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EDITORIAL DEL NÚMERO 124

 
 

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ES TIEMPO DE HABLAR

Desde principios de años un rumor se difunde por la web, las ondas de radio, en conversaciones después de Misa: “La Fraternidad será infiel… Se va a pasar a la Roma modernista… ¡Seguro que sucederá!” Para abonar esta tesitura, se toman los textos de los Superiores de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X y se los pasa por la criba; lo mismo sucede con los sermones de los sacerdotes y con algunas publicaciones.

Respecto a este mismo tema, se observa también que entre quienes fueron amigos durante toda una vida, ahora unos excomulgan a otros; que los fieles de la primera hora conciben dudas infundadas; y que otros se entregan sin reparos al celo amargo.

Estas personas, que viven en una especie de temor obsesivo, han depositado de una vez y para siempre toda su confianza en un maestro: el Padre Ceriani, que acaba de abandonar la Fraternidad, al cual siguen en detrimento de cualquier otro pastor de almas. Cual si fuera un oráculo, denuncia por las ondas de radio, de la web y desde el púlpito una supuesta infidelidad del Superior General, acusándolo de buscar un acuerdo práctico con la Roma conciliar, con perjuicio de la fidelidad al combate de la Tradición católica que llevamos desde hace cuarenta años. Él va incluso más allá, ¡porque no duda siquiera en criticar al propio Monseñor Lefebvre! Aprovecha la puerta que le abre Radio Cristiandad, autoproclamada “voz de la Tradición” y empeñada desde hace varias semanas y meses en calumniar sin escrúpulos a la Fraternidad y a sus Superiores.

Todo este pequeño mundo profesa, por supuesto, amar la Fraternidad San Pío X, pero permaneciendo fiel a la Fraternidad “de los inicios”, a la que oponen a la “neo” Fraternidad de hoy. No son muchos, es verdad, quizá unos cincuenta en todo el Distrito, y trabajan activamente para inocular en otros su acritud.

Ante el cúmulo de invectivas, errores, amargura y riesgos de división, me ha parecido que ya era tiempo de hablar o, más bien, dejar la palabra a nuestro fundador, Monseñor Lefebvre, que hace precisamente veinte años denunciaba al Padre Morello y a sus discípulos, por haber provocado graves problemas en el Seminario de La Reja.

Seguidamente tienen ustedes un extracto de la carta que Monseñor Lefebvre envió a Monseñor de Galarreta, y que fuera publicada en el nº 6 de la revista “Iesus Christus”, correspondiente a los meses de julio-agosto de 1989. Sus líneas conservan toda su actualidad. Bastaría con cambiar el nombre del Padre Morello por el del Padre Ceriani, quien, con todo, en aquel remezón, no se alineó junto a los que se fueron.

“El que piensa estar firme, mire, pues, no sea que caiga”.(1) Que la Virgen María y nuestro Santo protector, San Pío X, nos guarden a todos en la paz y la fidelidad a la Tradición.

¡Que Dios los bendiga!

Padre Christian Bouchacourt
Superior de Distrito América del Sur

Notas:

1. I Corintios, 10, 12.


CARTA DE MONSEÑOR LEFEBVRE A MONSEÑOR DE GALARRETA Y A LOS SACERDOTES, SEMINARISTAS Y FIELES DEL DISTRITO DE SUDAMÉRICA


Queridos sacerdotes, seminaristas y fieles:

Con ocasión de la nueva escisión que afecta a nuestra querida Fraternidad, provocada en América del Sur por el Padre Morello, me parece oportuno que analicemos cómo procede el demonio, buscando debilitar o destruir nuestra obra.

Los autores de estas separaciones, ¿no proceden acaso según dos principales tentaciones que luego se diversifican?

La primera tentación consiste en mantener relación con el Papa o con los obispos actuales. Evidentemente es más normal y más agradable llevarse bien con las autoridades que estar en dificultades con ellas, sobre todo cuando esas dificultades pueden concluir en sanciones.

La Fraternidad es entonces acusada de exagerar los errores del Vaticano II, de criticar abusivamente los escritos y los actos del Papa y de los obispos, de aferrarse de una manera demasiado rígida a los ritos tradicionales, en definitiva, de tener una tendencia al sectarismo que llevará algún día al cisma.

Una vez evocado el fantasma del cisma se asustará a los seminaristas y a sus familias y se los llevará a la decisión de abandonar la Fraternidad, tanto más fácilmente cuanto que los sacerdotes, obispos y Roma misma, dicen ofrecer garantías para una cierta Tradición.

Podríamos establecer una larga lista de aquellos que nos han abandonado por estos motivos.

Era evidente que las consagraciones episcopales y la excomunión aparecerían como motivos más que suficientes para dejar la Fraternidad, sobre todo con las garantías ofrecidas por la Roma conciliar en favor de la tradición litúrgica.

