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ELLA ES DIVINA
Cuando San José y la Santísima Virgen María golpearon a las puertas de las
posadas de Belén para pedir alojamiento, su aspecto exterior en nada dejaba presagiar la grandeza del
acontecimiento que se preparaba. Los pastores tampoco se imaginaban ver al Rey de reyes en semejante
pobreza cuando se allegaron a la gruta para adorar al Niño Jesús. Los Reyes Magos seguramente
hicieron la misma comprobación.
En Belén la divinidad de Cristo se mostró muy discreta. Sin embargo, tanto los pastores como los
Reyes Magos no dudaron en adorar al Infante recostado en el pesebre. Fieles a la gracia divina
que habían recibido, fueron los primeros en reconocer al Redentor del mundo.
Para ayudarlos a creer, Dios quiso que el velo de la divinidad se levantara un poco.
En efecto, fueron ángeles quienes anunciaron a los pastores el feliz acontecimiento, y una estrella
milagrosa condujo a los Magos venidos de Oriente a los pies de Dios encarnado.
Sabemos que durante su vida pública, la divinidad de Cristo se manifestó visiblemente numerosas
veces a través de los milagros. Nuestro Señor Jesucristo quiso así ayudar a sus Apóstoles a creer
en Él. Con todo, en ocasiones la divinidad de Cristo se mostró discreta. Sobre todo durante la
Pasión, permaneció totalmente oculta, salvo cuando Nuestro Señor expiró sobre la cruz.
Entonces “la tierra tembló, el velo del templo se
rasgó (…) muchos santos resucitaron (…)
y el centurión y los soldados que lo guardaban, a
vista de estas cosas, fueron presa de gran temor y dijeron:
«Éste era verdaderamente el Hijo de Dios»”.(1)
Sin embargo, pocos fueron los que creyeron, y la Virgen
María y San Juan estaban muy solos al pie de la cruz…
Poco después la divinidad de Cristo triunfó fulgurantemente
con su resurrección.
Antes de volver a su Padre, Jesucristo
no quiso abandonarnos; confió a su Iglesia los poderes
que Él había recibido a fin de que continuase su misión
de enseñar, gobernar y santificar las almas que le fueron
confiadas. Esta Iglesia, por cierto, está compuesta de
hombres falibles, pero nunca debemos olvidar que también
es divina en razón de su origen y en virtud de los medios
que Nuestro Señor, su Fundador, ha depositado en ella
para salvar los hombres y conducirlos al cielo.
Así como Nuestro Señor dejaba ver de tiempo en tiempo
su divinidad para confortar la fe de sus Apóstoles y discípulos,
del mismo modo, a lo largo del tiempo, Él permitirá que
la divinidad de su Iglesia se manifieste a veces de manera
discreta, pero siempre eficaz en los momentos más trágicos,
sea para reconfortar los buenos, sea para confusión de
los malos, sea para honrar las promesas hecha antes de
su Ascensión: “Y he aquí que Yo estoy con vosotros hasta
el fin de los tiempos”,(2)
“las puertas del infierno no prevalecerán contra ella”.(3)
De esta suerte, cuando en ocasiones todo parecía perdido, la Iglesia fue salvada
gracias a un santo hombre, que Dios providencialmente
suscitó; por ejemplo, Santo Domingo de Guzmán, San Ignacio
de Loyola, San Pío V, San Pío X. Nuestro Señor Jesucristo
obra así desde hace casi dos mil años, y esa será la pauta
hasta el fin de los tiempos. Es de fe.
Hoy por hoy, hay
algunos que, sufriendo con razón de una crisis que parece
eternizarse desde hace más de cuarenta años, dan la doble
impresión de desesperar de la Iglesia fundada por Jesucristo
y de olvidar que si ella está constituida por hombres
falibles, no por eso es menos divina en su constitución.
Entonces se descubre a veces que un celo bien amargo se
instala en ellos, como si hubiesen perdido la esperanza.
