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Encíclica del Papa PÍO XII

MEDIATOR DEI - Segunda parte
Sobre la Sagrada Liturgia
(20 de noviembre de 1947)

PARTE SEGUNDA: EL CULTO EUCARÍSTICO

El Sacrificio Eucarístico


65. El Misterio de la Sagrada Eucaristía, instituido por el Sumo Sacerdote, Jesucristo, y por orden suya constantemente renovado por sus ministros, es el punto culminante y como el centro de la religión cristiana. Tratándose del tema principal de la Sagrada Liturgia, creemos oportuno, Venerables Hermanos, detenernos un poco y llamar vuestra atención sobre argumento de tan grande importancia.

A) Institución


66. Cristo Nuestro Señor, “Sacerdote sempiterno, según el orden de Melquisedec”,(1) “como hubiese amado a los suyos que vivían en el mundo”,(2) “en la última Cena, la noche en que era entregado para dejar a la Iglesia, su amada Esposa, un sacrificio visible —como la naturaleza de los hombres pide— que fuese representación del Sacrificio cruento que había de consumarse una sola vez en la Cruz, para que permaneciese su recuerdo hasta el fin de los siglos y se aplicase su eficacia saludable para la remisión de los pecados que cada día cometemos, ofreció a Dios Padre su Cuerpo y su Sangre bajo las apariencias de pan y de vino, símbolos bajo los cuales los entregó a los Apóstoles consagrados sacerdotes del Nuevo Testamento, al mismo tiempo que les intimaba la orden, tanto a ellos como a sus sucesores en el sacerdocio, de que renovasen la oblación”.(3)

B) Naturaleza


67. El Augusto Sacrificio del altar no es, pues, una pura y simple conmemoración de la Pasión y Muerte de Jesucristo, sino que es un Sacrificio propio y verdadero, por el que el Sumo Sacerdote, mediante su inmolación incruenta, repite lo que hizo en la Cruz, ofreciéndose al Padre como víctima gratísíma. “Una sola y la misma es la víctima; y el que ahora se ofrece por el ministerio de los sacerdotes es el mismo que se ofreció entonces en la Cruz; sólo es distinto el modo de ofrecerse”.(4)

a) Idéntico el Sacerdote

68. Idéntico, pues, es el Sacerdote, Jesucristo, cuya sagrada persona es representada por su ministro. Éste, en virtud de la consagración sacerdotal que ha recibido, se asemeja al Sumo Sacerdote, y tiene el poder de obrar en virtud y en la persona del mismo Cristo;(5) por eso, con su acción sacerdotal, en cierto modo, “presta a Cristo su lengua y le ofrece su mano”.(6)

b) Idéntica la víctima

69. Idéntica asimismo es la víctima, es a saber, el Redentor Divino, según su naturaleza humana y en la verdad de su Cuerpo y su Sangre.

c) Distinto el modo de ofrecerse

Es diferente, en cambio, el modo como Cristo se ofrece. En efecto, en la Cruz, Él se ofreció a Dios totalmente, con todos sus sufrimientos; pero esta inmolación de la Víctima fue llevada a cabo por medio de una muerte cruenta, voluntariamente padecida; en cambio, sobre el altar, a causa del estado glorioso de su naturaleza humana, “la muerte no tendrá ya dominio sobre Él”,(7) y por eso la efusión de la sangre es imposible; con todo, la divina sabiduría halló un medio admirable para hacer manifiesto el sacrificio de nuestro Redentor con señales exteriores, que son símbolos de muerte, ya que, gracias a la Transubstanciación del pan en el Cuerpo y del vino en la Sangre de Cristo, así como está realmente presente su Cuerpo, también lo está su Sangre; y las especies eucarísticas, bajo las cuales se halla presente, simbolizan la cruenta separación del Cuerpo y de la Sangre. De este modo la representación conmemorativa de la muerte que realmente sucedió en el Calvario se repite en cada uno de los Sacrificios del altar, ya que la separación de los símbolos índica que Jesucristo está en estado de víctima.

d) Idénticos los fines del Sacrificio

70. Idénticos, además, son los fines. El primero es la glorificación del Padre Celestial. Desde su nacimiento hasta su muerte, Jesucristo ardió en el celo de la gloria divina; y desde la Cruz, la inmolación de su Sangre subió al cielo en olor de suavidad. Y para que este himno jamás termine, los miembros se unen en el Sacrificio Eucarístico a su Cabeza divina, y con Él, con los Ángeles y Arcángeles, cantan a Dios alabanzas perennes, (8) dando al Padre Omnipotente todo honor y gloria.(9)

71. El segundo fin es dar gracias a Dios. El Divino Redentor, como hijo predilecto del Eterno Padre, cuyo inmenso amor conocía, pudo dedicarle un digno himno de acción de gracias. Esto es lo que pretendió y deseó, “dando gracias”,(10) en la última Cena, y no cesó de hacerlo en la Cruz, ni cesa jamás en el augusto Sacrificio del altar, que precisamente significa acción de gracias o acción eucarística; y esto, porque “digno y justo es, en verdad, debido y saludable”.(11)

72. El tercer fin es la expiación, la propiciación y la reconciliación. Nadie, en realidad, sino Cristo, podía ofrecer a Dios Omnipotente una satisfacción adecuada por los pecados de la humanidad. Por eso quiso Él inmolarse en la Cruz, “víctima de propiciación por nuestros pecados, y no tan sólo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo”.(12) Asimismo se ofrece todos los días sobre los altares por nuestra redención, para que, libres de la condenación eterna, seamos acogidos en la grey de los elegidos. Y esto no solamente para nosotros, los que vivimos aún en esta vida mortal, sino también para “todos los que descansan en Cristo… que nos precedieron con la señal de la fe y duermen el sueño de la paz”,(13) porque, tanto vivos como muertos, “no nos separamos del único Cristo” (14)

73. El cuarto fin es la impetración. El hombre, hijo pródigo, ha malgastado y disipado todos los bienes recibidos del Padre Celestial, y así se ve reducido a la mayor miseria y degradación; pero desde la Cruz, Jesucristo “ofreciendo plegarías y súplicas con potente clamor y lágrimas... fue escuchado en vista de su actitud reverente”. (15) De igual manera en los sagrados altares ejerce la misma eficaz mediación, a fin de que seamos colmados de toda clase de gracias y bendiciones.

C) Valor infinito del Sacrificio Eucarístico


74. Así se comprende fácilmente por qué afirma el Sacrosanto Concilio Tridentino que, mediante el Sacrificio Eucarístico, se nos aplica la eficacia saludable de la Cruz, para remisión de nuestros pecados cotidianos.(16)

75. El Apóstol de los Gentiles, al proclamar la superabundante plenitud y perfección del Sacrificio de la Cruz, declara que Cristo, con una sola ofrenda, hizo perfectos para siempre a los que ha santificado.(17) En efecto, los méritos de este Sacrificio, como infinitos e inmensos que son, no tienen límites, y se extienden a todos los hombres en cualquier lugar y tiempo, porque en él el Sacerdote y la Víctima es el Dios Hombre; en cuanto que su inmolación, así como su obediencia a la voluntad del Padre Eterno, fue perfectísima, y en cuanto que quiso morir como Cabeza del género humano: “Mira el intercambio por el que fuimos comprados: vende Cristo en la Cruz; mira a qué precio compró... Derramó su sangre. Compró con su sangre, con la sangre del Cordero inmaculado, con la sangre del único Hijo de Dios... Quien compra es Cristo; el precio, la sangre; la posesión, el mundo todo”.(18)

76. Sin embargo, este rescate no obtiene inmediatamente su efecto pleno; es menester que Cristo, después de haber rescatado al mundo al precio valiosísimo de Sí mismo, entre, en la posesión real y efectiva de las almas. De aquí que, para que se lleve a cabo y sea grata a Dios la redención v salvación de todos los individuos y de las generaciones venideras hasta el fin de los siglos, es de necesidad absoluta que entren todos en contacto vital con el Sacrificio de la Cruz y así les sean transmitidos los méritos que de él se derivan. Se puede decir que Cristo ha construido en el Calvario una piscina de expiación y salvación que elevó con la Sangre por Él derramada; pero si los hombres no se sumergen en sus aguas y no lavan en ellas las manchas de sus culpas, no pueden ser purificados ni salvados.

D) La colaboración de los fieles


77.
Por eso, para que todos los pecadores se purifiquen en la Sangre del Cordero, es necesaria su propia colaboración. Aunque Cristo, hablando en términos generales, haya reconciliado a todo el género humano con el Padre por medio de su muerte cruenta, quiso, sin embargo, que todos se acercasen y fuesen llevados a la Cruz por medio de los Sacramentos y por medio del Sacrificio de la Eucaristía, para poder obtener los frutos de salvación por Él logrados en la misma Cruz. Con esta participación actual y personal, así como los miembros se asemejan cada día más a la Cabeza divina, así también la salvación que de la Cabeza viene afluye en los miembros, de manera que cada uno de nosotros puede repetir las palabras de San. Pablo: “Estoy clavado en la Cruz juntamente con Cristo, y yo vivo, o más bien no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí”.(19) Porque, como en otra ocasión hemos dicho de propósito y ampliamente, Jesucristo, “mientras al morir en la Cruz concedió a su Iglesia el inmenso tesoro de la Redención, sin que Ella pusiese nada de su parte; en cambio, cuando se trata de la distribución de este tesoro, no sólo comunica a su Esposa sin mancilla la obra de la santificación, sino que quiere que en alguna manera provenga de su esfuerzo”.(20)

78. El augusto Sacrificio del altar es un insigne instrumentó para distribuir a los creyentes los méritos que brotan de la Cruz del Divino Redentor. “Cuantas veces se celebra la memoria de este Sacrificio, renuévase la obra de nuestra Redención”.(21) Y esto, lejos de disminuir la dignidad del Sacrificio cruento, hace resaltar, como afirma el Concilio de Trento,(22) su grandeza y pregona su necesidad. Al ser renovado cada día, nos advierte que no hay salvación fuera de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo;(23) que Dios quiere la continuación de este Sacrificio “desde Levante a Poniente”,(24) para que no cese jamás el himno de glorificación y de acción de gracias que los hombres deben al Criador, puesto que tienen necesidad de su continua ayuda y de la Sangre del Redentor para borrar los pecados que provocan su justicia.


PARTICIPACIÓN DE LOS FIELES EN EL SACRIFICIO EUCARÍSTICO

A) Deber y dignidad de esta participación

79. Conviene, pues, Venerables Hermanos, que todos los fieles se den cuenta de que su principal deber y su mayor dignidad consiste en la participación en el Sacrificio Eucarístico; y eso, no con un espíritu pasivo y negligente, discurriendo y divagando por otras cosas, sino de un modo tan intenso y activo, que estrechísimamente se unan con el Sumo Sacerdote, según la advertencia del Apóstol: “Habéis de tener en vuestros corazones los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo en el suyo”;(25) ofreciendo con Él y por Él, consagrándose con Él.

a) Manera de practicarla

80.
Jesucristo, en verdad, es Sacerdote, pero Sacerdote para nosotros, no para Sí, pues ofrece al Eterno Padre los deseos y sentimientos religiosos en nombre de toda la humanidad; igualmente, Él es víctima, pero para nosotros, ya que se pone en vez del hombre culpable.

Pues bien, la frase del Apóstol: “habéis de tener en vuestros corazones los mismos sentimientos que tuvo Jesucristo en el suyo”, exige a todos los cristianos que reproduzcan en sí, en cuanto les es posible, los afectos de que estaba animado el Divino Redentor cuando ofrecía el Sacrificio de sí mismo, es decir, que imiten su humilde sumisión y eleven a la soberana Majestad de Dios el homenaje de su adoración, honor, alabanza y acción de gracias. Exige, además, que de alguna manera adopten la actitud de víctima, que se nieguen a sí mismos según las enseñanzas del Evangelio, que se entreguen voluntaria y gustosamente a la penitencia, que detesten y expíen sus propios pecados. Exige, finalmente, que muramos con muerte mística en la Cruz juntamente con Jesucristo, de modo que podamos decir como San Pablo: “Estoy crucificado con Cristo”.(26)

b) Error acerca del sacerdocio de los fieles

81.
Empero, por el hecho de que los fieles cristianos participen en el Sacrificio Eucarístico, no por eso gozan también de la potestad sacerdotal, cosa que, por cierto, es muy necesario pongáis ante la vista de vuestra grey.

82. Pues hay en la actualidad, Venerables Hermanos, quienes colindando con errores ya condenados,(27) enseñan que en el Nuevo Testamento, por Sacerdocio sólo se entiende el que atañe a todos los bautizados; y que la orden que Jesucristo dio a los Apóstoles en su Última Cena, de hacer lo que Él mismo había hecho, se refiere directamente a toda la Iglesia de los fieles y que sólo más adelante se llegó al Sacerdocio Jerárquico. Por lo cual creen que el pueblo tiene verdadero poder sacerdotal y que los sacerdotes obran solamente en virtud de una delegación de la comunidad. Por eso juzgan que el Sacrificio Eucarístico es una estricta “concelebración”, y opinan que es más conveniente que los sacerdotes “concelebren” rodeados de los fieles, que no que ofrezcan privadamente el Sacrificio sin asistencia del pueblo.

