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Un
texto que no se puede desconocer: Mirari
Vos de Gregorio XVI
Publicamos
a continuación dos textos: el primero sacado del boletín
de información Zenit, del 12 de noviembre de 2009,
y la encíclica Mirari Vos del Papa Gregorio XVI,
del 15 de agosto de 1832.
El lector podrá juzgar por sí mismo la oportunidad y verdad
de las afirmaciones del Observador permanente del Vaticano
en las Naciones Unidas, comparándolas con la doctrina
perene de la Iglesia, magistralmente recordada por el
Papa Gregorio XVI. 170 años alcanzaron para hacer de la
“locura de la libertad de conciencia” el
gran principio de acción (y destrucción) de la sociedad
civil, y lamentablemente, del mismo Vaticano.
P.D.: Los subrayados son nuestros.
Extracto
de la publicación ZENIT, del 12 de noviembre de 2009,
sobre el tema:
“SANTA SEDE A LA ONU: DEFENDER LA RELIGIÓN ES PROMOVER
DIGNIDAD Y DERECHOS”
El arzobispo Celestino Migliore,
observador permanente vaticano ante Naciones Unidas, intervino
en la 64 sesión de la Asamblea General de este organismo
sobre el tema “Cultura de paz”. El
prelado pidió defender la libertad religiosa, que es igual
a promover la dignidad y los derechos humanos.
“El objetivo último de Naciones Unidas, en cuanto
a buscar la comprensión y la cooperación interreligiosa,
es saber comprometer a los estados y a todos los sectores
de la sociedad humana a reconocer,
respetar y promover la dignidad y los derechos de toda persona
y de toda comunidad del mundo”,
dijo el observador vaticano.
El prelado recordó que la cuestión de la religión y de la
aportación de las religiones a la paz y al desarrollo se
ha hecho en los últimos años “urgente e inevitable”,
obteniendo por tanto nueva visibilidad en Naciones
Unidas.
La “aportación única” de las religiones y el diálogo
y la cooperación entre ellas subyacen “en su misma razón
de ser”, que es servir a la dimensión espiritual
y trascendental de la naturaleza humana, explicó.
Del mismo modo, las religiones tienden a “elevar
al espíritu humano, defender la vida, reforzar al débil,
traducir los ideales en acciones, purificar las instituciones,
contribuir a resolver desigualdades económicas y no económicas,
inspirar a los líderes e ir más allá de la normal llamada
al deber, permitir a las poblaciones alcanzar una realización
más plena de su potencial natural y superar situaciones
de conflicto, a través de la reconciliación, los procesos
de construcción de paz y la curación de la memoria herida
por la injusticia”.
Como recordó el observador vaticano, “el diálogo
interreligioso dirigido a indagar en las bases teológicas
y espirituales de diversas religiones, con vistas a una
comprensión y una cooperación recíproca, se está convirtiendo
cada vez más en un imperativo, una convicción y un comportamiento
efectivo entre las diferentes religiones”.
Un diálogo teológico y espiritual de este tipo, añadió,
debe ser realizado “entre y por los creyentes”,
adoptando “una metodología adecuada” y ofreciendo
“la premisa y la base indispensable para aquella más
amplia cultura del diálogo y de la cooperación que varias
instituciones académicas, políticas, económicas e internacionales
han lanzado en los últimos decenios”.
En este contexto, concluyó, la responsabilidad “específica
y primaria” de las Naciones Unidas respecto a la religión
es “debatir, dilucidar y ayudar a los estados a asegurar
plenamente, a todo nivel, la implementación del derecho
a la libertad religiosa”, como afirman muchos documentos
de la ONU que incluyen “el pleno
respeto y la promoción no sólo de la fundamental libertad
de conciencia, sino de la expresión y de la práctica de
la religión de cualquiera, sin restricciones”.
Mirari Vos
Carta Encíclica del Papa Gregorio XVI
promulgada el 15 agosto de 1832
1. Introducción. Admirados tal vez estáis,
Venerables Hermanos, porque desde que sobre Nuestra pequeñez
pesa la carga de toda la Iglesia, todavía no os hemos dirigido
Nuestras Cartas según Nos reclamaban así el amor que os
tenemos como una costumbre que viene ya de los primeros
siglos. Ardiente era, en verdad, el deseo de abriros inmediatamente
Nuestro corazón, y, al comunicaros Nuestro mismo espíritu,
haceros oír aquella misma voz con la que, en la persona
del beato Pedro, se Nos mandó confirmar a nuestros hermanos.(1)
Pero bien conocida os es la tempestad de tantos desastres
y dolores que, desde el primer tiempo de nuestro Pontificado,
Nos lanzó de repente a alta mar; en la cual, de no haber
hecho prodigios la diestra del Señor, Nos hubiereis visto
sumergidos a causa de la más negra conspiración de los malvados.
