S.E.R.
Mons. Alfonso de Galarreta:
- - - - - - - - -
SERMÓN
DE S.E.R. MONSEÑOR ALFONSO DE GALARRETA
PRONUNCIADO EN LA MISA DEL DOMINGO 15 DE MARZO DE 2009
EN EL SEMINARIO “NUESTRA SEÑORA CORREDENTORA”
DE LA REJA
En el nombre del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Queridos Padres, queridos seminaristas, queridísimos
fieles:
Quisiera aprovechar
esta primera ocasión en que puedo dirigirles la
palabra para referirme a los dos acontecimientos tan importantes
que ocurrieron durante este verano, y quisiera dar una
visión más bien general, es decir desde
los principios —desde el punto de vista sobrenatural—,
para que quede claro cuál es nuestra posición,
la posición de la Fraternidad Sacerdotal San Pío
X, y cuál tiene que ser la línea que nos
guíe a través de nuestros combates.
Primer
acontecimiento importante
Y en primer lugar,
en orden cronológico, tuvo lugar el decreto sobre
las supuestas excomuniones; el decreto de levantamiento
de las supuestas excomuniones. Y nuestra posición
ha sido muy clara antes, durante y después de este
decreto. Siempre hemos afirmado y siempre hemos mantenido
que esas censuras eran absolutamente nulas, de hecho y
de derecho.
Aquel acto del
año 1988 —las consagraciones episcopales—
no solamente fue un bien, sino que fue un bien supremo,
en razón del estado de necesidad en que está
la Santa Iglesia. Fue un acto para salvaguardar el verdadero
sacerdocio católico y, por lo tanto, la verdadera
Fe católica. Fue un acto en defensa de la Santa
Iglesia, para la supervivencia de la Santa Iglesia y,
por lo tanto, es evidente que no puede ser objeto de ningún
tipo de condenación.
Pero, sin embargo,
es también evidente que, a los ojos del común
de la gente, sí estábamos excomulgados:
a los ojos de la opinión pública, a los
ojos del resto de la Iglesia a quienes no llegan nuestras
explicaciones o nuestros argumentos, estábamos
condenados. Y sobre todo estaba condenada la Tradición
católica, la verdadera Fe católica. Y por
eso nos alegramos del decreto.
Ya saben que pensar
es distinguir. Lo propio de la inteligencia es distinguir.
Hay que distinguir entre los aspectos distintos de las
cosas. Nos alegramos y agradecimos —porque lo cortés
no quita lo valiente, y el respeto y la caridad son una
obligación de todo buen cristiano—, nos alegramos
y agradecimos ese decreto, precisamente en cuanto nos
quita ese estigma, en cuanto quita esa condenación
a lo que representamos, que es la verdadera Tradición
católica, que es la verdadera Fe católica.
Y ese primer aspecto allana el camino para que podamos
discutir sobre doctrina, sobre Fe, con esta Roma.
Y en segundo lugar
es evidente que esa medida quita un obstáculo mayor
en muchas almas para que puedan acercarse a nosotros y
para que puedan acercarse a la Tradición. Y es
lo que está pasando. Después del Motu
Proprio, y aún más especialmente después
del decreto, hay muchísima gente que se está
acercando a la Tradición, y muchos sacerdotes que
antes tenían miedo y ahora vienen a aprender la
misa, por ejemplo, en nuestros prioratos.
Ahora, que nos
alegremos de eso no quiere decir que el decreto en sí
mismo nos parezca bueno. Es evidente que ese decreto no
responde ni a la realidad, ni a la verdad, ni a la justicia.
Entonces, queda pendiente una verdadera rehabilitación,
y no tanto de nosotros los cuatro obispos de la Fraternidad,
sino especialmente de todos aquellos que conformamos la
pequeña familia de la Tradición, y muy especialmente
la rehabilitación de Monseñor de Castro
Mayer y de Monseñor Lefebvre. Eso queda pendiente.
Pero, es evidente
para quien reflexiona un poco, que esta Roma actual no
podrá hacer esa rehabilitación si antes
no entiende que obramos movidos por el bien común
de la Iglesia y por el estado de necesidad, y para eso
tiene que reconocer que hay un problema grave de apostasía
de la Fe pero en ellos mismos. Es imposible pretender
esa rehabilitación actualmente cuando precisamente
lo que queremos es hablar para hacerles ver, con la gracia
de Dios, que andan lejos de los caminos de la Fe.