83. No hay para qué explicar cuánto se oponen esos capciosos errores a las verdades que ya hemos dejado establecidas, al tratar del puesto que ocupa el sacerdote en el Cuerpo Místico de Cristo. Recordemos solamente que el sacerdote hace las veces del pueblo sólo porque representa a la persona de Nuestro Señor Jesucristo en cuanto que es Cabeza de todos los miembros y en cuanto se ofrece por ellos, y que, por consiguiente, se acerca al altar como ministro de Jesucristo, inferior a Cristo, pero superior al pueblo.(28) El pueblo, por el contrarío, puesto que de ninguna manera representa a la persona del Divino Redentor, ni el reconciliador entre sí mismo y Dios, de ningún modo puede gozar del derecho sacerdotal.

B) Participación en la oblación

84. Todo esto consta con certeza de fe; con todo, hay que afirmar también que los fieles cristianos ofrecen la hostia divina, pero bajo otro aspecto.

a) Está declarado por la Iglesia

85.
Así lo declararon ya amplísimamente algunos de Nuestros Antecesores y de los Doctores de la Iglesia. “No sólo —así habla Inocencio III, de inmortal memoria— ofrecen el Sacrificio los sacerdotes, sino también todos los fieles; pues lo que se realiza especialmente por el ministerio de los sacerdotes, se obra universalmente por el deseo de los fieles”.(29) Y nos place recordar al menos uno de los varios asertos de San Roberto Belarmino, a este propósito: “El Sacrificio —dice— se ofrece principalmente en la persona de Cristo. Así, pues, la oblación que sigue inmediatamente a la consagración es como un testimonio de que toda la Iglesia concuerda en la oblación hecha por Cristo y de que la ofrece con Él”.(30)

b) Está significado por los mismos ritos

86.
Los ritos y las oraciones del Sacrificio Eucarístico no menos claramente significan y muestran que la oblación de la víctima la hace el sacerdote juntamente con el pueblo. Pues no solamente el ministro sagrado, después de haber ofrecido el pan y el vino, dice explícitamente, vuelto hacia el pueblo: “Orad, hermanos, para que este sacrificio mío y vuestro sea aceptable ante Dios Padre Todopoderoso”,(31) sino que, además, las súplicas con que se ofrece a Dios la hostia divina las más de las veces se pronuncian en número plural, y en ellas, más de una vez, se índica que el pueblo participa también en este augusto Sacrificio, en cuanto que él también lo ofrece. Así, por ejemplo, se dice: “Por los cuales te ofrecemos o ellos mismos te ofrecen... Rogámoste, pues, Señor, recibas propicio esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia... Nosotros, tus siervos, y tu pueblo santo..., ofrecemos a tu excelsa Majestad, de tus propios dones y dádivas, la Hostia pura, la Hostia santa, la Hostia inmaculada”.(32)

87. No es de admirar que los fieles sean elevados a tal dignidad, pues por el Bautismo los cristianos, a título común, quedan hechos miembros del Cuerpo Místico de Cristo Sacerdote, y por el “carácter” que se imprime en sus almas son consagrados al culto divino, participando así, de acuerdo con su estado, en el Sacerdocio del mismo Cristo.

c) En qué sentido ofrecen los fieles

88. En la Iglesia Católica, la razón humana, iluminada por la fe, se ha afanado siempre por alcanzar el mayor conocimiento posible de las cosas divinas. Es, pues, muy puesto en razón que el pueblo cristiano pregunte piadosamente en qué sentido en el Canon del Sacrificio Eucarístico se dice que él también lo ofrece. Para satisfacer a tal deseo, nos place exponer sucintamente este punto.

89. Hay, en primer lugar, razones más bien remotas: así, por ejemplo, frecuentemente sucede que los fieles que asisten al culto sagrado, alternan sus plegarias con las del sacerdote; asimismo algunas veces —cosa que antiguamente se hacía con más frecuencia—ofrecen a los ministros del altar el pan y el vino para que se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Cristo; otras veces, en fin, con sus limosnas procuran que el sacerdote ofrezca por ellos la Divina Víctima.

d) Cómo ofrecen por manos del sacerdote

90. Empero, hay también una razón íntima para que se pueda decir que todos los cristianos, y principalmente los que están presentes ante el altar, ofrecen el Sacrificio.

91. Para que en cuestión tan importante no nazca ningún pernicioso error, hay que limitar con términos precisos el sentido del término “ofrecer”.

La inmolación incruenta, por la cual, en virtud de las palabras de la Consagración, Cristo se hace presente en estado de víctima sobre el altar, la realiza sólo el sacerdote en cuanto representa a Cristo, no en cuanto tiene la representación de los fieles.

Mas por el hecho de que el sacerdote pone sobre el altar la Divina Víctima, la presenta a Dios Padre como una oblación a gloria de la Santísima Trinidad y para el bien de toda la Iglesia. En esta oblación, en sentido estricto, participan los fieles a su manera bajo un doble aspecto, pues no sólo por manos del sacerdote, sino también en cierto modo juntamente con él ofrecen el Sacrificio, y esta participación hace que la oblación del pueblo pertenezca también al culto litúrgico.

92. Que los fieles ofrezcan el Sacrificio por manos del sacerdote se evidencia por el hecho de que el ministro del altar representa a Cristo en cuanto que como Cabeza ofrece en nombre de todos los miembros; por lo cual puede decirse con razón que toda la Iglesia universal presenta la ofrenda de la Víctima por medio de Cristo.

Pero no se dice precisamente que el pueblo ofrece con el sacerdote, porque los miembros de la Iglesia realizan el rito litúrgico visible de la misma manera que el sacerdote, lo cual es exclusivo del ministro delegado para ello por Dios, sino porque une sus obsequios de alabanza, impetración, expiación y acción de gracias a los deseos o intenciones del sacerdote, más aún, del mismo Sumo Sacerdote, para presentarlas a Dios Padre en la misma oblación de la Víctima, incluso con el mismo rito externo del sacerdote; y es que el rito externo del Sacrificio, por su misma naturaleza, ha de manifestar el culto interno, y el Sacrificio de la Ley Nueva significa el obsequio supremo por el cual el mismo oferente principal, que es Cristo, y con Él y por Él todos sus miembros místicos, tributan a Dios el honor y el respeto que le son debidos.

93. Con grande gozo del alma hemos sabido que, precisamente, en estos últimos años, a consecuencia de los estudios más diligentes que muchos han hecho en materias litúrgicas, ha sido puesta tal doctrina en plena luz. Sin embargo, no podemos menos de deplorar vivamente ciertas exageraciones y falsas interpretaciones que no concuerdan con las genuinas enseñanzas de la Iglesia.

94. Algunos, en efecto, reprueban absolutamente las Misas que se ofrecen en privado sin la asistencia del pueblo, como si fuesen una desviación del primitivo modo de celebrar; ni faltan quienes afirman que los sacerdotes no pueden ofrecer al mismo tiempo la Hostia divina en varios altares, pues con esta práctica dividen la comunidad y ponen en peligro su unidad, más aún, algunos llegan a creer que es preciso que el pueblo confirme y ratifique el Sacrificio para que éste alcance su valor y eficacia.

95. En estos casos se alega erróneamente el carácter social del Sacrificio Eucarístico, porque cuantas veces el sacerdote renueva lo que el Divino Redentor hizo en la última Cena, se consuma realmente el Sacrificio; Sacrificio que por su misma naturaleza, siempre, en todas partes y por necesidad, tiene una función pública y social, pues el que lo inmola obra en nombre de Cristo y de los fieles cuya Cabeza es el Divino Redentor, ofreciéndolo a Dios por la Iglesia Católica, por los vivos y difuntos (33) y ello tiene lugar sin duda alguna ya sea que estén presentes los fieles —y Nos deseamos y recomendamos acudan en grandísimo número y con la mayor piedad—, ya sea que no asistan, pues de ningún modo se requiere que el pueblo ratifique lo que hace el ministro del altar.

96. Por lo que acabamos de exponer queda claro que el Sacrificio Eucarístico se ofrece en nombre de Cristo y de la Iglesia y no pierde su eficacia, individual y social, aunque se celebre sin acólito; con todo, por razón de la dignidad de este tan augusto misterio, queremos y urgimos —conforme a las órdenes constantes de la Santa Madre Iglesia— que ningún sacerdote se acerque al altar sin ayudante que le sirva y responda a tenor del canon 813.

C) Participación en la inmolación

97.
Mas para que la oblación por la cual en este Sacrificio los fieles ofrecen al Padre Celestial la Víctima divina alcance su pleno efecto, conviene añadir otra cosa: es preciso que se inmolen a sí mismos como víctimas.

98. Esta inmolación no se reduce sólo al Sacrificio litúrgico, pues el Príncipe de los Apóstoles quiere que, puesto que somos edificados en Cristo como piedras vivas, podamos, a fuer de “Sacerdocio santo, ofrecer víctimas espirituales que sean agradables a Dios por Jesucristo”;(34) y el Apóstol San Pablo, sin ninguna distinción de tiempo, exhorta a los cristianos con estas palabras: “Os ruego... que le ofrezcáis vuestros cuerpos como una hostia viva, santa y agradable a sus ojos; tal es el culto racional que debéis ofrecerle”.(35)

Mas especialmente cuando los fieles participan en la acción litúrgica con tanta piedad y atención, que de ellos se pueda decir en verdad: “cuya fe y devoción te son conocidas”,(36) entonces no podrán menos de influir en que la fe de cada uno actúe más vivamente por medio de la caridad, que la piedad se fortalezca y arda, que todos y cada uno se consagren a procurar la divina gloria y que, ardientemente deseosos de asemejarse a Jesucristo, que sufrió tan acerbos dolores, se ofrezcan como hostia espiritual con y por el Sumo Sacerdote.

99. Esto mismo enseñan las exhortaciones que el Obispo, en nombre de la Iglesia, dirige a los ministros del altar el día de su ordenación: “Daos cuenta de lo que realizáis; imitad lo que hacéis y al celebrar el Misterio de la Muerte del Señor, procurad mortificar enteramente en vuestros miembros los vicios y las pasiones desordenadas”.(37) Y casi en los mismos términos los libros litúrgicos advierten a los cristianos que se acercan al altar para participar en el Santo Sacrificio: “Ofrézcase en este... altar el culto de la inocencia, inmólese la soberbia, sacrifíquese la ira, mortifíquese la lujuria y toda lascivia, ofrézcase en vez de tórtolas el sacrificio de la castidad, y en vez de pichones, el sacrificio de la inocencia”.(38) Así, pues, mientras estamos junto al altar, hemos de transformar nuestra alma de manera que se extinga totalmente en ella todo lo que es pecado, e intensamente se fomente y robustezca cuanto engendra la vida eterna por medio de Jesucristo, de modo que nos hagamos, con la Hostia Inmaculada, víctimas aceptables al Eterno Padre.

100. La Iglesia se esfuerza con todo empeño, por medio de las enseñanzas de la Sagrada Liturgia, para que este santo ideal pueda ponerse en práctica del modo más apropiado. A ello convergen, no sólo las lecciones, las homilías y las demás exhortaciones de los sagrados ministros, y todo el ciclo de los misterios que se proponen a nuestra consideración durante todo el curso del año, sino también los ornamentos, los sagrados ritos y su esplendor externo; todo lo cual se encamina “a que resalte la majestad de tan alto Sacrificio, y las almas de los fieles, por medio de estos signos externos de religión y de piedad, se muevan a la contemplación de las altísimas realidades que se esconden en este Sacrificio”.(39)

101. Así que todos los elementos de la Liturgia apuntan a que nuestra alma reproduzca en sí misma, por el misterio de la Cruz, la imagen de Nuestro Divino Redentor, según la sugerencia del Apóstol: “Estoy clavado con Cristo en la Cruz, vivo yo, o más bien no soy yo el que vive sino que Cristo vive en mí”.(40) Por lo cual nos hacemos como una hostia con Cristo, para aumentar la gloria del Eterno Padre.

102. Por tanto, hacía esta meta los fieles deben orientar y elevar sus almas al ofrecer la Víctima divina en el Sacrificio Eucarístico. Pues si, como escribe San Agustín, nuestro misterio está puesto en la mesa del Señor,(41) es decir, el mismo Cristo Señor Nuestro en cuanto es Cabeza y símbolo de la unión por la cual nosotros somos el Cuerpo Místico de Cristo (42) y miembros de su Cuerpo;(43) si San Roberto Belarmino, de acuerdo con el Doctor de Hipona, enseña que en el Sacrificio del altar está significado el Sacrificio general por el cual todo el Cuerpo Místico de Cristo, es decir, toda la ciudad rescatada, se ofrece a Dios por el gran Sacerdote, Cristo;(44) nada puede pensarse más recto ni más justo que el inmolamos también nosotros todos al Eterno Padre, juntamente con nuestra Cabeza, que por nosotros sufrió. Efectivamente, en el Sacramento del altar, según el mismo San Agustín, se muestra a la Iglesia que en el Sacrificio que ofrece, Ella también es ofrecida.(45)

103. Adviertan, pues, los fieles cristianos a qué dignidad los ha elevado el sagrado Bautismo y no se contenten con participar en el Sacrificio Eucarístico con la intención general propia de los miembros de Cristo y de los hijos de la Iglesia, sino que, unidos de la manera más espontánea e íntima, con el Sumo Sacerdote y con su ministro en la tierra, según el espíritu de la Sagrada Liturgia, únanse con Él de un modo particular cuando se realiza la consagración de la Hostia divina, y ofrézcanla juntamente con Él al pronunciarse aquellas solemnes palabras:

“Por Él, con Él y en Él a Ti, Dios Padre Omnipotente, en unidad del Espíritu Santo, es dada toda honra y gloria por todos los siglos de los siglos”;(46) a las cuales palabras el pueblo responde: “Amén”. Y no se olviden los cristianos de ofrecerse con su divina Cabeza clavada en la Cruz, a sí mismos, sus preocupaciones, sus dolores, angustias, miserias y necesidades.

