LIBERALISMO
Y CATOLICISMO
- décima parte -
por el Padre Roussel
“… Los errores
modernos envenenan de tal modo la atmósfera que respiramos, que los mejores
fieles de la Iglesia se contaminan. Las costumbres de laicización de
la Sociedad, de indiferentismo religioso, de liberalismo en todos los campos,
son tales, que nos cuesta mucho acoger la verdad en toda su integridad, verdad
que nos viene de la sana filosofía y de la fe católica…”
“… El libro del Padre Roussel: Liberalismo y Catolicismo, da una
perfecta idea del Liberalismo y del peligro que supone el Catolicismo liberal,
que proliferó con motivo del ralliement, se desarrolló con el
Sillonismo, el modernismo, el progresismo, para triunfar con ocasión
del Concilio Vaticano II, y destruir finalmente todo lo que quedaba de específicamente
católico en la fe, la moral, la Liturgia, las instituciones de la Iglesia,
por la aplicación del espíritu ecuménico y democrático.
“De ahí la importancia de conocer bien lo que los Papas pensaron
sobre el Liberalismo y sus sucedáneos. Su resistencia tenaz y valiente
frente a este ataque apocalíptico es también nuestra resistencia.
Sus argumentos son nuestros argumentos. Puesto que este ataque tiene como fin
la destrucción del orden natural y sobrenatural, la defensa contra él
se ha de basar en los principios fundamentales de estos órdenes natural
y sobrenatural, y, por consiguiente, en principios inmutables y eternos como
Dios mismo, autor de estos dos órdenes…”
(Extractos del curso consagrado al “Magisterio de la Iglesia”,
del año 1979-1980, por Monseñor Marcel Lefebvre)
QUINTO: EL EQUÍVOCO
DEMOCRÁTICO.
El “Católico-liberal” no se queda fácilmente sin
recursos. Ha llegado a ser un maestro en el arte de la confusión. Es
imposible denunciar todos los equívocos en los que se complace. Pero
al menos doy hay todavía que destacar cuidadosamente, por su importancia
y su actualidad: el equívoco democrático y el derecho común.
Es un hecho al que ya hicimos referencia, que los “Católico-liberales”
generalmente se han manifestado partidarios de los regímenes parlamentarios
y hoy son casi todos fieles devotos y fervientes de la Democracia.
¿Es así porque la Democracia es en sí una forma superior
de gobierno? — La razón demuestra fácilmente lo contrario;
para convencerse no hay más que consultar los manuales de derecho natural,
escuchar las enseñanzas de las más profundas inteligencias del
siglo XIX, desde Joseph de Maistre hasta Charles Maurras. Se ha pretendido que
la Democracia aseguraba, mejor que cualquier otra forma de gobierno, el “valor
absoluto y la dignidad de la persona humana”, que era más apropiada
para hacer reinar la justicia y lograr el bienestar de los pueblos. Con una
palabra Pío X (1) tira
abajo esas pretensiones de fetichismo democrático, recordando que según
León XIII: “La justicia es compatible con las tres formas de
gobierno que se conocen... en ese sentido, la democracia no goza de
un privilegio especial”. También Pío XI no
hace sino resumir la opinión común al decir que es evidente que
“los modernos gobiernos representativos... donde... el pueblo tiene
mucha injerencia en la dirección del Estado... se prestan más
fácilmente que las demás instituciones al juego
desleal de las facciones” (2).
¿Es al menos porque la forma democrática se adapta mejor
a nuestro país, más conforme a su temperamento, a sus necesidades,
a sus tradiciones? — Nada menos probado que eso. La práctica de
los regímenes parlamentarios y populares parece que hace cada vez más
nacer y aumentar el gusto por la autoridad, la necesidad de unidad y de estabilidad
en el gobierno.
La razón profunda de esta ansia de los “Católico-liberales”
por la democracia es otra. Ella reside en que la Democracia es una palabra
cómoda que encierra toda una filosofía, iba a decir toda
una Religión. La filosofía, la Religión, la Mística
liberal heredada de Lutero, de Rousseau, de la Revolución.
