Queridos amigos y benefactores:
El nuevo año nos ha reservado muchas sorpresas, más bien desagradables, para no decir dramáticas.
Hablamos, por supuesto, de los acontecimientos que afectan a la Iglesia, no de la serie de desastres
de Japón, o los trastornos en los países árabes y en África, ¡que sin embargo deberían servir de advertencia a
todos! ¿Pero quién los interpreta así?
En efecto, las catástrofes que perjudican y aniquilan las almas son mucho más perniciosas que toda
catástrofe natural, con sus muertos, sus tragedias y sus sufrimientos muy dolorosos. El rostro del
mundo cambiaría si los hombres se preocupasen por sus almas al igual que de sus cuerpos. Sin embargo,
lo que a justo título lleva a reaccionar y buscar la curación a nivel del cuerpo humano, a causa del
dolor inmediato experimentado, prácticamente no existe a nivel de nuestro espíritu. El pecado, que
tanto mal causa a toda la humanidad y a cada ser humano, es muy poco sentido y por eso no se buscan
los remedios adecuados. Nos referimos a una catástrofe espiritual. En efecto, ¿qué otro nombre se
puede dar a un acontecimiento que descarría a una multitud de almas y que pone en peligro la
salvación de millones, quizás miles de millones de almas? Ahora bien, en Roma, a comienzos de este
año, se anunciaron al menos dos hechos susceptibles de acarrear la no conversión, y por ende la
condenación eterna de las almas: la beatificación del Papa Juan Pablo II y la renovación de la
jornada de oraciones de Asís, con motivo del 25º aniversario del primer encuentro de todas las
religiones organizados en Asís por el mismo Juan Pablo II.
Para aquellos a quienes se les dificulte entender el significado de estos dos acontecimientos,
reproduciremos simplemente lo que escribió el Padre Franz Schmidberger, primer sucesor de Monseñor
Marcel Lefebvre al frente de la Fraternidad San Pío X, hace veinticinco años en esta misma Carta
a los amigos y benefactores. Daba una lista no exhaustiva de los actos realizados por el Papa
Juan Pablo II, que será beatificado:
“El 25 de enero de 1986, el Papa, en un sermón dado en la Basílica de San Pablo Extramuros, invitó
a todas las religiones a Asís para rezar juntos por la paz. Basta echar un vistazo sobre los
acontecimientos de los últimos tres años para ver hasta qué punto nos acercamos ahora al
establecimiento de una gran religión universal encabezada por el Papa y con la libertad, la igualdad
y la fraternidad de la Revolución Francesa y de las logias masónicas como único dogma.
1. El nuevo Código de Derecho Canónico, promulgado por el propio Papa el 25 de
enero de 1983, suprimió el estado clerical. En lo sucesivo la Iglesia es el «pueblo de
Dios», en un sentido protestante e igualitario, sin subordinados y sin autoridades. La jerarquía
no es más que un «servicio»; según palabras de Juan Pablo II en su Constitución, la Iglesia
se define como una «comunión» y por su «preocupación por el ecumenismo». El Canon
844 permite expresamente la intercomunión; el Canon 204 entremezcla el sacerdocio ministerial con el
sacerdocio espiritual de los fieles, etc.
2. El domingo 11 de diciembre de 1983, el Papa predica en una iglesia protestante
de Roma, y ello después de haberse invitado más o menos a sí mismo.
3. El Obispo de Sherbrooke, en Québec (Canadá), ha acogido reiteradas veces a los
protestantes en su catedral para realizar falsas ordenaciones. Él mismo participó en una de estas
ceremonias y recibió la “comunión” de manos de una pastora recientemente ordenada.
4. El 18 de febrero de 1984 se firmó un nuevo Concordato entre la Santa Sede e
Italia. En lo sucesivo, por aplicación de la Declaración conciliar sobre la libertad religiosa,
Italia ya no es un Estado católico sino un Estado laico, es decir, ateo. Según el mismo documento,
Roma ya no es más una ciudad sagrada.
