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1.
¿Se dan los ateos?
El ateo
(del griego a, privativa y theos,
Dios), es aquel que no cree en la existencia de Dios.
De esta definición se desprende que no hay que clasificar
entre los ateos:
a) A los
indiferentes que, dejando de lado la
cuestión de los orígenes del mundo y del alma, viven sin
preocuparse por su destino. Aunque esta manera de ser
vaya a parar prácticamente al ateísmo, sin embargo, los
indiferentes no son ateos en realidad.
b) Los agnósticos,
que proclaman que Dios está en el dominio de lo incognoscible,
tampoco pueden llamarse ateos; por mucho tiempo que permanezcan
en esta afirmación, su estado de espíritu equivale a un
escepticismo religioso.
c) Aún menos
se pueden contar entre los ateos a aquellos que están en
una ignorancia casi completa de la cuestión religiosa,
y que aunque hagan profesión exterior de ateísmo, es porque
creen que esta actitud conviene a espíritus fuertes que
no quieren seguir al vulgo, o porque estiman que de esta
manera han de favorecer y fomentar mejor sus intereses
materiales.
Luego, no se pueden considerar como ateos
más que los hombres de ciencia y los
filósofos que después de un maduro examen
de las razones que hay en pro y en contra de la existencia
de Dios, se pronuncian por estas últimas. Estos ateos,
los únicos que merecen retener aquí nuestra atención,
son seguramente un número muy escaso; bastaría para probarlo
a recordar el testimonio de uno de ellos. “En nuestra
época, escribe M. Le Dantec (El ateísmo), dígase
lo que se quiera, los ateos forman una ínfima minoría”;
pero hay que añadir —para ser justos— que, en cambio,
el número de agnósticos que pretenden que la cuestión
es insoluble ha crecido en serias proporciones.
2.
Causas del ateísmo
Generalmente se explica el ateísmo por razones intelectuales, morales y sociales.
a) Razones intelectuales
i. La incredulidad de los científicos: físicos, químicos, biólogos, médicos,
etc., debe atribuirse frecuentemente a sus prejuicios y a la aplicación de un falso método. En
efecto, es claro que si pretenden emplear aquí el método experimental que no admite sino aquello que
puede ser comprobado por la experiencia, lo que cae bajo la acción de los sentidos, jamás podrán
rebasar los fenómenos y llegar a las sustancias. Observemos además que ciertas fórmulas de las cuales
abusan para favorecer sus negaciones no son verdaderas, al menos en el sentido en que las toman.
Cuando ellos alegan, por ejemplo, que la materia es necesaria y no contingente, invocan para
demostrarlo la necesidad de la energía y de las leyes. Pero se ve enseguida que la palabra necesaria
es equívoca. La necesidad, en efecto, es absoluta o relativa. Es absoluta cuando la falta de existencia
implica contradicción; y ese relativa cuando la cosa de que se trata, en la hipótesis de su
existencia, debe tener ésta o aquélla naturaleza, ésta o aquélla cualidad: así, un ave debe tener
alas, pues de otra manera no sería ave. De que la energía y las leyes sean necesarias en sentido
relativo, los materialistas hacen mal en concluir que la misma materia es el ser necesario en
sentido absoluto.
ii. El ateísmo de los filósofos contemporáneos se deriva del criticismo de Kant y del
positivismo de Augusto Comte. Según los criticistas y los positivistas la razón no
puede llegar a la certeza objetiva ni alcanzar a la substancia a través de los fenómenos. Mermando
así la razón se arruinan al mismo tiempo las pruebas tradicionales de la existencia de Dios. Podemos
pues afirmar que en la mayor parte de los filósofos contemporáneos la crisis de la fe es de hecho
una crisis de la razón; en nuestra época, los negadores de Dios son también los negadores de aquella
noble facultad, pero ésta, como sucede siempre contra las sentencias injustas será un día
rehabilitada y recobrará sus derechos.
