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MISA DE
SIEMPRE, O MISA DE PABLO VI
¿Cuál elegir? Un problema de conciencia
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Presentamos a nuestros lectores un texto
del Padre Jean-Michel Gomis dividido en cuatro partes,
publicado en parte en la Revista “Iesus Christus”:
I. ¿Qué es la Santa Misa? II. Formación del Rito Romano tradicional, llamado “Misa de San Pío V”
III. Formación del Novus Ordo Missæ, llamado “Misa de Pablo VI”.
IV. Conclusiones.
¿RUPTURA
O CONTINUIDAD?
El 7 de julio de 2007 el Papa Benedicto XVI
publicaba el Motu proprio Summorum Pontificum.
Este documento reafirmaba una verdad constantemente negada
a lo largo de los cuarenta últimos años, por la que fue
perseguido Monseñor Lefebvre, muchos
sacerdotes y fieles: la no abrogación del rito romano
tradicional, llamado también “Misa de San
Pío V”, y la posibilidad para cada sacerdote
de celebrar en este rito. Pero al mismo tiempo que alegraba
a los hijos de Monseñor Lefebvre por este restablecimiento
de la verdad, provocó también graves críticas de los mismos.(1)
¿Se podía igualar, o más bien subordinar, la Misa de siempre
(llamado “Rito extraordinario” en el documento,
o sea de uso excepcional) a la “Misa de Pablo
VI” (llamado Rito “ordinario”,
esto es, de uso habitual)? ¿Cómo no quedarse perplejo
al ver a Benedicto XVI, en la Carta que acompañaba el
Motu proprio, hablar del “valor y santidad
del nuevo rito” y decir que “no hay ninguna contradicción
entre una y otra edición del Missale Romanum. En la historia
de la Liturgia hay crecimiento y progreso pero ninguna
ruptura”? (2)
Sin embargo, en 1969, unas semanas después de la promulgación
del Novus Ordo Missæ, los Cardenales Ottaviani
(en aquel entonces Pro-prefecto de la Congregación para
la Doctrina de la fe) y Bacci no dudaban
en escribir a Pablo VI: “El nuevo Ordo Missae, si
se consideran los elementos susceptibles de apreciaciones
muy diversas, que aparecen sobreentendidos o implícitos,
se aleja de manera impresionante, tanto en el
conjunto como en los detalles, de la teología
católica de la Santa Misa, tal como fue formulada en la
XXIIª sesión del Concilio de Trento”.(3)
Este Novus Ordo consuma una “grave fractura”
(4) y “es
evidente que ya no quiere seguir expresando la fe de Trento.
A esta fe, sin embargo, están vinculadas para siempre
las conciencias de los católicos. Por consiguiente, después
de promulgado el Novus Ordo, el verdadero católico, de
cualquier condición u orden, se encuentra en la trágica
necesidad de optar entre cosas opuestas entre sí”.(5)
La afirmación de una ruptura doctrinal entre el rito nuevo
y el tridentino no podía ser más clara.
Con el presente estudio queremos poner de manifiesto los
fundamentos de esta grave afirmación, y recordar cuál
debe ser, a la luz de la doctrina perenne de la Iglesia,
el juicio doctrinal y la actitud práctica del católico
respecto a la “Misa de Pablo VI”. Dividiremos nuestro
estudio en tres partes: después de recordar la doctrina
católica sobre el Sacrificio de la Misa, resumiremos el
desarrollo histórico del rito romano hasta San Pío V,
dejando para el final el estudio propiamente dicho del
Novus Ordo Missæ o “Misa de Pablo VI” .(6)
Primera Parte:
¿Qué es la Santa Misa?
En el Catecismo de San Pío X leemos que “la Santa Misa
es el Sacrificio del Cuerpo y Sangre de Jesucristo, que
se ofrece sobre nuestros altares bajo las especies de pan
y de vino en memoria del Sacrificio de la Cruz. (…)(7)
El Sacrificio de la Misa es sustancialmente el mismo
de la Cruz (…)” . Por lo tanto, para comprender la
esencia de la Santa Misa –en la medida que se puede comprender,
ya que los misterios de fe no se pueden comprender perfectamente,
sino más bien exponer y delimitar–, es necesario definir
la noción de sacrificio en general y la esencia del Sacrificio
de la Cruz.
