Encíclica
del Papa PÍO XII
MEDIATOR DEI
Sobre la Sagrada Liturgia
(20 de noviembre de 1947)
INTRODUCCIÓN
La función sacerdotal de Cristo se prolonga en la Sagrada
Liturgia
1. “El Mediador entre Dios y los
hombres”,(1)
Gran Pontífice que penetró los cielos, Jesús, el Hijo
de Dios (2) al emprender
la obra de misericordia con que quiso enriquecer a la
humanidad de beneficios sobrenaturales, se propuso restaurar
entre los hombres y su Creador el orden turbado por el
pecado y devolver al Padre Celestial, primer principio
y fin último, la desgraciada descendencia de Adán, manchada
por la culpa original.
Por eso, mientras vivió en la tierra, no se contentó con
anunciar el comienzo de la Redención y la inauguración
del Reino de Dios, sino que también quiso consagrarse
a la salvación de las almas por el ejercicio continuo
de la oración y el sacrificio, hasta que en la Cruz se
ofreció como víctima inmaculada a Dios para purificar
nuestra conciencia de las obras muertas, con el fin de
que sirvamos al Dios vivo.(3)
Y así toda la humanidad, apartada felizmente del camino
que le conducía a la ruina y perdición, fue orientada
de nuevo hacia Dios, para que, con la Cooperación de cada
uno en el logro de su propia santidad, que brota de la
sangre inmaculada del Cordero, diese a Dios la gloria
que le corresponde.
2. Quiso además el Divino Redentor
que la vida sacerdotal, que había iniciado en su cuerpo
mortal con su oración y su sacrificio, se prolongara a
lo largo de los siglos sin interrupción en su Cuerpo Místico,
que es la Iglesia, y así instituyó un Sacerdocio visible
para que ofreciera en todas partes la ofrenda pura,(4)
a fin de que todos los hombres de Oriente a Occidente,
libres del pecado, sirviesen a Dios, por deber de conciencia,
con sumo gusto.
3. La Iglesia, fiel a la orden recibida de su
Fundador, continúa la función sacerdotal de Jesucristo,
sobre todo por medio de la Sagrada Liturgia.
Esto lo cumple en primer lugar en el altar, donde perpetuamente
se representa (5)
y se renueva el Sacrificio de la Cruz, con la sola diferencia
existente en el modo de ofrecerlo.(6)
Luego, por medio de los Sacramentos, que son para los
hombres recursos especiales para participar en la vida
sobrenatural; y por último, por medio del homenaje diario
de alabanza ofrecido a Dios, Bien Soberano.
“¡Qué espectáculo tan grato presenta al cielo
y a la tierra la Iglesia en oración!—dice
Nuestro Predecesor, Pío XI, de feliz memoria—. Sin
interrupción de medianoche a medianoche, se repite en
la tierra la divina salmodia de los cantos inspirados;
y no hay etapa alguna de la vida que no tenga su puesto
en la acción de gracias, la alabanza, las súplicas, la
reparación de la plegaria solemne y oficial del Cuerpo
Místico de Cristo, que es la Iglesia”.(7)
El Renacimiento Litúrgico,
alabado y estimulado por la Iglesia
4. Sabéis sin duda, Venerables Hermanos, que
a fines del siglo anterior y principios del presente se
despertó un interés singular por los estudios litúrgicos,
gracias a la iniciativa loable de algunas personas particulares
y especialmente gracias a la actividad intensa y asidua
de varios Monasterios de la ilustre Orden de San Benito;
de ahí surgió en este campo una noble y provechosa emulación,
no sólo en muchos países de Europa, sino también allende
los mares. Frutos saludables de esta emulación se han
podido percibir, tanto en el dominio de las ciencias sagradas,
donde los ritos litúrgicos de la Iglesia Occidental y
Oriental han sido estudiados y conocidos más amplia y
profundamente, como en la vida espiritual privada de muchos
cristianos.
5. Las augustas ceremonias del Sacrificio Eucarístico
han sido mejor conocidas, comprendidas, estimadas; la
participación en los Sacramentos ha sido más extensa y
frecuente; las plegarias litúrgicas han sido saboreadas
con mayor suavidad; el culto eucarístico ha sido considerado,
como de veras lo es, centro y fuente de la verdadera piedad
cristiana; ha sido puesta en mayor evidencia la realidad
de que todos los fieles forman un cuerpo único, unido
estrechamente, cuya cabeza es Cristo, así como el deber
que tiene el pueblo cristiano de participar, debidamente,
en su puesto, en los ritos litúrgicos.
6. Indudablemente sabéis que esta Sede
Apostólica ha desplegado siempre un gran empeño para que
el pueblo confiado a su celo se educase en un sentido
litúrgico exacto y activo; y que con no menor celo se
ha preocupado de hacer brillar aun en el exterior de los
ritos sagrados la dignidad correspondiente. Nos, al hablar,
según costumbre, a los predicadores cuaresmales de Roma,
en 1943, los exhortamos con insistencia a que inculcaran
a sus oyentes el deber de tomar parte siempre más activa
en el Sacrificio Eucarístico; recientemente aún hemos
encargado que se haga una nueva traducción latina del
Salterio, sobre el texto original, para que las plegarias
litúrgicas, de las que ese libro forma parte tan importante
en la Iglesia Católica, fuesen menos entendidas, y gustadas
más fácilmente su verdad y suavidad.(8)
7. Aun cuando el Apostolado Litúrgico, por sus frutos
saludables, nos ha procurado no pocos consuelos, la conciencia
de nuestra responsabilidad nos obliga a seguir con atención
esta así llamada «renovación» y procurar con interés que
tales iniciativas no pasen la justa medida ni degeneren
en verdaderos desaciertos.
Deficiencias y excesos
8. Ahora bien, sí, por una parte, Nos comprobamos con
dolor que en algunos países el sentido, el conocimiento
y el gusto de la Sagrada Liturgia son a veces insuficientes
y aun inexistentes; por otra parte, no sin gran preocupación
y temor, observamos que no pocos, a impulsos de su afán
de novedades, se alejan de la senda de la sana doctrina
y prudencia; de hecho, con la intención y el deseo de
renovar la Liturgia, introducen criterios que, en teoría
o en la práctica, comprometen esta causa santísima y aun
a veces la contaminan con errores que atañen a la Fe Católica
y doctrina ascética.
9. La pureza de la Fe y la Moral ha de ser la norma característica
de esta ciencia sagrada que, a toda costa, debe con formarse
con las sapientísímas normas de la Iglesia. Es por tanto
deber Nuestro alabar y aprobar todo lo que está bien hecho;
refrenar o reprender todo cuanto se desvía de la senda
justa y verdadera.
10. Con todo, no se figuren los inertes y remisos se cuentan
con nuestra aprobación porque reprendemos a los que se
equivocan y refrenamos a los audaces; ni se ilusionen
los imprudentes con que los alabamos, cuando corregimos
a los descuidados y perezosos.
