Carta del Superior General Nº 73 a los amigos y benefactores
Queridos amigos y benefactores:
En esta carta hubiera querido, sobre todo, entregarles algunas
novedades acerca de la vida interna de la Fraternidad. Pero la actualidad más
general de la Iglesia y en particular los desarrollos en favor de la Tradición,
nos obligan a detenernos más prolongadamente en temas externos, a causa
de su importancia. Una vez más nos parece necesario abordar este tema,
con el fin de explicar lo más claramente posible aquello que pudo causar
un cierto temor al inicio del verano. Tal como los medios lo anunciaron de una
manera bien sorpresiva, recibimos, efectivamente, un ultimátum del Cardenal
Castrillón Hoyos. Sin embargo, la cosa es muy compleja y requiere ser
esclarecida a fin de ser bien entendida. Una mirada sobre el pasado reciente
nos ayudará a tener una idea un poco más clara.
Nuestros pedidos preliminares
Desde las primeras aproximaciones y proposiciones de solución por parte
de Roma, es decir, desde inicios del año 2001, habíamos dicho
claramente que la manera con que las autoridades eclesiásticas trataban
los problemas presentados por aquellos que querían intentar la experiencia
de la Tradición con Roma, no nos inspiraban confianza y que nosotros
deberíamos lógicamente esperar vernos tratados como ellos cuando
las relaciones se arreglaran. Desde ese momento, y para protegernos, pedimos
acciones concretas que indicaran sin equívoco las intenciones romanas
respecto a nosotros: la Misa para todos los sacerdotes y el retiro del decreto
de excomunión. Estas dos medidas no eran reclamadas para lograr directamente
un beneficio propio, sino más bien para volver a dar un espíritu
tradicional dentro del Cuerpo Místico y así, indirectamente, ayudar
a una sana aproximación entre la Fraternidad y Roma.
Las primeras respuestas no eran muy atractivas y confirmaban nuestros temores:
no era posible acordar la libertad de la Misa porque, a pesar de la comprobación
de que esta Misa nunca había sido abrogada, obispos y fieles pensaban
que sería una desautorización de Pablo VI y de la reforma litúrgica...
En cuanto a la excomunión, sería levantada en el momento del acuerdo.
A pesar de recibir esta negativa, nosotros no cortamos el hilo de tan difíciles
relaciones, bien conscientes de que el asunto nos sobrepasa. No se trata de
nuestras personas sino de una actitud que, durante siglos, fue la de todos los
miembros de la Iglesia, y que también es nuestra, en oposición
a ese nuevo espíritu, el llamado “espíritu del Vaticano
II”, que percibimos con evidencia que es el origen y la causa principal
de las desgracias actuales de la Santa Iglesia. Desde entonces, el motivo fundamental
de nuestra acción y de nuestras relaciones con las autoridades romanas,
siempre fue hacer prudentemente todo lo posible para el retorno de la Iglesia
a aquello de lo que ella no puede privarse sin ir al suicidio.
Nuestra situación es bien delicada: por un lado, reconocemos estas autoridades,
romanas y episcopales, como legítimas, y, por otra parte, refutamos algunas
de sus decisiones porque se oponen, en diferentes grados, a aquello que el Magisterio
siempre enseñó y ordenó. No hay ninguna pretensión
de erigirnos en jueces o de hacer aquello que nos viene en gana. Es simplemente
la comprobación, extremadamente dolorosa, de una oposición que
choca nuestra conciencia y nuestra fe católica. Tal situación
es de una gravedad extrema y no puede, de ningún modo, ser tratada a
la ligera. Es por eso que avanzamos muy lentamente y con prudencia. Para nosotros,
aunque estamos evidentemente muy interesados en obtener una situación
concreta habitable en la Iglesia, sin embargo, la percepción del problema
tan profundo que acabamos de señalar, nos impide poner en un mismo plano
las dos cuestiones. Es tan claro para nosotros que la cuestión de la
fe y del espíritu de la fe pasa antes que cualquier otra cosa, que no
podríamos considerar una solución práctica antes que la
primera cuestión encuentre una solución cierta. Nuestra Santa
Madre la Iglesia siempre nos ha enseñado que es necesario estar dispuestos
a perderlo todo, aún la vida, antes que perder la fe.
Lo que es extraño, es que los golpes, infelizmente, vienen del interior
de la Iglesia; y ese es el drama que nos toca vivir.
La respuesta a uno de los puntos en el año
2007: el Motu Proprio
En 2007, el nuevo soberano Pontífice Benedicto XVI finalmente concedió
el primer punto que pedíamos: la Misa para todos los sacerdotes del mundo
entero. Estamos profundamente agradecidos por este gesto personal del Papa.
Y es para nosotros causa de una gran alegría, pues vemos con mucha esperanza
una renovación para todo el Cuerpo Místico. Sin embargo el Motu
Proprio se tornó, por la misma naturaleza de aquello que afirma
y entrega -la Misa tradicional-, el objeto del combate de lo que hablamos más
arriba; pues el culto tradicional se opone al culto que se dice nuevo, el “Novus
Ordo Missæ”. El Motu Proprio se convirtió en
motivo de pelea entre los progresistas, por una parte, que se glorían,
de la boca para afuera, de su plena comunión eclesial, mientras que se
oponen, más o menos abiertamente, a las órdenes y a las disposiciones
del Soberano Pontífice, y los conservadores por otra parte, que, de golpe,
se encuentran en posición de resistencia a sus obispos... ¿A quién,
entonces, tenemos que obedecer? Los progresistas saben muy bien que el problema
es más que litúrgico. A pesar de los esfuerzos del Motu Proprio
de minimizar la oposición afirmando la continuidad, lo que está
en juego es la suerte de un Concilio que se quiso fuera pastoral y que se ha
aplicado de un modo tal que Pablo VI podía hablar de “autodemolición
de la Iglesia.”
