Queridos amigos y benefactores:
El
entusiasmo que encontramos en todo el mundo por nuestra
Cruzada del Rosario nos llena de consuelo y nos estimula
a abordar una vez más este tema con ustedes. Si recurrimos
al cielo con esta multitud de Ave Marías, es
—por supuesto— porque los tiempos son graves. Tenemos
certeza de la victoria de Nuestra Señora ya que Ella misma
lo ha anunciado; con todo, los acontecimientos que han
tenido lugar desde hace un siglo, cuando este triunfo
fue predicho en Fátima, nos obligan a suponer que, antes
de esta victoria, todo género de males aún podrían afectar
a la humanidad.
Las pautas dadas en Fátima por la Madre de Dios, sin embargo,
eran muy simples: si el mundo no se convierte, será castigado:
“Habrá una segunda guerra, más terrible que la primera”.
El mundo no se convirtió. Y la respuesta de Dios no se
hizo esperar mucho tiempo. Desde la Segunda Guerra Mundial,
el mundo sigue sin convertirse. Si se cree que Rusia se
convirtió, será preciso que se nos explique: ¿a qué se
ha convertido?, ¿al liberalismo económico?
Casi cien años más tarde, comprobamos que el mundo ciertamente
no se volvió mejor, al contrario. La guerra de los “sin
fe” continúa raudamente su marcha, aunque tomó un cariz
totalmente inesperado: la demolición prosigue particularmente
por una subversión, por una infiltración de la Iglesia.
Nuestra Madre, la Santa Iglesia está transformándose en
un cúmulo de ruinas espirituales, mientras que la fachada
exterior se mantiene más o menos bien, engañando así a
la multitud sobre su estado real. Y es necesario comprobar
que esta subversión encontró mayor e inesperada eficacia
con motivo del Concilio Vaticano II. No es necesario hacer
alta teología; hoy por hoy es un hecho histórico.
¿Qué cuota de responsabilidad es preciso asignar al Concilio?
Es una cuestión difícil, pero es claro que este Concilio
no quedó sin efectos, y sus consecuencias son completamente
desastrosas. Gracias a él tuvo lugar una puesta a punto
con el mundo. “Nosotros, más que nadie, tenemos el
culto del hombre”, decía Pablo VI en el discurso
de clausura del Concilio. La orientación antropocéntrica
del Vaticano II ha sido reiteradamente destacada por Juan
Pablo II. Ahora bien, esta orientación es muy extraña
para la Iglesia de Dios, cuya esencia es sobrenatural;
ella recibió de Nuestro Señor Jesucristo no sólo su constitución
y sus medios, sino también y sobre todo su fin, que no
es otro que la continuación de su propia misión redentora
y salvadora: “Id por todo el mundo, predicad el evangelio
a todas las criaturas. El que creyere y se bautizare se
salvará; pero el que no creyere será condenado” (San
Marcos, 16, 15).
Y ahora, he ahí la tragedia. Su misión divina ha sido
reemplazada por una misión humana. Es un gran misterio
que deja estupefacto. La salvación, por decir sólo eso,
pasó a segundo plano.
Pocos hombres — ¡muy pocos, desgraciadamente! — comprenden
que la terrible crisis de la Iglesia desde el Concilio
Vaticano II es un castigo, más espantoso que todos los
otros, ya que en esta ocasión la catástrofe es espiritual;
lo que se hiere, lo que se mata sin estridencia en una
indiferencia peor que la muerte, son las almas.
La pérdida de la gracia en un alma es el daño más terrible
que le pueda acontecer; pero eso no acontece con estrépito
audible, eso no se siente. Y la voz de los centinelas
enmudeció. La exhortación a la conversión, a la penitencia,
a la huída del pecado, de las tentaciones y del mundo
cedió su lugar, si no a una complacencia, al menos a una
simpatía respecto al mundo. Existe una verdadera voluntad
de hacer las paces con el mundo moderno.
Así las cosas, la misión de salvación abrió paso a una
nueva especie de misión humanitaria; se trata de ayudar
a los hombres de toda condición, de todas las religiones,
para que vivan concordes en la tierra.
No cabe duda que lo que gira alrededor del mensaje de
la Santísima Virgen dado en Fátima, y que se llama “el
secreto de Fátima”, no está cerrado. Lo que vivimos
se inscribe ciertamente en este conjunto de acontecimientos
que un día terminará, al final, con el triunfo de María.
¿Qué será? ¿Cómo lo veremos? En todo caso eso sucederá
al menos por la conversión de Rusia, conforme a las propias
palabras de la Virgen María.
En 1917 en Roma, los impíos celebraron los doscientos
años de la francmasonería y los cuatrocientos años del
protestantismo con desfiles especialmente violentos contra
el Vaticano. Los manifestantes vociferaban y pregonaban
el reino de Satanás sobre el Vaticano y el Soberano Pontífice.
Mientras aún era seminarista, Maximiliano Kolbe presenciaba
estos dolorosos acontecimientos y decía: “Este odio
mortal a la Iglesia de Jesucristo y de su Vicario no era
una simple chiquilinada de individuos descarriados, sino
una acción sistemática seguida del principio de la francmasonería:
«Destruid toda religión, cualquiera ella sea, sobre todo
la religión católica» [Pisma Ojca Maksymiliana Marii
Kolbego franciszkanina, Niepokalanow, maszynopsis, 1970]”.