Nuestro ánimo rehuye el renovar nuestros justos dolores
aun sólo por el recuerdo de tantos peligros; preferimos,
pues, bendecir al Padre de toda consolación que, humillando
a los perversos, Nos libró de un inminente peligro y, calmando
una tan horrenda tormenta, Nos permitió respirar. Al momento
Nos propusimos daros consejos para sanar las llagas de Israel,
pero el gran número de cuidados que pesó sobre Nos para
lograr el restablecimiento del orden público, fue causa
de nueva tardanza para nuestro propósito.
La insolencia de los facciosos, que intentaron levantar
otra vez bandera de rebelión, fue nueva causa de silencio.
Y Nos, aunque con grandísima tristeza, nos vimos obligados
a reprimir con mano dura (2)
la obstinación de aquellos hombres cuyo furor, lejos de
mitigarse por una impunidad prolongada y por nuestra benigna
indulgencia, se exaltó mucho más aún; y desde entonces,
como bien podéis colegir, Nuestra preocupación cotidiana
fue cada vez más laboriosa. Mas habiendo tomado ya posesión
del Pontificado en la Basílica de Letrán, según la costumbre
establecida por Nuestros mayores, lo que habíamos retrasado
por las causas predichas, sin dar lugar a más dilaciones,
Nos apresuramos a dirigiros la presente Carta, testimonio
de Nuestro afecto para con vosotros, en este gratísimo día
en que celebramos la solemne fiesta de la gloriosa Asunción
de la Santísima Virgen, para que Aquella misma, que Nos
fue patrona y salvadora en las mayores calamidades, Nos
sea propicia al escribiros, iluminando Nuestra mente con
celestial inspiración para daros los consejos que más saludables
puedan ser para la grey cristiana.
2. Ataques a los obispos y a la Cátedra de Pedro.
Tristes, en verdad, y con muy apenado ánimo Nos dirigimos
a vosotros, a quienes vemos llenos de angustia al considerar
los peligros de los tiempos que corren para la religión
que tanto amáis. Verdaderamente, pudiéramos decir que ésta
es la hora del poder de las tinieblas para cribar, como
trigo, a los hijos de elección.(3)
Sí; la tierra está en duelo y perece, inficionada
por la corrupción de sus habitantes, porque han violado
las leyes, han alterado el derecho, han roto la alianza
eterna. (4)
Nos referimos, Venerables Hermanos, a las cosas que veis
con vuestros mismos ojos y que todos lloramos con las mismas
lágrimas. Es el triunfo de una malicia sin freno, de una
ciencia sin pudor, de una disolución sin límite. Se desprecia
la santidad de las cosas sagradas; y la majestad del divino
culto, que es tan poderosa como necesaria, es censurada,
profanada y escarnecida: De ahí que se corrompa la santa
doctrina y que se diseminen con audacia errores de todo
género. Ni las leyes sagradas, ni los derechos, ni las instituciones,
ni las santas enseñanzas están a salvo de los ataques de
las lenguas malvadas.
Se combate tenazmente a la Sede de Pedro, en la que puso
Cristo el fundamento de la Iglesia, y se quebrantan y se
rompen por momentos los vínculos de la unidad. Se impugna
la autoridad divina de la Iglesia y, conculcados sus derechos,
se la somete a razones terrenas, y, con suma injusticia,
la hacen objeto del odio de los pueblos reduciéndola a torpe
servidumbre. Se niega la obediencia debida a los Obispos,
se les desconocen sus derechos. Universidades y escuelas
resuenan con el clamoroso estruendo de nuevas opiniones,
que no ya ocultamente y con subterfugios, sino con cruda
y nefaria guerra impugnan abiertamente la fe católica. Corrompidos
los corazones de los jóvenes por la doctrina y ejemplos
de los maestros, crecieron sin medida el daño de la religión
y la perversidad de costumbres. De aquí que roto
el freno de la religión santísima, por la que solamente
subsisten los reinos y se confirma el vigor de toda potestad,
vemos avanzar progresivamente la ruina del orden público,
la caída de los príncipes, y la destrucción de todo poder
legítimo. Debemos buscar el origen de tantas calamidades
en la conspiración de aquellas sociedades a las que, como
a una inmensa sentina, ha venido a parar cuanto de sacrílego,
subversivo y blasfemo habían acumulado la herejía y las
más perversas sectas de todos los tiempos.