A. ¿QUÉ ES UN
SACRIFICIO?
En el siglo XIII, Santo Tomás no dudaba
en afirmar que “en cualquier época y en cualquier nación
los hombres ofrecieron siempre sacrificios”.(8) Sin embargo,
nuestra época irreligiosa, marcada por la pérdida del
sentido de Dios y su reemplazo por el culto al hombre,
desconoce la misma noción de sacrificio. Inspirándose
de la doctrina del Doctor Común,(9) el Catecismo de San
Pío X enseña que “el sacrificio en general consiste en
ofrecer una cosa sensible a Dios y destruirla de alguna
manera en reconocimiento de su supremo dominio sobre nosotros
y sobre todas las cosas”.(10) Expliquemos los elementos de
esta definición.
1. ¿A quién se ofrece el sacrificio, y para qué?
El destinatario del sacrificio es necesariamente Dios (el Dios verdadero o un dios falso); el sacrificio es por naturaleza
un acto de adoración. Es la oblación “de algo exterior como testimonio de nuestra sumisión a
Dios”.(11) Con este espíritu, el pagano Traseas en el siglo Iº, condenado
por Nerón a abrirse las venas, rociaba la sala con su sangre para ofrecerla en libación a Júpiter (considerado por los romanos
como el dios supremo): quería manifestar que su vida sólo le pertenece a Dios, y que nadie más puede disponer de ella.
Además de la adoración el sacrificio puede tener otros fines:
- La acción de gracias (en griego: “eucaristía”). Se trata de agradecer a Dios por los
beneficios recibidos. Por ejemplo, los romanos celebraban las victorias importantes entrando triunfalmente en Roma y
yendo al templo para ofrecer sacrificios. En el Antiguo Testamento, el sacrificio del cordero pascual conmemoraba el
fin de la cautividad de Egipto y el paso del Mar Rojo.(12)
- El pedido o impetración. Se ofrece el sacrificio con el fin de pedir algunos beneficios. En China,
por ejemplo, los emperadores de la dinastía Ming iban tres veces al año al Templo de Pekín para ofrecer animales en sacrificio,
pidiendo la lluvia y la protección para gobernar durante un año.
- La expiación o satisfacción.
Se trata de implorar el perdón divino y ofrecer víctimas
para reparar las faltas cometidas. Estos sacrificios se
encontraban tanto en los ritos paganos como judíos. Un
sacrificio por el pecado se ofrecía todos los días en
la religión del Antiguo Testamento, y una vez al año tenía
lugar el sacrificio incruento del chivo expiatorio: cargándolo
con todos los pecados de Israel, se lo expulsaba al desierto.(13) Estos sacrificios tenían por finalidad hacer a Dios
favorable y propicio a los hombres, de manera que escuche
sus súplicas. Por eso se habla también de propiciación.
2. ¿Quién lo ofrece?
Los pueblos siempre nombraron a algún
encargado para ofrecer a Dios el sacrificio: el sacerdote.
El sacerdote es mediador, esto es, el representante de
los hombres ante Dios, y a la vez el representante de
Dios ante los hombres. Generalmente es consagrado durante
una ceremonia ritual particular, como lo vemos en el caso
del sacerdocio judío del Antiguo Testamento.(14)
3. La acción
sacrificial: una oblación, con destrucción de la realidad
ofrecida.
El sacrificio consiste en una oblación, cruenta
o incruenta, “signo del sacrificio interior espiritual,
con que el alma se ofrece a sí misma a Dios”.(15) La oblación
incluye la destrucción de la víctima, para manifestar
el soberano dominio de Dios sobre la creación. Generalmente
se presentaban oblaciones cruentas (con efusión de la
sangre) en el caso de los sacrificios de expiación y propiciación:
con su pecado, el hombre había merecido la muerte y la
ira divina. La inmolación del animal reemplazaba la del
pecador, manifestando que el hombre reconocía la gravedad
de su culpa y su deseo de repararla.