“(…) ¿Es posible que nuestros enemigos deban desplegar
tanta actividad, hasta alcanzar la superioridad, mientras
nosotros nos quedamos ociosos, a lo sumo dedicados a rezar,
sin ponernos, con todo, a la obra? ¿Acaso no tenemos armas
más potentes, la protección del cielo y de la Virgen Inmaculada?
La Inmaculada, victoriosa y triunfadora contra todas las
herejías, no cederá lugar al enemigo que levanta cabeza,
si encuentra servidores fieles y dóciles a sus órdenes:
Ella obtendrá nuevas victorias, más grandes de lo que
se pueda imaginar. Es necesario que nos pongamos en sus
manos como instrumentos dóciles, empleando todos los medios
lícitos, interviniendo en todas partes a través de la
palabra, a través de la difusión de la prensa mariana
y la medalla milagrosa, y ennobleciendo nuestra acción
por la oración y el buen ejemplo” [Testimonio del
Padre Pignalberi, citado en el proceso de beatificación].
Fundó la Milicia de la Inmaculada sólo pocos días después
de la aparición de Nuestra Señora en Fátima el 13 de octubre,
cuando sucedió el gran milagro del sol. En efecto, el
16 de octubre, junto a seis compañeros seminaristas, se
consagrará al Corazón Inmaculado de María para conducir
al mundo entero a Dios a través de la Inmaculada.
Al leer su acto de consagración, uno no puede más que
quedar cautivado por la relación entre el mensaje de Fátima
y la respuesta del franciscano polaco: “Oh Reina Inmaculada
del cielo y de la tierra, Refugio de los pecadores y nuestra
Madre amantísima, a quien Dios ha hecho tesorera de su
misericordia, yo, indigno pecador, me postro a tus santísimos
pies y te suplico humildemente me aceptes, todo e íntegro,
como tu propiedad. A Ti, oh Madre, te ofrezco todas las
facultades de mi alma y de mi cuerpo, y pongo mi vida,
mi muerte y mi eternidad en tus manos, para que tú puedas
usar de todo mi ser de acuerdo con tu voluntad. Sírvete
de mí, oh Virgen Inmaculada, como Tú lo desees para cumplir
lo que se ha escrito de ti: «Ella aplastará tu cabeza»
y «Tú has destruido todas las herejías en el mundo». Dígnate
convertirme en tus purísimas y misericordiosas manos,
en un instrumento dócil para hacerte conocida y amada
por tantas almas errantes e indiferentes, y para aumentar,
tanto como sea posible, el número de los que verdaderamente
te admiran y te aman, para que el reinado del Sacratísimo
Corazón de Jesús pueda ser propagado por el mundo. Donde
tú entras, oh Inmaculada, obtienes la gracia de la conversión
y la santificación, ya que toda gracia que fluye del Corazón
de Jesús para nosotros, nos llega a través de tus manos”
[Scritti di Massimiliano Kolbe, Nuova edizione,
volumen único, ENMI Roma, 1997].
Queridos fieles: ésta es, precisamente, la perspectiva
conforme a la cual lanzamos la Cruzada del Rosario. Pero
la oración no es más que una parte: no olvidemos los dos
elementos restantes, que también son muy importantes:
la penitencia y la devoción al Corazón Inmaculado de María.
Con la mortificación queremos reparar las injurias irrogadas
a María; en unión con su Corazón doloroso, queremos asociarnos
lo más cercanamente posible al sacrificio de la Cruz de
Nuestro Señor, porque allí se opera nuestra salvación.
Y así nos situamos en el corazón del mensaje de Fátima:
“Dios quiere introducir la devoción a mi Corazón Inmaculado”.
Quizá no se hace bastante hincapié en este último aspecto,
que nos parece aún más importante que la consagración
de Rusia, y que es la segunda condición indicada por María
al Papa para su triunfo: consagrar Rusia y promover la
devoción a su Corazón Inmaculado.
Vamos a abordar, en este mes de octubre, una nueva fase
en nuestras relaciones con el Vaticano: la de los debates
doctrinales. Lo que está en juego es muy importante y
lo encomendamos a vuestras oraciones. Eso también forma
parte, sin duda alguna, de nuestra Cruzada, y es claro
que esta intención forma parte del triunfo que deseamos
del Corazón Inmaculado de María. Ello supera asimismo
completamente nuestras fuerzas, y sería pura y simplemente
una locura lanzarse a tal empresa, si no se la sostuviese
con la fuerza de los medios sobrenaturales de la oración
y la penitencia.
No queremos concluir esta carta sin agradecerles también
por vuestros generosos esfuerzos, que permiten a nuestra
obra desarrollarse por todas partes en el mundo. Sin embargo,
algo frena nuestra obra: la cosecha es abundante, pero
faltan obreros para la cosecha. Nuestro Señor ya lo decía
e indicaba el remedio: ¡rezad por las vocaciones! ¡Cuánto
querríamos ayudar a todos los fieles, algunos de los cuales
sólo tienen la santa misa una vez por mes, o únicamente
el domingo, no pudiendo, por tanto, beneficiarse de todo
el apoyo sacerdotal habitual…! Con todo, Dios nos concederá
este año 27 nuevos sacerdotes; para el año próximo esperamos
una cifra un poco más elevada. Y aún así no basta, porque
la demanda es grande en todo el mundo.
Vayan hacia ustedes nuestras rendidas gracias por todos
sus esfuerzos. Que Dios les pague con gracias y bendiciones
abundantes; eso es lo que pedimos de corazón para ustedes,
sus familias y sus hijos. Que Nuestra Señora del Rosario
y el Corazón Inmaculado de María los protejan.
En la fiesta de la Maternidad Divina de María, 11 de octubre
de 2009.