5. El 10 de mayo de 1984 el Papa visita un templo budista en Tailandia, se descalza
y se sienta a la par del bonzo budista, sentado él mismo ante el altar en el que se encuentra una
gran estatua de Buda.
6. En su carta pastoral del 16 de septiembre de 1984, los obispos suizos llegan a
la importante conclusión de que «el deseo de recibir juntos el mismo pan en la misma mesa, es
decir, el deseo de que la misa y la cena ya no sean celebrados separadamente, tiene su origen en
Dios (…) Sin embargo, debe considerarse con cautela el momento en que concretaremos este
deseo», añaden los obispos. Además, apoyaron el proyecto de ley que apuntaba a cambiar las
normas matrimoniales y que destruye, ni más ni menos, el matrimonio y la familia. Y bien, gracias
a este apoyo el 22 de septiembre de 1985 se aprobaron en Suiza las nuevas normas matrimoniales.
Una vez más los obispos parecen ser no sólo los sepultureros del orden sobrenatural, sino también
del orden natural establecido por Dios.
7. El episcopado francés continúa difundiendo el catecismo herético «Pierres
vivantes» en la instrucción religiosa, con gran detrimento de los niños. «Mas quien
escandalizare a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le sería que le colgasen del cuello
una de esas piedras de molino que mueve un asno, y así fuese sumergido en el profundo del
mar» (San Mateo, 18, 6).
8. Una declaración conjunta del Cardenal Höffner y M. Lohse, Presidente del Consejo
de la Iglesia Evangélica de Alemania, firmada el 1º de enero de 1985, concede a los esposos de
matrimonios mixtos la libertad de casarse, hacer bautizar a sus hijos y educarlos en una u otra
Iglesia. Ahora bien, el Código de Derecho Canónico de 1917, Canon 2319, reprime cada uno de estos
tres delitos con una excomunión especial.
9. En su libro «Entrevista sobre la fe» (1985), el Cardenal Ratzinger
afirma que las demás religiones, estrictamente hablando, son medios «extraordinarios» de
salvación. ¡No, Eminencia, sólo Jesucristo, únicamente Él es la Vía, la Verdad y la Vida; nadie
va al Padre sino por Él!
10. En una nota sobre la presentación del judaísmo en la catequesis, publicada el
24 de junio de 1985, ¡el Cardenal Willebrands afirma que esperamos el Mesías junto a los judíos! Y
se remite al propio Papa, que declaró ante los judíos, el 17 de noviembre de 1980 en Maguncia, que
la Antigua Alianza no ha sido aún abolida.
11. Durante el verano de 1985, el Vaticano envía una delegación oficial a la
colocación de la piedra fundamental de una nueva mezquita gigante en Roma.
12. En agosto de 1985 proclama ante jóvenes musulmanes en Casablanca (Marruecos),
que nosotros, los cristianos, adoramos el mismo Dios que ellos —¡como si en el Islam existiese la
Santísima Trinidad y la Encarnación de Dios!—. Pocos días después se encamina junto a sacerdotes
animistas y su séquito a la periferia de Lahomay, a un culto en el «bosque sagrado» en el que se
evoca «la fuerza del agua» y las almas divinizadas de los antepasados. Y por lo menos en dos
ocasiones, en Kara y en Togoville —¡en Kara antes de la Santa Misa!—, vierte agua y arroja harina
de maíz en el fondo seco de una cáscara de calabaza, gesto con el cual se profesa una falsa creencia
religiosa.
13. Una comisión católico-evangélica, constituida para concluir la visita del Papa
a Alemania en 1980, declara en su informe final publicado el 24 de enero de 1986 que ya no existen
divergencias entre las dos confesiones en lo que se refiere a la justificación, la eucaristía, el
sacerdocio y el papado. A un observador avisado no se le escapa que aquí se proclama abiertamente
la religión ecuménica unificada.
