Encíclica
del Papa PÍO XII
MEDIATOR DEI - Segunda parte
Sobre la Sagrada Liturgia
(20 de noviembre de 1947)
PARTE
SEGUNDA: EL CULTO EUCARÍSTICO
El Sacrificio Eucarístico
65. El Misterio de la Sagrada Eucaristía,
instituido por el Sumo Sacerdote, Jesucristo, y por orden
suya constantemente renovado por sus ministros, es el
punto culminante y como el centro de la religión cristiana.
Tratándose del tema principal de la Sagrada Liturgia,
creemos oportuno, Venerables Hermanos, detenernos un poco
y llamar vuestra atención sobre argumento de tan grande
importancia.
A) Institución
66. Cristo Nuestro Señor, “Sacerdote
sempiterno, según el orden de Melquisedec”,(1)
“como hubiese amado a los suyos que vivían en el mundo”,(2)
“en la última Cena, la noche en que era entregado para
dejar a la Iglesia, su amada Esposa, un sacrificio visible
—como la naturaleza de los hombres pide— que fuese representación
del Sacrificio cruento que había de consumarse una sola
vez en la Cruz, para que permaneciese su recuerdo hasta
el fin de los siglos y se aplicase su eficacia saludable
para la remisión de los pecados que cada día cometemos,
ofreció a Dios Padre su Cuerpo y su Sangre bajo las apariencias
de pan y de vino, símbolos bajo los cuales los entregó
a los Apóstoles consagrados sacerdotes del Nuevo Testamento,
al mismo tiempo que les intimaba la orden, tanto a ellos
como a sus sucesores en el sacerdocio, de que renovasen
la oblación”.(3)
B) Naturaleza
67. El Augusto Sacrificio del altar no
es, pues, una pura y simple conmemoración de la Pasión
y Muerte de Jesucristo, sino que es un Sacrificio propio
y verdadero, por el que el Sumo Sacerdote, mediante su
inmolación incruenta, repite lo que hizo en la Cruz, ofreciéndose
al Padre como víctima gratísíma. “Una sola y la misma
es la víctima; y el que ahora se ofrece por el ministerio
de los sacerdotes es el mismo que se ofreció entonces
en la Cruz; sólo es distinto el modo de ofrecerse”.(4)
a) Idéntico el
Sacerdote
68. Idéntico, pues, es el Sacerdote,
Jesucristo, cuya sagrada persona es representada por su
ministro. Éste, en virtud de la consagración sacerdotal
que ha recibido, se asemeja al Sumo Sacerdote, y tiene
el poder de obrar en virtud y en la persona del mismo
Cristo;(5)
por eso, con su acción sacerdotal, en cierto modo, “presta
a Cristo su lengua y le ofrece su mano”.(6)
b) Idéntica la
víctima
69. Idéntica asimismo es la víctima,
es a saber, el Redentor Divino, según su naturaleza humana
y en la verdad de su Cuerpo y su Sangre.
c) Distinto el
modo de ofrecerse
Es diferente, en cambio, el modo como Cristo se ofrece.
En efecto, en la Cruz, Él se ofreció a Dios totalmente,
con todos sus sufrimientos; pero esta inmolación de la
Víctima fue llevada a cabo por medio de una muerte cruenta,
voluntariamente padecida; en cambio, sobre el altar, a
causa del estado glorioso de su naturaleza humana,
“la muerte no tendrá ya dominio sobre Él”,(7)
y por eso la efusión de la sangre es imposible; con todo,
la divina sabiduría halló un medio admirable para hacer
manifiesto el sacrificio de nuestro Redentor con señales
exteriores, que son símbolos de muerte, ya que, gracias
a la Transubstanciación del pan en el Cuerpo y del vino
en la Sangre de Cristo, así como está realmente presente
su Cuerpo, también lo está su Sangre; y las especies eucarísticas,
bajo las cuales se halla presente, simbolizan la cruenta
separación del Cuerpo y de la Sangre. De este modo la
representación conmemorativa de la muerte que realmente
sucedió en el Calvario se repite en cada uno de los Sacrificios
del altar, ya que la separación de los símbolos índica
que Jesucristo está en estado de víctima.
d) Idénticos los
fines del Sacrificio
70. Idénticos, además, son los fines.
El primero es la glorificación del Padre Celestial. Desde
su nacimiento hasta su muerte, Jesucristo ardió en el
celo de la gloria divina; y desde la Cruz, la inmolación
de su Sangre subió al cielo en olor de suavidad. Y para
que este himno jamás termine, los miembros se unen en
el Sacrificio Eucarístico a su Cabeza divina, y con Él,
con los Ángeles y Arcángeles, cantan a Dios alabanzas
perennes, (8)
dando al Padre Omnipotente todo honor y gloria.(9)
71. El segundo fin es dar gracias a
Dios. El Divino Redentor, como hijo predilecto del Eterno
Padre, cuyo inmenso amor conocía, pudo dedicarle un digno
himno de acción de gracias. Esto es lo que pretendió y
deseó, “dando gracias”,(10)
en la última Cena, y no cesó de hacerlo en la Cruz, ni
cesa jamás en el augusto Sacrificio del altar, que precisamente
significa acción de gracias o acción eucarística; y esto,
porque “digno y justo es, en verdad, debido y saludable”.(11)
72. El tercer fin es la expiación, la
propiciación y la reconciliación. Nadie, en realidad,
sino Cristo, podía ofrecer a Dios Omnipotente una satisfacción
adecuada por los pecados de la humanidad. Por eso quiso
Él inmolarse en la Cruz, “víctima de propiciación
por nuestros pecados, y no tan sólo por los nuestros,
sino también por los de todo el mundo”.(12)
Asimismo se ofrece todos los días sobre los altares por
nuestra redención, para que, libres de la condenación
eterna, seamos acogidos en la grey de los elegidos. Y
esto no solamente para nosotros, los que vivimos aún en
esta vida mortal, sino también para “todos los que
descansan en Cristo… que nos precedieron con la señal
de la fe y duermen el sueño de la paz”,(13)
porque, tanto vivos como muertos, “no nos
separamos del único Cristo” (14)
73. El cuarto fin es la impetración.
El hombre, hijo pródigo, ha malgastado y disipado todos
los bienes recibidos del Padre Celestial, y así se ve
reducido a la mayor miseria y degradación; pero desde
la Cruz, Jesucristo “ofreciendo plegarías y súplicas con
potente clamor y lágrimas... fue escuchado en vista de
su actitud reverente”. (15)
De igual manera en los sagrados altares ejerce la misma
eficaz mediación, a fin de que seamos colmados de toda
clase de gracias y bendiciones.
C) Valor infinito del Sacrificio
Eucarístico
74. Así se comprende fácilmente por qué
afirma el Sacrosanto Concilio Tridentino que, mediante
el Sacrificio Eucarístico, se nos aplica la eficacia saludable
de la Cruz, para remisión de nuestros pecados cotidianos.(16)
75. El Apóstol de los Gentiles, al proclamar
la superabundante plenitud y perfección del Sacrificio
de la Cruz, declara que Cristo, con una sola ofrenda,
hizo perfectos para siempre a los que ha santificado.(17)
En efecto, los méritos de este Sacrificio, como infinitos
e inmensos que son, no tienen límites, y se extienden
a todos los hombres en cualquier lugar y tiempo, porque
en él el Sacerdote y la Víctima es el Dios Hombre; en
cuanto que su inmolación, así como su obediencia a la
voluntad del Padre Eterno, fue perfectísima, y en cuanto
que quiso morir como Cabeza del género humano: “Mira
el intercambio por el que fuimos comprados: vende Cristo
en la Cruz; mira a qué precio compró... Derramó su sangre.
Compró con su sangre, con la sangre del Cordero inmaculado,
con la sangre del único Hijo de Dios... Quien compra es
Cristo; el precio, la sangre; la posesión, el mundo todo”.(18)
76. Sin embargo, este rescate no obtiene
inmediatamente su efecto pleno; es menester que Cristo,
después de haber rescatado al mundo al precio valiosísimo
de Sí mismo, entre, en la posesión real y efectiva de
las almas. De aquí que, para que se lleve a cabo y sea
grata a Dios la redención v salvación de todos los individuos
y de las generaciones venideras hasta el fin de los siglos,
es de necesidad absoluta que entren todos en contacto
vital con el Sacrificio de la Cruz y así les sean transmitidos
los méritos que de él se derivan. Se puede decir que Cristo
ha construido en el Calvario una piscina de expiación
y salvación que elevó con la Sangre por Él derramada;
pero si los hombres no se sumergen en sus aguas y no lavan
en ellas las manchas de sus culpas, no pueden ser purificados
ni salvados.
D) La colaboración de los
fieles
77. Por eso, para que todos los pecadores se
purifiquen en la Sangre del Cordero, es necesaria su propia
colaboración. Aunque Cristo, hablando en términos generales,
haya reconciliado a todo el género humano con el Padre
por medio de su muerte cruenta, quiso, sin embargo, que
todos se acercasen y fuesen llevados a la Cruz por medio
de los Sacramentos y por medio del Sacrificio de la Eucaristía,
para poder obtener los frutos de salvación por Él logrados
en la misma Cruz. Con esta participación actual y personal,
así como los miembros se asemejan cada día más a la Cabeza
divina, así también la salvación que de la Cabeza viene
afluye en los miembros, de manera que cada uno de nosotros
puede repetir las palabras de San. Pablo: “Estoy clavado
en la Cruz juntamente con Cristo, y yo vivo, o más bien
no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí”.(19)
Porque, como en otra ocasión hemos dicho de propósito
y ampliamente, Jesucristo, “mientras al morir en la
Cruz concedió a su Iglesia el inmenso tesoro de la Redención,
sin que Ella pusiese nada de su parte; en cambio, cuando
se trata de la distribución de este tesoro, no sólo comunica
a su Esposa sin mancilla la obra de la santificación,
sino que quiere que en alguna manera provenga de su esfuerzo”.(20)
78. El augusto Sacrificio del altar es
un insigne instrumentó para distribuir a los creyentes
los méritos que brotan de la Cruz del Divino Redentor.
“Cuantas veces se celebra la memoria de este Sacrificio,
renuévase la obra de nuestra Redención”.(21)
Y esto, lejos de disminuir la dignidad del Sacrificio
cruento, hace resaltar, como afirma el Concilio de Trento,(22)
su grandeza y pregona su necesidad. Al ser renovado cada
día, nos advierte que no hay salvación fuera de la Cruz
de Nuestro Señor Jesucristo;(23)
que Dios quiere la continuación de este Sacrificio “desde
Levante a Poniente”,(24)
para que no cese jamás el himno de glorificación y de
acción de gracias que los hombres deben al Criador, puesto
que tienen necesidad de su continua ayuda y de la Sangre
del Redentor para borrar los pecados que provocan su justicia.
PARTICIPACIÓN
DE LOS FIELES EN EL SACRIFICIO EUCARÍSTICO
A) Deber
y dignidad de esta participación
79. Conviene, pues, Venerables Hermanos,
que todos los fieles se den cuenta de que su principal
deber y su mayor dignidad consiste en la participación
en el Sacrificio Eucarístico; y eso, no con un espíritu
pasivo y negligente, discurriendo y divagando por otras
cosas, sino de un modo tan intenso y activo, que estrechísimamente
se unan con el Sumo Sacerdote, según la advertencia del
Apóstol: “Habéis de tener en vuestros corazones los
mismos sentimientos que tuvo Jesucristo en el suyo”;(25)
ofreciendo con Él y por Él, consagrándose con Él.
a) Manera de practicarla
80. Jesucristo, en verdad, es Sacerdote, pero
Sacerdote para nosotros, no para Sí, pues ofrece al Eterno
Padre los deseos y sentimientos religiosos en nombre de
toda la humanidad; igualmente, Él es víctima, pero para
nosotros, ya que se pone en vez del hombre culpable.
Pues bien, la frase del Apóstol: “habéis de tener
en vuestros corazones los mismos sentimientos que tuvo
Jesucristo en el suyo”, exige a todos los cristianos
que reproduzcan en sí, en cuanto les es posible, los afectos
de que estaba animado el Divino Redentor cuando ofrecía
el Sacrificio de sí mismo, es decir, que imiten su humilde
sumisión y eleven a la soberana Majestad de Dios el homenaje
de su adoración, honor, alabanza y acción de gracias.
Exige, además, que de alguna manera adopten la actitud
de víctima, que se nieguen a sí mismos según las enseñanzas
del Evangelio, que se entreguen voluntaria y gustosamente
a la penitencia, que detesten y expíen sus propios pecados.
Exige, finalmente, que muramos con muerte mística en la
Cruz juntamente con Jesucristo, de modo que podamos decir
como San Pablo: “Estoy crucificado con Cristo”.(26)
b) Error acerca
del sacerdocio de los fieles
81. Empero, por el hecho de que los fieles cristianos
participen en el Sacrificio Eucarístico, no por eso gozan
también de la potestad sacerdotal, cosa que, por cierto,
es muy necesario pongáis ante la vista de vuestra grey.
82. Pues hay en la actualidad, Venerables
Hermanos, quienes colindando con errores ya condenados,(27)
enseñan que en el Nuevo Testamento, por Sacerdocio sólo
se entiende el que atañe a todos los bautizados; y que
la orden que Jesucristo dio a los Apóstoles en su Última
Cena, de hacer lo que Él mismo había hecho, se refiere
directamente a toda la Iglesia de los fieles y que sólo
más adelante se llegó al Sacerdocio Jerárquico. Por lo
cual creen que el pueblo tiene verdadero poder sacerdotal
y que los sacerdotes obran solamente en virtud de una
delegación de la comunidad. Por eso juzgan que el Sacrificio
Eucarístico es una estricta “concelebración”, y opinan
que es más conveniente que los sacerdotes “concelebren”
rodeados de los fieles, que no que ofrezcan privadamente
el Sacrificio sin asistencia del pueblo.