4. La realidad ofrecida:
la víctima.
Las realidades ofrecidas en sacrificios fueron muy variadas
a lo largo de la historia: objetos, alimentos, animales,
y hasta… personas humanas. Asombra ver que casi todos
los pueblos de la Antigüedad cayeron en las prácticas
abominables del sacrificio humano: aztecas, babilonios,
romanos, griegos, habitantes de la India, beduinos, celtas…
ofrecieron sus hijos o –más a menudo– sus presos a los
dioses.
B. EL SACRIFICIO DE
LA CRUZ
Hemos aclarado brevemente la noción de sacrificio, primer paso necesario para seguir adelante con nuestro estudio.
Puesto que el Sacrificio del Altar es “sustancialmente el mismo de la Cruz”, en el paso siguiente tenemos que exponer
lo que nos enseña la doctrina católica sobre la Pasión de de Jesús. ¿En qué la Pasión fue un sacrificio, y cómo se encuentra
en ella la esencia del sacrificio?
1. ¿Fue la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo un sacrificio?
Con unanimidad, la Tradición enseña que “la muerte de Cristo fue sacrificio gratísimo a
Dios”.(16) El Concilio de Trento (Ses. XXII, cap.1º) describe de esta manera el
drama del Viernes Santo: “El Dios y Señor nuestro [Jesucristo], se ofreció una sola vez a sí mismo a Dios Padre en el altar
de la cruz, con la interposición de la muerte, a fin de realizar para ellos [los que habían de ser santificados] la eterna
redención”. Veamos cómo esta descripción contiene los elementos esenciales del sacrificio, tal como los vimos en los
párrafos anteriores.
2. Destinatario y fines de la Pasión de Cristo.
El destinatario de la Pasión fue “Dios Padre”. El motivo esencial por el que Jesús se entregó a la
Pasión fue el amor al Padre: “(Cristo) padeció por amor del Padre, según las palabras del Evangelio según San Juan (14, 31):
«Para que sepa el mundo que amo al Padre, y que obro según el mandato que el Padre me dio, levantaos, vámonos de aquí»,
a saber, al lugar de la Pasión”.(17) Por razón de la perfección del alma
y de las virtudes de Jesús, este acto de caridad incluía necesariamente la adoración y gratitud.
Sin embargo el fin esencial de la Pasión fue alcanzar la “eterna redención”. Sobre la Cruz Jesús expió
nuestros pecados –“nos amó y nos limpió de nuestros pecados por la virtud de su
sangre” (18)– y se ofreció como propiciación por nosotros
–“hemos sido reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo” (19)–,
pidiendo por todos los hombres el perdón y la vida eterna –“Padre, perdónalos, porque no saben lo que
hacen” –(20). Por tanto, es manifiesto que los fines de la Pasión
corresponden con los fines de un verdadero sacrificio.
Hay que notar que el Sacrificio de la Cruz fue perfectísimo y alcanzó sumamente la expiación y propiciación por los pecados del
género humano: “Cristo, al padecer por caridad y por obediencia, presentó a Dios una ofrenda mayor que la exigida como
recompensa por todas las ofensas del género humano. Primero, por la grandeza de la caridad con que padecía. Segundo, por la
dignidad de su propia vida, ofrecida como satisfacción, puesto que era la vida de Dios y del hombre. Tercero, por la
universalidad de su Pasión y por la grandeza del dolor asumido (…). Y, por tal motivo, la Pasión de Cristo no fue sólo
una satisfacción suficiente, sino también superabundante por los pecados del género humano, según aquellas palabras de
San Juan (I Jn. 2,2): «Él es víctima de propiciación por nuestros pecados; y no sólo por los nuestros, sino también por
los del mundo entero»”.(21)
