Carta del Superior General Nº 71 a los amigos y benefactores
Queridos amigos y benefactores:
La misa tradicional jamás estuvo abrogada. ¡Qué
alegría, queridos fieles, llenó nuestros corazones el anuncio
del Motu Proprio de Benedicto XVI el 7 de julio! Vemos una respuesta
del cielo a nuestra cruzada de rosarios, no simplemente por el hecho de la publicación
del Motu Proprio, sino sobre todo en razón de la extensión
de la apertura que encontramos hacia la liturgia tradicional. En efecto, no
sólo el misal ha sido declarado ley de la Iglesia, sino también
otros libros litúrgicos. De hecho, si la Misa nunca fue abrogada, ha
conservado sus derechos.
En realidad el Motu Propio no acuerda nada nuevo a la Misa de siempre;
afirma simplemente que la Misa de San Pío V, llamada para el caso de
Juan XXIII, sigue estando en vigor, a pesar de una ausencia y de una prohibición
de celebrarla desde hace cuarenta años. La Misa tridentina sigue siendo
siempre la Misa católica. La sutil e inhábil distinción
entre forma ordinaria y extraordinaria de un mismo rito en relación a
la nueva y la antigua Misa no inducirá a equívoco a persona alguna.
La evidencia salta a la vista en esta materia. Lo que hay que retener es la
afirmación de la perennidad de la Misa como ley universal de la Iglesia
católica. Quien dice “ley de la Iglesia” niega por lo mismo
un “indulto”, “permiso” o “condición”.
Los obispos intentaron neutralizar el efecto saludable del Motu Proprio
mediante restricciones onerosas y odiosas. No se pliegan, por cierto, a la voluntad
del Sumo Pontífice. Será muy interesante observar el desarrollo
de esta revuelta más o menos abierta, oculta en gran medida. De esta
confrontación dependerá la historia de la Iglesia durante varias
décadas. Recemos para que el Papa tenga la fortaleza de mantener e imponer
aquello que acaba de devolver a la Iglesia.
Esto va mucho más allá de la simple celebración de la Misa.
El Motu Proprio entreabre la puerta a todo el espíritu de la
liturgia anterior en el sentido en el que le permite desarrollarse. La liturgia
consta de varios elementos, de los cuales el más importante es la Santa
Misa, pero este tesoro se engarza en un conjunto de libros litúrgicos.
Ahora bien, es preciso afirmar que la mayoría de ellos, en todo caso
los más conocidos, van a recobrar una nueva vida: el ritual, que contiene
la manera cómo el sacerdote administra los sacramentos y las bendiciones,
el pontifical, que contiene el sacramento de la confirmación, y el breviario.
Todo esto forma un conjunto que permitirá, sin duda alguna, que el espíritu
de la liturgia tradicional recupere su espacio en la vida de la Iglesia.
Los primeros efectos del Motu Proprio son interesantes, aun cuando
son casi insignificantes en relación a la vida de la Iglesia en su conjunto.
Sin embargo, algunos obispos apoyan activamente el movimiento y, sobre todo
—a pesar de los obstáculos impuestos por otros obispos— los
sacerdotes aprenden y celebran la Santa Misa. Más de cinco mil en el
mundo entero nos han pedido el DVD de las ceremonias de la Misa que ha preparado
la Fraternidad. ¡Esto muestra muy bien que los sacerdotes tienen un evidente
interés por la Misa de siempre!
Lo que es admirable, es la opinión unánime que nos hacen llegar
los sacerdotes que descubren la Misa tridentina. Los testimonios siguientes
no son raros: “¡Pero… son dos mundos!”; “¡Es
absolutamente diferente celebrar de cara a Dios que de cara al pueblo!”;
“¡Celebrando esta Misa he descubierto qué es ser sacerdote!”
Estos testimonios dicen mucho y valen más que cualquier demostración.
Es inútil preguntarles qué piensan de la santidad del nuevo rito…
Es evidente que si se concediera una verdadera libertad de celebración,
no sólo de derecho sino en los hechos, se decuplicaría inmediatamente
el número de Misas tridentinas.
