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¡PIEDAD
PARA ELLAS!
Estoy seguro que alguna vez les
sucedió tener que asistir a las exequias de un
amigo o de un miembro de la familia celebradas según
el nuevo rito. Los cambios operados en las ceremonias
de funerales manifiestan de modo contundente la devastación
producida en la Iglesia por la doctrina conciliar.
Sorprende comprobar que hoy todo el mundo tiene derecho
a un entierro católico. Un homosexual, un comunista,
un divorciado vuelto a casar, un concubino o un masón
notorio, que ayer era señalado como pecador público,
observa cómo se le abren las puertas de la Iglesia
sin que voz episcopal o sacerdotal alguna levante la más
mínima objeción.
Así, quien despreció los mandamientos de
Dios, la ley natural y los preceptos de la Iglesia recibe
los mismos honores eclesiásticos que quien luchó
toda su vida e hizo penitencia para practicar la virtud
y esforzarse en vivir como hijo de Dios y de la Iglesia.
En esto hay más que una injusticia: es un verdadero
escándalo en sentido literal del término,
porque el vicio se pone en pie de igualdad con la virtud.
De vez en cuando acontece, sin embargo, que un sacerdote
o un obispo tienen el valor de recordar la doctrina tradicional
de la Iglesia respecto a los entierros católicos.
La reacción de los medios de comunicación
es entonces inmediata: ¡ponen el grito en el cielo
y denuncian una vuelta al oscurantismo medieval y un grave
daño a la caridad que la Iglesia enseña
y que, con todo, pretende practicar!
La nueva teología del misterio pascual, enseñada
desde más de cuarenta años, es la causa
de esta actitud inadmisible de los sacerdotes de hoy.
Se ridiculizó completamente el sentido de las exequias
católicas. Hasta el último concilio la Iglesia
se negó a conceder los honores de un entierro católico
a todos los pecadores públicos anteriormente mencionados.
En un entierro católico la Iglesia eleva sus oraciones
a favor del alma de uno de sus hijos para que Dios le
haga misericordia, le perdone sus pecados y lo libre del
purgatorio, lugar al que van en gran número para
acabar de purificarse antes de entrar en la eternidad
bienaventurada. Les ofrece, pues, las mejores y más
eficaces plegarias que tiene, esto es, la Santa Misa que
perpetúa el sacrificio de Nuestro Señor,
cuyos méritos se aplican al difunto que es llevado
a ella.
¡Pero por ahí también pasó
el Concilio Vaticano II! La predicación de los
clérigos cambió. Ya no predican sobre las
postrimerías. La existencia del infierno y el peligro
que éste representa para el pecador empedernido
son relegados al olvido, o clasificados entre las fábulas
medievales completamente inadecuadas para una época
como la nuestra.
La doctrina sobre el purgatorio sufrió el mismo
tratamiento. La liturgia, que es expresión de la
fe, se adaptó a estos cambios. El color negro de
los ornamentos, que llamaba a la conversión y al
luto, fue suprimido por el púrpura que, pasando
los años, se vuelve casi rosado, cuando no es sustituido
por el blanco. Ya no se dice el Dies iræ, sublime
petición del alma dirigida a su Creador y Juez
implorando misericordia para sus faltas.
¡De todo ello había que hacer tabla rasa!
En virtud de la nueva teoría del misterio pascual,
que afirma que Cristo muerto y resucitado salvó
todas las almas de una vez y para siempre, ¡debemos
reconocer que estamos salvados! El alma, llegado el término
de su curso terrestre, tiene garantizada su reunión
con Dios.
En consecuencia, la finalidad de la liturgia de difuntos
cambió completamente. En los entierros, ya no se
trata de rezar por el eterno descanso del difunto —que
probablemente está sufriendo en el purgatorio—,
sino de agradecer a Dios por haberlo recibido junto a
Él en los cielos; allí se encuentra seguramente
y un día allí nos volveremos a reencontrar
con él. ¡Comprenderán entonces por
qué ya no es necesario ofrecer el Santo Sacrificio
de la Misa para reparar los pecados del difunto, ni llamar
a la conversión “antes de que sea demasiado
tarde”!
Antiguamente todos los sacerdotes aprovechaban los entierros
para recordar en sus sermones las verdades relativas a
las postrimerías, alentaban a los fieles a rezar
por los difuntos y exhortaban a los presentes a la conversión.