3. Deber de los Pastores de remediar a los males
presentes. Estos males, Venerables Hermanos, y
muchos otros más, quizá más graves, enumerar los cuales
ahora sería muy largo, pero que perfectamente conocéis vosotros,
Nos obligan a sentir un dolor amargo y constante, ya que,
constituidos en la Cátedra del Príncipe de los Apóstoles,
preciso es que el celo de la casa de Dios Nos consuma como
a nadie. Y, al reconocer que se ha llegado a tal punto que
ya no Nos basta el deplorar tantos males, sino que hemos
de esforzarnos por remediarlos con todas nuestras fuerzas,
acudimos a la ayuda de vuestra fe e invocamos vuestra solicitud
por la salvación de la grey católica, Venerables Hermanos,
porque vuestra bien conocida virtud y religiosidad, así
como vuestra singular prudencia y constante vigilancia,
Nos dan nuevo ánimo, Nos consuelan y aun Nos recrean en
medio de estos tiempos tan tristes como desgarradores. Deber
Nuestro es alzar la voz y poner todos los medios para que
ni el selvático jabalí destruya la viña, ni los rapaces
lobos sacrifiquen el rebaño. A Nos pertenece el conducir
las ovejas tan sólo a pastos saludables, sin mancha de peligro
alguno. No permita Dios, carísimos Hermanos, que
en medio de males tan grandes y entre tamaños peligros,
falten los pastores a su deber y que, llenos de miedo, abandonen
a sus ovejas, o que, despreocupados del cuidado de su grey,
se entreguen a un perezoso descanso. Defendamos,
pues, con plena unidad del mismo espíritu, la causa que
nos es común, o mejor dicho, la causa de Dios, y mancomunemos
vigilancia y esfuerzos en la lucha contra el enemigo común,
en beneficio del pueblo cristiano.
4. Inmutabilidad de la Fe católica y unidad de la Iglesia.
Bien cumpliréis vuestro deber si, como lo exige vuestro
oficio, vigiláis tanto sobre vosotros como sobre vuestra
doctrina, teniendo presente siempre, que toda la
Iglesia sufre con cualquier novedad,(5)
y que, según consejo del pontífice San Agatón, nada
debe quitarse de cuanto ha sido definido, nada mudarse,
nada añadirse, sino que debe conservarse puro tanto en la
palabra como en el sentido.(6)
Firme e inconmovible se mantendrá así la unidad, arraigada
como en su fundamento en la Cátedra de Pedro para que todos
encuentren baluarte, seguridad, puerto tranquilo y tesoro
de innumerables bienes allí mismo donde las Iglesias todas
tienen la fuente de todos sus derechos.(7)
Para reprimir, pues, la audacia de aquellos que, ora intenten
infringir los derechos de esta Sede, ora romper la unión
de las Iglesias con la misma, en la que solamente se apoyan
y vigorizan, es preciso inculcar un profundo sentimiento
de sincera confianza y veneración hacia ella, clamando con
San Cipriano, que en vano alardea de estar en la Iglesia
el que abandona la Cátedra de Pedro, sobre la cual está
fundada la Iglesia.(8)
5. Deber de conservar el depósito de la fe y de
la obediencia jerárquica. Debéis, pues, trabajar y vigilar
asiduamente para guardar el depósito de la fe, precisamente
en medio de esa conspiración de impíos, cuyos esfuerzos
para saquearlo y arruinarlo contemplamos con dolor. Tengan
todos presente que el juzgar de la sana doctrina, que los
pueblos han de creer, y el regimen y administración de la
Iglesia universal toca al Romano Pontífice, a quien Cristo
le dio plena potestad de apacentar, regir y gobernar la
Iglesia universal, según enseñaron los Padres del Concilio
de Florencia.(9)
Por lo tanto, cada Obispo debe adherirse fielmente a la
Cátedra de Pedro, guardar santa y religiosamente el depósito
de la santa fe y gobernar el rebaño de Dios que le haya
sido encomendado. Los presbíteros estén sujetos a los Obispos,
considerándolos, según aconseja San Jerónimo, como padre
de sus almas;(10)
y jamás olviden que aun la legislación más antigua les prohíbe
desempeñar ministerio alguno, enseñar y predicar sin licencia
del Obispo, a cuyo cuidado se ha encomendado el pueblo,
y a quien se pedirá razón de las almas.(11)
Finalmente téngase como cierto e inmutable que todos cuantos
intenten algo contra este orden establecido perturban, bajo
su responsabilidad, el estado de la Iglesia.
