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TIEMPO DE HABLAR
Desde principios de años un rumor
se difunde por la web, las ondas de radio, en conversaciones
después de Misa: “La Fraternidad será infiel… Se va
a pasar a la Roma modernista… ¡Seguro que sucederá!” Para
abonar esta tesitura, se toman los textos de los Superiores
de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X y se los pasa por
la criba; lo mismo sucede con los sermones de los sacerdotes
y con algunas publicaciones.
Respecto a este mismo tema, se observa también que entre
quienes fueron amigos durante toda una vida, ahora unos
excomulgan a otros; que los fieles de la primera hora
conciben dudas infundadas; y que otros se entregan sin
reparos al celo amargo.
Estas personas, que viven en una especie de temor obsesivo,
han depositado de una vez y para siempre toda su confianza
en un maestro: el Padre Ceriani, que
acaba de abandonar la Fraternidad, al cual siguen en detrimento
de cualquier otro pastor de almas. Cual si fuera un oráculo,
denuncia por las ondas de radio, de la web y desde el
púlpito una supuesta infidelidad del Superior General,
acusándolo de buscar un acuerdo práctico con la Roma conciliar,
con perjuicio de la fidelidad al combate de la Tradición
católica que llevamos desde hace cuarenta años. Él va
incluso más allá, ¡porque no duda siquiera en criticar
al propio Monseñor Lefebvre! Aprovecha
la puerta que le abre Radio Cristiandad,
autoproclamada “voz de la Tradición” y empeñada
desde hace varias semanas y meses en calumniar sin escrúpulos
a la Fraternidad y a sus Superiores.
Todo este pequeño mundo profesa, por supuesto, amar la
Fraternidad San Pío X, pero permaneciendo fiel a la Fraternidad
“de los inicios”, a la que oponen a la “neo”
Fraternidad de hoy. No son muchos, es verdad, quizá unos
cincuenta en todo el Distrito, y trabajan activamente
para inocular en otros su acritud.
Ante el cúmulo de invectivas, errores, amargura y riesgos
de división, me ha parecido que ya era tiempo de hablar
o, más bien, dejar la palabra a nuestro fundador, Monseñor
Lefebvre, que hace precisamente veinte años denunciaba
al Padre Morello y a sus discípulos,
por haber provocado graves problemas en el Seminario de
La Reja.
Seguidamente tienen ustedes un extracto de la carta que
Monseñor Lefebvre envió a Monseñor de Galarreta,
y que fuera publicada en el nº 6 de la revista “Iesus
Christus”, correspondiente a los meses de julio-agosto
de 1989. Sus líneas conservan toda su actualidad. Bastaría
con cambiar el nombre del Padre Morello por el del Padre
Ceriani, quien, con todo, en aquel remezón, no se alineó
junto a los que se fueron.
“El que piensa estar firme, mire, pues, no sea que
caiga”.(1)
Que la Virgen María y nuestro Santo protector, San Pío
X, nos guarden a todos en la paz y la fidelidad a la Tradición.
¡Que Dios los bendiga!
Padre Christian Bouchacourt
Superior de
Distrito América del Sur
Notas:
1. I Corintios, 10, 12.
CARTA
DE MONSEÑOR LEFEBVRE A MONSEÑOR DE GALARRETA Y A LOS
SACERDOTES, SEMINARISTAS Y FIELES DEL DISTRITO DE SUDAMÉRICA
Queridos sacerdotes,
seminaristas y fieles:
Con ocasión de la nueva escisión que afecta a nuestra
querida Fraternidad, provocada en América del Sur por
el Padre Morello, me parece oportuno que analicemos
cómo procede el demonio, buscando debilitar o destruir
nuestra obra.
Los autores de estas separaciones, ¿no proceden acaso
según dos principales tentaciones que luego se diversifican?
La primera tentación consiste en mantener
relación con el Papa o con los obispos actuales. Evidentemente
es más normal y más agradable llevarse bien con las
autoridades que estar en dificultades con ellas, sobre
todo cuando esas dificultades pueden concluir en sanciones.
La Fraternidad es entonces acusada de exagerar los errores
del Vaticano II, de criticar abusivamente los escritos
y los actos del Papa y de los obispos, de aferrarse
de una manera demasiado rígida a los ritos tradicionales,
en definitiva, de tener una tendencia al sectarismo
que llevará algún día al cisma.
Una vez evocado el fantasma del cisma se asustará a
los seminaristas y a sus familias y se los llevará a
la decisión de abandonar la Fraternidad, tanto más fácilmente
cuanto que los sacerdotes, obispos y Roma misma, dicen
ofrecer garantías para una cierta Tradición.
Podríamos establecer una larga lista de aquellos que
nos han abandonado por estos motivos.
Era evidente que las consagraciones episcopales y la
excomunión aparecerían como motivos más que suficientes
para dejar la Fraternidad, sobre todo con las garantías
ofrecidas por la Roma conciliar en favor de la tradición
litúrgica.
