Carta del Superior General Nš 69 a los amigos y benefactores
Queridos amigos y benefactores:
““Celebrando la misa antigua descubrí lo que es el sacerdote”
Varias veces en estos últimos tiempos hemos recibido este testimonio
conmovedor de parte de sacerdotes que se acercan a nosotros.
Entorno a esta frase se encuentra resumida gran parte del profundo misterio
que aflige a la Iglesia:
1) La Iglesia está en crisis desde el Concilio Vaticano
II porque el sacerdocio ha sido maltratado. Es uno de los elementos fundamentales
de esta crisis.
2) El sacerdocio es y será uno de los puntos más
decisivos para la restauración de la Iglesia es y será el sacerdocio.
Entre los hombres de Iglesia del siglo XX Monseñor Lefebvre es el que
probablemente más claramente lo haya comprendido.
3) Fundando la Fraternidad San Pío X, no intenta más
que restaurar el sacerdocio católico para restaurar toda la Iglesia.
4) Y para hacer eso, restablecer ese íntimo vínculo,
de insospechable profanidad, entre el sacerdote y la misa.
Los Padres conciliares han admitido cándidamente que el sacerdote haya
sido el gran olvidado del Concilio Vaticano II.
En la Constitución sobre la Iglesia Lumen Gentium, mientras
que se consagran capítulos enteros a los obispos y sobre todo a los laicos
—una de las grandes “invenciones” del Vaticano II, no se hallarán
para el sacerdote más que algunos parágrafos, y siempre subordinándolo
sea al obispo, sea al sacerdocio universal de los bautizados.
Ya en 1971 la Comisión Teológica Internacional afirmará:
“El Vaticano II ha modificado esta imagen sacerdotal en dos aspectos.
El Concilio ha abordado el sacerdocio común de todos los fieles antes
de tratar el sacerdocio ministerial… Además, puso más en
relieve el lugar del obispo, centro de la iglesia particular y miembro del colegio
universal de los obispos. El lugar de los sacerdotes en la Iglesia se volvió
confuso”.
Esta confusión, proveniente de esta depreciación y de una nueva
perspectiva del sacerdocio, ocasión la pérdida de identidad del
sacerdote, de la cual hablará Juan Pablo II en la exhortación
post-sinodal de 1992 Pastores dabo vobis, diciendo que ella proviene de una
interpretación errónea del Concilio.
Pérdida de identidad… ocupar un lugar confuso en la Iglesia…
¡y sin embargo, el decreto Presbiterorum ordinis da la definición
del sacerdocio del Concilio de Trento! Pero el contexto es tal, que es otra
noción —la del sacerdote predicador, como quería Lutero,
la que prevalece y no aquel que ofrece el Sacrificio. Esto hará decir
al Padre Olivier, reconocido como un especialista en la cuestión, respecto
al malestar en torno al Sacerdocio después del Concilio: “El
verdadero problema es tan inusual al catolicismo, que se comprende fácilmente
esta ceguera instintiva que permite eludirlo: la voluntad de fidelidad a los
dos concilios que divergen tan claramente uno del otro es simplemente algo imposible.
A esta nueva presentación del sacerdocio corresponde perfectamente la
nueva misa, de sabor e intención aún más protestante…
La conjugación de estos elementos: “definición del sacerdote”
y “nueva misa” ha sido suficiente para desatar la más grave
crisis que ha afectado al sacerdocio en toda la historia de la Iglesia.
Digámoslo claramente: el sacerdocio fue hábilmente desnaturalizado.
El “presidir” (præesse) y el “predicar”
también son –claramente– roles sacerdotales, pero no son
lo esencial: el “sacrificare”.
Mientras que el sacerdote no haya comprendido que el sacrificio es su razón
de ser, que su ordenación lo ordena al sacrificio, y al sacrificio de
Nuestro Señor sobre la cruz, el sacerdote no sabrá verdaderamente
lo que él es, ni quién él es. Un sacerdote sin misa, sin
sacrificio, es un ojo sin visión, un oído que no oye, pies que
no caminan.