La Democracia dejó de ser como en los tiempos de Aristóteles,
de Cicerón o Santo Tomás, una simple manera de concebir la organización
de los poderes públicos. Es un ideal, un ideal de justicia social, de
mejoramiento e igualdad progresiva de las condiciones, un estado social donde
“al volverse los hombres más y más conscientes y responsables,
las leyes y los gobernantes tienden a convertirse en engranajes cada vez más
inútiles”; es el final de un progreso fatal, la cumbre de
una civilización nueva a base de libertad, igualdad, soberanía
del pueblo, un estado superior de la humanidad que ha salido al fin de su infancia
del medioevo y ha llegado a ser adulta a partir del siglo XVIII, es decir, capaz
en delante de dirigirse por ella misma sin guía ni tutor, sin impedimentos
ni dependencias. Y hasta se nos habla con un entusiasmo delirante de este “inmenso
y majestuoso impulso que arrastra los pueblos hacia la Democracia, es decir,
hacia una organización social que comporta para cada individuo una ampliación
de sus derechos y de sus deberes... El mundo, adulto, marcha hacia la Democracia...”.
En fin, es una vida más perfecta donde el hombre puede vivir intensamente,
progresa hasta lo infinito, donde va a desenvolverse al máximo el sentido
de la responsabilidad y de la dignidad humana” (3).
Individuos y sociedades en adelante deben ser formados y organizados en vista
y de acuerdo a los principios de esta nueva religión: también
se nos hablará de formación, de educación democrática;
y aún de una “ascesis democrática”.
Los Francmasones pretenden sustituir el catolicismo por esta religión
democrática. El “Católico-liberal” protesta y quiere
ver en ella el desarrollo definitivo de la doctrina evangélica: “La
aspiración profunda de nuestra época que va hacia la dignidad
humana, la justicia social, la vida democrática, la fraternidad universal,
la Iglesia no tiene ningún inconveniente en aceptarlo en sus principios
en donde ella encuentra la influencia de sus propias enseñanzas”.
En fin, esta Religión tendrá sus apóstoles aún
más, sus fanáticos: entre los que los “Católico-liberales”
no serán de los menos fervorosos. Despreciando conscientemente el pasado,
poco preocupados por las realidades del presente, ellos viven su sueño
de un futuro donde no habrá problemas para “construir sobre fundamentos
nuevos, una ciudad nueva”, en la que se realizará, al fin, la ecuación
perfecta de la virtud y de la felicidad.
Se trata como vemos, de una evolución, de una transformación del
sentido de la palabra “Democracia”. Desde 1890, Monseñor
Freppel destacaba ya ese fenómeno: “La Democracia, entre
nosotros, no es una forma de gobierno sino una doctrina, y una doctrina anticristiana
de la cual la idea-madre es la laicización de todas las leyes y de todas
las instituciones bajo la forma del ateísmo social”. Pretender
cristianizar semejante democracia tiene todo el aspecto de un compromiso imposible
y no hace sino aumentar una confusión llena de peligros (4).
Véase, en efecto, la consecuencia sorprendente que el “Católico-liberal”
saca de ese mismo equívoco.
Los Papas, sobretodo desde hace cincuenta años, siempre enseñaron
que la Iglesia aceptaba toda forma de gobierno, que no estaba sujeta a ninguno,
y reconocía que en ciertas condiciones todas podían ser legítimas
y buenas. Además, León XIII especialmente, en momentos precisamente
en que, en vista de un interés superior, pedía a los católicos
de Francia aceptaran la República democrática, entendía
evidentemente hablar de la forma de gobierno, ya que al mismo tiempo recomendaba
expresamente el combatir enérgicamente todo principio que no fuera conforme
con la enseñanza católica, toda legislación que procediera
de esos principios falsos. El aprobaba el adherir a la República (éste
es el medio) para mejor combatir los principios falsos y la legislación
sectaria (éste es el fin), que se adhirieran a la Democracia-forma
de gobierno para luchar más eficazmente contra la Democracia-doctrina,
en definitiva que se adhiriese a una República cristiana. Hasta aquí
no hay equívoco posible: se trata de la democracia como forma de gobierno.
