EDITORIAL DE NUESTRO SUPERIOR DE DISTRITO
PARA LA REVISTA “IESUS CHRISTUS” Nº 117

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INDISPENSABLES OBISPOS…

Desde hace alrededor de cincuenta años casi la totalidad de los países católicos ha renunciado oficialmente a serlo. Todos están afectados por el mismo mal —el del ateísmo y el del laicismo— y perturbados por un desorden social y económico que ningún remedio parece poder curar. A ello se agrega una terrible decadencia moral, la cual los adversarios de la Iglesia consiguen imponer con más o menos éxito según las resistencias que van encontrando. En ocasiones proyectos tales como el aborto, la contracepción, la legalización de la homosexualidad y la educación sexual en las escuelas no entran inmediatamente en vigor gracias al coraje de ciertos obispos y políticos; pero, curiosamente, aquellos nunca se dejan de lado. Los enemigos de la Iglesia y de la Cristiandad juegan con el tiempo. Saben que sus ideas se impondrán más temprano o más tarde, retrasándolas eficazmente y difundiéndolas por los medios de comunicación que controlan de modo casi exclusivo.

Durante estos últimos cincuenta años en algunos países se hicieron intentos por salvar la sociedad católica; con todo, no tuvieron efectos durables. Existe algo así como una maldición que parece esterilizar todos los movimientos de restauración católica, al tiempo que los adversarios navegan siempre sobre la cresta de la ola. ¿A qué se debe esto? Numerosos laicos católicos abandonan el combate, desengañados por los repetidos fracasos. En fin, algunos creen que ya no hay nada que hacer, sino esperar que sobrevengan “los acontecimientos” inminentes anunciados por apariciones más o menos dudosas. Sin embargo, nada sobreviene… y en contrapartida, la decadencia religiosa, económica y social siguen acelerándose. ¿Hasta dónde llegarán los enemigos de la Iglesia? ¿Cómo es que consiguen coronar con tanto éxito sus funestos proyectos?

La propia Iglesia está afectada por este mismo síntoma de autodestrucción. ¿Por qué? La crisis que atraviesa tiene un costado misterioso como la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo tuvo la suya. Ahora bien, pueden señalarse con certeza las autoridades culpables de la muerte de Cristo: los jefes de los sacerdotes judíos. Han estrechado sus manos con las autoridades políticas para condenar al Salvador y eliminar la influencia extraordinaria que Él ejercía sobre las turbas, de la cual estaban celosos. Son estas autoridades religiosas judías las que llevaron a Cristo ante los tribunales civiles y obtuvieron su condena a muerte.

Hoy en día es este mismo contubernio de las autoridades religiosas con los dirigentes políticos lo que condena a muerte a la sociedad católica. Los Papas, y los Obispos nombrados por ellos, impregnados desde Juan XXIII de modernismo y liberalismo, son los principales responsables de una desintegración de la sociedad católica que parece inevitable. Durante el último concilio creyeron que era posible catolizar los principios de la Revolución Francesa, tal como más tarde lo afirmará el propio Cardenal Ratzinger. Es como querer bautizar al diablo… Esta unión contranatura de la Iglesia y la Revolución es la causa de los males que abruman a Iglesia y la sociedad civil. Estos principios, cocinados en las logias masónicas, son los que han hecho entrar “el humo de Satanás” (tal como lo dijo Pablo VI) en la Iglesia y han matado el alma de las sociedades católicas.

No hace mucho, un Obispo que me recibió en su despacho me confesó que había tenido problemas para aplicar algunas reformas y aceptar algunos textos del último concilio. Sin embargo, me dijo, “siguiendo al Papa estaba seguro de estar en la verdad. Por lo tanto, acepté todo”. ¡Con semejantes principios San Pablo no habría debido resistir a San Pedro, y en tal caso, todos los bautizados aún estaríamos sometidos a la circuncisión y a ciertas prácticas de la religión judaica! Y San Atanasio tampoco habría podido combatir la herejía arriana, ni habría sido canonizado, a pesar de su oposición al Papa. Al escuchar estas objeciones, el Obispo respiró hondo y dirigió la conversación hacia otros temas…

La Iglesia y la sociedad padecen la defección de los Obispos, que ya no se animan a enseñar la sana doctrina ni a denunciar el error. Para muchos el restablecimiento del reinado social de Nuestro Señor Jesucristo es un ideal caduco o inalcanzable; por eso alaban el pluralismo religioso en la sociedad y lo reivindican, rechazando todo estatuto especial para la Iglesia. Quisiera que compararan los dos textos que siguen porque valen más que una larga explicación. El primero es de San Pío X y dice así:

“Apoyarse en el principio fundamental de que el Estado no debe cuidar para nada de la religión, infiere una gran injuria a Dios (...) En segundo lugar, la tesis de que hablamos constituye una verdadera negación del orden sobrenatural (…) En tercer lugar, esta tesis niega el orden de la vida humana sabiamente establecido por Dios, orden que exige una verdadera concordia entre las dos sociedades, la religiosa y la civil (...) Finalmente, esta tesis inflige un daño gravísimo al propio Estado, porque éste no puede prosperar ni lograr estabilidad prolongada si desprecia la religión, que es la regla y la maestra suprema del hombre para conservar sagradamente los derechos y las obligaciones”.(1)

