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SERMONES MEMORABLES

 
 


S.E.R. Mons. Alfonso de Galarreta:


  • Sermón: llamado a ser misioneros

    DOMINGO 27 DE SEPTIEMBRE DE 2009
    EN LAS JORNADAS SOBRE LIDERAZGO DE ALTA GRACIA, CÓRDOBA

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    SERMÓN DE S.E.R. MONSEÑOR ALFONSO DE GALARRETA
    PRONUNCIADO EN LA MISA DEL DOMINGO 15 DE MARZO DE 2009
    EN EL SEMINARIO “NUESTRA SEÑORA CORREDENTORA” DE LA REJA

    En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

    Queridos Padres, queridos seminaristas, queridísimos fieles:

    Quisiera aprovechar esta primera ocasión en que puedo dirigirles la palabra para referirme a los dos acontecimientos tan importantes que ocurrieron durante este verano, y quisiera dar una visión más bien general, es decir desde los principios —desde el punto de vista sobrenatural—, para que quede claro cuál es nuestra posición, la posición de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X, y cuál tiene que ser la línea que nos guíe a través de nuestros combates.

    Primer acontecimiento importante

    Y en primer lugar, en orden cronológico, tuvo lugar el decreto sobre las supuestas excomuniones; el decreto de levantamiento de las supuestas excomuniones. Y nuestra posición ha sido muy clara antes, durante y después de este decreto. Siempre hemos afirmado y siempre hemos mantenido que esas censuras eran absolutamente nulas, de hecho y de derecho.

    Aquel acto del año 1988 —las consagraciones episcopales— no solamente fue un bien, sino que fue un bien supremo, en razón del estado de necesidad en que está la Santa Iglesia. Fue un acto para salvaguardar el verdadero sacerdocio católico y, por lo tanto, la verdadera Fe católica. Fue un acto en defensa de la Santa Iglesia, para la supervivencia de la Santa Iglesia y, por lo tanto, es evidente que no puede ser objeto de ningún tipo de condenación.

    Pero, sin embargo, es también evidente que, a los ojos del común de la gente, sí estábamos excomulgados: a los ojos de la opinión pública, a los ojos del resto de la Iglesia a quienes no llegan nuestras explicaciones o nuestros argumentos, estábamos condenados. Y sobre todo estaba condenada la Tradición católica, la verdadera Fe católica. Y por eso nos alegramos del decreto.

    Ya saben que pensar es distinguir. Lo propio de la inteligencia es distinguir. Hay que distinguir entre los aspectos distintos de las cosas. Nos alegramos y agradecimos —porque lo cortés no quita lo valiente, y el respeto y la caridad son una obligación de todo buen cristiano—, nos alegramos y agradecimos ese decreto, precisamente en cuanto nos quita ese estigma, en cuanto quita esa condenación a lo que representamos, que es la verdadera Tradición católica, que es la verdadera Fe católica. Y ese primer aspecto allana el camino para que podamos discutir sobre doctrina, sobre Fe, con esta Roma.

    Y en segundo lugar es evidente que esa medida quita un obstáculo mayor en muchas almas para que puedan acercarse a nosotros y para que puedan acercarse a la Tradición. Y es lo que está pasando. Después del Motu Proprio, y aún más especialmente después del decreto, hay muchísima gente que se está acercando a la Tradición, y muchos sacerdotes que antes tenían miedo y ahora vienen a aprender la misa, por ejemplo, en nuestros prioratos.

    Ahora, que nos alegremos de eso no quiere decir que el decreto en sí mismo nos parezca bueno. Es evidente que ese decreto no responde ni a la realidad, ni a la verdad, ni a la justicia. Entonces, queda pendiente una verdadera rehabilitación, y no tanto de nosotros los cuatro obispos de la Fraternidad, sino especialmente de todos aquellos que conformamos la pequeña familia de la Tradición, y muy especialmente la rehabilitación de Monseñor de Castro Mayer y de Monseñor Lefebvre. Eso queda pendiente.

    Pero, es evidente para quien reflexiona un poco, que esta Roma actual no podrá hacer esa rehabilitación si antes no entiende que obramos movidos por el bien común de la Iglesia y por el estado de necesidad, y para eso tiene que reconocer que hay un problema grave de apostasía de la Fe pero en ellos mismos. Es imposible pretender esa rehabilitación actualmente cuando precisamente lo que queremos es hablar para hacerles ver, con la gracia de Dios, que andan lejos de los caminos de la Fe.