Hay que recordarlo una y otra vez: la Iglesia es divina
y Nuestro Señor Jesucristo no puede ser infiel a las promesas
que ha hecho. Él no puede “ni engañarse ni engañarnos”,
como decimos en la oración del Acto de Fe. Entonces, ¿cómo
explicar los silencios de Dios en las horas de prueba?
¿Por qué no envía signos para indicar dónde está el camino
de la verdad?
Nosotros conocemos este camino: ha sido
trazado por dos mil años de Tradición. Permaneciendo fieles,
tal como lo fueron los santos que nos precedieron, estamos
seguros de cumplir con la voluntad de Dios y salvar nuestras
almas. Bossuet, Obispo de Meaux, explica magníficamente
los silencios de Dios con estas palabras: “Cuando Dios
quiere que una obra sea sólo fruto de sus manos, reduce
todo a la impotencia y a la nada, para después actuar”.
Me parece que actualmente estamos en esta situación ya
que, humanamente hablando, no vemos cómo la Iglesia podrá
salir de la crisis que la afecta en su interior y exterior.
Sin embargo, estamos seguros que no podrá ni ser demolida,
ni desaparecer.
Ahora bien, ¿hay que renunciar por ello a toda acción
personal y a todo apostolado? ¿Vivir replegado sobre sí
y esperar el fin de los tiempos? El Padre Calmel,
dominico (1914-1975), capellán de las dominicas de Brignoles,
responde de esta manera: “Muchos fieles, sacerdotes
y obispos desearían que en los días de grandes males,
cuando la prueba sobreviene a la Iglesia en razón del
Papa, las cosas vuelvan al orden sin que ellos tengan
mucho que hacer, e incluso nada. A lo sumo se avienen
a murmurar algunas oraciones; dudan aún respecto al rosario
cotidiano: cinco decenas cada día ofrecidas a Nuestra
Señora (…) No tienen muchas ganas, en lo que
les concierne, de profundizar en la fidelidad a la Tradición
apostólica: dogmas, misal y ritual, vida interior (porque
el progreso en la vida interior evidentemente forma parte
de la Tradición apostólica). Habiendo consentido en su
lugar a la tibieza, se escandalizan sin embargo de que
el Papa, en cuanto Papa, tampoco sea muy fervoroso cuando
se trata de guardar la Tradición apostólica para la Iglesia
entera, esto es, cumplir fielmente la misión única que
le fue confiada. En vista de estas cosas, no es justo…
Cuanto más necesitamos un Papa santo, tanto más
debemos empezar por poner nuestra vida, con la gracia
de Dios y guardando la Tradición, en la vía de los santos.
Entonces el Señor Jesús terminará por conceder a la grey
el pastor visible que ella se haya esforzado por hacerse
digna”.(4)
Como hicieron los pastores y los Reyes Magos, vayamos
a suplicar al Niño Jesús que transforme nuestras almas
y que venga en auxilio de su Iglesia. En el pesebre Él
parece bien pequeño e impotente, pero es Dios. Escuchemos
lo que nos dice: “Tened confianza, Yo he vencido al
mundo”.(5)
Guardemos la esperanza cristiana bien anclada en nuestras
almas, ya en las vísperas de este año nuevo. Recémosle
cada uno en nuestro lugar. En el momento en que todo parece
perdido, entonces es cuando nos manifiesta su ayuda infalible.
Cuando llegue ese día, nadie podrá atribuirse la victoria,
porque será Su victoria. Trabajemos con fe y coraje, trabajemos
en nuestra santificación para acelerar la restauración
de la Tradición en la Iglesia. Ese es el voto que yo formulo
en nombre de todos. Los sacerdotes del Distrito se unen
a mí para desear a todos un buen y santo año.
Que el Niño Jesús y su Santísima Madre los guarden y protejan a lo
largo de todo el año 2010.
¡Que Dios los bendiga!
Padre Christian Bouchacourt
Superior de
Distrito América del Sur
Notas:
1. San Mateo, 27, 51-54.
2. San Mateo, 28, 20.
3. San Mateo, 15, 18.
4. R. P. Calmel: “Brève apologie pour l’Eglise de toujours”, edit. Difralivre, pág. 115.
5. San Juan, 16, 33.
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