— que ya es crecidísimo,
y aumenta cada día más, el número
de los que todo lo ignoran en materia de religión,
o que sólo tienen un conocimiento tan imperfecto
de Dios, de la fe cristiana que, en plena luz de verdad
católica, les permite vivir como paganos.
¡Ay! Cuán grande es el número, no
diremos de niños, pero de adultos y aun ancianos
que ignoran absolutamente los principales misterios de
la fe, y que, al oír el nombre de Cristo, responden:
¿Quién es... para que yo crea en él?
(18 Io. 9, 36). De ahí el que tengan por lícito
forjar y mantener odios contra el prójimo, hacer
contratos inicuos, explotar negocios infames, hacer préstamos
usurarios y cometer otras maldades semejantes. De ahí
que, ignorantes de la ley de Cristo —que no sólo
prohíbe toda acción torpe, sino el pensamiento
voluntario y el deseo de ella— muchos que, sea por
lo que quiera, casi se abstienen de los placeres vergonzosos,
alimentan sus almas, que carecen de principios religiosos,
con los pensamientos más perversos, y hacen el
número de sus iniquidades mayor que el de los cabellos
de su cabeza. Y ha de repetirse que estos vicios no se
hallan solamente entre la gente pobre del campo y de las
clases bajas, sino también, y acaso con más
frecuencia, entre gentes de superior categoría,
incluso entre los que se envanecen de su saber, y, apoyados
en una vana erudición, pretenden burlarse de la
religión y blasfemar de todo lo que no conocen
(Judas 10).
9. Males que se siguen si no se enseña la Doctrina
cristiana
Si es cosa vana esperar cosecha en tierra no sembrada,
¿cómo esperar generaciones adorna-das de
buenas obras, si oportunamente no fueron instruidas en
la doctrina cristiana? De donde justamente concluimos
que, si la fe languidece en nuestros días
hasta parecer casi muerta en una gran mayoría,
es que se ha cumplido descuidadamente, o se ha omitido
del todo, la obligación de enseñar las verdades
contenidas en el Catecismo. Inútil sería
decir, como excusa, que la fe es dada gratuitamente y
conferida a cada uno en el bautismo. Porque, ciertamente,
los bautizados en Jesucristo, fuimos enriquecidos con
el hábito de la fe, mas esta divina semilla no
llega a crecer… y echar grandes ramas (Marcos,
4, 32), abandonada a sí misma y como por nativa
virtud. Tiene el hombre, desde que nace, facultad de entender;
mas esta facultad necesita de la palabra materna para
convertirse en acto, como suele decirse. También
el hombre cristiano, al renacer por el agua y el Espíritu
Santo, trae como en germen la fe; pero necesita la enseñanza
de la Iglesia para que esa fe pueda nutrirse, crecer y
dar fruto.
Por eso escribía el Apóstol: La fe proviene
del oír, y el oír depende de la predicación
de la palabra de Cristo (Romanos, 10, 17). Y para
mostrar la necesidad de la enseñanza añadió:
¿Cómo... oirán hablar, si no
se les predica? (Ibid. v. 14).
V.
LAS NORMAS
10. Prescripciones para la enseñanza del catecismo
De lo expuesto hasta aquí puede verse cuál
sea la importancia de la instrucción religiosa
del pueblo; debemos, pues, hacer todo lo posible para
que la enseñanza de la Doctrina sagrada, institucion
—según frase de Nuestro predecesor Benedicto
XIV— la más útil para la gloria de
Dios y la salvación de las almas (Const. Etsi
minime, 13), se mantenga siempre floreciente, o,
donde se la haya descuidado, se restaure. Así,
pues, Venerables Hermanos, queriendo cumplir esta grave
obligación del apostolado supremo y hacer que en
todas partes se observen en materia tan importante las
mismas normas, en virtud de Nuestra suprema autoridad,
establecemos para todas las diócesis las siguientes
disposiciones, que mandamos sean observadas y expresamente
cumplidas:
I. Todos los párrocos, y en general
cuantos ejercen cura de almas, han de instruir, con arreglo
al Catecismo, durante una hora entera, todos los
domingos y fiestas del año, sin exceptuar ninguno,
a todos los niños y niñas en lo que deben
creer y hacer para alcanzar la salvación eterna.
II. Los mismos han de preparar a los
niños y a las niñas, en épocas fijas
del año, y mediante instrucción que ha de
durar varios días, para recibir dignamente
los sacramentos de la Penitencia y Confirmación.
III. Además, han de preparar con
especial cuidado a los jovencitos y jovencitas para
que, santamente, se acerquen por primera vez a la Sagrada
Mesa, valiéndose para ello de oportunas
enseñanzas y exhortaciones, durante todos los días
de Cuaresma, y si fuere necesario, durante varios otros
después de la Pascua.
IV. En todas y cada una de las parroquias
se erigirá canónicamente la asociación,
llamada vulgarmente Congregación de la Doctrina
Cristiana. Con ella, principalmente donde ocurra
ser escaso el número de sacerdotes, los párrocos
tendrán colaboradores seglares para la enseñanza
del Catecismo, que se ocuparán en este ministerio,
así por celo de la gloria de Dios, como por lucrar
las santas indulgencias con que los Romanos Pontífices
han enriquecido esta asociación.