6. Inmutabilidad de la disciplina eclesiástica.
Reprobable, sería, en verdad, y muy ajeno a la
veneración con que deben recibirse las leyes de la Iglesia,
condenar por un afán caprichoso de opiniones cualesquiera,
la disciplina por ella sancionada y que abarca la administración
de las cosas sagradas, la regla de las costumbres, y los
derechos de la Iglesia y de sus ministros, o censurarla
como opuesta a determinados principios del derecho natural
o presentarla como defectuosa o imperfecta, y sometida al
poder civil.
En efecto, constando, según el testimonio de los
Padres de Trento,(12)
que la Iglesia recibió su doctrina de Cristo Jesús y de
sus Apóstoles, que es enseñada por el Espíritu Santo, que
sin cesar la sugiere toda verdad, es completamente absurdo
e injurioso en alto grado el decir que sea necesaria cierta
restauración y regeneración para volverla a su incolumidad
primitiva, dándola nueva vigor, como si pudiera ni pensarse
siquiera que la Iglesia está sujeta a defecto, a ignorancia
o a cualesquier otras imperfecciones. Con cuyo
intento pretenden los innovadores echar los fundamentos
de una institución humana moderna, para así lograr aquello
que tanto horrorizaba a San Cipriano, esto es, que la Iglesia,
que es cosa divina, se haga cosa humana.(13)
Piensen pues, los que tal pretenden que sólo al Romano Pontífice,
como atestigua San León, ha sido confiada la constitución
de los cánones; y que a él solo compete, y no a otro, juzgar
acerca de los antiguos decretos, o como dice San Gelasio:
Pesar los decretos de los cánones, medir los preceptos de
sus antecesores para atemperar, después de un maduro examen,
los que hubieran de ser modificados, atendiendo a los tiempos
y al interés de las Iglesias.(14)
7. Defensa del celibato sacerdotal. Queremos
ahora Nos excitar vuestro gran celo por la religión contra
la vergonzosa liga que, en daño del celibato clerical, sabéis
cómo crece por momentos, porque hacen coro a los falsos
filósofos de nuestro siglo algunos eclesiásticos
que, olvidando su dignidad y estado y arrastrados
por ansia de placer, a tal licencia han llegado que en algunos
lugares se atreven a pedir, tan pública como repetidamente,
a los Príncipes que supriman semejante imposición disciplinaria.
Rubor causa el hablar tan largamente de intentos tan torpes;
y fiados en vuestra piedad, os recomendamos que pongáis
todo vuestro empeño en guardar, reivindicar y defender íntegra
e inquebrantable, según está mandado en los cánones, esa
ley tan importante, contra la que se dirigen de todas partes
los dardos de los libertinos.
8. Santidad e indisolubilidad del matrimonio. Aquella
santa unión de los cristianos, llamada por el Apóstol sacramento
grande en Cristo y en la Iglesia,(15)
reclama también toda nuestra solicitud, por parte de todos,
para impedir que, por ideas poco exactas, se diga o se intente
algo contra la santidad, o contra la indisolubilidad del
vínculo conyugal. Esto mismo ya os lo recordó Nuestro predecesor
Pío VIII, de s. m., con no poca insistencia, en sus Cartas.
Pero aun continúan aumentando los ataques adversarios.
Se debe, pues, enseñar a los pueblos que el matrimonio,
una vez constituido legítimamente, no puede ya disolverse,
y que los unidos por el matrimonio forman, por voluntad
de Dios, una perpetua sociedad con vínculos tan estrechos
que sólo la muerte los puede disolver. Tengan presente
los fieles que el matrimonio es cosa sagrada, y que por
ello está sujeto a la Iglesia; tengan ante sus ojos las
leyes que sobre él ha dictado la Iglesia; obedézcanlas santa
y escrupulosamente, pues de cumplirlas depende la eficacia,
fuerza y justicia de la unión. No admitan en modo alguno
lo que se oponga a los sagrados cánones o a los decretos
de los Concilios y conozcan bien el mal resultado que necesariamente
han de tener las uniones hechas contra la disciplina de
la Iglesia, sin implorar la protección divina o por sola
liviandad, cuando los esposos no piensan en el sacramento
y en los misterios por él significados.