    En tercer lugar, y lo hemos dicho muchas veces y lo repito, desde que nosotros, los sucesores de Monseñor Lefebvre, entramos en contacto con Roma, dejamos claro que excluimos absolutamente un acuerdo puramente práctico. Ni lo buscamos, ni lo aceptamos ni estamos dispuestos a recibirlo. Sabemos que eso sí sería el fin de nuestro combate, porque ¿cómo podemos obedecer y ponernos a las órdenes de aquellos mismos que nos mandan la demolición sistemática de la Fe y de la Iglesia, abrazando el modernismo y el liberalismo?

    Y eso ha sido así antes, durante y después del Motu Proprio y del decreto de las excomuniones. Sin embargo —y esa es también nuestra posición, posición prácticamente unánime de la Fraternidad—, estamos dispuestos a una confrontación doctrinal con Roma. Estamos dispuestos a ir a dar testimonio de la verdadera Fe allí donde debemos y allí donde realmente se puede resolver esta crisis de la Iglesia, que es en Roma.

    Y de hecho, para ilustrar que ésta es nuestra posición real, ahí tienen hace ya años los hechos delante de los ojos —para que vean qué es lo que realmente hacemos—, ya van varias veces que rechazamos acuerdos puramente canónicos y acuerdos puramente prácticos.

    En enero, en los días en que se publicó el decreto —que nosotros recibimos antes, naturalmente— se nos ofrecieron dos veces soluciones canónicas absolutamente superiores a las que han aceptado gente como los sacerdotes de Campos o como los del Instituto del Buen Pastor. Es decir, se nos ofrecían soluciones canónicas, prácticamente sin condiciones, y sin embargo las rechazamos. ¿Por qué? Porque eso nos pone en una ambigüedad respecto a la confesión pública de la Fe. Y, en segundo lugar, porque eso nos lanza en la dinámica de un acuerdo puramente práctico que nos pone, en el orden real, bajo sus órdenes y su influencia.

    Y el documento —la carta reciente del Papa a todos los obispos católicos, carta realmente interesante y que hay que saber leer, distinguiendo, justamente— viene a confirmar que Roma, por fin, acepta lo que fue siempre nuestra propuesta. Y es que, luego de quitar esos dos obstáculos —que eran la prohibición de la Misa y las censuras canónicas—, podamos comenzar las verdaderas discusiones doctrinales, es decir, sobre el Concilio Vaticano II y las enseñanzas posconciliares. Y eso es lo que Papa propone y lo que el Papa anuncia. Y por eso van a asociar a la Comisión Ecclesia Dei la Congregación de la Doctrina de la Fe. Es decir, por fin reconocen que la cuestión es doctrinal y de Fe, y por fin aceptan discutir y aceptan poner en discusión el Concilio Vaticano II. Eso, en todo caso a nuestros ojos, es un gran paso.

    Tampoco, evidentemente, se nos escapa que es una lucha desproporcionada. No ignoramos la desproporción de este combate, que es como el de David y Goliat. Somos muy poca cosa, tenemos muy pocos medios frente a todo lo que representa esta institución y esta maquinaria del Vaticano. Sin embargo —y ciertamente tomaremos las cosas con mucho cuidado y con mucha prudencia—, no crean que vamos a ir de cualquier manera, ni en cualquier condición. Que vayamos a ir no quiere decir que estemos dispuestos a hacerlo de cualquier manera. Lo haremos, en la medida de nuestras posibilidades, con toda la prudencia, vigilancia e incluso desconfianza, sí.

    Pero a la vez les recuerdo que fue David el que ganó la batalla, y no Goliat. Y David ganó la batalla porque su causa era la causa de Dios. Y lo que él buscaba no era su propio bien ni su propia gloria, sino la gloria de Dios; y porque fue en nombre de Dios —in nomine Domini— y porque confió en Dios. No veo por qué tendríamos nosotros que caer en actitudes miedosas, pusilánimes o medio histéricas, porque simplemente tenemos que ir a dar razón de nuestra Fe allí donde tenemos que ir y allí donde sabemos que se va a resolver esta crisis. Es precisamente por lo que estamos luchando desde hace cuarenta años, por tener esta posibilidad.

