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CRÍMENES Y CASTIGOS
Cada vez que acontece una catástrofe en algún lugar, como hace poco fue el caso de Haití o Chile, el
hombre moderno se desata en una catarata de comentarios. Algunos ven allí la prueba de que Dios no existe, ya que —de lo
contrario— impediría que sobreviniesen tales acontecimientos.
Otros, con frecuencia católicos, se niegan a ver la mano de Dios. Este tipo de tragedias —afirman— se deben simplemente a
anomalías de las leyes de la naturaleza. ¡A nadie se le ocurre la posibilidad de que sea un castigo de Dios, ya que Él es
bueno! En consecuencia, el clero se abstiene de llamar a los hombres a hacer penitencia, e insiste en que en esas coyunturas
difíciles la Iglesia está al lado de las víctimas para reconfortarlas y ayudarlas como haría una buena ONG. Todo esto es
muy humano, demasiado humano…
Porque, después de todo, el Antiguo y el Nuevo Testamento, y la enseñanza de la Iglesia, nos proveen de grandes luces para
esclarecer sucesos tan dramáticos.
Es evidente que el sufrimiento y el mal son grandes misterios que sólo la fe puede iluminar. Desde el principio de la
creación, Dios recuerda al hombre cuál es su deber. Cuando el hombre se sustrae, castiga. Y es así que Adán
y Eva fueron expulsados del Paraíso después de su desobediencia, mientras que el diluvio destruyó
gran parte de una humanidad que no cesaba de alejarse de Dios. Sodoma y Gomorra fueron destruidas por los excesos de los
pecados contra la naturaleza. Recordemos además las siete plagas con que Egipto fue castigado por vapulear el pueblo de
Israel.
Esto no fue más que una reprensión del cielo. En el Antiguo Testamento, cada vez que el pueblo judío se alejaba de las
enseñanzas divinas transmitidas por los patriarcas y los profetas, Dios castigó a este “pueblo de dura cerviz” para
que vuelva por el buen camino.
Moisés fue castigado por Dios por dudar en golpear dos veces la piedra: murió antes de entrar en la tierra
prometida.
Ejemplos como éstos abundan en la Biblia. Sin embargo, Dios, en su bondad y su justicia, recompensa al justo que cumple
con su voluntad, respeta sus mandamientos o hace penitencia. Por haber mostrado una obediencia heroica, Dios prometió
a Abrahán una descendencia numerosa. Del mismo modo, Jonás fue quien evitó que la ira
de Dios se descargase sobre la ciudad de Nínive en razón de los pecados: sus autoridades y habitantes hicieron penitencia.
Dios, porque es bueno, es también justo. No puede tratar de la misma manera a quien se pliega a su voluntad, que a quien
se aparta de ella.
Alguno podrá objetar que en las catástrofes que se abaten sobre el mundo, no sólo los malos habrán de sufrir sino también
los justos. ¿Acaso no es esto una injusticia? Dios, en efecto, quiere que el mal caiga sobre los pecadores para castigarlos
y para llamarlos a la penitencia, pero también permite que afecte a los buenos, que a ejemplo de Cristo, soportan estas
pruebas terribles y las ofrecen con resignación para expiar y reparar los pecados de los hombres, aplacar la ira divina y
atraer gracias para un mundo que no deja de ofender a Dios.
Esta doctrina ha sido la que enseñó Nuestro Señor. Recordemos
aquellas palabras terribles que dirigió a la multitud que
lo seguía: “Si no hiciereis penitencia, todos pereceréis
sin distinción”.(1)
Estas palabras son un eco de las que Isaías pronunció en
el Antiguo Testamento: “Los pueblos y naciones que no te
sirvan, perecerán, y las naciones serán exterminadas”.(2)
Las desgracias y desventuras que golpean a los hombres y
al mundo son consecuencia del pecado y sucederán hasta el
fin del mundo. León XIII no hizo más que confirmar esta
enseñanza cuando dijo:
“De igual modo, el fin de las demás
adversidades no se dará en la tierra, porque los males consiguientes
al pecado son ásperos, duros y difíciles de soportar y es
preciso que acompañen al hombre hasta el último instante
de su vida. Así, pues, sufrir y padecer es cosa humana,
y para los hombres que lo experimenten todo y lo intenten
todo, no habrá fuerza ni ingenio capaz de desterrar por
completo estas incomodidades de la sociedad humana. Si algunos
alardean de que pueden lograrlo, si prometen a las clases
humildes una vida exenta de dolor y de calamidades, llena
de constantes placeres, ésos engañan indudablemente al pueblo
y cometen un fraude que tarde o temprano acabará produciendo
males mayores que los presentes. Lo mejor que puede hacerse
es ver las cosas humanas como son y buscar al mismo tiempo
por otros medios, según hemos dicho, el oportuno alivio
de los males”.(3)
Dios no se impone a sí mismo. Si los hombres
no quieren saber más nada de Él, se retira y los abandona
a su propia suerte. En ese caso, sin embargo, deberán asumir
las consecuencias. En Fátima la Santísima Virgen María no
dijo otra cosa en la segunda parte del secreto que reveló
a los pastorcitos el 13 de julio de 1917:
“Si ustedes hacen
lo que yo les digo muchas almas se salvarán, y habrá paz.