9. Error execrable del indiferentismo religioso.
Otra causa que ha producido muchos de los males que afligen
a la iglesia es el indiferentismo, o sea, aquella
perversa teoría extendida por doquier, merced a los engaños
de los impíos, y que enseña que puede conseguirse la vida
eterna en cualquier religión, con tal que haya rectitud
y honradez en las costumbres.
Fácilmente en materia tan clara como evidente, podéis extirpar
de vuestra grey error tan execrable. Si dice
el Apóstol que hay un solo Dios, una sola fe, un solo bautismo,
(16) entiendan, por lo tanto,
los que piensan que por todas partes se va al puerto de
salvación, que, según la sentencia del Salvador, están ellos
contra Cristo, pues no están con Cristo (17)
y que los que no recolectan con Cristo, esparcen miserablemente,
por lo cual es indudable que perecerán
eternamente los que no tengan fe católica y no la guardan
íntegra y sin mancha;(18)
oigan a San Jerónimo que nos cuenta cómo, estando la Iglesia
dividida en tres partes por el cisma, cuando alguno intentaba
atraerle a su causa, decía siempre con entereza: Si alguno
está unido con la Cátedra de Pedro, yo estoy con él.(19)
No se hagan ilusiones porque están bautizados; a esto les
responde San Agustín que no pierde su forma el sarmiento
cuando está separado de la vid; pero, ¿de qué le sirve tal
forma, si ya no vive de la raíz?(20)
10. La locura de la libertad religiosa.
De esa cenagosa fuente del indiferentismo mana aquella
absurda y errónea sentencia o, mejor dicho, locura, que
afirma y defiende a toda costa y para todos, la libertad
de conciencia. Este pestilente error se abre paso, escudado
en la inmoderada libertad de opiniones que, para ruina de
la sociedad religiosa y de la civil, se extiende cada día
más por todas partes, llegando
la imprudencia de algunos a asegurar que de ella se sigue
gran provecho para la causa de la religión. ¡Y QUÉ PEOR
MUERTE PARA EL ALMA QUE LA LIBERTAD DEL ERROR!
decía San Agustín.(21)
Y ciertamente que, roto el freno que contiene a los hombres
en los caminos de la verdad, e inclinándose precipitadamente
al mal por su naturaleza corrompida, consideramos ya abierto
aquel abismo (22)
del que, según vio San Juan, subía un humo que oscurecía
el sol y arrojaba langostas que devastaban la tierra. De
aquí la inconstancia en los ánimos, la corrupción de la
juventud, el desprecio —por parte del pueblo— de las cosas
santas y de las leyes e instituciones más respetables; en
una palabra, la mayor y más mortífera peste para la sociedad,
porque, aun la más antigua experiencia enseña cómo los Estados,
que más florecieron por su riqueza, poder y gloria, sucumbieron
por el solo mal de una inmoderada libertad de opiniones,
libertad en la oratoria y ansia de novedades.
11. La libertad de imprenta. Debemos también tratar en este
lugar de la libertad de imprenta, nunca suficientemente
condenada, si por tal se entiende el derecho de dar a la
luz pública toda clase de escritos; libertad, por muchos
deseada y promovida. Nos horrorizamos, Venerables Hermanos,
al considerar qué monstruos de doctrina, o mejor dicho,
qué sinnúmero de errores nos rodea, diseminándose por todas
partes, en innumerables libros, folletos y artículos que,
si son insignificantes por su extensión, no lo son ciertamente
por la malicia que encierran; y de todos ellos sale la maldición
que vemos con honda pena esparcirse sobre la tierra. Hay,
sin embargo, ¡oh dolor!, quienes llevan su osadía a tal
grado que aseguran, con insistencia, que este aluvión de
errores esparcido por todas partes está compensado por algún
que otro libro, que en medio de tantos errores se publica
para defender la causa de la religión. Es de todo punto
ilícito, condenado además por todo derecho, hacer un mal
cierto y mayor a sabiendas, porque haya esperanza de un
pequeño bien que de aquel resulte. ¿Por ventura dirá alguno
que se pueden y deben esparcir libremente activos venenos,
venderlos públicamente y darlos a beber, porque alguna vez
ocurre que el que los usa haya sido arrebatado a la muerte?