D) Medios para promover esta participación

104. Son, pues, muy dignos de alabanza los que, deseosos de que el pueblo cristiano participe más fácilmente y con mayor provecho en el Sacrificio Eucarístico, se esfuerzan en poner el Misal Romano en manos de los fieles, de modo que, en unión con el sacerdote, oren con él con sus mismas palabras y con los mismos sentimientos de la Iglesia; y del mismo modo son de alabar los que se afanan porque la Liturgia, aun externamente, sea una acción sagrada, en la cual tomen realmente parte todos los presentes. Esto puede hacerse de muchas maneras, bien sea que todo el pueblo, según las normas rituales, responda ordenadamente a las palabras del sacerdote o entone cánticos adaptados a las diversas partes del Sacrificio, o haga entrambas cosas, o bien en las Misas solemnes responda a las oraciones del ministro de Jesucristo y cante con él las melodías litúrgicas.

E) Subordinados a los preceptos de la Iglesia

105. Todos estos modos de participar en el Sacrificio son dignos de alabanza y de recomendación cuando se acomodan diligentemente a los preceptos de la Iglesia y a las normas rituales. De hecho tales métodos se encaminan principalmente a alimentar y fomentar la piedad de los cristianos y su íntima unión con Cristo y con su ministro visible, a despertar los sentimientos y disposiciones interiores, con los cuales nuestra alma ha de asemejarse al Sumo Sacerdote del Nuevo Testamento.

Pero aunque tales métodos significan, aun en su forma exterior, que el Sacrificio, por su misma naturaleza, una vez que es celebrado por el Mediador entre Dios y los hombres (47) ha de considerarse como obra de todo el Cuerpo Místico de Cristo; con todo, de ninguna manera son tan necesarios para imprimirle su carácter oficial y comunitario.

Además, la Misa dialogada no puede sustituir a la Misa solemne, la cual, aunque estén presentes a ella solamente los ministros sagrados, goza de una particular dignidad por la majestad de sus ritos y el esplendor de sus ceremonias, si bien tal esplendor y magnificencia suben de punto cuando, como la Iglesia lo desea, asiste el pueblo cristiano en gran número y con manifiesta devoción.

F) No hay que exagerar el valor de estos medios

106. Hay que advertir también que se apartan de la verdad y la recta razón quienes, llevados de opiniones falaces, hacen tanto caso de esas circunstancias externas, que no dudan en aseverar que, si ellas se descuidan, la acción sagrada no puede alcanzar su propio fin.

107. En efecto, no pocos fieles cristianos son incapaces de usar el Misal Romano, aunque esté traducido en lengua vulgar; y no todos están capacitados para entender correctamente los ritos y las fórmulas litúrgicas. El talento, la índole y el espíritu de los hombres son tan diversos y tan desemejantes unos de otros, que no todos pueden sentirse igualmente impresionados con las oraciones, los cánticos y los ritos comunitarios. Además, las necesidades de las almas y sus preferencias no son iguales en todos, ni siempre perduran idénticas en una misma persona. ¿Quién, llevado de ese prejuicio, se atreverá a afirmar que tantos cristianos no pueden participar en el Sacrificio Eucarístico ni gozar de sus beneficios? Lo pueden, ciertamente, gracias a otros métodos, que a algunos les resultan más fáciles; como por ejemplo, meditando piadosamente los misterios de Jesucristo, o haciendo otros ejercicios de piedad, o rezando otras oraciones que, aunque diferentes de los sagrados ritos en la forma, sin embargo concuerdan con ellos por su misma naturaleza.

G) Las comisiones diocesanas litúrgicas

108. Por eso os exhortamos, Venerables Hermanos, a que, en vuestra Diócesis o vuestro territorio eclesiástico, ordenéis el método más apropiado con que el pueblo pueda participar en la acción litúrgica, según las normas del Misal, las prescripciones de la Sagrada Congregación de Ritos y del Código de Derecho Canónico, de manera que todo se haga con el debido honor y decoro y no se permita a nadie, aunque sea sacerdote, que use los recintos sagrados a su antojo como para hacer nuevos ensayos.

Por lo cual deseamos también que en cada Diócesis, así como hay ya una comisión para el Arte y la Música sagradas, así se cree también otra para promover el Apostolado Litúrgico, a fin de que bajo vuestra vigilante solicitud todo se haga diligentemente según las orientaciones de la Sede Apostólica.

109. En las Comunidades religiosas, por su parte, cúmplase cuidadosamente todo lo que sus propias Constituciones establecen en este punto y no se introduzcan novedades sin la previa aprobación de los Superiores.

110. En realidad, por muy diversos y diferentes que sean los modos y las circunstancias externas con que el pueblo cristiano participa en el Sacrificio Eucarístico y en las demás acciones litúrgicas, siempre hay que procurar con todo empeño que las almas de los asistentes se unan del modo más íntimo posible con el Divino Redentor; que su vida se enriquezca con una santidad cada vez mayor, y que cada día crezca más la gloria del Padre Celestial.


LA COMUNIÓN EUCARÍSTICA

111. El Augusto Sacrificio del altar termina con la Comunión del divino manjar. Sin embargo, como todos lo saben, para la integridad del mismo Sacrificio se requiere sólo que el sacerdote se nutra con el manjar celestial y no que también el pueblo —cosa que, por lo demás, es muy deseable— se acerque a la sagrada Comunión.

A) Para la integridad del Sacrificio basta la Comunión del sacerdote

112. Nos place reiterar a este propósito las advertencias que Nuestro Predecesor Benedicto XIV escribe acerca de las disposiciones del Concilio de Trento: “En primer lugar hemos de decir que a ningún fiel se le puede ocurrir que las Misas privadas, en las cuales sólo el sacerdote recibe la Eucaristía, pierdan por esto el valor del verdadero, perfecto e íntegro Sacrificio incruento instituido por Cristo Señor Nuestro, y que por lo mismo hayan de considerarse ilícitas. En efecto, los fieles no ignoran, o por lo menos es fácil enseñárselo, que el Sacrosanto Concilio de Trento, fundado en la doctrina que ha conservado la perpetua tradición de la Iglesia, condenó la nueva y falsa doctrina contraria de Lutero”.(48) “Quien dijere que las Misas en que sólo el sacerdote comulga sacramentalmente son ilícitas y que por lo mismo hay que suprimirlas, sea anatema”.(49)

113. Están fuera, pues, del camino de la verdad los que no quieren celebrar el Santo Sacrificio si el pueblo cristiano no se acerca a la sagrada Mesa; pero yerran aún más los que, para probar que es enteramente necesario que los fieles, junto con el sacerdote, reciban el manjar eucarístico, afirman capciosamente que aquí no se trata sólo de un Sacrificio, sino del Sacrificio y del Convite de la comunidad fraterna, y hacen de la Sagrada Comunión, recibida en común, como el punto culminante de toda la ceremonia.

114. Se debe advertir una vez más que el Sacrificio Eucarístico, por su misma naturaleza, es la incruenta inmolación de la divina Víctima, inmolación que se manifiesta místicamente por la separación de las sagradas especies y por la oblación de las mismas al Eterno Padre.

La Sagrada Comunión atañe a la integridad del Sacrificio y a la participación del mismo mediante la recepción del augusto Sacramento; y mientras que es enteramente necesaria para el ministro que sacrifica, para los fieles es tan sólo vivamente recomendable.

B) Exhortación a la Comunión espiritual y sacramental

115. Y así como la Iglesia, en cuanto Maestra de la verdad, se esfuerza con todos los medios por defender la integridad de la fe, del mismo modo, cual Madre solícita de todos sus hijos, los exhorta vivamente a participar con interés y frecuencia de este máximo beneficio de nuestra Religión.

116. Desea, en primer lugar, que los cristianos —especialmente cuando con facilidad no pueden recibir efectivamente el manjar eucarístico— lo reciban al menos espiritualmente, de manera que, con fe viva y despierta, con ánimo reverente, humilde y enteramente confiado en la voluntad del Divino Redentor, se unan a Él con la más fervorosa e intensa caridad posible.

117. Pero no se contenta con esto. Porque, como hemos dicho arriba, podemos participar en el Sacrificio también con la Comunión “sacramental” por medio del banquete del Pan de los Ángeles; y así, nuestra Madre la Iglesia, para que de un modo más eficaz “experimentemos continuamente en nosotros el fruto de la Redención”,(50) repite a todos y cada uno de sus hijos la invitación de Nuestro Señor Jesucristo: “Tomad y comed... Haced esto en memoria mía”.(51)

Por lo cual el Concilio de Trento, como haciéndose eco de los deseos de Jesucristo y de su inmaculada Esposa, exhortó vivamente a “que en todas las Misas los fieles que estén presentes comulguen, no sólo con sus espirituales afectos, sino también con la recepción sacramental de la Eucaristía, para que alcancen frutos más abundantes de este Santísimo Sacramento”.(52)

Más aún; nuestro Predecesor, de inmortal memoria, Benedicto XIV, para que quedase mejor y más claramente manifiesto que los cristianos mediante la recepción de la Eucaristía participan del mismo divino Sacrificio, ensalza la piedad de los que, no sólo quieren alimentarse del divino manjar mientras asisten al Santo Sacrificio, sino que prefieren nutrirse de las mismas Hostias consagradas en el mismo Sacrificio, por más que, como Él mismo declara, en realidad de verdad se participa del Sacrificio aunque se reciba el Pan Eucarístico consagrado anteriormente. Estas son sus palabras: “Y aunque también participen del mismo Sacrificio los que reciben del sacerdote celebrante en la misma Misa una parte de la Víctima por él ofrecida, así como los fieles a quienes el sacerdote administra la Eucaristía reservada según costumbre; con todo, no por eso la Iglesia prohibió nunca, ni prohibe ahora, que el sacerdote satisfaga a la piedad y a la justa petición de los asistentes a la Misa que piden participar en el mismo Sacrificio, que también ellos ofrecen a su manera, más aún, lo aprueba y desea que no se omita, y reprendería a los sacerdotes por cuya culpa y negligencia se negara a los fieles esta participación”.(53)

118. Quiera, pues, el Señor que todos respondan espontáneamente y a gusto a estas solícitas invitaciones de la Iglesia; Quiera Él que los fieles, si pueden, participen aun a diario del Divino Sacrificio, no sólo de un modo espiritual, sino también mediante la Comunión del Augusto Sacramento, recibiendo el Cuerpo de Jesucristo ofrecido al Eterno Padre en favor de todos. Estimulad, Venerables Hermanos, en las almas encomendadas a vuestra solicitud una ferviente y como insaciable hambre de Jesucristo; que por vuestro magisterio los altares se vean rodeados de niños y de jóvenes, que ofrezcan al Divino Redentor sus personas, su inocencia, su entusiasmo juvenil; que se acerquen los esposos para que, alimentados en la Sagrada Mesa, puedan modelar a sus hijos conforme a los sentimientos y la caridad de Jesucristo; que se invite a los trabajadores para que puedan recibir el manjar sólido e indefectible que restaure sus fuerzas y prepare en el Cielo un premio eterno a sus trabajos; llamad, finalmente, a los hombres de todas las clases y forzadlos a entrar,(54) pues éste es el Pan de Vida que todos necesitan. La Iglesia de Jesucristo tiene sólo este Pan con que satisfacer los anhelos de nuestras almas, con que unirlas estrechísimamente a Jesucristo, y con que obtener que todos sean “un solo cuerpo” (55) y se unan como hermanos que se sientan a la misma Mesa celestial para que con la fracción de un mismo Pan reciban el remedio de la inmortalidad.(56)

C) Comunión recibida, en lo posible, durante la Misa

119. Es también muy conveniente, como por lo demás lo establece la Liturgia, que el pueblo se acerque a la Sagrada Comunión después que el sacerdote haya consumido el manjar del ara; y, como arriba dijimos, son de alabar los que asisten al Sacrificio y reciben las Hostias en él mismo consagradas, de modo que realmente suceda “que todos cuantos participando de este altar, hayamos recibido el sacrosanto Cuerpo y Sangre de tu Hijo, seamos colmados de toda bendición y gracia celestial”.(57)

120. Con todo, a veces no faltan razones, ni son raras, para distribuir el Pan Eucarístico antes o después del Sacrificio mismo; ni faltan tampoco para que —aunque se distribuya la Sagrada Comunión inmediatamente después de la Comunión del sacerdote—, se haga con Hostias de antemano consagradas. También en estos casos —como ya dijimos—el pueblo participa realmente del Sacrificio y no pocas veces puede acercarse así con más facilidad a la Mesa de vida eterna.

