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EDITORIAL DEL NÚMERO 122

 
 

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LA GRAN ILUSIÓN

El último viaje del Papa a Tierra Santa ofreció ocasión para que el Sumo Pontífice deplore las tensiones y las repetidas guerras que afectan a esa región desde hace décadas. Para remediarlas, Benedicto XVI lanzó el siguiente llamado durante el encuentro que sostuvo con los jefes religiosos de Galilea el 14 de marzo pasado en Nazaret: “Los cristianos, que se unan de grado a los judíos, musulmanes, drusos y a los miembros de otras religiones en el deseo de proteger a los niños contra el fanatismo y la violencia, preparándolos para edificar un mundo mejor”. Algunos días antes no había dudado en cuestionar la doctrina tradicional de la tolerancia respecto a las falsas religiones para convocar al diálogo religioso y a que los católicos, judíos y musulmanes emprendan acciones comunes: “Algunos quisieran hacernos creer que nuestras diferencias son necesariamente causa de división y que, por tanto, a lo más, habría que tolerarlas. Otros, sostienen incluso que nuestras voces simplemente deben silenciarse. Pero nosotros sabemos que nuestras diferencias nunca deben presentarse indebidamente como una fuente inevitable de roces o de tensión, sea entre nosotros, sea —en un ámbito más amplio— en la sociedad (…) Por el contrario, ofrecen a personas de diversas religiones una espléndida oportunidad para convivir en profundo respeto, estima y aprecio, animándose unos a otros por los caminos de Dios. Ojalá que, impulsados por el Omnipotente e iluminados por su verdad, sigáis caminando con valentía, respetando todo lo que nos diferencia y promoviendo todo lo que nos une como criaturas bendecidas, con el deseo de llevar esperanza a nuestras comunidades y al mundo. Que Dios nos guíe por este camino”.

Durante todo su viaje el Papa no ha invitado a los no católicos de la región siquiera una sola vez a convertirse. Ni una sola vez hizo rezar por la conversión de los judíos y de los musulmanes. ¿Qué pensar de esa actitud y de tales afirmaciones? ¿Puede pensarse verdaderamente que de ese modo Benedicto XVI contribuye a la colocación de los fundamentos para una paz futura?

La respuesta se encuentra claramente expresada por el Papa Pío XI en su encíclica Mortalium animos: (1) “Convencidos de que son rarísimos los hombres privados de todo sentimiento religioso, parecen haber visto en ello esperanza de que no será difícil que los pueblos, aunque disientan unos de otros en materia de religión, convengan fraternalmente en la profesión de algunas doctrinas que sean como el fundamento común de la vida espiritual. Con tal fin suelen (…) invitar a discutir allí promiscuamente a todos, a infieles de todo género, a cristianos y hasta a aquellos que apostataron miserablemente de Cristo, o con obstinada pertinacia niegan la divinidad de su Persona o misión. Tales tentativas no pueden, de ninguna manera, obtener la aprobación de los católicos, puesto que están fundadas en la falsa opinión de los que piensan que todas las religiones son, con poca diferencia, buenas y laudables, pues, aunque de distinto modo, todas nos demuestran y significan igualmente el ingénito y nativo sentimiento con que somos llevados hacia Dios y reconocemos obedientemente su imperio. Cuantos sustentan esta opinión, no sólo yerran y se engañan, sino que también rechazan la verdadera religión, adulterando su concepto esencial, y poco a poco van a parar al naturalismo y al ateísmo; de donde claramente se sigue que, cuantos se adhieren a tales opiniones y tentativas, se apartan totalmente de la religión revelada por Dios”.

Ni la paz civil ni la paz social podrán existir fuera de Nuestro Señor Jesucristo. Querer realizar esta paz sin Aquel que es “la piedra angular” (2) es algo ilusorio; es querer dirigirse al fracaso certero; es engañar a los que escuchan tales mensajes y poner en peligro su salvación eterna.

Sólo la Iglesia Católica, fundada por Nuestro Señor Jesucristo, puede sanar la naturaleza humana herida por el pecado original. Ella es la única que perpetúa sobre la tierra la acción del Verbo Encarnado a través de su plegaria, de su predicación y de los sacramentos que dispensa. Sin estos medios ordinarios que comunican la gracia divina el hombre sigue siendo esclavo de sus pasiones, de las garras del demonio y de los engañosos atractivos del mundo.

Esta doctrina ha sido enseñada por todos los Papas hasta el último Concilio exclusive. Hubo que esperar hasta la sanción de decreto sobre el ecumenismo, Unitatis redintegratio, para enterarse que “el Espíritu de Cristo no rehúsa servirse de las otras Iglesias como medios de salvación”,(3) y poco después, en la declaración Nostra ætate, que la Iglesia “no rechaza nada de lo que es verdadero y santo (en las religiones no cristianas)”.(4) Semejantes textos se encuentran en completa ruptura con lo que enseña la Tradición católica. Este gran engaño es una de las causas que arruina la paz social y civil que puede observarse un poco por todas partes en el mundo.

El Papa Pío XII, justo cuando acababa de desencadenarse la Segunda Guerra Mundial, proclamó que “el reconocimiento de los derechos reales de Cristo y el regreso de los individuos y de las familias a la ley de verdad y de su amor son la única vía de salvación”.(5) Ninguna restauración social y política podrá hacerse sin la Iglesia Católica, la única que puede reorientar a los hombres y a las sociedades hacia Dios.