83. No hay para qué explicar cuánto se
oponen esos capciosos errores a las verdades que ya hemos
dejado establecidas, al tratar del puesto que ocupa el
sacerdote en el Cuerpo Místico de Cristo. Recordemos solamente
que el sacerdote hace las veces del pueblo sólo porque
representa a la persona de Nuestro Señor Jesucristo en
cuanto que es Cabeza de todos los miembros y en cuanto
se ofrece por ellos, y que, por consiguiente, se acerca
al altar como ministro de Jesucristo, inferior a Cristo,
pero superior al pueblo.(28)
El pueblo, por el contrarío, puesto que de ninguna manera
representa a la persona del Divino Redentor, ni el reconciliador
entre sí mismo y Dios, de ningún modo puede gozar del
derecho sacerdotal.
B) Participación
en la oblación
84. Todo esto consta con certeza de fe;
con todo, hay que afirmar también que los fieles cristianos
ofrecen la hostia divina, pero bajo otro aspecto.
a) Está declarado
por la Iglesia
85. Así lo declararon ya amplísimamente algunos
de Nuestros Antecesores y de los Doctores de la Iglesia.
“No sólo —así habla Inocencio III, de inmortal memoria—
ofrecen el Sacrificio los sacerdotes, sino también
todos los fieles; pues lo que se realiza especialmente
por el ministerio de los sacerdotes, se obra universalmente
por el deseo de los fieles”.(29)
Y nos place recordar al menos uno de los varios asertos
de San Roberto Belarmino, a este propósito: “El Sacrificio
—dice— se ofrece principalmente en la persona
de Cristo. Así, pues, la oblación que sigue inmediatamente
a la consagración es como un testimonio de que toda la
Iglesia concuerda en la oblación hecha por Cristo y de
que la ofrece con Él”.(30)
b) Está
significado por los mismos ritos
86. Los ritos y las oraciones del Sacrificio
Eucarístico no menos claramente significan y muestran
que la oblación de la víctima la hace el sacerdote juntamente
con el pueblo. Pues no solamente el ministro sagrado,
después de haber ofrecido el pan y el vino, dice explícitamente,
vuelto hacia el pueblo: “Orad, hermanos, para que
este sacrificio mío y vuestro sea aceptable ante Dios
Padre Todopoderoso”,(31)
sino que, además, las súplicas con que se ofrece a Dios
la hostia divina las más de las veces se pronuncian en
número plural, y en ellas, más de una vez, se índica que
el pueblo participa también en este augusto Sacrificio,
en cuanto que él también lo ofrece. Así, por ejemplo,
se dice: “Por los cuales te ofrecemos o ellos mismos
te ofrecen... Rogámoste, pues, Señor, recibas propicio
esta ofrenda de tus siervos y de toda tu familia... Nosotros,
tus siervos, y tu pueblo santo..., ofrecemos a tu excelsa
Majestad, de tus propios dones y dádivas, la Hostia pura,
la Hostia santa, la Hostia inmaculada”.(32)
87. No es de admirar que los fieles sean
elevados a tal dignidad, pues por el Bautismo los cristianos,
a título común, quedan hechos miembros del Cuerpo Místico
de Cristo Sacerdote, y por el “carácter” que se imprime
en sus almas son consagrados al culto divino, participando
así, de acuerdo con su estado, en el Sacerdocio del mismo
Cristo.
c) En qué
sentido ofrecen los fieles
88. En la Iglesia Católica, la razón
humana, iluminada por la fe, se ha afanado siempre por
alcanzar el mayor conocimiento posible de las cosas divinas.
Es, pues, muy puesto en razón que el pueblo cristiano
pregunte piadosamente en qué sentido en el Canon del Sacrificio
Eucarístico se dice que él también lo ofrece. Para satisfacer
a tal deseo, nos place exponer sucintamente este punto.
89. Hay, en primer lugar, razones más
bien remotas: así, por ejemplo, frecuentemente sucede
que los fieles que asisten al culto sagrado, alternan
sus plegarias con las del sacerdote; asimismo algunas
veces —cosa que antiguamente se hacía con más frecuencia—ofrecen
a los ministros del altar el pan y el vino para que se
conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Cristo; otras veces,
en fin, con sus limosnas procuran que el sacerdote ofrezca
por ellos la Divina Víctima.
d) Cómo
ofrecen por manos del sacerdote
90. Empero, hay también una razón íntima
para que se pueda decir que todos los cristianos, y principalmente
los que están presentes ante el altar, ofrecen el Sacrificio.
91. Para que en cuestión tan importante
no nazca ningún pernicioso error, hay que limitar con
términos precisos el sentido del término “ofrecer”.
La inmolación incruenta, por la cual, en virtud de las
palabras de la Consagración, Cristo se hace presente en
estado de víctima sobre el altar, la realiza sólo el sacerdote
en cuanto representa a Cristo, no en cuanto tiene la representación
de los fieles.
Mas por el hecho de que el sacerdote pone sobre el altar
la Divina Víctima, la presenta a Dios Padre como una oblación
a gloria de la Santísima Trinidad y para el bien de toda
la Iglesia. En esta oblación, en sentido estricto, participan
los fieles a su manera bajo un doble aspecto, pues no
sólo por manos del sacerdote, sino también en cierto modo
juntamente con él ofrecen el Sacrificio, y esta participación
hace que la oblación del pueblo pertenezca también al
culto litúrgico.
92. Que los fieles ofrezcan el Sacrificio
por manos del sacerdote se evidencia por el hecho de que
el ministro del altar representa a Cristo en cuanto que
como Cabeza ofrece en nombre de todos los miembros; por
lo cual puede decirse con razón que toda la Iglesia universal
presenta la ofrenda de la Víctima por medio de Cristo.
Pero no se dice precisamente que el pueblo ofrece con
el sacerdote, porque los miembros de la Iglesia realizan
el rito litúrgico visible de la misma manera que el sacerdote,
lo cual es exclusivo del ministro delegado para ello por
Dios, sino porque une sus obsequios de alabanza, impetración,
expiación y acción de gracias a los deseos o intenciones
del sacerdote, más aún, del mismo Sumo Sacerdote, para
presentarlas a Dios Padre en la misma oblación de la Víctima,
incluso con el mismo rito externo del sacerdote; y es
que el rito externo del Sacrificio, por su misma naturaleza,
ha de manifestar el culto interno, y el Sacrificio de
la Ley Nueva significa el obsequio supremo por el cual
el mismo oferente principal, que es Cristo, y con Él y
por Él todos sus miembros místicos, tributan a Dios el
honor y el respeto que le son debidos.
93. Con grande gozo del alma hemos sabido
que, precisamente, en estos últimos años, a consecuencia
de los estudios más diligentes que muchos han hecho en
materias litúrgicas, ha sido puesta tal doctrina en plena
luz. Sin embargo, no podemos menos de deplorar vivamente
ciertas exageraciones y falsas interpretaciones que no
concuerdan con las genuinas enseñanzas de la Iglesia.
94. Algunos, en efecto, reprueban absolutamente
las Misas que se ofrecen en privado sin la asistencia
del pueblo, como si fuesen una desviación del primitivo
modo de celebrar; ni faltan quienes afirman que los sacerdotes
no pueden ofrecer al mismo tiempo la Hostia divina en
varios altares, pues con esta práctica dividen la comunidad
y ponen en peligro su unidad, más aún, algunos llegan
a creer que es preciso que el pueblo confirme y ratifique
el Sacrificio para que éste alcance su valor y eficacia.
95. En estos casos se alega erróneamente
el carácter social del Sacrificio Eucarístico, porque
cuantas veces el sacerdote renueva lo que el Divino Redentor
hizo en la última Cena, se consuma realmente el Sacrificio;
Sacrificio que por su misma naturaleza, siempre, en todas
partes y por necesidad, tiene una función pública y social,
pues el que lo inmola obra en nombre de Cristo y de los
fieles cuya Cabeza es el Divino Redentor, ofreciéndolo
a Dios por la Iglesia Católica, por los vivos y difuntos
(33) y ello tiene
lugar sin duda alguna ya sea que estén presentes los fieles
—y Nos deseamos y recomendamos acudan en grandísimo número
y con la mayor piedad—, ya sea que no asistan, pues de
ningún modo se requiere que el pueblo ratifique lo que
hace el ministro del altar.
96. Por lo que acabamos de exponer queda
claro que el Sacrificio Eucarístico se ofrece en nombre
de Cristo y de la Iglesia y no pierde su eficacia, individual
y social, aunque se celebre sin acólito; con todo, por
razón de la dignidad de este tan augusto misterio, queremos
y urgimos —conforme a las órdenes constantes de la Santa
Madre Iglesia— que ningún sacerdote se acerque al altar
sin ayudante que le sirva y responda a tenor del canon
813.
C) Participación
en la inmolación
97. Mas para que la oblación por la cual en este
Sacrificio los fieles ofrecen al Padre Celestial la Víctima
divina alcance su pleno efecto, conviene añadir otra cosa:
es preciso que se inmolen a sí mismos como víctimas.
98. Esta inmolación no se reduce sólo
al Sacrificio litúrgico, pues el Príncipe de los Apóstoles
quiere que, puesto que somos edificados en Cristo como
piedras vivas, podamos, a fuer de “Sacerdocio santo,
ofrecer víctimas espirituales que sean agradables a Dios
por Jesucristo”;(34)
y el Apóstol San Pablo, sin ninguna distinción de tiempo,
exhorta a los cristianos con estas palabras: “Os ruego...
que le ofrezcáis vuestros cuerpos como una hostia viva,
santa y agradable a sus ojos; tal es el culto racional
que debéis ofrecerle”.(35)
Mas especialmente cuando los fieles participan en la acción
litúrgica con tanta piedad y atención, que de ellos se
pueda decir en verdad: “cuya fe y devoción te son
conocidas”,(36)
entonces no podrán menos de influir en que la fe de cada
uno actúe más vivamente por medio de la caridad, que la
piedad se fortalezca y arda, que todos y cada uno se consagren
a procurar la divina gloria y que, ardientemente deseosos
de asemejarse a Jesucristo, que sufrió tan acerbos dolores,
se ofrezcan como hostia espiritual con y por el Sumo Sacerdote.
99. Esto mismo enseñan las exhortaciones
que el Obispo, en nombre de la Iglesia, dirige a los ministros
del altar el día de su ordenación: “Daos cuenta de
lo que realizáis; imitad lo que hacéis y al celebrar el
Misterio de la Muerte del Señor, procurad mortificar enteramente
en vuestros miembros los vicios y las pasiones desordenadas”.(37)
Y casi en los mismos términos los libros litúrgicos advierten
a los cristianos que se acercan al altar para participar
en el Santo Sacrificio: “Ofrézcase en este... altar el
culto de la inocencia, inmólese la soberbia, sacrifíquese
la ira, mortifíquese la lujuria y toda lascivia, ofrézcase
en vez de tórtolas el sacrificio de la castidad, y en
vez de pichones, el sacrificio de la inocencia”.(38)
Así, pues, mientras estamos junto al altar, hemos de transformar
nuestra alma de manera que se extinga totalmente en ella
todo lo que es pecado, e intensamente se fomente y robustezca
cuanto engendra la vida eterna por medio de Jesucristo,
de modo que nos hagamos, con la Hostia Inmaculada, víctimas
aceptables al Eterno Padre.
100. La Iglesia se esfuerza con todo
empeño, por medio de las enseñanzas de la Sagrada Liturgia,
para que este santo ideal pueda ponerse en práctica del
modo más apropiado. A ello convergen, no sólo las lecciones,
las homilías y las demás exhortaciones de los sagrados
ministros, y todo el ciclo de los misterios que se proponen
a nuestra consideración durante todo el curso del año,
sino también los ornamentos, los sagrados ritos y su esplendor
externo; todo lo cual se encamina “a que resalte la
majestad de tan alto Sacrificio, y las almas de los fieles,
por medio de estos signos externos de religión y de piedad,
se muevan a la contemplación de las altísimas realidades
que se esconden en este Sacrificio”.(39)
101. Así que todos los elementos de la
Liturgia apuntan a que nuestra alma reproduzca en sí misma,
por el misterio de la Cruz, la imagen de Nuestro Divino
Redentor, según la sugerencia del Apóstol: “Estoy
clavado con Cristo en la Cruz, vivo yo, o más bien no
soy yo el que vive sino que Cristo vive en mí”.(40)
Por lo cual nos hacemos como una hostia con Cristo, para
aumentar la gloria del Eterno Padre.
102. Por tanto, hacía esta meta los fieles
deben orientar y elevar sus almas al ofrecer la Víctima
divina en el Sacrificio Eucarístico. Pues si, como escribe
San Agustín, nuestro misterio está puesto en la mesa del
Señor,(41)
es decir, el mismo Cristo Señor Nuestro en cuanto es Cabeza
y símbolo de la unión por la cual nosotros somos el Cuerpo
Místico de Cristo (42)
y miembros de su Cuerpo;(43)
si San Roberto Belarmino, de acuerdo con el Doctor de
Hipona, enseña que en el Sacrificio del altar está significado
el Sacrificio general por el cual todo el Cuerpo Místico
de Cristo, es decir, toda la ciudad rescatada, se ofrece
a Dios por el gran Sacerdote, Cristo;(44)
nada puede pensarse más recto ni más justo que el inmolamos
también nosotros todos al Eterno Padre, juntamente con
nuestra Cabeza, que por nosotros sufrió. Efectivamente,
en el Sacramento del altar, según el mismo San Agustín,
se muestra a la Iglesia que en el Sacrificio que ofrece,
Ella también es ofrecida.(45)
103. Adviertan, pues, los fieles cristianos
a qué dignidad los ha elevado el sagrado Bautismo y no
se contenten con participar en el Sacrificio Eucarístico
con la intención general propia de los miembros de Cristo
y de los hijos de la Iglesia, sino que, unidos de la manera
más espontánea e íntima, con el Sumo Sacerdote y con su
ministro en la tierra, según el espíritu de la Sagrada
Liturgia, únanse con Él de un modo particular cuando se
realiza la consagración de la Hostia divina, y ofrézcanla
juntamente con Él al pronunciarse aquellas solemnes palabras:
“Por Él, con Él y en Él a Ti, Dios Padre Omnipotente,
en unidad del Espíritu Santo, es dada toda honra y gloria
por todos los siglos de los siglos”;(46)
a las cuales palabras el pueblo responde: “Amén”.