A pesar de que las mentiras de la Roma conciliar han
sido varias veces confirmadas por los hechos, siempre
vale la pena reiterar el intento, porque nunca falta
quien muerda el anzuelo.
Pero los errores del Vaticano II y su espíritu se ven
continua y públicamente confirmados en las palabras
y en los hechos. Nada cambia a nivel de los principios
liberales y modernistas. La apostasía se expande, la
fe católica continúa desapareciendo.
La mayoría de nuestros sacerdotes, seminaristas
y fieles no se hacen ilusiones y están convencidos de
que no es posible confiar en las autoridades de la Iglesia
conciliar, mientras éstas profesen dichos errores.
La segunda tentación que el diablo
suscita en el espíritu de algunos de nuestros sacerdotes,
que provoca ahora una nueva escisión a la Fraternidad,
se puede resumir así: “Hemos tenido confianza
en la Fraternidad de los comienzos, en sus principios
y en su acción; sin embargo, verificamos que su espíritu
cambia y de este modo, por fidelidad a la Fraternidad
inicial, dejamos la Fraternidad actual”.
Para justificar esta actitud se les hace necesario
buscar las evidencias de los cambios. A partir de allí,
los hechos más ínfimos serán explotados, agrandados,
llegando a transformarse en verdaderas calumnias.
(…) La acusación me alcanzaba a mí mismo.
A ellos se les hacía necesario, también, engañar
a los fieles, a fin de que los siguiesen. Una empresa
basada, verdaderamente, en la mentira.
En aquel caso, los que buscaban oponer la Fraternidad
de hoy a la de ayer eran “sedevacantistas” y rehusaban
rezar públicamente por el Papa.
En el caso del Padre Morello, el principio es el mismo,
pero los presuntos cambios que él dice advertir se situarían
más bien en el nivel espiritual y moral. Esta
actitud del Padre Morello se origina en una psicología
personal, una necesidad innata de hacerse discípulos
personales, exclusivos, pues él está persuadido
de que lo anima un carisma particular para santificar
las almas.
Esta actitud ya se había manifestado respecto de las
religiosas, queriendo fundar su propia congregación,
según sus ideas personales. Desgraciadamente
los seminaristas han sido víctimas de esta tendencia
posesiva y un grupo de ellos se convirtió en “su grupo”.
La decisión del cambio de destino del Padre Morello
produjo la ruptura de ese grupo con el Seminario. Se
les hizo necesario encontrar motivos para justificar
la salida de la Fraternidad. Fue fácil:
“nosotros somos los puros, los otros son los impuros”.
A partir de ese momento, es verdaderamente un espíritu
diabólico el que se apodera de ellos y los conduce a
buscar manifestaciones de todo tipo de taras y vicios.
No me hago ilusiones. Pronto yo mismo seré calumniado
como ya lo he sido por parte de todos aquellos que han
desgarrado a la Fraternidad.
El proceso es siempre el mismo, se les hace necesario
justificar a todo precio el acto escandaloso que significa
desviar a un grupo de sacerdotes, seminaristas y fieles.
Esforcémonos por esclarecer a quienes nos dejan sobre
el grave daño que causan a la obra de la Tradición,
pero no nos dejemos perturbar, guardemos la paz en medio
de la prueba. La historia de la Fraternidad se asemeja
a la de la Iglesia y la continúa: Oportet hæreses
esse (Es necesario que haya herejes). La Providencia
permite estas purificaciones a fin de evitar que la
obra se contamine.
En este último caso, se trata de un falso concepto
de la formación espiritual, que tiene un dejo de jansenismo.
¡Dios nos preserve de este espíritu! Nos dimos cuenta
tarde y el mal ya se había realizado en algunos jóvenes
sacerdotes y en casi la mitad de los seminaristas.
La prudencia exige que no tengamos absolutamente
ninguna relación con los que nos dejan, ni siquiera
epistolar, excepto si alguno de entre ellos manifiesta
signos serios de arrepentimiento. Recemos por ellos,
esa es la verdadera caridad que podemos ejercitar para
con ellos.
Que estas separaciones sean la ocasión de hacer un examen
de conciencia, a fin de vigilar valerosamente para no
admitir debilitamientos en lo doctrinal, moral, espiritual
y disciplinario. Vigilate et orate (Velad y
orad).
Dios continúa bendiciendo a la Fraternidad en medio
de las pruebas pero no puede hacerlo sino a condición
de que permanezcamos fieles a nuestras Constituciones,
en la vida de oración, de sacrificio, viviendo el Santo
Sacrificio del Altar en nuestra vida interior y exterior,
como la Santísima Virgen María y como todos los santos.
Todo vuestro en Cristo y María,
+ Marcel Lefebvre
Ecône, 16 de julio de 1989,
en la Fiesta de Nuestra Señora del Monte Carmelo.
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