    ¿Y después? Después ya sabemos de quien es la victoria, ya lo sabemos. “Si Dios está con nosotros ¿quién contra nosotros?” (Rom. 8, 31) ¿O acaso tendremos miedo de defender la verdad, de referir a toda la Tradición, todas las enseñanzas de los santos, de los Papas, de los doctores? Debemos tener fortaleza. “Viriliter agite, et confortetur cor vestrum: Obrad varonilmente –dice Dios– y vuestro corazón será robustecido, será confortado” (Sal. 30, 25).

    Segundo acontecimiento importante

    El otro acontecimiento, que ya saben cuál es y que tuvo como epicentro circunstancial este Seminario de La Reja, requiere también algunas reflexiones y una visión desde lo alto. En cualquier cuerpo moral bien constituido, es evidente que cuando un miembro comete un error o una falta, la obligación de los otros miembros se resume en la caridad. La obligación de sus iguales, de los otros miembros, se resume específicamente en la misericordia. Y aplicado a este caso, tal como lo enseña Santo Tomás, en primer lugar, si se tercia, se trata de la corrección fraterna, que es un acto de misericordia.

    Luego, el perdón, el perdón de las faltas, el perdón de las ofensas, y el perdón de las consecuencias de las ofensas o de las faltas.

    Y en tercer lugar —ice Santo Tomás—, la tercera obra de misericordia —en ese orden—, es la paciencia: “Soportaos mutuamente” (Ef. 4, 2). Lo que no podemos corregir en el prójimo, lo que él no puede cambiar, las consecuencias desgraciadas que se deben sufrir y que recaen sobre todo el cuerpo, tenemos que sobrellevarlas pacientemente. Y eso es un acto de misericordia.

    Pero hay un principio que es superior a éste. Y es que en cualquier cuerpo moral bien constituido, el bien común prima sobre el bien particular. Y a fortiori, sobre el interés particular, que no siempre es el bien particular; y a fortiori sobre las opiniones particulares.

    Ahora bien, quien tiene el cuidado del bien común no es cada uno de los miembros, sino la autoridad constituida. La autoridad viene de Dios, no de la base. La autoridad es dada por Dios. Y entonces en todo cuerpo bien constituido, como es por ejemplo la Santa Iglesia, o como lo ha de ser, por ejemplo, la Fraternidad San Pío X, todos debemos preferir el bien común al bien particular; y, en segundo lugar, la autoridad tiene que defender, no solamente preferir y amar más, sino que tiene la obligación de defender —para eso recibió la autoridad— ese bien común sobre el bien particular.

    Porque está muy bien criticar el liberalismo y criticar el personalismo, pero si después nosotros tenemos actitudes anárquicas o de francotiradores, pues preferimos nuestra opinión o nuestro bien particular al bien común, estamos cayendo en aquello que criticamos.

    La segunda observación o reflexión que quiero hacer es que de todos modos no hay proporción entre el motivo, la causa alegada y el efecto violento que se desató contra todos nosotros: contra Monseñor, contra el Papa, contra la Fraternidad y contra la Iglesia. Lo cual demuestra que, en todo caso, solo fue un motivo o una causa ocasional.

    Se dice que el árbol no tiene que taparnos el bosque. Efectivamente, que el árbol —que aquí lo tuvimos muy cerca— no nos tape el bosque. En España dicen que cuando se señala la luna, el tonto se queda mirando el dedo. “Ahí está la luna”, y el tonto mira el dedo. ¿El dedo está? ¡Sí, pero está señalando otra cosa! Y lo que está señalando, en mi opinión, es precisamente el temor que tienen al avance de la Tradición —de la causa de la Tradición y de la verdadera Fe— en el seno de la Iglesia oficial. Y el miedo pánico y la rabia que les da que podamos discutir el Concilio Vaticano II y las doctrinas posconciliares salidas del Concilio Vaticano II, es decir, el modernismo y el liberalismo.

    Eso es lo que para ellos es intocable. Y esa sí que es una causa proporcionada al ataque violento, mediático, político, etc., de que fuimos objeto.