En tercer lugar,
y lo hemos dicho muchas veces y lo repito, desde que nosotros,
los sucesores de Monseñor Lefebvre, entramos en
contacto con Roma, dejamos claro que excluimos absolutamente
un acuerdo puramente práctico. Ni lo buscamos,
ni lo aceptamos ni estamos dispuestos a recibirlo. Sabemos
que eso sí sería el fin de nuestro combate,
porque ¿cómo podemos obedecer y ponernos
a las órdenes de aquellos mismos que nos mandan
la demolición sistemática de la Fe y de
la Iglesia, abrazando el modernismo y el liberalismo?
Y eso ha sido así
antes, durante y después del Motu Proprio
y del decreto de las excomuniones. Sin embargo —y
esa es también nuestra posición, posición
prácticamente unánime de la Fraternidad—,
estamos dispuestos a una confrontación doctrinal
con Roma. Estamos dispuestos a ir a dar testimonio de
la verdadera Fe allí donde debemos y allí
donde realmente se puede resolver esta crisis de la Iglesia,
que es en Roma.
Y de hecho, para
ilustrar que ésta es nuestra posición real,
ahí tienen hace ya años los hechos delante
de los ojos —para que vean qué es lo que
realmente hacemos—, ya van varias veces que rechazamos
acuerdos puramente canónicos y acuerdos puramente
prácticos.
En enero, en los
días en que se publicó el decreto —que
nosotros recibimos antes, naturalmente— se nos ofrecieron
dos veces soluciones canónicas absolutamente superiores
a las que han aceptado gente como los sacerdotes de Campos
o como los del Instituto del Buen Pastor. Es decir, se
nos ofrecían soluciones canónicas, prácticamente
sin condiciones, y sin embargo las rechazamos. ¿Por
qué? Porque eso nos pone en una ambigüedad
respecto a la confesión pública de la Fe.
Y, en segundo lugar, porque eso nos lanza en la dinámica
de un acuerdo puramente práctico que nos pone,
en el orden real, bajo sus órdenes y su influencia.
Y el documento
—la carta reciente del Papa a todos los obispos
católicos, carta realmente interesante y que hay
que saber leer, distinguiendo, justamente— viene
a confirmar que Roma, por fin, acepta lo que fue siempre
nuestra propuesta. Y es que, luego de quitar esos dos
obstáculos —que eran la prohibición
de la Misa y las censuras canónicas—, podamos
comenzar las verdaderas discusiones doctrinales, es decir,
sobre el Concilio Vaticano II y las enseñanzas
posconciliares. Y eso es lo que Papa propone y lo que
el Papa anuncia. Y por eso van a asociar a la Comisión
Ecclesia Dei la Congregación de la Doctrina
de la Fe. Es decir, por fin reconocen que la cuestión
es doctrinal y de Fe, y por fin aceptan discutir y aceptan
poner en discusión el Concilio Vaticano II. Eso,
en todo caso a nuestros ojos, es un gran paso.
Tampoco, evidentemente,
se nos escapa que es una lucha desproporcionada. No ignoramos
la desproporción de este combate, que es como el
de David y Goliat. Somos muy poca cosa, tenemos muy pocos
medios frente a todo lo que representa esta institución
y esta maquinaria del Vaticano. Sin embargo —y ciertamente
tomaremos las cosas con mucho cuidado y con mucha prudencia—,
no crean que vamos a ir de cualquier manera, ni en cualquier
condición. Que vayamos a ir no quiere decir que
estemos dispuestos a hacerlo de cualquier manera. Lo haremos,
en la medida de nuestras posibilidades, con toda la prudencia,
vigilancia e incluso desconfianza, sí.
Pero a la vez les
recuerdo que fue David el que ganó la batalla,
y no Goliat. Y David ganó la batalla porque su
causa era la causa de Dios. Y lo que él buscaba
no era su propio bien ni su propia gloria, sino la gloria
de Dios; y porque fue en nombre de Dios —in
nomine Domini— y porque confió en Dios.
No veo por qué tendríamos nosotros que caer
en actitudes miedosas, pusilánimes o medio histéricas,
porque simplemente tenemos que ir a dar razón de
nuestra Fe allí donde tenemos que ir y allí
donde sabemos que se va a resolver esta crisis. Es precisamente
por lo que estamos luchando desde hace cuarenta años,
por tener esta posibilidad.
¿Y después?
Después ya sabemos de quien es la victoria, ya
lo sabemos. “Si Dios está con nosotros
¿quién contra nosotros?” (Rom.