Esta guerra cesará, pero si los hombres no dejan de ofender
a Dios, otra guerra más terrible comenzará durante el pontificado
de Pío XI. Cuando ustedes vean una noche que es iluminada
por una luz extraña y desconocida, sabrán que esta es la
señal que Dios les dará y que indicará que está apunto de
castigar al mundo con la guerra y el hambre, y por la persecución
de la Iglesia y del Papa”. Confrontados ante esta realidad,
las graciosas explicaciones que suele dar el clero conciliar
son irresponsables: “De Dios nadie se burla”.
(4)
Es evidente
que las leyes mortíferas que los enemigos de Dios y de la
Iglesia pujan por imponer en todas las sociedades no quedarán
sin consecuencias. El aborto, la homosexualidad y todo cuanto
va contra la ley natural son crímenes que, como nos enseña
el catecismo, piden la venganza del cielo y de Dios porque
el autor de la ley natural es Dios mismo. Las sociedades
que quieren vivir bajo tales leyes se atraen la ira de Dios
y no verán la paz social y la prosperidad en tanto y en
cuanto esas leyes no sean abrogadas. Hasta que eso no suceda,
es imposible que acontezca toda restauración social y política.
Esos países harían mejor si temiesen la cólera divina, por
lo mismo que ese tipo de leyes llevan en sí mismas el sello
de la rebelión contra Dios, que porque es Padre, no puede
dejar impune tales delitos.
En consecuencia, debemos considerar
bajo el signo de la probabilidad que puede no ser casual
que mientras la antigua presidente de Chile, la Señora Bachelet,
firmaba un decreto ampliando la utilización de la “píldora
del día después”, un terrible movimiento sísmico sacudió
la ciudad de… Concepción.
¿Cómo explicar, además, que República
Dominicana, que el año anterior había sido consagrada por
los obispos del país al Inmaculado Corazón de María, quedara
indemne del terremoto que asoló Haití, país contiguo a ella,
y que se llevó a la tumba a trescientas mil personas? La
religión oficial de Haití es el vudú… Los siniestros efectos
del sismo se detuvieron en la frontera entre los dos países…
¿Será una casualidad? Yo no lo creo.
Tenemos que rezar en
nuestros prioratos y en nuestras familias para que Dios
no permita que la Argentina y otros países de América del
Sur aprueben el matrimonio homosexual, y también tenemos
que mostrar exterior y públicamente a los legisladores nuestro
rechazo a tales leyes.
En fin, dejaré al Cardenal Pie, que
tanto inspiró a San Pío X, que concluya esta editorial.
Sus palabras, una vez más, son muy luminosas:
“Nuestros
padres pidieron a Dios que se alejara de ellos.
(5) Dios, en
efecto, se apartó, y para castigarnos no hizo más que dejarnos
abandonados a nuestra propia suerte. De inmediato mil cuestiones
que desde hacía mucho habían sido resueltos por el Evangelio
volvieron a presentarse como problemas. Se rompió el equilibrio.
La sociedad quedó presa de mil sufrimientos intestinos.
Cada día presentaba nuevos obstáculos. Durante mucho tiempo
creímos que podíamos domar el mal. Durante mucho tiempo
nos hemos alimentado de brillantes quimeras. Si algún destello
lucía en el horizonte, su aparición fue recibida con entusiasmo.
Con todo, el mal seguía durando y la enfermedad se complicaba
más y más. En fin, desaparecieron todas nuestras ilusiones,
nuestras esperanzas se han visto frustradas. Si en medio
de la duda o del dolor que son propios del alma queda una
convicción firme y última, esa es que no existe ningún poder
humano que pueda librar a la sociedad de los incontables
males que la abruman. Así, pues, ¿qué podemos hacer? (…)
No hay término medio: o perecer o volver a Dios. ¡Elegid!”
(6)
Con fe y confianza hagamos subir nuestra súplica a la
presencia de Dios, adornándola de nuestras penitencias para
que salve nuestras patrias, las preserve y suscite en ella
una élite política y religiosa realmente católica, provista
del coraje de defender los derechos de Dios sobre la tierra
y deseosa de trabajar por la restauración del reino de Cristo
Rey, que es el único que puede conducirnos a la práctica
de la virtud, y dar la paz y la prosperidad a nuestras sociedades
agonizantes.
¡Que Dios los bendiga!
Padre Christian Bouchacourt
Superior de
Distrito América del Sur
Notas:
1. San Juan, 13, 3.
2. Isaías, 60, 12.
3. Génesis, 3, 15.
4. León XIII, “Rerum novarum”, 15 de mayo de 1891, nº 13.
5. Job, 21, 14.
6. Cardenal Pie, “Œuvres de Mgr l'Evêque de Poitiers”, Carta pastoral de Cuaresma, 1950, tomo I, pág. 139.
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