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NI CISMÁTICOS,
NI EXCOMULGADOS

 
 

LA TRADICIÓN “EXCOMULGADA”


CATÓLICOS DESPEDAZADOS

Parece que desde el Vaticano II, el católico se halla constantemente en la necesidad de elegir entre la verdad y la “obediencia”, entre ser hereje o ser cismático.
Así —para limitamos a algunos ejemplos— ha tenido que optar entre la encíclica Pascendi de San Pío X, que condena al modernismo “que recoge todas las herejías” y la actual orientación eclesial, abiertamente modernista, que por medio del órgano de la Santa Sede, no cesa de alabar al modernismo y a los modernistas(1) y de denigrar a San Pío X, cuya encíclica con motivo de su 70º aniversario, se acusó “revelación... irrespetuosa, desde el punto de vista histórico”.(2)
Ha tenido que elegir entre el Monitum del Santo Oficio de 1962, que condenaba las obras del jesuita Teilhard de Chardin, en cuanto “están llenas de tales ambigüedades e incluso de errores tan graves que ofenden la doctrina católica”, y la actual corriente eclesial que no duda en citar esas obras hasta en los discursos pontificios, y que con motivo del centenario del nacimiento del jesuita “apóstata” (R. Valneve), exaltó, por medio de una carta del Cardenal Casaroli, Secretario de Estado de Su Santidad, la “riqueza de pensamiento” y el “inigualable fervor religioso”(3) que contienen, suscitando así la reacción de un grupo de cardenales.(4)
Ha tenido que optar entre la invalidez —que ya estaba definida— de las ordenaciones anglicanas,(5) y la actual orientación eclesial en virtud de la cual, en 1982, un Pontífice Romano participó —por primera vez— en un rito anglicano en la Catedral de Canterbury, bendiciendo a la multitud con el Primado laico de esta secta herética y cismática. En la alocución de bienvenida, dicho Primado reivindicó para sí el título de sucesor de San Agustín,(6) el evangelizador de la Inglaterra católica,(7) sin que nadie le contradijera.
Ha tenido que elegir entre la condenación “ex cathedra”(8) de Martín Lutero y la actual corriente eclesial que, al celebrar el Vº centenario del nacimiento del heresiarca alemán, declaró —por medio de una carta firmada por S.S. Juan Pablo II— que hoy, gracias a las “investigaciones comunes de sabios católicos y protestantes... aparece la profunda religiosidad de Lutero”.(9)
Ha tenido que elegir entre la historicidad de los Evangelios que “la Santa Madre Iglesia de manera firme y absolutamente constante ha afirmado y afirma... y testimonia sin dudar”,(10) y la actual orientación eclesial que niega escandalosamente esta historicidad en el documento publicado el 24 de junio de 1985 por la Comisión Pontificia para las relaciones religiosas con el Judaísmo.(11)
Ha tenido que optar entre la Santa Escritura, que declara a los judíos incrédulos “que odian a Dios” según el Evangelio, y la actual orientación eclesial, que —en el discurso del primer Papa que visitó la Sinagoga de Roma— descubre que los judíos aún incrédulos son los “hermanos mayores” de los católicos ignorantes.(12)
Ha tenido que elegir entre el primer mandamiento: “No tendrás otros dioses delante de Mí” —que va de par con el deber que desde la Redención obliga a todos los hombres a dar a Dios el culto que le es debido “en espíritu y en verdad”—, y la actual orientación eclesial en virtud de la cual, a invitación del Pontífice Romano, en las iglesias católicas de Asís se practicaron todas las formas —incluso las más graves— de superstición: desde el falso culto de los judíos —que en la era de la gracia pretenden honrar a Dios negando a Cristo— hasta la idolatría de los budistas —que adoraron a su ídolo sentado de espaldas al Sagrario, cuya lámpara encendida indicaba la Presencia Real de Nuestro Señor Jesucristo.(13)
Ha tenido que optar entre el dogma católico: “Fuera de la Iglesia no hay salvación” y la actual orientación eclesial que ve en las religiones no cristianas “caminos de acceso a Dios” y declara “también venerables” incluso a las religiones politeístas.(14)
Ha tenido que optar entre la enseñanza constante de la Iglesia según la cual los herejes y/o cismáticos están “fuera de la Iglesia Católica”,(15) y la actual orientación eclesial según la cual entre “las diversas confesiones cristianas” sólo hay una diferencia de “...profundidad” y de “plenitud de comunión”(16) y para la cual, en consecuencia, las diversas sectas heréticas y/o cismáticas deben ser “respetadas (...) en tanto que son Iglesias y comunidades eclesiales”.(17)
Aquí nos detenemos, porque sería imposible enumerar todas las elecciones que se impusieron y se imponen a cada paso al católico. Nuestro periódico (*) las señala desde hace catorce años, y Romano Amerio hace la suma no exhaustiva en las 505 páginas de su Iota Unum, estudio de las variaciones de la Iglesia Católica en el siglo XX.(18)


LA ELECCIÓN DEL “SENSUS FIDEI”

En el conflicto que surge entre “obediencia” y verdad, los católicos más informados han elegido la verdad, seguros por su “sensus fidei” de que solamente la verdad asegura la unión con la Cabeza invisible de la Iglesia que es Cristo. Por este motivo, se les ha dado el apelativo de “tradicionalistas”, y se les juzga incapaces de distinguir entre la Tradición divina y las tradiciones humanas; entre lo que es irreformable y lo que está sujeto al cambio dentro de la tradición de la Iglesia; entre la evolución homogénea y la evolución heterogénea del dogma. Se les tacha de desobedientes y ahora, además, de excomulgados y cismáticos. Ellos saben que esto no corresponde a la realidad y que no son cismáticos —es decir, “volentes per se ecclesiam constituere singularem”.(19) No tienen ningún deseo de constituir una Iglesia por sí mismos sino que, al contrario, sólo resisten a la actual orientación de la Iglesia para permanecer en la única Iglesia de Cristo. Entre ellos ninguno “se niega a actuar como parte de un todo” ni quiere, en definitiva, “pensar, rezar ni comportarse sin estar en la Iglesia ni según la Iglesia, ni como un ser autónomo que fija por sí mismo la ley de su pensamiento, su oración y de su acción”.(20) Todo lo contrario: si resisten a la nueva corriente eclesial es para no dejar de pensar, rezar ni actuar “en la Iglesia y según Ella”, y eso en la medida en que trata de alejarlos, a nivel doctrinal o práctica, de la Fe guardada y transmitida por la Iglesia.
Tampoco se niegan a “subesse capiti”, es decir, a estar sometidos a la Cabeza de la Iglesia, que sería otra modo de ser cismáticos .(21) Al contrario: para permanecer sometidos a la Cabeza invisible de la Iglesia, resisten a la actual orientación —permitida, favorecida o querida por el Papa, aquí poco importa—, deseando sin cesar, y a pesar de desilusiones reiteradas, que la unión con la actual jerarquía, y sobre todo con el Vicario de Cristo, se restablezca lo antes posible, sin tener que hacer compromisos en ningún punto de doctrina.