8, 31) ¿O acaso tendremos miedo de defender la
verdad, de referir a toda la Tradición, todas las
enseñanzas de los santos, de los Papas, de los
doctores? Debemos tener fortaleza. “Viriliter
agite, et confortetur cor vestrum: Obrad varonilmente
–dice Dios– y vuestro corazón será
robustecido, será confortado” (Sal.
30, 25).
Segundo
acontecimiento importante
El otro acontecimiento,
que ya saben cuál es y que tuvo como epicentro
circunstancial este Seminario de La Reja, requiere también
algunas reflexiones y una visión desde lo alto.
En cualquier cuerpo moral bien constituido, es evidente
que cuando un miembro comete un error o una falta, la
obligación de los otros miembros se resume en la
caridad. La obligación de sus iguales, de los otros
miembros, se resume específicamente en la misericordia.
Y aplicado a este caso, tal como lo enseña Santo
Tomás, en primer lugar, si se tercia, se trata
de la corrección fraterna, que es un acto de misericordia.
Luego, el perdón,
el perdón de las faltas, el perdón de las
ofensas, y el perdón de las consecuencias de las
ofensas o de las faltas.
Y en tercer lugar
—ice Santo Tomás—, la tercera obra
de misericordia —en ese orden—, es la paciencia:
“Soportaos mutuamente” (Ef. 4, 2).
Lo que no podemos corregir en el prójimo, lo que
él no puede cambiar, las consecuencias desgraciadas
que se deben sufrir y que recaen sobre todo el cuerpo,
tenemos que sobrellevarlas pacientemente. Y eso es un
acto de misericordia.
Pero hay un principio
que es superior a éste. Y es que en cualquier cuerpo
moral bien constituido, el bien común prima sobre
el bien particular. Y a fortiori, sobre el interés
particular, que no siempre es el bien particular; y a
fortiori sobre las opiniones particulares.
Ahora bien, quien
tiene el cuidado del bien común no es cada uno
de los miembros, sino la autoridad constituida. La autoridad
viene de Dios, no de la base. La autoridad es dada por
Dios. Y entonces en todo cuerpo bien constituido, como
es por ejemplo la Santa Iglesia, o como lo ha de ser,
por ejemplo, la Fraternidad San Pío X, todos debemos
preferir el bien común al bien particular; y, en
segundo lugar, la autoridad tiene que defender, no solamente
preferir y amar más, sino que tiene la obligación
de defender —para eso recibió la autoridad—
ese bien común sobre el bien particular.
Porque está
muy bien criticar el liberalismo y criticar el personalismo,
pero si después nosotros tenemos actitudes anárquicas
o de francotiradores, pues preferimos nuestra opinión
o nuestro bien particular al bien común, estamos
cayendo en aquello que criticamos.
La segunda observación
o reflexión que quiero hacer es que de todos modos
no hay proporción entre el motivo, la causa alegada
y el efecto violento que se desató contra todos
nosotros: contra Monseñor, contra el Papa, contra
la Fraternidad y contra la Iglesia. Lo cual demuestra
que, en todo caso, solo fue un motivo o una causa ocasional.
Se dice que el
árbol no tiene que taparnos el bosque. Efectivamente,
que el árbol —que aquí lo tuvimos
muy cerca— no nos tape el bosque. En España
dicen que cuando se señala la luna, el tonto se
queda mirando el dedo. “Ahí está
la luna”, y el tonto mira el dedo. ¿El
dedo está? ¡Sí, pero está señalando
otra cosa! Y lo que está señalando, en mi
opinión, es precisamente el temor que tienen al
avance de la Tradición —de la causa de la
Tradición y de la verdadera Fe— en el seno
de la Iglesia oficial. Y el miedo pánico y la rabia
que les da que podamos discutir el Concilio Vaticano II
y las doctrinas posconciliares salidas del Concilio Vaticano
II, es decir, el modernismo y el liberalismo.
Eso es lo que para
ellos es intocable. Y esa sí que es una causa proporcionada
al ataque violento, mediático, político,
etc., de que fuimos objeto.
Entonces, las cosas
claras. No es una mala señal... —claro, hay
que sufrirlo— pero no es una mala señal.
“Ladran, Sancho, señal de que cabalgamos”
—frase que, por cierto, no está en el
Quijote, pero es muy a propósito—. Para mí
es tal cual. “Ladran, Sancho”, señal
de que por primera vez les empezamos a molestar de una
manera seria.