Tema de la Encíclica
11. En esta Encíclica Nos ocupamos en especial de la Liturgia
latina, y esto no porque tengamos en menor aprecio las
Liturgias venerables de la Iglesia Oriental, cuyos ritos,
transmitidos por documentos no menos gloriosos que antiguos,
Nos son por igual sumamente queridos; sino por las circunstancias
especiales de la Iglesia Occidental que parecen estar
reclamando la intervención de Nuestra autoridad.
Deseos del Pastor Supremo
12. Escuchen, pues, todos los cristianos con docilidad
la voz del Padre común, cuyo deseo más ardiente es que,
unidos a Él, se acerquen al altar de Dios profesando la
misma fe, obedeciendo a la misma ley, participando en
el mismo Sacrificio con un solo espíritu y una sola voluntad.
Lo pide el honor debido a Dios; lo exigen las necesidades
actuales. En efecto, tras una guerra larga y cruel, que
ha dividido los pueblos con sus rivalidades y estragos,
los hombres de buena voluntad se empeñan por atraerlos
de nuevo a la concordia.
Creemos, sin embargo, que ningún ideal, ninguna empresa
será en este caso tan eficaz como el celo enérgico por
los intereses religiosos y el espíritu vigoroso que han
de alentar y guiar a los cristianos de suerte que en la
aceptación sincera de las mismas verdades, en la obediencia
pronta a los Pastores legítimos, en el obsequio del culto
ofrecido a Dios, formen una comunidad fraterna, ya que
“todos los que participamos de un mismo pan formamos
un solo cuerpo”.(9)
PARTE PRIMERA
NATURALEZA, ORIGEN, PROGRESO DE LA LITURGIA
1. La liturgia,
culto público
A) Honrar a Dios, deber de cada uno
13. El deber fundamental del hombre es, sin duda ninguna,
el de orientar hacia Dios su persona y su propia vida.
“A Él, en efecto, debemos principalmente unirnos como
indefectible principio; a Él, igualmente, han de dirigirse
nuestras decisiones como a último fin; a Él, por nuestra
negligencia, Le perdemos al pecar, y a Él Le debemos reconquistar
por la profesión de nuestra fe y fidelidad”.(10)
Ahora bien, el hombre se vuelve ordenadamente a Dios cuando
reconoce su majestad soberana y su magisterio supremo,
cuando acepta con sumisión las verdades reveladas, cuando
observa religiosamente sus leyes, cuando hace converger
hacia Él toda su actividad, cuando —para decirlo en breve—
ofrece, mediante la virtud de la religión, el culto y
homenaje debidos al único y verdadero Dios.
B) Deber de la colectividad
14. Este es un deber que obliga, ante todo, a cada uno
en Particular; pero es también un deber colectivo de toda
la comunidad humana modelada con recíprocos lazos sociales,
ya que también ella depende de la suprema autoridad de
Dios.
15. Nótese, además, que éste es un deber particular de
los hombres en cuanto elevados por Dios al Orden sobrenatural.
16. Así, si consideramos a Dios como
autor de la antigua Ley, vemos que también promulga preceptos
rituales y determina cuidadosamente las normas que el
pueblo debe observar al tributarle el culto legal. Por
eso organizó diversos sacrificios y fijó las ceremonias
con que se debía ofrecer el don sagrado; precisó claramente
lo relacionado con el Arca de la Alianza al templo y a
los días festivos; constituyó la tribu sacerdotal y el
Sumo Sacerdote; señaló con detalles las vestiduras que
habían de usar los ministros sagrados, y todo lo demás
concerniente al culto divino.(11)
17. Este culto, por lo demás, no era sino la sombra (12)
del que el Sumo Sacerdote del Nuevo Testamento había de
tributar al Padre Celestial.
C) Sacerdocio de Cristo
en la tierra
18. Efectivamente; apenas “el Verbo
se hizo carne” (13)
se manifiesta al mundo enriquecido de la dignidad sacerdotal,
haciendo un acto de sumisión al Eterno Padre que ha de
durar todo el tiempo de su vida: “al entrar en el
mundo, dice… Heme aquí, que vengo… para cumplir, ¡oh Dios!,
tu voluntad”,(14)
acto que llevará a su perfección de modo admirable en
el sacrificio cruento de la Cruz: “Por esta voluntad,
pues, somos santificados en virtud de la oblación de su
cuerpo que Jesucristo hizo una sola vez”.(15)
Toda su actividad entre los hombres no tiene otro fin.
Niño, es presentado al Señor en el templo de Jerusalén;
adolescente, de nuevo acude a él; más tarde entra allí
frecuentemente para instruir al pueblo y para orar. Antes
de inaugurar su ministerio público, ayuna durante cuarenta
días, con su consejo y ejemplo exhorta a todos a orar
día y noche. Como maestro de verdad, “alumbra a todo
hombre” (16)
para que los mortales reconozcan convenientemente al Dios
inmortal y no sean de los que “desertan para perderse,
sino de los que guardan la fe para salvar el alma”.(17)
En cuanto Pastor, gobierna su grey, la guía a los pastos
de vida y le da una ley que observar, a fin de que nadie
se separe de Él y del camino recto que Él ha trazado,
sino que todos vivan santamente bajo su inspiración y
su influjo. En la última Cena, con ritos y pompa solemnes,
celebra la nueva Pascua y provee a su continuidad mediante
la institución divina de la Eucaristía: al día siguiente,
elevado entre el cielo y la tierra, ofrece su vida en
sacrificio para salvarnos, y de su pecho atravesado hace
brotar en cierto modo los Sacramentos que distribuyen
a las almas los tesoros de la Redención. Al hacer así,
tiene como único fin la gloria del Padre y la santificación
cada vez mayor del hombre.
D) En la Gloria
19. Luego, al entrar en la mansión de la eterna felicidad,
quiere que el culto instituido y tributado por El durante
su vida terrena continúe sin interrupción ninguna.
Y es que no deja huérfano al género humano, sino que así
como lo asiste siempre con su continuo y poderoso patrocinio,
haciéndose en el cielo nuestro Abogado ante el Padre,(18)
así también lo ayuda mediante su Iglesia, en la cual perpetúa
su divina presencia a lo largo de los siglos, Iglesia
que El ha constituido la Columna de la verdad,(19)
la Dispensadora de su gracia, y que con
el Sacrificio de la Cruz fundó, consagró y afianzó para
siempre.(20)
E) En la Iglesia
20. La Iglesia, por consiguiente, tiene de común
con el Verbo Encarnado el fin, la obligación y la función
de enseñar a todos la verdad, de regir y gobernar a los
hombres, de ofrecer a Dios el sacrificio aceptable y de
restaurar así entre el Criador y la criatura aquella unión
y armonía que el Apóstol de las Gentes indica
claramente con estas palabras: “Así que ya no sois extraños
ni advenedizos, sino conciudadanos de los Santos y familiares
de Dios; pues estáis edificados sobre el fundamento de
los Apóstoles y Profetas, cuya piedra angular es Jesucristo.