3. El sacerdote y la víctima: el mismo Cristo.
En el Sacrificio de la Cruz, el sacerdote y la víctima son uno solo: el mismo Jesús. Lo afirma claramente el
Concilio de Trento – “El Dios y Señor nuestro [Jesucristo], se ofreció una sola vez a sí mismo a Dios Padre en el altar de
la cruz”– y lo repite muchas veces la Sagrada Escritura: “Cristo nos amó y se entregó por nosotros como oblación y
víctima a Dios cual incienso (de olor) suavísimo” (22); “Yo soy el buen
Pastor (…) y pongo mi vida por mis ovejas”.(23)
Se puede decir con toda verdad que Jesús se inmoló a sí mismo porque dejó que los judíos y romanos lo mataran, mientras,
siendo Dios, lo podía impedir: “Cristo fue causa de su Pasión y muerte, porque pudo impedirlas. En primer lugar, conteniendo
a sus enemigos, de modo que o no quisiesen o no pudiesen matarle. En segundo lugar, porque su espíritu tenía poder para
conservar la naturaleza de su cuerpo, de suerte que no recibiera ningún daño. Tal poder lo tuvo el alma de Cristo porque
estaba unida al Verbo de Dios en unidad de persona (…) Por consiguiente, al no rechazar el alma de Cristo ningún daño
inferido a su cuerpo, sino queriendo que su naturaleza corporal sucumbiese a tal daño, se dice que entregó su espíritu o
que murió voluntariamente”.(24)
4. La acción sacrificial: oblación cruenta de los sufrimientos y vida de Jesús.
El mismo Jesús “en la Cruz se ofreció como víctima inmaculada a Dios”,(25)
por caridad y obediencia al Padre eterno. Derramó hasta la última gota de su sangre para manifestar la perfecta expiación
de los pecados que iba a alcanzar su muerte.
Por tanto, la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo cumple perfectamente con la esencia de un sacrificio: Jesús, Sumo Sacerdote,
se ofreció a sí mismo como víctima, derramando su sangre hasta la última gota para alcanzarnos la vida eterna. Nos queda por
ver cómo la Santa Misa renueva el Sacrificio del Viernes Santo.
C. EL SACRIFICIO DE LA MISA
1. ¿Es la Santa Misa un sacrificio?
La Santa Misa es un verdadero sacrificio. Es una verdad de fe definida por el magisterio de la Iglesia: “En la última Cena,
la noche que era entregado, para dejar a su esposa amada la Iglesia, un sacrificio visible, como exige la
naturaleza de los hombres, por el que representara aquel suyo sangriento que había una sola vez de consumarse
en la cruz, y su memoria permaneciera hasta el fin de los siglos, y su eficacia saludable se aplicara
para la remisión de los pecados que diariamente cometemos… Jesús ofreció a Dios Padre su cuerpo y su sangre bajo
las especies de pan y vino, y bajo los símbolos de esas mismas cosas los entregó, para que los tomaran, a sus Apóstoles,
a quienes entonces constituía sacerdotes del Nuevo Testamento, al mismo tiempo que les intimaba la orden, tanto
a ellos como a sus sucesores en el sacerdocio, de
que renovasen la oblación”. (26)
Ya hemos citado la definición de la Misa del Catecismo de San Pío X: “La Santa Misa es el Sacrificio del
Cuerpo y Sangre de Jesucristo, que se ofrece sobre nuestros altares bajo las especies de pan y de vino
en memoria del sacrificio de la Cruz. (…) El Sacrificio de la Misa es sustancialmente
el mismo de la Cruz (…)”.(27)
El Papa Pío XII, en su magistral encíclica Mediator Dei del 20 de noviembre de 1947, precisa las palabras de su
predecesor: “El Augusto Sacrificio del altar no es, pues, una pura y simple conmemoración de la
Pasión y Muerte de Jesucristo, sino que es un Sacrificio propio y verdadero, por el que el Sumo Sacerdote,
mediante su inmolación incruenta, hace nuevamente lo que hizo en la Cruz, ofreciéndose al Padre como víctima
por el ministerio del sacerdote” (nº 67; de ahora en adelante, cuando citemos esta encíclica, sólo indicaremos el número).
A la luz de estas enseñanzas, podemos establecer un compendio de la doctrina católica sobre el Santo Sacrificio del altar.
Comprenderla bien es de mucha importancia para el resto de nuestro estudio.
