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INDISPENSABLES OBISPOS…
Desde hace alrededor de cincuenta
años casi la totalidad de los países católicos
ha renunciado oficialmente a serlo. Todos están
afectados por el mismo mal —el del ateísmo
y el del laicismo— y perturbados por un desorden
social y económico que ningún remedio parece
poder curar. A ello se agrega una terrible decadencia
moral, la cual los adversarios de la Iglesia consiguen
imponer con más o menos éxito según
las resistencias que van encontrando. En ocasiones proyectos
tales como el aborto, la contracepción, la legalización
de la homosexualidad y la educación sexual en las
escuelas no entran inmediatamente en vigor gracias al
coraje de ciertos obispos y políticos; pero, curiosamente,
aquellos nunca se dejan de lado. Los enemigos de la Iglesia
y de la Cristiandad juegan con el tiempo. Saben que sus
ideas se impondrán más temprano o más
tarde, retrasándolas eficazmente y difundiéndolas
por los medios de comunicación que controlan de
modo casi exclusivo.
Durante estos últimos cincuenta años en
algunos países se hicieron intentos por salvar
la sociedad católica; con todo, no tuvieron efectos
durables. Existe algo así como una maldición
que parece esterilizar todos los movimientos de restauración
católica, al tiempo que los adversarios navegan
siempre sobre la cresta de la ola. ¿A qué
se debe esto? Numerosos laicos católicos abandonan
el combate, desengañados por los repetidos fracasos.
En fin, algunos creen que ya no hay nada que hacer, sino
esperar que sobrevengan “los acontecimientos”
inminentes anunciados por apariciones más
o menos dudosas. Sin embargo, nada sobreviene… y
en contrapartida, la decadencia religiosa, económica
y social siguen acelerándose. ¿Hasta dónde
llegarán los enemigos de la Iglesia? ¿Cómo
es que consiguen coronar con tanto éxito sus funestos
proyectos?
La propia Iglesia está afectada por este mismo
síntoma de autodestrucción. ¿Por
qué? La crisis que atraviesa tiene un costado misterioso
como la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo
tuvo la suya. Ahora bien, pueden señalarse con
certeza las autoridades culpables de la muerte de Cristo:
los jefes de los sacerdotes judíos. Han estrechado
sus manos con las autoridades políticas para condenar
al Salvador y eliminar la influencia extraordinaria que
Él ejercía sobre las turbas, de la cual
estaban celosos. Son estas autoridades religiosas judías
las que llevaron a Cristo ante los tribunales civiles
y obtuvieron su condena a muerte.
Hoy en día es este mismo contubernio de las autoridades
religiosas con los dirigentes políticos lo que
condena a muerte a la sociedad católica. Los Papas,
y los Obispos nombrados por ellos, impregnados desde Juan
XXIII de modernismo y liberalismo, son los principales
responsables de una desintegración de la sociedad
católica que parece inevitable. Durante el último
concilio creyeron que era posible catolizar los principios
de la Revolución Francesa, tal como más
tarde lo afirmará el propio Cardenal Ratzinger.
Es como querer bautizar al diablo… Esta unión
contranatura de la Iglesia y la Revolución es la
causa de los males que abruman a Iglesia y la sociedad
civil. Estos principios, cocinados en las logias masónicas,
son los que han hecho entrar “el humo de Satanás”
(tal como lo dijo Pablo VI) en la Iglesia y han matado
el alma de las sociedades católicas.
No hace mucho, un Obispo que me recibió en su despacho
me confesó que había tenido problemas para
aplicar algunas reformas y aceptar algunos textos del
último concilio. Sin embargo, me dijo, “siguiendo
al Papa estaba seguro de estar en la verdad. Por lo tanto,
acepté todo”. ¡Con semejantes
principios San Pablo no habría
debido resistir a San Pedro, y en tal
caso, todos los bautizados aún estaríamos
sometidos a la circuncisión y a ciertas prácticas
de la religión judaica! Y San Atanasio
tampoco habría podido combatir la herejía
arriana, ni habría sido canonizado, a pesar de
su oposición al Papa. Al escuchar estas objeciones,
el Obispo respiró hondo y dirigió la conversación
hacia otros temas…
La Iglesia y la sociedad padecen la defección de
los Obispos, que ya no se animan a enseñar la sana
doctrina ni a denunciar el error. Para muchos el restablecimiento
del reinado social de Nuestro Señor Jesucristo
es un ideal caduco o inalcanzable; por eso alaban el pluralismo
religioso en la sociedad y lo reivindican, rechazando
todo estatuto especial para la Iglesia. Quisiera que compararan
los dos textos que siguen porque valen más que
una larga explicación. El primero es de San
Pío X y dice así:
“Apoyarse en el principio fundamental de que
el Estado no debe cuidar para nada de la religión,
infiere una gran injuria a Dios (...) En segundo
lugar, la tesis de que hablamos constituye una verdadera
negación del orden sobrenatural (…)
En tercer lugar, esta tesis niega el orden de la vida
humana sabiamente establecido por Dios, orden que exige
una verdadera concordia entre las dos sociedades, la religiosa
y la civil (...) Finalmente, esta tesis inflige
un daño gravísimo al propio Estado, porque
éste no puede prosperar ni lograr estabilidad prolongada
si desprecia la religión, que es la regla y la
maestra suprema del hombre para conservar sagradamente
los derechos y las obligaciones”.(1)
El segundo es del Cardenal Levada: “Gracias
a la Constitución de los Estados Unidos, hemos
venido a la vida en un país que nos garantiza el
derecho natural a la libertad religiosa. Todos tenemos
el derecho a profesar nuestra fe de acuerdo a nuestra
conciencia. La prohibición de que el gobierno profese
una religión particular le permitió adoptar
una actitud «desinteresada» frente a todas
las religiones (…) La Iglesia, en efecto,
reconoce y comparte con entusiasmo la prohibición
constitucional de reconocer una religión de estado
o de impedir su libre ejercicio”.(2)
¿No creen Uds. que este último texto está
en total ruptura con la enseñanza tradicional de
la Iglesia? Proviene de quien hoy es Cardenal de la Santa
Iglesia, ¡y ha sido encumbrado al cargo de Prefecto
de la Sagrada Congregación para la Doctrina de
la Fe! El Papa Benedicto XVI, al volver
hace algunas semanas de un viaje por los Estados Unidos,
ha retomado casi a la letra estas consideraciones. Estos
son los principios que han condenado a muerte a la Cristiandad
y hecho vana cualquier tentativa de restauración
católica desde hace muchísimos años.