En El todo el edificio bien trabado se alza para formar
un templo santo en el Señor; en El también vosotros formáis
parte de este edificio para ser morada de Dios en el Espíritu
Santo”.(21) Por eso la sociedad
fundada por el Divino Redentor, en su doctrina y gobierno,
en el Sacrificio y los Sacramentos instituidos por Él,
en el ministerio que le confió después de haber orado
y derramado su Sangre, no implora sino a crecer y dilatarse
cada vez más; y esto se realiza cuando Cristo se consolida
y dilata en las almas y cuando, a su vez, las almas se
edifican y dilatan en Cristo; y así en este destierro
terreno cada día se amplifica más el templo donde la Divina
Majestad recibe el culto agradable y legítimo.
Por tanto, en toda acción litúrgica, a una con
la Iglesia, está presente su Divino Fundador: Jesucristo
está presente en el augusto Sacrificio del altar, ya en
la persona de su ministro, ya, principalmente, bajo las
especies eucarísticas; está presente en los Sacramentos
con la virtud que transfunde en ellos para que, sean instrumentos
eficaces de santidad; está presente, finalmente, en las
alabanzas y en las súplicas dirigidas a Dios, como está
escrito: “Donde dos o tres se hallen congregados en mi
nombre, allí me hallo Yo en medio de ellos”.(22)
La Sagrada Liturgia es, por consiguiente, el culto
público que Nuestro Redentor tributa al Padre como Cabeza
de la Iglesia, y el que la sociedad de los fieles tributa
a su Fundador y, por medio de Él, al Eterno Padre; es,
en una palabra, el culto público integral del Cuerpo Místico
de Jesucristo, es decir, de la Cabeza y de sus miembros.
F) Comienzos históricos de la Liturgia
21. La actividad litúrgica nació cuando
la Iglesia fue divinamente fundada. En efecto,
los primeros cristianos “eran asiduos a la predicación
de los Apóstoles, a la fracción del pan y oración”.(23)
Dondequiera que los Pastores pueden reunir un núcleo de
fieles, erigen un altar, sobre el que ofrecen el Sacrificio,
y en torno a él se disponen otros ritos destinados a la
santificación de los hombres y a la glorificación de Dios.
Entre estos ritos figuran, en primer lugar, los Sacramentos,
las siete fuentes principales de salvación; luego viene
la alabanza divina celebrada por los fieles, quienes en
sus reuniones comunes se atienen a la recomendación del
Apóstol: “Enseñaos y exhortaos los unos a los otros en
toda sabiduría, con salmos, himnos y cánticos espirituales,
cantando agradecidos a Dios en vuestros corazones”.(24)
A continuación sigue la lectura de la ley, de los Profetas,
del Evangelio, de las Cartas Apostólicas y, finalmente,
la homilía, en la cual el Presidente de la asamblea recuerda
y comenta con provecho las enseñanzas del Divino Maestro,
los sucesos más notables de su vida, y amonesta a todos
los asistentes con consejos y ejemplos oportunos.
G) Su organización y desarrollo
22. El culto se organiza y desarrolla según las
circunstancias y las necesidades de los cristianos, se
enriquece con nuevos ritos, ceremonias y fórmulas, siempre
con la misma finalidad: “Para que por medio de estas señales
nos amonestemos, logremos tener conciencia de nuestro
progreso y nos estimulemos con mayor entusiasmo a aumentarlo,
ya que el efecto será tanto más eficaz cuanto más ardiente
haya sido el afecto”.(25)
H) Frutos de la Liturgia
Así el alma se eleva más y mejor hacia Dios; así el Sacerdocio
de Jesucristo se mantiene siempre activo en la sucesión
de los siglos, ya que la Liturgia no es sino el ejercicio
de esta función sacerdotal. Lo mismo que su Cabeza divina,
también la Iglesia asiste continuamente a sus hijos, los
ayuda, los exhorta a la santidad para que, adornados con
esta belleza sobrenatural, puedan un día volver al Padre
Celestial. Ella regenera para la vida sobrenatural a los
nacidos a la vida terrena, los fortalece con el Espíritu
Santo en la lucha contra el enemigo implacable; llama
a los cristianos en torno a los altares y con insistentes
invitaciones los anima a participar en el Sacrificio Eucarístico
y celebrarlo debidamente; los nutre con el Pan de los
Ángeles para que estén cada vez más fuertes; purifica
y consuela a los que el pecado ha herido y manchado, consagra
con rito legal a los que por divina vocación son llamados
al ministerio sacerdotal; afianza con gracias y dones
sobrenaturales las bodas castas de los que están llamados
a fundar y organizar un hogar cristiano; por fin, después
de haberlos confortado y restaurado con el Viático Eucarístico
y la Sagrada Unción en sus últimas horas de vida terrena,
acompaña con suma piedad los despojos de sus hijos al
sepulcro, allí los deposita religiosamente y los pone
al amparo de la Cruz para que un día resuciten triunfantes
de la muerte. Además, a cuantos se consagran al servicio
divino para lograr la perfección de la vida religiosa,
los acompaña con su bendición y sus plegarias solemnes.
Por fin, extiende su mano en socorro de las almas que
en las llamas del Purgatorio imploran oraciones y sufragios,
para conducirlas, finalmente, a la dicha eterna.
2. La Liturgia,
culto interno y externo
A) Culto externo
23. Todo el conjunto del culto que la Iglesia
tributa a Dios debe ser interno y externo. Es
externo porque lo pide la naturaleza del hombre, compuesto
de alma y cuerpo; porque Dios ha dispuesto que por “el
conocimiento de las cosas visibles lleguemos al amor de
las cosas invisibles”.(26)
Además, todo lo que brota del alma se expresa naturalmente
por los sentidos; y el culto divino pertenece no sólo
al individuo sino también a la colectividad humana, y
por consiguiente ha de ser social, lo cual es imposible
en el ámbito religioso, sin vínculos y manifestaciones
exteriores; finalmente, es un medio que pone muy de relieve
la unidad del Cuerpo Místico, acrecienta su santo entusiasmo,
consolida sus fuerzas e intensifica su acción; “aunque
las ceremonias no contengan en sí ninguna perfección y
santidad, sin embargo son actos externos de religión que,
como signos, estimulan el alma a venerar las cosas sagradas,
elevan la mente a las realidades sobrenaturales, nutren
la piedad, fomentan la caridad, acrecientan la fe, robustecen
la devoción, instruyen a los sencillos, adornan el culto
de Dios, conservan la religión y distinguen a los verdaderos
fieles de los cristianos falsos y heterodoxos”.(27)
B) El culto Interno, elemento
principal de la Liturgia
24. Pero el elemento principal del culto tiene que ser
el interno. Efectivamente, es necesario vivir en Cristo,
consagrarse por completo a Él, para que Él, con Él y por
Él se tribute al Padre Celestial la gloría debida.
La Sagrada Liturgia requiere que estos dos elementos estén
íntimamente unidos y no ceja de repetirlo cada vez que
prescribe un acto de culto externo. Así, por ejemplo,
a propósito del ayuno, nos exhorta: “que nuestra observancia
obre en lo interior lo que exteriormente profesa”.(28)
De otra suerte, la religión se convierte en un formulismo
sin consistencia ni contenido.