A pesar de que las mentiras de la Roma conciliar han sido varias veces confirmadas por los hechos, siempre vale la pena reiterar el intento, porque nunca falta quien muerda el anzuelo.

Pero los errores del Vaticano II y su espíritu se ven continua y públicamente confirmados en las palabras y en los hechos. Nada cambia a nivel de los principios liberales y modernistas. La apostasía se expande, la fe católica continúa desapareciendo.

La mayoría de nuestros sacerdotes, seminaristas y fieles no se hacen ilusiones y están convencidos de que no es posible confiar en las autoridades de la Iglesia conciliar, mientras éstas profesen dichos errores.

La segunda tentación que el diablo suscita en el espíritu de algunos de nuestros sacerdotes, que provoca ahora una nueva escisión a la Fraternidad, se puede resumir así: “Hemos tenido confianza en la Fraternidad de los comienzos, en sus principios y en su acción; sin embargo, verificamos que su espíritu cambia y de este modo, por fidelidad a la Fraternidad inicial, dejamos la Fraternidad actual”.

Para justificar esta actitud se les hace necesario buscar las evidencias de los cambios. A partir de allí, los hechos más ínfimos serán explotados, agrandados, llegando a transformarse en verdaderas calumnias. (…) La acusación me alcanzaba a mí mismo.

A ellos se les hacía necesario, también, engañar a los fieles, a fin de que los siguiesen. Una empresa basada, verdaderamente, en la mentira.

En aquel caso, los que buscaban oponer la Fraternidad de hoy a la de ayer eran “sedevacantistas” y rehusaban rezar públicamente por el Papa.

En el caso del Padre Morello, el principio es el mismo, pero los presuntos cambios que él dice advertir se situarían más bien en el nivel espiritual y moral. Esta actitud del Padre Morello se origina en una psicología personal, una necesidad innata de hacerse discípulos personales, exclusivos, pues él está persuadido de que lo anima un carisma particular para santificar las almas.

Esta actitud ya se había manifestado respecto de las religiosas, queriendo fundar su propia congregación, según sus ideas personales. Desgraciadamente los seminaristas han sido víctimas de esta tendencia posesiva y un grupo de ellos se convirtió en “su grupo”.

La decisión del cambio de destino del Padre Morello produjo la ruptura de ese grupo con el Seminario. Se les hizo necesario encontrar motivos para justificar la salida de la Fraternidad. Fue fácil: “nosotros somos los puros, los otros son los impuros”.

A partir de ese momento, es verdaderamente un espíritu diabólico el que se apodera de ellos y los conduce a buscar manifestaciones de todo tipo de taras y vicios.

No me hago ilusiones. Pronto yo mismo seré calumniado como ya lo he sido por parte de todos aquellos que han desgarrado a la Fraternidad.

El proceso es siempre el mismo, se les hace necesario justificar a todo precio el acto escandaloso que significa desviar a un grupo de sacerdotes, seminaristas y fieles.

Esforcémonos por esclarecer a quienes nos dejan sobre el grave daño que causan a la obra de la Tradición, pero no nos dejemos perturbar, guardemos la paz en medio de la prueba. La historia de la Fraternidad se asemeja a la de la Iglesia y la continúa: Oportet hæreses esse (Es necesario que haya herejes). La Providencia permite estas purificaciones a fin de evitar que la obra se contamine.

En este último caso, se trata de un falso concepto de la formación espiritual, que tiene un dejo de jansenismo. ¡Dios nos preserve de este espíritu! Nos dimos cuenta tarde y el mal ya se había realizado en algunos jóvenes sacerdotes y en casi la mitad de los seminaristas.

La prudencia exige que no tengamos absolutamente ninguna relación con los que nos dejan, ni siquiera epistolar, excepto si alguno de entre ellos manifiesta signos serios de arrepentimiento. Recemos por ellos, esa es la verdadera caridad que podemos ejercitar para con ellos.

Que estas separaciones sean la ocasión de hacer un examen de conciencia, a fin de vigilar valerosamente para no admitir debilitamientos en lo doctrinal, moral, espiritual y disciplinario. Vigilate et orate (Velad y orad).

Dios continúa bendiciendo a la Fraternidad en medio de las pruebas pero no puede hacerlo sino a condición de que permanezcamos fieles a nuestras Constituciones, en la vida de oración, de sacrificio, viviendo el Santo Sacrificio del Altar en nuestra vida interior y exterior, como la Santísima Virgen María y como todos los santos.

Todo vuestro en Cristo y María,

+ Marcel Lefebvre
Ecône, 16 de julio de 1989,
en la Fiesta de Nuestra Señora del Monte Carmelo.