12. Prohibición por la Iglesia de los escritos peligrosos.
Enteramente distinta fue siempre la disciplina
de la Iglesia en perseguir la publicación de los malos libros,
ya desde el tiempo de los Apóstoles: ellos mismos quemaron
públicamente un gran número de libros.(23)
Basta leer las leyes que sobre este punto dio el Concilio
V de Letrán y la Constitución que fue publicada después
por León X, de f. r., a fin de impedir que lo inventado
para el aumento de la fe y propagación de las buenas artes,
se emplee con una finalidad contraria, ocasionando daño
a los fieles.(24)
A esto atendieron los Padres de Trento, que, para poner
remedio a tanto mal, publicaron el salubérrimo decreto para
hacer un Índice de todos aquellos libros, que, por su mala
doctrina, deben ser prohibidos.(25)
Hay que luchar valientemente, dice Nuestro predecesor Clemente
XIII, de p. m., hay que luchar con todas nuestras fuerzas,
según lo exige asunto tan grave, para exterminar la mortífera
plaga de tales libros; pues existirá materia para el error,
mientras no perezcan en el fuego esos instrumentos de maldad.(26)
Colijan, por tanto, de la constante solicitud que mostró
siempre esta Sede Apostólica en condenar los libros sospechosos
y dañinos, arrancándolos de sus manos, cuán enteramente
falsa, temeraria, injuriosa a la Santa Sede y fecunda en
gravísimos males para el pueblo cristiano es la doctrina
de quienes, no contentos con rechazar tal censura de libros
como demasiado grave y onerosa, llegan al extremo de afirmar
que se opone a los principios de la recta justicia, y niegan
a la Iglesia el derecho de decretarla y ejercitarla.
13. Origen del poder civil: Dios. Sabiendo
que se han divulgado, en escritos que corren por todas partes,
ciertas doctrinas que niegan la fidelidad y sumisión debidas
a los príncipes, que por doquier encienden la antorcha de
la rebelión, se ha de trabajar para que los pueblos no se
aparten, engañados, del camino del bien. Sepan todos que,
como dice el Apóstol, toda potestad viene de Dios y todas
las cosas son ordenadas por el mismo Dios. Así, pues, el
que resiste a la potestad, resiste a la ordenación de Dios,
y los que resisten se condenan a sí mismos.(27)
Por ello, tanto las leyes divinas como las humanas se levantan
contra quienes se empeñan, con vergonzosas conspiraciones
tan traidoras como sediciosas, en negar la fidelidad a los
príncipes y aun en destronarles.
14. Deber de sumisión al poder civil. Por
aquella razón, y por no mancharse con crimen tan grande,
consta cómo los primitivos cristianos, aun en medio de las
terribles persecuciones contra ellos levantadas, se distinguieron
por su celo en obedecer a los emperadores y en luchar por
la integridad del imperio, como lo probaron ya en el fiel
y pronto cumplimiento de todo cuanto se les mandaba (no
oponiéndose a su fe de cristianos), ya en el derramar su
sangre en las batallas peleando contra los enemigos del
imperio. Los soldados cristianos, dice San Agustín, sirvieron
fielmente a los emperadores infieles; mas cuando se trataba
de la causa de Cristo, no reconocieron otro emperador que
al de los cielos. Distinguían al Señor eterno del señor
temporal; y, no obstante, por el primero obedecían al segundo.(28)
Así ciertamente lo entendía el glorioso mártir San Mauricio,
invicto jefe de la legión Tebea, cuando, según refiere Euquerio,
dijo a su emperador: Somos, oh emperador, soldados tuyos,
pero también siervos que con libertad confesamos a Dios;
vamos a morir y no nos rebelamos; en las manos tenemos nuestras
armas y no resistimos porque preferimos morir mucho mejor
que ser asesinos.(29)
Y esta fidelidad de los primeros cristianos hacia los príncipes
brilla aún con mayor fulgor, cuando se piensa que, además
de la razón, según ya hizo observar Tertuliano, no faltaban
a los cristianos ni la fuerza del número ni el esfuerzo
de la valentía, si hubiesen querido mostrarse como enemigos:
Somos de ayer, y ocupamos ya todas vuestras casas, ciudades,
islas, castros, municipios, asambleas, hasta los mismos
campamentos, las tribus y las decurias, los palacios, el
senado, el foro... ¿De qué guerra y de qué lucha no seríamos