Y no se olviden los cristianos de ofrecerse con
su divina Cabeza clavada en la Cruz, a sí mismos, sus
preocupaciones, sus dolores, angustias, miserias y necesidades.
D) Medios
para promover esta participación
104. Son, pues, muy dignos de alabanza
los que, deseosos de que el pueblo cristiano participe
más fácilmente y con mayor provecho en el Sacrificio Eucarístico,
se esfuerzan en poner el Misal Romano en manos de los
fieles, de modo que, en unión con el sacerdote, oren con
él con sus mismas palabras y con los mismos sentimientos
de la Iglesia; y del mismo modo son de alabar los que
se afanan porque la Liturgia, aun externamente, sea una
acción sagrada, en la cual tomen realmente parte todos
los presentes. Esto puede hacerse de muchas maneras, bien
sea que todo el pueblo, según las normas rituales, responda
ordenadamente a las palabras del sacerdote o entone cánticos
adaptados a las diversas partes del Sacrificio, o haga
entrambas cosas, o bien en las Misas solemnes responda
a las oraciones del ministro de Jesucristo y cante con
él las melodías litúrgicas.
E) Subordinados
a los preceptos de la Iglesia
105. Todos estos modos de participar
en el Sacrificio son dignos de alabanza y de recomendación
cuando se acomodan diligentemente a los preceptos de la
Iglesia y a las normas rituales. De hecho tales métodos
se encaminan principalmente a alimentar y fomentar la
piedad de los cristianos y su íntima unión con Cristo
y con su ministro visible, a despertar los sentimientos
y disposiciones interiores, con los cuales nuestra alma
ha de asemejarse al Sumo Sacerdote del Nuevo Testamento.
Pero aunque tales métodos significan, aun en su forma
exterior, que el Sacrificio, por su misma naturaleza,
una vez que es celebrado por el Mediador entre Dios y
los hombres (47)
ha de considerarse como obra de todo el Cuerpo Místico
de Cristo; con todo, de ninguna manera son tan necesarios
para imprimirle su carácter oficial y comunitario.
Además, la Misa dialogada no puede sustituir a la Misa
solemne, la cual, aunque estén presentes a ella solamente
los ministros sagrados, goza de una particular dignidad
por la majestad de sus ritos y el esplendor de sus ceremonias,
si bien tal esplendor y magnificencia suben de punto cuando,
como la Iglesia lo desea, asiste el pueblo cristiano en
gran número y con manifiesta devoción.
F) No hay
que exagerar el valor de estos medios
106. Hay que advertir también que se
apartan de la verdad y la recta razón quienes, llevados
de opiniones falaces, hacen tanto caso de esas circunstancias
externas, que no dudan en aseverar que, si ellas se descuidan,
la acción sagrada no puede alcanzar su propio fin.
107. En efecto, no pocos fieles cristianos
son incapaces de usar el Misal Romano, aunque esté traducido
en lengua vulgar; y no todos están capacitados para entender
correctamente los ritos y las fórmulas litúrgicas. El
talento, la índole y el espíritu de los hombres son tan
diversos y tan desemejantes unos de otros, que no todos
pueden sentirse igualmente impresionados con las oraciones,
los cánticos y los ritos comunitarios. Además, las necesidades
de las almas y sus preferencias no son iguales en todos,
ni siempre perduran idénticas en una misma persona. ¿Quién,
llevado de ese prejuicio, se atreverá a afirmar que tantos
cristianos no pueden participar en el Sacrificio Eucarístico
ni gozar de sus beneficios? Lo pueden, ciertamente, gracias
a otros métodos, que a algunos les resultan más fáciles;
como por ejemplo, meditando piadosamente los misterios
de Jesucristo, o haciendo otros ejercicios de piedad,
o rezando otras oraciones que, aunque diferentes de los
sagrados ritos en la forma, sin embargo concuerdan con
ellos por su misma naturaleza.
G) Las comisiones
diocesanas litúrgicas
108. Por eso os exhortamos, Venerables
Hermanos, a que, en vuestra Diócesis o vuestro territorio
eclesiástico, ordenéis el método más apropiado con que
el pueblo pueda participar en la acción litúrgica, según
las normas del Misal, las prescripciones de la Sagrada
Congregación de Ritos y del Código de Derecho Canónico,
de manera que todo se haga con el debido honor y decoro
y no se permita a nadie, aunque sea sacerdote, que use
los recintos sagrados a su antojo como para hacer nuevos
ensayos.
Por lo cual deseamos también que en cada Diócesis, así
como hay ya una comisión para el Arte y la Música sagradas,
así se cree también otra para promover el Apostolado Litúrgico,
a fin de que bajo vuestra vigilante solicitud todo se
haga diligentemente según las orientaciones de la Sede
Apostólica.
109. En las Comunidades religiosas, por
su parte, cúmplase cuidadosamente todo lo que sus propias
Constituciones establecen en este punto y no se introduzcan
novedades sin la previa aprobación de los Superiores.
110. En realidad, por muy diversos y
diferentes que sean los modos y las circunstancias externas
con que el pueblo cristiano participa en el Sacrificio
Eucarístico y en las demás acciones litúrgicas, siempre
hay que procurar con todo empeño que las almas de los
asistentes se unan del modo más íntimo posible con el
Divino Redentor; que su vida se enriquezca con una santidad
cada vez mayor, y que cada día crezca más la gloria del
Padre Celestial.
LA COMUNIÓN EUCARÍSTICA
111. El Augusto Sacrificio del altar
termina con la Comunión del divino manjar. Sin embargo,
como todos lo saben, para la integridad del mismo Sacrificio
se requiere sólo que el sacerdote se nutra con el manjar
celestial y no que también el pueblo —cosa que, por lo
demás, es muy deseable— se acerque a la sagrada Comunión.
A) Para
la integridad del Sacrificio basta la Comunión del sacerdote
112. Nos place reiterar a este propósito
las advertencias que Nuestro Predecesor Benedicto XIV
escribe acerca de las disposiciones del Concilio de Trento:
“En primer lugar hemos de decir que a ningún fiel
se le puede ocurrir que las Misas privadas, en las cuales
sólo el sacerdote recibe la Eucaristía, pierdan por esto
el valor del verdadero, perfecto e íntegro Sacrificio
incruento instituido por Cristo Señor Nuestro, y que por
lo mismo hayan de considerarse ilícitas. En efecto, los
fieles no ignoran, o por lo menos es fácil enseñárselo,
que el Sacrosanto Concilio de Trento, fundado en la doctrina
que ha conservado la perpetua tradición de la Iglesia,
condenó la nueva y falsa doctrina contraria de Lutero”.(48)
“Quien dijere que las Misas en que sólo el sacerdote
comulga sacramentalmente son ilícitas y que por lo mismo
hay que suprimirlas, sea anatema”.(49)
113. Están fuera, pues, del camino de
la verdad los que no quieren celebrar el Santo Sacrificio
si el pueblo cristiano no se acerca a la sagrada Mesa;
pero yerran aún más los que, para probar que es enteramente
necesario que los fieles, junto con el sacerdote, reciban
el manjar eucarístico, afirman capciosamente que aquí
no se trata sólo de un Sacrificio, sino del Sacrificio
y del Convite de la comunidad fraterna, y hacen de la
Sagrada Comunión, recibida en común, como el punto culminante
de toda la ceremonia.
114. Se debe advertir una vez más que
el Sacrificio Eucarístico, por su misma naturaleza, es
la incruenta inmolación de la divina Víctima, inmolación
que se manifiesta místicamente por la separación de las
sagradas especies y por la oblación de las mismas al Eterno
Padre.
La Sagrada Comunión atañe a la integridad del Sacrificio
y a la participación del mismo mediante la recepción del
augusto Sacramento; y mientras que es enteramente necesaria
para el ministro que sacrifica, para los fieles es tan
sólo vivamente recomendable.
B) Exhortación
a la Comunión espiritual y sacramental
115. Y así como la Iglesia, en cuanto
Maestra de la verdad, se esfuerza con todos los medios
por defender la integridad de la fe, del mismo modo, cual
Madre solícita de todos sus hijos, los exhorta vivamente
a participar con interés y frecuencia de este máximo beneficio
de nuestra Religión.
116. Desea, en primer lugar, que los
cristianos —especialmente cuando con facilidad no pueden
recibir efectivamente el manjar eucarístico— lo reciban
al menos espiritualmente, de manera que, con fe viva y
despierta, con ánimo reverente, humilde y enteramente
confiado en la voluntad del Divino Redentor, se unan a
Él con la más fervorosa e intensa caridad posible.
117. Pero no se contenta con esto. Porque,
como hemos dicho arriba, podemos participar en el Sacrificio
también con la Comunión “sacramental” por medio del banquete
del Pan de los Ángeles; y así, nuestra Madre la Iglesia,
para que de un modo más eficaz “experimentemos continuamente
en nosotros el fruto de la Redención”,(50)
repite a todos y cada uno de sus hijos la invitación de
Nuestro Señor Jesucristo: “Tomad y comed... Haced esto
en memoria mía”.(51)
Por lo cual el Concilio de Trento, como haciéndose eco
de los deseos de Jesucristo y de su inmaculada Esposa,
exhortó vivamente a “que en todas las Misas los fieles
que estén presentes comulguen, no sólo con sus espirituales
afectos, sino también con la recepción sacramental de
la Eucaristía, para que alcancen frutos más abundantes
de este Santísimo Sacramento”.(52)
Más aún; nuestro Predecesor, de inmortal memoria, Benedicto
XIV, para que quedase mejor y más claramente manifiesto
que los cristianos mediante la recepción de la Eucaristía
participan del mismo divino Sacrificio, ensalza la piedad
de los que, no sólo quieren alimentarse del divino manjar
mientras asisten al Santo Sacrificio, sino que prefieren
nutrirse de las mismas Hostias consagradas en el mismo
Sacrificio, por más que, como Él mismo declara, en realidad
de verdad se participa del Sacrificio aunque se reciba
el Pan Eucarístico consagrado anteriormente. Estas son
sus palabras: “Y aunque también participen del mismo
Sacrificio los que reciben del sacerdote celebrante en
la misma Misa una parte de la Víctima por él ofrecida,
así como los fieles a quienes el sacerdote administra
la Eucaristía reservada según costumbre; con todo, no
por eso la Iglesia prohibió nunca, ni prohibe ahora, que
el sacerdote satisfaga a la piedad y a la justa petición
de los asistentes a la Misa que piden participar en el
mismo Sacrificio, que también ellos ofrecen a su manera,
más aún, lo aprueba y desea que no se omita, y reprendería
a los sacerdotes por cuya culpa y negligencia se negara
a los fieles esta participación”.(53)
118. Quiera, pues, el Señor que todos
respondan espontáneamente y a gusto a estas solícitas
invitaciones de la Iglesia; Quiera Él que los fieles,
si pueden, participen aun a diario del Divino Sacrificio,
no sólo de un modo espiritual, sino también mediante la
Comunión del Augusto Sacramento, recibiendo el Cuerpo
de Jesucristo ofrecido al Eterno Padre en favor de todos.
Estimulad, Venerables Hermanos, en las almas encomendadas
a vuestra solicitud una ferviente y como insaciable hambre
de Jesucristo; que por vuestro magisterio los altares
se vean rodeados de niños y de jóvenes, que ofrezcan al
Divino Redentor sus personas, su inocencia, su entusiasmo
juvenil; que se acerquen los esposos para que, alimentados
en la Sagrada Mesa, puedan modelar a sus hijos conforme
a los sentimientos y la caridad de Jesucristo; que se
invite a los trabajadores para que puedan recibir el manjar
sólido e indefectible que restaure sus fuerzas y prepare
en el Cielo un premio eterno a sus trabajos; llamad, finalmente,
a los hombres de todas las clases y forzadlos a entrar,(54)
pues éste es el Pan de Vida que todos necesitan. La Iglesia
de Jesucristo tiene sólo este Pan con que satisfacer los
anhelos de nuestras almas, con que unirlas estrechísimamente
a Jesucristo, y con que obtener que todos sean “un
solo cuerpo” (55)
y se unan como hermanos que se sientan a la misma Mesa
celestial para que con la fracción de un mismo Pan reciban
el remedio de la inmortalidad.(56)
C) Comunión
recibida, en lo posible, durante la Misa
119. Es también muy conveniente, como
por lo demás lo establece la Liturgia, que el pueblo se
acerque a la Sagrada Comunión después que el sacerdote
haya consumido el manjar del ara; y, como arriba dijimos,
son de alabar los que asisten al Sacrificio y reciben
las Hostias en él mismo consagradas, de modo que realmente
suceda “que todos cuantos participando de este altar,
hayamos recibido el sacrosanto Cuerpo y Sangre de tu Hijo,
seamos colmados de toda bendición y gracia celestial”.(57)
120. Con todo, a veces no faltan razones,
ni son raras, para distribuir el Pan Eucarístico antes
o después del Sacrificio mismo; ni faltan tampoco para
que —aunque se distribuya la Sagrada Comunión inmediatamente
después de la Comunión del sacerdote—, se haga con Hostias
de antemano consagradas. También en estos casos —como
ya dijimos—el pueblo participa realmente del Sacrificio
y no pocas veces puede acercarse así con más facilidad
a la Mesa de vida eterna.