Vosotros sabéis, Venerables Hermanos, que el Divino Maestro
estima indignos del sagrado templo y como para ser arrojados
de él a quienes creen honrar a Dios sólo con el sonido
de frases bien hechas y posturas teatrales y se persuaden
de que pueden asegurar perfectamente su salvación eterna
sin desarraigar del alma los vicios inveterados.(29)
La Iglesia, por consiguiente, quiere que todos los fieles
se postren a los pies del Redentor para profesarle su
amor y su veneración; quiere que las muchedumbres, como
los niños que salieron con alegres aclamaciones al encuentro
de Jesucristo cuando entraba en Jerusalén, ensalcen y
acompañen al Rey de los Reyes y al Sumo Autor de todo
bien con himnos de adoración y gratitud; quiere que de
sus labios broten plegarias, unas veces de súplica, otras
de alegría y alabanza, con las cuales, como los Apóstoles,
junto al lago de Tiberíades, logren experimentar la ayuda
de su misericordia y su poder; o como Pedro en el monte
Tabor, se abandonen a sí mismos y todos sus bienes en
Dios, en los místicos transportes de la contemplación.
25. No tienen, pues, noción exacta de la Sagrada Liturgia
los que la consideran como una parte sólo externa y sensible
del culto divino o un ceremonial decorativo; ni se equivocan
menos los que la consideran como un mero conjunto de leyes
y de preceptos con que la Jerarquía eclesiástica ordena
la ejecución regular de los ritos sagrados.
C) Su eficacia santificadora
26. Quede, por consiguiente, bien claro para todos que
no se puede honrar dignamente a Dios si el alma no aspira
a conseguir la perfección, y que el culto tributado a
Dios por la Iglesia, en unión con su Cabeza divina, tiene
la máxima eficacia de santificación.
27. Esta eficacia, cuando se trata del Sacrificio Eucarístico
y de los Sacramentos, proviene, ante todo, del valor de
la acción en sí misma (ex opere operato). En cambio, si
se considera la actividad propia de la Esposa inmaculada
de Jesucristo, por la que Ésta realza con plegarias y
ceremonias sagradas el Sacrificio Eucarístico y los Sacramentos;
o si se trata de «los Sacramentales» y de los demás ritos
instituidos por la Jerarquía eclesiástica, entonces la
eficacia depende, sobre todo, de la acción de la Iglesia
(ex opere operantis Ecclesiae) en cuanto es santa y actúa
siempre en íntima unión con su Cabeza.
D) Relaciones entre la piedad
“objetiva” y “subjetiva”
28. A este propósito, Venerables Hermanos, deseamos que
dirijáis vuestra atención a las nuevas teorías sobre la
piedad “objetiva”, las cuales en su empeño de poner de
relieve el misterio del Cuerpo Místico, la influencia
efectiva de la gracia santificante y la acción divina,
tanto de los Sacramentos como del Sacrificio Eucarístico,
parecen afanarse por disminuir, y aun pasar por alto,
la piedad “subjetiva”.
29. En las funciones litúrgicas y particularmente en el
augusto Sacrificio del altar se continúa, sin duda, la
obra de nuestra Redención y se nos aplican sus frutos.
Cristo actúa nuestra salvación cada día en los Sacramentos
y en su Sacrificio; más aún, por su medio, continuamente
purifica la humanidad y la consagra a Dios. Estos actos
tienen, por consiguiente, un valor “objetivo” que, de
hecho, nos hace participar de la vida divina de Jesucristo;
y así, en virtud del poder divino y no del nuestro, logran
su eficacia para unir la piedad de los miembros con la
de la Cabeza y hacerla, en cierto modo, una acción de
toda la comunidad.
De estos profundos argumentos concluyen algunos que toda
la piedad cristiana debe concentrarse en el misterio del
Cuerpo Místico de Cristo, sin ninguna consideración del
elemento “personal” o “subjetivo”, y creen por esto que
se deben descuidar las otras prácticas religiosas no estrictamente
litúrgicas o ejecutadas fuera del culto público.
30. Pero todos pueden darse cuenta de que estas conclusiones
sobre las dos clases de piedad, aunque los principios
arriba mencionados sean excelentes, son completamente
inexactas, insidiosas y sumamente perjudiciales.
E) Doctrina verdadera
31. Cierto que los Sacramentos y el Sacrificio
del altar, siendo como son acciones del mismo Cristo,
son capaces en sí mismos de comunicar y difundir la gracia
de la Cabeza divina en los miembros del Cuerpo Místico;
pero para que logren la debida eficacia requieren
las disposiciones correspondientes de nuestra alma.
Por eso, a propósito de la Eucaristía, amonesta San Pablo:
“Examínese asimismo cada uno y de esta suerte coma
de ese pan y beba de ese cáliz”,(30)
y así, la Iglesia, en términos sugestivos y concisos,
llama a todos los ejercicios con que nuestra alma se purifica,
especialmente durante la Cuaresma: “defensas de la
milicia cristiana”;(31)
representan, efectivamente, los esfuerzos activos de los
miembros que, con el auxilio de la gracia, quieren adherirse
a su Cabeza para que “se nos manifieste —repetimos
la frase de San Agustín— en nuestra Cabeza la fuente
misma de la gracia”.(32)
Pero hay que notar que estos miembros son vivos, dotados
de razón y voluntad propias; por eso es necesario que
ellos mismos, acercando sus labios a la fuente, tomen
y asimilen el alimento vital y alejen todo lo que pueda
impedir su eficacia. Hay, pues, que afirmar que la obra
de la Redención, independiente por sí misma de nuestra
voluntad, requiere nuestro esfuerzo interior para que
podamos conseguir la salvación eterna.
32. Si la piedad privada e interna de cada uno descuidase
el augusto Sacrificio del altar y los Sacramentos y se
sustrajese al influjo salvífico que emana de la Cabeza
en los miembros, sería, sin duda alguna, actitud reprochable
y estéril. Pero como los métodos y ejercicios de piedad
no netamente litúrgicos afectan a los actos humanos sólo
para orientarlos al Padre Celestial, para estimular saludablemente
las almas a la penitencia y al temor de Dios, para arrancarlas
de los atractivos del mundo y de los vicios y lograr conducirlas
por el arduo camino a la cumbre de la santidad, no sólo
merecen los mayores elogios, sino que se imponen por su
necesidad absoluta, por que descubren los peligros de
la vida espiritual, nos espolean a la adquisición de las
virtudes y aumentan el entusiasmo con que debemos vivir
consagrados al servicio de Jesucristo.
F) Necesidad de la meditación
y demás prácticas de piedad
La genuina piedad que el Doctor Angélico llama “devoción”
y que es el acto principal de la virtud de la religión
—acto que pone a los hombres en el orden, los orienta
hacia Dios y hace que, gustosa y espontáneamente, se consagren
a cuanto se relaciona con el culto divino (33)—
esta piedad genuina necesita la meditación de las realidades
sobrenaturales y las prácticas de piedad para alimentarse,
estimularse y vigorizarse y para animarnos a la perfección.