Se trata por lo
tanto de aquello que es normal en nuestro combate. De
aquello que es normal, es decir, la persecución,
que puede tener diferentes maneras, a veces sorda, a veces
más explícita y violenta. Es lo que Nuestro
Señor nos ha anunciado: “Si a Mí
me odiaron, a vosotros os odiarán” (Jn
15, 18); “Si a Mí me persiguieron, os
perseguirán a vosotros” (Jn 15, 20).
Lo mismo dice San Pablo: “Todo aquel que quiera
vivir piadosamente en Cristo sufrirá persecución”
(2 Tim 3, 12).
Mantener
la serenidad en unos momentos cruciales
Entonces, debemos
mantenernos serenos. Más bien, es como una confirmación
de que no estamos mal encaminados. Es algo que Nuestro
Señor nos anunció. Sabemos que a la victoria
se llega por la Cruz. Piensen ustedes que harán
falta sacrificios, sufrimientos y tal vez martirios para
revertir la situación que existe hoy en día
en la Iglesia; no entenderlo, es no entender nada del
cristianismo.
Entonces, cuando
estas persecuciones vienen, guardemos la serenidad, guardemos
la fortaleza, la perseverancia, e incluso la alegría.
Las Actas de los Apóstoles nos dicen que éstos
—los Apóstoles— se alegraban de poder
sufrir algo por Cristo, por la Iglesia (Hech. 5, 41).
Que yo sepa, Nuestro Señor, en la octava bienaventuranza
—que es, según Santo Tomás, la que
encierra implícitamente a todas las demás—,
nos dice: “Bienaventurados cuando os persigan
y cuando digan todo tipo de mal, calumnias y difamaciones,
de vosotros a causa de mi nombre: alegraos y exultad,
porque grande es vuestra recompensa en el Reino de los
cielos” (Mt 5, 10-12). Nos dice “alegraos”;
no “entristeceos”.
Y me parece que
una aplicación buena de todo lo que hemos pasado,
para ustedes, queridos seminaristas, es ésta: es
bueno que ahora que tienen tiempo y tranquilidad para
prepararse, sepan de qué va esto. Esto les indica,
es como una primera advertencia de lo que va a venir.
Cuantos más progresos hagamos, más nos van
a perseguir. Dicho de otra manera, tienen que saber que
el sacerdocio católico hoy día es para valientes...
es para valientes… y que no valen las medias tintas.
Y que, por lo tanto, tienen que aprovechar estos años
preciosos que tienen de formación.
Formación
que a mi modo de ver tiene tres pilares. En primer lugar
–siguiendo el orden natural de las cosas–
la doctrina. La doctrina, la formación en la Fe.
Por lo tanto la formación intelectual. Los estudios.
En primer lugar el seminario es una casa de estudios,
en la que brilla —como explicó el Padre Olmedo
el otro día, el 7 de marzo— especialmente
la persona y la doctrina de Santo Tomás de Aquino.
Y también podemos contar los otros estudios que
se hacen en el Seminario. No se estudia solamente teología
o filosofía, sino también espiritualidad,
historia, latín y, sobre todo, Sagradas Escrituras.
El sacerdote tiene que ser versado en las Sagradas Escrituras,
la ciencia propia del sacerdote.
El segundo pilar,
es la piedad. La piedad que engloba la liturgia —todos
los oficios, todas las ceremonias, especialmente el santo
sacrificio de la Misa, pero también, por ejemplo,
el canto—, y también la oración personal.
En seis años de seminario deberían ser expertos
en oración, y tener una oración personal
muy firme y muy bien fundada.
Y si el Seminario
es casa de estudio y casa de piedad, es —y no en
menor medida, y creo que es tal vez lo que olvidamos más;
porque es más difícil— como una escuela
de perfección, de santificación. En el Seminario
tienen que habituarse a practicar las virtudes, es decir,
las obras. Y eso es lo que definitivamente les dará
solidez, les dará un sacerdocio posteriormente
fecundo y perseverante.
Pidamos entonces en
este día a la Santísima Virgen que nos dé
a todos la gracia de responder a lo que Dios espera en
estos momentos cruciales de la Iglesia; que nos dé
la gracia de estar a la altura de lo que se nos pide a
todos. Y pidamos especialmente por los seminaristas que
comienzan un año lectivo más, para que se
formen en profundidad, buscando a Dios, amando a Dios,
imitando a Nuestro Señor Jesucristo.