2. ¿Qué es la Santa Misa?
a) En la Santa Misa, Jesús hace nuevamente la oblación que hizo de Sí mismo en la Cruz. “El Sacrificio de la Misa
es sustancialmente el mismo que el Sacrificio de la Cruz”, “representa” el Sacrificio sangriento que se consumó en la Cruz;
en los altares, Jesús “hace nuevamente lo que hizo en la Cruz, ofreciéndose al Padre como víctima”. ¿Para qué esta
nueva oblación? ¿Por qué razones quiso Jesús instituir el Sacrificio del Altar?
Además de la necesidad natural que tiene el hombre de manifestar su dependencia para con Dios por medio del sacrificio,
son dos las principales razones de la institución del Sacrificio de la Misa por el Salvador:
- Perpetuar el recuerdo de nuestra Redención. Se puede decir que, sin la Misa, el recuerdo del Sacrificio de Cristo
en el Calvario se hubiera perdido. El Redentor quiso que el hombre jamás pudiera olvidarse de que “así amó Dios al mundo:
hasta dar su Hijo único, para que todo aquél que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida
eterna”.(28) La Misa es el gran memorial de la Pasión.
- Aplicarnos diariamente la salvación merecida por Jesucristo sobre la Cruz. Es el aspecto más esencial del Sacrificio
de la Misa, que vamos a detallar en el párrafo siguiente.
b) Destinatario y fines de la Santa Misa. Siendo un “sacrificio propio y
verdadero”, la Santa Misa se dirige necesariamente a Dios. Alcanza perfectamente los
cuatro fines del sacrificio:
- La adoración: “El (fin) primero es la glorificación del Padre Celestial.
Desde su nacimiento hasta su muerte, Jesucristo ardió en el celo de la gloria divina;
y desde la Cruz, la inmolación de su Sangre subió al cielo en olor de suavidad.
Y para que este himno jamás termine, los miembros se unen en el Sacrificio Eucarístico
a su Cabeza divina, y con Él, con los Ángeles y Arcángeles, cantan a Dios alabanzas
perennes, dando al Padre Omnipotente todo honor y gloria”
(Mediator Dei, nº 70).
- La acción de gracias: “El segundo fin es dar gracias a Dios.
El Divino Redentor, como Hijo predilecto del Eterno Padre, cuyo inmenso amor conocía,
pudo dedicarle un digno himno de acción de gracias. Esto es lo que pretendió y deseó,
«dando gracias», en la última Cena, y no cesó de hacerlo en la Cruz, ni cesa jamás
en el augusto Sacrificio del Altar, que precisamente significa acción de gracias o
acción eucarística” (nº 71).
- El pedido: “El hombre, hijo pródigo, ha malgastado y disipado todos
los bienes recibidos del Padre Celestial, y así se ve reducido a la mayor miseria
y degradación; pero desde la Cruz, Jesucristo «ofreciendo plegarías y súplicas con
potente clamor y lágrimas... fue escuchado en vista de su actitud reverente».
De igual manera en los sagrados altares ejerce la misma eficaz mediación, a fin
de que seamos colmados de toda clase de gracias y bendiciones” (nº 73).
- La expiación, propiciación y reconciliación:
“Nadie, en realidad, sino Cristo, podía ofrecer a Dios
Omnipotente una satisfacción adecuada por los pecados
de la humanidad. Por eso quiso Él inmolarse en la Cruz,
«víctima de propiciación por nuestros pecados, y no tan
sólo por los nuestros, sino también por los de todo el
mundo». Asimismo se ofrece todos los días sobre los altares
por nuestra redención, para que, libres de la condenación
eterna, seamos acogidos en la grey de los elegidos. Y
esto no solamente para nosotros, los que vivimos aún en
esta vida mortal, sino también para todos los que descansan
en Cristo” (nº 72). Detallemos un poco más este aspecto
de la Sacrificio del Altar.
c) La Santa Misa aplica diariamente
los méritos de Jesús durante su Pasión. El Viernes Santo,
“elevado entre el cielo y la tierra, (Jesús) ofreció su
vida en sacrificio para salvarnos, y de su pecho atravesado
hizo brotar en cierto modo los Sacramentos que distribuyen
a las almas los tesoros de la Redención” (nº 18). “El
augusto Sacrificio del Altar es un insigne instrumento
para distribuir a los creyentes los méritos que brotan
de la Cruz del Divino Redentor” (nº 78). Mediante este
sacrificio, “se nos aplica la eficacia saludable de la
Cruz, para remisión de nuestros pecados cotidianos” (nº
74).