    Entonces, las cosas claras. No es una mala señal... —claro, hay que sufrirlo— pero no es una mala señal. “Ladran, Sancho, señal de que cabalgamos” —frase que, por cierto, no está en el Quijote, pero es muy a propósito—. Para mí es tal cual. “Ladran, Sancho”, señal de que por primera vez les empezamos a molestar de una manera seria.

    Se trata por lo tanto de aquello que es normal en nuestro combate. De aquello que es normal, es decir, la persecución, que puede tener diferentes maneras, a veces sorda, a veces más explícita y violenta. Es lo que Nuestro Señor nos ha anunciado: “Si a Mí me odiaron, a vosotros os odiarán” (Jn 15, 18); “Si a Mí me persiguieron, os perseguirán a vosotros” (Jn 15, 20). Lo mismo dice San Pablo: “Todo aquel que quiera vivir piadosamente en Cristo sufrirá persecución” (2 Tim 3, 12).

    Mantener la serenidad en unos momentos cruciales

    Entonces, debemos mantenernos serenos. Más bien, es como una confirmación de que no estamos mal encaminados. Es algo que Nuestro Señor nos anunció. Sabemos que a la victoria se llega por la Cruz. Piensen ustedes que harán falta sacrificios, sufrimientos y tal vez martirios para revertir la situación que existe hoy en día en la Iglesia; no entenderlo, es no entender nada del cristianismo.

    Entonces, cuando estas persecuciones vienen, guardemos la serenidad, guardemos la fortaleza, la perseverancia, e incluso la alegría. Las Actas de los Apóstoles nos dicen que éstos —los Apóstoles— se alegraban de poder sufrir algo por Cristo, por la Iglesia (Hech. 5, 41). Que yo sepa, Nuestro Señor, en la octava bienaventuranza —que es, según Santo Tomás, la que encierra implícitamente a todas las demás—, nos dice: “Bienaventurados cuando os persigan y cuando digan todo tipo de mal, calumnias y difamaciones, de vosotros a causa de mi nombre: alegraos y exultad, porque grande es vuestra recompensa en el Reino de los cielos” (Mt 5, 10-12). Nos dice “alegraos”; no “entristeceos”.

    Y me parece que una aplicación buena de todo lo que hemos pasado, para ustedes, queridos seminaristas, es ésta: es bueno que ahora que tienen tiempo y tranquilidad para prepararse, sepan de qué va esto. Esto les indica, es como una primera advertencia de lo que va a venir. Cuantos más progresos hagamos, más nos van a perseguir. Dicho de otra manera, tienen que saber que el sacerdocio católico hoy día es para valientes... es para valientes… y que no valen las medias tintas. Y que, por lo tanto, tienen que aprovechar estos años preciosos que tienen de formación.

    Formación que a mi modo de ver tiene tres pilares. En primer lugar –siguiendo el orden natural de las cosas– la doctrina. La doctrina, la formación en la Fe. Por lo tanto la formación intelectual. Los estudios. En primer lugar el seminario es una casa de estudios, en la que brilla —como explicó el Padre Olmedo el otro día, el 7 de marzo— especialmente la persona y la doctrina de Santo Tomás de Aquino. Y también podemos contar los otros estudios que se hacen en el Seminario. No se estudia solamente teología o filosofía, sino también espiritualidad, historia, latín y, sobre todo, Sagradas Escrituras. El sacerdote tiene que ser versado en las Sagradas Escrituras, la ciencia propia del sacerdote.

    El segundo pilar, es la piedad. La piedad que engloba la liturgia —todos los oficios, todas las ceremonias, especialmente el santo sacrificio de la Misa, pero también, por ejemplo, el canto—, y también la oración personal. En seis años de seminario deberían ser expertos en oración, y tener una oración personal muy firme y muy bien fundada.

    Y si el Seminario es casa de estudio y casa de piedad, es —y no en menor medida, y creo que es tal vez lo que olvidamos más; porque es más difícil— como una escuela de perfección, de santificación. En el Seminario tienen que habituarse a practicar las virtudes, es decir, las obras. Y eso es lo que definitivamente les dará solidez, les dará un sacerdocio posteriormente fecundo y perseverante.

    Pidamos entonces en este día a la Santísima Virgen que nos dé a todos la gracia de responder a lo que Dios espera en estos momentos cruciales de la Iglesia; que nos dé la gracia de estar a la altura de lo que se nos pide a todos. Y pidamos especialmente por los seminaristas que comienzan un año lectivo más, para que se formen en profundidad, buscando a Dios, amando a Dios, imitando a Nuestro Señor Jesucristo.