UN EQUÍVOCO

Sin embargo, el conflicto que surge entre “obediencia” y verdad se funda, en realidad, sobre un equívoco: identificar equivocadamente la obediencia debida a la jerarquía con una adhesión a orientaciones impuestas por miembros de la jerarquía en contra del precedente Magisterio de la Iglesia.
Veamos el ejemplo del liberalismo y del ecumenismo, que inspiran la nueva orientación de la Iglesia y que provocan la firme resistencia de los católicos “tradicionalistas”.
El liberalismo que “defiende la libertad civil de todos los cultos, que no es en sí contraria a los fines de la sociedad, sino conforme a la razón y al espíritu evangélico” ha sido condenado varias veces por la Iglesia a través del Magisterio de una larga serie de Pontífices, particularmente por Gregorio XVI, Pío IX, León XIII, etc...(22)
El Padre Garrigou-Lagrange agrega, en su libro De Revelatione: “Los Sumos Pontífices siempre han enseñado esto; por ejemplo Bonifacio VIII en la bula «Unam Sanctam» (Dz. 469); Martín V en la condenación de los errores de Juan Hus y de Wicleff (Dz. 469) y también León X condenando «ex cathedra» los errores de Martín Lutero...”
Aún en 1967, el Padre Matteo da Casola contaba en el rango de los “cismáticos” que niegan la autoridad del Pontífice Romano en alguna materia en particular, a los “católicos liberales” y “a quien admita el sistema político religioso del liberalismo puro que enseña la absoluta y plena independencia del Estado en relación a la Iglesia”.(23) Por eso la “Declaración sobre la libertad religiosa” (Dignitatis Humanæ), que quieren imponer a todo precio a los católicos, fue redactada por “cismáticos”.
No entremos en debate. Basta destacar aquí que una ojeada a los documentos pontificios de los últimos 150 años permite demostrar que la nueva orientación eclesial es obra de una corriente antigua, obstinadamente rebelde al Magisterio desde hace mucho tiempo.(24) Esta corriente —después de haber reducido al silencio la oposición por medios más o menos honestos durante el Concilio— se instaló en los puestos de comando en el postconcilio, y hoy exige obediencia a sus propias orientaciones personales, en contra de todo el Magisterio precedente de la Iglesia.
Lo mismo pasa con el ecumenismo irénico(25) —de origen protestante— que inspira todos los textos equívocos o inaceptables del Concilio antes del enredo litúrgico de Pablo VI. Este ecumenismo, que impuso e impone a los católicos las determinaciones más variadas y graves, fue condenado repetidas veces por la Iglesia a través del Magisterio de León XIII (Testem benevolentiæ y Satis cognitum), de San Pío X (Singulari quadam), de Pío XI (Mortalium animos) y de Pío XII (Humani generis).
No nos detendremos. Pío XI escribía en su Mortalium animos que la caridad “no puede volverse en detrimento de la Fe” y que, en consecuencia “la Sede Apostólica no puede de ninguna manera participar de sus congresos (ecuménicos), y que de ninguna manera los católicos pueden votar a favor de tales proyectos o colaborar con ellos; si lo hicieran, darían autoridad a una falsa religión cristiana enteramente ajena a la única Iglesia de Cristo”. “¿Podemos soportar —continúa el Papa— que sea puesta en componendas la verdad, y la verdad divinamente revelada? Sería el colmo de la iniquidad, pues en tal circunstancia se trata de respetar la verdad revelada”. Es la demostración del conflicto entre la Verdad y una pretendida “obediencia”, conflicto que viven hoy tantos católicos.
En cuanto al “diálogo” que habría que entablar con todos los errantes y todos los errores, no es más que una invención personal de Pablo VI, sin ningún precedente en los dos mil años de historia de la Iglesia.(26)
No obstante, el católico sólo tiene la obligación de estar en comunión con el Sucesor de Pedro en la medida en que éste cumpla los deberes de su cargo, es decir en la medida en que guarda, transmite e interpreta fielmente el depósito de la Fe. No tiene ninguna obligación de estar en comunión con las “adinventiones”, los inventos —opiniones, puntos de vista y orientaciones personales— del Sucesor de Pedro. Más aún, si esas orientaciones están en conflicto con la pureza y la integridad de la Fe, la fidelidad a Cristo obliga a resistir a quien quisiera imponerlas de algún modo. Esto por la clara distinción que hay que establecer entre la obediencia debida a la autoridad y la adhesión a puntos de vista, opiniones y orientaciones personales de los que detentan la autoridad.
Y como no es raro que se aproveche el equivoco ya descrito para intentar que los “tradicionalistas” sientan remordimientos de conciencia, hoy más que nunca hay que tener ideas claras sobre el Papado y sobre su función en la Iglesia.

LA IGLESIA NO ES BICÉFALA

“El único cuerpo de la Iglesia una y única no tiene más que una sola cabeza, no dos, como un monstruo. Y es Cristo y su Vicario, habiendo el Señor dicho a Pedro: Apacienta a mis ovejas. Las «mías» dice...”(27) La Única Iglesia de Cristo es Una y está bajo la autoridad de uno solo.(28) Como Cristo y su Vicario no son dos cabezas distintas sino una sola y única Cabeza, la Iglesia no puede recibir de Cristo y del Papa dos orientaciones divergentes y, menos aún, opuestas. Si eso se produce, es inútil decir a quién de los hay que ser fiel.
El Papa es el Vicario y no el Sucesor de Cristo,(29) y la Iglesia es el Cuerpo Místico de Cristo y no el Cuerpo Místico del Papa.(30) Por eso, San Jerónimo escribía al Papa Dámaso: “Yo no sigo más que a Cristo como primera cabeza: luego estoy ligado por la comunión a Vuestra Beatitud, es decir a la Cátedra de Pedro, sabiendo que sobre esa piedra está edificada la Iglesia”.(31)
Cristo es la “piedra angular” sobre la que está edificada la Iglesia; Pedro es piedra sólo “por participación”.(32) El oyó que “debía ser piedra; sin embargo no de la misma manera que Cristo. Cristo es la piedra verdaderamente firme. Pedro es firme por la virtud de Aquella”.(33) Sin duda el Papa es “cabeza y jefe de la Iglesia, pero en el plano visible, en el orden jurisdiccional, en la medida en que es asistido por Cristo (infalibilidad) durante el tiempo medido de su pontificado”.(34)
Por eso, la comunión con el Papa es inseparable de la comunión con Cristo; la unidad de la Iglesia es la unidad con Cristo y su Vicario, y nunca unidad con el Vicario fuera de Cristo o contra Cristo. La razón misma nos dice que “se debe obediencia a cada uno según su rango”, porque de otro modo se alteraría el orden de la justicia.(35)

LA “PERSONA” Y LA “FUNCIÓN” DEL PAPA


Aquel al que Cristo asoció como Cabeza de la Iglesia y como Piedra, ¿puede permitir, favorecer o querer en la Iglesia una orientación divergente u opuesta a la que quiere Cristo? La Sagrada Escritura y la teología católica nos dicen que es posible, salvo el caso en el que la autoridad del Papa esté comprometida por la infalibilidad.(36) Pedro confiesa la divinidad de Cristo y Jesús le dice: “Bienaventurado eres, Simón-Bar-Yona, porque la carne y sangre no te lo reveló, sino mi Padre Celestial. Y Yo te digo (a ti que has confesado que Yo soy el Hijo de Dios) que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”.(37) El mismo Pedro intenta apartar a Cristo de su Pasión y Jesús le replica: “¡Retírate de Mí, Satanás! ¡Tú eres un tropiezo (ese es el sentido exacto de la palabra “escándalo”) para Mí, porque no sientes las cosas de Dios, sino las de los hombres!”(38)
Para que no pensemos que ese “escándalo” ocurrió porque entonces la primacía sólo le estaba prometida pero no conferida, he aquí el célebre episodio Antioquía.
Jesús Resucitado confirió a Pedro el Primado, que ejerció con la veneración de la primera comunidad cristiana. Sin embargo, en Antioquía, San Pablo comprendió que Pedro era “reprehensibilis” porque él y otros, arrastrados por su ejemplo, “no andaban rectamente, conforme a la verdad del Evangelio”,(39) y aunque era inferior y estaba subordinado a Pedro le hizo un reproche “coram omnibus”, delante de todo el mundo. Santo Tomás comenta: “El motivo del reproche no era ligero sino justo y útil, era el peligro que corría la verdad evangélica; el modo en el que fue hecho, público y manifiesto,... puesto que esta simulación constituía un peligro para todos”.(40)
La Sagrada Escritura enseña, pues, que fuera del caso de la infalibilidad, Pedro es falible y puede volverse “reprensible”.
Idéntica es la lección que nos da la mejor teología católica, al hacer una distinción entre la “persona” del Papa y su “función”.
“Persona papæ potest renuere subesse officio papæ”: la persona del papa puede rehusar someterse a su deber de Papa, escribe Cayetano, que agrega que la persistencia en tal comportamiento haría que el Papa fuese cismático “per separationem sui ab unitate Capitis”: por su separación de la unión con la Cabeza de la Iglesia que es Cristo.(41) En cuanto al axioma “Donde está el Papa ahí está la Iglesia —precisa Cayetano— vale en la medida en que el Papa se comporta como Papa y como Cabeza de la Iglesia; si no, ni la Iglesia está en él, ni él en la Iglesia”.
El Cardenal Journet trata también del “Papa malo pero creyente”,(42) de la posibilidad admitida por “grandes teólogos” de un “Papa hereje” y de la de un “Papa cismático”.(43) En relación a esto, dice que el Papa “puede pecar de dos maneras contra la comunión eclesiástica”. La segunda manera consiste en el hecho de “romper la unidad de dirección, lo que se produciría —según el penetrante análisis de Cayetano— si como persona privada se rebelara contra el deber de su cargo y rechazara a la Iglesia —si tratara de excomulgar a toda la Iglesia o simplemente eligiera vivir sólo como príncipe temporal— la orientación espiritual que Ella tiene el derecho a esperar de él en el nombre de Uno más grande que él, es decir, de Cristo mismo y de Dios”. Y agrega: “La suposición de un Papa cismático nos revela aún más —rodeándolo de una trágica luz— el misterio de la santidad de esta unión de orientación que es necesaria para la Iglesia, y quizás podría ayudar al historiador de la Iglesia —o mejor dicho, al teólogo de la Historia del Reino de Dios— a iluminar con un rayo divino las sombrías épocas de los anales del Papado, permitiéndoles mostrar cómo puede ser traicionado por algunos de sus depositarios”.
Es evidente que si la teología católica estudia el problema planteado por un Papa malo, cismático y hasta hereje, es precisamente porque —como dice Cayetano— “persona papæ potest renuere subesse officio papæ”: la persona del Papa, excepto el caso en el que se compromete su infalibilidad, puede dejar de plegarse a los deberes de su función de Papa. Una última nota: como habían hecho una distinción entre el “papado” y sus “depositarios”, y entre la “persona” y la “función” del Papa, en los momentos oscuros del Papado, a muchos teólogos se los obligó a alinearse personalmente.(44)
Nosotros —a quienes podría parecer que esas épocas ya habían terminado para siempre— hemos perdido la costumbre de tales distinciones y, después del Concilio Vaticano I, hemos terminado confundiendo infalibilidad con infabilismo, como si el Papa fuera en todo y siempre infalible, y no en circunstancias muy concretas y bajo condiciones bien determinadas.(45)