La Santísima
Virgen fue bienaventurada por ser madre de Dios, fue más
bienaventurada por haber creído y fue todavía
más bienaventurada por haber practicado la palabra
de Dios.
En el nombre del Padre,
y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
SERMÓN
DE S.E.R. MONSEÑOR BERNARD TISSIER DE MALLERAIS
PRONUNCIADO EN LA MISA DE ORDENACIONES SACERDOTALES
EN EL SEMINARIO DE ECÔNE (SUIZA) EL 29 DE JUNIO
DE 2006
En el nombre del
Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.
Monseñor Superior General, Monseñores, queridos
Padres, queridos fieles, queridos ordenandos:
He aquí
que en 2006 la Iglesia, por nuestro ministerio, ordenará
cuatro nuevos sacerdotes y además algunos diáconos.
Esta celebración
en 2006, en el seno de una Iglesia que ya no cree en el
sacerdocio, porque ella se prepara a ser una Iglesia sin
sacerdotes, y cuando ella se organiza, además,
por doquier en todas las diócesis para ser, de
ahora en más, una Iglesia sin sacerdotes, nuestra
ceremonia está llena de significación de
nuestra voluntad de impedir tan gran crimen.
El sacerdote siempre
tiene un lugar esencial en la Iglesia. Uno no puede imaginarse
una Iglesia sin sacerdotes. ¿Cuál es el
rol del sacerdote? Esto es lo que querría expresarles
en dos palabras, diciéndoles que el sacerdote es
un salvador a semejanza del único salvador, Nuestro
Señor Jesucristo. Salvador de todos, especialmente
del fieles, salvator ómnium, y salvador
del mundo, salvator mundi. Diría salvador
de las almas y además salvador de las sociedades;
de ahí el lugar esencial del sacerdote, no solamente
en la Iglesia sino en la sociedad. Y en consecuencia,
querría desarrollar estos dos puntos: ver bien,
queridos futuros sacerdotes, su papel de salvadores de
las almas y seguidamente ver su papel de salvador de las
sociedades. Jesús, por supuesto, es el único
salvador, salvador principal, salvador por su encarnación,
salvador por su cruz, salvador como dice su nombre: Jesús
que quiere decir Dios salva. Pues basta con pronunciar
el nombre de Jesús para profesar nuestra fe en
Jesucristo salvador de las almas.
Salvador. Quien
dice "salvador", dice —por lo tanto—
catástrofe universal, un naufragio, un rescate.
No hay salvador sin naufragio. Y este naufragio universal,
es el naufragio del pecado que rescata a todos las almas
del infierno, eso es al menos lo que Nuestro Señor
enseñó. Es también lo que San Ignacio
en sus "Ejercicios Espirituales" nos muestra
muy bien en esa bonita contemplación de la Encarnación
del Hijo de Dios. Nos hace ver a las tres Personas Divinas
sentadas sobre el trono de su majestad y que contemplan
desde toda eternidad el desastre del pecado, su obra creadora
devastada por el pecado y cómo estas tres personas
en la eternidad decretan: operemos la redención
del género humano”. Allí esta
redención, será la encarnación de
la segunda Persona Divina, su pasión y su cruz
para expiar los pecados de los hombres. Y es esta obra
de redención que el sacerdote continúa por
su misa. Entonces, queridos jóvenes futuros sacerdotes,
detengámonos a contemplar este misterio de la redención
puesto que deben continuarlo, propagarlo, por sus Santas
Misas.
En la Sagrada Escritura
está escrito que sin efusión de sangre
no hay perdón”. Dios puso esta ley desde
el principio de la humanidad. Era necesario ofrecer sacrificios
sangrientos para aplacar su ira, es decir, satisfacer
su justicia desde el pecado original. Y Nuestro Señor
Jesucristo no quiso eximirse de esta ley. En la encarnación,
la Santísima Trinidad decretó que el Hijo
de Dios derramaría su sangre para expiar nuestros
pecados, sacrificio expiatorio como en la antigua ley,
pero en lugar de sangre de chivos y corderos, sería
la preciosa sangre de un cordero inmaculado, Cristo, el
hombre-Dios, con un valor infinito a los ojos de Dios.
Entonces ese es el misterio incomprensible que meditamos
y que actualizamos con cada Sacrificio de la Misa, queridos
futuros sacerdotes.
