¿POR
QUÉ
VOY A ROMA?
Conferencia de Monseñor Marcel
Lefebvre
del 16 de enero de 1979 a los seminaristas de Ecône.
Queridos amigos, antes de seguir con las pocas explicaciones y conversaciones
que pude tener ahí, en Roma, quisiera no obstante precisar un poco el por
qué de las tratativas que estoy haciendo.
Temo que entre ustedes haya algunos que no lo comprendan bien, y que incluso no
lo comprendan en absoluto. Lo lamento, porque —lo digo francamente—
creo que es una tendencia al cisma. Los que creen que ya no debe tenerse ningún
contacto más ni con Roma, ni con los obispos, ni con todo lo que se hace
en la Iglesia, tienen una tendencia cismática. Ahora bien, yo no quiero
deslizarme hacia el cisma. Quiero seguir siendo “hombre de Iglesia”,
y si en la Iglesia se encuentran dificultades, peligros, pruebas, dolores, eso
no da motivo para decir:
“Yo ahora me voy, salgo, dejo. Que hagan lo
que quieran. Yo me desvinculo de este grupo. Me voy”. Es una postura
cismática. ¿A qué iglesia van? ¿A dónde? ¿A
lo de quién? No importa. No hay más autoridad, no hay nada, nada,
nada, nada.
No porque existan enfermos en torno de nosotros, en la Iglesia, porque la autoridad
esté enferma, se debe decir que esta autoridad ya no exista. A pesar
de que está enferma, precisamente por eso, hay que tratar de mostrarle
el remedio, e intentar hacerle algún bien. Esta fue la actitud de los
que, en la Iglesia, a lo largo de la historia, resistieron a Roma, al Papa,
a los obispos, a las herejías que se sucedieron en la Iglesia, que se
difundieron en la Iglesia, a través de la Iglesia.
Hacer eso es muy fácil, es demasiado simple, porque entonces ya no hay
más combate. Diría que ya no hay más espíritu pastoral,
no hay más espíritu sacerdotal. Se flaquea, se marcha, se abandona
el combate, se va, y se deja a los demás para que luchen solos. Esto es
pura y simple cobardía. Es abandonar el combate, abandonar el deseo de
procurar el bien de los demás; porque aun cuando los otros estén
enfermos, a pesar de que sean superiores, uno tiene el deber de advertirles —es
lo que dice Santo Tomás— en forma respetuosa y firme respecto a los
errores de los que son culpables. Si uno dice
“Yo ya no reconozco a
los superiores. Se acabó. No hay más superiores, no tengo más
superiores. No tengo a nadie. Me voy, me quedo solo y hago lo que quiero, etc.”
Pero, ¿por qué están aquí, ustedes, seminaristas que
tienen esta actitud? Es mejor que se vayan, que no se queden aquí, no vale
la pena. Si ustedes quieren o prefieren no tener superiores y vivir sin superiores,
así no más, como en la naturaleza…
Es muy grave, muy grave, porque ustedes me plantean un problema de conciencia,
porque me pregunto si puedo ordenar a seminaristas que tienen esas disposiciones.
Es absolutamente necesario luchar contra este espíritu. Es un mal espíritu.
Es un espíritu que no es cristiano, que no es un espíritu sacerdotal.
Hay que tener cuidado con eso. Ya lo dije, lo repetí, lo digo nuevamente,
pero algunos se encierran en su mentalidad y no quieren saber nada. Por eso
digo que a mí se me plantea un problema de conciencia, para saber si
debo o no ordenarlos. ¡Así es! ¿Qué quieren? Porque
yo ordeno sacerdotes, ordeno misioneros, ordeno gente que quiere convertir al
mundo entero, ordeno gente que quiere ir a través del mundo, para tomar
contacto con cualquiera, con los comunistas, con los protestantes… para
hablar con ellos, convertirlos, llevarlos a la gracia, a Nuestro Señor
Jesucristo.
Es evidente que a veces se tienen que cerrar las puertas. Está claro
que no se debe dar la comunión a los protestantes: eso es evidente. No
se debe aceptar ni ordenar gente que no tiene fe: es evidente. Pero es distinto.
Es distinto administrar las cosas sagradas a los que no tienen fe. Es otra cosa,
no se trata de eso. Se trata de convertir la gente, de llevarlos a Jesucristo.
Precisamente, es lo contrario del ecumenismo. Exactamente: de este falso ecumenismo.
