LIBERALISMO
Y CATOLICISMO
- primera parte -
por el Padre Roussel
“… Los errores
modernos envenenan de tal modo la atmósfera que respiramos, que los mejores
fieles de la Iglesia se contaminan. Las costumbres de laicización de
la Sociedad, de indiferentismo religioso, de liberalismo en todos los campos,
son tales, que nos cuesta mucho acoger la verdad en toda su integridad, verdad
que nos viene de la sana filosofía y de la fe católica…”
“… El libro del Padre Roussel: Liberalismo y Catolicismo, da una
perfecta idea del Liberalismo y del peligro que supone el Catolicismo liberal,
que proliferó con motivo del ralliement, se desarrolló con el
Sillonismo, el modernismo, el progresismo, para triunfar con ocasión
del Concilio Vaticano II, y destruir finalmente todo lo que quedaba de específicamente
católico en la fe, la moral, la Liturgia, las instituciones de la Iglesia,
por la aplicación del espíritu ecuménico y democrático.
“De ahí la importancia de conocer bien lo que los Papas pensaron
sobre el Liberalismo y sus sucedáneos. Su resistencia tenaz y valiente
frente a este ataque apocalíptico es también nuestra resistencia.
Sus argumentos son nuestros argumentos. Puesto que este ataque tiene como fin
la destrucción del orden natural y sobrenatural, la defensa contra él
se ha de basar en los principios fundamentales de estos órdenes natural
y sobrenatural, y, por consiguiente, en principios inmutables y eternos como
Dios mismo, autor de estos dos órdenes…”
(Extractos del curso consagrado al “Magisterio de la Iglesia”,
del año 1979-1980, por Monseñor Marcel Lefebvre)
- Informe sobre el Liberalismo en general -
INTRODUCCIÓN
Deseamos que Jesucristo, Hijo de Dios y Redentor de los hombres, reine no sólo
sobre los individuos, sino también sobre las familias, pequeñas
y grandes, sobre las naciones, y sobre todo el orden social. Esta es la idea
rectora que nos une especialmente esta semana.
De este reinado social de Cristo Rey, reinado legítimo en sí,
necesario para nosotros, no hay adversario más temible por su astucia,
su tenacidad, su influencia, que el liberalismo moderno.
¿Qué es pues el liberalismo?, ¿cuáles son sus orígenes,
sus principales manifestaciones, su desarrollo lógico?, ¿cómo
calificarlo y refutarlo?... tales son algunas de las preguntas de las que esta
relación quiere exponer rápidamente el enunciado con su respuesta.
1º) EL TÉRMINO Y LA COSA
El término “liberal”, como aquel del cual procede, “libertad”,
gusta a la masa inconsciente; en efecto, a causa de su misma imprecisión
sonora, es fácilmente entendido y permite así a cada uno elegir
y aplaudir, entre los múltiples sentidos que abarca, aquel que responde
mejor a sus convicciones, a sus sentimientos, a sus intereses. De allí
los numerosos y, en definitiva, funestos equívocos a los que se presta.
Sirve para designar ya sea aquello que conviene a un hombre de condición
libre, o la cualidad de un corazón abierto a la piedad y generoso; en
este sentido Dios es, según Santo Tomás, “máxime
liberalis” (1); o, finalmente,
el amor a una cierta libertad. Es en este último sentido que
lo tomamos aquí: el liberal es aquel que es y se declara partidario de
la libertad.
Pero se encontrarán, nuevamente, muchos modos de ser “liberal”,
según las muy diversas interpretaciones que podrán darse a esta
palabra “libertad”.
Bajo la Restauración, el partido «liberal» incluía
a los discípulos de Voltaire y de Rousseau, imbuidos de los principios
de 1789, enemigos de la monarquía católica y de la Iglesia romana,
devotos de las “libertades modernas”, concebidas como una conquista
definitiva, como un ideal intangible, del cual ellos se hacían los más
ardientes prosélitos.
Este es el sentido que ha mantenido hasta hoy entre nuestros vecinos, los belgas.
Pero en Francia, desde el día en que, bajo la influencia de F. de Lamennais,
algunos católicos preconizaron la adhesión a las «libertades
modernas», los entusiastas de la Declaración de los Derechos del
Hombre, los herederos de la Revolución pretendieron, no sin razón,
poseer el monopolio del “liberalismo integral”, “radical”:
fue así que los “liberales” de 1820 se convirtieron en los
«radicales» de la Tercera República; abandonaron a los partidarios
del orden el calificativo mismo del desorden, al punto que hoy, en Francia,
el término “liberal” es a menudo aplicado, a modo de elogio,
a todo estado de espíritu, a todo sistema favorable a las libertades
legítimas.