UNIDAD DE FE Y UNIDAD DE COMUNIÓN

¿Cuál es, pues, la función del Papa en la Iglesia?
El Concilio Vaticano I enseña: “Para que la muchedumbre de los creyentes se mantenga en la unidad de la fe y de la comunión («in fidei et communionis unitate»), Jesús puso al bienaventurado Pedro a la cabeza de los Apóstoles”.(46)
León XIII, que trata ex profeso de la unidad de la Iglesia, escribe: “El autor divino de la Iglesia, habiendo decretado darle la unidad de la fe, de gobierno y de comunión, eligió a Pedro y a sus sucesores para establecer en ellos el principio y el centro de la unidad”.(47)
En consecuencia, la función del Papa es asegurar “la unidad de fe y de comunión” en el seno de la muchedumbre de los creyentes, así como “la unidad de gobierno” entre la multitud de los Pastores.
Pero ¿en qué relación se encuentran en la Iglesia la unidad de la fe y la unidad de comunión; la unidad de la fe y la unidad de gobierno? “El que instituyó la Iglesia única, también la instituyó una... Ahora bien, una tan grande y tan absoluta concordia entre los hombres debe tener por fundamento necesario el entendimiento y la unión de la inteligencias: de donde seguirá naturalmente la armonía de las voluntades y el acuerdo de las acciones. Por eso, según su plan divino, Jesús quiso que la unidad de fe existiera en su Iglesia: pues la fe es el primero de todos los vínculos que unen al hombre con Dios y es a ella a la que le debemos el nombre de fieles”.(48)
Pío XI le hace eco: “Por eso, como la caridad tiene por fundamento una fe íntegra y sincera, la unidad de la fe debe ser el vínculo principal que una a los discípulos de Cristo”.(49)
Luego, unidad de fe y unidad de comunión, unidad de fe y unidad de gobierno son inseparables en la Iglesia. Como la unidad de fe es el fundamento necesario tanto de la unidad de comunión como de la unidad de gobierno, nadie en la Iglesia tiene derecho a exigir una unidad de comunión y/o de gobierno que haga abstracción de la unidad de fe. Si los católicos suficientemente informados se sienten hoy continuamente divididos entre una unidad de fe con la Iglesia y una pretendida “unidad de comunión” con la actual jerarquía. Si los obispos —que lo digan o no; o que se dobleguen ante compromisos más o menos grandes; aquí poco importa— se enfrenten constantemente con disyuntivas entre una unidad de fe con la Iglesia y una pretendida “unidad de gobierno” con las Autoridades Superiores, es precisamente porque a unos y a otros se les reclama, respectivamente, una unidad de comunión y una unidad de gobierno que no están fundadas sobre la unidad de fe, sino sobre una adhesión a puntos de vista “personales” más o menos erróneos.
De la relación necesaria que vincula la unidad de fe y la unidad de comunión con la jerarquía, se deriva también que la comunión con la jerarquía actual no puede ni debe separarnos de la comunión con la jerarquía de ayer; porque la jerarquía de hoy, como la de ayer, tiene la función de guardar, transmitir sin alteración e interpretar fielmente el depósito de la fe. El que en tiempos de Montini acusaba a los “tradicionalistas” de desobedecer “al Papa de hoy” en nombre de la obediencia a los “Papas de ayer”, no podía —como buen modernista— apreciar la gravedad de esta afirmación.
La comunión con el Papa es obligatoriamente una comunión en la Verdad, y, como tal, comunión con todos los Papas de ayer y de hoy, teniendo en cuenta, desde luego, el desarrollo del dogma que procede por explicitación y jamás por contradicciones. Cuando se impone la necesidad de tener que elegir entre la comunión con los “Papas de ayer” y la comunión con el “Papa de hoy” es un signo de que algo no funciona bien en la Iglesia. Es un signo de que la “persona” del Papa —o quien sea en su nombre— interviene indebidamente en su “función”, y de la misma manera que un católico no tenía ni podía estar en comunión con un Papa como Honorio I que favoreció la herejía monotelista,(50) tampoco debe ni puede estar en comunión con un Pablo VI que favorece el modernismo, el liberalismo y el ecumenismo, condenados por sus predecesores, y que inventa un “dialogo” que es la negación del dogma “extra Ecclesia nulla salus”, pretendiendo de modo abusivo orientar a toda la Iglesia según sus puntos de vista personales, tan deformados y deformantes.

EL CRITERIO DE LA ELECCIÓN

De esto resulta claro que el criterio que sirve para distinguir entre el ejercicio legítimo de la autoridad y las iniciativas “personales” de los que poseen la autoridad, es un criterio objetivo y no subjetivo, que la Tradición de la Iglesia “guardiana de la Fe”, le proporciona a todo católico.(51)
“Nosotros no debemos... apartarnos de la primitiva tradición eclesiástica, ni creer sino lo que la Iglesia de Dios nos ha enseñado por medio de la tradición sucesiva”.(52)
“La verdadera sabiduría es la doctrina de los Apóstoles... llegada a nosotros por la sucesión de los Obispos”.(53)
“Es constante que toda doctrina conforme a la de las Iglesias apostólicas, madres y fuentes primitivas de la fe, debe ser declarada verdadera, pues guarda sin ninguna duda lo que las Iglesias recibieron de los Apóstoles, los Apóstoles, de Cristo y Cristo de Dios... Estamos en comunión con las Iglesias apostólicas, nadie tiene una doctrina diferente: ahí está el testimonio de la verdad”.(54)
Si el Magisterio instituido por Jesucristo es un “magisterio vivo”, es también un “magisterio perpetuo”(55) que no puede contradecirse a sí mismo sin contradecir lo que la Iglesia recibió de los Apóstoles, los Apóstoles de Cristo y Cristo de Dios.

ECUMENISMO: UN ATENTADO A LA UNIDAD DE LA IGLESIA

Como la unidad de la fe es el “fundamento necesario” de la “armonía de las voluntades” y de la “concordancia de las acciones”,(56) en pocas palabras, de toda unidad en la Iglesia, cada vez que la jerarquía reclama “unidad de comunión” o de “gobierno” en oposición más o menos grave con la “unidad de la fe”, atenta contra la unidad de la Iglesia.
León XIII lo advertía desde 1899, en la Testem benevolentiæ: “Ellos (los obispos americanistas) sostienen, en efecto, que para ganar los corazones de los extraviados es oportuno callar ciertos puntos de doctrina, como si fueran de menor importancia, o atenuarlos hasta vaciarlos del sentido al que la Iglesia se sujetó siempre. No hay necesidad de largos discursos para mostrar qué condenable es la tendencia de esta concepción... Tampoco hay que pensar que no hay ninguna falta en ese silencio con el que se quiere cubrir ciertos principios de la doctrina católica para envolverlos en la oscuridad del olvido. Pues todas esas verdades que forman el conjunto de la doctrina cristiana no tienen más que un solo Autor y Doctor...
“Evítese, entonces, suprimir nada de la doctrina recibida de Dios, no omitir nada por ningún motivo; pues el que lo hiciera tendería más bien a separar a los católicos de la Iglesia que a traer a la Iglesia a los que están separados. Que ellos vuelvan es nuestro mayor deseo, sin duda: que vuelvan todos aquellos que andan errantes lejos del redil de Jesucristo, pero no por otra vía que la que el mismo Cristo ha mostrado”.

Todo comentario es superfluo. León XIII advierte aquí claramente que el ecumenismo irénico atenta contra la pureza y la integridad de la Fe y, por eso mismo contra la unidad de comunión en la Iglesia. No es necesario demostrar que precisamente ese ecumenismo es el que se predica desde el Vaticano II y que seguir en el camino “irreversible” de este ecumenismo equivale a continuar comprometiendo la integridad y la pureza de la Fe —lo que ilustra perfectamente la iniciativa de Asís— y, por lo tanto, a desgarrar la unidad en la Iglesia.
Destaquemos todavía que León XIII dice que “tendería a separar a los católicos de la Iglesia”, porque de hecho nadie puede separar al católico de la Iglesia si él mismo no se separa culpablemente. Separarse temporalmente de las orientaciones de la jerarquía no equivale a separarse de la Iglesia, sino todo lo contrario. El Diccionario de Teología Católica dice lo siguiente: “Los teólogos medievales, de los siglos XIV, XV y XVI por lo menos, señalan cuidadosamente que el cisma es una separación ilegítima (en cursiva en el texto) de la unidad de la Iglesia, pues —dicen— podría haber una separación legítima, como si alguno se negara a obedecer a un Papa que mandara una cosa mala o indebida (Torquemada, Summa de Ecclesia). La consideración puede parecer superflua (aunque hoy no lo es) y se puede pensar que como en el caso de excomunión injusta, habría una separación de la unidad puramente exterior y putativa”.(57)