La Iglesia precisa contar con Obispos integralmente católicos,
que se hagan eco de Gregorio XVI, de
Pío IX, de León
XIII, de San Pío X, de
Pío XI o de Pío
XII, quienes la iluminaron con sus enseñanzas.
Estos Papas supieron profesar la verdad y denunciar el
error. A la Iglesia y la sociedad civil les faltan doctores
de la fe, que sean ardorosos, que estén convencidos
de que la Tradición católica no es algo
caduco. Nos duele comprobar que no hay ningún Obispo
en funciones que tenga lucidez sobre los orígenes
de la crisis que nos afecta. Ninguno quiere volver a la
Tradición católica, predicada y aplicada
integralmente. Ninguno quiere tener un juicio crítico
sobre los textos del último concilio —ecumenismo,
libertad religiosa, colegialidad— que están
en ruptura con la Tradición. Ninguno quiere regresar
oficial y habitualmente a la Misa tradicional y a los
sacramentos que han santificado a generaciones y generaciones
de católicos.
Pedimos a los obispos que nos hablen de “Dios
que se ha hecho hombre” y sobre su doctrina
salvadora, y no del “hombre que se ha hecho
dios”, como sucede con tanta frecuencia. Los
urgimos a que esclarezcan nuestras inteligencias y fortalezcan
nuestra voluntad, ayudándonos así a amar
a Dios y a ir en pos de Él. ¡Cesen ya de
exaltar la conciencia humana, libre de toda atadura superior!
Y no es sino porque ningún Obispo se ajusta a este
sublime rol, que hace veinte años Monseñor
Lefebvre consagró cuatro Obispos, deseando
suplir así a estas trágicas deficiencias.
No quería dejarnos huérfanos tras su muerte.
Y aquello fue, como se llamó, la “Operación
Supervivencia”,(3)
la cual rescató el sacerdocio y la Tradición
católica. ¿Dónde estaríamos
hoy en día si este acto providencial no hubiese
tenido lugar? El 30 de junio de 1988 nuestro fundador
realizó un acto heroico de caridad consagrando
a cuatro Obispos y sacrificando así su reputación
por el bien de las almas y de la Iglesia.
Desde hace veinte años se distinguen, por cierto,
algunos avances positivos como el Motu Proprio;
pero en los hechos la situación permanece sin cambios
y el error ha devenido más sutil que nunca…
En julio pasado, con motivo de las ordenaciones sacerdotales
administradas a los seminaristas de la Fraternidad San
Pedro, el Cardenal Castrillón Hoyos
exhortó en su sermón a los sacerdotes a
concelebrar con sus Obispos “al menos la misa
crismal y cuantas veces eso convenga para manifestar la
plena comunión eclesial”. En esa misma
línea, hace algunas semanas la Fraternidad San
Pedro recibió una parroquia personal en Roma, pero
en contrapartida debió aceptar que un sacerdote
diocesano diga una nuevamisa todos los domingos. Veinte
años atrás el Cardenal Ratzinger ponía
como condición a Monseñor Lefebvre que todos
los domingos se dijese la misa de Pablo VI en Saint-Nicolas-du-Chardonnet
en París. No, la situación no ha cambiado
esencialmente tras dos décadas… El Vaticano
II sigue siendo intocable.
¿Cómo puede pretenderse que tengamos confianza
ante hechos de este tipo, que hablan por sí mismos?
La Fraternidad San Pío X, junto a otras congregaciones
tradicionales, es la única que grita las verdades
a voz en cuello y denuncia los errores. Todos cuantos
firmaron acuerdos con Roma han debido enmudecer y son
inoperantes en términos de la restauración
de la Tradición. ¡Esa y no otra es la triste
realidad!
Queridos fieles, el estado de necesidad sigue existiendo
hoy más que nunca; y más que nunca tenemos
necesidad de contar con los cuatro Obispos auxiliares
de la Fraternidad San Pío X para fortalecernos
en la fe y santificarnos. Que Dios los fortalezca. Démosles
nuestras rendidas gracias por su constante entrega por
nuestras almas. Retribuyámoslos con nuestras oraciones.
Recemos y hagamos penitencia por la Iglesia y por el Papa.
Supliquemos a Dios que convierta a los Obispos del mundo
entero a fin de que recuperen y hagan valer sus voces.
De eso depende la salvación de millones de almas y el
éxito de toda restauración católica.
¡Que Dios los bendiga!
Padre Christian
Bouchacourt
Superior de
Distrito América del Sur
Notas:
1. “Vehementer
nos”, 11 de febrero de 1906.
2. Card. William Levada: Reflexión sobre el papel de
los católicos en la vida política y recepción de la Sagrada
Comunión, 13 de junio de 2004.
3.
Monseñor Lefebvre: Sermón de las consagraciones
episcopales, 30 de junio de 1988.