Así, pues, todos salían de la ceremonia
deseosos de cambiar de vida y de ayudar las almas de los
difuntos que sufrían en el purgatorio. ¡Muchos
son los que se convirtieron después de haber asistido
a una Misa de entierro celebrada según el rito
tradicional! La nueva liturgia, emanación de la
nueva teología, pervirtió completamente
el sentido de las exequias. ¡Su única finalidad
es reavivar en nosotros la esperanza! ¡El difunto
está salvado! ¡Nosotros también! ¡Aleluya!
Semejante teología tiene consecuencias gravísimas.
¡Cuántas almas se pierden debido a este optimismo
feliz y culpable, completamente extraño a la doctrina
católica tradicional! ¡Cuántas almas,
en consecuencia, sufren en el purgatorio y están
abandonadas porque nadie se da cuenta de la necesidad
de rezar por ellas, por su alivio y su liberación!
¡Los efectos de este cambio no se han hecho esperar!
En muchos casos el día del entierro ya no se celebra
la Misa. Sólo se prevé una simple bendición,
luego un tiempo de recogimiento —a menudo entrelazado
con lecturas profanas—, y seguidamente la presentación
de testimonios emotivos presentados por los familiares
y amigos del difunto, por supuesto, encomiásticos
y laudatorios… ¡El que acaba de partir es
un santo! A eso puede añadirse la audición
de música o de discos que apreciaba el finado…
Otra consecuencia lógica de esta nueva teología
es que la Misa diaria de difuntos o la de aniversario
prácticamente hoy ya no se celebran en las parroquias.
En presencia de tales errores es imposible permanecer
en silencio. ¡Debemos recordar las verdades eternas!
¡Piedad para las almas del purgatorio! Recemos por
ellas, hagamos celebrar Misas por ellas. Es un deber de
justicia y caridad. Estas almas, una vez que sean liberadas,
sabrán manifestarnos su reconocimiento y se convertirán
en nuestras abogadas cuando nosotros debamos dar cuenta
sobre nuestra vida. ¡En ese momento tan delicado
sí que necesitaremos de ellas!
Hacer decir Misas por nuestros difuntos exige de nuestra
parte, por cierto, un pequeño sacrificio financiero;
sin embargo, somos perfectamente conscientes del gran
beneficio que reportará a las almas para las que
se celebran. Se cuenta que un padre difunto se apareció
a su hija religiosa para decirle que estaba sufriendo
en el purgatorio porque había descuidado ofrecer
Misas por sus propios difuntos… Inmediatamente la
religiosa hizo celebrar una para su padre, que después
volvió a aparecérsele radiante y aliviado.
¡Había entrado en Paraíso! ¡Esto
es para meditar!
Además, es necesario recordar que Dios no nos salvará
sin nosotros. Quiere nuestra colaboración. ¡Dios
no se impone! Debemos llevar nuestra cruz diaria, hacer
penitencia y hacer nuestro purgatorio en esta tierra para
poder contemplar a Dios un día en el paraíso.
Por esta razón permite que pasemos por pruebas.
La enfermedad, el luto, los fracasos, las preocupaciones
materiales o espirituales aceptadas y llevadas con fe
y con la gracia de Dios son verdaderos ascensores para
el paraíso. En cambio, un alma que a sabiendas
vivió distante de Dios, de la Iglesia y de los
sacramentos, al momento de separarse de su cuerpo con
la muerte, no soportará la luz divina que rechazó
sobre tierra, e irá por sí misma a precipitarse
“allí donde hay llanto y crujir de dientes”,
es decir, al infierno, tal como dijo Nuestra Señora
a los pastorcitos de Fátima.
En cuanto a los que vivieron en la tibieza a lo largo
de su vida, pero que dejaron este mundo en estado de gracia,
sin haber expiado completamente sus faltas y reparado
su dejadez, éstos irán al purgatorio, donde
sabemos que el más pequeño dolor es inmensamente
más grande que el mayor sufrimiento que podríamos
soportar sobre esta tierra. ¡Esto también
debe hacernos reflexionar!
Así, pues, queridos amigos, ¡piedad por las
almas del purgatorio!, ¡piedad por nuestras almas!
Les deseo a todos un santo tiempo de Adviento, y desde
ya también, una santa fiesta de Navidad.
¡Que Dios los bendiga!
Padre Christian Bouchacourt
Superior de
Distrito América del Sur