    La Santísima Virgen fue bienaventurada por ser madre de Dios, fue más bienaventurada por haber creído y fue todavía más bienaventurada por haber practicado la palabra de Dios.

    En el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.



    SERMÓN DE S.E.R. MONSEÑOR BERNARD TISSIER DE MALLERAIS
    PRONUNCIADO EN LA MISA DE ORDENACIONES SACERDOTALES
    EN EL SEMINARIO DE ECÔNE (SUIZA) EL 29 DE JUNIO DE 2006


    En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

    Monseñor Superior General, Monseñores, queridos Padres, queridos fieles, queridos ordenandos:

    He aquí que en 2006 la Iglesia, por nuestro ministerio, ordenará cuatro nuevos sacerdotes y además algunos diáconos.

    Esta celebración en 2006, en el seno de una Iglesia que ya no cree en el sacerdocio, porque ella se prepara a ser una Iglesia sin sacerdotes, y cuando ella se organiza, además, por doquier en todas las diócesis para ser, de ahora en más, una Iglesia sin sacerdotes, nuestra ceremonia está llena de significación de nuestra voluntad de impedir tan gran crimen.

    El sacerdote siempre tiene un lugar esencial en la Iglesia. Uno no puede imaginarse una Iglesia sin sacerdotes. ¿Cuál es el rol del sacerdote? Esto es lo que querría expresarles en dos palabras, diciéndoles que el sacerdote es un salvador a semejanza del único salvador, Nuestro Señor Jesucristo. Salvador de todos, especialmente del fieles, salvator ómnium, y salvador del mundo, salvator mundi. Diría salvador de las almas y además salvador de las sociedades; de ahí el lugar esencial del sacerdote, no solamente en la Iglesia sino en la sociedad. Y en consecuencia, querría desarrollar estos dos puntos: ver bien, queridos futuros sacerdotes, su papel de salvadores de las almas y seguidamente ver su papel de salvador de las sociedades. Jesús, por supuesto, es el único salvador, salvador principal, salvador por su encarnación, salvador por su cruz, salvador como dice su nombre: Jesús que quiere decir Dios salva. Pues basta con pronunciar el nombre de Jesús para profesar nuestra fe en Jesucristo salvador de las almas.

    Salvador. Quien dice "salvador", dice —por lo tanto— catástrofe universal, un naufragio, un rescate. No hay salvador sin naufragio. Y este naufragio universal, es el naufragio del pecado que rescata a todos las almas del infierno, eso es al menos lo que Nuestro Señor enseñó. Es también lo que San Ignacio en sus "Ejercicios Espirituales" nos muestra muy bien en esa bonita contemplación de la Encarnación del Hijo de Dios. Nos hace ver a las tres Personas Divinas sentadas sobre el trono de su majestad y que contemplan desde toda eternidad el desastre del pecado, su obra creadora devastada por el pecado y cómo estas tres personas en la eternidad decretan: operemos la redención del género humano”. Allí esta redención, será la encarnación de la segunda Persona Divina, su pasión y su cruz para expiar los pecados de los hombres. Y es esta obra de redención que el sacerdote continúa por su misa. Entonces, queridos jóvenes futuros sacerdotes, detengámonos a contemplar este misterio de la redención puesto que deben continuarlo, propagarlo, por sus Santas Misas.

    En la Sagrada Escritura está escrito que sin efusión de sangre no hay perdón”. Dios puso esta ley desde el principio de la humanidad. Era necesario ofrecer sacrificios sangrientos para aplacar su ira, es decir, satisfacer su justicia desde el pecado original. Y Nuestro Señor Jesucristo no quiso eximirse de esta ley. En la encarnación, la Santísima Trinidad decretó que el Hijo de Dios derramaría su sangre para expiar nuestros pecados, sacrificio expiatorio como en la antigua ley, pero en lugar de sangre de chivos y corderos, sería la preciosa sangre de un cordero inmaculado, Cristo, el hombre-Dios, con un valor infinito a los ojos de Dios. Entonces ese es el misterio incomprensible que meditamos y que actualizamos con cada Sacrificio de la Misa, queridos futuros sacerdotes.