En efecto, la religión cristiana, debidamente practicada,
requiere sobre todo que la voluntad se consagre a Dios
e influya en las otras facultades del alma. Pero todo
acto de voluntad presupone el ejercicio de la inteligencia
y antes que brote el deseo y el propósito de darse a Dios
por medio del sacrificio, es absolutamente indispensable
el conocimiento de los argumentos y los motivos que hacen
necesaria la Religión, como, por ejemplo, el fin último
del hombre y la grandeza de la Divina Majestad, el deber
de someterse al Creador, los tesoros inagotables del amor
con que Dios quiere enriquecernos, la necesidad de la
gracia vara llegar a la meta señalada y el camino particular
que la Divina Providencia nos ha preparado, uniéndonos
a todos como miembros de un Cuerpo con Jesucristo Cabeza.
Y puesto que no siempre los motivos del amor hacen mella
en el alma agitada por las pasiones, es muy oportuno que
nos impresione también la saludable consideración de la
divina justicia y nos conduzca a la humildad cristiana,
la penitencia y la enmienda de nuestra conducta.
G) Frutos concretos que
la piedad debe producir
33. Todas estas consideraciones no tienen
que ser un recuerdo vacío y estéril, sino que deben tender
activamente a someter nuestros sentidos y facultades a
la razón iluminada por la fe, a reparar y purificar el
alma para que se una cada día más íntimamente a Cristo,
cada vez se conforme más a Él y por Él obtenga la inspiración
y la fuerza divina de que ha menester; y a que sirvan
a los hombres de estímulo cada vez más eficaz, para el
bien, la fidelidad al propio deber, la práctica de la
Religión y el ferviente ejercicio de la virtud. “Vosotros
sois de Cristo y Cristo es Dios”.(34)
Sea, pues, todo ordenado y, por decirlo así, “teocéntrico”,
si queremos de verdad que todo se enderece a la gloria
de Dios por la vida y la virtud que nos viene de nuestra
Cabeza divina: “Así que, Hermanos, ya que tenemos,
por la sangre de Cristo, entrada libre en el Santuario,
un camino nuevo y vivo que Él nos abrió, a través del
velo, esto es, de su carne, y ya que tenemos al Gran Sacerdote
sobre la casa de Dios, acerquémonos a Él con corazón sincero
en la plenitud de la fe, el corazón purificado de la mala
conciencia y el cuerpo lavado con agua pura. Mantengamos
inconcusa la profesión de nuestra esperanza. Miremos los
unos por los otros, para estimularnos a la caridad y las
buenas obras”.(35)
H) Equilibrio en los miembros
del Cuerpo Místico
34. De ahí brota el armonioso equilibrio de los miembros
del Cuerpo Místico de Jesucristo. Con la enseñanza de
la fe católica, con la exhortación a la observancia de
los preceptos cristianos, la Iglesia prepara el caminó
a su acción propiamente sacerdotal y santificadora; nos
dispone a una más íntima contemplación de la vida del
Divino Redentor y nos conduce a un conocimiento más, profundo
de los misterios de la fe, para que recabemos de ellos
el alimento sobrenatural cuya fuerza nos asegure el progreso
en la vida perfecta por medio de Jesucristo.
No sólo por obra de sus ministros, sino también por la
de cada uno de los fieles embebidos de este modo en el
espíritu de Jesucristo, la Iglesia se esfuerza por hacer
penetrar este mismo espíritu en la vida y la actividad
privada, conyugal, social y aun económica y política,
para que todos los que se llaman hijos de Dios puedan
conseguir más fácilmente su fin.
35. De esta suerte la actividad privada y el esfuerzo
ascético, dirigido a la purificación del alma, estimulan
las energías de los fieles con que se preparan a participar
con mejores disposiciones en el augusto Sacrificio del
altar, a recibir los Sacramentos con mayor fruto, a celebrar
los sagrados ritos de manera que salgan de ellos más animados
y mejor formados para la oración y cristiana abnegación,
para corresponder activamente a las inspiraciones e invitaciones
de la gracia y para imitar cada día con mayor perfección
las virtudes del Redentor, no sólo vara su propio provecho,
sino también para el de todo el cuerpo de la Iglesia,
en el cual todo el bien que se hace proviene de la virtud
de la Cabeza y redunda en beneficio de los miembros.
I) Acuerdo entre la acción
divina y la cooperación humana
36. Por eso en la vida espiritual no puede existir antagonismo
alguno entre la acción divina que infunde la gracia en
las almas para continuar nuestra redención y la efectiva
colaboración del hombre, que no debe hacer vano el don
de Dios;(36) entre
la eficacia del rito externo de los Sacramentos, que proviene
ex opere operato, y el mérito del que los administra o
los recibe, acto que suele llamarse opus operantis; entre
las oraciones privadas y las plegarias oficiales; entre
la vida ascética y la piedad litúrgica; entre la jurisdicción
o el legítimo magisterio de la Jerarquía eclesiástica
y la potestad propiamente sacerdotal, la que se ejercita
en el sagrado ministerio.
37. Por graves motivos la Iglesia prescribe a
los ministros del altar y a los religiosos que, en determinados
tiempos se dediquen a la devota meditación, al diligente
examen de la conciencia y a las demás prácticas piadosas,(37)
aun cuando están especialmente destinados a celebrar las
funciones litúrgicas del Sacrificio Eucarístico y la Alabanza
divina.
Sin duda, la oración litúrgica, siendo la oración oficial
de la ínclita Esposa de Jesucristo, tiene una dignidad
mayor que las oraciones privadas; pero esta superioridad
no quiere decir que entre estos dos géneros de oración
haya contraste o antagonismo. Las dos se funden y se armonizan
en un mismo afán y están animadas por un espíritu único:
“todo y en todos Cristo”,(38)
y tienden al mismo fin: hasta que se forme en nosotros
Cristo.(39)
3. La Liturgia, regulada
por la Jerarquía
A) Esto lo exige la naturaleza de
la Iglesia
38. Para mejor entender, pues, la Sagrada Liturgia, es
necesario considerar otro de sus caracteres, que no es
de menor importancia.
39. La Iglesia es una sociedad y por eso exige autoridad
y jerarquía propias. Si bien todos los miembros del Cuerpo
Místico participan de los mismos bienes y tienden a los
mismos ideales, no todos gozan del mismo poder ni están
capacitados para realizar las mismas acciones.
De hecho, quiso el Divino Redentor que su Reino quedase
edificado y sólidamente cimentado como sobre base estable,
en un orden sagrado, reflejo, en cierto sentido, de la
Jerarquía celestial.
40. Sólo a los Apóstoles y a los que han recibido debidamente
de ellos y sus sucesores la imposición de las manos les
está conferida la potestad sacerdotal, y en virtud de
ella, así como representan ante su pueblo la persona de
Jesucristo, así también representan al mismo pueblo ante
Dios.