Con Santo Tomás de Aquino, la Iglesia siempre creyó
que “en este sacramento se recuerda la Pasión de Cristo
en cuanto que su efecto se comunica a los fieles”.
(29) “Por este sacramento nos hacemos partícipes de los frutos de
la Pasión del Señor”.(30)
Por eso en una oración secreta
dominical se dice: “Siempre que se celebra la memoria de esta víctima, se consigue
el fruto de nuestra redención”.(31)
Para resumir, se puede decir que el sacrificio de la
Cruz lo merece todo y no aplica nada; el Sacrificio de
la Misa no merece nada sino que lo aplica todo.
d) Objeción protestante: Si se necesita la Misa para aplicarnos los
méritos de la Pasión de Cristo, entonces ¿habrá que decir
que el Sacrificio de la Cruz fue imperfecto? “¡Blasfemia
abominable! –dice Lutero–, que contradice a San Pablo
cuando afirma la perfección del Sacrificio del Calvario”.
Escuchemos a Pío XII responder al heresiarca: “El Apóstol
de los Gentiles, al proclamar la superabundante plenitud
y perfección del Sacrificio de la Cruz, declara que Cristo,
con una sola ofrenda, hizo perfectos para siempre a los
que ha santificado.(32) En efecto, los méritos de este Sacrificio,
como infinitos e inmensos que son, no tienen límites,
y se extienden a todos los hombres en cualquier lugar
y tiempo, porque en él el Sacerdote y la Víctima es el
Dios Hombre (…) Sin embargo (…) es menester que Cristo,
después de haber rescatado al mundo al precio valiosísimo
de Sí mismo, entre, en la posesión real y efectiva de
las almas. De aquí que, para que se lleve a cabo y sea
grata a Dios la redención v salvación de todos los individuos
y de las generaciones venideras hasta el fin de los siglos,
es de necesidad absoluta que entren todos en contacto
vital con el Sacrificio de la Cruz y así les sean transmitidos
los méritos que de él se derivan. Se puede decir que Cristo
ha construido en el Calvario una piscina de expiación
y salvación que elevó con la Sangre por Él derramada;
pero si los hombres no se sumergen en sus aguas y no lavan
en ellas las manchas de sus culpas, no pueden ser purificados
ni salvados” (nº 75). “Lejos de disminuir la dignidad
del Sacrificio cruento, hace resaltar, como afirma el
Concilio de Trento, su grandeza y pregona su necesidad.
Al ser renovado cada día, nos advierte que no hay salvación
fuera de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo” (nº 78).
e) Quien ofrece el Sacrificio de la Misa: el mismo Jesús,
por el ministerio del sacerdote. Entre el sacrificio del
Calvario y el Sacrificio de la Misa “idéntico, pues, es
el Sacerdote, Jesucristo, cuya sagrada persona es representada
por su ministro. Éste, en virtud de la consagración sacerdotal
que ha recibido, se asemeja al Sumo Sacerdote, y tiene
el poder de obrar en virtud y en la persona del mismo
Cristo (33); por eso,
con su acción sacerdotal, en cierto
modo, presta a Cristo su lengua y le ofrece su mano” (nº
68). En la Misa el sacerdote es el instrumento que el
Salvador utiliza para renovar su propio sacrificio.
f)
La acción sacrificial. Consiste en una inmolación incruenta
con la que Jesús ofrece su Cuerpo y su Sangre en memoria
de su Sacrificio en la Cruz, el Viernes Santo. Dicha inmolación
es incruenta a causa del estado actual de inmortalidad
de Jesús, presente realmente bajo las sagradas especies.