Para quien es consciente del combate gigantesco que desgarra nuestra Iglesia
católica desde hace al menos dos siglos, es clarísimo que alrededor
de la Misa se juega gran parte de la crisis de la Iglesia. Dos misas, dos teologías,
dos espíritus. Por medio de la nueva misa se inoculó en todas
las venas del Cuerpo Místico un nuevo espíritu, “el
espíritu del Vaticano II”.
En cambio, la Misa tradicional irradia el Espíritu católico. El
rito de San Pío V implica una coherencia incomparable de fe y de moral.
Para quien asiste seriamente, se hace rápidamente manifiesto que esta
Misa es una exigencia de fe, una fe que ella nutre vigorosamente. Pronto se
hace luz en el alma fiel la lógica de la fe: el justo vive de la fe.
Se debe vivir como se cree.
De allí surgen toda la moral cristiana con todo lo que ella pide de renuncia,
de sacrificio, de apartamiento del mundo. Dios es santo y quien quiere allegarse
a Él debe vivir una vida de pureza, ya que su santidad exige este indumento
del alma inmaculada.
La Misa no sólo hace abrir los ojos a esta realidad de la sublimidad
de la vocación cristiana sino, sobre todo, da los medios para ello. ¡Qué
abundancia de gracias advienen al fiel de “buena voluntad”, y mucho
más aún al sacerdote que la celebra!
Entonces, esta gracia irradiante de la Misa da pie a otra santificación:
a aquella de la familia cristiana, y seguidamente de toda la sociedad. Si durante
siglos y más de mil años la sociedad fue cristiana, hay que atribuirlo
antes que nada a la Misa, a este rito tan santo, que se encuentra ya esencialmente
acabado a finales de la Antigüedad. Podemos celebrar sin dificultades la
Misa que se llama “tridentina” o de San Pío V con manuscritos
de los siglos X u XI.
Es impresionante comprobar que la decadencia, e incluso la desaparición
de la sociedad cristiana, tienen una aceleración neta en el momento de
la introducción del nuevo rito. ¿Quién pudiera decir que
allí no hay más que una casualidad o una coincidencia?
Seguimos estando en medio del gigantesco combate por la salvación de
las almas que atraviesa la historia de la humanidad. Esperamos que los avances
operados por el Motu Proprio no hagan perder de vista estas perspectivas mucho
más profundas, que son un motivo de esperanza, pero también de
un renovado coraje para continuar el combate sobre la ruta que fuera trazada
por Monseñor Lefebvre.
El éxito reportado por nuestra cruzada del rosario, el celo que hemos
visto desplegado, nos incitan a renovar nuestra confianza respecto a nuestra
Madre del Cielo, no ya para una cruzada de dos o tres meses, sino por una cruzada
perpetua del rosario.
¡Sí!, que esta oración del rosario no deje de elevarse a
los cielos para el bien de la Iglesia, para la salvación de las almas.
Estamos convencidos que nuestra Señora no será indiferente a tamaño
desborde de Ave Marías y acelerará la restauración de la
Iglesia. Así, pues, desde ya damos a conocer, según las hermosas
palabras de un militar suizo, el general Guisan, ante la vista de un soldado
rezando el rosario: “¡Cuánto querría ver a Suiza
rodeada por esta cadena!”, que queremos rodear a toda la Iglesia
de la cadena del rosario, rodearla de una inmensa y continua secuencia de Ave
Marías en aras de su defensa y protección.
Una cruzada perpetua del rosario para obtener del cielo no sólo que sea
retirado el decreto de excomunión sino, sobre todo, que la Tradición
católica sea repuesta en el lugar que le es debido, con toda su amplitud,
hasta el triunfo del Corazón Inmaculado de María.
¡Que nos ayuden todos los Santos! ¡Que Nuestra Señora los
bendiga!
+ Bernard Fellay
1º de Noviembre de 2007
Fiesta de Todos los Santos