Pero si la Iglesia, en su maternal condescendencia, se
esfuerza por salir al paso de las necesidades espirituales
de sus hijos, éstos por su parte no deben fácilmente despreciar
lo que la Sagrada Liturgia recomienda, y, siempre que
no se oponga un motivo plausible, han de hacer todo lo
que más claramente manifiesta en el altar la unidad viva
del Cuerpo Místico.
D) La acción de
gracias
121. El culto sagrado, regulado por peculiares
normas litúrgicas, no exime, una vez concluido, de la
acción de gracias al que ha gustado del celestial manjar;
antes por el contrario, está muy puesto en razón que,
recibido el alimento eucarístico y terminados los ritos
oficiales, se recoja dentro de sí y, unido íntimamente
con el Divino Maestro, converse con Él dulce y provechosamente,
según las circunstancias se lo permitan.
Se apartan, pues, del recto camino de la verdad los que,
ateniéndose más a la palabra que al espíritu, enseñan
que, una vez acabado el Sacrificio, no se ha de continuar
la acción de gracias, no sólo porque ya el mismo Sacrificio
del altar es de por sí una acción de gracias, sino también
porque eso pertenece a la piedad privada y particular
de cada uno y no al bien de la comunidad.
122. Al contrario, la misma naturaleza
del Sacramento lo reclama para que su recepción produzca
en los cristianos abundantes frutos de santidad. Ciertamente
es despedida la pública reunión de la comunidad, pero
es menester que cada cual, unido con Cristo, no interrumpa
el cántico de alabanza “dando siempre gracias por
todo a Dios Padre en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo”.(58)
También la Sagrada Liturgia del Sacrificio Eucarístico
nos exhorta a ello cuando nos manda rogar con estas palabras:
“Te pedimos nos concedas perseverar siempre en acción
de gracias... (59)
y que jamás cesemos de alabarte”.(60)
Por lo cual, si en todo tiempo hemos de dar gracias, a
Dios y nunca hemos de dejar de alabarle, ¿quién se atreverá
a reprender y desaprobar a la Iglesia porque recomienda
a sus sacerdotes (61)
y a los fieles que, después de la Sagrada Comunión, se
entretengan al menos un poco con el Divino Redentor, y
porque ha insertado en los libros litúrgicos oraciones
oportunas enriquecidas con indulgencias, para que con
ellas los ministros del altar, antes de celebrar y de
alimentarse con el manjar divino, se preparen convenientemente,
y acabada la Misa manifiesten a Dios su agradecimiento?
Tan lejos está la Sagrada Liturgia de reprimir los íntimos
sentimientos de cada uno de los cristianos, que más bien
los fomenta y estimula para que se asemejen a Jesucristo
y por Él se orienten hacia el Eterno Padre, por lo cual
la misma Liturgia pide que todo el que hubiere gustado
de la Hostia santa del altar rinda a Dios las debidas
gracias. Y es que a nuestro Divino Redentor le agrada
oír nuestras súplicas, hablar con nosotros de corazón
a corazón y ofrecernos un refugio en su Corazón abrasado.
123. Más aún, tales actos privados son
absolutamente necesarios para gozar más abundantemente
de los tesoros celestiales de que tan rica es la Eucaristía
y para que, según nuestras fuerzas, los comuniquemos a
los demás, a fin de que Nuestro Señor Jesucristo alcance
en todas las almas la plenitud de su influjo.
124. ¿Por qué, pues, Venerables Hermanos,
no hemos de alabar a quienes, después de recibido el manjar
eucarístico, y aun después de disuelta la reunión de los
fieles, permanecen en trato familiar íntimo con el Divino
Redentor, no sólo para hablar con Él suavísimamente, sino
también para darle las debidas gracias y alabarlo; más
aún sobre todo para pedirle su ayuda, a fin de eliminar
de su alma todo lo que pueda disminuir la eficacia del
Sacramento y hacer cuanto esté en su mano para secundar
la acción tan presente de Jesucristo? Les exhortamos a
que lo hagan de modo especial, procurando poner en práctica
los propósitos que han hecho, ejercitando las virtudes
cristianas, adaptando a sus propias necesidades los dones
que han recibido de su regia munificencia.
De veras, el autor del áureo librito La Imitación de Cristo
habla según las enseñanzas y el espíritu de la Liturgia,
cuando aconseja al que ha recibido la Sagrada Comunión:
“Recógete a un lugar retirado y goza de tu Dios, pues
tienes a Aquel a quien todo el mundo no es capaz de quitarte”.(62)
125. Todos nosotros, pues, estrechamente
unidos con Cristo, procuramos abismarnos, por así decirlo,
en su espíritu e incorporarnos a Él para participar de
los actos con los que Él mismo adora a la Augusta Trinidad
en homenaje gratísimo y ofrece al Eterno Padre las más
sublimes alabanzas y acciones de gracias, mientras hacemos
eco unánime con los cielos y la tierra, como está escrito:
“Obras todas del Señor, bendecid al Señor”;(63)
unidos, en fin, a esos actos pedimos el socorro de lo
alto en el momento más oportuno para impetrar auxilio
en nombre de Cristo,(64)
y con ellos, principalmente, nos ofrecemos e inmolamos
como víctimas, diciendo: “Haz de nosotros mismos para
ti una ofrenda eterna”.(65)
126. El Divino Redentor repite sin cesar
su invitación apremiante: “Permaneced en Mí” (66)
y por el Sacramento de la Eucaristía Cristo habita en
nosotros y nosotros en Cristo; y así como Cristo permaneciendo
en nosotros vive y obra, así nosotros permaneciendo en
Cristo hemos de vivir y obrar por Él.
EL
CULTO EUCARÍSTICO
A) Sus fundamentos dogmáticos
127. El manjar eucarístico contiene,
como todos lo saben, “verdadera, real y sustancialmente
el Cuerpo y la Sangre, junto con el alma y la divinidad
de Nuestro Señor Jesucristo”.(67)
No es, pues, de admirar que la Iglesia, ya desde sus principios,
haya adorado el Cuerpo de Cristo bajo la especie del pan,
como se ve por los mismos ritos del Augusto Sacrificio,
los cuales ordenan a los ministros sagrados que, con una
genuflexión o reverencia profunda, adoren al Santísimo
Sacramento.
128. Los Sagrados Concilios enseñan como
una tradición de la Iglesia que se remonta a los comienzos
de su existencia que se ha de venerar “con una sola
adoración al Verbo de Dios Encarnado y a su propia Carne”;(68)
y San Agustín afirma: “Nadie coma esa carne sin que
antes la haya adorado”, añadiendo “que no sólo
no pecamos adorándola, sino que pecamos no adorándola”.(69)
B) Su origen histórico
129. De estos principios doctrinales nació la
adoración de la Eucaristía, culto que poco a poco fue
creciendo como cosa distinta del Santo Sacrificio. La
conservación de las sagradas especies para los enfermos
y para cuantos estuviesen en peligro de muerte trajo consigo
la laudable costumbre de adorar este celestial alimento
reservado en los templos.
Este culto de adoración se apoya en una razón sólida,
ya que la Eucaristía es a la vez Sacrificio y Sacramento
y se distingue de los demás Sacramentos en que no sólo
engendra la gracia, sino que encierra de un modo estable
al mismo Autor de ella. Por tanto, cuando la Iglesia nos
manda adorar a Cristo escondido bajo los velos eucarísticos
y pedirle dones espirituales y temporales que en todo
tiempo necesitamos, manifiesta la viva fe con que cree
que su divino Esposo está presente bajo dichos velos,
le expresa su gratitud y goza de su íntima familiaridad.
C) Su desarrollo
130. En el decurso de los tiempos, la
Iglesia ha introducido diferentes formas de ese culto,
y por cierto cada día más bellas y saludables, como por
ejemplo, las visitas diarias al Sagrario, la bendición
del Santísimo, las solemnes procesiones por campos y ciudades,
especialmente con ocasión de los Congresos Eucarísticos,
así como la adoración del Augusto Sacramento públicamente
expuesto. Estos homenajes públicos de adoración, unas
veces duran poco tiempo, otras varias horas y a veces
hasta cuarenta horas; en algunos templos se prolongan
por todo un año, haciendo turno las iglesias, en otros
sitios se tiene la Adoración Perpetua, noche y día, a
cargo de Comunidades religiosas, y no es raro que los
fieles participen en ella.
131. Tales devociones han contribuido
de modo admirable al desarrollo de la fe y la vida sobrenatural
de la Iglesia militante, que de esta manera, en cierto
sentido, se hace eco de la Iglesia triunfante, postrada
en perpetua alabanza a Dios y al Cordero “que ha sido
sacrificado”.(70)
Por lo cual la Iglesia no sólo ha aprobado esos piadosos
ejercicios, propagados por toda la tierra en el transcurso
de los siglos, sino que los ha hecho suyos y los ha recomendado
con su autoridad.(71)
Tales devociones están inspiradas en la Sagrada Liturgia,
y son tales, que si se practican con la dignidad, fe y
piedad correspondientes, como lo imponen los ritos y mandatos
de la Iglesia, ayudan en gran manera a vivir la vida litúrgica.
D) No hay confusión
entre el Cristo histórico y el Cristo eucarístico
132. Ni se debe decir que en nuestro
Culto Eucarístico se amalgaman y confunden de un modo
falso el Cristo histórico, como se llama al que en cierto
tiempo vivió sobre la tierra, el Cristo presente en el
Augusto Sacramento del altar, y el que triunfante en los
cielos, otorga sus dones sobrenaturales; antes bien hay
que afirmar que de esta manera los fieles atestiguan y
manifiestan solemnemente la fe de la Iglesia, para quien
es uno mismo el Verbo de Dios y el Hijo de la Virgen María
que padeció en la Cruz, está presente, aunque escondido,
en la Eucaristía, y reina en los cielos.
Así se expresa San Juan Crisóstomo: “...Cuando te
presenten (el Cuerpo de Cristo), dite a ti mismo:
Por este Cuerpo yo ya no soy tierra y ceniza, no soy ya
esclavo sino libre, por él espero el cielo y creo que
recibiré los bienes que están allí preparados, la vida
inmortal, la suerte de los Ángeles, el trato con Cristo;
la muerte no destruyó este Cuerpo, sujeto por clavos,
destrozado por los azotes... Éste es el mismo Cuerpo que
fue atormentado, atravesado por la lanza, el que abrió
al mundo las fuentes de la salvación, una de sangre y
otra de agua...; nos dio este Cuerpo para que lo poseyésemos
y lo comiésemos, lo cual nos prueba su ardiente amor”.(72)
E) La bendición
eucarística
133. De modo especial es muy de alabar
la costumbre de dar fin a no pocos ejercicios de piedad,
corrientes en el pueblo cristiano, con la bendición eucarística.
Práctica excelente y saludable la de que el sacerdote,
levantando al cielo el Pan de los Ángeles y proyectando
con Él la señal de la Cruz sobre las frentes inclinadas
de los fieles, ruega con Él al Padre celestial que vuelva
benigno los ojos a su Hijo, crucificado por nuestro amor;
y que por Él mismo, que quiso ser nuestro Redentor y nuestro
hermano, derrame sus gracias sobre los redimidos con la
sangre inmaculada del Cordero.(73)
134. Procurad, pues, Venerables Hermanos,
con la diligencia suma que os caracteriza que los templos
edificados por la fe y la piedad de las naciones cristianas
en el decurso de los siglos, como un himno eterno de gloria
al Dios Omnipotente y como una morada digna de nuestro
Redentor oculto bajo las especies eucarísticas, estén
abiertos a los fieles para que en número cada vez mayor,
recogidos éstos a los pies de nuestro Salvador, escuchen
su dulcísima invitación: “Venid a Mí todos los que
andáis agobiados con trabajos y cargas, que yo, os aliviaré”.(74)
Que los templos sean en verdad la Casa de Dios, en donde
quien entra a implorar favores, se goce de haberlos conseguido
(75) y logre
el consuelo celestial.
135. Sólo así se obtendrá que toda la
familia humana logre, por fin, armonizar sus querellas,
pacificarse y entonar concorde el himno de fe y amor:
“Buen Pastor, Pan verdadero, Jesús, ten piedad de nosotros.
Apaciéntanos, protégenos. Haznos ver los bienes verdaderos
en la tierra de los vivientes”.(76)
PARTE TERCERA:
EL OFICIO DIVINO Y EL AÑO LITÚRGICO
1- EL OFICIO DIVINO
Su fundamento
teológico
136. El ideal de la vida cristiana consiste
en que cada uno se una con Dios íntima y continuamente.
Por lo cual, el culto que la Iglesia tributa al Eterno
y que descansa principalmente en el Sacrificio Eucarístico
y en el uso de los Sacramentos está organizado y dispuesto
de manera que por medio del Oficio Divino, abraza las
horas del día, las semanas y todo el curso del año y se
extiende a todos los aspectos y fases diversas de la vida
humana.
137. Una vez que el Maestro divino ha
mandado: “Hay que orar siempre y no desfallecer”,(77)
la Iglesia, de acuerdo con esta advertencia, nunca deja
de orar, a la vez que nos exhorta con las palabras del
Apóstol: “Por Él (Jesús) ofrezcamos sin cesar
a Dios un sacrificio de alabanza”.(78)
Su desarrollo
histórico
138. La oración oficial y colectiva,
elevada a Dios en común por todos los fieles, en la más
remota antigüedad sólo se celebraba en ciertos días y
a ciertas horas. Sin embargo, no sólo en las reuniones,
sino también en las casas particulares se oraba a Dios
en compañía a veces de los vecinos y amigos.