capaces, y dispuestos a ello aun con menores fuerzas, los
que tan gozosamente morimos, a no ser porque según nuestra
doctrina es más lícito morir que matar? Si tan gran masa
de hombres nos retirásemos, abandonándoos, a algún rincón
remoto del orbe, vuestro imperio se llenaría de vergüenza
ante la pérdida de tantos y tan buenos ciudadanos, y os
veríais castigados hasta con la destitución. No hay duda
de que os espantaríais de vuestra propia soledad...; no
encontraríais a quien mandar, tendríais más enemigos que
ciudadanos; mas ahora, por lo contrario, debéis a la multitud
de los cristianos el tener menos enemigos.(30)
15. Condena de la libertad revolucionaria contra el poder
civil. Estos hermosos ejemplos de inquebrantable sumisión
a los príncipes, consecuencia de los santísimos preceptos
de la religión cristiana, condenan la insolencia y gravedad
de los que, agitados por torpe deseo de desenfrenada libertad,
no se proponen otra cosa sino quebrar y aun aniquilar todos
los derechos de los príncipes, mientras en realidad no tratan
sino de esclavizar al pueblo con el mismo señuelo de la
libertad. No otros eran los criminales delirios e intentos
de los valdenses, beguardos, wiclefitas y otros hijos de
Belial, que fueron plaga y deshonor del género humano, que,
con tanta razón y tantas veces fueron anatematizados por
la Sede Apostólica. Y todos esos malvados concentran todas
sus fuerzas no por otra razón que para poder creerse triunfantes
felicitándose con Lutero por considerarse libres de todo
vínculo; y, para conseguirlo mejor y con mayor rapidez,
se lanzan a las más criminales y audaces empresas.
16. Excelencia de la unión entre la Iglesia y el
Estado. Las mayores desgracias
vendrían sobre la religión y sobre las naciones, si se cumplieran
los deseos de quienes pretenden la separación de la Iglesia
y el Estado, y que se rompiera la concordia entre el sacerdocio
y el poder civil. Consta, en efecto,
que los partidarios de una libertad desenfrenada se estremecen
ante la concordia, que fue siempre tan favorable y tan saludable
así para la religión como para los pueblos.
17. Condena de los “católicos liberales”.
A otras muchas causas de no escasa gravedad que Nos preocupan
y Nos llenan de dolor, deben añadirse ciertas asociaciones
o reuniones, las cuales, confederándose con los sectarios
de cualquier falsa religión o culto, simulando cierta piedad
religiosa pero llenos, a la verdad, del deseo de novedades
y de promover sediciones en todas partes, predican toda
clase de libertades, promueven perturbaciones contra la
Iglesia y el Estado; y tratan de destruir toda autoridad,
por muy santa que sea.
18. El remedio: La predicación de la Palabra de
Dios. Con el ánimo, pues, lleno de tristeza, pero
enteramente confiados en Aquel que manda a los vientos y
calma las tempestades, os escribimos Nos estas cosas, Venerables
Hermanos, para que, armados con el escudo de la fe, peleéis
valerosamente las batallas del Señor. A vosotros os toca
el mostraros como fuertes murallas, contra toda opinión
altanera que se levante contra la ciencia del Señor. Desenvainad
la espada espiritual, la palabra de Dios; reciban de vosotros
el pan, los que han hambre de justicia. Elegidos
para ser cultivadores diligentes en la viña del Señor, trabajad
con empeño, todos juntos, en arrancar las malas raíces del
campo que os ha sido encomendado, para que, sofocado todo
germen de vicio, florezca allí mismo abundante la mies de
las virtudes. Abrazad especialmente con paternal afecto
a los que se dedican a la ciencia sagrada y a la filosofía,
exhortadles y guiadles, no sea que, fiándose imprudentemente
de sus fuerzas, se aparten del camino de la verdad y sigan
la senda de los impíos. Entiendan que Dios es guía de la
sabiduría y reformador de los sabios,(31)
y que es imposible que conozcamos a Dios sino por Dios,
que por medio del Verbo enseña a los hombres a conocer a
Dios.(32)
Sólo los soberbios, o más bien los ignorantes, pretenden
sujetar a criterio humano los misterios de la fe, que exceden
a la capacidad humana, confiando solamente en la razón,
que, por condición propia de la humana naturaleza, es débil
y enfermiza.