14. Y ahora, el 25 de enero de 1986, convoca a todas las religiones a reunirse en
Asís en otoño para orar por la paz (…). «¿A qué Dios van a rezar, pues, los que niegan
expresamente la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo? Se configura allí una verdadera invocación
del diablo», comenta Monseñor Lefebvre.
15. En fin, durante un viaje en la India, el Papa no habla sino de diálogo, de
comprensión recíproca de las religiones, en aras de promover conjuntamente la fraternidad humana y
el bienestar social.
¿Creen Ustedes, queridos amigos, que esta enumeración representa para nosotros una buena noticia?
La hemos redactado transidos de dolor, preocupados por el bien de la Santa Iglesia. Asimismo,
estamos lejos de querer juzgar al Papa; declinamos de grado esta empresa delicada a un juicio
ulterior de la Iglesia. No nos enrolamos entre quienes declaran a la rápida que la sede papal está
vacante, sino que nos dejamos guiar por la historia de la Iglesia. El Papa Honorio fue anatematizado
por el 6º Concilio Ecuménico a causa de sus falsas enseñanzas, pero jamás se ha pretendido que
Honorio no era Papa. Con todo, nos resulta imposible cerrar los ojos ante los hechos.
Las directivas secretas de los Carbonarios y su correspondencia, alrededor de 1820, ¡también son
hechos! Allí leemos: «El trabajo que vamos a emprender (...) puede durar varios años,
quizás un siglo (…) Lo que debemos buscar y esperar, como los judíos esperan el Mesías, es
un Papa según nuestras necesidades (...) Con ello, para destrozar la roca sobre la que Dios
construyó su Iglesia (…) tenemos el dedo meñique del sucesor de Pedro comprometido en la
conjura (…) Para asegurarnos un Papa de las debidas proporciones, se trata primero de
modelar para ese Papa una generación digna del reino que soñamos (…) Ganaos una reputación
de buen católico (…) Esta reputación hará llegar con facilidad nuestras doctrinas al seno del
joven clero (…) Dentro de algunos años este clero joven, por lógica consecuencia, desempeñará
todas las funciones (…) Será el llamado a elegir al Pontífice (…) y este Pontífice,
como la mayor parte de sus contemporáneos, estará necesariamente más o menos imbuido de los
principios (…) humanitarios que comenzaremos a poner en circulación».
«Debemos (…) llegar por medios pequeños, bien graduados, al triunfo de la idea
revolucionaria gracias a un Papa (…) Este proyecto siempre me ha parecido sobrehumano».
Por otra parte, leemos en el pequeño exorcismo de León XIII, en su versión original:
«Los más insidiosos enemigos han llenado de amargura a la Iglesia, esposa del Cordero inmaculado,
le han dado a beber ajenjo, han puesto sus manos impías sobre todo lo que Ella tiene de más preciado.
Han erigido el trono de abominación de su impiedad donde fue establecida la Sede de San Pedro y la
Cátedra de la Verdad como luz para las naciones, de modo que, golpeado el Pastor, puedan dispersar
la grey».
¿Qué se puede hacer frente a esta situación desesperada humanamente hablando? Rezar, trabajar
y sufrir con la Iglesia”.
¿Acaso veinte años más tarde estas palabras han perdido su vigor? Con el advenimiento de Benedicto
XVI se pudo esperar un cambio de la situación, ya que él mismo admitía que la Santa Iglesia se
encontraba en una situación dramática. Y de hecho, en medio de una gran hostilidad, ha plantado
varios hitos que pueden servir ciertamente para una restauración. Tenemos muy presentes en nuestra
memoria agradecida los actos de buena voluntad que ha realizado a favor de nuestra Fraternidad. Sin
embargo, la reiteración de Asís, incluso edulcorada, aún cuando modificada, según parece ser su
intención, evocará inevitablemente el primer Asís, que fue escandaloso bajo tantos aspectos; uno
de los más notables fue aquel triste y lamentable espectáculo, en el que se pudo ver al Vicario de
Cristo a la par de una multitud abigarrada de paganos, invocando a sus falsos dioses y a sus ídolos
—la colocación de la estatua de Buda sobre el sagrario de la iglesia de San Pedro de Asís sigue
siendo la más increíble y abominable ilustración. Ahora bien, proyectándose festejar el aniversario de
tal reunión se renuncia, por lo mismo, a criticar a su iniciador. A un pastor evangelista, que
protestaba contra este nuevo Asís, Benedicto XVI le escribió que haría todo lo posible para evitar
el sincretismo. Sin embargo, ¿se dirá a los participantes provenientes de otras religiones que no
existe sino sólo una verdadera que salva? ¿Se les dirá que no existe bajo el cielo ningún otro
nombre por el cual podamos ser salvos, sino el nombre de Jesús, como enseñó San Pedro, el primer
Papa? (cfr. Hechos 4, 12). Estos son dogmas de fe.