El segundo es del Cardenal Levada: “Gracias a la Constitución de los Estados Unidos, hemos venido a la vida en un país que nos garantiza el derecho natural a la libertad religiosa. Todos tenemos el derecho a profesar nuestra fe de acuerdo a nuestra conciencia. La prohibición de que el gobierno profese una religión particular le permitió adoptar una actitud «desinteresada» frente a todas las religiones (…) La Iglesia, en efecto, reconoce y comparte con entusiasmo la prohibición constitucional de reconocer una religión de estado o de impedir su libre ejercicio”.(2)

¿No creen Uds. que este último texto está en total ruptura con la enseñanza tradicional de la Iglesia? Proviene de quien hoy es Cardenal de la Santa Iglesia, ¡y ha sido encumbrado al cargo de Prefecto de la Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe! El Papa Benedicto XVI, al volver hace algunas semanas de un viaje por los Estados Unidos, ha retomado casi a la letra estas consideraciones. Estos son los principios que han condenado a muerte a la Cristiandad y hecho vana cualquier tentativa de restauración católica desde hace muchísimos años.

La Iglesia precisa contar con Obispos integralmente católicos, que se hagan eco de Gregorio XVI, de Pío IX, de León XIII, de San Pío X, de Pío XI o de Pío XII, quienes la iluminaron con sus enseñanzas. Estos Papas supieron profesar la verdad y denunciar el error. A la Iglesia y la sociedad civil les faltan doctores de la fe, que sean ardorosos, que estén convencidos de que la Tradición católica no es algo caduco. Nos duele comprobar que no hay ningún Obispo en funciones que tenga lucidez sobre los orígenes de la crisis que nos afecta. Ninguno quiere volver a la Tradición católica, predicada y aplicada integralmente. Ninguno quiere tener un juicio crítico sobre los textos del último concilio —ecumenismo, libertad religiosa, colegialidad— que están en ruptura con la Tradición. Ninguno quiere regresar oficial y habitualmente a la Misa tradicional y a los sacramentos que han santificado a generaciones y generaciones de católicos.

Pedimos a los obispos que nos hablen de “Dios que se ha hecho hombre” y sobre su doctrina salvadora, y no del “hombre que se ha hecho dios”, como sucede con tanta frecuencia. Los urgimos a que esclarezcan nuestras inteligencias y fortalezcan nuestra voluntad, ayudándonos así a amar a Dios y a ir en pos de Él. ¡Cesen ya de exaltar la conciencia humana, libre de toda atadura superior!

Y no es sino porque ningún Obispo se ajusta a este sublime rol, que hace veinte años Monseñor Lefebvre consagró cuatro Obispos, deseando suplir así a estas trágicas deficiencias. No quería dejarnos huérfanos tras su muerte. Y aquello fue, como se llamó, la “Operación Supervivencia”,(3) la cual rescató el sacerdocio y la Tradición católica. ¿Dónde estaríamos hoy en día si este acto providencial no hubiese tenido lugar? El 30 de junio de 1988 nuestro fundador realizó un acto heroico de caridad consagrando a cuatro Obispos y sacrificando así su reputación por el bien de las almas y de la Iglesia.

Desde hace veinte años se distinguen, por cierto, algunos avances positivos como el Motu Proprio; pero en los hechos la situación permanece sin cambios y el error ha devenido más sutil que nunca… En julio pasado, con motivo de las ordenaciones sacerdotales administradas a los seminaristas de la Fraternidad San Pedro, el Cardenal Castrillón Hoyos exhortó en su sermón a los sacerdotes a concelebrar con sus Obispos “al menos la misa crismal y cuantas veces eso convenga para manifestar la plena comunión eclesial”. En esa misma línea, hace algunas semanas la Fraternidad San Pedro recibió una parroquia personal en Roma, pero en contrapartida debió aceptar que un sacerdote diocesano diga una nuevamisa todos los domingos. Veinte años atrás el Cardenal Ratzinger ponía como condición a Monseñor Lefebvre que todos los domingos se dijese la misa de Pablo VI en Saint-Nicolas-du-Chardonnet en París. No, la situación no ha cambiado esencialmente tras dos décadas… El Vaticano II sigue siendo intocable.

¿Cómo puede pretenderse que tengamos confianza ante hechos de este tipo, que hablan por sí mismos? La Fraternidad San Pío X, junto a otras congregaciones tradicionales, es la única que grita las verdades a voz en cuello y denuncia los errores. Todos cuantos firmaron acuerdos con Roma han debido enmudecer y son inoperantes en términos de la restauración de la Tradición. ¡Esa y no otra es la triste realidad!

Queridos fieles, el estado de necesidad sigue existiendo hoy más que nunca; y más que nunca tenemos necesidad de contar con los cuatro Obispos auxiliares de la Fraternidad San Pío X para fortalecernos en la fe y santificarnos. Que Dios los fortalezca. Démosles nuestras rendidas gracias por su constante entrega por nuestras almas. Retribuyámoslos con nuestras oraciones.

Recemos y hagamos penitencia por la Iglesia y por el Papa. Supliquemos a Dios que convierta a los Obispos del mundo entero a fin de que recuperen y hagan valer sus voces. De eso depende la salvación de millones de almas y el éxito de toda restauración católica.

¡Que Dios los bendiga!

+ Padre Christian Bouchacourt
Superior de Distrito América del Sur

 

(1) “Vehementer nos”, 11 de febrero de 1906.
(2) Card. William Levada: Reflexión sobre el papel de los católicos en la vida política y recepción de la Sagrada Comunión, 13 de junio de 2004.
(3) Monseñor Lefebvre: Sermón de las consagraciones episcopales, 30 de junio de 1988.