    Y es este misterio de la redención por la sangre de Jesús, por una expiación, que es negada actualmente por las más altas autoridades de la Iglesia. Aunque se emplea a saciedad en el nuevo catecismo, hay una página célebre que tiene una enumeración profusa de las palabras expiación , satisfacción, compensación. Pero pronuncian estas palabras sin creer porque les dan un sentido totalmente diferente. Un famoso teólogo de Tübingen, en Alemania, escribió en 1968 que la presentación de la teología de la satisfacción era muy rudimentaria en la Iglesia y que era necesario cambiar eso. Sus palabras son: ““Se falsea esta presentación. Se afirma que la justicia de Dios infinitamente ofendida debería ser reconciliada por una satisfacción infinita y por eso se nos presenta a Dios que envía su Hijo a la muerte, con una justicia inexorable, para obtener una satisfacción infinita mediante un sacrificio sangriento. Esta tesis del «derecho lesionado y restablecido» no explica el significado de la satisfacción del misterio de la redención en el Nuevo Testamento. Huimos ——agrega— con horror de tal justicia divina y de su sombría cólera que destituye de toda credibilidad al mensaje del amor. En consecuencia, el Hijo de Dios no habría expiado nuestros pecados sobre la cruz. Habría solamente una nueva interpretación, mostrado de manera heroica el amor de Dios para con los hombres, un amor perfectamente gratuito por la entrega de su vida hecha por el Hijo de Dios hecho hombre. No se debería hablar más de justicia lesionada ni de ofensa del pecado, puesto que Dios no puede ser ofendido. Dios, que es infinitamente feliz y bienaventurado en sí mismo, no puede ser lesionado, y en consecuencia no habría justicia divina que satisfacer sino solamente que Dios muestra al hombre pecador su amor inalterado, y que abraza al hombre justificado y gratificado por el amor gratuito de Dios”.

    Eso es todo. Y Uds. ven, queridos amigos, cómo se vació completamente la sustancia del misterio de la redención. No se habla ya del pecado, ni de la expiación, ni del dolor debido al pecado. Ahora bien, este teólogo recibió más tarde cargos importantes en la Iglesia. No diré más, pero Uds pueden conjeturar quién es. Entonces uno retrocede con horror, no ante la justicia divina que comprendemos bien muy como católicos, sino delante de esta caricatura vergonzosa del misterio de la redención, que tuvo una influencia increíble en la Iglesia, puesto que este libro ——según el editor que lo republicó recientemente en el año 2000— es una obra capital de la teología del siglo XX, a tal punto que la catequesis de varias naciones fueron infectados por esta herejía, como lo leemos en una famosa obra de los obispos de Francia escrita hacia 1969, diciendo que la teología de la satisfacción nos presenta a un Dios Moloch, que exige su ración de sangre humana para satisfacción. Esta es la caricatura de siempre de nuestra fe católica.

    Ahora bien, de esto ya no se quiere hablar más. Se dice que Jesús dio su vida en una prueba de amor gratuito. No se consideran los sufrimientos de la Pasión de Jesús. No se considera más el valor redentor del sufrimiento. Todo eso es una falsificación del misterio de la redención. Así se comprende ahora la nueva misa. La nueva misa no es más que la aplicación de esta herejía en la liturgia, y en consecuencia, la razón profundamente dogmática de nuestro apego a la Misa tradicional, que expresa, que renueva, que actualiza el misterio de la redención, de esta expiación de Jesucristo en el Calvario.

    No hay dudas que Jesucristo no puede sufrir ahora. En la Misa no puede sufrir más, hablando verdaderamente ya no puede más expiar, pero ofrece un sacrificio propiciatorio que aplaca la justicia divina y que nos hace propicio a Dios por la aplicación de las satisfacciones y méritos del Calvario, que de nuevo se presentan a Dios por la víctima ofrecida sobre el altar bajo las apariencias de pan y vino. He aquí el misterio que deben renovar, queridos jóvenes sacerdotes.