Si se silencian ante ellos verdades tan esenciales, ¡se les engaña! Si se les oculta lo único
necesario, unum necessarium, haciéndoles creer que todo está bien, ya que el Espíritu Santo también
se sirve de las otras religiones como medios de salvación, incluso si se habla de medios
extraordinarios según el magisterio nuevo del Concilio Vaticano II, se les induce a error y se les
priva de los medios de salvación.
En cuanto a la beatificación de Juan Pablo II, su efecto inmediato será consagrar el conjunto de su
pontificado, todas sus empresas, incluso las más escandalosas, como las que están expuestas más
arriba y las otras, como besar el Corán y las múltiples ceremonias de arrepentimiento,
que llevan a pensar que la Iglesia es culpable de los cismas, por los que
se perdieron multitud de almas cristianas que se separaron de nuestra Madre, la Santa Iglesia, y
adhirieron al error y a la herejía. En la práctica todo ello conduce al indiferentismo en la vida
de todos los días y los ocasionales esfuerzos de Roma para revertir un poco un atolladero tan nocivo
para la Iglesia sólo reportan magros resultados: es que la Iglesia misma está exangüe.
Se nos dirá que exageramos, que dramatizamos o que apelamos a una retórica de circunstancia; con
todo, esta dramática comprobación sale de boca misma de los Papas Pablo VI, Juan Pablo II y
Benedicto XVI. Aparece, empero, como una estrella fugaz en el firmamento; se olvida rápidamente y
deja totalmente indiferente a la multitud, que no se preocupa por mirar hacia arriba, en dirección
al Cielo.
¿Qué hacer? ¿Qué podemos hacer por nuestra parte, queridos amigos? “Oración y penitencia” fue
la consigna que nos dejó nuestra buena Madre del Cielo, la Santísima Virgen María, tanto en Lourdes
como en Fátima. Estas directivas celestes siguen vigentes, e incluso con mayor razón que cuando
fueron pronunciadas. Muchos de ustedes se preguntan cuál fue el efecto de nuestra Cruzada de Rosarios
terminada el año pasado. Hemos transmitido el resultado, acompañado de una petición, al Sumo
Pontífice, que no nos ha respondido, aunque más no fuese acusando recibo. Sin embargo, esto no debe
desalentarnos. Nuestra oración se dirigió al Cielo, a Nuestra Señora, a nuestra Madre tan buena y
misericordiosa, y al Dios de las misericordias. No tenemos, pues, derecho a dudar que no seremos
escuchados según las disposiciones infalibles de la Divina Providencia. Sepamos tener confianza en
Dios. Con todo, la situación de la Iglesia y del mundo nos sugieren que les pidamos instantemente
no detener este movimiento de oración por el bien de la Iglesia y del mundo, y por el triunfo del
Corazón Inmaculado de María. La intensidad de la crisis, la proliferación de todo tipo de calamidades
que afectan o amenazan a la humanidad, exigen de nuestra parte una actitud correlativa: “Conviene
orar perseverantemente y no desfallecer”, oportet semper orare et numquam
deficere (San Lucas, 18, 1).
