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LA GRAN ILUSIÓN
El último viaje del Papa a Tierra Santa ofreció ocasión
para que el Sumo Pontífice deplore las tensiones y las repetidas guerras
que afectan a esa región desde hace décadas. Para remediarlas,
Benedicto XVI lanzó el siguiente llamado durante el
encuentro que sostuvo con los jefes religiosos de Galilea el 14 de marzo pasado
en Nazaret: “Los cristianos, que se unan de grado a los judíos,
musulmanes, drusos y a los miembros de otras religiones en el deseo de proteger
a los niños contra el fanatismo y la violencia, preparándolos
para edificar un mundo mejor”. Algunos días antes no había
dudado en cuestionar la doctrina tradicional de la tolerancia respecto a las
falsas religiones para convocar al diálogo religioso y a que los católicos,
judíos y musulmanes emprendan acciones comunes: “Algunos quisieran
hacernos creer que nuestras diferencias son necesariamente causa de división
y que, por tanto, a lo más, habría que tolerarlas. Otros, sostienen
incluso que nuestras voces simplemente deben silenciarse. Pero nosotros sabemos
que nuestras diferencias nunca deben presentarse indebidamente como una fuente
inevitable de roces o de tensión, sea entre nosotros, sea —en un
ámbito más amplio— en la sociedad (…) Por
el contrario, ofrecen a personas de diversas religiones una espléndida
oportunidad para convivir en profundo respeto, estima y aprecio, animándose
unos a otros por los caminos de Dios. Ojalá que, impulsados por el Omnipotente
e iluminados por su verdad, sigáis caminando con valentía, respetando
todo lo que nos diferencia y promoviendo todo lo que nos une como criaturas
bendecidas, con el deseo de llevar esperanza a nuestras comunidades y al mundo.
Que Dios nos guíe por este camino”.
Durante todo su viaje el Papa no ha invitado a los no católicos de la
región siquiera una sola vez a convertirse. Ni una sola vez hizo rezar
por la conversión de los judíos y de los musulmanes. ¿Qué
pensar de esa actitud y de tales afirmaciones? ¿Puede pensarse verdaderamente
que de ese modo Benedicto XVI contribuye a la colocación de los fundamentos
para una paz futura?
La respuesta se encuentra claramente expresada por el Papa Pío
XI en su encíclica Mortalium animos: (1)
“Convencidos de que son rarísimos los hombres privados de todo
sentimiento religioso, parecen haber visto en ello esperanza de que no será
difícil que los pueblos, aunque disientan unos de otros en materia de
religión, convengan fraternalmente en la profesión de algunas
doctrinas que sean como el fundamento común de la vida espiritual. Con
tal fin suelen (…) invitar a discutir allí promiscuamente
a todos, a infieles de todo género, a cristianos y hasta a aquellos que
apostataron miserablemente de Cristo, o con obstinada pertinacia niegan la divinidad
de su Persona o misión. Tales tentativas no pueden, de ninguna manera,
obtener la aprobación de los católicos, puesto que están
fundadas en la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones
son, con poca diferencia, buenas y laudables, pues, aunque de distinto modo,
todas nos demuestran y significan igualmente el ingénito y nativo sentimiento
con que somos llevados hacia Dios y reconocemos obedientemente su imperio. Cuantos
sustentan esta opinión, no sólo yerran y se engañan, sino
que también rechazan la verdadera religión, adulterando su concepto
esencial, y poco a poco van a parar al naturalismo y al ateísmo; de donde
claramente se sigue que, cuantos se adhieren a tales opiniones y tentativas,
se apartan totalmente de la religión revelada por Dios”.
Ni la paz civil ni la paz social podrán existir fuera de Nuestro Señor
Jesucristo. Querer realizar esta paz sin Aquel que es “la piedra angular”
(2) es algo ilusorio; es querer
dirigirse al fracaso certero; es engañar a los que escuchan tales mensajes
y poner en peligro su salvación eterna.
Sólo la Iglesia Católica, fundada por Nuestro Señor Jesucristo,
puede sanar la naturaleza humana herida por el pecado original. Ella es la única
que perpetúa sobre la tierra la acción del Verbo Encarnado a través
de su plegaria, de su predicación y de los sacramentos que dispensa.
Sin estos medios ordinarios que comunican la gracia divina el hombre sigue siendo
esclavo de sus pasiones, de las garras del demonio y de los engañosos
atractivos del mundo.
Esta doctrina ha sido enseñada por todos los Papas hasta el último
Concilio exclusive. Hubo que esperar hasta la sanción de decreto sobre
el ecumenismo, Unitatis redintegratio, para enterarse que “el
Espíritu de Cristo no rehúsa servirse de las otras Iglesias como
medios de salvación”,(3)
y poco después, en la declaración Nostra ætate, que
la Iglesia “no rechaza nada de lo que es verdadero y santo (en
las religiones no cristianas)”.(4)
Semejantes textos se encuentran en completa ruptura con lo que enseña
la Tradición católica. Este gran engaño es una de las causas
que arruina la paz social y civil que puede observarse un poco por todas partes
en el mundo.
El Papa Pío XII, justo cuando acababa de desencadenarse
la Segunda Guerra Mundial, proclamó que “el reconocimiento
de los derechos reales de Cristo y el regreso de los individuos y de las familias
a la ley de verdad y de su amor son la única vía de salvación”.(5)
Ninguna restauración social y política podrá hacerse sin
la Iglesia Católica, la única que puede reorientar a los hombres
y a las sociedades hacia Dios.