SITUACIÓN “EXTRAORDINARIA” EN LA IGLESIA

La ruptura entre la unidad de fe y una pretendida “unidad de comunión” temporal con una jerarquía que omite, calla o altera la doctrina recibida de Dios y transmitida por la Iglesia, crea en la Iglesia militante una situación “extraordinaria”, es decir un estado no ordinario y no regular de las cosas. La situación normal y ordinaria de la Santa Iglesia Católica es que la jerarquía, en la orientación que tiene que darle desde el exterior, favorezca, o al menos no contradiga la orientación que su Cabeza invisible le ha dado inicialmente y que continúa dándole por la gracia.(58)
En cambio, cuando la jerarquía contradice esta orientación que Cristo dio y sigue dando —y que nadie tiene derecho a cambiar—, se crea inevitablemente una situación de conflicto y de malestar en la catolicidad. De conflicto entre la orientación, que se pretende obligar a admitir y el “sensus fidei” de los católicos; entre el eje de gobierno que se impone y la conciencia que todo Obispo tiene —o al menos debería tener— de su propia misión. De malestar entre los fieles, que se ven agredidos en la Fe por los mismos que deberían ser sus guardianes y maestros, y que se ven, de este modo, obligados en conciencia a resistir a aquellos que desean seguir como Pastores (cosa que, en tiempos normales, sería su deber). De malestar entre los obispos que sienten en conciencia el deber de resistir (que no lo hagan por diferentes motivos es otra cosa) a la Autoridad, cuyo deber es el de asegurar la unidad de gobierno en la Iglesia. Autoridad con la cual quisieran y —en tiempos normales— deberían estar en comunión. Esta situación “extraordinaria” en la Iglesia impone por otra parte deberes extraordinarios para todos.

DEBERES EXTRAORDINARIOS DE LOS LAICOS

Acusados de no estar en comunión con la Iglesia militante, los laicos responden con Santa Juana de Arco: Yo me quiero estar unido, pero “Dios sea servido primero”. Acusados de desobedecer al Papa explican que “el Espíritu Santo fue prometido a los Sucesores de Pedro, no para que revelen una nueva doctrina, sino para que bajo Su asistencia conserven en toda su pureza y expongan fielmente la Revelación transmitida por los Apóstoles, que es el depósito de la Fe”(59) y que “el poder del Papa no es ilimitado: no sólo porque Él no puede cambiar nada de lo que es de institución divina (suprimir la jurisdicción episcopal, por ejemplo) sino porque habiendo sido colocado para construir y no para destruir (II Cor. 10) está obligado por la ley natural a no sembrar la confusión en el rebaño de Cristo”.(60)
Con Santa Catalina gimen en su corazón(61): “Santidad, haced que no me queje de Vos a Jesús Crucificado. No puedo quejarme ante otros, pues Vos no tenéis superiores en la tierra”.
En la práctica, aferrados a la doctrina y a las costumbres tradicionales de la Iglesia, resisten a las “novedades” queridas, alentadas o permitidas desde arriba, creyendo contra toda apariencia humana y esperando contra toda espe¬ranza humana que la desorientación pasará, porque “las Puertas del Infierno no prevalecerán” y la Esposa de Cristo “no puede perder la memoria” de la divina Tradición.(62)
Su santa “objeción de conciencia” parece lacerar la unidad visible de la Iglesia. Los católicos sufren, pero saben que ellos no son los responsables. Saben, sobre todo, que no pueden actuar de otro modo. Aman a la Iglesia y profesan firmemente el Primado de Pedro; están dispuestos a obedecer a su Sucesor en la medida en que él actúe como Sucesor de Pedro; pero saben también que, en el estado extraordinario de cosas en que viven, tienen el deber de resistirle incluso a él o a quien actúe en su nombre, “en el Nombre de Uno más grande”.(63)
La decisión de su “sensus fidei” se apoya en la gran teología católica: San Agustín, San Cipriano, San Gregorio —en el comentario del famoso episodio de Antioquía—, Torquemada, Báñez, Vitoria, Suárez, Cayetano, San Roberto Belarmino, Santo Tomás de Aquino y otros autores seguros. Todos ellos enseñan que “el peligro para la Fe” y el “escándalo público”, particularmente en materia doctrinal, hacen que sea no solo lícito sino también justo resistir públicamente a la jerarquía y al Sumo Pontífice mismo.
Lícito porque “así como es lícito resistir al Pontífice que agrede al cuerpo, también es lícito resistir al Papa que agrede a las almas o que turba el orden civil, y con mayor razón al Papa que intenta destruir la Iglesia”.(64)
Justo porque con la Fe está en juego la propia salvación eterna y la de los demás, y con la salvación, la gloria que el hombre le debe a su Creador según el plan divino. A su Ley Eterna deben referirse todas las relaciones naturales y sobrenaturales entre las criaturas: nadie está exento.(65)
Por eso Santo Tomás escribe: “Si hubiera un peligro para la Fe, los subordinados estarían obligados a reprender a sus prelados incluso públicamente”(66) y Cayetano dice: “Se debe resistir al Papa que destruye abiertamente a la Iglesia”.(67)

DEBERES Y PODERES DEL EPISCOPADO

Si el comportamiento extraordinario de la jerarquía actual justifica, o mejor, impone a los fieles un comportamiento que sale también de lo ordinario, con mayor razón lo exige de los Obispos, puesto que sus deberes son más graves y sus poderes en la Iglesia son más amplios.

Por ser sus deberes más graves:
Los Obispos presentes en la Iglesia por institución divina(68) “no son delegados o vicarios del Papa sino propia y verdaderamente pastores de almas”.(69)
En virtud de su grado jerárquico, Maestros y Guardianes “de la Fe y de las Costumbres”,(70) los Obispos son responsables ante Cristo de su mandato divino.(71) Dicho mandato es ejecutado indudablemente con y bajo Pedro, pero Pedro no tiene el poder ni de anularlo, ni de modificarlo, ni de orientarlo hacia otros fines. Del mismo modo que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo y no el de Pedro, los Obispos —al estar subordinados a Pedro— son los servidores de Cristo y no de Pedro.(72)
Papado y Episcopado “son estrechamente solidarios”, “son dos formas: una suprema (...) y otra dependiente (...) de un mismo poder que viene de Cristo, que está ordenado a la salvación eterna de las almas”.(73) Un Obispo no puede pretender haber cumplido todo su deber cuando se limita, como un seglar, a resistir en la Fe, sólo por su propia cuenta.

Por ser sus poderes más amplios:
Para proveer a la salvación de las almas cada obispo recibe:
1) Inmediatamente de Dios, por medio del Sumo Pontífice o inmediatamente de él pero por derecho divino,(74) el poder de jurisdicción “para gobernar a los fieles con el fin de obtener la vida eterna”, por medio del magisterio sagrado, del poder legislativo y del poder judicial.(75)
2) Inmediatamente de Dios, en el momento de la consagración episcopal, el poder del orden “para santificar a las almas ofreciendo el Sacrificio de la Misa y a través de la administración de los sacramentos”. Entre los sacramentos, son propios del Obispo la Confirmación y el Orden. Este último le permite transmitir el sacerdocio incluso en su plenitud (Episcopado).
A diferencia del poder de jurisdicción —que se puede revocar—, el poder de orden es imborrable. Por esta razón la consagración episcopal hecha por un obispo es válida aun en el caso en que sea ilícita por disposición de la Autoridad competente.(76)

PODER Y DEBER DEL PAPADO

La misión y poderes episcopales, en cuanto están ordenados a la edificación de la única Iglesia de Cristo, están indudablemente sometidos en su ejercicio al Sucesor de Pedro, en virtud del Primado.
Sin embargo, el Papa no ha recibido poder de disciplinar “ab homine”, misión y poderes de derecho divino, sino con el único fin de asegurar a la Iglesia una unidad de gobierno en la prosecución de su fin específico que es la salvación eterna de las almas.(77) No lo ha recibido para orientar al episcopado según sus puntos de vista “personales” y menos aun para hacerle tomar una orientación contraria a la que Cristo mismo le ha dado y —cuando no encuentra resistencia— continúa dando a los miembros de la jerarquía según su promesa formal: “Mirad que Yo estoy con vosotros todos los días, hasta la consumación de los siglos”.(78)
Así, al instituir el Primado, Nuestro Señor Jesucristo no pensaba de ningún modo abandonar a su Iglesia al arbitrio de Pedro y de sus Sucesores. La Iglesia no es “policéfala” como pretenden los autores del “colegialismo” episcopal. Tampoco es “bicéfala”, como ya hemos dicho. Aunque es cierto que el Episcopado está limitado por el Primado, éste a su vez está “limitado por el derecho divino”, que “exige que el poder eclesiástico, en conformidad con su finalidad, sea utilizado para la edificación y no para la destrucción del Cuerpo Místico de Cristo”.(79)
De lo cual resulta que el Papa está obligado a actuar en conformidad con las exigencias de la gloria de Dios, del bien de la Iglesia y de la Salvación eterna de las almas cuando limita el poder de jurisdicción de los Obispos o cuando reglamenta el ejercicio de su poder de orden.
Estas son nociones más que elementales, pero que más que nunca están oscuras en el espíritu de los miembros de la jerarquía.