La consagración separada del pan y del vino significa
la separación del cuerpo y de la sangre de Jesús el Viernes
Santo. Es importante recordar que Jesús se ofrece real
y actualmente en cada Misa. Lo hace de dos maneras:
-
Comunicando a su ministro la virtud de operar la transubstanciación,
que convierte la sustancia del pan en su Cuerpo y la del
vino en su Sangre;
- Ofreciéndose actualmente desde la
gloria del cielo, como lo recuerda el Papa Pío XI en la
encíclica Quas Primas: “Cristo, como Sacerdote, se ofreció
y sigue ofreciéndose diariamente como víctima por nuestros
pecados”.
g) Cuál es la víctima: el mismo Jesús, presente
realmente, por transubstanciación, bajo las especies del
pan y del vino. Entre el Sacrificio de la Cruz y el del
altar, “idéntica es la víctima, es a saber, el Redentor
Divino, según su naturaleza humana y en la verdad de su
Cuerpo y su Sangre” (nº 69). Durante la Santa Misa, por
el ministerio del Sacerdote, Jesús se hace realmente presente,
con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. Esta presencia
real, y no solamente simbólica o espiritual, se opera
por transubstanciación: cuando el sacerdote pronuncia
las palabras consagratorias, toda la sustancia del pan
se convierte en el Cuerpo de Jesús, y toda la sustancia
del vino se convierte en su Sangre, de manera que después
de la consagración sólo subsisten las especies del pan
y vino: gusto, color, olor, apariencias, etc.
h) Diferencias
entre el Sacrificio de la Cruz y el del altar: El Sacrificio
de la Misa es sustancialmente el mismo que el Sacrificio
de la Cruz: el mismo sacerdote (Jesús) ofrece la misma
Víctima (el mismo Jesús) al Padre eterno por los mismos
fines de adoración, acción de gracias, pedido y expiación.
Sólo difieren en tres aspectos:
- En cuanto al modo de oblación:
El Viernes Santo, la oblación fue cruenta, con efusión
de sangre; en la Misa la oblación es incruenta.
- En cuanto
al ministro: Durante la Pasión, Jesús se ofreció personalmente,
sin intermediario ni instrumento. En la Misa, actúa y
se ofrece por el ministerio del Sacerdote.
- En cuanto al fruto del Sacrificio: La oblación
de Jesús durante la Pasión mereció todas las gracias de
salvación para todos los hombres de todas las épocas.
El Sacrificio de la Misa aplica a cada alma en particular
el tesoro de méritos de la Pasión.
CONCLUSIÓN: SUMA IMPORTANCIA DEL SACRIFICIO DE LA MISA
Después de haber recorrido la doctrina católica sobre
la Santa Misa, comprendemos algo de la gran importancia
del Sacrificio de la Misa con relación a la salvación
de los hombres. Los Papas y los Santos no se cansaron
de hablar del lugar esencial que tiene el Sacrificio del
Altar en la vida cristiana: “El Misterio de la Sagrada
Eucaristía, instituido por el Sumo Sacerdote, Jesucristo,
y por orden suya constantemente renovado por sus ministros,
es el punto culminante y como el centro de la religión
cristiana” (nº 65); “tiene la máxima eficacia de santificación”
(nº 26); es “el acto fundamental del culto divino” y “en
él se ha de hallar necesariamente la fuente y el centro
de la piedad cristiana” (nº 199) “Conviene (…) que todos
los fieles se den cuenta de que su principal deber y su
mayor dignidad consiste en la participación en el Sacrificio
Eucarístico” (nº 79).
La Santa Misa derrama sobre las
almas los tesoros de la Redención. Sin la gracia no hay
salvación. Sin la Misa no hay gracia. A menudo las almas
desconocen y no tienen conciencia de esta realidad sumamente
importante, de la que depende su destino eterno. Pero
el enemigo más encarnizado de las almas, el ángel de las
tinieblas, conoce muy bien la importancia del Sacrificio
del Altar: “La Misa es lo más bello y hermoso que tiene
la Iglesia (…) Por eso el demonio siempre buscó privar
al mundo de la Misa, por medio de los herejes, haciendo
de ellos precursores del anticristo” (San Alfonso de Ligorio).