Pero si la Iglesia, en su maternal condescendencia, se esfuerza por salir al paso de las necesidades espirituales de sus hijos, éstos por su parte no deben fácilmente despreciar lo que la Sagrada Liturgia recomienda, y, siempre que no se oponga un motivo plausible, han de hacer todo lo que más claramente manifiesta en el altar la unidad viva del Cuerpo Místico.

D) La acción de gracias

121. El culto sagrado, regulado por peculiares normas litúrgicas, no exime, una vez concluido, de la acción de gracias al que ha gustado del celestial manjar; antes por el contrario, está muy puesto en razón que, recibido el alimento eucarístico y terminados los ritos oficiales, se recoja dentro de sí y, unido íntimamente con el Divino Maestro, converse con Él dulce y provechosamente, según las circunstancias se lo permitan.

Se apartan, pues, del recto camino de la verdad los que, ateniéndose más a la palabra que al espíritu, enseñan que, una vez acabado el Sacrificio, no se ha de continuar la acción de gracias, no sólo porque ya el mismo Sacrificio del altar es de por sí una acción de gracias, sino también porque eso pertenece a la piedad privada y particular de cada uno y no al bien de la comunidad.

122. Al contrario, la misma naturaleza del Sacramento lo reclama para que su recepción produzca en los cristianos abundantes frutos de santidad. Ciertamente es despedida la pública reunión de la comunidad, pero es menester que cada cual, unido con Cristo, no interrumpa el cántico de alabanza “dando siempre gracias por todo a Dios Padre en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo”.(58)

También la Sagrada Liturgia del Sacrificio Eucarístico nos exhorta a ello cuando nos manda rogar con estas palabras: “Te pedimos nos concedas perseverar siempre en acción de gracias... (59) y que jamás cesemos de alabarte”.(60) Por lo cual, si en todo tiempo hemos de dar gracias, a Dios y nunca hemos de dejar de alabarle, ¿quién se atreverá a reprender y desaprobar a la Iglesia porque recomienda a sus sacerdotes (61) y a los fieles que, después de la Sagrada Comunión, se entretengan al menos un poco con el Divino Redentor, y porque ha insertado en los libros litúrgicos oraciones oportunas enriquecidas con indulgencias, para que con ellas los ministros del altar, antes de celebrar y de alimentarse con el manjar divino, se preparen convenientemente, y acabada la Misa manifiesten a Dios su agradecimiento?

Tan lejos está la Sagrada Liturgia de reprimir los íntimos sentimientos de cada uno de los cristianos, que más bien los fomenta y estimula para que se asemejen a Jesucristo y por Él se orienten hacia el Eterno Padre, por lo cual la misma Liturgia pide que todo el que hubiere gustado de la Hostia santa del altar rinda a Dios las debidas gracias. Y es que a nuestro Divino Redentor le agrada oír nuestras súplicas, hablar con nosotros de corazón a corazón y ofrecernos un refugio en su Corazón abrasado.

123. Más aún, tales actos privados son absolutamente necesarios para gozar más abundantemente de los tesoros celestiales de que tan rica es la Eucaristía y para que, según nuestras fuerzas, los comuniquemos a los demás, a fin de que Nuestro Señor Jesucristo alcance en todas las almas la plenitud de su influjo.

124. ¿Por qué, pues, Venerables Hermanos, no hemos de alabar a quienes, después de recibido el manjar eucarístico, y aun después de disuelta la reunión de los fieles, permanecen en trato familiar íntimo con el Divino Redentor, no sólo para hablar con Él suavísimamente, sino también para darle las debidas gracias y alabarlo; más aún sobre todo para pedirle su ayuda, a fin de eliminar de su alma todo lo que pueda disminuir la eficacia del Sacramento y hacer cuanto esté en su mano para secundar la acción tan presente de Jesucristo? Les exhortamos a que lo hagan de modo especial, procurando poner en práctica los propósitos que han hecho, ejercitando las virtudes cristianas, adaptando a sus propias necesidades los dones que han recibido de su regia munificencia.

De veras, el autor del áureo librito La Imitación de Cristo habla según las enseñanzas y el espíritu de la Liturgia, cuando aconseja al que ha recibido la Sagrada Comunión: “Recógete a un lugar retirado y goza de tu Dios, pues tienes a Aquel a quien todo el mundo no es capaz de quitarte”.(62)

125. Todos nosotros, pues, estrechamente unidos con Cristo, procuramos abismarnos, por así decirlo, en su espíritu e incorporarnos a Él para participar de los actos con los que Él mismo adora a la Augusta Trinidad en homenaje gratísimo y ofrece al Eterno Padre las más sublimes alabanzas y acciones de gracias, mientras hacemos eco unánime con los cielos y la tierra, como está escrito: “Obras todas del Señor, bendecid al Señor”;(63) unidos, en fin, a esos actos pedimos el socorro de lo alto en el momento más oportuno para impetrar auxilio en nombre de Cristo,(64) y con ellos, principalmente, nos ofrecemos e inmolamos como víctimas, diciendo: “Haz de nosotros mismos para ti una ofrenda eterna”.(65)

126. El Divino Redentor repite sin cesar su invitación apremiante: “Permaneced en Mí” (66) y por el Sacramento de la Eucaristía Cristo habita en nosotros y nosotros en Cristo; y así como Cristo permaneciendo en nosotros vive y obra, así nosotros permaneciendo en Cristo hemos de vivir y obrar por Él.

EL CULTO EUCARÍSTICO

A) Sus fundamentos dogmáticos


127. El manjar eucarístico contiene, como todos lo saben, “verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo y la Sangre, junto con el alma y la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo”.(67) No es, pues, de admirar que la Iglesia, ya desde sus principios, haya adorado el Cuerpo de Cristo bajo la especie del pan, como se ve por los mismos ritos del Augusto Sacrificio, los cuales ordenan a los ministros sagrados que, con una genuflexión o reverencia profunda, adoren al Santísimo Sacramento.

128. Los Sagrados Concilios enseñan como una tradición de la Iglesia que se remonta a los comienzos de su existencia que se ha de venerar “con una sola adoración al Verbo de Dios Encarnado y a su propia Carne”;(68) y San Agustín afirma: “Nadie coma esa carne sin que antes la haya adorado”, añadiendo “que no sólo no pecamos adorándola, sino que pecamos no adorándola”.(69)

B) Su origen histórico

129.
De estos principios doctrinales nació la adoración de la Eucaristía, culto que poco a poco fue creciendo como cosa distinta del Santo Sacrificio. La conservación de las sagradas especies para los enfermos y para cuantos estuviesen en peligro de muerte trajo consigo la laudable costumbre de adorar este celestial alimento reservado en los templos.

Este culto de adoración se apoya en una razón sólida, ya que la Eucaristía es a la vez Sacrificio y Sacramento y se distingue de los demás Sacramentos en que no sólo engendra la gracia, sino que encierra de un modo estable al mismo Autor de ella. Por tanto, cuando la Iglesia nos manda adorar a Cristo escondido bajo los velos eucarísticos y pedirle dones espirituales y temporales que en todo tiempo necesitamos, manifiesta la viva fe con que cree que su divino Esposo está presente bajo dichos velos, le expresa su gratitud y goza de su íntima familiaridad.

C) Su desarrollo

130. En el decurso de los tiempos, la Iglesia ha introducido diferentes formas de ese culto, y por cierto cada día más bellas y saludables, como por ejemplo, las visitas diarias al Sagrario, la bendición del Santísimo, las solemnes procesiones por campos y ciudades, especialmente con ocasión de los Congresos Eucarísticos, así como la adoración del Augusto Sacramento públicamente expuesto. Estos homenajes públicos de adoración, unas veces duran poco tiempo, otras varias horas y a veces hasta cuarenta horas; en algunos templos se prolongan por todo un año, haciendo turno las iglesias, en otros sitios se tiene la Adoración Perpetua, noche y día, a cargo de Comunidades religiosas, y no es raro que los fieles participen en ella.

131. Tales devociones han contribuido de modo admirable al desarrollo de la fe y la vida sobrenatural de la Iglesia militante, que de esta manera, en cierto sentido, se hace eco de la Iglesia triunfante, postrada en perpetua alabanza a Dios y al Cordero “que ha sido sacrificado”.(70) Por lo cual la Iglesia no sólo ha aprobado esos piadosos ejercicios, propagados por toda la tierra en el transcurso de los siglos, sino que los ha hecho suyos y los ha recomendado con su autoridad.(71) Tales devociones están inspiradas en la Sagrada Liturgia, y son tales, que si se practican con la dignidad, fe y piedad correspondientes, como lo imponen los ritos y mandatos de la Iglesia, ayudan en gran manera a vivir la vida litúrgica.

D) No hay confusión entre el Cristo histórico y el Cristo eucarístico

132. Ni se debe decir que en nuestro Culto Eucarístico se amalgaman y confunden de un modo falso el Cristo histórico, como se llama al que en cierto tiempo vivió sobre la tierra, el Cristo presente en el Augusto Sacramento del altar, y el que triunfante en los cielos, otorga sus dones sobrenaturales; antes bien hay que afirmar que de esta manera los fieles atestiguan y manifiestan solemnemente la fe de la Iglesia, para quien es uno mismo el Verbo de Dios y el Hijo de la Virgen María que padeció en la Cruz, está presente, aunque escondido, en la Eucaristía, y reina en los cielos.

Así se expresa San Juan Crisóstomo: “...Cuando te presenten (el Cuerpo de Cristo), dite a ti mismo: Por este Cuerpo yo ya no soy tierra y ceniza, no soy ya esclavo sino libre, por él espero el cielo y creo que recibiré los bienes que están allí preparados, la vida inmortal, la suerte de los Ángeles, el trato con Cristo; la muerte no destruyó este Cuerpo, sujeto por clavos, destrozado por los azotes... Éste es el mismo Cuerpo que fue atormentado, atravesado por la lanza, el que abrió al mundo las fuentes de la salvación, una de sangre y otra de agua...; nos dio este Cuerpo para que lo poseyésemos y lo comiésemos, lo cual nos prueba su ardiente amor”.(72)

E) La bendición eucarística

133. De modo especial es muy de alabar la costumbre de dar fin a no pocos ejercicios de piedad, corrientes en el pueblo cristiano, con la bendición eucarística. Práctica excelente y saludable la de que el sacerdote, levantando al cielo el Pan de los Ángeles y proyectando con Él la señal de la Cruz sobre las frentes inclinadas de los fieles, ruega con Él al Padre celestial que vuelva benigno los ojos a su Hijo, crucificado por nuestro amor; y que por Él mismo, que quiso ser nuestro Redentor y nuestro hermano, derrame sus gracias sobre los redimidos con la sangre inmaculada del Cordero.(73)

134. Procurad, pues, Venerables Hermanos, con la diligencia suma que os caracteriza que los templos edificados por la fe y la piedad de las naciones cristianas en el decurso de los siglos, como un himno eterno de gloria al Dios Omnipotente y como una morada digna de nuestro Redentor oculto bajo las especies eucarísticas, estén abiertos a los fieles para que en número cada vez mayor, recogidos éstos a los pies de nuestro Salvador, escuchen su dulcísima invitación: “Venid a Mí todos los que andáis agobiados con trabajos y cargas, que yo, os aliviaré”.(74) Que los templos sean en verdad la Casa de Dios, en donde quien entra a implorar favores, se goce de haberlos conseguido (75) y logre el consuelo celestial.

135. Sólo así se obtendrá que toda la familia humana logre, por fin, armonizar sus querellas, pacificarse y entonar concorde el himno de fe y amor: “Buen Pastor, Pan verdadero, Jesús, ten piedad de nosotros. Apaciéntanos, protégenos. Haznos ver los bienes verdaderos en la tierra de los vivientes”.(76)


PARTE TERCERA: EL OFICIO DIVINO Y EL AÑO LITÚRGICO

1- EL OFICIO DIVINO


Su fundamento teológico

136. El ideal de la vida cristiana consiste en que cada uno se una con Dios íntima y continuamente. Por lo cual, el culto que la Iglesia tributa al Eterno y que descansa principalmente en el Sacrificio Eucarístico y en el uso de los Sacramentos está organizado y dispuesto de manera que por medio del Oficio Divino, abraza las horas del día, las semanas y todo el curso del año y se extiende a todos los aspectos y fases diversas de la vida humana.

137. Una vez que el Maestro divino ha mandado: “Hay que orar siempre y no desfallecer”,(77) la Iglesia, de acuerdo con esta advertencia, nunca deja de orar, a la vez que nos exhorta con las palabras del Apóstol: “Por Él (Jesús) ofrezcamos sin cesar a Dios un sacrificio de alabanza”.(78)

Su desarrollo histórico

138. La oración oficial y colectiva, elevada a Dios en común por todos los fieles, en la más remota antigüedad sólo se celebraba en ciertos días y a ciertas horas. Sin embargo, no sólo en las reuniones, sino también en las casas particulares se oraba a Dios en compañía a veces de los vecinos y amigos.