Poco después, en diversas partes del mundo cristiano se
introdujo la costumbre de dedicar a la oración algunos
tiempos determinados, como por ejemplo la última hora
del día, cuando oscurece y se encienden las lámparas;
o la primera, cuando la noche expira, o sea después del
canto del gallo, a la salida del sol. En la Sagrada Escritura
se señalan otros momentos del día como más aptos para
la oración, unos por venir de tradicionales costumbres
judías, otros por el uso de la vida cotidiana. Según los
Hechos de los Apóstoles, los discípulos de Jesucristo
oraban reunidos a la hora de tercia, cuando “fueron
llenados todos del Espíritu Santo”;(79)
y el Príncipe de los Apóstoles, antes de tomar alimento,
“subió... a lo alto de casa, cerca de la hora de sexta,
a hacer oración”;(80)
Pedro y Juan “subían... al templo, a la oración de la
hora nona”,(81)
“a eso de medía noche, puestos Pablo y Silas en oración,
cantaban alabanzas a Dios”.(82)
139. Estas diversas oraciones, gracias
sobre todo a la iniciativa y actividad de los monjes y
ascetas, se van perfeccionando cada vez más a lo largo
de los siglos, y poco a poco, por la autoridad de la Iglesia,
se van incorporando en la Sagrada Liturgia.
A) Es la
oración perenne de la Iglesia
140. Por tanto, lo que se llama el “Oficio
Divino” es la oración del Cuerpo Místico de Jesucristo
que, en nombre y provecho de todos los cristianos, es
ofrecida a Dios por los sacerdotes y demás ministros de
la Iglesia, así como por los religiosos destinados a este
efecto por la misma Iglesia.
141. Cual sea el carácter y el valor
de esta divina alabanza se deduce de las palabras que
la iglesia aconseja que se digan antes de comenzar las,
horas canónicas, cuando manda que se recen “digna,
atenta y devotamente”.
142. Al tomar el Verbo de Dios la naturaleza
humana, trajo a este destierro terrenal el himno que se
canta en los cielos por toda la eternidad. Él une a Sí
mismo toda la comunidad humana y se la asocia en el canto
de este himno de alabanza. Hemos de confesar humildemente
que “no sabemos qué hemos de pedir como conviene”,
pero “el mismo Espíritu pide por nosotros con gemidos
inefables”.(83)
Y también Jesucristo ruega al Padre en nosotros por medio
de su Espíritu. “Ningún otro don mayor podría otorgar
Dios a los hombres... Ora (Jesús) por nosotros
como nuestro sacerdote; ora en nosotros como nuestra Cabeza;
nosotros le rogamos como a nuestro Dios... Reconozcamos,
pues, en Él nuestras voces, y sus voces en nosotros...
Escucha nuestras plegarias como Dios, ruega como siervo;
Criador en una forma creado en la otra, asume sin cambiar
la naturaleza que ha de ser cambiada, haciéndonos consigo
un solo hombre, cabeza y cuerpo”.(84)
B) Exige
devoción interior
143. A la excelsa dignidad de esa oración
de la Iglesia ha de corresponder la intensa piedad de
nuestra alma. Y pues la voz del que ruega repite los cantos
compuestos bajo la inspiración del Espíritu Santo, que
declaran y ensalzan la perfectísima grandeza de Dios,
es menester que el sentimiento interior de nuestro espíritu
acompañe esta voz, de tal manera que nos apropiemos esos
mismos sentimientos y con ellos nos elevemos hacia el
cielo, adoremos a la Santa Trinidad y le rindamos las
debidas alabanzas, con acciones de gracias. “Salmodiemos
de suerte que nuestro espíritu concuerde con nuestra voz”.(85)
No se trata, pues, de un simple rezo, ni de un canto,
que, aunque sea perfectísimo según las normas de la música
y de los sagrados ritos, pueda sólo llegar a los oídos,
sino sobre todo de la elevación de nuestra mente y de
nuestro espíritu a Dios, para consagrarle en unión con
Jesucristo nuestras personas y todas nuestras acciones.
144. De eso depende en no pequeña parte
la eficacia de nuestras oraciones. Estas oraciones, si
bien no se dirigen directamente al mismo Verbo hecho hombre,
pero acaban con estas palabras: “por Nuestro Señor
Jesucristo”, y Él, como mediador entre Dios y nosotros,
muestra a su Padre celestial sus gloriosas llagas, y así
“está siempre vivo para interceder por nosotros”.(86)
C) Admirable contenido
del Salterio
145. Los Salmos, como todos lo saben,
forman la parte principal del “Oficio Divino”; además,
abarcan todo el curso del día, santificándolo y hermoseándolo.
Bellamente dice Casiodoro del Salterio tal como estaba
distribuido en el “Oficio Divino” de su tiempo: “Los
Salmos hacen favorable el nuevo día por el regocijo matinal;
nos dedican la primera hora de la jornada, nos consagran
la tercera, nos alegran la sexta en la fracción del pan,
en la nona rompen el ayuno, concluyen el fin del día y,
al acercarse la noche, impiden que se entenebrezca nuestro
espíritu”.(87)
146. Los Salmos nos recuerdan las verdades
manifestadas por Dios al pueblo escogido, terribles a
veces, a veces llenas de suavísima dulcedumbre; repiten
y acrecientan la esperanza en el futuro Libertador, que
en otros tiempos se fomentaba cantándolos en el hogar
familiar o en la misma majestad del templo; además ilustran
admirablemente la gloria de Jesucristo, y es que anunciaban
de antemano su eterno y soberano poder, su venida al destierro
terreno, sus abatimientos, su regia dignidad, su poder
sacerdotal; finalmente, sus benéficos trabajos y su sangre
derramada para nuestra redención. Asimismo los Salmos
expresan la alegría de nuestras almas, nuestras penas,
nuestras esperanzas, nuestros temores, nuestra entrega
absoluta y confiada a Dios, nuestra voluntad de devolverle
amor por amor y nuestras místicas elevaciones a las moradas
eternas.
147. “El Salmo es bendición para
el pueblo, alabanza para Dios, la aclamación de la muchedumbre;
el aplauso de todos, el lenguaje universal, la voz de
la Iglesia, la armoniosa profesión de la fe, la devoción
llena de autoridad, el regocijo de la libertad, clamor
de alborozo y eco de felicidad”.(88)
D) Las vísperas
y la santificación del domingo
148. En épocas antiguas, los fieles asistían
en mayor número a estas Horas Canónicas; pero tal costumbre
cayó en desuso poco a poco y, como acabamos de decir,
al presente su rezo es obligatorio sólo para el Clero
y los religiosos. Nada, pues, se prescribe en este punto
a los seglares por derecho estricto; pero es muy de desear
que participen de hecho en las Horas Canónicas, cantando
o rezando las Vísperas los días de fiesta en sus respectivas
parroquias.
Encarecidamente os exhortamos, a vosotros y a vuestros
fieles, Venerables Hermanos, que no permitáis que esta
piadosa costumbre caiga en desuso, y procuréis que, donde
ya se haya perdido, se restaure dentro de lo posible.
Esto se hará, sin duda alguna, con saludables frutos sí
las Vísperas se celebran, no sólo digna y convenientemente,
sino también adoptando diversos medios para interesar
la piedad de los fieles.
Obsérvense inviolablemente los días festivos, que de modo
especial han de ser consagrados a Dios, sobre todo el
domingo, que los Apóstoles ilustrados por el Espíritu
Santo sustituyeron al sábado. Se mandó a los judíos: “durante
los siete días trabajaréis; mas el día séptimo es el sábado,
descanso consagrado al Señor; cualquiera que en tal día
trabajare será castigado de muerte”;(89)
¿cómo, pues, no temen la muerte espiritual los cristianos
que en los días festivos se dedican a obras serviles,
y los que durante ese descanso no se dan a la piedad y
religión, sino que se entregan inmoderadamente a los atractivos
del siglo? Hay que dedicar los domingos y demás días festivos
a las cosas divinas con las cuales se honra a Dios y se
procura al alma manjar celestial; y por más que la Iglesia
sólo ordena que los fieles se abstengan de trabajos serviles
y asistan al Santo Sacrificio sin dar ningún precepto
sobre las funciones de la tarde, sin embargo recomienda
y desea también lo otro; y lo mismo está pidiendo, por
lo demás, la necesidad que cada uno tiene de aplacar al
Señor para alcanzar sus beneficios.
Nuestro espíritu se aflige con gran dolor cuando vemos
cómo emplea el pueblo cristiano en nuestros tiempos la
mitad del día festivo, esto es, la tarde; los espectáculos
y los juegos públicos se ven extraordinariamente concurridos,
mientras los templos sagrados son visitadas menos de lo
que conviene.
Y, sin embargo, todos han de acudir al templo para aprender
allí la verdad de nuestra fe católica, para cantar las
divinas alabanzas, para recibir del sacerdote la bendición
eucarística y para reconfortarse con la ayuda celestial
contra las adversidades de esta vida.
Procuren todos preparar las fórmulas que suelen cantarse
en las oraciones de la tarde y penetren el alma de su
significado, pues a la luz y al calor de tales plegarias,
experimentaran lo que San Agustín asegura de sí mismo:
"¡Cuanto lloré entre los himnos y los cánticos, vivamente
conmovido por la suave voz de tu Iglesia! Aquellas palabras
sonaban en mis oídos y la verdad penetraba en mi corazón;
con ello se enardecían los piadosos afectos, corrían las
lagrimas y me hacían bien”.(90)
2. EL AÑO
LITÚRGICO
A) El ciclo
de los misterios
149. Durante todo el año, la celebración
del Sacrificio Eucarístico y el rezo del Oficio Divino
giran principalmente en torno a la persona de Jesucristo,
de modo tan armonioso y oportuno, que en ellos domina
nuestro Salvador a través de los misterios de su abatimiento,
redención y triunfo.
150. Al recordar estos misterios de Jesucristo,
pretende la Sagrada Liturgia que todos los creyentes participen
en ellos de suerte que la divina Cabeza del Cuerpo Místico
viva con su perfecta santidad en cada uno de los miembros.
Sean las almas de los cristianos como altares en donde,
en cierto modo, revivan unas tras otras las diferentes
fases del Sacrificio que ofrece el Sumo Sacerdote, es
decir, los dolores y lágrimas que borran y expían los
pecados; la oración dirigida a Dios, que se eleva hacia
el cielo; la entrega y la inmolación de sí mismo, hecha
con corazón pronto, generoso y ferviente; finalmente,
la estrechísima unión con la cual entregamos a Dios nuestras
personas y nuestras cosas, descansamos en Él, pues “lo
principal de la religión es imitar a Aquel a quien adoras”.(91)
a) Significado
de las épocas litúrgicas
151. Gracias a estos métodos por los que la Liturgia
en determinadas épocas propone a nuestra meditación la
vida de Jesucristo, la Iglesia nos muestra modelos que
imitar, nos presenta tesoros de santidad de que podemos
aprovecharnos, pues lo que se canta con la boca hay que
creerlo en el espíritu y llevarlo a la vida privada y
pública.
152. Adviento.- En el sagrado tiempo
del Adviento despierta en nosotros la conciencia de los
pecados que tuvimos la desgracia de cometer; nos exhorta
a que refrenemos los afectos desordenados y castiguemos
nuestros cuerpo a fin de que nos recojamos en piadosas
meditaciones y con ardientes deseos nos movamos a convertirnos
a Dios, que es el único que puede, con su gracia, librarnos
de la mancha del pecado y de los males, que son sus consecuencias.
153. Navidad.- Mas, al volver el día
de la Navidad del Señor, parece como si la Iglesia nos
llevara de nuevo a la cueva de Belén, para que aprendamos
allí que es preciso renazcamos y nos reformemos radicalmente;
lo cual solamente se consigue cuando nos unimos al Verbo
de Dios hecho hombre, de un modo íntimo y vital, y participamos
de la divina naturaleza suya, a la que hemos sido elevados.
154. Epifanía.- En cambio, durante las
solemnidades de la Epifanía, al recordar el llamamiento
de los gentiles a la fe cristiana, quiere que cada día
rindamos gracias al Señor por tamaño beneficio y que con
intensa fe deseemos al Dios vivo y verdadero, entendamos
devota y profundamente las cosas sobrenaturales, y amemos
el silencio y la meditación, para que más fácilmente veamos
y consigamos los dones eternos.
155. Septuagésima.- En los días de “Septuagésima”
y “Cuaresma”, nuestra Madre la Iglesia multiplica sus
cuidados para que cada uno de nosotros consideremos nuestras
miserias, nos estimulemos a la enmienda de las costumbres,
detestemos de modo especial los pecados y los borremos
con la oración y penitencia, puesto que la oración asidua
y el pesar de nuestras faltas nos atraen el auxilio divino,
sin el cual todas nuestras obras son vanas y estériles.
156. Pasión.- Cuando llega el tiempo
sagrado en que la Liturgia nos propone los dolorosísimos
tormentos de Jesucristo, la Iglesia nos invita a subir
al Calvario para que caminemos sobre las huellas sangrientas
del Divino Redentor, llevemos con Él gustosamente la Cruz,
excitemos en nuestro espíritu los mismos sentimientos
de expiación y satisfacción y todos nosotros muramos con
Él.