Y es este misterio
de la redención por la sangre de Jesús,
por una expiación, que es negada actualmente por
las más altas autoridades de la Iglesia. Aunque
se emplea a saciedad en el nuevo catecismo, hay una página
célebre que tiene una enumeración profusa
de las palabras expiación , satisfacción,
compensación. Pero pronuncian estas palabras sin
creer porque les dan un sentido totalmente diferente.
Un famoso teólogo de Tübingen, en Alemania,
escribió en 1968 que la presentación de
la teología de la satisfacción era muy rudimentaria
en la Iglesia y que era necesario cambiar eso. Sus palabras
son: ““Se falsea esta presentación.
Se afirma que la justicia de Dios infinitamente ofendida
debería ser reconciliada por una satisfacción
infinita y por eso se nos presenta a Dios que envía
su Hijo a la muerte, con una justicia inexorable, para
obtener una satisfacción infinita mediante un sacrificio
sangriento. Esta tesis del «derecho lesionado y
restablecido» no explica el significado de la satisfacción
del misterio de la redención en el Nuevo Testamento.
Huimos ——agrega— con horror
de tal justicia divina y de su sombría cólera
que destituye de toda credibilidad al mensaje del amor.
En consecuencia, el Hijo de Dios no habría expiado
nuestros pecados sobre la cruz. Habría solamente
una nueva interpretación, mostrado de manera heroica
el amor de Dios para con los hombres, un amor perfectamente
gratuito por la entrega de su vida hecha por el Hijo de
Dios hecho hombre. No se debería hablar más
de justicia lesionada ni de ofensa del pecado, puesto
que Dios no puede ser ofendido. Dios, que es infinitamente
feliz y bienaventurado en sí mismo, no puede ser
lesionado, y en consecuencia no habría justicia
divina que satisfacer sino solamente que Dios muestra
al hombre pecador su amor inalterado, y que abraza al
hombre justificado y gratificado por el amor gratuito
de Dios”.
Eso es todo. Y
Uds. ven, queridos amigos, cómo se vació
completamente la sustancia del misterio de la redención.
No se habla ya del pecado, ni de la expiación,
ni del dolor debido al pecado. Ahora bien, este teólogo
recibió más tarde cargos importantes en
la Iglesia. No diré más, pero Uds pueden
conjeturar quién es. Entonces uno retrocede con
horror, no ante la justicia divina que comprendemos bien
muy como católicos, sino delante de esta caricatura
vergonzosa del misterio de la redención, que tuvo
una influencia increíble en la Iglesia, puesto
que este libro ——según el editor que
lo republicó recientemente en el año 2000—
es una obra capital de la teología del siglo XX,
a tal punto que la catequesis de varias naciones fueron
infectados por esta herejía, como lo leemos en
una famosa obra de los obispos de Francia escrita hacia
1969, diciendo que la teología de la satisfacción
nos presenta a un Dios Moloch, que exige su ración
de sangre humana para satisfacción. Esta es la
caricatura de siempre de nuestra fe católica.
Ahora bien, de
esto ya no se quiere hablar más. Se dice que Jesús
dio su vida en una prueba de amor gratuito. No se consideran
los sufrimientos de la Pasión de Jesús.
No se considera más el valor redentor del sufrimiento.
Todo eso es una falsificación del misterio de la
redención. Así se comprende ahora la nueva
misa. La nueva misa no es más que la aplicación
de esta herejía en la liturgia, y en consecuencia,
la razón profundamente dogmática de nuestro
apego a la Misa tradicional, que expresa, que renueva,
que actualiza el misterio de la redención, de esta
expiación de Jesucristo en el Calvario.
No hay dudas que
Jesucristo no puede sufrir ahora. En la Misa no puede
sufrir más, hablando verdaderamente ya no puede
más expiar, pero ofrece un sacrificio propiciatorio
que aplaca la justicia divina y que nos hace propicio
a Dios por la aplicación de las satisfacciones
y méritos del Calvario, que de nuevo se presentan
a Dios por la víctima ofrecida sobre el altar bajo
las apariencias de pan y vino. He aquí el misterio
que deben renovar, queridos jóvenes sacerdotes.