Poco después, en diversas partes del mundo cristiano se introdujo la costumbre de dedicar a la oración algunos tiempos determinados, como por ejemplo la última hora del día, cuando oscurece y se encienden las lámparas; o la primera, cuando la noche expira, o sea después del canto del gallo, a la salida del sol. En la Sagrada Escritura se señalan otros momentos del día como más aptos para la oración, unos por venir de tradicionales costumbres judías, otros por el uso de la vida cotidiana. Según los Hechos de los Apóstoles, los discípulos de Jesucristo oraban reunidos a la hora de tercia, cuando “fueron llenados todos del Espíritu Santo”;(79) y el Príncipe de los Apóstoles, antes de tomar alimento, “subió... a lo alto de casa, cerca de la hora de sexta, a hacer oración”;(80) Pedro y Juan “subían... al templo, a la oración de la hora nona”,(81) “a eso de medía noche, puestos Pablo y Silas en oración, cantaban alabanzas a Dios”.(82)

139. Estas diversas oraciones, gracias sobre todo a la iniciativa y actividad de los monjes y ascetas, se van perfeccionando cada vez más a lo largo de los siglos, y poco a poco, por la autoridad de la Iglesia, se van incorporando en la Sagrada Liturgia.

A) Es la oración perenne de la Iglesia

140. Por tanto, lo que se llama el “Oficio Divino” es la oración del Cuerpo Místico de Jesucristo que, en nombre y provecho de todos los cristianos, es ofrecida a Dios por los sacerdotes y demás ministros de la Iglesia, así como por los religiosos destinados a este efecto por la misma Iglesia.

141. Cual sea el carácter y el valor de esta divina alabanza se deduce de las palabras que la iglesia aconseja que se digan antes de comenzar las, horas canónicas, cuando manda que se recen “digna, atenta y devotamente”.

142. Al tomar el Verbo de Dios la naturaleza humana, trajo a este destierro terrenal el himno que se canta en los cielos por toda la eternidad. Él une a Sí mismo toda la comunidad humana y se la asocia en el canto de este himno de alabanza. Hemos de confesar humildemente que “no sabemos qué hemos de pedir como conviene”, pero “el mismo Espíritu pide por nosotros con gemidos inefables”.(83) Y también Jesucristo ruega al Padre en nosotros por medio de su Espíritu. “Ningún otro don mayor podría otorgar Dios a los hombres... Ora (Jesús) por nosotros como nuestro sacerdote; ora en nosotros como nuestra Cabeza; nosotros le rogamos como a nuestro Dios... Reconozcamos, pues, en Él nuestras voces, y sus voces en nosotros... Escucha nuestras plegarias como Dios, ruega como siervo; Criador en una forma creado en la otra, asume sin cambiar la naturaleza que ha de ser cambiada, haciéndonos consigo un solo hombre, cabeza y cuerpo”.(84)

B) Exige devoción interior

143. A la excelsa dignidad de esa oración de la Iglesia ha de corresponder la intensa piedad de nuestra alma. Y pues la voz del que ruega repite los cantos compuestos bajo la inspiración del Espíritu Santo, que declaran y ensalzan la perfectísima grandeza de Dios, es menester que el sentimiento interior de nuestro espíritu acompañe esta voz, de tal manera que nos apropiemos esos mismos sentimientos y con ellos nos elevemos hacia el cielo, adoremos a la Santa Trinidad y le rindamos las debidas alabanzas, con acciones de gracias. “Salmodiemos de suerte que nuestro espíritu concuerde con nuestra voz”.(85) No se trata, pues, de un simple rezo, ni de un canto, que, aunque sea perfectísimo según las normas de la música y de los sagrados ritos, pueda sólo llegar a los oídos, sino sobre todo de la elevación de nuestra mente y de nuestro espíritu a Dios, para consagrarle en unión con Jesucristo nuestras personas y todas nuestras acciones.

144. De eso depende en no pequeña parte la eficacia de nuestras oraciones. Estas oraciones, si bien no se dirigen directamente al mismo Verbo hecho hombre, pero acaban con estas palabras: “por Nuestro Señor Jesucristo”, y Él, como mediador entre Dios y nosotros, muestra a su Padre celestial sus gloriosas llagas, y así “está siempre vivo para interceder por nosotros”.(86)

C) Admirable contenido del Salterio

145. Los Salmos, como todos lo saben, forman la parte principal del “Oficio Divino”; además, abarcan todo el curso del día, santificándolo y hermoseándolo. Bellamente dice Casiodoro del Salterio tal como estaba distribuido en el “Oficio Divino” de su tiempo: “Los Salmos hacen favorable el nuevo día por el regocijo matinal; nos dedican la primera hora de la jornada, nos consagran la tercera, nos alegran la sexta en la fracción del pan, en la nona rompen el ayuno, concluyen el fin del día y, al acercarse la noche, impiden que se entenebrezca nuestro espíritu”.(87)

146. Los Salmos nos recuerdan las verdades manifestadas por Dios al pueblo escogido, terribles a veces, a veces llenas de suavísima dulcedumbre; repiten y acrecientan la esperanza en el futuro Libertador, que en otros tiempos se fomentaba cantándolos en el hogar familiar o en la misma majestad del templo; además ilustran admirablemente la gloria de Jesucristo, y es que anunciaban de antemano su eterno y soberano poder, su venida al destierro terreno, sus abatimientos, su regia dignidad, su poder sacerdotal; finalmente, sus benéficos trabajos y su sangre derramada para nuestra redención. Asimismo los Salmos expresan la alegría de nuestras almas, nuestras penas, nuestras esperanzas, nuestros temores, nuestra entrega absoluta y confiada a Dios, nuestra voluntad de devolverle amor por amor y nuestras místicas elevaciones a las moradas eternas.

147. “El Salmo es bendición para el pueblo, alabanza para Dios, la aclamación de la muchedumbre; el aplauso de todos, el lenguaje universal, la voz de la Iglesia, la armoniosa profesión de la fe, la devoción llena de autoridad, el regocijo de la libertad, clamor de alborozo y eco de felicidad”.(88)

D) Las vísperas y la santificación del domingo

148. En épocas antiguas, los fieles asistían en mayor número a estas Horas Canónicas; pero tal costumbre cayó en desuso poco a poco y, como acabamos de decir, al presente su rezo es obligatorio sólo para el Clero y los religiosos. Nada, pues, se prescribe en este punto a los seglares por derecho estricto; pero es muy de desear que participen de hecho en las Horas Canónicas, cantando o rezando las Vísperas los días de fiesta en sus respectivas parroquias.

Encarecidamente os exhortamos, a vosotros y a vuestros fieles, Venerables Hermanos, que no permitáis que esta piadosa costumbre caiga en desuso, y procuréis que, donde ya se haya perdido, se restaure dentro de lo posible.

Esto se hará, sin duda alguna, con saludables frutos sí las Vísperas se celebran, no sólo digna y convenientemente, sino también adoptando diversos medios para interesar la piedad de los fieles.

Obsérvense inviolablemente los días festivos, que de modo especial han de ser consagrados a Dios, sobre todo el domingo, que los Apóstoles ilustrados por el Espíritu Santo sustituyeron al sábado. Se mandó a los judíos: “durante los siete días trabajaréis; mas el día séptimo es el sábado, descanso consagrado al Señor; cualquiera que en tal día trabajare será castigado de muerte”;(89) ¿cómo, pues, no temen la muerte espiritual los cristianos que en los días festivos se dedican a obras serviles, y los que durante ese descanso no se dan a la piedad y religión, sino que se entregan inmoderadamente a los atractivos del siglo? Hay que dedicar los domingos y demás días festivos a las cosas divinas con las cuales se honra a Dios y se procura al alma manjar celestial; y por más que la Iglesia sólo ordena que los fieles se abstengan de trabajos serviles y asistan al Santo Sacrificio sin dar ningún precepto sobre las funciones de la tarde, sin embargo recomienda y desea también lo otro; y lo mismo está pidiendo, por lo demás, la necesidad que cada uno tiene de aplacar al Señor para alcanzar sus beneficios.

Nuestro espíritu se aflige con gran dolor cuando vemos cómo emplea el pueblo cristiano en nuestros tiempos la mitad del día festivo, esto es, la tarde; los espectáculos y los juegos públicos se ven extraordinariamente concurridos, mientras los templos sagrados son visitadas menos de lo que conviene.

Y, sin embargo, todos han de acudir al templo para aprender allí la verdad de nuestra fe católica, para cantar las divinas alabanzas, para recibir del sacerdote la bendición eucarística y para reconfortarse con la ayuda celestial contra las adversidades de esta vida.

Procuren todos preparar las fórmulas que suelen cantarse en las oraciones de la tarde y penetren el alma de su significado, pues a la luz y al calor de tales plegarias, experimentaran lo que San Agustín asegura de sí mismo: "¡Cuanto lloré entre los himnos y los cánticos, vivamente conmovido por la suave voz de tu Iglesia! Aquellas palabras sonaban en mis oídos y la verdad penetraba en mi corazón; con ello se enardecían los piadosos afectos, corrían las lagrimas y me hacían bien”.(90)

2. EL AÑO LITÚRGICO

A) El ciclo de los misterios

149. Durante todo el año, la celebración del Sacrificio Eucarístico y el rezo del Oficio Divino giran principalmente en torno a la persona de Jesucristo, de modo tan armonioso y oportuno, que en ellos domina nuestro Salvador a través de los misterios de su abatimiento, redención y triunfo.

150. Al recordar estos misterios de Jesucristo, pretende la Sagrada Liturgia que todos los creyentes participen en ellos de suerte que la divina Cabeza del Cuerpo Místico viva con su perfecta santidad en cada uno de los miembros. Sean las almas de los cristianos como altares en donde, en cierto modo, revivan unas tras otras las diferentes fases del Sacrificio que ofrece el Sumo Sacerdote, es decir, los dolores y lágrimas que borran y expían los pecados; la oración dirigida a Dios, que se eleva hacia el cielo; la entrega y la inmolación de sí mismo, hecha con corazón pronto, generoso y ferviente; finalmente, la estrechísima unión con la cual entregamos a Dios nuestras personas y nuestras cosas, descansamos en Él, pues “lo principal de la religión es imitar a Aquel a quien adoras”.(91)

a) Significado de las épocas litúrgicas

151.
Gracias a estos métodos por los que la Liturgia en determinadas épocas propone a nuestra meditación la vida de Jesucristo, la Iglesia nos muestra modelos que imitar, nos presenta tesoros de santidad de que podemos aprovecharnos, pues lo que se canta con la boca hay que creerlo en el espíritu y llevarlo a la vida privada y pública.

152. Adviento.- En el sagrado tiempo del Adviento despierta en nosotros la conciencia de los pecados que tuvimos la desgracia de cometer; nos exhorta a que refrenemos los afectos desordenados y castiguemos nuestros cuerpo a fin de que nos recojamos en piadosas meditaciones y con ardientes deseos nos movamos a convertirnos a Dios, que es el único que puede, con su gracia, librarnos de la mancha del pecado y de los males, que son sus consecuencias.

153. Navidad.- Mas, al volver el día de la Navidad del Señor, parece como si la Iglesia nos llevara de nuevo a la cueva de Belén, para que aprendamos allí que es preciso renazcamos y nos reformemos radicalmente; lo cual solamente se consigue cuando nos unimos al Verbo de Dios hecho hombre, de un modo íntimo y vital, y participamos de la divina naturaleza suya, a la que hemos sido elevados.

154. Epifanía.- En cambio, durante las solemnidades de la Epifanía, al recordar el llamamiento de los gentiles a la fe cristiana, quiere que cada día rindamos gracias al Señor por tamaño beneficio y que con intensa fe deseemos al Dios vivo y verdadero, entendamos devota y profundamente las cosas sobrenaturales, y amemos el silencio y la meditación, para que más fácilmente veamos y consigamos los dones eternos.

155. Septuagésima.- En los días de “Septuagésima” y “Cuaresma”, nuestra Madre la Iglesia multiplica sus cuidados para que cada uno de nosotros consideremos nuestras miserias, nos estimulemos a la enmienda de las costumbres, detestemos de modo especial los pecados y los borremos con la oración y penitencia, puesto que la oración asidua y el pesar de nuestras faltas nos atraen el auxilio divino, sin el cual todas nuestras obras son vanas y estériles.

156. Pasión.- Cuando llega el tiempo sagrado en que la Liturgia nos propone los dolorosísimos tormentos de Jesucristo, la Iglesia nos invita a subir al Calvario para que caminemos sobre las huellas sangrientas del Divino Redentor, llevemos con Él gustosamente la Cruz, excitemos en nuestro espíritu los mismos sentimientos de expiación y satisfacción y todos nosotros muramos con Él.