    Misterio de justicia, el Sacrificio de la Misa, es hacer, en primer lugar, justicia a Dios. Y acto seguido surgen los méritos de Jesucristo, que van a santificar las almas y suprimir, en primer lugar, lo negativo antes de dar lo positivo. Es necesario que en primer lugar se absuelvan los pecados, antes de pensar en dar la gracia. Es necesario pensar en primer lugar en hacer justicia a Dios que esperar su perdón y su vida divina. Sucede algo parecido a los siete dones del Espíritu Santo. Está el don de sabiduría, que es el más elevado, que consiste en dar gracias por todo lo que nos viene de parte de Dios. Luego está el don de temor, que es el más pequeño, el más humilde, que nos hace que temamos sobre todo ofender al Dios que amamos. Pienso que el don de sabiduría no puede venir antes del don de temor. ¡Es imposible vivir sin estar en acción de gracia por todas las pruebas que Dios nos envía sin ejercer, en primer lugar, el don de temor, es decir, temer sobre todo la peor catástrofe que pueda sobrevenir: cometer un pecado deliberado. Y bien, lo mismo sucede en la Misa.

    Cómo pensar que podemos ofrecer un sacrificio de acción de gracias, de alabanza y adoración, si en primer lugar no ofrecemos un sacrificio de expiación y satisfacción a la divina justicia. Es querer eliminar la virtud de justicia de la teología, e incluso de la filosofía cristiana. Se dice amor, amor, amor”, “eros” y no sé qué otras cosas extrañas, y ya nojusticia”, justicia” para con Dios.

    Así, pues, ustedes serán los ministros de este rescate espiritual de las almas por sus Misas. ¡Qué consolación para el sacerdote: saber que en cada consagración puede aplicar a voluntad las infinitas satisfacciones de Jesucristo para purificar almas de acuerdo a todas las intenciones que se le confían para su Misa! ¡Qué poder en las manos del sacerdote! Intentemos siempre hacer justicia a Dios y seguidamente santificar las almas. Entonces creamos de todo corazón, queridos futuros sacerdotes, que nuestro Sacrificio de la Misa es propitiatorium, como lo declara y lo define el Concilio de Trento; que es un sacrificio realmente propiciatorio. Es un dogma de fe. Es un sacrificio propiciatorio. Si la cruz no es más un sacrificio expiatorio, es imposible que la Misa sea un sacrificio propiciatorio. Todo está ligado. Es esencialmente celebrando su Misa que ustedes serán de nuevo salvadores, que continuarán este rescate espiritual de una Iglesia que ya no cree en su sacerdocio. ¡Qué importancia, pues, que nosotros ——al menos creemos siendo reducidos en número— que afirmamos el sacerdocio y su naturaleza! Rescate espiritual, pero también rescate temporal de la sociedad, de la cristiandad, salvator hominum y también salvator mundi.

    Los samaritanos, después de la visita de Jesús, decían a la samaritana: ahora creemos que éste es realmente el salvador del mundo, salvator mundi. Salvador, pues, también de las sociedades temporales, de las naciones, de los Estados. Regnavit a ligno Deus, Dios reinó por su cruz; pero ahora no reina sino en el fondo de las sacristías o nuestras capillas, y debe reinar en público, en las instituciones públicas de la sociedad civil y por la cruz, por su sangre. Veamos bien la redención con todas sus consecuencias temporales.

    Y veamos la importancia de vuestro sacerdocio, queridos candidatos al sacerdocio. Van a ser ordenados sacerdotes en un tiempo de apostasía, lo que es, por tanto, ejercer el sacerdocio de una manera más difícil que de ejercerlo, como San Pedro y San Pablo, a quienes celebramos hoy, quienes tuvieron la misión de convertir el mundo pagano. Ustedes tienen la misión de convertir un mundo apóstata. Es mucho más difícil. ¿Cómo van a hacer? Y bien, retomen el programa que Monseñor Lefebvre nos fijó, que no es su programa, porque nunca tuvo ninguna idea personal, sino que es el programa de la Iglesia Católica de siempre, opuesto al programa liberal del liberalismo y la masonería que se explicaba al joven Marcel Lefebvre cuando era seminarista en Roma. Se le explicaba, en primer lugar, el programa de los adversarios, para después exponerle el programa del Cristo el Rey.

    He allí una cosa muy interesante que quisiera desarrollar: el programa liberal, la masonería.

    Primer punto, será excluir el gobierno de Cristo Rey por medio de la laicización de las sociedades.