157. Pascua.- En las solemnidades pascuales,
cuando se conmemora el triunfo de Jesucristo, nuestra
alma rebosa de íntimo gozo; entonces hemos de pensar seriamente
que también nosotros tenemos que resucitar con Cristo
Redentor de una vida tibia y frívola a otra más fervorosa
y santa, entregandonos entera y generosamente a Dios y
olvidando este mundo miserable para aspirar tan sólo al
cielo: “Si habéis resucitado con Cristo, buscad las
cosas que son de arriba... saboread las cosas del cielo”.(92)
158. Pentecostés.- Finalmente, en el
tiempo de Pentecostés, la Iglesia nos exhorta, con sus
enseñanzas y sus ejemplos, a que seamos dóciles a la acción
del Espíritu Santo, el cual desea abrasar nuestras almas
con el fuego de la divina caridad, para que avancemos
cada día con más ahínco en las virtudes y lleguemos a
ser santos, como lo son Jesucristo Nuestro Señor y su
Padre que está en los cielos.
159. Así, pues, el Año Litúrgico ha de
considerarse como un magnífico himno de alabanza que la
familia cristiana eleva al Padre celestial por medio de
su perpetuo mediador, Jesucristo; mas este himno exige
por parte nuestra un interés diligente y ordenado para
que cada día conozcamos y alabemos mas y mas a nuestro
Redentor; además requiere un empeño intenso y un ejercicio
incansable, con el cual imitemos sus misterios, emprendamos
gozosos el camino de sus dolores y al fin participemos
un día de su gloría y felicidad eternas.
b) Errores
modernos
160. De todo lo expuesto aparece claramente,
Venerables Hermanos, cuanto se separan de la genuina y
sincera idea de la Liturgia los escritores modernos que,
engañados por una pretendida mística superior, se atreven
a afirmar que no hemos de fijarnos en el Cristo histórico,
sino en el “pneumático o glorificado”; y hasta no dudan
en asegurar que en el ejercicio de la piedad cristiana
se ha verificado un cambio por el cual Cristo ha sido
como destronado, ya que el Cristo glorificado, que vive
y reina por todos los siglos y está sentado a la diestra
del Padre, ha sido oscurecido, y en su lugar se ha colocado
el Cristo que en un tiempo vivió esta vida terrenal. Por
eso algunos llegan a pedir que se retiren de los recintos
sagrados los mismos Crucifijos.
161. Salta a la vista que tales falsas
cavilaciones se oponen enteramente a la sana doctrina
que nos ha legado la tradición. “Crees en Cristo nacido
en la carne —así dice San Agustín— y llegarás
a Cristo nacido de Dios, Dios en Dios”.(93)
La Sagrada Liturgia proyecta todo el Cristo en todos los
aspectos de su vida, es decir: El que es el Verbo del
Eterno Padre, el que nace de la Virgen Madre, el que nos
enseña la verdad, el que cura a los enfermos, el que consuela
a los afligidos, el que sufre los dolores, el que muere;
el que después resucita de la muerte vencida, el que reinando
en la gloría del cielo nos envía al Espíritu Paráclito,
el que vive, finalmente, en su Iglesia: “Jesucristo
es el mismo ayer y hoy, y lo será por los siglos de los
siglos”.(94)
Además, no sólo nos lo presenta como a Modelo, sino que
nos lo muestra también como a Maestro a quien debemos
escuchar, Pastor a quien hemos de seguir, Reconciliador
de nuestra salvación, Principio de nuestra santidad y
Cabeza Mística, de la cual somos miembros que gozamos
de su vida.
162. Mas ya que sus acerbos dolores constituyen
el misterio principal, al que se debe nuestra salvación,
está muy en armonía con las exigencias de la fe católica
destacar esto lo más posible, ya que es como el centro
del culto divino, representado y renovado cada día en
el Sacrificio Eucarístico, y con él están estrechamente
unidos todos los Sacramentos.(95)
e) Cristo revive
en la Iglesia durante el Año Litúrgico
163. Por eso el Año Litúrgico, al que alimenta
y acompaña la piedad de la Iglesia, no es una representación
fría e inerte de hechos que pertenecen a siglos pasados,
ni se reduce a un escueto recuerdo de épocas pretéritas,
sino mas bien es Cristo mismo que persevera en su Iglesia
y que prosigue la senda de inmensa misericordia que inició
en esta vida mortal cuando pasaba haciendo bien,(96)
con el fin de que las almas se pongan en contacto con
sus misterios, y por ellos en cierto modo aseguren su
vida. Estos misterios no están presentes y obran constantemente
del modo incierto y oscuro que suponen algunos escritores
modernos, sino tal como nos lo enseña la doctrina católica;
en efecto, según los Doctores de la Iglesia, son ejemplos
ilustres de cristiana perfección, fuentes de la divina
gracia por los méritos y oraciones de Jesucristo y perduran
en nosotros por sus efectos, ya que cada uno de ellos,
según su índole peculiar, contribuye a nuestra salvación.
Añádase a esto que la Iglesia, nuestra piadosa Madre,
mientras propone a nuestra contemplación los misterios
del Redentor, pide en oraciones suyas propias los dones
sobrenaturales con que sus hijos se penetren lo más posible
del espíritu de los mismos misterios por influjo de Cristo.
Gracias a su inspiración y su influencia, podemos, mediante
nuestra cooperación, asimilarnos su fuerza vital como
los sarmientos la de la vid y los miembros la de la cabeza,
y transformarnos poco a poco, a fuerza de trabajo, “hasta
la medida de la edad perfecta de Cristo”.(97)
B) El ciclo de
los Santos
164. A lo largo del Año Litúrgico, no sólo se
celebran los misterios de Cristo, sino también las fiestas
de los Santos que están en los cielos. En estas fiestas,
la Iglesia pretende siempre, aunque en un orden inferior
y subordinado, proponer a los fieles ejemplos de santidad
que los estimulen a revestirse de las virtudes del Divino
Redentor.
a) Sus ejemplos
nos estimulan
165. Porque así como los Santos fueron
imitadores de Jesucristo, así nosotros hemos de imitarlos
a ellos, ya que en sus virtudes resplandece la virtud
misma de Jesucristo. En unos descolló el celo apostólico,
en otros héroes nuestros la fortaleza los animó hasta
derramar la sangre; en unos brilló la constante vigilancia
en la espera del Redentor, en otros la virginal pureza
de alma o la modesta suavidad de la humildad cristiana;
en todos, en fin, ardió ferviente la caridad para con
Dios y para con el prójimo.
La Sagrada Liturgia proyecta ante nuestros ojos todos
estos esplendores de santidad para que los contemplemos
con provecho y, “pues nos regocijamos de sus méritos,
emulemos sus ejemplos”.(98)
Conviene, pues, conservar “la inocencia en la sencillez,
la concordia en la caridad, la modestia en la humildad,
la diligencia en el gobierno, la vigilancia en la ayuda
de los que trabajan, la misericordia en socorrer a los
pobres, la constancia en defender la verdad, la justicia
en el mantenimiento severo de la disciplina, a fin de
que no nos falté nada de las buenas obras propuestas a
nuestra imitación. Estas son las huellas que nos dejaron
los santos al regresar a la patria, para que, siguiendo
su camino, consigamos también su felicidad”.(99)
Mas para que nuestros sentidos se impresionen saludablemente,
quiere la Iglesia que en nuestros templos se expongan
las imágenes de los santos a impulsos siempre de la misma
razón, de que “imitemos las virtudes de aquellos cuyas
imágenes veneramos”.(100)
b) Su Intercesión
nos sostiene
166. Hay todavía otra razón para que el pueblo
cristiano rinda culto a los santos del cielo, a saber,
para que implorando su auxilio “seamos ayudados por
la protección de aquellos con cuyas alabanzas nos regocijamos”.(101)
Con lo dicho, fácilmente se explica la abundancia de fórmulas
que la Sagrada Liturgia nos ofrece para impetrar el patrocinio
de los Santos.
C) Culto preeminente a la Virgen
Santísima
167. Mas entre los Santos del cielo veneramos
de un modo preeminente a la Virgen María, Madre de Dios,
pues su vida, por la misión recibida del Señor, se une
íntimamente con los misterios de Jesucristo; y nadie en
verdad siguió más de cerca ni más eficazmente las huellas
del Verbo Encarnado, nadie goza de mayor gracia y poder
cabe el Corazón Sacratísimo del Hijo de Dios, y por su
medio, ante el Padre Celestial.
Ella es más santa que los querubines y serafines, y goza
de una gloría mucho mayor que los demás moradores del
cielo, como quiera que es la “llena de gracia”,(102)
la Madre de Dios, que, con su parto feliz, nos ha dado
al Redentor. Siendo ella “Madre de Misericordia,
vida, dulzura y esperanza nuestra”, clamemos a ella
cuantos “gemimos y lloramos en este valle de lágrimas”,(103)
pongamos confiadamente nuestras personas y nuestras cosas
bajo su patrocinio. Ella fue constituida nuestra Madre
cuando el Divino Redentor ofreció el sacrificio de Sí
mismo, y así, también por este título, somos sus hijos.
Ella nos enseña todas las virtudes, nos entrega su Hijo,
y con Él nos ofrece los auxilios que necesitamos, puesto
que Dios “quiso que todo lo tuviésemos por María”.(104)
d) Recapitulación
168. Estimulados, pues, por la acción
santificadora de la Iglesia y confortados con los auxilios
y ejemplos de los Santos, y en especial de la Inmaculada
Virgen María, a través de este camino litúrgico, que cada
año se nos abre de nuevo, “lleguémonos con sincero
corazón, con plena fe, purificados los corazones de la
mala conciencia, lavados en el cuerpo con el agua limpia
del bautismo”(105)
al “Gran Sacerdote” (106)
para que con Él vivamos y sintamos hasta poder penetrar
por Él “dentro del velo” (107)
y allí honrar por toda la eternidad al Padre Celestial.
169. Tal es la esencia y la razón de
ser de la Sagrada Liturgia; toda orientada al Sacrificio,
a los Sacramentos, a la alabanza de Dios, así como a la
unión de nuestras almas con Cristo, a su santificación
por medio del Divino Redentor, para que sea honrado Cristo,
y en Él y por Él toda la Santísima Trinidad: Gloria al
Padre y al Hijo y al Espíritu Santo.
PARTE CUARTA:
NORMAS PASTORALES
1.-LAS DEVOCIONES
ALITÚRGICAS
170. Para alejar más fácilmente de la
Iglesia los errores y exageraciones de que ya hemos hablado,
y para que con normas más seguras puedan los fieles llevar
adelante con abundante fruto el Apostolado Litúrgico,
juzgamos conveniente, Venerables Hermanos, añadir algo
que ayude a poner en práctica la doctrina expuesta.
171. Cuando tocamos el punto de la piedad
genuina y sincera, hemos afirmado que no podía haber verdadera
oposición entre la Sagrada Liturgia y las demás devociones,
sí éstas se mantienen dentro del recto orden y tienden
al justo fin; más aún, hay algunos ejercicios de piedad
que la Iglesia recomienda vivamente al Clero y a los religiosos.
172. Pues bien, queremos que el pueblo
cristiano no sea excluido de esos ejercicios. Estos son,
para citar sólo los principales, las meditaciones de cosas
espirituales, el diligente examen de conciencia, los santos
retiros organizados para meditar las verdades eternas,
las piadosas visitas al Santísimo y las súplicas particulares
en honor de la Santísima Virgen María, entre las cuales,
como todos saben, sobresale el Santo Rosario.(108)
A) Su fin y sus
frutos
173. Es imposible que la inspiración
del Espíritu Santo deje de actuar en estas diversas devociones,
pues se encaminan a que nuestras almas se conviertan y
dirijan a Dios, expíen sus pecados, se exciten a alcanzar
las virtudes y se estimulen saludablemente a la sincera
piedad, acostumbrándose a meditar las verdades eternas
y haciéndose cada vez más aptas para contemplar los misterios
de la naturaleza divina y humana de Jesucristo. Además,
cuanto más intensamente alimentan en los fieles su vida
espiritual, mejor les disponen a participar con mayor
fruto en las funciones oficiales, evitando el peligro
de que las plegarias litúrgicas se reduzcan a un vano
formulismo.
B) Prácticas erróneas
174. Así que de acuerdo con vuestra diligencia
pastoral, no dejéis, Venerables Hermanos, de recomendar
y fomentar tales ejercicios de piedad, ya que el pueblo
que os está encomendado no podrá menos de recoger de ellos
frutos saludables. Y sobre todo no permitáis —cosa que
algunos defienden so pretexto de renovar la Liturgia o
atribuyendo ligeramente a sólo los ritos litúrgicos dignidad
y eficacia— que los templos estén cerrados en las horas
no destinadas a las funciones sagradas, como ya ha sucedido
en algunas regiones; que se descuiden la adoración y las
visitas al Santísimo; que se disuadan las confesiones
de mera devoción y que de tal manera se relegue, sobre
todo entre la juventud, la devoción a la Virgen Madre
de Dios —prenda de predestinación, a juicio de varones
santos—, que poco a poco se entibie y languidezca. Tales
modos de obrar son como frutos venenosos, sumamente perjudiciales
a la piedad cristiana, que brotan de ramas podridas de
un árbol sano, y así que hay que cortarlas para que la
savia vital sólo logre nutrir frutos suaves y excelentes.
C) La confesión
frecuente
175. Y ya que ciertas opiniones que algunos
propalan sobre la frecuente confesión no sólo son ajenas
al espíritu de Jesucristo y de su inmaculada Esposa, sino
también funestas vara la vida espiritual, recordamos aquí
lo que sobre el particular escribimos con gran dolor en
nuestra Encíclica Mystici Corporis, y una vez más insistimos
en que lo que allí expusimos con palabras gravísimas,
lo hagáis meditar seriamente a vuestra grey, sobre todo
a los aspirantes al Sacerdocio y al Clero joven, y lo
hagáis practicar con plena docilidad.