Este sacerdocio no se transmite ni por herencia
ni por descendencia carnal; no nace de la comunidad cristiana,
ni por delegación del pueblo. Antes de representar
al pueblo ante Dios, el sacerdote tiene la representación
del Divino Redentor, y, dado que Jesucristo es la Cabeza
del cuerpo cuyos miembros son los cristianos, representa
también a Dios ante su pueblo. Por consiguiente, la potestad
que se le ha conferido nada tiene de humana por su naturaleza,
es sobrenatural y viene de Dios: “Como mi Padre me
envió, así os envío también a vosotros…”.(40)
“El que os escucha a vosotros, me escucha a Mí…”.(41)
“Id por todo el mundo, predicad el Evangelio a todas
las criaturas; el que creyere y fuese bautizado, se salvará”.(42)
41. Por eso, el Sacerdocio externo y visible de Jesucristo
se transmite en la Iglesia, no de manera universal, general
e indeterminada, sino que se confiere a los individuos
escogidos por medio de cierta generación espiritual del
Orden, uno de los siete Sacramentos. El Sacramento del
Orden confiere no sólo la gracia propia de este estado
y cargo peculiar, sino también un “carácter” indeleble
que configura en los sagrados Ministros a Jesucristo Sacerdote
y los hace aptos para ejercer los ritos sagrados con que
se santifican los hombres y se glorifica a Dios, según
las exigencias de la economía sobrenatural.
42. En efecto, así como el Bautismo distingue
a los cristianos y los separa de los que no han sido lavados
en las aguas purificadoras, ni son miembros de Jesucristo,
así también el Sacramento del Orden distingue a los sacerdotes
de todos los demás cristianos no dotados de este carisma;
y es que sólo ellos, por vocación sobrenatural, han entrado
en el augusto ministerio que los consagra al servicio
del altar y hace de ellos instrumentos divinos, por los
cuales se comunica la vida sobrenatural al Cuerpo Místico
de Jesucristo. Además, como ya hemos dicho, sólo ellos
son los señalados con el carácter indeleble que los con
forma con Cristo Sacerdote, y sólo sus manos son las consagradas
“para que sea bendito todo lo que ellas bendigan y
todo lo que ellas consagren sea consagrado y santificado
en el nombre de Nuestro Señor Jesucristo”.(43)
A los sacerdotes, pues, tiene que recurrir todo el que
quiera vivir en Cristo, porque de ellos recibirá el consuelo
y el alimento de la vida espiritual, la medicina saludable
que lo cure, lo vigorice y ayude a reaccionar contra los
estragos de los vicios; de ellos, finalmente, recibirá
la bendición que consagra la convivencia familiar, y por
ellos también el último aliento de la vida mortal será
dirigido al umbral de la eterna felicidad.
43. Dado, pues, que la Sagrada Liturgia es ejercida ante
todo por los sacerdotes en nombre de la Iglesia, su organización,
su reglamentación y su forma no pueden depender sino de
la Autoridad eclesiástica.
a) Lo mismo se prueba por la historia:
Esta consecuencia, basada en la naturaleza misma del culto
cristiano, está confirmada por el testimonio de la Historia.
b) Lo mismo se prueba por su estrecha
relación con el dogma.
44. Este indiscutible derecho de la Jerarquía eclesiástica
se prueba también por el hecho de que la Sagrada Liturgia
está íntimamente unida con los principios doctrinales
que la Iglesia propone como verdades certísimas, y por
consiguiente tiene que conformarse a las enseñanzas
de la fe católica, predicadas por el Magisterio supremo,
con el fin de amparar la integridad de la Religión por
Dios revelada.
45. A este propósito, Venerables Hermanos, juzgamos necesario
poner en su punto algo que creemos no os es desconocido:
Nos referimos al error y engaño de los que han considerado
la Liturgia como un ensayo del Dogma, en cuanto que sí
una de estas verdades producía a través de los ritos litúrgicos
frutos de piedad y santidad, la Iglesia tendría que aprobarla,
y en el caso contrario, reprobarla. De ahí provendría
el principio: La ley de la Oración es ley de la Fe.
46. No es, sin embargo, esto lo que enseña
ni lo que ordena la Iglesia. El culto que Ella tributa
a Dios es, como concisa y expresivamente dice San Agustín,
una continua profesión de fe católica y un ejercicio de
la esperanza y de la caridad: “Dios debe ser honrado
con la fe, la esperanza y la caridad”.(44)
En la Sagrada Liturgia hacemos explícita y manifiesta
profesión de la fe católica, no sólo con la celebración
de los misterios divinos, con la oblación del Sacrificio,
la administración de los Sacramentos, sino también rezando
y cantando el “Símbolo” de la Fe, que es como la insignia
distintiva de los cristianos, con la lectura de otros
documentos y de la Sagrada Escritura, inspirada por el
Espíritu Santo. Toda la Liturgia, por consiguiente, contiene
la fe católica, en cuanto da un testimonio oficial de
la fe de la Iglesia.
47. Por este motivo, cuando se ha tratado
de definir un dogma, los Sumos Pontífices y los Concilios,
al recurrir a las llamadas “Fuentes Teológicas”, muchas
veces sacaron también argumentos de esta sagrada disciplina,
como lo hizo, por ejemplo, Nuestro Predecesor, de inmortal
memoria, Pío IX, cuando definió la Inmaculada Concepción
de la Virgen María. De la misma manera también la Iglesia
y los Santos Padres, cuando se discutía una verdad controvertida
o puesta en duda, nunca dejaron de pedir luz a los ritos
venerables transmitidos por la antigüedad. De ahí viene
el conocido y respetable axioma: “La ley de la oración
determina la ley de la Fe” (Legem credendi lex statuat
supplicandi).(45)
La Liturgia, por consiguiente, no presenta
ni constituye en sentido absoluto y por su propia autoridad
la fe católica, sino más bien, siendo como es una profesión
de las verdades divinas —profesión sujeta al Supremo Magisterio
de la Iglesia—, puede proporcionar argumentos y testimonios
de no escaso valor para decidir un punto determinado de
la doctrina cristiana. De aquí que, sí queremos distinguir
y determinar de manera general y absoluta las relaciones
que existen entre fe y Liturgia, se puede con razón afirmar:
“la ley de la Fe debe establecer la ley de la oración”.