    Eso es lo que aconteció en todos los países al final del siglo XIX y principios del XX: la laicización de todas las sociedades civiles. Pero ahora continúa desde el Concilio Vaticano II, en nombre de la libertad religiosa. Decir eso en 1925, cuando Monseñor Lefebvre era seminarista, era profetizar lo que debía llegar cuarenta años después, recién en 1965. Se ha producido muy rápidamente, la ejecución del plan liberal y masónico; en cuatro décadas quedó concretada mediante la libertad religiosa, por lo tanto, la laicización de la sociedad civil.

    Segundo punto: suprimir la Misa... ése era el programa de los masones.

    Suprimir la Misa, privando a los católicos de sus iglesias. Y con el Vaticano II fue mucho más simple: con la nueva misa, que nos ha privado de la Misa, si no hubiese habido un Mons. Lefebvre para guardárnosla, para salvarla para la Iglesia.

    Tercer punto del programa masónico: suprimir la vida espiritual divina de las almas, a fin de que las almas no vivan más en estado de gracia.

    Puesto que las almas ya no tendrán la fuente de gracias en la Misa, ya no vivirán en estado de gracia. Es la situación en que ninguna persona va a confesarse. ¿Cómo vivir en estado de gracia?

    Podría resumir estos tres puntos en estas tres expresiones: el programa liberal fue establecer sociedades laicas, crear una Iglesia laica y finalmente hacer almas laicas. Y eso es lo que en Roma se acepta y lo que le quisieron imponer a Monseñor Lefebvre en 1987. Cuando Monseñor Lefebvre se fue a Roma para entrevistarse con el Cardenal Ratzinger, discutieron al respecto y no se pusieron de acuerdo porque en Roma se sigue el programa masónico: se quieren sociedades laicas, se quiere una Iglesia laica, se quieren almas laicas. Es lógico. Entonces ustedes, queridos jóvenes sacerdotes, ¿qué es lo que van a hacer? Van a tomar los tres puntos del programa católico que está en las antípodas del programa liberal.

    Primer punto: volver a dar la Misa a las almas. Puesto que el Monseñor Lefebvre nos la salvó, volvamos a darla a las almas; la Misa, este sacrificio que obtiene el perdón de nuestras faltas, sacrificio satisfactorio, sacrificio propiciatorio.

    Segundo punto de nuestro programa: Con la misa, reconstituir una élite de católicos fieles que vivan en estado de gracia. Estos católicos, esta élite, queridos fieles, son ustedes. Les tiro flores, pero es una realidad de la cual ustedes deben ser más y más conscientes; ser una élite y, por lo tanto, con todas sus responsabilidades, con todos sus deberes como élite cristiana en la Iglesia Católica, frente a sus familias, frente a sus instituciones cristianas, frente también a la política de sus países. Reconstituyan una élite católica que viva en estado de gracia.

    Y entonces, tercer punto: Por esta élite, el cristiano vivo en estado de gracia puede volver a coronar a Nuestro Señor Jesucristo, volverle a darle su corona, volverle a dar su lugar en la sociedad civil. Tal es su programa, queridos jóvenes sacerdotes. Eso se desprende de vuestro sacerdocio.

    He aquí un programa absolutamente entusiasmador, un programa capaz de movilizar todas sus fuerzas, un programa que los hace entrar en el trabajo de aquellos que trabajan con éxito desde hace cuarenta años, con un gran éxito a pesar de las dificultades. Hemos reconstituido todo un tejido católico, un embrión de cristiandad, no nosotros, pero la gracia de Dios por nosotros, gracias a nuestra humilde fidelidad al programa católico.

    Para terminar, pidamos a la Santísima Virgen María, madre del sacerdote, nuestra reina, nuestra abogada, por su intercesión muy potente ante Dios, que quiera bendecir estos jóvenes sacerdotes, a estos jóvenes diáconos también, que de ahora en más van a tener que predicar el Evangelio, la verdad sobre el misterio de la redención. Supliquemos a la Virgen que llene a nuestros jóvenes sacerdotes y a nuestros jóvenes diáconos de un celo realmente sobrenatural, preocupados por la sana doctrina católica y llenos de fe en la importancia irreemplazable de su sacerdocio.

    Así sea.


    Para ver una reseña fotográfica de esta ordenación, se puede hacer click en este enlace
    y ver la galería preparada por el sitio Dici.org.