La esperanza de que el segundo punto se realice
rápidamente
Este primer paso de Roma en nuestra dirección dejaba prever que el segundo
acto seguiría en breve. Algunas señales parecían indicarlo.
Pero, pese a que desde hace largo tiempo habíamos propuesto el camino
a seguir, parece que Roma quiso escoger otra vía. A pesar de nuestro
pedido reiterado de retirar el decreto de excomunión, y aunque parecía
no haber mayor obstáculo para la realización de este acto, asistimos
a un golpe de efecto: el Cardenal Castrillón quiere imponernos condiciones
antes de ir más adelante, a pesar de haber dicho claramente que esperábamos
un acto unilateral. Califica nuestra actitud hacia al Soberano Pontífice
como ingrata, y, sobre todo, altiva, orgullosa, pues continuamos denunciando
abiertamente los males que afectan a la Iglesia. En especial le disgustó
nuestra última Carta a los Amigos y Benefactores. Eso nos valió
el ultimátum del que todavía no logramos comprender los
términos precisos. Pues, o aceptamos la solución canónica,
¡o se nos declara cismáticos!
Nuestras tomas de posición son interpretadas como retrasos o como prórrogas
queridas; se pone en duda nuestra intención y nuestra buena voluntad
de discutir verdaderamente con Roma. No comprenden por qué no queremos
una solución canónica inmediata. Para Roma, el problema de la
Fraternidad así quedaría resuelto, y las discusiones doctrinales
serían evitadas o retrasadas. Pero cada día nos trae pruebas suplementarias
de la necesidad de clarificar al máximo las cuestiones subyacentes antes
de ir más adelante hacia una situación canónica, que, sin
embargo, no nos disgusta. Pero allí hay un orden natural, e invertir
las cosas nos colocaría en una situación ciertamente invivible;
todos los días tenemos prueba de esto. Está en juego nada menos
que nuestra futura existencia. No podemos y no queremos dejar ninguna ambigüedad
sobre la cuestión de la aceptación del Concilio, de las reformas,
o de las nuevas actitudes toleradas o favorecidas.
Delante de estas nuevas dificultades, nos permitimos hacer de nuevo un llamado
a vuestra generosidad, y en vista del éxito de nuestra primera cruzada
de rosarios para obtener el retorno de la Misa tridentina, queremos presentar
a Nuestra Señora un nuevo ramillete de un millón de rosarios para
obtener de su intercesión la supresión del decreto de excomunión.
A partir del 1° de noviembre hasta la fiesta de Navidad, empeñémonos
en rezar con ardor renovado para que el Santo Padre, en estas horas difíciles
de la historia, cumpla con fidelidad sus augustas funciones, según el
Corazón de Jesús, para el bien de la Iglesia. Estamos íntimamente
persuadidos de que tal medida de parte del Soberano Pontífice producirá
efectos tan profundos sobre el Cuerpo Místico como los producidos por
la libertad de liturgia tradicional.
En efecto, la excomunión no nos separó de la Iglesia, pero sí
separó buen número de sus miembros del pasado de la Iglesia, de
su Tradición, de la que ella no puede privarse sin grave daño.
Esto revela con evidencia que la Santa Iglesia no puede olvidarse de su pasado,
pues recibió todo, y aún hoy lo recibe, de su divino fundador,
Nuestro Señor Jesucristo.
Pues la excomunión hostigó y penalizó la actitud misma
que especificaba el combate de Monseñor Lefebvre respecto al pasado de
la Iglesia, a su Tradición. Y desde entonces, por causa de esta reprobación,
son muchos los que temen ir a las fuentes de agua viva, únicas capaces
de traer buenos días a nuestra Santa Madre la Iglesia. Sin embargo, Monseñor
Levebvre no hacía más que volverse un eco de la actitud de San
Pablo, al punto que pidió que se grabara sobre su tumba “Tradidi
quod et accepi”: He transmitido aquello que recibí. ¿No
había escrito el mismo San Pio X que “los verdaderos amigos
de la Iglesia no son ni revolucionarios, ni innovadores, sino los tradicionistas”
?
He ahí por qué, queridos fieles, volvemos a lanzar una cruzada
del Rosario con ocasión de nuestra peregrinación a Lourdes, para
los ciento cincuenta años de las apariciones de Nuestra Señora.
Agradecemos a la Madre de Dios por su maternal protección durante todos
estos años, en particular por los veinte años de las consagraciones
episcopales. Le confiamos todas nuestras intenciones, personales, familiares
y profesionales. Le confiamos nuestro futuro e imploramos esta fidelidad a la
fe y a la Iglesia sin la cual nadie puede llegar a la salvación. Agradeciendo
de todo corazón por vuestra generosidad sin límites, que nos permite
continuar la magnífica obra fundada por Monseñor Lefebvre, pedimos
a nuestra buena Madre del Cielo que se digne proteger y guardar a todos Ustedes
en su Corazón Inmaculado.
+ Bernard Fellay
Dado en Menzingen, el 23 de octubre de 2008
en la fiesta de San Antonio María Claret