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LECCIÓN DE UN FRACASO
El 8 de septiembre de 2006, y al son de gran publicidad,
se fundaba el Instituto del Buen Pastor (IBP). Creado
como congregación de derecho pontificio —y
dependiendo, por tanto, directamente de la Santa Sede
y no de los Obispos locales— el IBP recibía
el derecho de abrir seminarios, asumir el apostolado de
parroquias personales —esto es, lugares de culto
que agrupan a fieles deseosos de contar con la liturgia
tradicional y beneficiarse con la vida parroquial que
de allí se sigue—, incardinar sacerdotes
y diáconos, y llamar a la recepción de las
órdenes menores y mayores a candidatos juzgados
aptos para el sacerdocio. Sus estatutos disponen incluso
que la liturgia tradicional es “el rito propio
del Instituto en todos sus actos litúrgicos”(1)
y que los miembros admitidos podían “emitir
críticas serias y constructivas al Vaticano II
en aras de permitir dar una interpretación auténtica”.
Por cierto que el IBP no ha obtenido ningún
Obispo que haya salido de sus filas, pero… ¿para
qué, si en la práctica, según el
derecho canónico, los Obispos del mundo entero
pueden conferir las Sagradas Órdenes a los miembros
del Instituto y administrar la confirmación todas
las veces que el IBP lo solicite?
En presencia de los privilegios concedidos, algunos profetizaron
la inevitable declinación de la Fraternidad Sacerdotal
San Pío X, ya que todas sus reivindicaciones habían
sido satisfechas con la aparición del nuevo Instituto,
exceptuando la concesión de un obispo. Estos profetas
de calamidades anunciaron que los seminarios de la Fraternidad
San Pío X recibirían menos candidatos, que
el apostolado de sus sacerdotes se esterilizaría
en razón de la porfía de sus superiores,
y que sería prácticamente inevitable una
derivación sectaria y cismática.
El 1º de febrero de 2007 señala otro éxito.
El IBP obtiene su primera parroquia personal en Burdeos,
se abre un seminario en Francia y se fundan dos distritos:
uno en Francia y el otro… ¡en América
del Sur! En ambos casos, dirigidos por ex miembros de
la Fraternidad. Las vocaciones empiezan a llegar, se crea
un pre-seminario en San Pablo, Brasil, al tiempo que en
la Basílica de San Juan de Letrán tiene
lugar una ceremonia de ordenaciones para candidatos del
IBP. En América del Sur se abren casas en Santiago
de Chile, en San Pablo —Brasil— y en Bogotá,
Colombia. Ante semejantes conquistas, la desconfianza
de la Fraternidad frente a las intenciones de Roma parecía
carecer de consistencia. Algunos sacerdotes y seminaristas
de la Fraternidad se dejan seducir por la obra recién
constituida y se unen a ella. Todo parece ir de bien en
mejor… hasta…
Hasta el año siguiente, el 2007, en que el entusiasmo
empieza a decaer. En Bogotá, el Cardenal Arzobispo
hace saber que el Instituto del Buen Pastor era persona
non grata y que no podía ejercer un apostolado
oficial.(2)
En marzo de 2008, el Cardenal Arzobispo de Santiago de
Chile informa al Padre Navas, Superior
de Distrito del IBP en América Latina, que su congregación
tiene seis meses para hacer sus valijas y cerrar todo
apostolado en la capital chilena. Contemporáneamente,
el Arzobispo de San Pablo comunica al sacerdote del IBP
destacado allí que no precisa de los servicios
del Instituto en su diócesis.
Para terminar, el 5 de agosto pasado, el IBP abandona
Brasil y concluye su apostolado en el país. Al
día de hoy, el IBP no tiene ningún apostolado
reconocido por los Obispos, a lo que hay que agregar que,
al mismo tiempo, un sacerdote argentino del Instituto
pidió ser admitido en la Fraternidad San Pío
X…
Estos acontecimientos, lejos de alegrarnos, no pueden
sino afligirnos, porque los sacerdotes y los fieles han
terminado heridos por este fiasco. Con todo, no podemos
privarnos de pensar que todo ello se pobría haber
evitado. ¡Los temores de la Fraternidad eran fundados!