Por tanto, nos parece más que oportuno y urgente, a vista del aumento de la intensidad de los males
que abruman la Santa Iglesia, lanzar una nueva Cruzada de Rosarios, una cruzada de oración y
penitencia. Los invitamos a unir todos sus esfuerzos, todas sus energías, para conformar a partir
de Pascua de este año hasta Pentecostés de 2012 un nuevo ramillete espiritual, un nuevo eslabón de
estas rosas tan agradables a Nuestra Señora, para suplicarle que interceda a favor de sus hijos ante
su Divino Hijo y del Padre omnipotente. La confusión no deja de aumentar entre las almas, que están
a merced de lobos rapaces presentes en el redil. La tribulación es tan grande, que incluso los
elegidos se perderían si no fuese abreviada. Los pocos datos reconfortantes de estos últimos años
no son suficientes para atreverse a decir que las cosas hayan cambiado verdaderamente en profundidad.
Dan grande esperanza para el futuro, a la manera de una luz que se percibe cuando uno aún se
encuentra adentrado en un túnel. Así, pues, pidamos de todo corazón la intervención de nuestra Madre
del Cielo, a fin de que esta prueba terrible sea abreviada, que el corsé modernista que blinda la
Iglesia —al menos desde el Vaticano II— se rasgue, que las autoridades cumplan con su papel salvífico
para con las almas, que la Iglesia recobre su esplendor y su belleza espiritual, que las almas del
mundo entero puedan escuchar la Buena Nueva que convierte y recibir los sacramentos que salvan,
volviendo a hallar el único redil. ¡Ah, cuánto desearíamos poder utilizar un lenguaje menos
dramático! Pero sería una mentira y una negligencia culpable de nuestra parte tranquilizarlos,
dejándoos en la esperanza de que las cosas se recompondrán por sí solas.
Contamos con la generosidad de todos para conformar una vez más un ramillete de, al menos, doce
millones de rosarios, para que la Iglesia sea librada de los males que la aquejan o que la amenazan
en el futuro próximo, se consagre a Rusia y que llegue pronto el triunfo de la Inmaculada.
A fin de que nuestras oraciones sean aún más eficaces y que todos puedan obtener un beneficio mayor,
querríamos concluir recordando que cuando se reza el Rosario, lo más importante no es la cantidad
de Ave María que se dicen, sino la manera en que se los reza. El peligro de la monotonía o de la
distracción pueden ser conjurados eficazmente rezando el Rosario según las indicaciones dadas por
María misma: al desgranar las cuentas, hay que meditar las escenas de la vida y los misterios de
Nuestro Señor y de su Santa Madre. Lo más importante es este contacto con la vida del Salvador que
se establece cuando se medita amorosamente en los acontecimientos enunciados en cada decena,
los “misterios” del Rosario. Los diez Ave Marías se transforman en una melodía de fondo, que
acompaña y sostiene este contacto suave y potente con Dios, con Nuestro Señor y Nuestra Señora.
Sor Lucía de Fátima, haciéndose eco de los Papas, ha dicho que Dios que ha querido conceder una eficacia
especial a esta plegaria, de suerte que no existe problema alguno que no pueda ser resuelto por
esta magnífica oración. Nos permitimos insistir sobre la oración en familia, que todos los días da
pruebas de eficacia al proteger a los niños y a los jóvenes de las tentaciones y peligros espantosos
del mundo moderno, que protege la unidad familiar en medio de tantas amenazas que la acechan. No
debemos desanimarnos por el aparente silencio de la Divina Providencia tras nuestra última cruzada.
En las cosas importantes, Dios quiere que, por nuestra perseverancia en la oración le probemos
que sabemos lo que vale lo que le pedimos y que estamos dispuestos a pagar el precio correspondiente.
A las puertas de entrar en la Pasión de Nuestro Señor, la Semana Santa y la gloriosa Resurrección
del Salvador, pedimos a Nuestra Señora que se digne bendecir vuestra generosidad, acogeros bajo
su graciosa protección y prestar oídos a vuestras instantes plegarias.
Menzingen, Primer Domingo de Pasión.