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¿Y AHORA?
¡Qué no se ha leído
o no se ha escrito a propósito del decreto que
Roma ha publicado el 21 de enero pasado sobre la “excomunión”
que afectaba a los cuatro obispos de la Fraternidad desde
1988! La publicación de este documento, que si
bien es imperfecto, constituye un acto valiente del Papa
Benedicto XVI, cuyas consecuencias conviene analizar
ahora, después que la tormenta mediática
se ha aplacado un poco.
Antes que nada hay un hecho histórico: el 1º de
julio de 1988, el entonces Prefecto de la Congregación
para los Obispos publicó un decreto de excomunión
contra Monseñor Marcel Lefebvre,
Monseñor Antonio de Castro Mayer
y los cuatro Obispos de la Fraternidad Sacerdotal San
Pío X que habían sido consagrados por ellos,
infamando sus personas, la propia Fraternidad y sus obras.
Por cierto, como dirá con frecuencia Monseñor
Bernard Fellay, Superior General, esta censura
era nula, tanto ante Dios como para el derecho canónico,
de modo que no tenemos necesidad de ser absueltos de ella,
ya que no existe. Sin embargo, el decreto del 21 de enero
de 2009 es bienvenido porque en los hechos la Tradición
estaba netamente excomulgada por el antiguo decreto.
En efecto, ¡cuánta gente, carente de las
luces necesarias, se atemorizó por esta sentencia
y no se animaba a franquear las puertas de nuestras capillas
e iglesias durante más de veinte años! Este
decreto es muy deplorable en cuanto que no ha declarado
nulo el de 1988; pero, por otra parte, es comprensible
que Roma desee guardar la compostura y no desdecirse,
dando pie para menguar un poco más una autoridad
que ya está puesta en tela de juicio.
Nuestra alegría, con todo, no es completa, porque
nuestro Fundador, Monseñor Lefebvre, no ha sido
explícitamente rehabilitado; así lo señalaba
Monseñor Fellay en su carta a los fieles del 24
de enero pasado, en la que auguraba “su pronta
rehabilitación”.
El deseo que expresa este decreto en punto a abordar la
cuestión doctrinal, esto es, el tema de fondo que
nos opone a Roma desde hace casi cuarenta años,
es una respuesta a una condición planteada por
Monseñor Lefebvre al día siguiente de las
consagraciones y que él expresaba en estos términos:
“Si quieren que volvamos a hablar, en ese momento
seré yo quien pondré las condiciones
(…) Yo situaré la cuestión a nivel
doctrinal: ¿Están de acuerdo con las grandes
encíclicas de todos los papas que los han precedido?
¿Están de acuerdo con Quanta Cura
de Pío IX, Immortale Dei y Libertas
de León XIII, Pascendi de Pío
X, Quas Primas de Pío XI y Humani
Generis de Pío XII? ¿Están
en plena comunión con estos papas y sus afirmaciones?
¿Aceptan el juramento antimodernista? ¿Están
a favor del reinado social de Nuestro Señor Jesucristo?
Si no aceptan la doctrina de vuestros predecesores, es
inútil hablar”.(1)
Después de haber esperado
más de veinte años, es el propio Papa quien
convoca a estas discusiones doctrinales: “Hasta
que las cuestiones relativas a la doctrina no se aclaren,
la Fraternidad no tiene ningún estado canónico
en la Iglesia, y sus ministros, no obstante hayan sido
liberados de la sanción eclesiástica, no
ejercen legítimamente ministerio alguno en la Iglesia”.(2)
Benedicto XVI recuerda que “Quien
quiere ser obediente al Concilio, debe aceptar la fe profesada
en el curso de los siglos y no puede cortar las raíces
de las que el árbol vive”.(3)
De esta suerte, el problema ha sido
planteado en toda su exactitud. El Papa enseña
que existe continuidad entre los concilios de ayer y el
Vaticano II, mientras que la Fraternidad Sacerdotal San
Pío X afirma que el último concilio está
en flagrante ruptura con la Tradición.
Monseñor Fellay, como digno sucesor de Monseñor
Lefebvre, desea que los textos conciliares sean pasados
por la criba de la Tradición: “Lejos
de querer detener la Tradición en 1962, deseamos
considerar el Concilio Vaticano II y la enseñanza
posconciliar a la luz de esta Tradición que San
Vicente de Lérins ha definido como «lo que
ha sido creído siempre, por todos y en todas partes»
(El Conmonitorio), sin ruptura y según un desarrollo
perfectamente homogéneo. Sólo así
podremos contribuir eficazmente a la evangelización
que pidiera el Salvador”.(4)
De este modo saldrán a la
luz todas las ambigüedades y los errores que pululan
en muchos textos conciliares.
Tenemos que estar convencidos de que el fin primero de
las discusiones de la Fraternidad San Pío X con
Roma no radica en la obtención de un estatuto canónico
para ella misma sino realizar un servicio a favor de la
Iglesia, ayudando a las autoridades eclesiásticas
a que vuelvan a la Tradición. La cuestión
canónica, que tiene su importancia, no será
abordada sino cuando se hayan sentado las bases de esta
restauración. ¡La Fraternidad Sacerdotal
San Pío X no trabaja para ella misma sino para
la Iglesia!