Lo mismo se diga cuando se trata de las otras virtudes
teologales: “En la Fe, Esperanza y Caridad oramos
siempre con deseo continuo”.(46)
4. Desarrollo de la Liturgia
A) Derecho de la Jerarquía
48. La Jerarquía eclesiástica ha ejercido
siempre este su derecho en materia litúrgica, instituyendo
y organizando el culto divino, enriqueciéndolo con esplendor
y dignidad cada vez mayor para gloria de Dios y bien de
los hombres. Tampoco ha vacilado —dejando a salvo la sustancia
del Sacrificio Eucarístico y de los Sacramentos— en cambiar
lo que juzgaba que no era conveniente y en añadir lo que
parecía que más a propósito contribuiría al honor de Jesucristo
y de la augusta Trinidad, así como a la instrucción y
saludable estímulo del pueblo cristiano.(47)
49. Efectivamente, la Sagrada Liturgia consta de elementos
humanos y divinos: éstos, evidentemente, no pueden ser
alterados por los hombres, ya que han sido instituidos
por el Divino Redentor; aquéllos, en cambio, con aprobación
de la Jerarquía eclesiástica, asistida por el Espíritu
Santo, están sujetos a modificaciones diversas, según
lo exijan los tiempos, las cosas y las almas. De ahí procede
la magnífica variedad de los ritos orientales; de ahí
el progresivo desarrollo de costumbres cultuales y de
prácticas de piedad de las que había tan sólo ligeros
indicios en épocas anteriores. Débese a esto el que a
veces se vuelvan a emplear y renovar ciertas devociones
que el tiempo había borrado. Toda esta evolución da testimonio
de la vida Permanente de la inmaculada Esposa de Jesucristo
a través de los siglos; expresa también el diálogo sagrado
que ha mediado entre Ella y su Divino Esposo a lo largo
de todas las épocas, para pregonar tanto su fe y la de
los pueblos a Ella con fiados, como su amor inagotable;
asimismo demuestra su sabia pedagogía con que estimula
y acrecienta en los creyentes “el sentido de Cristo”.
B) Causas del desarrollo
litúrgico
50. En realidad, no fueron escasas las causas influyentes
en el desarrollo y progreso de la Sagrada Liturgia durante
la larga y gloriosa historia de la Iglesia.
a) Una formulación doctrinal
más segura
51. Así, por ejemplo, una formulación más segura y precisa
de la doctrina católica sobre el Verbo Encarnado, sobre
el Sacramento y el Sacrificio Eucarísticos, sobre la Virgen
María Madre de Dios, contribuyó a la adopción de nuevas
formas rituales, por las cuales la luz que había brillado
con más esplendor, en virtud de las declaraciones del
Magisterio eclesiástico, se reflejaba de manera más plena
y clara en las acciones litúrgicas, para llegar con mayor
facilidad al espíritu y al corazón del pueblo cristiano.
b) Ciertas modificaciones disciplinares
52. El desarrollo ulterior de la disciplina eclesiástica
en lo que toca a la administración de los Sacramentos,
por ejemplo, de la Penitencia, la institución y más tarde
la supresión del catecumenado, la Comunión Eucarística
bajo una sola especie en la Iglesia latina, contribuyeron
no poco a la modificación de los ritos antiguos y a la
gradual adopción de otros nuevos y más adecuados a las
corrientes predominantes en estas materias.
c) Ciertas devociones extralitúrgicas
53. A esta evolución y a estos cambios contribuyeron notablemente
las iniciativas y las prácticas de piedad no íntimamente
unidas a la Sagrada Liturgia, nacidas en épocas posteriores
por disposición admirable del Señor y tan difundidas entre
el pueblo, como por ejemplo el creciente ardor de devoción
a la Sagrada Eucaristía, a la Pasión acerbísima de nuestro
Redentor, al Sacratísimo Corazón de Jesús, a la Virgen
Madre de Dios y a su castísimo Esposo.
54. Entre las circunstancias exteriores contribuyeron
también las públicas peregrinaciones de devoción a los
sepulcros de los Mártires, los ayunos observados con el
mismo fin, las procesiones estacionales que en esta Santa
Ciudad se celebraban en espíritu de penitencia y en las
cuales intervenía, no pocas veces, el Sumo Pontífice.
d) El desarrollo de las Bellas Artes
55. Se comprende también fácilmente de qué manera el progreso
de las Bellas Artes, en especial de la arquitectura, la
pintura y la música, haya influido en la determinación
y la diversa conformación de los elementos exteriores
de la Sagrada Liturgia.
56. La Iglesia se sirvió de este su derecho propio para
tutelar la santidad del culto contra los abusos que temeraria
e imprudentemente iban introduciendo personas privadas
e iglesias particulares. Así sucedió que durante el siglo
XVI, al multiplicarse tales costumbres y usanzas, y poner
las iniciativas privadas en peligro la integridad de la
fe y la piedad, con grande ventaja de los herejes y sus
errores, Nuestro Predecesor, de inmortal memoria, Sixto
V, para proteger los ritos oficiales de la Iglesia e impedir
infiltraciones espurias, estableció en 1588 la Congregación
de Ritos,(48)
órgano al que aun hoy día corresponde ordenar y decretar
con esmero vigilante todo lo que atañe a la Sagrada Liturgia.(49)
C) Consecuencias
57. Por eso el Sumo Pontífice es el único que
tiene derecho a reconocer y legitimar cualquier costumbre
cuando se trata del culto divino, a introducir y aprobar
nuevos ritos, a cambiar los que estime deben ser cambiados;(50)
los Obispos, por su parte, tienen el derecho y el deber
de vigilar con diligencia por la exacta observancia de
las prescripciones canónicas referentes al culto divino.(51)
No es posible dejar al arbitrio de personas privadas,
aunque sean éstas miembros del Clero, las cosas santas
y venerandas relacionadas con la vida religiosa de la
comunidad cristiana, con el ejercicio del Sacerdocio de
Jesucristo y el culto divino, con el honor debido a la
Trinidad Santísima, al Verbo Encarnado, a su augusta Madre
y a los demás Santos y con la salvación de los hombres;
por la misma causa a ninguna persona privada se le permite
regular en esta materia las acciones externas, íntimamente
ligadas con la disciplina eclesiástica, con el orden,
la unidad y la concordia del Cuerpo Místico, y no pocas
veces con la integridad misma de la fe católica.
58. La Iglesia, en realidad, es un organismo vivo, y por
eso crece y se desarrolla también en lo que toca a la
Sagrada Liturgia, y se adapta a las exigencias y circunstancias
de cada época, con tal que quede salvaguardada la integridad
de su doctrina.
a) Abusos
Con todo, hay que reprobar severamente la temeraria
osadía de quienes introducen intencionadamente nuevas
costumbres litúrgicas o hacen renacer ritos ya desusados
y que no están de acuerdo con las leyes y rúbricas vigentes.
No sin gran dolor venimos a saber, Venerables Hermanos,
que así sucede en cosas no sólo de poca, sino también
de gravísima importancia; efectivamente, no faltan quienes
usen la lengua vulgar en la celebración del Sacrificio
Eucarístico, quienes trasladen fiestas —fijadas ya por
estimables razones— a una fecha diversa, quienes excluyan
de los libros aprobados para la plegaria oficial los textos
sagrados del Antiguo Testamento por considerarlos como
poco apropiados y oportunos para nuestros días.
b) La lengua latina y vulgar
59. El empleo de la lengua latina corriente en una gran
parte de la Iglesia es una señal manifiesta y esbelta
de unidad, un antídoto eficaz contra toda corrupción de
la doctrina genuina. Esto anotado, nada impide que el
empleo de la lengua vulgar en muchos ritos pueda ser muy
útil para el pueblo, pero la Sede Apostólica es la única
que tiene facultad para autorizarlo y por eso nada se
puede hacer en este punto sin contar con su juicio y aprobación,
porque, como dejamos dicho, es de su exclusiva competencia
la reglamentación de la Sagrada Liturgia.
c) Arqueologismo excesivo
60. Con la misma medida deben ser ponderados
los conatos de algunos, enderezados a resucitar ciertos
antiguos ritos y ceremonias. La Liturgia de los
tiempos pasados merece nuestra veneración, sin duda ninguna;
pero una costumbre antigua no ha de ser considerada precisamente
por su antigüedad como lo mejor y más a propósito, tanto
en sí misma cuanto en relación con los tiempos sucesivos
y las situaciones nuevas. También son dignos de estima
y respeto los ritos litúrgicos más recientes, porque han
surgido bajo el influjo del Espíritu Santo, que
está con la Iglesia siempre hasta la consumación de los
siglos (52) y son medios
que forman parte del tesoro del que la ínclita Esposa
de Jesucristo se sirve para estimular y procurar la santidad
de los hombres.