El enemigo de la Iglesia nunca había conseguido herirla tan certeramente
el corazón, ya que el corazón de la Iglesia, lo que comunica la
vida sobrenatural a todo el Cuerpo Místico, lo que difunde la vida en
todo el organismo, es el santo sacrificio de la Misa. A la misa protestantizada
en aras del ecumenismo –según palabras mismas de Bugnini–
le era necesario un sacerdocio correspondiente.
Los sacerdotes a los que nos referimos al comienzo de esta carta, al dar con
la misa tradicional, lo comprendieron como a la luz de un relámpago fulgurante.
Entonces –me dicen– se encuentran a la vez frustrados y felices.
Frustrados porque “se” les ha ocultado este tesoro, se les privó
de él; felices, radiantes de dicha, al comprender la extraordinaria grandeza
de su vocación, la realidad cautivante de la participación en
el sacerdocio de Nuestro Señor Jesucristo “in persona Christi”.
El sacerdote está asociado, incluso abismado, en el acto sacrificador
de Nuestro Señor, Sumo Sacerdote, y participa así con todo su
ser, que entrega a Jesús, sacerdote y hostia, en la salvación
de las almas, en el acto redentor. Todo ello ha sido ocultado en la nueva misa.
¡Pobres sacerdotes que no saben lo que son!
Queridos fieles, no dudamos que ustedes se alegran con nosotros cuando los sacerdotes
descubren lo que son. Estas son hermosas victorias sobre la crisis de la Iglesia,
son fortines, fortalezas reconquistadas para la Iglesia militante, que se suman
a los nuevos sacerdotes que cada año nos da la divina Providencia. Este
año serán diecisiete en este mes de junio y siete en diciembre.
Ante tales acontecimientos, uno de los fines de nuestra Fraternidad se hace
realidad de manera tangible, ya que uno de sus objetivos es el sacerdocio y
todo lo que a él se refiere.
Esa debe ser la preocupación constante de los superiores, esto es, mantener
siempre viva en los miembros la voluntad de realizar y alcanzar ese objetivo.
Como en toda sociedad, de vez en cuando es necesario reunirse y examinar el
camino recorrido, comprobar si se prosigue el fin de la sociedad y cómo
lo ha sido, observar el estado de los miembros. Este trabajo se hace particularmente
durante el transcurso del “Capítulo, una asamblea que para nosotros,
la Fraternidad San Pío X, se reúne cada doce años. También
en esta ocasión los capitulantes, que serán cuarenta, eligen al
Superior General, que conducirá la Fraternidad asistido por su Consejo
durante los próximos doce años.
No tenemos necesidad de insistir sobre la importancia de tal acontecimiento
para nuestra Fraternidad porque nuestro reglamento nos manda que rezar durante
los seis meses que preceden al Capítulo para obtener de la divina misericordia
su gracia, su luz y la asistencia del Espíritu Santo.
Los invitamos a unirse a nuestras oraciones y sacrificios rezando una novena,
y si pueden, de un día de ayuno.
Esta novena comenzará el 2 de julio y consiste en la oración del
Veni, Creator, tres invocaciones al Corazón Inmaculado de María
y una a San Pío X. Respecto al día de ayuno, ha sido fijado para
el viernes 7 de julio.
Nuestras sentidas gracias por vuestra conmovedora y fiel generosidad, sin la
cual la Fraternidad no tendría los medios para desarrollarse y crecer,
crecimiento que es parte de un milagro. Contamos con vuestras oraciones y pedimos
a Nuestra Señora que les obtenga por su intercesión todas las
gracias y el auxilio espiritual de que tienen necesidad.
¡Dios los bendiga abundantemente!
En la fiesta de
Pentecostés
4 de junio de 2006
+ Bernard Fellay