¿Por qué Roma ha favorecido la creación
del Instituto del Buen Pastor? ¿Está convencida
de que sólo un regreso a la Tradición puede
curar el mal que corroe a la Iglesia desde su propio interior?
¿Está persuadida de la superioridad de la
Misa tradicional por sobre la misa de Pablo VI? ¿Quiere
volver poco a poco al uso del antiguo Ritual de los sacramentos
para el bien de las almas? La respuesta es negativa.
Desde hace años Roma intenta establecer un equilibrio
político entre su ala tradicional y su ala progresista
y querría, con el tiempo, alcanzar la síntesis.
¡Un golpe a la izquierda, otro a la derecha! He
ahí por qué ayer Roma ha dado su visto bueno
a la fundación del IBP y hoy aprueba los estatutos
del Camino Neocatecumenal, instituto religioso que se
aleja de manera impresionante, tanto en sus enseñanzas
como en sus prácticas, de la Tradición católica.
Es preciso reconocer que Roma sigue estando fuertemente
impregnada de un espíritu liberal. De hecho, la
marcha forzada del ecumenismo sigue su curso.
El IBP, como todas las familias religiosas que han firmado
acuerdos prácticos con Roma, calla. Nadie osa ventilar
crítica alguna sobre la última visita del
Papa a la sinagoga, o confrontar con la doctrina tradicional
la apología del liberalismo norteamericano que
hizo el Papa Benedicto XVI tras su visita
a los Estados Unidos.
Sólo la Fraternidad Sacerdotal San Pío X,
a tiempo y a destiempo, recuerda a viva voz que tales
acontecimientos están en ruptura con la Tradición
y con la enseñanza de los Papas. Desgraciadamente
tenemos que comprobar que la difusión de la Verdad,
la extensión del reino de Cristo Rey y la salvación
de las almas ya no son los únicos criterios que
inspiran las decisiones romanas.
La fundación del IBP fue una decisión política
que apuntó a favorecer una “legítima
sensibilidad tradicional” en la Iglesia, la
cual no pone en tela de juicio el espíritu del
Vaticano II. Los Obispos de América del Sur interpretaron
su aparición como un peligro de cara a las conquistas
del Concilio, se negaron a recibir al Instituto en sus
jurisdicciones, ¡y Roma ha cedido! A pesar de algunos
signos positivos, las autoridades romanas todavía
no piensan en una vuelta a la Tradición. El IBP,
por tanto, no está sino en una especie de “libertad
vigilada”…
Este fracaso muestra también que hoy en día
Roma no goza de autoridad suficiente para hacer respetar
sus decisiones. Lo comprobamos cada día en la aplicación
del Motu Proprio en relación a la Misa
tridentina. El abandono del IBP no es más que la
confirmación de esta impotencia. Animada por falsos
principios, Roma y los Obispos ya no quieren ejercer su
autoridad, salvo para condenar a nuestra Fraternidad.
Lo hemos experimentado recientemente en Corrientes (Argentina)
con motivo de la inauguración de nuestra nueva
capilla.
¿Es posible hacer una relectura de los textos del
Concilio Vaticano II a la luz de la Tradición?
El IBP, que conforme a sus estatutos podía hacer
“críticas serias y constructivas”
sobre estos textos controvertidos, ha permanecido en un
absoluto silencio al respecto hasta nuestros días.