El gran Cardenal Louis Pie, que tanto inspiró a San
Pío X, ya había recordado esta verdad esencial y totalmente
olvidada hoy en día: “Habremos de sufrir, mal que nos pese,
las consecuencias de las faltas de nuestros padres, hasta tanto no hayamos vuelto
a edificar en el seno de la sociedad el templo destruido. Nada se hará
mientras Dios no sea vuelto a colocar por encima de todas las cosas humanas;
mientras su derecho no sea solemnemente reconocido y respetado de manera seria
y práctica (…) Sólo un partido podrá salvar
al mundo: el partido de Dios. Sólo aquí hay salvación:
abjurar nuestros sueños de independencia frente al Ser Soberano y someternos
a Él; desplegar ante los hombres la enseña del príncipe
de la milicia celestial, con su divisa «¿Quién como Dios?»,
«¿Quis ut Deus?» ¿Y la conciliación? Sí,
sin duda, pero tenemos algo más y mejor que hacer, que acercar
los hombres unos a otros; el gran acercamiento a realizar es reconciliar la
tierra con el cielo. Que nadie se confunda: lo que se mueve, y lo que se agita
en el mundo, no es de hombre a hombre sino del hombre a Dios”.(6)
¡Cuánto desearíamos que estas palabras salvadoras estuvieran
en boca del Papa y de los obispos! Lo que traerá la paz a nuestras sociedades
agonizantes no es la solidaridad entre los hombres, ni el respeto de las creencias
de cada uno, ni el rechazo de la intolerancia, sino la vuelta de las personas
y de los estados a Cristo.
Ése es el sentido en el que hay que interpretar estas palabras de San
Pedro tras la curación de un enfermo: “Su poder es
el que, por la fe en su nombre (Jesucristo), ha consolidado los pies
a éste que vosotros visteis y conocisteis tullido, de modo que la fe,
que de él proviene, es la que ha causado esta perfecta curación
delante de todos vosotros”.(7)
Este tullido es nuestro mundo enfermo y gemebundo que rechaza a Jesucristo como
Rey y Salvador.
Monseñor Lefebvre se hará eco de esta doctrina
eterna: “No hay más que un nombre sobre la tierra para transformar
las almas, la civilización, y aún los cuerpos, la sociedad y la
economía. Es el nombre de Jesucristo. No hay que buscar en otro lado.
Se quiere transformar la sociedad; se la quiere hacer mejor; se la quiere hacer
santa; se la quiere hacer económicamente sana, políticamente sana:
el medio es Nuestro Señor Jesucristo. Dejé África con la
convicción de que no hay más que un único medio para salvar
las almas y, al mismo tiempo, darles una civilización cristiana en este
mundo y hacerlas participar aquí de la felicidad del cielo, a partir
de la felicidad que confiere la gracia: es el reino de Nuestro Señor
Jesucristo”.(8)
San Pablo, ese heraldo de la fe, que conjuró a San Pedro
a que abandonase las prácticas judaicas que ya no tenían sentido
en la Nueva Alianza, ese Apóstol de los Gentiles que no dejó de
llamar a los judíos y a los paganos a la conversión, y que previno
a Timoteo de un peligro inminente, a saber, “vendrá
un tiempo en que los hombres no soportarán la sana doctrina, sino que,
teniendo comezón extremada de oír doctrinas que lisonjeen sus
pasiones, recurrirán a una caterva de doctores para satisfacer sus deseos,
y cerrarán sus ojos a la verdad y se convertirán a las fábulas”.(9)
Ese tiempo, precisamente, ya ha llegado. Hacer creer a los hombres que podrán
encontrar la paz en la tierra y salvarse fuera de Nuestro Señor Jesucristo,
equivale a incitarlos a vivir en una terrible ilusión, en la que lo que
se pone en juego es gravísimo: la salvación eterna de millones
de almas.
Quedarse en silencio ante este drama, porque lo es, sería gravemente
culpable. Resignarse a admitir tal discurso sería hacerse cómplice
de la condenación de muchísimos. Por ello, la Fraternidad San
Pío X no puede avenirse a ello y hace suya la orden que San Pablo dio
a Timoteo: “Te conjuro, pues, delante de Dios y de Jesucristo, que
ha de juzgar vivos y muertos al tiempo de su venida y de su reino, a que prediques
la palabra de Dios; insiste con ocasión y sin ella, reprende, ruega,
exhorta con toda paciencia y doctrina”.(10)
¡Que Nuestro Señor nos conceda la fuerza de hacerlo hasta nuestro
último suspiro!
¡Que Dios los bendiga!
Padre Christian Bouchacourt
Superior de Distrito América del Sur
Notas:
1. Pío XI, encíclica Mortalium
animos, 6 de enero de 1928.
2. Hechos de los Apóstoles,
4, 11.
3.
Concilio Vaticano II, decreto Unitatis
redintegratio, 21 de noviembre de 1963, nº 3.
4.
Concilio
Vaticano II, declaración Nostra ætate, 28 de octubre de
1965, n° 2.
5.
Pío
XII, encíclica Summi pontificatus, 23 de octubre de 1939.
6.
Cardenal
Louis Pie, Lettre pastorale à l’occasion de la prise de possession
de son diocèse, 25 de noviembre de 1849.
7.
Hechos
de los Apóstoles, 3, 16.
8.
Monseñor Marcel Lefebvre, homilía pronunciada en Zaitzkofen el
15 de febrero de 1987.
9.
II Timoteo, 4, 3-4.
10.
II Timoteo, 4, 1-2
.