TESTIMONIOS
DE UN CONVERTIDO
Selim Kerboua nació
en Constantinopla hace cuarenta años. Cuando tenía cuatro años,
su familia emigró a Francia y se radicó en Briançon (en
los Altos Alpes). Su padre, musulmán practicante y descendiente de un
rama de jeques, lo educó en el Corán. “Cuando era niño
mis padres me decían que cuando pasara delante de una estatua de la Virgen
debía escupir”. Convertido al catolicismo, ahora venera a la Madre
de Dios. Todo cambió para Selim cuando, entrado en la adolescencia, quiso
conocer la religión de los hijos de sus vecinos y amigos, que eran fervientes
católicos. Uno de éstos, que después se hizo sacerdote,
le habló del catolicismo a título informativo. Algunos meses más
tarde el joven musulmán pidió ser bautizado, sacramento que recibió
a los 25 años junto al nuevo nombre de Simón Pedro, tras haber
recibido una sólida preparación doctrinal.
Annie Laurent: ¿Qué es lo que lo atrajo del catolicismo?
Simon-Pierre Kerboua: La profundidad, algo que no existe en el
Islam. Muchas trivialidades e incoherencias me chocaban en el Corán. Al
contrario de lo que sucede con los Evangelios, en el Corán no hay unidad.
Todo es susceptible de ser interpretado de mil maneras, según el lugar
y el momento donde se esté. Y además, los musulmanes legitiman las
malas acciones, la violencia, apelando a Dios. No hacen ningún esfuerzo
por buscar la objetividad, tender hacia lo alto, porque el Islam no los conduce
en esa dirección. El espíritu musulmán está comprometido
con errores manifiestos. Niega la verdad más evidente. Tengo la impresión
de que el Islam peca contra el espíritu (…)
Annie Laurent: ¿Qué opinión le merece la actitud
de la Iglesia Católica frente al Islam?
Simon-Pierre Kerboua: Doy gracias a Dios de haber sido educado
en la fe católica en la Tradición; sin ello, no me hubiese sentido
atraído por el catolicismo, al menos con tanta fuerza. Sólo la Tradición
ha conservado la verdad, y cuando se ha vivido en el error —créamelo—,
entonces se aspira a tener la plena verdad. La tibieza nos repugna. Ahora bien,
hoy en día en nombre de la caridad la Iglesia católica calla la
integridad de la verdad. Pero la caridad manda que siempre se diga toda la verdad
porque el mal es siempre un mal, el enemigo es siempre el enemigo, el error es
siempre error, por más que se lo vista con brillos. Advierto además
que las palabras han perdido su sentido real. El uso intensivo de lenguas vernáculas
en la liturgia no es extraño a estas transformaciones. Las lenguas muertas
tienen el mérito de conservar de manera incambiable el sentido de las palabras.
Por eso el latín es una garantía de la verdad. A decir verdad, no
comprendo la actitud que tiene Francia. Hija mayor de la Iglesia, habiendo tenido
en su historia relaciones especiales con los árabes y los musulmanes, acogiendo
a muchos de ellos en su tierra, desdeña transmitirles su preciosa herencia
espiritual (…) Muchos sacerdotes han olvidado la finalidad de su misión:
predicar a Jesucristo. Recuerdo una conversación con una religiosa que
dirigía una escuela frecuentada también por musulmanes. En razón
de una supuesta caridad, ella suprimía la oración de la vida escolar
y, por tanto, privaba a los alumnos de un gran bien. Uno de mis sobrinos, musulmán
y en plena depresión mística, ha hecho una observación terrible
después de haberse entrevistado con un sacerdote: “Los católicos
tienen la verdad pero no quieren compartirla”. Un día todos estos
sacerdotes y religiosas pagarán por esta renuncia (…)
Annie Laurent: Entonces, ¿la Iglesia debe continuar estando
en Argelia?
Simon-Pierre Kerboua: Sí, pero no como una sociedad de
beneficencia, sino como un testimonio visible de Cristo.
Annie Laurent: ¿Cree que esta visibilidad trasluce por
la portación del hábito eclesiástico?
Simon-Pierre Kerboua: Es algo indispensable como signo de consagración.
El Evangelio nos pide no esconder la luz bajo el celemín. El hábito
tiene la ventaja de poder ser visto: provoca respeto o desprecio. Hay que tener
el coraje de llevarlo, aunque sea al precio del martirio. Hay que “escandalizar”
en el buen sentido de la palabra para provocar a los otros hacia el conocimiento
de la verdad. Eso se ve en todas partes. Los musulmanes no se convertirán
con sacerdotes “tolerantes” o permisivos. Siendo muy religiosos y
estando sedientos de Dios, no se pasarán a una fe edulcorada o relativizada.
Annie Laurent: ¿Qué piensa Ud. del diálogo
católico-musulmán?
Simon-Pierre Kerboua: No hay diálogo y no lo habrá.
Es una trampa porque los musulmanes, cuando forman un único frente, parten
del principio de que ellos poseen la verdad. El cristianismo no les interesa y
no están dispuestos a discutir sobre religión. Si lo hacen, darían
la impresión de dudar al respecto. Además, sus argumentos son pueriles,
pobres y poco convincentes. Con todo, aunque no lo sepan, muchos musulmanes están
a la espera de la verdad y es a nivel de relaciones personales que los sacerdotes
deben cumplir un rol importante. Si aman la verdad, deben compartirla al precio
que fuese. Eso debería ser la prolongación normal de todo cristiano.
Y es posible hacer eso cuando los musulmanes no están bajo la influencia
de su comunidad, como en el caso de Francia. Créame que más de un
musulmán que vive aquí se formula preguntas sobre el cristianismo.
El diálogo debería consistir en enseñarles a amar el verdadero
Dios. Sin embargo, la Iglesia ha defeccionado por laxitud, por cobardía…
Annie Laurent: Hay teólogos católicos que consideran
como un bien la existencia del pluralismo religioso.
Simon-Pierre Kerboua: Los que así piensan han apostatado.
Abonan la herejía del Corán y hacen mentir a Cristo, que mandó
que se fuese a predicar a todas las naciones. La verdad no se mutila ni se divide
(…)
Annie Laurent: ¿El Islam y el laicismo son compatibles?
Simon-Pierre Kerboua: En un país musulmán es imposible
no ser gobernado por el Islam. Es inconcebible. El Islam, como tal, es un sistema
teocrático, no susceptible de reforma. Es tan autosuficiente que jamás
retrocederá. No puede renunciar al poder sino a fines tácticos.
Todo es visto en términos de relaciones de fuerza (…)
(Extractos de una entrevista
de Annie Laurent con Simon-Pierre Kerboua publicada en “Fideliter”
nš 143, de septiembre-octubre de 2001)