El Padre Calmel O.P. respondió
a esta cuestión con meridiana claridad: “Se
sabe desde hace mucho tiempo que son textos [los
textos conciliares, N. de la R.] de compromiso. Se
sabe además que una fracción modernizante
quería imponer una doctrina herética. Impedida
de lograrlo, consiguió hacer que se adoptasen textos
no formales; para el modernista, estos textos presentan
la doble ventaja de no poder ser calificados como proposiciones
derechamente heréticas, lo cual no obsta que puedan
ser tomadas en sentido opuesto a la fe. ¿Nos detendremos
a combatirlos directamente? En algún momento lo
pensamos. La dificultad finca en que no dejan margen para
la argumentación, son muy maleables. Cuando uno
intenta exprimir una fórmula que parece inquietante,
he aquí que, en la misma página, uno se
encuentra con otra totalmente irreprochable. Cuando uno
intenta refrendar su predicación o enseñanza
apelando a un texto sólido, imposible de desvirtuar,
conducente en términos de transmitir al auditorio
el contenido tradicional de la fe y de la moral, uno pronto
se da cuenta de que el texto escogido, por ejemplo, en
materia de liturgia, o del deber de la sociedad respecto
a la verdadera religión, está insidiosamente
devaluado por otro que, en realidad, diluye el primero
bajo capa de completarlo. Tras las constituciones aparecen
decretos, y mensajes tras las declaraciones, sin proporcionar
al espíritu, salvo rarísima excepción,
un esclarecimiento suficiente”.(3)
Jean Madiran confirma esta conclusión:
“Los textos conciliares han sido completados
(como en el caso de la Nota Prævia) y aún
redactados de manera suficientemente tradicional para
que pudiesen ser votados casi por unanimidad; no obstante,
se hizo de modo suficientemente astuta para permitir —como
el tiempo evidenció— desarrollos ulteriores,
que en época de los padres conciliares habrían
sido rechazados”.(4)
En medio de esta tempestad que no parece sino extenderse,
se yergue ante nosotros la noble figura del Papa
Pío XII, muerto hace justamente cincuenta
años, el 9 de octubre de 1958. Él fue el
último Papa que propuso con fuerza una solución
totalmente católica a la crisis que ya entonces
sacudía al mundo y comenzaba a minar la Iglesia.
Hay que releer su primera encíclica. Constituye
todo un programa que se hace eco de San Pío
X, al cual canonizará:
“No hay necesidad más urgente, venerables
hermanos, que la de «dar a conocer las inconmensurables
riquezas de Cristo»(5)
a los hombres de nuestra época. No hay empresa
más noble que la de levantar y desplegar al viento
las banderas de nuestro Rey ante aquellos que han seguido
banderas falaces y la de reconquistar para la cruz victoriosa
a los que de ella, por desgracia, se han separado
(…) La reverencia a la realeza de Cristo, el
reconocimiento de los derechos de su regia potestad y
el procurar la vuelta de los particulares y de toda la
sociedad humana a la ley de su verdad y de su amor, son
los únicos medios que pueden hacer volver a los
hombres al camino de la salvación (…)
La reeducación de la humanidad, si quiere ser
efectiva, ha de quedar saturada de un espíritu
principalmente religioso; ha de partir de Cristo como
fundamento indispensable, ha de tener como ejecutor eficaz
una íntegra justicia y como corona la caridad (…)
Así debilitada y perdida la fe en Dios y en
el divino Redentor y apagada en las almas la luz que brota
de los principios universales de moralidad, queda inmediatamente
destruido el único e insustituible fundamento de
estable tranquilidad en que se apoya el orden interno
y externo de la vida privada y pública, que es
el único que puede engendrar y salvaguardar la
prosperidad de los Estados”.(6)
¡Esperamos que algún día estas palabras
vuelvan a sonar desde la Cátedra de Pedro! Quizás
esto demande cierto tiempo, pero ese día llegará
porque creemos en la promesa de Cristo de no abandonar
a su Iglesia y a su Vicario. En medio de esta espera,
pidamos la gracia de la fidelidad, de mantenernos firmes,
rezar, actuar, hacer penitencia y suplicar a Nuestra Señora
que nos conceda esta restauración de la Tradición,
que no puede venir sino de Roma. Tal como nos lo recomendó
Monseñor Fellay, que suban al
cielo nuestras plegarias cuando recemos cada día
por esta intención. ¡De ello depende el futuro
de la Iglesia y del mundo!
¡Que Dios los bendiga!
Padre Christian Bouchacourt
Superior de
Distrito América del Sur
Notas:
1. Estatutos del Instituto del Buen Pastor, I § 2.
2. Cfr. Decreto nº 1289 del 8 de agosto de 2007, por medio del
cual el Arzobispo bogotano resuelve negar “la autorización para
la apertura en la Arquidiócesis de Bogotá de una Casa con Oratorio
público”.
3.
R. P. Calmel O.P.: “Brève apologie pour
l’Eglise de toujours”, pág. 35-36, edit. Difralivre.
4.
Jean Madiran: “Le concile en question”, pág.
3, edit. D.M.M.
5.
Efesios, 3, 8.
6.
Pío XII: Encíclica “Summi Pontificatus”,
del 23 de octubre de 1939.