157. Pascua.- En las solemnidades pascuales, cuando se conmemora el triunfo de Jesucristo, nuestra alma rebosa de íntimo gozo; entonces hemos de pensar seriamente que también nosotros tenemos que resucitar con Cristo Redentor de una vida tibia y frívola a otra más fervorosa y santa, entregandonos entera y generosamente a Dios y olvidando este mundo miserable para aspirar tan sólo al cielo: “Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas que son de arriba... saboread las cosas del cielo”.(92)

158. Pentecostés.- Finalmente, en el tiempo de Pentecostés, la Iglesia nos exhorta, con sus enseñanzas y sus ejemplos, a que seamos dóciles a la acción del Espíritu Santo, el cual desea abrasar nuestras almas con el fuego de la divina caridad, para que avancemos cada día con más ahínco en las virtudes y lleguemos a ser santos, como lo son Jesucristo Nuestro Señor y su Padre que está en los cielos.

159. Así, pues, el Año Litúrgico ha de considerarse como un magnífico himno de alabanza que la familia cristiana eleva al Padre celestial por medio de su perpetuo mediador, Jesucristo; mas este himno exige por parte nuestra un interés diligente y ordenado para que cada día conozcamos y alabemos mas y mas a nuestro Redentor; además requiere un empeño intenso y un ejercicio incansable, con el cual imitemos sus misterios, emprendamos gozosos el camino de sus dolores y al fin participemos un día de su gloría y felicidad eternas.

b) Errores modernos

160. De todo lo expuesto aparece claramente, Venerables Hermanos, cuanto se separan de la genuina y sincera idea de la Liturgia los escritores modernos que, engañados por una pretendida mística superior, se atreven a afirmar que no hemos de fijarnos en el Cristo histórico, sino en el “pneumático o glorificado”; y hasta no dudan en asegurar que en el ejercicio de la piedad cristiana se ha verificado un cambio por el cual Cristo ha sido como destronado, ya que el Cristo glorificado, que vive y reina por todos los siglos y está sentado a la diestra del Padre, ha sido oscurecido, y en su lugar se ha colocado el Cristo que en un tiempo vivió esta vida terrenal. Por eso algunos llegan a pedir que se retiren de los recintos sagrados los mismos Crucifijos.

161. Salta a la vista que tales falsas cavilaciones se oponen enteramente a la sana doctrina que nos ha legado la tradición. “Crees en Cristo nacido en la carne —así dice San Agustín— y llegarás a Cristo nacido de Dios, Dios en Dios”.(93) La Sagrada Liturgia proyecta todo el Cristo en todos los aspectos de su vida, es decir: El que es el Verbo del Eterno Padre, el que nace de la Virgen Madre, el que nos enseña la verdad, el que cura a los enfermos, el que consuela a los afligidos, el que sufre los dolores, el que muere; el que después resucita de la muerte vencida, el que reinando en la gloría del cielo nos envía al Espíritu Paráclito, el que vive, finalmente, en su Iglesia: “Jesucristo es el mismo ayer y hoy, y lo será por los siglos de los siglos”.(94) Además, no sólo nos lo presenta como a Modelo, sino que nos lo muestra también como a Maestro a quien debemos escuchar, Pastor a quien hemos de seguir, Reconciliador de nuestra salvación, Principio de nuestra santidad y Cabeza Mística, de la cual somos miembros que gozamos de su vida.

162. Mas ya que sus acerbos dolores constituyen el misterio principal, al que se debe nuestra salvación, está muy en armonía con las exigencias de la fe católica destacar esto lo más posible, ya que es como el centro del culto divino, representado y renovado cada día en el Sacrificio Eucarístico, y con él están estrechamente unidos todos los Sacramentos.(95)

e) Cristo revive en la Iglesia durante el Año Litúrgico

163.
Por eso el Año Litúrgico, al que alimenta y acompaña la piedad de la Iglesia, no es una representación fría e inerte de hechos que pertenecen a siglos pasados, ni se reduce a un escueto recuerdo de épocas pretéritas, sino mas bien es Cristo mismo que persevera en su Iglesia y que prosigue la senda de inmensa misericordia que inició en esta vida mortal cuando pasaba haciendo bien,(96) con el fin de que las almas se pongan en contacto con sus misterios, y por ellos en cierto modo aseguren su vida. Estos misterios no están presentes y obran constantemente del modo incierto y oscuro que suponen algunos escritores modernos, sino tal como nos lo enseña la doctrina católica; en efecto, según los Doctores de la Iglesia, son ejemplos ilustres de cristiana perfección, fuentes de la divina gracia por los méritos y oraciones de Jesucristo y perduran en nosotros por sus efectos, ya que cada uno de ellos, según su índole peculiar, contribuye a nuestra salvación.

Añádase a esto que la Iglesia, nuestra piadosa Madre, mientras propone a nuestra contemplación los misterios del Redentor, pide en oraciones suyas propias los dones sobrenaturales con que sus hijos se penetren lo más posible del espíritu de los mismos misterios por influjo de Cristo. Gracias a su inspiración y su influencia, podemos, mediante nuestra cooperación, asimilarnos su fuerza vital como los sarmientos la de la vid y los miembros la de la cabeza, y transformarnos poco a poco, a fuerza de trabajo, “hasta la medida de la edad perfecta de Cristo”.(97)

B) El ciclo de los Santos

164.
A lo largo del Año Litúrgico, no sólo se celebran los misterios de Cristo, sino también las fiestas de los Santos que están en los cielos. En estas fiestas, la Iglesia pretende siempre, aunque en un orden inferior y subordinado, proponer a los fieles ejemplos de santidad que los estimulen a revestirse de las virtudes del Divino Redentor.

a) Sus ejemplos nos estimulan

165. Porque así como los Santos fueron imitadores de Jesucristo, así nosotros hemos de imitarlos a ellos, ya que en sus virtudes resplandece la virtud misma de Jesucristo. En unos descolló el celo apostólico, en otros héroes nuestros la fortaleza los animó hasta derramar la sangre; en unos brilló la constante vigilancia en la espera del Redentor, en otros la virginal pureza de alma o la modesta suavidad de la humildad cristiana; en todos, en fin, ardió ferviente la caridad para con Dios y para con el prójimo.

La Sagrada Liturgia proyecta ante nuestros ojos todos estos esplendores de santidad para que los contemplemos con provecho y, “pues nos regocijamos de sus méritos, emulemos sus ejemplos”.(98) Conviene, pues, conservar “la inocencia en la sencillez, la concordia en la caridad, la modestia en la humildad, la diligencia en el gobierno, la vigilancia en la ayuda de los que trabajan, la misericordia en socorrer a los pobres, la constancia en defender la verdad, la justicia en el mantenimiento severo de la disciplina, a fin de que no nos falté nada de las buenas obras propuestas a nuestra imitación. Estas son las huellas que nos dejaron los santos al regresar a la patria, para que, siguiendo su camino, consigamos también su felicidad”.(99)

Mas para que nuestros sentidos se impresionen saludablemente, quiere la Iglesia que en nuestros templos se expongan las imágenes de los santos a impulsos siempre de la misma razón, de que “imitemos las virtudes de aquellos cuyas imágenes veneramos”.(100)

b) Su Intercesión nos sostiene

166.
Hay todavía otra razón para que el pueblo cristiano rinda culto a los santos del cielo, a saber, para que implorando su auxilio “seamos ayudados por la protección de aquellos con cuyas alabanzas nos regocijamos”.(101) Con lo dicho, fácilmente se explica la abundancia de fórmulas que la Sagrada Liturgia nos ofrece para impetrar el patrocinio de los Santos.

C) Culto preeminente a la Virgen Santísima


167. Mas entre los Santos del cielo veneramos de un modo preeminente a la Virgen María, Madre de Dios, pues su vida, por la misión recibida del Señor, se une íntimamente con los misterios de Jesucristo; y nadie en verdad siguió más de cerca ni más eficazmente las huellas del Verbo Encarnado, nadie goza de mayor gracia y poder cabe el Corazón Sacratísimo del Hijo de Dios, y por su medio, ante el Padre Celestial.

Ella es más santa que los querubines y serafines, y goza de una gloría mucho mayor que los demás moradores del cielo, como quiera que es la “llena de gracia”,(102) la Madre de Dios, que, con su parto feliz, nos ha dado al Redentor. Siendo ella “Madre de Misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra”, clamemos a ella cuantos “gemimos y lloramos en este valle de lágrimas”,(103) pongamos confiadamente nuestras personas y nuestras cosas bajo su patrocinio. Ella fue constituida nuestra Madre cuando el Divino Redentor ofreció el sacrificio de Sí mismo, y así, también por este título, somos sus hijos. Ella nos enseña todas las virtudes, nos entrega su Hijo, y con Él nos ofrece los auxilios que necesitamos, puesto que Dios “quiso que todo lo tuviésemos por María”.(104)

d) Recapitulación

168. Estimulados, pues, por la acción santificadora de la Iglesia y confortados con los auxilios y ejemplos de los Santos, y en especial de la Inmaculada Virgen María, a través de este camino litúrgico, que cada año se nos abre de nuevo, “lleguémonos con sincero corazón, con plena fe, purificados los corazones de la mala conciencia, lavados en el cuerpo con el agua limpia del bautismo”(105) al “Gran Sacerdote” (106) para que con Él vivamos y sintamos hasta poder penetrar por Él “dentro del velo” (107) y allí honrar por toda la eternidad al Padre Celestial.

169. Tal es la esencia y la razón de ser de la Sagrada Liturgia; toda orientada al Sacrificio, a los Sacramentos, a la alabanza de Dios, así como a la unión de nuestras almas con Cristo, a su santificación por medio del Divino Redentor, para que sea honrado Cristo, y en Él y por Él toda la Santísima Trinidad: Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.


PARTE CUARTA: NORMAS PASTORALES

1.-LAS DEVOCIONES ALITÚRGICAS

170. Para alejar más fácilmente de la Iglesia los errores y exageraciones de que ya hemos hablado, y para que con normas más seguras puedan los fieles llevar adelante con abundante fruto el Apostolado Litúrgico, juzgamos conveniente, Venerables Hermanos, añadir algo que ayude a poner en práctica la doctrina expuesta.

171. Cuando tocamos el punto de la piedad genuina y sincera, hemos afirmado que no podía haber verdadera oposición entre la Sagrada Liturgia y las demás devociones, sí éstas se mantienen dentro del recto orden y tienden al justo fin; más aún, hay algunos ejercicios de piedad que la Iglesia recomienda vivamente al Clero y a los religiosos.

172. Pues bien, queremos que el pueblo cristiano no sea excluido de esos ejercicios. Estos son, para citar sólo los principales, las meditaciones de cosas espirituales, el diligente examen de conciencia, los santos retiros organizados para meditar las verdades eternas, las piadosas visitas al Santísimo y las súplicas particulares en honor de la Santísima Virgen María, entre las cuales, como todos saben, sobresale el Santo Rosario.(108)

A) Su fin y sus frutos

173. Es imposible que la inspiración del Espíritu Santo deje de actuar en estas diversas devociones, pues se encaminan a que nuestras almas se conviertan y dirijan a Dios, expíen sus pecados, se exciten a alcanzar las virtudes y se estimulen saludablemente a la sincera piedad, acostumbrándose a meditar las verdades eternas y haciéndose cada vez más aptas para contemplar los misterios de la naturaleza divina y humana de Jesucristo. Además, cuanto más intensamente alimentan en los fieles su vida espiritual, mejor les disponen a participar con mayor fruto en las funciones oficiales, evitando el peligro de que las plegarias litúrgicas se reduzcan a un vano formulismo.

B) Prácticas erróneas

174. Así que de acuerdo con vuestra diligencia pastoral, no dejéis, Venerables Hermanos, de recomendar y fomentar tales ejercicios de piedad, ya que el pueblo que os está encomendado no podrá menos de recoger de ellos frutos saludables. Y sobre todo no permitáis —cosa que algunos defienden so pretexto de renovar la Liturgia o atribuyendo ligeramente a sólo los ritos litúrgicos dignidad y eficacia— que los templos estén cerrados en las horas no destinadas a las funciones sagradas, como ya ha sucedido en algunas regiones; que se descuiden la adoración y las visitas al Santísimo; que se disuadan las confesiones de mera devoción y que de tal manera se relegue, sobre todo entre la juventud, la devoción a la Virgen Madre de Dios —prenda de predestinación, a juicio de varones santos—, que poco a poco se entibie y languidezca. Tales modos de obrar son como frutos venenosos, sumamente perjudiciales a la piedad cristiana, que brotan de ramas podridas de un árbol sano, y así que hay que cortarlas para que la savia vital sólo logre nutrir frutos suaves y excelentes.

C) La confesión frecuente

175. Y ya que ciertas opiniones que algunos propalan sobre la frecuente confesión no sólo son ajenas al espíritu de Jesucristo y de su inmaculada Esposa, sino también funestas vara la vida espiritual, recordamos aquí lo que sobre el particular escribimos con gran dolor en nuestra Encíclica Mystici Corporis, y una vez más insistimos en que lo que allí expusimos con palabras gravísimas, lo hagáis meditar seriamente a vuestra grey, sobre todo a los aspirantes al Sacerdocio y al Clero joven, y lo hagáis practicar con plena docilidad.