LA ELECCIÓN DE LOS OBISPOS

Es un hecho que “en los primeros tiempos de la Iglesia y al comienzo de la Edad Media, la elección del Obispo hecha por el clero y por el pueblo, o el nombramiento hecho por los príncipes, no siempre era objeto de una aprobación del Papa. Que en estos casos haya habido confirmación o colación tácita del poder episcopal hecha por el Papa (...) parece tan indemostrable como improbable”.(80) De ahí proviene la distinción que hacen los teólogos entre la autoridad del Papa en cuanto a la materia y en cuanto al ejercicio de dicha autoridad.(81)
De hecho, el ejercicio de la autoridad papal sobre el poder de orden de los Obispos ha variado en el correr de los siglos en función de las necesidades de la Iglesia y de las exigencias de la salvación de las almas. Esta intervención era inexistente durante los primeros siglos, cuando las necesidades del Evangelio exigían que los poderes episcopales fueran ejercidos sin límites. Así vemos a los Apóstoles y a sus discípulos inmediatos elegir, ordenar y establecer otros obispos en las sedes episcopales.(82) Después, poco a poco —y cada vez más hasta el siglo XIV— para apartar la ingerencia indebida del poder civil, los Papas comenzaron a reservarse la elección de los Obispos como una “causa mayor”, es decir de particular importancia para la Iglesia.(83) La disciplina actual, que prevé la excomunión del Obispo que consagre sin mandato pontificio, fue instaurada por Pío XII cuando tuvo que afrontar la amenaza de una Iglesia cismática en China.
Por otra parte, en la historia de la Iglesia abundan los casos de Obispos que en situaciones extraordinarias en las que se repetían en parte las exigencias de los primeros siglos y en las que, por consiguiente, se hacía patente la necesidad de usar los poderes episcopales en plenitud, consagraron Obispos sin seguir las normas disciplinarias de la época. Lo hacían en virtud de esta “ley de suplencia” que existe en la Iglesia, como en todo organismo, cuando el funcionamiento de los órganos necesarios o indispensables se halla comprometido. En el siglo IV, San Eusebio de Samosata recorría las Iglesias orientales devastadas por el arrianismo y, sin poseer sobre ellas ninguna jurisdicción especial, consagraba e imponía allí Obispos católicos.(84)
En tales circunstancias, se podía presumir razonablemente el consentimiento de la Autoridad Suprema —que sólo puede querer el bien de la Iglesia y la salvación de las almas— y la transgresión material de la norma disciplinaria —que entonces estaba en vigor— estaba justificada por el “estado de necesidad”, que crea su respectivo “derecho de necesidad”.

ESTADO Y DERECHO DE NECESIDAD

El estado de necesidad y el respectivo derecho de necesidad es uno de los argumentos que dio Nuestro Señor Jesucristo cuando quiso demostrar la inocencia de sus discípulos acusados por los fariseos de haber violado la ley del reposo sabático al recoger espigas para entretener el hambre: Jesús evocó el episodio de David, que movido por la necesidad del hambre, “entró en la casa de Dios y comió los panes de la proposición, que no le estaba permitido comer ni a él ni a los que estaban con él, sino solamente a los sacerdotes”.(85)
El Derecho Canónico considera el estado de necesidad como una de las causas que —bajo ciertas condiciones— suprimen la imputabilidad(86) del “delito”, que en ese caso se reduce a una transgresión puramente material de la ley.(87) El comunicado del 30 de junio de 1988 de la Sala de Prensa del Vaticano mencionaba ese derecho de necesidad en el caso de Monseñor Lefebvre, aunque para negarlo.
El estado de necesidad, como lo explican los juristas, es un estado en el que están amenazados los bienes necesarios para la vida natural o sobrenatural, de tal modo que la persona se ve moralmente forzada a infringir la ley para salvaguardarlos.(88)
Para poder argüir el estado de necesidad y ser favorecidos por el derecho correspondiente, es necesario:
1) que realmente exista un estado de necesidad;
2) que se haya intentado remediarlo recurriendo a los medios ordinarios;
3) que el acto “extraordinario” que se lleve a cabo no sea intrínsecamente malo y que no resulte un daño para el prójimo;
4) que en la infracción de la ley no se traspasen los límites de las exigencias realmente impuestas por el estado de necesidad;
5) que de ninguna manera se discuta el poder de la autoridad competente, sino que, al contrario, se pueda presumir razonablemente que en circunstancias normales esta autoridad habría dado su aprobación.
Estas cinco condiciones se encuentran reunidas en el caso de las consagraciones episcopales hechas por Monseñor Lefebvre.

1) EXISTE REALMENTE EN LA IGLESIA UN ESTADO DE NECESIDAD

Existe un estado de necesidad para las almas que tienen el derecho de recibir del clero los bienes necesarios para la salvación, particularmente la doctrina y los sacramentos.(89) Existe un derecho de necesidad para los seminaristas, que tienen derecho a recibir una buena formación sacerdotal, particularmente en el plan doctrinal.

Para las almas:
El que niegue la existencia de un estado de necesidad, tendría que probar que la fe y la transmisión de la fe en el pueblo cristiano no están amenazados seria y gravemente:
a) por los nuevos catecismos aprobados e impuestos por las Conferencias Episcopales;
b) por las homilías, los mass media católicos y particularmente por la supuesta “prensa católica”(90) que ataca, pone en duda o niega las verdades de la fe y los principios de la moral católica, sin exceptuar ninguno;
c) por las iniciativas “ecuménicas” de masa preconizadas a todos los niveles de la jerarquía, iniciativas que esparcen el indiferentismo religioso que “es una de las herejías más deletéreas”.(91)
d) por la nueva liturgia, particularmente por el nuevo rito de la Misa, que un anglicano convertido, Julien Green, definió como una “imitación bastante grosera del servicio anglicano”(92) y que los calvinistas de Taizé dicen que se puede utilizar incluso para la “cena” protestante.
Debería demostrar, sobre todo, que desde arriba no se quiere, ni favorece, ni permite esta nueva orientación; o al menos establecer que, incluso si en los últimos veinte años, se hubieran impuesto todas las penas previstas por el Derecho Canónico para los “delitos contra la fe”(93) se hubiera llegado igualmente a los resultados por los que hoy se declara —indebidamente— que Monseñor Lefebvre incurrió en una pena, por un “delito” en que incurrió en el ejercicio de su poder de orden.(94)
Como esta demostración es imposible, lo único que podemos decir es que los que se aferran a negar un estado de necesidad, no pueden sino contradecir al Espíritu Santo,(95) cuando afirman que se puede agradar a Dios... ¡incluso sin la fe!
A los que minimizan todo, objetando que no todo está en ruinas, recordamos que en materia de fe, el que pone en duda o niega una sola verdad revelada o conexa con la Revelación, pone en duda o niega toda la Revelación.(96)

Para los seminaristas:
El que niegue la existencia de un estado de necesidad para los que están llamados al sacerdocio católico, tendría que establecer:
a) que no se han cerrado y/o vendido casi todos los Seminarios;
b) que los Seminarios que aún quedan dan a los futuros sacerdotes una formación doctrinal —para no hablar de la formación moral y espiritual— auténticamente católica, libre de liberalismo, modernismo, ecumenismo y herejías de toda especie;
c) que los dos intentos hechos por el Vaticano —en Roma— para dar una alternativa válida a los seminaristas que dejaron a Monseñor Lefebvre, no han acabado desgraciadamente, como decía la prensa en estos días;
d) que en los institutos y Universidades Católicas y en las mismas Universidades Pontificias Romanas, no se enseña una teología moral inmoral, ni una teología dogmática que niega hasta los dogmas fundamentales de la fe católica (Resurrección, divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, etc.).
Como esta demostración es imposible, no le queda más que declarar que la formación de los futuros sacerdotes no tiene importancia para la Iglesia de Dios.