El gran Cardenal Louis Pie, que tanto inspiró a San Pío X, ya había recordado esta verdad esencial y totalmente olvidada hoy en día: “Habremos de sufrir, mal que nos pese, las consecuencias de las faltas de nuestros padres, hasta tanto no hayamos vuelto a edificar en el seno de la sociedad el templo destruido. Nada se hará mientras Dios no sea vuelto a colocar por encima de todas las cosas humanas; mientras su derecho no sea solemnemente reconocido y respetado de manera seria y práctica (…) Sólo un partido podrá salvar al mundo: el partido de Dios. Sólo aquí hay salvación: abjurar nuestros sueños de independencia frente al Ser Soberano y someternos a Él; desplegar ante los hombres la enseña del príncipe de la milicia celestial, con su divisa «¿Quién como Dios?», «¿Quis ut Deus?» ¿Y la conciliación? Sí, sin duda, pero tenemos algo más y mejor que hacer, que acercar los hombres unos a otros; el gran acercamiento a realizar es reconciliar la tierra con el cielo. Que nadie se confunda: lo que se mueve, y lo que se agita en el mundo, no es de hombre a hombre sino del hombre a Dios”.(6)

¡Cuánto desearíamos que estas palabras salvadoras estuvieran en boca del Papa y de los obispos! Lo que traerá la paz a nuestras sociedades agonizantes no es la solidaridad entre los hombres, ni el respeto de las creencias de cada uno, ni el rechazo de la intolerancia, sino la vuelta de las personas y de los estados a Cristo.

Ése es el sentido en el que hay que interpretar estas palabras de San Pedro tras la curación de un enfermo: “Su poder es el que, por la fe en su nombre (Jesucristo), ha consolidado los pies a éste que vosotros visteis y conocisteis tullido, de modo que la fe, que de él proviene, es la que ha causado esta perfecta curación delante de todos vosotros”.(7) Este tullido es nuestro mundo enfermo y gemebundo que rechaza a Jesucristo como Rey y Salvador.

Monseñor Lefebvre se hará eco de esta doctrina eterna: “No hay más que un nombre sobre la tierra para transformar las almas, la civilización, y aún los cuerpos, la sociedad y la economía. Es el nombre de Jesucristo. No hay que buscar en otro lado. Se quiere transformar la sociedad; se la quiere hacer mejor; se la quiere hacer santa; se la quiere hacer económicamente sana, políticamente sana: el medio es Nuestro Señor Jesucristo. Dejé África con la convicción de que no hay más que un único medio para salvar las almas y, al mismo tiempo, darles una civilización cristiana en este mundo y hacerlas participar aquí de la felicidad del cielo, a partir de la felicidad que confiere la gracia: es el reino de Nuestro Señor Jesucristo”.(8)

San Pablo, ese heraldo de la fe, que conjuró a San Pedro a que abandonase las prácticas judaicas que ya no tenían sentido en la Nueva Alianza, ese Apóstol de los Gentiles que no dejó de llamar a los judíos y a los paganos a la conversión, y que previno a Timoteo de un peligro inminente, a saber, “vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la sana doctrina, sino que, teniendo comezón extremada de oír doctrinas que lisonjeen sus pasiones, recurrirán a una caterva de doctores para satisfacer sus deseos, y cerrarán sus ojos a la verdad y se convertirán a las fábulas”.(9)

Ese tiempo, precisamente, ya ha llegado. Hacer creer a los hombres que podrán encontrar la paz en la tierra y salvarse fuera de Nuestro Señor Jesucristo, equivale a incitarlos a vivir en una terrible ilusión, en la que lo que se pone en juego es gravísimo: la salvación eterna de millones de almas.

Quedarse en silencio ante este drama, porque lo es, sería gravemente culpable. Resignarse a admitir tal discurso sería hacerse cómplice de la condenación de muchísimos. Por ello, la Fraternidad San Pío X no puede avenirse a ello y hace suya la orden que San Pablo dio a Timoteo: “Te conjuro, pues, delante de Dios y de Jesucristo, que ha de juzgar vivos y muertos al tiempo de su venida y de su reino, a que prediques la palabra de Dios; insiste con ocasión y sin ella, reprende, ruega, exhorta con toda paciencia y doctrina”.(10)

¡Que Nuestro Señor nos conceda la fuerza de hacerlo hasta nuestro último suspiro!

¡Que Dios los bendiga!

Padre Christian Bouchacourt
Superior de Distrito América del Sur

Notas:

1. Pío XI, encíclica Mortalium animos, 6 de enero de 1928.
2. Hechos de los Apóstoles, 4, 11.
3. Concilio Vaticano II, decreto Unitatis redintegratio, 21 de noviembre de 1963, nº 3.
4.
Concilio Vaticano II, declaración Nostra ætate, 28 de octubre de 1965, n° 2.
5. Pío XII, encíclica Summi pontificatus, 23 de octubre de 1939.
6. Cardenal Louis Pie, Lettre pastorale à l’occasion de la prise de possession de son diocèse, 25 de noviembre de 1849
.
7. Hechos de los Apóstoles, 3, 16.
8.
Monseñor Marcel Lefebvre, homilía pronunciada en Zaitzkofen el 15 de febrero de 1987.
9.
II Timoteo, 4, 3-4.
10.
II Timoteo, 4, 1-2
.