Aquí lo entendemos, por el contrario, en el sentido netamente peyorativo
de una afección morbosa por una libertad desordenada, o del sistema
en el cual trata de traducirse esta afección, como para justificarse
respecto a la razón. Se trata entonces de mostrar al desnudo esta afección,
de precisar este sistema y definirlo.
La tarea es de las más difíciles: en efecto, el liberalismo, tomado
en su conjunto, es algo vago, incierto, indeterminado, que extendiéndose
a todos los campos, filosofía, teología, moral, derecho, economía,
aparece en todos como esencialmente variable, al gusto de las personas
y de las circunstancias. De allí la extrema dificultad de aprehender
este proteo que asume a voluntad todas las formas, todos los rostros, incluida
la máscara de la verdad y de la virtud.
Intentemos entonces hallar, bajo sus múltiples manifestaciones, su característica
más formal y su sentido más profundo, para dar una definición,
al menos aproximada.
2º) LA VERDADERA NOCIÓN DE LIBERTAD
El liberalismo, como su mismo nombre lo indica, se presenta como un sistema
de libertad. Pero, ¿qué es la libertad? Nueva dificultad, ya que
la palabra expresa, a su vez, cosas muy diversas.
En general, la palabra “libertad” sugiere la idea de exención
de la necesidad, de ligaduras, de la sujeción; significa una cierta independencia
y dominio. Sin entrar en las numerosas distinciones que una simple relación
no puede comprender, destacaré solamente tres sentidos principales de
Libertad:
1º) La libertad física externa, libertad de acción o
espontaneidad (en latín, “libertas a coactione”):
significa la exención de la necesidad física exterior, o sujeción,
la ausencia de obstáculos al ejercicio de la actividad natural. Es común
al hombre, al animal e incluso a los seres inferiores.
2º) La libertad física interna o “libre arbitrio”
(“libertas a necessitate”): es la libertad de elección
que exime de la necesidad interna; arraigada en la espiritualidad, hace al ser
dotado de ella verdaderamente causa y dueño de sus actos, y en consecuencia,
responsable. Esta libertad es, pues, propia del ser inteligente y se opone al
determinismo.
3º) La libertad moral: es la libertad física interna en tanto
que limitada razonablemente en su objeto y perfeccionada en su ejercicio por
la ley procedente de la autoridad legítima y que traza al libre arbitrio
los límites que no puede superar, los caminos que puede o debe seguir.
En este sentido, la libertad es sinónimo de derecho y se dice siempre
en plural: las libertades, las franquicias, los derechos.
Las demás libertades no son más que emanaciones o determinaciones
de estas tres clases de libertades; así, la libertad civil será
la facultad de cumplir sin trabas todos los actos legítimos del ciudadano
en la ciudad; la libertad política, la participación
razonable y proporcional de los ciudadanos en los asuntos de interés
general, comportando una cierta autonomía y resultando de franquicias
locales y profesionales tan amplias como lo exijan las circunstancias...
Estas simples nociones bastan para permitirnos precisar los conceptos católico
y liberal de la libertad, y para ver como difieren y se oponen.
El Católico afirma y mantiene dos principios: la realidad del libre
arbitrio del hombre, contra los deterministas; y su necesaria dependencia
respecto a Dios, a sus leyes y a las autoridades que proceden de El. El hombre
es a la vez libre físicamente, en tanto que dotado de un alma
espiritual, exenta del determinismo de la materia, y moralmente obligado
o necesitado, en tanto que dependiente de Dios y de sus leyes. Viniendo
de Dios, retorna a Dios libremente, pero obligatoriamente y conforme a sus prescripciones;
debe obedecer libremente a la necesidad moral, al deber, a la ley. Así,
al igual que la lógica, ordenando las ideas según sus
relaciones esenciales, conduce el espíritu, sometido a sus leyes, hacia
la verdad científica, del mismo modo la moral, ordenando los
bienes según su valor respectivo, hace buena a la voluntad libre que
le obedece y la encamina hacia la posesión de su fin, hacia la perfección
del hombre. Esto es lo que se llama el uso racional del libre arbitrio: limitándole,
trazándole sus caminos, la ley lo perfecciona y le permite alcanzar su
fin. Así, el hombre, esencialmente libre por naturaleza y no menos esencialmente
dependiente por condición, tiene el derecho, la libertad moral
de hacer sólo una parte de aquello que puede hacer; en consecuencia,
para sintetizar todos los elementos de la verdadera libertad, se puede
decir que ella consiste en que la actividad propiamente humana, ya desligada
por naturaleza de las trabas de la materia (libre arbitrio) luego moderada y
ordenada en sus elecciones por la ley (libertad moral), no debe ser obstaculizada,
sino auxiliada en las prosecución fundamental de su fin último
(libertad de acción). Y si a esta actividad natural se agrega un
día la gracia, principio de vida superior divina, se tendrá la
libertad cristiana, de la cual toda su ley será la Caridad, la fusión
íntima con la Voluntad siempre recta de Dios, caridad ordenada por la
verdad especulativa y práctica que somete al hombre a Dios para liberarlo
de todo lo que es indigno de El; y esta libertad tiene derecho a todo respeto,
porque es la actividad del mismo Espíritu Santo en el hombre. Esta noción
de la verdadera Libertad hace comprender que, para el hombre, ella consiste
en no ser impedido de cumplir los actos que la Ley o le prescribe realizar:
de allí las espléndidas definiciones dadas por León XIII:
“La facultad de moverse en el bien”, “la facultad de alcanzar
su fin sin obstáculos”.