19. Deber de los Estados de apoyar y defender a
la Iglesia. Que también los Príncipes, Nuestros
muy amados hijos en Cristo, cooperen con su concurso y actividad
para que se tornen realidad Nuestros deseos en pro de la
Iglesia y del Estado. Piensen
que se les ha dado la autoridad no sólo para el gobierno
temporal, sino sobre todo para defender la Iglesia; y que
todo cuanto por la Iglesia hagan, redundará en beneficio
de su poder y de su tranquilidad; lleguen
a persuadirse que han de estimar más la religión que su
propio imperio, y que su mayor gloria será, digamos con
San León, cuando a su propia corona la mano del Señor venga
a añadirles la corona de la fe. Han sido constituidos
como padres y tutores de los pueblos; y darán a éstos una
paz y una tranquilidad tan verdadera y constante como rica
en beneficios, si ponen especial cuidado en conservar la
religión de aquel Señor, que tiene escrito en la orla de
su vestido: Rey de los reyes y Señor de los que dominan.
20. Oración final. Y para que todo ello
se realice próspera y felizmente, elevemos suplicantes nuestros
ojos y manos hacia la Santísimo Virgen María, única que
destruyó todas las herejías, que es Nuestra mayor confianza,
y hasta toda la razón de Nuestra esperanza.(33)
Que ella misma con su poderosa intercesión pida el éxito
más feliz para Nuestros deseos, consejos y actuación en
este peligro tan grave para el pueblo cristiano. Y con humildad
supliquemos al Príncipe de los apóstoles Pedro y a su compañero
de apostolado Pablo que todos estéis delante de la muralla,
a fin de que no se ponga otro fundamento que el que ya se
puso. Apoyados en tan dulce esperanza, confiamos que el
autor y consumador de la fe, Cristo Jesús, a todos nos ha
de consolar en estas tribulaciones tan grandes que han caído
sobre nosotros; y en prenda del auxilio divino a vosotros,
Venerables Hermanos, y a las ovejas que os están confiadas,
de todo corazón, os damos la Bendición Apostólica.
Dado en Roma, en Santa María la Mayor, en el día de la Asunción
de la bienaventurada Virgen María, 15 de agosto de 1832,
año segundo de Nuestro Pontificado.
(1) San Lucas,
22, 32.
(2) I Corintios, 4, 21.
(3) San Lucas, 22, 53.
(4) Isaías, 24, 5.
(5) San Caelest. pp., ep. 21 ad epp. Galliarum.
(6) Ep. ad Imp., ap. Labb. t. 2 p. 235 ed. Mansi.
(7) S. Innocent. pp., ep. 2: ap. Constat.
(8) San Cipriano, De unit. Eccl.
(9) Sess. 25 in definit.: ap. Labb. t. 18 col. 527 ed. Venet.
(10) Ep. 2 ad Nepot. a. 1, 24.
(11) Ex can. ap. 38; ap. Labb. t. 1 p. 38 ed. Mansi.
(12) Sess. 13 dec. de Euchar. in prooem.
(13) Ep. 52 ed. Baluz.
(14) Ep. ad epp. Lucaniae.
(15) Hebreos, 13, 4 y Efesios, 5, 32.
(16) Efesios, 4, 5.
(17) San Lucas, 11, 23.
(18) Símbolo Atanasiano.
(19) San Jerónimo, ep. 57.
(20) In ps. contra part. Donat.
(21) Ep. 166.
(22) Apocalipsis, 9, 3.
(23) Hechos de los Apóstoles, 19.
(24) Act. Conc. Later. V. sess. 10; y Const. Alexand. VI
Inter multiplices.
(25) Concilio de Trento, sesiones 18 y 25.
(26) Enc. Christianae 25 nov. 1766, sobre libros prohibidos.
(27) Romanos, 13, 2.
(28) In ps. 124 n. 7.
(29) S. Eucher.: ap. Ruinart, Act. ss. mm., de ss. Maurit.
et ss. n. 4.
(30) Apolog. c. 37.
(31) Sabiduría, 7, 15.
(32) San Irineo, 14, 10.
(33) San Bernardo: Serm. de nat. B.M.V. **** 7.
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