D) Los ejercicios y retiros espirituales

176. Además, procurad de modo especial que no sólo el Clero, sino también el mayor número posible de seglares, sobre todo los miembros de asociaciones religiosas y Acción Católica, practiquen el retiro mensual y los ejercicios espirituales en determinados días para fomentar la piedad. Como dijimos arriba, tales ejercicios espirituales son muy útiles, y aun necesarios, para infundir en las almas una piedad sincera y para formarlas en tal santidad de costumbres que puedan sacar de la Sagrada Liturgia frutos más eficaces y abundantes.

177. En cuanto a los diversos métodos con que tales ejercicios espirituales suelen practicarse, tengan todos presente que en la Iglesia terrena no de otra suerte que en la celestial, hay muchas moradas,(109) y que la Ascética no puede ser monopolio de nadie. Uno solo es el Espíritu, el cual, sin embargo, “sopla donde quiere”,(110) y por varios dones y varios caminos dirige a la santidad a las almas por Él iluminadas. Téngase por algo sagrado su libertad y la acción sobrenatural del Espíritu Santo, que a nadie es lícito, por ningún título, perturbar o conculcar.

178. Con todo, es cosa notoria que los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, a causa de su admirable eficacia, fueron plenamente aprobados y vivamente recomendados por Nuestros Predecesores. Y también Nos, por la misma razón, los hemos aprobado y recomendado como aún aquí los aprobamos y recomendamos.

179. Es, con todo, enteramente necesario que la inspiración y estímulo a practicar ciertas devociones proceda del “Padre de las luces, fuente de toda dádiva preciosa y todo don perfecto”.(111) De ello será señal la eficacia con que tales ejercicios logren hacer amar y fomentar cada vez más el culto divino y desarrollen más y más en los fieles el deseo de recibir dignamente los Sacramentos y hacer todas las funciones sagradas con el debido respeto y honor. Si, por el contrarío, pusieran obstáculo a las normas del culto divino, o las impidieran o estorbaran, entonces hay que creer que no están ordenados ni orientados con un criterio equilibrado ni un celo prudente.

E) Otras prácticas alitúrgicas

180. Hay, además, otras devociones que, aunque en rigor de derecho no pertenecen a la Sagrada Liturgia, revisten sin embargo especial importancia y dignidad, de modo que en cierto sentido se tienen por insertas en el ordenamiento litúrgico y han sido aprobadas y alabadas una y otra vez, tanto por esta Sede Apostólica como por los Obispos. Entre ellas hay que contar las plegarías que durante el mes de mayo se dedican a la Virgen Madre de Dios o en el mes de junio al Sagrado Corazón de Jesús; las novenas, los triduos, el Vía Crucis y otras devociones semejantes.

181. Estas prácticas piadosas, estimulando al pueblo cristiano a frecuentar asiduamente el Sacramento de la Penitencia, a participar fervorosamente en el Sacrificio Eucarístico y en la sagrada Mesa, así como a meditar los misterios de nuestra Redención e imitar los insignes ejemplos de los Santos, contribuyen, por eso mismo, a hacernos participar en el Culto Litúrgico, no sin gran provecho espiritual.

182. Por eso cometería un error funesto quien con temeraria presunción se atreviera a reformar todos estos ejercicios de piedad para convertirlos en meras ceremonias litúrgicas. Con todo, es necesario que el espíritu de la Sagrada Liturgia, de tal manera ejerza en ellos su benéfico influjo, que no se introduzca nada inútil, poco conforme con la dignidad de la Casa de Dios, contrario a las sagradas funciones o la sana piedad.

183. Procurad, pues, Venerables Hermanos, que esa genuina y sincera piedad prospere y florezca más cada día, bajo vuestras miradas. Sobre todo, no os canséis de inculcar a todos que la vida cristiana no consiste en muchas y variadas Oraciones y devociones, sino en que éstas de hecho contribuyan al progreso espiritual de los fieles, y por lo mismo al desarrollo de toda la Iglesia. En efecto, el Eterno Padre “por Él mismo (Cristo) nos escogió antes de la creación del mundo para que seamos santos y sin mancha en su presencia”.(112) Por consiguiente, nuestras oraciones y devociones han de encaminarse sobre todo a que dirijan todos nuestros recursos espirituales a la consecución de este supremo y nobilísimo fin.

2.- ESPÍRITU Y APOSTOLADO LITÚRGICOS

184. Os exhortamos, pues, encarecidamente, Venerables Hermanos, a que, una vez alejado cuanto sepa a error y engaño, una vez reprobado cuanto se sale de la verdad y del orden, promováis las iniciativas que ponen al alcance del pueblo un conocimiento más profundo de la Sagrada Liturgia, de suerte que pueda, más adecuada y fácilmente, participar en los ritos divinos con disposiciones netamente cristianas.

A) Obediencia a la Iglesia

185. Ante todo, velad para que todos, con la reverencia y fe debidas, se atengan a cuantos decretos han publicado el Concilio de Trento, los Romanos Pontífices, la Sagrada Congregación de Ritos, y cumplan las normas que los libros litúrgicos han determinado respecto a la acción externa del culto oficial.

186. En todo lo que atañe a la Liturgia deben ante todo brillar estos tres rasgos, de los que habla Nuestro Predecesor Pío X, a saber: la santidad que repudia toda inspiración profana, la dignidad en las imágenes y el estilo a cuyo servicio debe ponerse el arte puro y elevado; el espíritu universalista que; teniendo en cuenta las legítimas tradiciones y usos regionales, patentice la unidad y la catolicidad de la Iglesia.(113)

B) Celo por la Casa de Dios

187. También es nuestro deseo recomendar encarecidamente la dignidad y decoro que debe reinar en los edificios sagrados y los altares. Que cada uno se sienta animado por la frase inspirada: “el celo de tu casa me consume”,(114) y por eso esfuércese para que, aunque no llame la atención ni por la riqueza ni por su esplendor, sin embargo todo cuanto pertenezca a los edificios sagrados, a los ornamentos y utensilios litúrgicos aparezca limpio y en consonancia con su fin, ya que todo está consagrado a la Divina Majestad. Y si ya antes hemos reprobado el criterio erróneo de quienes, so pretexto de volver a la antigüedad, se oponen al uso de las imágenes sagradas en los templos, creemos que también es nuestro deber reprobar aquí la piedad mal modelada de los que sin razón suficiente llenan iglesias y altares con multitud de cuadros y estatuas expuestas a la veneración de los fieles; de los que presentan reliquias no autenticadas, de los que recalcan minucias y particularidades y descuidan lo sustancial y necesario, exponiendo así a la mofa la Religión y desprestigiando la majestad del culto.

188. Con esta ocasión recordamos el Decreto “sobre la prohibición de introducir nuevas formas de devoción”,(115) confiando a vuestra vigilancia su fiel cumplimiento.

189. En lo concerniente al arte musical, obsérvense religiosamente en la Liturgia las normas tan precisas y claras promulgadas por esta Sede Apostólica. En cuanto al canto gregoriano, que la Iglesia Romana considera como bien suyo peculiar, herencia de una antigua tradición, que su tutela vigilante ha conservado a lo largo de los siglos, que propone igualmente a los fieles como bien suyo propio, e incluso lo prescribe en algunas partes de la Liturgia,(116) no sólo proporciona decoro y solemnidad a la celebración de los sagrados misterios, sino que contribuye en gran manera a aumentar la fe y la piedad de los asistentes.

A este efecto, Nuestros Predecesores de inmortal memoria Pío X y Pío XI decretaron —y también Nos ratificamos gustosos sus disposiciones con nuestra autoridad— que en los Seminarios e Institutos Religiosos se cultive el canto gregoriano con esmerado estudio y que, al menos en las iglesias más importantes, se restauren las antiguas Scholæ Cantorum, cosa ya en varios sitios realizada con éxito feliz.(117)

C) El canto gregoriano y el canto popular

190. Además, “para que el pueblo tome parte más activa en el culto divino, se debe restablecer entre los fieles el uso del canto gregoriano en la parte que le corresponde. De veras, es sumamente necesario que los fieles asistan a las sagradas ceremonias, no como espectadores mudos y extraños, sino profundamente impresionados por la belleza de la Liturgia; que alternen sus voces con la del sacerdote y coro. Si esto se lograra, por la bondad de Dios, no ocurrirá que el pueblo responda a lo más con un ligero y tenue murmullo a las plegarías comunes rezadas en latín o en lengua vulgar”.(118) La multitud que asiste atentamente al Sacrificio del altar, en el que Nuestro Salvador, con sus hijos redimidos por su Sangre, canta el epitalamio de su inmensa caridad, no podrá callar, ya que “cantar es propio de quien ama” (119) o, como dice un viejo refrán: “cantar bien es orar dos veces”. Así resulta que la Iglesia militante, Clero y pueblo juntos, unen sus voces a los cantos de la triunfante y de los coros angélicos, y todos a una cantan un sublime y eterno himno de alabanza a la Santísima Trinidad, según el texto: “En compañía de los cuales te rogamos que admitas nuestras voces”.(120)

191. Esto no quiere decir que la música y el canto moderno hayan de ser desterrados en absoluto del culto católico. Más aún, si no tienen ningún sabor profano, ni desdicen de la santidad del sitio o de la acción sagrada, ni nacen de un prurito ligero de buscar algo raro y maravilloso, débeseles, incluso, abrir las puertas de nuestros templos, ya que pueden contribuir no poco al esplendor de los actos litúrgicos, a elevar más en lo alto los corazones y a nutrir una sincera devoción.

192. Os exhortamos también, Venerables Hermanos, a que os esmeréis en promover el canto popular religioso y su cumplida ejecución, llevada a cabo con la debida dignidad, cosa que puede servir para estimular y encender la fe y la piedad del pueblo cristiano. Suba al cielo el canto unísono y majestuoso de nuestra multitud como el fragor del resonante mar,(121) expresión armoniosa y vibrante de un mismo corazón y una misma alma,(122) como corresponde a hermanos, hijos del mismo padre.

D) Las otras artes en el Culto Litúrgico

193. Lo dicho de la música conviene poco más o menos a las demás artes nobles, en especial a la arquitectura, escultura y pintura. Las obras modernas en perfecta armonía con los materiales que sirven hoy día a modelarlas no deben despreciarse ni rechazarse en bloque por meros prejuicios, sino que es de todo punto necesario que, adoptando un equilibrado término medio entre un servil realismo y un exagerado “simbolismo”, con la mira puesta más en el provecho de la comunidad cristiana que en el gusto y criterios personales de los artistas, tenga libre campo el arte moderno para que también él sirva dentro de la reverencia y decoro debidos a los sitios y actos sagrados, y así pueda unir su voz a aquel maravilloso cántico de gloria que los genios de la humanidad han entonado a la fe católica en el rodar de los siglos.

Por otra parte, a impulsos de un deber de conciencia, Nos sentimos precisados a reprobar y condenar ciertas imágenes y ciertos estilos últimamente introducidos que, a su extravagancia y exageración estéticas, unen a menudo su antagonismo evidente con la dignidad, la piedad y la modestia cristiana, y así llegan a ofender el mismo sentimiento religioso; por consiguiente, todo eso, “y en general todo lo que desdice de la santidad del recinto sagrado”,(123) debe desterrarse por completo de nuestras iglesias.

194. Ateniéndoos, pues, Venerables Hermanos, a las disposiciones y decretos de los Sumos Pontífices, procurad con todo empeño iluminar y orientar la inspiración de los artistas a quienes se ha de confiar el encargo de restaurar o reconstruir tantos templos destruidos o devastados por el furor de la guerra; ojalá que puedan y quieran, inspirándose en la Religión, encontrar estilos y motivos artísticos capaces de adaptarse a las exigencias del culto; así se logrará felizmente que las artes, como si viniesen del cielo, resplandezcan con serena luz, sean valiosísima aportación a la cultura humana y contribuyan a la gloría de Dios y santificación de las almas. Porque las artes están realmente conformes con la Religión cuando “sirven como nobles servidoras al culto divino”.(124)

E) La piedad litúrgica

195. Pero todavía hay algo de mucho mayor importancia, Venerables Hermanos, que queremos recomendar con especial interés a vuestra diligencia y celo apostólico. Todo lo que se refiere al culto religioso externo tiene realmente su importancia, pero sobre todo es sumamente necesario que los cristianos vivan la vida de la Liturgia, nutriendo y fomentando en ella su aliento sobrenatural.

196. Poned, pues, todo empeño en que el joven Clero, al dedicarse a los estudios ascéticos, jurídicos y pastorales, se forme también armónicamente, de tal manera, que entienda las ceremonias religiosas, perciba su majestad y belleza, aprenda con esmero las normas llamadas rúbricas; y ello, no tan sólo por motivos culturales, ni únicamente para que el estudiante a su tiempo pueda realizar los actos litúrgicos con el orden, la precisión y la dignidad convenientes, sino principalísimamente para que plasme su espíritu en la unión con Cristo Sacerdote y resulte así un santo ministro de santidad.

197. Poned también todo vuestro empeño en que, con la ayuda de los recursos que vuestra prudencia juzgue más aptos, se unan a este efecto las almas y los corazones de vuestro Clero y pueblo; y así el pueblo fiel participe tan activamente en la Liturgia, que realmente sea una acción sagrada, en la que el sacerdote, y sobre todo el Párroco, unido a la comunidad de sus feligreses, rinda al Señor el debido culto.