Es lo contrario. Somos misioneros. No somos ecumenistas. No queremos confundir
todas las nociones y hacer un compromiso entre los protestantes, los católicos,
y los otros… mezclar todo. No queremos eso. No lo queremos.
Queremos profesar nuestra fe. Queremos actuar de tal manera, que la gente se
prepare para recibir la gracia del bautismo o de la abjuración de sus
errores. Por eso voy a Roma. Voy a Roma, creo, como Santa Juana de Arco iba
hacia los que la condenaban, al tribunal que la condenaba. No pretendo tener
la fortaleza de Juana de Arco, ni su virtud; pero en definitiva, pienso que
el Buen Dios me ayudará a hablar ante esta gente, ante los que me interrogan,
para decirles la verdad. Si no la quieren, no la quieren. Es todo. No pasa nada.
No me hace cambiar.
Es increíble. Es un espíritu destructor y muy desagradable, porque
mata el espíritu misionero. Entonces se dice:
“Monseñor
no debería ir a Roma. No debería ir a Roma porque no son nada, y
por lo tanto, no hay que visitarlos”. Pero, ¿qué es esto?
“No son nada. Nada”. ¡Es inimaginable! No. En todo
caso, no es el espíritu de esta casa. No es el espíritu de la Fraternidad.
No quiero que éste sea el espíritu de la Fraternidad. Siempre dije
a los que me preguntaron
“¿Piensa Ud. que puedo ir a visitar
a mi obispo?” Siempre contesté:
“Sí. Si Ud.
convierte a su obispo, si tiene la intención de convertirlo —por
supuesto, no la intención de hacerse convertir por él a sus ideas,
si él es liberal—”.
—
“Pero, Monseñor, ¿visitarlo?”
—
“Sí. Si Usted tiene la oportunidad, vaya a visitarlo”.
Si ustedes tienen la oportunidad de visitar a su obispo —no digo que
haya que buscarlo y estar permanentemente en la casa del obispo…—,
y si su obispo les dice:
“Me gustaría hablarle, verlo, encontrarme
con Ud”. [Entonces, respondan:
(1)]
“¡Con mucho gusto Monseñor!” [El obispo:]
“¡Ud.
no tendría que ir a Ecône! Ecône es cismático. Ecône
es eso, y lo otro…” Entonces ustedes pueden discutir y decirle
lo que es Ecône. Le pueden decir cuál es su fe, pueden hablar de
la defensa de la fe católica. Pueden decir que en Ecône se hace lo
que siempre se hizo. Por lo tanto, si Ecône es cismático, la Iglesia
de dos mil años es cismática, y todo lo que se hizo antes está
mal, y… ¡todo lo que él mismo hizo cuando era joven también
está mal!
Así es. Se conversa con él. Y muchas veces, por el solo hecho
de haberlos visto a ustedes, si ustedes mantuvieron una actitud respetuosa,
deferente, pero a la vez firme en cuanto a los principios —una vez más,
con deferencia—, aunque, aparentemente, cuando se vayan, tengan la impresión
de que no ha comprendido nada, que está en contra de ustedes y que los
condena totalmente: desengáñense.
Quizás piense, después, cuando reflexione:
“Con todo,
tengo que reconocer que este seminarista está bien formado. Además,
es respetuoso, firme en sus principios”. ¡No les va a decir eso
cara a cara! No. Pero tal vez lo piense después, en su interior. Entonces
ustedes le pueden hacer algún bien. ¡Le pueden procurar algún
bien! Por eso, no digamos:
“¿Para qué visitó a
ese obispo? ¡Es un hereje, un cismático, etc.!” ¿Qué
quieren? ¡Hay que vivir con la gente con la que Dios nos hace vivir! El
mundo de hoy es nuestro mundo. No vivimos en un mundo imaginario. Vivimos en el
mundo real. Entonces, ¡hay que tener cuidado! (…) Todos los autores
espirituales les hablan de este espíritu, que no es un espíritu
de caridad. Un espíritu que pone la caridad donde no está.
(2)
Notas:
1. Ahí, Monseñor Lefebvre
imagina un diálogo entre el seminarista y el obispo que fue a visitar.
Lo que está entre corchetes no es de Monseñor Lefebvre (Nota del
Traductor).
2. Después, para ilustrar
sus afirmaciones, Monseñor Lefebvre cita los libros de Don Marmión,
Don Chautard (
El Alma de todo apostolado), Garrigou-Lagrange y la primera
encíclica de San Pío X,
“E supremi apostolatus”
(Nota del Traductor).
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