Misterio de justicia,
el Sacrificio de la Misa, es hacer, en primer lugar, justicia
a Dios. Y acto seguido surgen los méritos de Jesucristo,
que van a santificar las almas y suprimir, en primer lugar,
lo negativo antes de dar lo positivo. Es necesario que
en primer lugar se absuelvan los pecados, antes de pensar
en dar la gracia. Es necesario pensar en primer lugar
en hacer justicia a Dios que esperar su perdón
y su vida divina. Sucede algo parecido a los siete dones
del Espíritu Santo. Está el don de sabiduría,
que es el más elevado, que consiste en dar gracias
por todo lo que nos viene de parte de Dios. Luego está
el don de temor, que es el más pequeño,
el más humilde, que nos hace que temamos sobre
todo ofender al Dios que amamos. Pienso que el don de
sabiduría no puede venir antes del don de temor.
¡Es imposible vivir sin estar en acción de
gracia por todas las pruebas que Dios nos envía
sin ejercer, en primer lugar, el don de temor, es decir,
temer sobre todo la peor catástrofe que pueda sobrevenir:
cometer un pecado deliberado. Y bien, lo mismo sucede
en la Misa.
Cómo pensar
que podemos ofrecer un sacrificio de acción de
gracias, de alabanza y adoración, si en primer
lugar no ofrecemos un sacrificio de expiación y
satisfacción a la divina justicia. Es querer eliminar
la virtud de justicia de la teología, e incluso
de la filosofía cristiana. Se dice amor, amor,
amor”, “eros” y no sé qué
otras cosas extrañas, y ya nojusticia”, justicia”
para con Dios.
Así, pues,
ustedes serán los ministros de este rescate espiritual
de las almas por sus Misas. ¡Qué consolación
para el sacerdote: saber que en cada consagración
puede aplicar a voluntad las infinitas satisfacciones
de Jesucristo para purificar almas de acuerdo a todas
las intenciones que se le confían para su Misa!
¡Qué poder en las manos del sacerdote! Intentemos
siempre hacer justicia a Dios y seguidamente santificar
las almas. Entonces creamos de todo corazón, queridos
futuros sacerdotes, que nuestro Sacrificio de la Misa
es propitiatorium, como lo declara y lo define
el Concilio de Trento; que es un sacrificio realmente
propiciatorio. Es un dogma de fe. Es un sacrificio propiciatorio.
Si la cruz no es más un sacrificio expiatorio,
es imposible que la Misa sea un sacrificio propiciatorio.
Todo está ligado. Es esencialmente celebrando su
Misa que ustedes serán de nuevo salvadores, que
continuarán este rescate espiritual de una Iglesia
que ya no cree en su sacerdocio. ¡Qué importancia,
pues, que nosotros ——al menos creemos siendo
reducidos en número— que afirmamos el sacerdocio
y su naturaleza! Rescate espiritual, pero también
rescate temporal de la sociedad, de la cristiandad, salvator
hominum y también salvator mundi.
Los samaritanos,
después de la visita de Jesús, decían
a la samaritana: ahora creemos que éste es realmente
el salvador del mundo, salvator mundi. Salvador,
pues, también de las sociedades temporales, de
las naciones, de los Estados. Regnavit a ligno Deus,
Dios reinó por su cruz; pero ahora no reina sino
en el fondo de las sacristías o nuestras capillas,
y debe reinar en público, en las instituciones
públicas de la sociedad civil y por la cruz, por
su sangre. Veamos bien la redención con todas sus
consecuencias temporales.
Y veamos la importancia
de vuestro sacerdocio, queridos candidatos al sacerdocio.
Van a ser ordenados sacerdotes en un tiempo de apostasía,
lo que es, por tanto, ejercer el sacerdocio de una manera
más difícil que de ejercerlo, como San Pedro
y San Pablo, a quienes celebramos hoy, quienes tuvieron
la misión de convertir el mundo pagano. Ustedes
tienen la misión de convertir un mundo apóstata.
Es mucho más difícil. ¿Cómo
van a hacer? Y bien, retomen el programa que Monseñor
Lefebvre nos fijó, que no es su programa, porque
nunca tuvo ninguna idea personal, sino que es el programa
de la Iglesia Católica de siempre, opuesto al programa
liberal del liberalismo y la masonería que se explicaba
al joven Marcel Lefebvre cuando era seminarista en Roma.
Se le explicaba, en primer lugar, el programa de los adversarios,
para después exponerle el programa del Cristo el
Rey.
He allí
una cosa muy interesante que quisiera desarrollar: el
programa liberal, la masonería.
Primer punto, será
excluir el gobierno de Cristo Rey por medio de la laicización
de las sociedades.