Alguien podría objetar lo siguiente: ¿Acaso
no es utópico e ingenuo querer esperar tal rehabilitación
de la Tradición en la Iglesia, considerando cuánto
el modernismo se halla enquistado en Roma?
Razonar de esa manera implicaría olvidar que la
Iglesia es divina tanto en su origen como en su constitución.
Podemos esperar, en efecto, que Dios recompensará
el innegable valor que Benedicto XVI ha manifestado concediendo
los dos presupuestos que le solicitaba la Fraternidad,
y que lo dotará de las fuerzas y luces necesarias
para concretar una restauración que parece imposible
desde el punto de vista humano. ¿Cuánto
tiempo llevará eso? ¡Sólo Dios lo
sabe! Recordemos sin embargo que cuando San Pedro había
sido puesto en prisión “la Iglesia oraba
incesantemente por él”(5)
y que su inesperada liberación sumió a sus
discípulos “en el estupor”,(6)
precisamente porque era imprevisible.
Es importante considerar también las reacciones
furiosas de los que se enfrentan a la Tradición
a resultas de la publicación del Motu Proprio
que rehabilita la Misa de San Pío V y del decreto
sobre las pretendidas excomuniones. Generó una
indecible oposición no sólo contra la Fraternidad
Sacerdotal San Pío X sino también contra
el papado y fue llevada adelante por episcopados enteros,
como es el caso del de Alemania.
Es claro que cuanto más el Papa quisiera alejarse
del espíritu del mundo y de sus principios para
acercarse a la Tradición católica, otro
tanto tendrá que sufrir la persecución de
Nuestro Señor Jesucristo predijo a sus Apóstoles
el Jueves Santo: “Si el mundo os odia, sabed
que antes me ha odiado a mí (…) Si
me han perseguido, también os perseguirán”.(7)
Los acontecimientos recientes arrojan
un haz de luz sobre la profecía de la Virgen en
Fátima: “El Papa tendrá mucho
que sufrir”. La Fraternidad conoce estas persecuciones
desde hace treinta años y quizás ayuden
al Papa a pensar, ahora que él mismo se encuentra
en el ojo de la tormenta.
¿Qué sucederá ahora? Ya veremos que
forma concreta tomarán estas discusiones doctrinales.
Es evidente que la Fraternidad San Pío X conservará
su libertad de palabra, la cual no ha dejado de ejercer
desde su fundación. Continuaremos defendiendo la
Tradición, seguiremos denunciando los errores del
modernismo que corroe a la Iglesia en su propio interior,
y proseguiremos trabajando por el restablecimiento del
reino de Cristo Rey.
En este contexto cada uno debe conservar su puesto, convencido
de que los superiores son los únicos que tienen
las gracias de estado para guiarnos en las numerosas emboscadas
que nos rodean. Sepamos que tienen conciencia ante Dios
de los deberes que les incumben, en aras de ayudar a Roma
a volver a la Tradición gracias a estas discusiones
doctrinales que se anuncian. Recemos por ellos, cooperemos
con ellos con nuestros sacrificios y renovémosles
nuestra confianza. Dejemos de lado los rumores y no reparemos
más que en los textos oficiales publicados por
la Fraternidad, en lugar de los comentarios más
o menos dudosos que se publican en Internet o en otras
partes.
Acabamos de terminar la Semana Santa, en cuyo transcurso
seguimos de cerca de Cristo sufriente, muerto y sepultado
hasta su gloriosa resurrección. La Iglesia, que
es “Cristo continuado”, también
sufre, tiene su Calvario, y es crucificada por enemigos
que querrían llevarla al sepulcro. Convenzámonos
que esta pasión también llegará a
su fin. Ello dependerá de Dios; Él sabrá
acoger nuestras plegarias y sacrificios. Recemos por el
Santo Padre y por los superiores de la Fraternidad Sacerdotal
San Pío X. ¡No es de católicos desesperar!
Demos de mano con la sospecha, con los rumores mortificantes,
recordando que Cristo está junto a la Iglesia y
especialmente junto a su Vicario hasta el fin de los tiempos,
ya que ha orado por él “para que su fe
no desfallezca”.(8)
Esto es de fe.
¡Que Dios los bendiga!
Padre Christian Bouchacourt
Superior de
Distrito América del Sur
Notas:
1. Monseñor
Marcel Lefebvre, “Fideliter”, nº
66.
2. Carta de Benedicto XVI a los obispos de la Iglesia Católica, 10 de
marzo de 2009.
3.
Ibidem.
4.
Comunicado de Monseñor Bernard Fellay, 12 de marzo de 2009.
5.
Hechos de los Apóstoles, 12, 5.
6.
Ibidem, 12, 16.
7.
San Mateo, 15, 18-20.
8.
San Lucas, 22, 32.