(34)
Terminemos esta parte con unas palabras de un gran amante
de la Misa, Monseñor Lefebvre: “Jamás llegaremos a comprender
en profundidad el gran misterio de la Misa”. “Debemos
persuadirnos de que la Misa no es sólo el acto religioso
más importante, sino la fuente de toda la doctrina católica,
la fuente de la fe, de la moral individual, familiar,
social. De la Cruz continuada sobre el altar descienden
todas las gracias que permiten a la sociedad cristiana
vivir, desenvolverse; secar la fuente significa extinguir
todos los efectos”.(35)
NOTAS: (1) Monseñor
Fellay, Superior General de la FSSPX, decía después del
Motu proprio: “Es clarísimo que alrededor de la Misa
se juega gran parte de la crisis de la Iglesia. Dos misas,
dos teologías, dos espíritus. Por medio de la nueva misa
se inoculó en todas las venas del Cuerpo Místico un nuevo
espíritu, “el espíritu del Vaticano II”. En cambio,
la Misa tradicional irradia el Espíritu católico”
(Carta a los amigos y benefactores nº 71). Para
un estudio detallado del Motu Proprio “Summorum Pontificum”,
se podrán leer los artículos publicados en la revista
Sí Sí No No de noviembre 2007 (El motu propio
sobre la Misa tradicional) y de marzo 2009 (¿Qué
consecuencias se derivan del Motu propio sobre la Misa
tradicional?).
(2) Carta
de Benedicto XVI acompañando el Motu Proprio Summorum
Pontificum, del 7 de julio de 2007.
(3) Carta
de presentación del “Breve Examen crítico del Novus
Ordo Missæ”, Card. Ottaviani y Bacci, Corpus Christi
1969.
(4) Carta
de presentación del “Breve Examen crítico del Novus
Ordo Missæ”, Card. Ottaviani y Bacci, Corpus Christi
1969.
(5) “Breve
Examen crítico…”, nº VI.
(6) He
aquí las principales fuentes que usaremos a lo largo de
nuestro estudio: 1) “La Misa nueva”, Louis Salleron,
Iction (1978); 2) “El movimiento litúrgico”, R.
P. Bonneterre, Iction (1982); 3) “La messe a-t-elle
une histoire?”, Ediciones del M.J.C.F. (1997); 4)
“Breviario sobre la Hermandad San Pío X”, Cuaderno
Fides nº7 (1998); 5) “Marcel Lefebvre une vie”,
Ediciones Clovis (2002); 6) “El Drama litúrgico”,
Augusto del Río, editoriales Santiago Apóstol y Teodicea
(2008); 7) Revista “Sí Sí No No” de habla española;
8) “Un grave problema de conciencia”, suplemento
a la Revista “Iesus Christus” nº 60.
(7) Catecismo Mayor de San Pío X, pregunta nº 655-656.
(8) IIa IIae, c. 85, a.1, s.c.
(9) IIa IIae, c.85.
(10) Catecismo Mayor de San Pío X, pregunta nº 653.
(11) IIa IIae, c.85, a.4.
(12) Éxodo, 12.
(13) Levítico, 16, 10.
(14) Éxodo, 29.
(15) IIa IIae, c.85, a.2.
(16) IIIª c.47, a.2.
(17) IIIª c.47, a.2.
(18) Apocalipsis, 1, 5.
(19) Romanos, 5, 10.
(20) San Lucas, 23, 34.
(21) IIIª c. 48, a.2.
(22) Efesios, 5, 2.
(23) San Juan, 10, 14-15.
(24) IIIª c. 47, a.1.
(25) Pío XII, Mediator Dei (1947) nº 1.
(26) Concilio de Trento, Ses. XXII, cap. 1º.
(27) Catecismo Mayor de San Pío X, pregunta nº 655-656.
(28) San Juan, 3, 16.
(29) IIIª c. 83 a.2 ad 1um.
(30) IIIª c. 83 a.1.
(31) Secreta del IXº Domingo después de Pentecostés.
(32) Hebreos, 10, 14.
(33) IIIa, c. 22, art. 4.
(34) Oeuvres du Bx Alphonse de Liguori, 1827, p. 182.
(35) Un Obispo habla, ed. Nuevo Orden (1977), p. 134 y 116.
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