2) TODOS LOS MEDIOS ORDINARIOS FUERON AGOTADOS

Para remediar el estado de necesidad de los fieles, Monseñor Lefebvre fundó una Fraternidad Sacerdotal que asegura a las almas la sana doctrina y los sacramentos según el rito tradicional de la Iglesia Católica

Por otra parte, siguiendo el ejemplo de San Pablo, no cesó de recordar públicamente a los oros miembros de la jerarquía, sus propias responsabilidades con la “verdad del Evangelio” y con las almas, exponiéndose así a la hostilidad de sus hermanos en el episcopado, particularmente a la de los Obispos franceses y a la del mismo Pablo VI.
Para remediar el estado de necesidad de los que estaban llamados al sacerdocio y a causa de sus apremiantes solicitudes, Monseñor Lefebvre fundó el Seminario de Ecône. Cuando este Seminario, reconocido y floreciente en medio del derrumbamiento general de las vocaciones sacerdotales y de los Seminarios, tuvo que ser cerrado en nombre de medidas tan ilícitas como inválidas, su fundador, viendo que se le rechazaba toda posibilidad de obtener justicia de parte de la Autoridad, procedió a la ordenación de los primeros sacerdotes, con lo que se le fulminó la “suspensión a divinis”. Durante doce años se le negó toda rehabilitación y no se le hizo la justicia más elemental. Después de la “cumbre” ecuménica sin precedente de Asís, Monseñor Lefebvre anunció que a causa de su edad avanzada se veía forzado a consagrar Obispos auxiliares para asegurar el sacerdocio de unos 300 seminaristas que se preparaban en las diversas casas de la Fraternidad. Entonces Roma intentó seducirlo con la perspectiva de poder obtener un mandato pontificio en “forma” para las consagraciones, sin tener que someterse, a cambio, a ningún compromiso doctrinal.
Muy pronto, sin embargo, Monseñor vio que la promesa —verbal e imprecisa— de ese mandato pontificio no era más que un cebo tramposo. En la Nota difundida por la Sala de Prensa del Vaticano —el 16 de junio de 1988— se leía que en el Protocolo “destinado a servir de base” para la “reconciliación”, Monseñor Lefebvre y su Fraternidad se comprometían “a una actitud de estudio y de comunicación con la Sede Apostólica, evitando toda polémica con relación a los puntos enseñados por el Vaticano II o a las reformas posteriores, que le parecían difícilmente conciliables con la Tradición”. Era claramente un “pacto de silencio”.
Una experiencia amarga de más de veinte años ha demostrado ampliamente que argumentar “en una actitud de estudio y de comunicación” con el Vaticano algo perfectamente inútil: el único resultado previsible del “acuerdo” era reducir al silencio a la única voz autorizada y molesta que se hacía oír en la hora de la autodemolición generalizada de la Iglesia. Luego, cuando se le requirió a Monseñor Lefebvre que pidiera perdón, por escrito, al Papa por los errores que nunca había cometido, se vio claramente que las conversaciones abiertas con la promesa de “respetar el carisma propio” de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X se fundaban en un equívoco, como lo diría el mismo Cardenal Gagnon en L'Avvenire el 17 de junio de 1988: “Por nuestra parte siempre hablamos de «reconciliación», mientras que Monseñor Lefebvre de «reconocimiento». La diferencia no es pequeña. La reconciliación supone que las dos partes hacen un esfuerzo y que se reconocen los errores pasados. Monseñor Lefebvre pretende que se declare que él siempre ha tenido razón, y esto es imposible”.(97)
Monseñor Lefebvre no quería una declaración que dijera que él tenía la razón: el texto del “protocolo” lo demuestra. Él quería simplemente que no se le pidiese reconocer “errores” que no había cometido, pues eso equivaldría a hacer vana la batalla por la Fe llevada a cabo durante todos estos años, batalla que hubiera valido más no comenzar nunca que concluir negándola. A esta altura de las negociaciones se hizo evidente la imposibilidad de “colaborar” con una jerarquía cuya orientación persistente habría terminado —tarde o temprano— reclamando a Monseñor Lefebvre y a su Fraternidad, compromisos, abandonos o al menos, silencios cómplices.
Entonces Monseñor Lefebvre escribió a Su Santidad Juan Pablo II: “El momento de una colaboración franca y eficaz no ha llegado todavía... Continuaremos rezando para que la Roma moderna, infestada de modernismo, vuelva a ser la Roma católica y vuelva a encontrar su Tradición bimilenaria. Entonces el problema de la reconciliación ya no tendrá razón de ser”.
Ante la imposibilidad de obtener un mandato pontificio regular sin tener que hacer compromisos, lo único que se podía hacer era realizar las consagraciones, usando del derecho de salir de la legalidad que se funda en el derecho de necesidad. Seguir la norma disciplinaria que rige en ese terreno el poder de Orden de los Obispos, hubiera sido, en el actual estado de necesidad en el que están las almas y los futuros sacerdotes, sacrificar la salvación de las almas a una norma disciplinaria de derecho eclesiástico, lo cual sería propiamente alterar el orden: la disciplina se ordena a la salvación de las almas y no al revés. Esta es la enseñanza de Jesús ante el formalismo farisaico: el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para del sábado.(98)
Por lo tanto, la declaración difundida por la Sala de Prensa del Vaticano, según la cual la necesidad “fue creada” por Monseñor Lefebvre, no se funda absolutamente en nada: él no fue la causa del estado de necesidad en el que se encuentran las almas y los candidatos al sacerdocio. La necesidad visible —después de ejercer el propio poder de Orden fuera de las normas ordinarias que lo rigen para el bien de la Iglesia— la había creado quien creyó poder aprovecharse del estado de necesidad en el que ponía su edad a Monseñor Lefebvre, para hacerle ceder.

3) EL ACTO REALIZADO NO ES INTRÍNSECAMENTE MALO
Y NO RESULTA DE ÉL NINGÚN DAÑO PARA LAS ALMAS

No es intrínsecamente malo. La consagración episcopal sin mandato pontificio regular no constituye en sí misma “un acto de naturaleza cismática” como se lee —increíble pero cierto— en el Decreto de la Congregación para los Obispos.(99)
En sí mismo es un acto de desobediencia, formal o material, a una norma disciplinaria de derecho eclesiástico. Ahora bien, es evidente que un acto de desobediencia no constituye un cisma, como enseña el sentido común —que muestra que una golondrina no hace verano— y la distinción que proporciona la teología católica.(100) De hecho, para una consagración episcopal sin mandato pontificio, el Código de Derecho Canónico hasta Pío XII, sólo prescribía una suspensión a divinis y no la excomunión (introducida por los motivos ya mencionados). Hoy mismo, en el Código de 1983, esta consagración no figura en la serie de los “delitos contra la unidad de la Iglesia”,(101) sino en el capítulo de “La usurpación de cargos eclesiásticos y los delitos en el ejercicio de estos cargos”.(102)
Cayetano precisa que cuando alguien se niega a obedecer y esta negación se refiere a la materia de lo que se manda o a la persona misma del Superior, sin poner en duda la autoridad o incluso la persona del superior, no hay cisma.(103)
Ahora bien, Monseñor Lefebvre no sólo no discutió, para nada, la autoridad del Papa (como se expondrá más ampliamente en el nº 5), sino que tampoco puso en duda el derecho que tiene el Papa de regular a nivel disciplinario el poder de orden de los Obispos en lo que se refiere a la consagración de otros Obispos; como tampoco discutió la disciplina que está en vigor actualmente en la Iglesia. El simplemente impugnó que se tuviese que emplear o respetar la norma vigente en perjuicio de la Iglesia y de las almas, es decir contra la razón de ser del Episcopado y del Primado Pontificio.
Así se prueba que el acto de Monseñor Lefebvre no fue intrínsecamente malo, porque no fue “de naturaleza cismática”, ni estuvo inspirado por una intención cismática, pues la “desobediencia” fue puramente material y exigida por el estado de necesidad que pesaba sobre él y sobre otras personas. Por lo tanto, está justificado por el correspondiente derecho de necesidad.
Finalmente, no hace falta demostrar que una consagración episcopal no causa ningún daño a otras personas. Al que objete que el acto de desobediencia —incluso puramente material— constituye un escándalo para los católicos que no conocen suficientemente el tema, les respondemos con San Gregorio Magno: “Melius permittitur nasci scandalum quam Veritas relinquatur”: “Más vale permitir un escándalo que traicionar la Verdad”.

4) EN LOS LÍMITES DE LAS EXIGENCIAS EFECTIVAS

En la transgresión material de la norma disciplinaria, Monseñor Lefebvre no traspasó los límites de las exigencias que impone el estado de necesidad y, por lo tanto, actuó en el cuadro del derecho de necesidad.
El 27 de abril de 1987, el fundador de Ecône escribía a sus sacerdotes: “Los fieles que aún son católicos, en muchos lugares están en una situación espiritual desesperada. Éste es el llamado que escucha la Iglesia; para estas situaciones da jurisdicción (ley de suplencia)... y por eso tenemos que ir a donde nos llaman y no dar la impresión de que tenemos una jurisdicción universal ni una jurisdicción sobre un país o sobre una región. Sería fundar nuestro apostolado sobre una base falsa e ilusoria”. Y agrega: “Si un día fuera necesario consagrar Obispos, éstos tendrían sólo la función episcopal de ejercer su poder de orden y no tendrían ningún poder de jurisdicción al no tener misión canónica”. A los consagrados les repitió: El fin principal de esta transmisión es conferir la gracia del orden sacerdotal para la continuación del verdadero Sacrificio de la Misa, y para conferir la gracia del sacramento de la confirmación a los niños y a los fieles que os la pidan”.
Monseñor Lefebvre no se arrogó el derecho de conferir a los nuevos Obispos un poder de jurisdicción que emana directa o indirectamente del Papa. No organizó ni pretendió organizar una jerarquía paralela (los Obispos consagrados por él obedecen al Superior General de la Fraternidad) ni aún menos una Iglesia paralela. Se limitó a transmitir el poder de Orden que el Obispo recibe directamente de Dios en el momento de la Consagración para que los nuevos Obispos puedan socorrer a las almas y a los candidatos al Sacerdocio que están en estado de necesidad. Puesto que en una situación normal el poder de orden se ejerce en conformidad con las normas establecidas, Monseñor Lefebvre agregó: “Les conferiré esta gracia (del episcopado) confiando en que pronto la Sede de Pedro será ocupada por un sucesor de Pedro perfectamente católico, en cuyas manos podrán poner la gracia de su episcopado para que él la confirme”.