D) Los ejercicios
y retiros espirituales
176. Además, procurad de modo especial
que no sólo el Clero, sino también el mayor número posible
de seglares, sobre todo los miembros de asociaciones religiosas
y Acción Católica, practiquen el retiro mensual y los
ejercicios espirituales en determinados días para fomentar
la piedad. Como dijimos arriba, tales ejercicios espirituales
son muy útiles, y aun necesarios, para infundir en las
almas una piedad sincera y para formarlas en tal santidad
de costumbres que puedan sacar de la Sagrada Liturgia
frutos más eficaces y abundantes.
177. En cuanto a los diversos métodos
con que tales ejercicios espirituales suelen practicarse,
tengan todos presente que en la Iglesia terrena no de
otra suerte que en la celestial, hay muchas moradas,(109)
y que la Ascética no puede ser monopolio de nadie. Uno
solo es el Espíritu, el cual, sin embargo, “sopla
donde quiere”,(110)
y por varios dones y varios caminos dirige a la santidad
a las almas por Él iluminadas. Téngase por algo sagrado
su libertad y la acción sobrenatural del Espíritu Santo,
que a nadie es lícito, por ningún título, perturbar o
conculcar.
178. Con todo, es cosa notoria que los
Ejercicios Espirituales de San Ignacio, a causa de su
admirable eficacia, fueron plenamente aprobados y vivamente
recomendados por Nuestros Predecesores. Y también Nos,
por la misma razón, los hemos aprobado y recomendado como
aún aquí los aprobamos y recomendamos.
179. Es, con todo, enteramente necesario
que la inspiración y estímulo a practicar ciertas devociones
proceda del “Padre de las luces, fuente de toda dádiva
preciosa y todo don perfecto”.(111)
De ello será señal la eficacia con que tales ejercicios
logren hacer amar y fomentar cada vez más el culto divino
y desarrollen más y más en los fieles el deseo de recibir
dignamente los Sacramentos y hacer todas las funciones
sagradas con el debido respeto y honor. Si, por el contrarío,
pusieran obstáculo a las normas del culto divino, o las
impidieran o estorbaran, entonces hay que creer que no
están ordenados ni orientados con un criterio equilibrado
ni un celo prudente.
E) Otras prácticas
alitúrgicas
180. Hay, además, otras devociones que,
aunque en rigor de derecho no pertenecen a la Sagrada
Liturgia, revisten sin embargo especial importancia y
dignidad, de modo que en cierto sentido se tienen por
insertas en el ordenamiento litúrgico y han sido aprobadas
y alabadas una y otra vez, tanto por esta Sede Apostólica
como por los Obispos. Entre ellas hay que contar las plegarías
que durante el mes de mayo se dedican a la Virgen Madre
de Dios o en el mes de junio al Sagrado Corazón de Jesús;
las novenas, los triduos, el Vía Crucis y otras devociones
semejantes.
181. Estas prácticas piadosas, estimulando
al pueblo cristiano a frecuentar asiduamente el Sacramento
de la Penitencia, a participar fervorosamente en el Sacrificio
Eucarístico y en la sagrada Mesa, así como a meditar los
misterios de nuestra Redención e imitar los insignes ejemplos
de los Santos, contribuyen, por eso mismo, a hacernos
participar en el Culto Litúrgico, no sin gran provecho
espiritual.
182. Por eso cometería un error funesto
quien con temeraria presunción se atreviera a reformar
todos estos ejercicios de piedad para convertirlos en
meras ceremonias litúrgicas. Con todo, es necesario que
el espíritu de la Sagrada Liturgia, de tal manera ejerza
en ellos su benéfico influjo, que no se introduzca nada
inútil, poco conforme con la dignidad de la Casa de Dios,
contrario a las sagradas funciones o la sana piedad.
183. Procurad, pues, Venerables Hermanos,
que esa genuina y sincera piedad prospere y florezca más
cada día, bajo vuestras miradas. Sobre todo, no os canséis
de inculcar a todos que la vida cristiana no consiste
en muchas y variadas Oraciones y devociones, sino en que
éstas de hecho contribuyan al progreso espiritual de los
fieles, y por lo mismo al desarrollo de toda la Iglesia.
En efecto, el Eterno Padre “por Él mismo (Cristo)
nos escogió antes de la creación del mundo para que
seamos santos y sin mancha en su presencia”.(112)
Por consiguiente, nuestras oraciones y devociones han
de encaminarse sobre todo a que dirijan todos nuestros
recursos espirituales a la consecución de este supremo
y nobilísimo fin.
2.- ESPÍRITU Y
APOSTOLADO LITÚRGICOS
184. Os exhortamos, pues, encarecidamente,
Venerables Hermanos, a que, una vez alejado cuanto sepa
a error y engaño, una vez reprobado cuanto se sale de
la verdad y del orden, promováis las iniciativas que ponen
al alcance del pueblo un conocimiento más profundo de
la Sagrada Liturgia, de suerte que pueda, más adecuada
y fácilmente, participar en los ritos divinos con disposiciones
netamente cristianas.
A) Obediencia
a la Iglesia
185. Ante todo, velad para que todos,
con la reverencia y fe debidas, se atengan a cuantos decretos
han publicado el Concilio de Trento, los Romanos Pontífices,
la Sagrada Congregación de Ritos, y cumplan las normas
que los libros litúrgicos han determinado respecto a la
acción externa del culto oficial.
186. En todo lo que atañe a la Liturgia
deben ante todo brillar estos tres rasgos, de los que
habla Nuestro Predecesor Pío X, a saber: la santidad que
repudia toda inspiración profana, la dignidad en las imágenes
y el estilo a cuyo servicio debe ponerse el arte puro
y elevado; el espíritu universalista que; teniendo en
cuenta las legítimas tradiciones y usos regionales, patentice
la unidad y la catolicidad de la Iglesia.(113)
B) Celo por la
Casa de Dios
187. También es nuestro deseo recomendar
encarecidamente la dignidad y decoro que debe reinar en
los edificios sagrados y los altares. Que cada uno se
sienta animado por la frase inspirada: “el celo de
tu casa me consume”,(114)
y por eso esfuércese para que, aunque no llame la atención
ni por la riqueza ni por su esplendor, sin embargo todo
cuanto pertenezca a los edificios sagrados, a los ornamentos
y utensilios litúrgicos aparezca limpio y en consonancia
con su fin, ya que todo está consagrado a la Divina Majestad.
Y si ya antes hemos reprobado el criterio erróneo de quienes,
so pretexto de volver a la antigüedad, se oponen al uso
de las imágenes sagradas en los templos, creemos que también
es nuestro deber reprobar aquí la piedad mal modelada
de los que sin razón suficiente llenan iglesias y altares
con multitud de cuadros y estatuas expuestas a la veneración
de los fieles; de los que presentan reliquias no autenticadas,
de los que recalcan minucias y particularidades y descuidan
lo sustancial y necesario, exponiendo así a la mofa la
Religión y desprestigiando la majestad del culto.
188. Con esta ocasión recordamos el Decreto
“sobre la prohibición de introducir nuevas formas
de devoción”,(115)
confiando a vuestra vigilancia su fiel cumplimiento.
189. En lo concerniente al arte musical,
obsérvense religiosamente en la Liturgia las normas tan
precisas y claras promulgadas por esta Sede Apostólica.
En cuanto al canto gregoriano, que la Iglesia Romana considera
como bien suyo peculiar, herencia de una antigua tradición,
que su tutela vigilante ha conservado a lo largo de los
siglos, que propone igualmente a los fieles como bien
suyo propio, e incluso lo prescribe en algunas partes
de la Liturgia,(116)
no sólo proporciona decoro y solemnidad a la celebración
de los sagrados misterios, sino que contribuye en gran
manera a aumentar la fe y la piedad de los asistentes.
A este efecto, Nuestros Predecesores de inmortal memoria
Pío X y Pío XI decretaron —y también Nos ratificamos gustosos
sus disposiciones con nuestra autoridad— que en los Seminarios
e Institutos Religiosos se cultive el canto gregoriano
con esmerado estudio y que, al menos en las iglesias más
importantes, se restauren las antiguas Scholæ Cantorum,
cosa ya en varios sitios realizada con éxito feliz.(117)
C) El canto gregoriano
y el canto popular
190. Además, “para que el pueblo
tome parte más activa en el culto divino, se debe restablecer
entre los fieles el uso del canto gregoriano en la parte
que le corresponde. De veras, es sumamente necesario que
los fieles asistan a las sagradas ceremonias, no como
espectadores mudos y extraños, sino profundamente impresionados
por la belleza de la Liturgia; que alternen sus voces
con la del sacerdote y coro. Si esto se lograra, por la
bondad de Dios, no ocurrirá que el pueblo responda a lo
más con un ligero y tenue murmullo a las plegarías comunes
rezadas en latín o en lengua vulgar”.(118)
La multitud que asiste atentamente al Sacrificio del altar,
en el que Nuestro Salvador, con sus hijos redimidos por
su Sangre, canta el epitalamio de su inmensa caridad,
no podrá callar, ya que “cantar es propio de quien
ama” (119)
o, como dice un viejo refrán: “cantar bien es orar
dos veces”. Así resulta que la Iglesia militante,
Clero y pueblo juntos, unen sus voces a los cantos de
la triunfante y de los coros angélicos, y todos a una
cantan un sublime y eterno himno de alabanza a la Santísima
Trinidad, según el texto: “En compañía de los cuales
te rogamos que admitas nuestras voces”.(120)
191. Esto no quiere decir que la música
y el canto moderno hayan de ser desterrados en absoluto
del culto católico. Más aún, si no tienen ningún sabor
profano, ni desdicen de la santidad del sitio o de la
acción sagrada, ni nacen de un prurito ligero de buscar
algo raro y maravilloso, débeseles, incluso, abrir las
puertas de nuestros templos, ya que pueden contribuir
no poco al esplendor de los actos litúrgicos, a elevar
más en lo alto los corazones y a nutrir una sincera devoción.
192. Os exhortamos también, Venerables
Hermanos, a que os esmeréis en promover el canto popular
religioso y su cumplida ejecución, llevada a cabo con
la debida dignidad, cosa que puede servir para estimular
y encender la fe y la piedad del pueblo cristiano. Suba
al cielo el canto unísono y majestuoso de nuestra multitud
como el fragor del resonante mar,(121)
expresión armoniosa y vibrante de un mismo corazón y una
misma alma,(122)
como corresponde a hermanos, hijos del mismo padre.
D) Las otras artes
en el Culto Litúrgico
193. Lo dicho de la música conviene poco
más o menos a las demás artes nobles, en especial a la
arquitectura, escultura y pintura. Las obras modernas
en perfecta armonía con los materiales que sirven hoy
día a modelarlas no deben despreciarse ni rechazarse en
bloque por meros prejuicios, sino que es de todo punto
necesario que, adoptando un equilibrado término medio
entre un servil realismo y un exagerado “simbolismo”,
con la mira puesta más en el provecho de la comunidad
cristiana que en el gusto y criterios personales de los
artistas, tenga libre campo el arte moderno para que también
él sirva dentro de la reverencia y decoro debidos a los
sitios y actos sagrados, y así pueda unir su voz a aquel
maravilloso cántico de gloria que los genios de la humanidad
han entonado a la fe católica en el rodar de los siglos.
Por otra parte, a impulsos de un deber de conciencia,
Nos sentimos precisados a reprobar y condenar ciertas
imágenes y ciertos estilos últimamente introducidos que,
a su extravagancia y exageración estéticas, unen a menudo
su antagonismo evidente con la dignidad, la piedad y la
modestia cristiana, y así llegan a ofender el mismo sentimiento
religioso; por consiguiente, todo eso, “y en general
todo lo que desdice de la santidad del recinto sagrado”,(123)
debe desterrarse por completo de nuestras iglesias.
194. Ateniéndoos, pues, Venerables Hermanos,
a las disposiciones y decretos de los Sumos Pontífices,
procurad con todo empeño iluminar y orientar la inspiración
de los artistas a quienes se ha de confiar el encargo
de restaurar o reconstruir tantos templos destruidos o
devastados por el furor de la guerra; ojalá que puedan
y quieran, inspirándose en la Religión, encontrar estilos
y motivos artísticos capaces de adaptarse a las exigencias
del culto; así se logrará felizmente que las artes, como
si viniesen del cielo, resplandezcan con serena luz, sean
valiosísima aportación a la cultura humana y contribuyan
a la gloría de Dios y santificación de las almas. Porque
las artes están realmente conformes con la Religión cuando
“sirven como nobles servidoras al culto divino”.(124)
E) La piedad
litúrgica
195. Pero todavía hay algo de mucho mayor
importancia, Venerables Hermanos, que queremos recomendar
con especial interés a vuestra diligencia y celo apostólico.
Todo lo que se refiere al culto religioso externo tiene
realmente su importancia, pero sobre todo es sumamente
necesario que los cristianos vivan la vida de la Liturgia,
nutriendo y fomentando en ella su aliento sobrenatural.
196. Poned, pues, todo empeño en que
el joven Clero, al dedicarse a los estudios ascéticos,
jurídicos y pastorales, se forme también armónicamente,
de tal manera, que entienda las ceremonias religiosas,
perciba su majestad y belleza, aprenda con esmero las
normas llamadas rúbricas; y ello, no tan sólo por motivos
culturales, ni únicamente para que el estudiante a su
tiempo pueda realizar los actos litúrgicos con el orden,
la precisión y la dignidad convenientes, sino principalísimamente
para que plasme su espíritu en la unión con Cristo Sacerdote
y resulte así un santo ministro de santidad.