V. En las grandes poblaciones, principalmente
donde haya Facultades mayores, Institutos y Colegios,
fúndense escuelas de religión para
instruir en las verdades de la fe y en las prácticas
de la vida cristiana a la juventud, que frecuente
las aulas públicas, en las que no se mencionan
las cosas de religión.
VI. Porque, en estos tiempos, la edad madura,
no menos que la infancia, necesita la instrucción
religiosa, los párrocos y cuantos sacerdotes tengan
cura de almas, ade-más de la acostumbrada homilía
sobre el Santo Evangelio, que han de hacer todos los días
de fiesta en la misa parroquial, escojan la hora más
oportuna para que concurran los fieles —exceptuando
la destinada a la doctrina de los niños—
y den la instrucción ca-tequística
a los adultos, con lenguaje sencillo y acomodado a su
inteligencia. Para ello se servirán del
Catecismo del Concilio de Trento, de tal modo que, en
el espacio de cuatro a cinco años, expliquen cuanto
se refiere al Símbolo, a los Sacramentos, al Decálogo,
a la Oración y a los Mandamientos de la Iglesia.
Venerables Hermanos, esto mandamos y establecemos en virtud
de Nuestra autoridad apostólica. Ahora, obligación
vuestra es procurar, cada cual en su propia diócesis,
que estas prescripciones se cumplan enteramente y sin
tardanza. Velad, pues, y, con la autoridad que os es peculiar,
procurad que Nuestros mandatos no caigan en olvido, o
—lo que sería igual— se cumplan con
negligencia y flojedad. Para evitar esa falta habéis
de emplear las recomendaciones más asiduas y apremiantes
a los párrocos, para que no expliquen el Catecismo
sin la previa preparación, y que no hablen el lenguaje
de la sabiduría humana, sino que con sencillez
de corazón y con sinceridad delante de Dios
(II Corintios, 1, 12) sigan el ejemplo de Cristo, pues
aunque expusiese cosas que estuvieron ocultas desde
la creación del mundo (Mateo, 13, 35), sin
embargo, las decía todas al pueblo por medio de
parábolas, o ejemplos y sin parábolas no
les predicaba (Ibid. v. 34). Sabemos que lo mismo
hicieron los Apóstoles, enseñados por Jesucristo;
y de ellos decía San Gregorio Magno: Pusieron
todo cuidado en predicar a los pueblos ignorantes cosas
sencillas y accesibles, y no cosas altas y arduas
(Moral. 17, 26). Y en las cosas de religión,
una gran parte de los hombres de nuestra edad ha de tenerse
por ignorante.
.
Pero no quisiéramos que nadie, en razón
de esta misma sencillez que conviene observar, imaginase
que la enseñanza catequística no requiere
trabajo ni meditación; al contrario, los pide mayores
que cualquier otro asunto. Es más fácil
hallar un orador que hable con abundancia y brillantez,
que un catequista cuya explicación merezca plena
alabanza. Por lo tanto, todos han de tener en cuenta que,
por grande que sea la facilidad de conceptos y de expresión
de que se hallen naturalmente dotados, ninguno hablará
de la doctrina cristiana con provecho espiritual de los
adultos ni de los niños, si antes no se prepara
con estudio y seria meditación. Se engañan
los que, confiados en la inexperiencia y rudeza intelectual
del pueblo, creen que pueden proceder negligentes en esta
materia. Al contrario; cuanto más incultos los
oyentes, mayor celo y cuidado se requiere para lograr
que las verdades más sublimes, tan elevadas sobre
el entendimiento de la generalidad de los hombres, penetren
en la inteligencia de los ignorantes; los cuales, no menos
que los sabios, necesitan conocerlas para alcanzar la
eterna bienaventuranza.
EPÍLOGO
11. Palabras finales
Séanos permitido, Venerables Hermanos, deciros
al terminar esta Carta, lo que dijo Moisés: El
que sea del Señor, júntese conmigo
(Éxodo, 32, 26). Observad, os lo rogamos y pedimos,
cuán grandes estragos produce en las almas la sola
ignorancia de las cosas divinas. Tal vez hayáis
establecido, en vuestras diócesis, muchas obras
útiles y dignas de alabanza, para el bien de vuestra
grey; pero, con preferencia a todas ellas, y con todo
el empeño, afán y constancia que os sean
posibles, cuidad esmeradamente de que el conocimiento
de la Doctrina cristiana penetre por completo en la mente
y en el corazón de todos. Comunique cada cual
al prójimo —repetimos con el apóstol
San Pedro— la gracia según la recibió,
como buenos dispensadores de los dones de Dios, los cuales
son de muchas maneras (I Pedro, 4, 10).
Que, mediando la intercesión de la Inmaculada y
Bienaventurada Virgen, vuestro celo y piadosa industria
se exciten con la Bendición Apostólica,
que amorosamente os concedemos a vosotros, a vuestro clero
y al pueblo que os está confiado, y sea testimonio
de Nuestro afecto y prenda de los divinos dones.
Dado en Roma, junto a San Pedro, el 15 de abril de
1905, segundo año de Nuestro Pontificado.
Pío, Papa X