El liberal, por el contrario, comienza por enredar estas nociones y,
a favor de los equívocos que así se hacen posibles, no los desaprovecha
para erigir como derechos absolutos sus deseos, voluntades y caprichos. Del
libre arbitrio con frecuencia ni se preocupa; incluso es de buena gana determinista.
Pero si rechaza el libre arbitrio no es sino para extender aun más la
libertad moral, sustrayéndose así a toda autoridad, a toda responsabilidad.
De este modo termina confundiendo perfectamente libertad e independencia,
si no es que ya ha comenzado por allí. El católico enuncia que
el libre arbitrio no debe ser arbitrario, que el “apetito racional”
debe actuar según la razón, ser moderado por la autoridad y la
ley, ordenado al fin del hombre. El liberal hace de la libertad misma un fin
en sí (2), ella es por
sí misma su ley, en tanto que independencia soberana y autonomía
plena. La libertad católica se diviniza sometiéndose a Dios, la
libertad liberal se destruye haciéndose Dios.
Un ejemplo hará comprender mejor esta oposición radical:
tanto el liberal como el católico preconizan la libertad de conciencia.
Pero el católico entiende por esto la plena facultad de cada
uno de conocer, amar y servir a Dios sin trabas, “el derecho de practicar
su religión y de obtener que la leyes de su país la sostengan
y la protejan” (Cardenal Andrieu), el derecho, para la Iglesia, de cumplir
su misión en el mundo... “ut destructis adversitatibus et erroribus
universis, Ecclesia tua secura tibi serviat libertate”.(3)
El liberal, por su parte, quiere afirmar con ello la plena independencia
de todo hombre en el orden religioso, la libertad de creer lo que quiera o incluso
de no creer; es el derecho al error y a la apostasía, es el derecho a
exigir que las leyes de su país tengan en cuenta el escepticismo, su
incredulidad.
Así, cuando la Iglesia reclama la libertad de conciencia (o mejor, de
las conciencias) y la Tercera República la proclama solemnemente, no
podemos dudar que bajo la identidad de fórmula se oculta un malentendido
radical: se emplean las mismas palabras, se comprenden en un sentido totalmente
opuesto.
Así, en tanto que la libertad católica es una fuerza moderada
por la razón y la fe, canalizada y dirigida por la ley y la autoridad,
la libertad “liberal” se convierte en sinónimo de independencia
más o menos absoluta respecto a las reglas, a la autoridad, a la ley...Es,
frente a la libertad ordenada, una libertad anárquica: nada nos permitirá
comprenderlo mejor que el simple análisis de los hechos y la enumeración
de los diversos aspectos del liberalismo.