Eso es lo que aconteció
en todos los países al final del siglo XIX y principios
del XX: la laicización de todas las sociedades
civiles. Pero ahora continúa desde el Concilio
Vaticano II, en nombre de la libertad religiosa. Decir
eso en 1925, cuando Monseñor Lefebvre era seminarista,
era profetizar lo que debía llegar cuarenta años
después, recién en 1965. Se ha producido
muy rápidamente, la ejecución del plan liberal
y masónico; en cuatro décadas quedó
concretada mediante la libertad religiosa, por lo tanto,
la laicización de la sociedad civil.
Segundo punto:
suprimir la Misa... ése era el programa de los
masones.
Suprimir la Misa,
privando a los católicos de sus iglesias. Y con
el Vaticano II fue mucho más simple: con la nueva
misa, que nos ha privado de la Misa, si no hubiese habido
un Mons. Lefebvre para guardárnosla, para salvarla
para la Iglesia.
Tercer punto del
programa masónico: suprimir la vida espiritual
divina de las almas, a fin de que las almas no vivan más
en estado de gracia.
Puesto que las
almas ya no tendrán la fuente de gracias en la
Misa, ya no vivirán en estado de gracia. Es la
situación en que ninguna persona va a confesarse.
¿Cómo vivir en estado de gracia?
Podría resumir
estos tres puntos en estas tres expresiones: el programa
liberal fue establecer sociedades laicas, crear una Iglesia
laica y finalmente hacer almas laicas. Y eso es lo que
en Roma se acepta y lo que le quisieron imponer a Monseñor
Lefebvre en 1987. Cuando Monseñor Lefebvre se fue
a Roma para entrevistarse con el Cardenal Ratzinger, discutieron
al respecto y no se pusieron de acuerdo porque en Roma
se sigue el programa masónico: se quieren sociedades
laicas, se quiere una Iglesia laica, se quieren almas
laicas. Es lógico. Entonces ustedes, queridos jóvenes
sacerdotes, ¿qué es lo que van a hacer?
Van a tomar los tres puntos del programa católico
que está en las antípodas del programa liberal.
Primer punto: volver
a dar la Misa a las almas. Puesto que el Monseñor
Lefebvre nos la salvó, volvamos a darla a las almas;
la Misa, este sacrificio que obtiene el perdón
de nuestras faltas, sacrificio satisfactorio, sacrificio
propiciatorio.
Segundo punto de
nuestro programa: Con la misa, reconstituir una élite
de católicos fieles que vivan en estado de gracia.
Estos católicos, esta élite, queridos fieles,
son ustedes. Les tiro flores, pero es una realidad de
la cual ustedes deben ser más y más conscientes;
ser una élite y, por lo tanto, con todas sus responsabilidades,
con todos sus deberes como élite cristiana en la
Iglesia Católica, frente a sus familias, frente
a sus instituciones cristianas, frente también
a la política de sus países. Reconstituyan
una élite católica que viva en estado de
gracia.
Y entonces, tercer
punto: Por esta élite, el cristiano vivo en estado
de gracia puede volver a coronar a Nuestro Señor
Jesucristo, volverle a darle su corona, volverle a dar
su lugar en la sociedad civil. Tal es su programa, queridos
jóvenes sacerdotes. Eso se desprende de vuestro
sacerdocio.
He aquí
un programa absolutamente entusiasmador, un programa capaz
de movilizar todas sus fuerzas, un programa que los hace
entrar en el trabajo de aquellos que trabajan con éxito
desde hace cuarenta años, con un gran éxito
a pesar de las dificultades. Hemos reconstituido todo
un tejido católico, un embrión de cristiandad,
no nosotros, pero la gracia de Dios por nosotros, gracias
a nuestra humilde fidelidad al programa católico.
Para terminar,
pidamos a la Santísima Virgen María, madre
del sacerdote, nuestra reina, nuestra abogada, por su
intercesión muy potente ante Dios, que quiera bendecir
estos jóvenes sacerdotes, a estos jóvenes
diáconos también, que de ahora en más
van a tener que predicar el Evangelio, la verdad sobre
el misterio de la redención. Supliquemos a la Virgen
que llene a nuestros jóvenes sacerdotes y a nuestros
jóvenes diáconos de un celo realmente sobrenatural,
preocupados por la sana doctrina católica y llenos
de fe en la importancia irreemplazable de su sacerdocio.
Así sea.
Para ver una
reseña fotográfica de esta ordenación,
se puede hacer click en este
enlace
y ver la galería preparada
por el sitio Dici.org.