F) Los acólitos al servicio del altar

198. Para éste fin, será utilísimo reclutar algunos niños piadosos, de todas las clases sociales y bien instruidos, que con desinterés y buena voluntad sirvan devota y asiduamente al altar; misión que los padres, aunque sean de la más alta y culta sociedad, deben tener a grande honra.

Si algún sacerdote tomase a su cuidado y vigilancia el que estos jovencitos bien instruidos cumpliesen tal oficio con reverencia y constancia, a horas fijas, no sería difícil que de este núcleo surgiesen nuevas vocaciones para el Sacerdocio, ni se daría ocasión para que el Clero —como ocurre a veces, aun en países muy católicos— se lamente de no hallar quienes respondan o ayuden en la celebración del Augusto Sacrificio.

G) Celo de los pastores

199. Trabajad sobre todo por obtener con vuestro diligentísimo celo que ninguno de vuestros fieles deje de asistir al Sacrificio Eucarístico; y para que saquen todos de él frutos más abundantes de salvación, no dejéis de exhortarlos encarecidamente a que participen en él con devoción, de acuerdo con los métodos aprobados como arriba hemos expuesto. Siendo el Augusto Sacrificio del altar el acto fundamental del culto divino, claro es que en él se ha de hallar necesariamente la fuente y el centro de la piedad cristiana. No creáis haber satisfecho completamente vuestro celo apostólico en este punto mientras no acudan vuestros feligreses en gran número al celestial banquete, que es “Sacramento de piedad, signo de unidad y vínculo de caridad”.(125)

200. Y para que el pueblo cristiano logre conseguir estos bienes sobrenaturales, cada vez en mayor abundancia, esmeraos en instruirle sobre los tesoros de piedad encerrados en la Sagrada Liturgia, por medio de oportunas predicaciones; más aún, con discursos y conferencias, con semanas de estudio y otras semejantes iniciativas. Para el logro de este fin podéis contar con los miembros de la Acción Católica, dispuestos siempre a colaborar con la Jerarquía en la expansión del Reino de Jesucristo.

H) Vigilancia contra los errores

201. Pero es absolutamente necesario que en todo estéis al mismo tiempo muy alerta, a fin de que no se introduzca el enemigo en el campo del Señor, para sembrar la cizaña en medio del trigo,(126) esto es, que no se infiltren en vuestra grey los sutiles y perniciosos errores de un falso misticismo y de un quietismo perjudicial, errores, como sabéis, por Nos ya condenados,(127) asimismo que no seduzca a las almas un cierto peligroso humanismo, ni se introduzca aquella falaz doctrina que adultera la noción misma de la fe católica; ni, finalmente, un excesivo arqueologismo en materia litúrgica. Con la misma diligencia débese evitar que no se difundan las falsas opiniones de los que creen y enseñan sin razón que la naturaleza humana de Cristo glorificada habita realmente y con su continua presencia en los “justificados”, o también que es única e idéntica la gracia que une a Cristo con los miembros de su Cuerpo.

202. No os arredren las dificultades que sobrevengan, ni decaiga un punto vuestra solicitud pastoral: “Sonad la trompeta en Sión..., convocad a junta, congregad el pueblo, santificad la Iglesia, reunid los ancianos, haced venir los párvulos y los niños de pecho”;(128) procurad, con cuantos medios están a vuestro alcance, que en todas partes se multipliquen templos y altares para los cristianos, quienes, unidos como miembros vivos a su Cabeza divina, sean restaurados con la gracia de los Sacramentos, celebren a una con Él y por Él el Augusto Sacrificio, y ofrenden al Eterno Padre las debidas alabanzas.


EPÍLOGO

203. He aquí, Venerables Hermanos, lo que os teníamos que participar; Nos ha movido a hacerlo el deseo de que los hijos Nuestros y vuestros comprendan mejor y estimen en más el tesoro preciosísimo que encierra la Sagrada Liturgia, a saber: el Sacrificio Eucarístico, que representa y renueva el Sacrificio de la Cruz; los Sacramentos, manantiales de la gracia y vida divinas, y el himno de alabanza que tierra y cielo elevan diariamente al Señor.

204. Es de esperar que estas Nuestras exhortaciones estimularán a los tibios y recalcitrantes, no sólo a un estudio más intenso y exacto de la Liturgia, sino también a poner en práctica su espíritu sobrenatural, según la sugerencia de San Pablo: “No apaguéis el espíritu”.(129)

205. Y a los que cierto afán desmedido impele no pocas veces a hacer y decir cosas que, bien a pesar Nuestro, Nos no podemos aprobar, les reiteramos el aviso de San Pablo: “Examinad, sí, todas las cosas y ateneos a lo bueno”;(130) y les amonestamos paternalmente a que adopten los criterios y la actitud que se ajustan a lo dispuesto por la inmaculada Esposa de Jesucristo y Madre de los Santos.

206. Recordamos también que es menester en absoluto someterse generosa y fielmente a las disposiciones de los sagrados pastores, a quienes por derecho compete el deber de regular toda la vida de la Iglesia, especialmente la espiritual: “obedeced a vuestros Prelados y estadles sumisos, ya que ellos velan como quienes han de dar cuenta de vuestras almas, para que lo hagan con alegría y no acongojados”.(131)

207. Dígnese el Dios a quien adoramos y que “no... es autor de discordia sino de paz”,(132) otorgarnos benigno a todos el que participemos en la Sagrada Liturgia con un solo espíritu y un solo corazón en el destierro de aquí abajo, que no debe ser sino como una preparación y preludio de aquella otra Liturgia del cielo, en la cual, como es de esperar, a una con la excelsa Madre de Dios y dulcísima Madre nuestra, cantaremos por fin: “Al que está sentado en el Trono y al Cordero, bendición y honra, gloria y potestad por los siglos de los siglos”.(133)

Ante esta felicísima esperanza, a todos y a cada uno de vosotros, Venerables Hermanos, y a la grey cuya vigilancia os ha sido confiada, como prenda de los dones divinos y testimonio de Nuestra especial benevolencia, os damos con todo afecto Nuestra Bendición Apostólica.

Dado en Castel Gandolfo, junto a Roma, el 20 de noviembre del año de 1947, 9º de Nuestro Pontificado.

PÍO PP. XII


NOTAS:
(1) Salmo 109, 4.
(2) San Juan, 13, 1.
(3) Conc. Triden. Ses. 22, cap. 1.
(4) Ibid. cap. 2.
(5) Santo Tomás de Aquino: Suma Teológica, tercera parte, cuestión 22, artículo 4.
(6) San Juan Crisóstomo, In Ioan., 86, 4.
(7) Romanos, 6, 9.
(8) Misal Romano, prefacio.
(9) Misal Romano, canon.
(10) San Marcos, 14, 23.
(11) Misal Romano, prefacio.
(12) I San Juan, 2, 2.
(13) Misal Romano, canon.
(14) San Agustín, De Trinit., lib. 13, cap. 19.
(15) Hebreos, 5, 7.
(16) Sesión 22, cap. 1.
(17) Hebreos, 10, 14.
(18) San Agustín, Enarrat. in Ps. 147, nº 16.
(19) Gálatas, 2, 19, 20.
(20) Encíclica “Mystici Corporis”, 29 de junio de 1943.
(21) Misal Romano, Secreta del domingo 9º después de Pentecostés.
(22) Sesión 22, cap. 2 y can. 4.
(23) Gálatas, 6, 14.
(24) Malaquías, 1, 11.
(25) Filipenses, 2, 5.
(26) Gálatas, 2, 19.
(27) Conc. Trid., sesión 23, cap. 4.
(28) San Roberto Belarmino, De Missa, II, cap. 1.
(29) De Sacro Altaris Mysterio, III, 6.
(30) De Missa, I, cap. 27.
(31) Misal Romano, Ordo Missæ.
(32) Ibid., Canon Missæ.
(33) Ibid.
(34) I Pedro, 2, 5.
(35) Romanos, 12, 1.
(36) Misal Romano, Canon.
(37) Pontifical Romano, De ordinatione presbyteri.
(38) Pontifical Romano, De altaris consecratione, prefacio.
(39) Conc. Trid., sesión 22, art. 5.
(40) Gálatas, 2, 19-20.
(41) Sermón 272.
(42) I Corintios, 12, 27.
(43) Efesios, 5, 30.
(44) San Roberto Belarmino, De Missa, II, cap. 8.
(45) De Civ. Dei, lib. 10, cap. 6.
(46) Misal Romano, Canon.
(47) I Timoteo, 2, 5.
(48) Encíclica “Certiores effecti”, 12 de noviembre de 1742, 8.
(49) Conc. Trid., sesión 22, cap. 8.
(50) Misal Romano, Colecta de Corpus Christi.
(51) I Corintios. 11, 24.
(52) Sesión 22, cap. 6.
(53) Encíclica “Certiores effecti”, 3.
(54) San Lucas, 14, 23.
(55) I Corintios, 10, 17.
(56) San Ignacio Mártir, Ad Efes., 20.
(57) Misal Romano, Canon.
(58) Efesios, 5, 20.
(59) Misal Romano, Poscomunión del domingo después de la Ascensión.
(60) Ibid., Poscomunión del domingo 1º después de Pentecostés.
(61) C.I.C., canon 810.
(62) Lib. IV, cap. 12.
(63) Daniel, 3, 57.
(64) San Juan, 16, 23.
(65) Misal Romano, Secreta de la Misa de la Santísima Trinidad.
(66) San Juan, 15, 4.
(67) Conc. Trid., sesión 13, canon 1.
(68) Conc. Constant. II, Anath. de Trib. Capit., canon 9, collat.; Conc. Efes., Anath Cyrill., can 8. Cf. Conc. Trid., sesión 13, can. 6; Pío VI, Constitución Auctorem Fidei, 61.
(69) Apocalipsis, 5, 12.
(70) Conc. Trid., sesión 13, cap. 5, y canon 6.
(71) En I Corintios, 24, 4.
(72) Enarr. in Ps., 98, 9.
(73) I Pedro, 1, 19.
(74) San Mateo, 11, 28.
(75) Misal Romano, Colecta de la Misa de la Dedicación de una Iglesia.
(76) Misal Romano, Secuencia Lauda Sion.
(77) San Lucas, 18, 1.
(78) Hechos, 2, 1-15.
(79) Ibid.
(80) Ibid., 10, 9.
(81) Ibid., 3, 1.
(82) Ibid. 16, 25.
(83) Romanos, 8, 26.
(84) San Agustín, Enarr. In Ps., 85, nº 1.
(85) San Benito, Regula, cap. 19.
(86) Hebreos, 7, 25.
(87) Explicatio in Psalterium, prefacio, tal como se lee en P.L. 70, 10.
(88) San Ambrosio, Enarr. In Ps., I, nº 9.
(89) Éxodo, 31, 15.
(90) Confess., lib. IX, cap. 6.
(91) San Agustín, De Civ. Dei, lib. 8, cap. 17.
(92) Colosenses, 3, 1-2.
(93) San Ambrosio, Enarr. in Ps., 133, nº 2.
(94) Hebreos, 13, 8.
(95) Santo Tomás de Aquino: Suma Teológica, tercera parte, cuestión 49 y cuestión 62, art. 5.
(96) Hechos, 10, 38.
(97) Efesios, 4, 13.
(98) Misal Romano, Colecta de la tercera Misa por varios Mártires fuera del Tiempo Pascual
(99) San Beda el Venerable, Homilía 70.
(100) Misal Romano, Colecta de San Juan Damasceno.
(101) San Bernardo, Sermo II in festo Omnium Sanctorum.
(102) San Lucas, 1, 28.
(103) Salve Regina.
(104) San Bernardo, In Nativ. B.M.V., 7.
(105) Hebreos, 10, 22.
(106) Ibid. 10, 21.
(107) Ibid. 6, 19.
(108) C.I.C., canon 125.
(109) San Juan, 14, 2.
(110) San Juan, 3, 8.
(111) Santiago, 1, 17.
(112) Efesios, 1, 4.
(113) Encíclica “Tra le sollecitudini”, 22 de noviembre de 1903.
(114) Salmo 68, 10; San Juan, 2, 17.
(115) Santo Oficio: Decreto del 26 de mayo de 1937.
(116) San Pío X, “Tra le sollicitudini”.
(117) San Pío X, ibid.; Pío XI, Constitución “Divini Cultus”, II, V.
(118) Ibid.
(119) San Agustín, Sermón 336, nº 1.
(120) Misal Romano, prefacio.
(121) San Ambrosio, Hexameron, III, 5, 23.
(122) Hechos, 4, 32.
(123) C.I.C., canon 1178.
(124) Pío XI, Constitución “Divini Cultus”.
(125) San Agustín, Tract. 26 in Ioan., 13.
(126) San Mateo, 13, 24-25.
(127) Encíclica “Mystici Corporis”.
(128) Job, 2, 15-16.
(129) I Tesalonicenses, 5, 19.
(130) Ibid., 5, 21.
(131) Hebreos, 13, 17.
(132) I Corintios, 14, 33.
(133) Apocalipsis, 5, 13.I