3º) ASPECTOS DEL LIBERALISMO. SU DEFINICIÓN
El liberal es fanático de la independencia, la predica hasta el absurdo,
en todo dominio:
• La independencia de lo verdadero y
del bien respecto al ser: es la filosofía relativista de la “movilidad”
y del “devenir”;
• La independencia de la inteligencia
respecto a su objeto: soberana, la razón no tiene que someterse
a su objeto, sino que lo crea, de donde surge la evolución radical de
la verdad; subjetivismo relativista;
• La independencia de la voluntad respecto
de la inteligencia: fuerza arbitraria y ciega, la voluntad no tiene que
preocuparse por los juicios y estimaciones de la razón, sino que crea
el bien tal como la razón crea lo verdadero;
• La independencia de la conciencia respecto
a la norma objetiva, a la ley: ella misma se erige en regla suprema de
la moralidad;
• La independencia de las potencias anárquicas
del sentimiento respecto de la razón: es uno de los caracteres del
Romanticismo, enemigo de la preeminencia de la razón ( cfr. Rousseau,
Michelet...);
• La independencia del cuerpo respecto
al alma, de la animalidad respecto a la razón: es la inversión
radical de los valores humanos;
• La independencia del presente respecto
al pasado: de allí el desprecio a la tradición, el mórbido
amor a lo nuevo bajo el pretexto del progreso;
• La independencia de la razón
y de la ciencia respecto a la fe: es el Racionalismo, para el cual la razón,
juez soberano y medida de lo verdadero, se basta a sí misma y rechaza
todo dominio extraño;
• La independencia del individuo respecto
a toda la sociedad: del niño respecto a sus padres, de la mujer
respecto al marido, del ciudadano respecto al Estado, del fiel respecto a la
Iglesia. Es el individualismo anárquico, para el cual el hombre, naturalmente
bueno (Rousseau) o en fatal progreso (Payot, Bayet) debe poder evolucionar a
su gusto, en toda libertada, vivir intensamente su vida; todo atentado a esta
libertad sagrada es tiranía, despotismo, crimen de lesa humanidad;
• La independencia del obrero respecto
al patrón: de allí la tendencia a subestimar la jerarquía
corporativa por la igualdad cooperativa y, mediante la participación
en los beneficios y en la gestión, mediante los obreros accionistas,
la marcha hacia la sovietización de la industria;
• La independencia del hombre, de la
familia, de la profesión, especialmente del Estado, respecto a Dios,
a Jesucristo, a la Iglesia, que es, según los puntos de vista, el
naturalismo, el laicismo, el latitudinarismo...teniendo como consecuencias o
como principios las “libertades modernas”, veneradas como las divinidades
del futuro;
• La independencia del pueblo y de sus
representantes respecto a Dios: soberanía popular y sufragio universal
entendidos como medida de lo verdadero y del bien, fuente de todos los derechos
en la nación; de allí la apostasía de los pueblos al rechazar
la realeza social de Jesucristo, al desconocer la autoridad divina de la Iglesia...
Estos son algunos de los principales aspectos del liberalismo; este, caos de
errores, monstruo informe, como el protestantismo, el kantismo, el laicismo,
es el punto de reunión de todas las herejías. Más aún,
por su eclecticismo universal, es la herejía tipo, radical: contiene
todas las demás como su principio y su fuente.
Esta descripción del liberalismo permite aprehender su naturaleza profunda
y nos conduce a su definición: es ante todo la inversión de los
valores, lo contradictorio de la ley y el orden. En este sentido muy general,
el liberalismo puede ser definido como lo ha hecho el P. de Pascal: “En
todas las esferas, el desorden de la libertad” o, más completamente,
“el sistema que pretende justificar el desorden práctico de
la libertad mediante la inversión teórica de los valores”.
La verdadera libertad, como hemos dicho, no es otra cosa que la “facultad
de elegir los medios, observando su ordenamiento al fin”: entonces, no
ha libertad legítima que no sea ordenada, conforme con la ley que determina
los medios y los fines; si no está encuadrada en este orden, la libertad
se convierte en licencia. Ahora bien, el liberalismo es justamente la negación
del orden, de la regla, y de la autoridad que la impone.
Pero el liberalismo es aún más una enfermedad del espíritu,
una perversión del sentimiento basado en el orgullo, que una doctrina
coherente, un sistema establecido, es más una orientación que
una escuela, un estado de espíritu antes de ser una secta. El liberalismo
aparece, pues, como el afecto desordenado del hombre por la libertad-independencia
que le hace impaciente de los límites y de las ligaduras, del yugo y
de la disciplina, de la ley y de la autoridad. Es la perversidad
radical opuesta a la sabiduría, es la parodia del orden. La
sabiduría ve todo en una justa perspectiva, porque considera todo desde
el punto de vista más elevado, del mismo punto de vista de Dios y, por
consecuencia, comprende y respeta el orden en todo. El liberalismo ve todo desde
el punto de vista humano y a menudo del lado de aquello que hay de menos noble
en el hombre, y dispone todo en relación a esta visión defectuosa;
luego, la corrupción de la inteligencia engendra el desorden de los afectos,
finalmente el desorden en la acción. En este grado, el liberalismo es
una pasión, un fanatismo, una religión...una enfermedad casi incurable.
Este es el sentido general del liberalismo, considerado sea como sistema, sea
como estado de espíritu. Hemos insistido en detenernos allí ya
que, conociéndole así más a fondo, podremos más
fácilmente seguir su desarrollo histórico, formular su síntesis
y, luego de haberlo desenmascarado, indicar los remedios apropiados.
NOTAS:
(1) Ia, q. 44, a. 4, ad
1.
(2) A la vez principio y término
de la autoridad: es la Libertad-principio.
(3) La sola verdadera libertad
de conciencia, según León XIII, a única que es preciso
defender como un derecho inviolable, consiste precisamente en no ser impedido
en el cumplimiento de los propios deberes hacia Dios y en despreciar, aunque
sea al precio de la propia vida, todo orden que atente contra esta libertad
sagrada (Encíclica “Libertas”).