197. Poned también todo vuestro empeño
en que, con la ayuda de los recursos que vuestra prudencia
juzgue más aptos, se unan a este efecto las almas y los
corazones de vuestro Clero y pueblo; y así el pueblo fiel
participe tan activamente en la Liturgia, que realmente
sea una acción sagrada, en la que el sacerdote, y sobre
todo el Párroco, unido a la comunidad de sus feligreses,
rinda al Señor el debido culto.
F) Los acólitos
al servicio del altar
198. Para éste fin, será utilísimo reclutar
algunos niños piadosos, de todas las clases sociales y
bien instruidos, que con desinterés y buena voluntad sirvan
devota y asiduamente al altar; misión que los padres,
aunque sean de la más alta y culta sociedad, deben tener
a grande honra.
Si algún sacerdote tomase a su cuidado y vigilancia el
que estos jovencitos bien instruidos cumpliesen tal oficio
con reverencia y constancia, a horas fijas, no sería difícil
que de este núcleo surgiesen nuevas vocaciones para el
Sacerdocio, ni se daría ocasión para que el Clero —como
ocurre a veces, aun en países muy católicos— se lamente
de no hallar quienes respondan o ayuden en la celebración
del Augusto Sacrificio.
G) Celo
de los pastores
199. Trabajad sobre todo por obtener
con vuestro diligentísimo celo que ninguno de vuestros
fieles deje de asistir al Sacrificio Eucarístico; y para
que saquen todos de él frutos más abundantes de salvación,
no dejéis de exhortarlos encarecidamente a que participen
en él con devoción, de acuerdo con los métodos aprobados
como arriba hemos expuesto. Siendo el Augusto Sacrificio
del altar el acto fundamental del culto divino, claro
es que en él se ha de hallar necesariamente la fuente
y el centro de la piedad cristiana. No creáis haber satisfecho
completamente vuestro celo apostólico en este punto mientras
no acudan vuestros feligreses en gran número al celestial
banquete, que es “Sacramento de piedad, signo de unidad
y vínculo de caridad”.(125)
200. Y para que el pueblo cristiano logre
conseguir estos bienes sobrenaturales, cada vez en mayor
abundancia, esmeraos en instruirle sobre los tesoros de
piedad encerrados en la Sagrada Liturgia, por medio de
oportunas predicaciones; más aún, con discursos y conferencias,
con semanas de estudio y otras semejantes iniciativas.
Para el logro de este fin podéis contar con los miembros
de la Acción Católica, dispuestos siempre a colaborar
con la Jerarquía en la expansión del Reino de Jesucristo.
H) Vigilancia
contra los errores
201. Pero es absolutamente necesario
que en todo estéis al mismo tiempo muy alerta, a fin de
que no se introduzca el enemigo en el campo del Señor,
para sembrar la cizaña en medio del trigo,(126)
esto es, que no se infiltren en vuestra grey los sutiles
y perniciosos errores de un falso misticismo y de un quietismo
perjudicial, errores, como sabéis, por Nos ya condenados,(127)
asimismo que no seduzca a las almas un cierto peligroso
humanismo, ni se introduzca aquella falaz doctrina que
adultera la noción misma de la fe católica; ni, finalmente,
un excesivo arqueologismo en materia litúrgica. Con la
misma diligencia débese evitar que no se difundan las
falsas opiniones de los que creen y enseñan sin razón
que la naturaleza humana de Cristo glorificada habita
realmente y con su continua presencia en los “justificados”,
o también que es única e idéntica la gracia que une a
Cristo con los miembros de su Cuerpo.
202. No os arredren las dificultades
que sobrevengan, ni decaiga un punto vuestra solicitud
pastoral: “Sonad la trompeta en Sión..., convocad
a junta, congregad el pueblo, santificad la Iglesia, reunid
los ancianos, haced venir los párvulos y los niños de
pecho”;(128)
procurad, con cuantos medios están a vuestro alcance,
que en todas partes se multipliquen templos y altares
para los cristianos, quienes, unidos como miembros vivos
a su Cabeza divina, sean restaurados con la gracia de
los Sacramentos, celebren a una con Él y por Él el Augusto
Sacrificio, y ofrenden al Eterno Padre las debidas alabanzas.
EPÍLOGO
203. He aquí, Venerables Hermanos, lo
que os teníamos que participar; Nos ha movido a hacerlo
el deseo de que los hijos Nuestros y vuestros comprendan
mejor y estimen en más el tesoro preciosísimo que encierra
la Sagrada Liturgia, a saber: el Sacrificio Eucarístico,
que representa y renueva el Sacrificio de la Cruz; los
Sacramentos, manantiales de la gracia y vida divinas,
y el himno de alabanza que tierra y cielo elevan diariamente
al Señor.
204. Es de esperar que estas Nuestras
exhortaciones estimularán a los tibios y recalcitrantes,
no sólo a un estudio más intenso y exacto de la Liturgia,
sino también a poner en práctica su espíritu sobrenatural,
según la sugerencia de San Pablo: “No apaguéis el
espíritu”.(129)
205. Y a los que cierto afán desmedido
impele no pocas veces a hacer y decir cosas que, bien
a pesar Nuestro, Nos no podemos aprobar, les reiteramos
el aviso de San Pablo: “Examinad, sí, todas las cosas
y ateneos a lo bueno”;(130)
y les amonestamos paternalmente a que adopten los criterios
y la actitud que se ajustan a lo dispuesto por la inmaculada
Esposa de Jesucristo y Madre de los Santos.
206. Recordamos también que es menester
en absoluto someterse generosa y fielmente a las disposiciones
de los sagrados pastores, a quienes por derecho compete
el deber de regular toda la vida de la Iglesia, especialmente
la espiritual: “obedeced a vuestros Prelados y estadles
sumisos, ya que ellos velan como quienes han de dar cuenta
de vuestras almas, para que lo hagan con alegría y no
acongojados”.(131)
207. Dígnese el Dios a quien adoramos
y que “no... es autor de discordia sino de paz”,(132)
otorgarnos benigno a todos el que participemos en la Sagrada
Liturgia con un solo espíritu y un solo corazón en el
destierro de aquí abajo, que no debe ser sino como una
preparación y preludio de aquella otra Liturgia del cielo,
en la cual, como es de esperar, a una con la excelsa Madre
de Dios y dulcísima Madre nuestra, cantaremos por fin:
“Al que está sentado en el Trono y al Cordero, bendición
y honra, gloria y potestad por los siglos de los siglos”.(133)
Ante esta felicísima esperanza, a todos y a cada uno de
vosotros, Venerables Hermanos, y a la grey cuya vigilancia
os ha sido confiada, como prenda de los dones divinos
y testimonio de Nuestra especial benevolencia, os damos
con todo afecto Nuestra Bendición Apostólica.
Dado en Castel Gandolfo, junto
a Roma, el 20 de noviembre del año de 1947, 9º de Nuestro
Pontificado.
PÍO PP. XII
NOTAS:
(1) Salmo
109, 4.
(2) San
Juan, 13, 1.
(3) Conc.
Triden. Ses. 22, cap. 1.
(4) Ibid. cap. 2.
(5) Santo Tomás de Aquino:
Suma Teológica, tercera parte, cuestión 22, artículo 4.
(6) San Juan Crisóstomo, In Ioan., 86, 4.
(7) Romanos, 6, 9.
(8) Misal Romano, prefacio.
(9) Misal Romano, canon.
(10) San Marcos, 14, 23.
(11) Misal Romano, prefacio.
(12) I San Juan, 2, 2.
(13) Misal Romano, canon.
(14) San Agustín, De Trinit., lib. 13, cap. 19.
(15) Hebreos, 5, 7.
(16) Sesión 22, cap. 1.
(17) Hebreos, 10, 14.
(18) San Agustín, Enarrat. in Ps. 147, nº 16.
(19) Gálatas, 2, 19, 20.
(20) Encíclica “Mystici Corporis”, 29 de junio de 1943.
(21) Misal Romano, Secreta del domingo 9º después de Pentecostés.
(22) Sesión 22, cap. 2 y can. 4.
(23) Gálatas, 6, 14.
(24) Malaquías, 1, 11.
(25) Filipenses, 2, 5.
(26) Gálatas, 2, 19.
(27) Conc. Trid., sesión 23, cap. 4.
(28) San Roberto Belarmino, De Missa, II, cap. 1.
(29) De Sacro Altaris Mysterio, III, 6.
(30) De Missa, I, cap. 27.
(31) Misal Romano, Ordo Missæ.
(32) Ibid., Canon Missæ.
(33) Ibid.
(34) I Pedro, 2, 5.
(35) Romanos, 12, 1.
(36) Misal Romano, Canon.
(37) Pontifical Romano, De ordinatione presbyteri.
(38) Pontifical Romano, De altaris consecratione, prefacio.
(39) Conc. Trid., sesión 22, art. 5.
(40) Gálatas, 2, 19-20.
(41) Sermón 272.
(42) I Corintios, 12, 27.
(43) Efesios, 5, 30.
(44) San Roberto Belarmino, De Missa, II, cap. 8.
(45) De Civ. Dei, lib. 10, cap. 6.
(46) Misal Romano, Canon.
(47) I Timoteo, 2, 5.
(48) Encíclica “Certiores effecti”, 12 de noviembre de 1742, 8.
(49) Conc. Trid., sesión 22, cap. 8.
(50) Misal Romano, Colecta de Corpus Christi.
(51) I Corintios. 11, 24.
(52) Sesión 22, cap. 6.
(53) Encíclica “Certiores effecti”, 3.
(54) San Lucas, 14, 23.
(55) I Corintios, 10, 17.
(56) San Ignacio Mártir, Ad Efes., 20.
(57) Misal Romano, Canon.
(58) Efesios, 5, 20.
(59) Misal Romano, Poscomunión del domingo después de
la Ascensión.
(60) Ibid., Poscomunión del domingo 1º después de Pentecostés.
(61) C.I.C., canon 810.
(62) Lib. IV, cap. 12.
(63) Daniel, 3, 57.
(64) San Juan, 16, 23.
(65) Misal Romano, Secreta de la Misa de la Santísima Trinidad.
(66) San Juan, 15, 4.
(67) Conc. Trid., sesión 13, canon 1.
(68) Conc. Constant. II, Anath. de Trib. Capit., canon 9,
collat.; Conc. Efes., Anath Cyrill., can 8. Cf. Conc.
Trid., sesión 13, can. 6; Pío VI, Constitución Auctorem
Fidei, 61.
(69) Apocalipsis, 5, 12.
(70) Conc. Trid., sesión 13, cap. 5, y canon 6.
(71) En I Corintios, 24, 4.
(72) Enarr. in Ps., 98, 9.
(73) I Pedro, 1, 19.
(74) San Mateo, 11, 28.
(75) Misal Romano, Colecta de la Misa de la Dedicación
de una Iglesia.
(76) Misal Romano, Secuencia Lauda Sion.
(77) San Lucas, 18, 1.
(78) Hechos, 2, 1-15.
(79) Ibid.
(80) Ibid., 10, 9.
(81) Ibid., 3, 1.
(82) Ibid. 16, 25.
(83) Romanos, 8, 26.
(84) San Agustín, Enarr. In Ps., 85, nº 1.
(85) San Benito, Regula, cap. 19.
(86) Hebreos, 7, 25.
(87) Explicatio in Psalterium, prefacio, tal como se lee
en P.L. 70, 10.
(88) San Ambrosio, Enarr. In Ps., I, nº 9.
(89) Éxodo, 31, 15.
(90) Confess., lib. IX, cap. 6.
(91) San Agustín, De Civ. Dei, lib. 8, cap. 17.
(92) Colosenses, 3, 1-2.
(93) San Ambrosio, Enarr. in Ps., 133, nº 2.
(94) Hebreos, 13, 8.
(95) Santo Tomás de Aquino: Suma Teológica, tercera parte, cuestión 49 y cuestión 62,
art. 5.
(96) Hechos, 10, 38.
(97) Efesios, 4, 13.
(98) Misal Romano, Colecta de la tercera Misa por varios Mártires
fuera del Tiempo Pascual
(99) San Beda el Venerable, Homilía 70.
(100) Misal Romano, Colecta de San Juan Damasceno.
(101) San Bernardo, Sermo II in festo Omnium Sanctorum.
(102) San Lucas, 1, 28.
(103) Salve Regina.
(104) San Bernardo, In Nativ. B.M.V., 7.
(105) Hebreos, 10, 22.
(106) Ibid. 10, 21.
(107) Ibid. 6, 19.
(108) C.I.C., canon 125.
(109) San Juan, 14, 2.
(110) San Juan, 3, 8.
(111) Santiago, 1, 17.
(112) Efesios, 1, 4.
(113) Encíclica “Tra le sollecitudini”, 22 de noviembre de 1903.
(114) Salmo 68, 10; San Juan, 2, 17.
(115) Santo Oficio: Decreto del 26 de mayo de 1937.
(116) San Pío X, “Tra le sollicitudini”.
(117) San Pío X, ibid.; Pío XI, Constitución “Divini Cultus”,
II, V.
(118) Ibid.
(119) San Agustín, Sermón 336, nº 1.
(120) Misal Romano, prefacio.
(121) San Ambrosio, Hexameron, III, 5, 23.
(122) Hechos, 4, 32.
(123) C.I.C., canon 1178.
(124) Pío XI, Constitución “Divini Cultus”.
(125) San Agustín, Tract. 26 in Ioan., 13.
(126) San Mateo, 13, 24-25.
(127) Encíclica “Mystici Corporis”.
(128) Job, 2, 15-16.
(129) I Tesalonicenses, 5, 19.
(130) Ibid., 5, 21.
(131) Hebreos, 13, 17.
(132) I Corintios, 14, 33.
(133) Apocalipsis, 5, 13.I