61. Es, en verdad, cosa prudente y loable el volver de
nuevo con el espíritu y el corazón a las fuentes de la
Sagrada Liturgia, porque su estudio, remontándose a los
orígenes, contribuye mucho a comprender el significado
de las fiestas y a penetrar con mayor profundidad y esmero
en el sentido tanto de las fórmulas corrientes como de
las ceremonias sagradas; pero ciertamente no es prudente
ni loable el reducirlo todo y de todas las maneras a lo
antiguo.
Así, por ejemplo, se sale del recto camino quien desea
devolver al altar su forma primitiva de mesa; quien desea
excluir de los ornamentos litúrgicos el color negro; quien
quiere eliminar de los templos las imágenes y estatuas
sagradas; quien hace representar al Redentor Crucificado
sin que aparezcan los dolores acerbísimos que padeció
en la Cruz; quien repudia y reprueba el canto polifónico,
aunque se ajuste a las normas promulgadas por la Santa
Sede.
62. Así como ningún católico sensato puede rechazar los
textos de la doctrina cristiana compuestos y decretados
con grande utilidad por la Iglesia, bajo la inspiración
y dirección del Espíritu Santo, en épocas recientes, para
volver a las fórmulas de los primeros Concilios; ni puede
repudiar las leyes vigentes para retornar a las prescripciones
de las antiguas fuentes del Derecho Canónico, así cuando
se trata de la Sagrada Liturgia, no resultaría animado
de un celo recto y prudente quien deseara volver a los
antiguos ritos y usos, repudiando las nuevas normas introducidas
por disposición de la divina Providencia para hacer frente
a los cambios de las circunstancias reales.
63. Tal manera de pensar y obrar reanimaría,
efectivamente, el excesivo y malsano arqueologismo que
despertó el Concilio ilegítimo de Pistoya, y resucitaría
los múltiples errores que un día provocó ese conciliábulo
y los que de él se siguieron, con gran daño de las almas,
errores que la Iglesia, guardiana vigilante del “Depósito
de la Fe” que le ha sido confiado por su Divino Fundador,
condenó a justo título.(53)
En efecto, tales deplorables iniciativas tienden a paralizar
la acción santificadora con la cual la Sagrada Liturgia
orienta hacia el Padre para su salvación a sus hijos adoptivos.
D) Recapitulación
64. Por eso, hágase todo dentro de la
necesaria unión con la Jerarquía eclesiástica. Nadie
se arrogue poder arbitrario de darse leyes ni de imponerlas
a los otros por su propia autoridad. Tan sólo
el Sumo Pontífice, como sucesor de Pedro, a quien el Divino
Redentor con fió el cargo de apacentar su rebaño universal
(54) y los
Obispos que bajo la obediencia a la Sede Apostólica “el
Espíritu Santo… puso para regir la Iglesia de Dios”,(55)
tienen el derecho y el deber de gobernar al pueblo cristiano.
Por eso, Venerables Hermanos, siempre que defendéis vuestra
autoridad —a veces, si hace falta, con severidad saludable—,
no sólo cumplís con vuestro deber, sino que salvaguardáis
la voluntad misma del Fundador de la Iglesia.
(Continuará)
NOTAS:
(1) I Timoteo, 2, 5.
(2) Hebreos, 4, 14.
(3) Hebreos, 9, 14.
(4) Malaquías, 1, 11.
(5) Conc. Trid. Sess. 22, cap. 1.
(6) Ibid. cap. 2.
(7) Encíclica Caritate Christi, 3-may-1932.
(8) Cfr. Litt. Ap. Motu Proprio. In cotidianis precibus,
24-mar-1945.
(9) I Corintios, 10, 17.
(10) Santo Tomás, Summa Theol., II-IIae, cuest. 81, art.
1.
(11) Levítico.
(12) Hebreos, 10, 1.
(13) San Juan 1, 14.
(14) Hebros, 10, 5-7.
(15) Ibid. 10, 10.
(16) San Juan 1, 9.
(17) Hebreos, 10, 39.
(18) San Juan 2, 1.
(19) I Timoteo, 2, 15.
(20) Cfr. Bonifacio IX, Ab origine mundi, 7-oct-1391;
Callisto III, Summus Pontífex, ene-1461; Pío II, Triumphans
Pastor, 22-abr-1449; Inocencio XI Triumphans Pastor, 3-oct-1678.
(21) Efesios, 2, 19-22.
(22) San Mateo, 18, 20.
(23) Hechos, 2, 42.
(24) Colosenses, 3, 16.
(25) San Agustín, Epístola 130 ad Probam. 18.
(26) Missale Rom., Prefacio de Navidad.
(27) Cardenal Bona, De divina psalmodia, cap. 19, III,
1.
(28) Missale Rom. Secreta del jueves desp. 2º Dom. Cuaresma.
(29) San Marcos, 7, 6 e Isa 29, 23
(30) I Corintios, 11, 28.
(31) Misal Romano, Miércoles de Cenizas; oración después
de la imposición.
(32) De predestinatione sanctorum, 31.
(33) Santo Tomás, “Suma Teológica”, II-IIae, cuest. 82,
art. 1.
(34) I Corintios 3, 28.
(35) Hebros, 10, 19-24.
(36) II Corintios, 6, 1.
(37) C.I.C. can. 125, 126, 565, 571, 595, 1367.
(38) Col 3, 11.
(39) Gálatas, 4, 19.
(40) San Juan, 20, 21.
(41) San Lucas, 10, 16.
(42) San Marcos, 14, 15-16.
(43) Pontifical Romano, De ordinatione perbyteri, in manuum
unctione.
(44) Enchiridion, cap. 3.
(45) De gratia Dei “Indiculus”.
(46) San Agustín, Epístola 130 ad Probam, 18.
(47) Constitución Dinini cultus, 20-dic-1928.
(48) Constitución Immensa, 22-ene-1588.
(49) C.I.C. can. 253.
(50) C.I.C. can 1257.
(51) C.I.C. can 1261.
(52) San Mateo, 28, 20.
(53) Cfr. Pío VI, Constitución Auctorem fidei, 28-ago-1794,
nº 31-34, 39, 62, 66 y 69-74.
(54) San Juan, 21, 15-17.
(55) Hechos, 20, 28.
Pío, Papa XII