b) Razones
morales
Aduciremos entre las razones morales:
a. la falta de buena voluntad. Si las pruebas de la existencia de Dios se
estudiaran con más sencillez y menos espíritu crítico, habría menos rebeldía contra la fuerza de los
argumentos. Tampoco se ha de exigir a las pruebas más de lo que pueden dar; su fuerza
demostrativa,
aunque real y absoluta, no lleva consigo una evidencia matemática.
b. las pasiones. Es evidente que la fe se yergue ante las pasiones como
un obstáculo, pero cuando una cosa molesta, siempre se hallan razones para suprimirla. “En
un corazón extraviado por las pasiones, dice Monseñor Frayssinous, hay siempre razones
secretas para encontrar falso lo que es verdadero, fácilmente se cree lo que se desea; cuando el
corazón se entrega al placer que seduce, el espíritu se abandona voluntariamente al error que
justifica” y Paul Bourget, en un análisis muy penetrante de la incredulidad, escribe las
siguientes líneas: “el hombre que se desprende de la fe se arranca sobre todo una cadena
insoportable a sus placeres… Yo no sorprendería a ninguno de los que han realizado los estudios en
nuestros liceos, al afirmar que la impiedad precoz de estos librepensadores con uniforme tiene por
punto de partida alguna flaqueza de la carne, acompañada del horror a la confesión. El razonamiento
–¡y qué razonamiento!– viene enseguida a suministrar las pruebas en favor de una crisis de negación
aceptada de antemano para las necesidades de la práctica”.
c. Los malos libros y los malos periódicos. Bajo esta dominación no
entendemos los libros y diarios que son inmorales, sino aquellos que, bajo pretextos y disimulos,
atacan todo lo que hay en la base de la moralidad y quieren hacer creer, en nombre de un pretendido
progreso y de una falsa ciencia, que Dios, el alma y la libertad, no son más que palabras que sirven
de vestido a puras quimeras.
c) Razones
sociales
Señalemos solamente:
a. la educación. No es exagerado el decir que las escuelas neutras han sido
para el ateísmo un terreno de cultivo excepcional; tomada en conjunto nuestra sociedad va hacia el
ateísmo porque quiere;
b. en el respeto humano. Muchos tienen miedo de parecer religiosos porque
la religión no goza ya de simpatías, y por el temor de caer en el ridículo.
3.
Consecuencias del ateísmo
El ateísmo, al suprimir a Dios, quita todo fundamento a la moral; de aquí provienen las más graves
consecuencias para el individuo y para la sociedad.
a) Para el individuo
i. El ateísmo lo entrega sin freno a sus pasiones. Si el hombre no
reconoce a un soberano que tenga el poder de preceptuarle el bien y de castigarlo por el mal, ¿por
qué no se ha de dejar llevar por sus deseos y no correrá tras la felicidad terrestre
o al menos lo que él crea tal, por cualquier clase de medios?
ii. Mas, a la inversa, el ateísmo quita al hombre todo consuelo en medio de las
pruebas de la vida; el que no cree en Dios debe rechazar toda esperanza de consolación
cuando la vida se le vuelva amarga y la tierra le niegue las alegrías que él le pidió.
b) Para la
sociedad
Las consecuencias del ateísmo son aún más ruinosas para la sociedad. Al suprimir las ideas de
justicia y responsabilidad, lleva hacia el despotismo y la anarquía, sustituyendo al
derecho por la fuerza. Si los gobernantes no sienten por encima de ellos a un Señor que les pedirá cuenta de su
gestión, estarán libres para gobernar a la sociedad según su capricho. “Yo no querría,
afirmaba Voltaire, tener cuentas con un príncipe ateo que mostrara interés en hacerme machacar
en un mortero, porque estoy seguro de que me machacaría”. Por otra parte, en toda sociedad hay
distancias entre sus miembros, bajo el punto de vista de jerarquía, de dignidades, de honores, de
situación, y riquezas; si no existe Dios para recompensar un día a los que, menos favorecidos,
aceptan su destino con valor y cumplen su penoso deber ¿por qué no rebelarse contra una sociedad
tan mal organizada y reclamarle imperiosamente su parte de felicidad y de placeres?
A. Boulenger
(Tomado de “Manual de apologética”, Introducción a la doctrina católica)
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