NO SE DISCUTE LA AUTORIDAD DEL PAPA

Por lo que hemos dicho, tendría que estar también claro que Monseñor Lefebvre jamás discutió ni quiso discutir la autoridad del Papa, ni globalmente ni en ninguna de sus prerrogativas. Distinguió —como se puede hacer— entre la función de Papa y la persona del Papa; ésta puede, en todo o en parte, “renuere subesse officio Papæ” (Cayetano); negarse a cumplir los deberes de su propio cargo, queriendo, favoreciendo o permitiendo una orientación perjudicial para la Iglesia —por mala voluntad o por negligencia, por ceguera o por equivocación personal más o menos culpable, aquí no nos interesa, Dios es el que juzga. Por eso Monseñor Lefebvre en el momento en que iba a realizar las consagraciones episcopales, en ausencia de un mandato pontifical regular, escribió a los futuros obispos:Les conjuro que permanezcan unidos a la Sede de Pedro, a la Iglesia Romana, Madre y Maestra de todas las Iglesias, en la Fe católica íntegra, expresada en los símbolos de la Fe, en el catecismo del Concilio de Trento, según lo que se les ha enseñado en su seminario”.
La Consagración Episcopal sin mandato pontificio regular no implica la negación del Primado —como se ha dicho con una ligereza increíble— no sólo porque un estado real de necesidad motiva y efectivamente justifica esta consagración, sino también porque se puede y se debe presumir razonablemente que el Papa habría aprobado en circunstancias normales —es decir, fuera del curso extraordinario de las cosas en el que hoy se encuentra objetivamente la Iglesia— un acto razonable hecho para el bien de las almas y necesario por la situación. No se puede pensar que el Vicario de Cristo pueda querer o quiera la condenación a muerte de los únicos Seminarios Católicos en los que florecen vocaciones, que no encontrarían otro marco donde poder recibir una recta formación sacerdotal. Es inconcebible que pueda querer o quiera la condenación a muerte de la única Obra católica que socorre a tantas almas sumergidas en una extrema angustia y penuria espiritual. Como lo dijo de nuevo Monseñor Lefebvre en esa ocasión: “El Papa (en su función de Papa) no puede desear sino la continuación del sacerdocio católico”, es decir de la Iglesia Católica, cuya edificación es precisamente toda la razón de ser del Papa.

LA EXCOMUNIÓN

Todo lo dicho nos muestra claramente que:

- no existe un “cisma” de Monseñor Lefebvre, como se ha decretado con extrema superficialidad y buena dosis de mala fe y —hay que añadir— con una precipitación sospechosa;

- la excomunión no puede afectar a Monseñor Lefebvre, porque “un estado de necesidad funda un derecho de necesidad”, lo que a la luz del Código de Derecho Canónico —tanto del antiguo como del nuevo— , hace que no sea imputable la infracción material de la ley;

- la excomunión no recae tampoco sobre los fieles que “se adhieran al cisma de Monseñor Lefebvre”.(104)
1º) Porque no hay cisma;
2º) Porque los “tradicionalistas” no “quieren” de ninguna manera adherirse a un “cisma”, sino que al contrario, su firme intención es la de resistir a quien sea para permanecer en la Iglesia Católica. No siguen a la “persona” de Monseñor Lefebvre; siguen a Cristo y a su Iglesia, decididos a no desviarse “ni a derecha ni a izquierda” (Éxodo).
Si siguen a Monseñor Lefebvre es porque “sciunt vocem eius” (Jn 10, 4): reconocen en las palabras de este pastor la palabra de su Pastor Eterno, ese Pastor con el que tienen la obligación de regular su gobierno los pastores que se suceden en el tiempo. Cuando estos fieles resisten a los demás Pastores en la Iglesia, no es por gusto de rebelión, desobediencia o algo peor, sino porque “las ovejas no siguen a un extraño, sino que le huyen, porque no conocen la voz de los extraños” (ibid.).
Si hoy hay una crisis en la Iglesia —como lo han reconocido Pablo VI y Juan Pablo II; y como lo admite el Cardenal Ratzinger— es precisamente porque la voz de los Pastores se ha mudado en voz de extraños y las ovejas ya no reconocen en sus voces a la de su único Pastor, la voz de la Iglesia, su Madre. El Señor, al decir a sus Apóstoles: “Quien os escucha a Mí escucha” no confirió a los miembros de la jerarquía la facultad de hacerle decir a Él lo que les venga en gana. Así como Él no enseñó sino lo que había aprendido del Padre,(105) la Iglesia no enseña más que lo que aprendió de Cristo.(106)
Toda deformación, añadidura, desviación, contradicción, o en pocas palabras, toda ingerencia “personal” indebida de los Pastores; nada de eso pertenece a la Iglesia, y sus hijos tienen la obligación de no rechazarla si no quieren salirse realmente —ahora sí— de la comunión con la Esposa del Verbo Encarnado.

CONCLUSIÓN

Esperamos y pedimos con la oración que estos últimos acontecimientos sean un motivo de reflexión y de luz para todos:
Para los fieles, para que vuelvan a tener conciencia tanto de su propio deber de glorificar a Dios santificándose, como de su derecho correspondiente —absolutamente inalienable— de recibir de los Pastores de la Iglesia todos los medios necesarios para obtener este fin: una doctrina pura e íntegra, sacramentos correctamente administrados y una liturgia que sea una confesión inequívoca de la Fe Católica.
Para los Pastores, para que vuelvan a ser conscientes de su deber de dar a las almas todos los medios necesarios para su salvación eterna, porque sólo ese deber funda el derecho correspondiente a que su rebaño los escuche y los siga.
Para todos, para que se restablezca el concepto exacto de “obediencia”, en cuya virtud no se obedezca a los hombres más que para obedecer a Dios, de tal modo que en caso de conflicto, se obedezca “a Dios antes que a los hombres”.(107)
De todo esto se sigue que si los Pastores se arrogan —como lo hacen desde hace casi veinte años— el poder —con el que Cristo no los dotó y que está en contradicción con su deber de Pastores— de callar, de disminuir o de obstruir —aunque sea sólo en un punto— la Verdad recibida de Cristo y transmitida por su Iglesia; de alterar la administración —aunque sea de un solo Sacramento—; o de imponer un único rito litúrgico ambiguo, el católico —que tiene que preferir la muerte a la negación de una sola verdad de Fe o a la transgresión de un solo mandamiento divino— tiene el deber de resistir a la Autoridad, en nombre de Dios. De otro modo, no habrá “obediencia” que pueda justificar ante Dios la apostasía mas o menos larvada.

Hirpinus

NOTAS:
(1)
Cfr. por ejemplo el elogio repetido de Gallarati Scotti, amigo del joven Montini, en L'Osservatore Romano (en adelante O.R.) del 7 de julio de 1976, del 14 de enero de 1979, del 5 de junio de 1981, etc.
(2) O.R. del 8 de septiembre de 1977.
(3) O.R. del 10 de junio de 1981.
(4) Ver Sì Sì No No, VIIº año, Nº 15, pág. 15.
(5) León XIII: Carta Apostólica Apostolicæ curæ del 13 de septiembre de 1886.
(6) San Agustín de Canterbury, obispo enviado por San Gregorio Magno para evangelizar la Gran Bretaña; desembarcó en la costa inglesa en el año 597 con unos cuarenta misioneros; estableció su primer monasterio en Canterbury y murió el 26 de mayo del año 604.
(7) Cfr. Sì Sì No No, VIIIº año, nº 20.
(8) León X: Bula Exsurge Domine del año 1520.
(9) O.R. del 6 de noviembre de 1983.
(10) Vaticano II: Constitución dogmática Dei Verbum.
(11) O.R. de los días 24 y 25 de junio de 1985.
(12) O.R. de los días 14 y 16 de abril de 1986.
(13) Avvenire del 20 de octubre de 1986. El Dalai Lama es considerado como la reencarnación de Buda.
(14) O.R. del 17 de septiembre de 1986: Elementos para una base teológica de la Jornada Mundial de Oración por la Paz. Cfr. también Civilta Cattolica del 20 de abril de 1985: El cristianismo y las religiones no cristianas.
(15) Catecismo de San Pío X, nº 24.
(16) O.R. del 17-IX-86.
(17) Saludo del Papa a los “cristianos” en la catedral de San Rufino de Asís: O.R. de los días 27 y 28 de octubre de 1986.
(*) Sì Sì No No, edición italiana.
(18) La edición italiana apareció en Ricciardi, Milán-Nápoles. Traducción española en Salamanca, 1994.
(19) Santo Tomás, IV Sent, dist. XIII, qu. II, art. 1 ad 2um.
(20) Cayetano, in IIa IIaequ. 39, art. 1, nº 2.
(21) Santo Tomás, IIa IIae qu. 39, art. 1.
(22) Gregorio XVI, enc. Mirari vos (Dz. 1613-6); Pío IX, enc. Quanta cura (Dz. 1689 y ss.) y el Syllabus (Dz. 1724-1755, 1777-1780); León XIII, enc. Immortale Dei (Dz. 1867) y enc. Libertas (Dz. 1932).
(23) Compendio de Derecho Canónico, ed. Marietti, Turín, pág. 1320.
(24) Cfr. E.E.Y. Hales, La Chiesa Cattolica nel Mondo Contemporaneo, ed. Paoline, 1961.
(25) Instrucción sobre el movimiento ecuménico del 20 de diciembre de 1949, de Pío XII: “se debe evitar que en un espíritu que hoy se llama irénico, la doctrina católica, se trate del dogma o de verdades conexas, no sea —ella misma— por medio de un estudio comparado y, por un vano deseo de asimilación progresiva de las diferentes profesiones de fe, asimilada o acomodada de alguna forma, a las doctrinas de los disidentes, al punto de que la pureza de la doctrina católica tenga que sufrir o de que su sentido verdadero y cierto quede oscurecido”.
(26) Cfr. Romano Amerio, op. cit., cap. XVI, El diálogo.
(27) Bonifacio VIII, Bula Unam Sanctam (Dz. 468).
(28) Santo Tomás IIa IIae, cuest. 39; art. 1 y Cayetano, in IIa IIae, qu. 39.
(29) Cardenal Journet: L'Eglise du Verbe Incarné, Desclée de Brouwer, Friburgo 1962, pág. 526.
(30) Ibid. pág. 524; Cayetano, De comparata auctoritate Papae et concilii, cap. VIII, nº 519.
(31) Ep. XV, 2, citada por León XIII en la encíclica Satis cognitum, del 29-VI-96.
(32) León XIII, Satis cognitum.
(33) Homilía De Penitentia, atribuida a San Basilio, citada por el Concilio de Trento y por León XIII en Satis cognitum.
(34) Cardenal Journet, op. cit. pág. 524.
(35) Cita de Bossuet en el Diccionario de Teología Católica, t. IX, col. 908.
(36) Cf. Dz. 1839.
(37) Mt. 16,17-18.
(38) Mt. 16, 23.
(39) Gal. 2,14.
(40) In omnes S. Pauli Epistolas.
(41) In IIa IIae, qu. 39 art. 1, nº 6.
(42) Op. cit., vol. I, págs. 547 y ss.
(43) Ibid., vol. I, pág. 626; vol. II, págs. 839 y ss.
(44) Cfr. Diccionario de Teología Católica: Cisma.
(45) Léase sobre este tema la constitución Pastor æternus, del Vaticano I.
(46) Dz. 1821.
(47) Dz. 1969.
(48) León XIII, enc. Satis cognitum.
(49) Pío XI, enc. Mortalium animos.
(50) El Monotelismo pretendía que sólo hay una voluntad en Jesucristo. Fue condenado en el 681 por el tercer Concilio Ecuménico de Constantinopla.
(51) León XIII, enc. cit.
(52) Orígenes: Vetus interpretatio commentariorum in Matth., nº 46, citado, como los siguientes, en Satis cognitum.
(53) San Ireneo: Contra Hæreses, libro IV, cap. XIII, nº 1.
(54) Tertuliano: De Praescrip. cap. XXI.
(55) Esas expresiones son de León XIII, en la enc. cit.
(56) Satis cognitum.
(57) Diccionario de Teología Católica, en Cisma, tomo XXVII, col. 1302.
(58) Cardenal Journet, op. cit., vol. I, pág. 525, nota I, sobre la Iglesia “monocéfala”, es decir, que tiene una sola cabeza.
(59) Vat. I Constitución Dogmática De Ecclesia Christi, Dz. 1836.
(60) Diccionario de Teología Católica, tomo II, col. 2039-2040.
(61) Carta a Gregorio XI.
(62) R.P. Camel O.P.: Brève Apologie pour l'Eglise de toujours, Difralivre.
(63) Cardenal Journet.
(64) San Roberto Belarmino, De Romano Pontifice.
(65) Diccionario de Teología Católica, en Cisma, tomo IX, col 876-877.
(66) IIa IIae, qu. 33, art. 4, ad 2um.
(67) De comparata auctoritate Papae et concilii.
(68) Vat. I, Dz. 1828; Hechos 20, 20-28.
(69) Ludwig Ott: Grundiss der Dogmatik, ed. Herder, Friburgo Alemania; Diccionario de Teología Católica, tomo V., col 1703.
(70) Cardenal Journet, op. cit., vol. I, pág. 506; Cf. can. 336 del antiguo Código de Derecho Canónico.
(71) I Ped. 5, 2.
(72) Ludwig Ott, op. cit.; Raúl Naz y diversos autores, Tratado de Derecho Canónico, ed. Letourzey et Ané, París.
(73) Cardenal Journet, op. cit. vol. I.
(74) Esta cuestión todavía está abierta: Ver Diccionario de Teología Católica en Obispos, tomo VIII, col 1703.
(75) Parente-Piolanti-Garófalo: Dizionario di teologia dommatica, ed. Studium, Roma, en Gerarchia.
(76) Raúl Naz y otros, op. cit., pág. 455
(77) Dz. 1821.
(78) Mt. 28, 20.
(79) 2 Cor. 10, 8; cfr. Ludwig Ott, op. cit.
(80) Ludwig Ott, op. cit.
(81) Cardenal Journet, op. cit., tomo I, pág. 528, nota I.
(82) Tito 1, 5; 1 Tim. 4, Hechos 14, 22.
(83) Raúl Naz y otros, op. cit.; Diccionario de Teología Católica, en Elección de los Obispos, tomo VIII, col 2256 y ss.
(84) Theod., His. eccle. 1 IV, cap. 12; Dom A. Grea: La Iglesia y su divina constitución, I, II., cap. XI: Acción del colegio episcopal.
(85) Mt. 12, 3-4.
(86) Para que una persona sujeta a una pena se necesita: a) una transgresión de la ley; b) que esta transgresión sea “imputable”, es decir que se tengan fundamentos para reprochársela; ahí es donde interviene el estado de necesidad; c) que esta persona sea responsable: si es irrespon¬sable, no puede ser castigada, aunque el delito le sea imputable.
(87) Cf. can. 2205, § 2 del antiguo Código de Derecho Canónico, y el canon 1323, nº 4 del nuevo Código de Derecho Canónico que dice: «No queda sujeto a ninguna pena quien, cuando infringió una ley o precepto:... 4º actuó coaccionado por miedo grave, aunque lo fuera sólo relativamente, o por necesidad, o para evitar un grave perjuicio, a no ser que el acto fuera intrínsecamente malo o redundase en daño de las almas».
(88) Eichemann-Morsdorf: Tratado de derecho canónico; G. May: Legítima defensa, resistencia, necesidad.
(89) Canon 682 del antiguo Código de Derecho Canónico y can. 213 del nuevo Código que dice: “Los fieles tienen derecho a recibir de los Pastores sagrados la ayuda de los bienes espirituales de la Iglesia, principalmente la palabra de Dios y los Sacramentos”.
(90) En primera línea, para Italia, la Civilta Cattolica con sus editoriales, Famiglia Cristiana, que se vende en las iglesias, y muchas otras publicaciones parroquiales.
(91) Roberto-Palazzini: Dizionario di Teologia Morale, ed. Studium, Roma.
(92) Julien Green: Ce qu'il faut d'amour a l'homme.
(93) Libro IV, IIa parte, título I.
(94) lbidem, Titulo III.
(95) Heb. 11, 6.
(96) Santo Tomás, IIa IIae qu. 5, art. 3.
(97) En un reportaje del canal 3 de la Televisión francesa, difundido por la red regional, Jacques Devron interrogó al Cardenal, que respondió: “Todo va bien. Vemos cosas muy edificantes y excelentes por todas partes. Tratamos de ir por todas partes y ver las cosas que se hacen. Creemos que se hacen muchas cosas... No se puede pedir una acogida más calurosa. Siempre se habla del Papa, del amor que se le tiene al Papa y a la Iglesia”. Por lo que dice el mismo Cardenal, no sólo Monseñor Lefebvre, sino todos los “tradicionalistas”, desean ser plenamente reconocidos.
(98) Mc. 2, 27.
(99) O.R. del 3-VII-88.
(100) Santo Tomás, IIa IIae, qu. 39, a.1 ad 2.
(101) Libro IV, Las Sanciones en la Iglesia, IIa parte, título I.
(102) Ibid., título III, can. 1382.
(103) Diccionario de Teología Católica, en Cisma y desobediencia, Vol. XXVII. col. 1304.
(104) O.R. del 2-VII-88, traducción en italiano del Decreto de la Congregación de los Obispos.
(105) Jn. 8, 28.
(106) Mat. 28, 20.
(107) Hechos 5, 29. Cfr. Roberto-Palazzini, op. cit., bajo Obbedienza.