El “Católico-liberal” va a servirse de esta palabra “democracia”
como de una complaciente etiqueta para hacer pasar y aceptar toda su mercadería
liberal: principios de libertad indefinidos y más o menos anárquicos,
de soberanía popular, de falsa dignidad del hombre (5),
de igualitarismo nivelador, mística del progreso, etc. Se trata entonces
de otra democracia diferente a la de siempre.
Y nuestro “Católico-liberal” razona así:
• Mayor: La Democracia (en el sentido
filosófico y clásico de Aristóteles, Santo Tomás
y León XIII), es una forma legíti-ma de gobierno: León
XIII llegó a invitar expresamente a los católicos de Francia a
que se agruparan legalmente en ella.
• Menor: Ahora bien, nosotros somos
“apasionadamente demócratas” (en el sentido de Rousseau,
Lammenais, Maret, Sagnier...).
• Conclusión: Luego, la Iglesia
aprueba realmente nuestras ideas, o al menos las considera legítimas,
no las condena. Cuántas veces, por otra parte, León XIII, ha felicitado
públicamente los “Ralliés”, por haber obedecido
a sus urgentes consejos.
¡Un gran sofisma en verdad! ¿Es posible jugar más groseramente
con los dos sentidos de la palabra “democracia”? Razonamiento
de cuatro términos para los “Católico-liberales”,
a fin de tergiversar el pensamiento de León XIII, aceptando la República
sin discriminación, en bloque, constitución, principios y legislación,
invirtiendo odiosamente el fin y los medios, aceptando la forma de gobierno
para hacer aceptar más fácilmente y difundir los dogmas liberales.
Les permite, si se atacan los dogmas liberales, gritar que se atacan sus convicciones
políticas perfectamente legítimas. En fin, eso les permite hacer
una propaganda liberal insensata hasta en las obras católicas, bajo la
máscara de “lealtad cívica”.
De esta forma, desde el “Ralliement” sobre todo, los “Católico-liberales”,
tratados con bastante dureza por Pío IX, se vieron obligados a cambiar
de nombre. Se denominan hoy Católicos sociales o Demócratas
cristianos; pero la mentalidad permanece la misma pues los principios y
la actitud no han cambiado nada. El Democratismo continua auténticamente
siendo el Liberalismo.
Por nuestra parte, fortalecidos por las enseñanzas pontificias, no dejaremos
de advertir los espíritus rectos contra esas confusiones, aclarándolas
por medio de todas las consideraciones necesarias.
En cuanto a esto, por ejemplo, a la palabra “democracia”
se le puede dar cuatro sentidos principales:
a) La democracia como acción
bienhechora de la Iglesia a favor de las clases populares: es la “Democracia
cristiana”, desprendida de todo sentido político. No es sino, en
el fondo, una manifestación de esa caridad católica que siempre
ha predicado las obras espirituales y corporales de asistencia y misericordia.
En ese sentido todos los Católicos debieran ser demócratas.
b) La democracia
en el sentido de demofilia o gobierno para el pueblo; especialmente favorable
a las clases más bajas, atenta a sus necesidades más apremiantes.
En este sentido, todos los gobernantes, aún las monarquías más
absolutas, deberían ser demócratas, pues siempre la autoridad,
cualquiera sea la forma de su organización, viene de Dios para el bien
de aquellos que les están sometidos.
c) La democracia
en el sentido clásico de una forma especial de gobierno en la que
el pueblo es llamado a una más amplia participación en la gestión
de los asuntos públicos. Este sentido, aunque se refiere a una forma
menos perfecta y menos segura, es legítimo en sí lo mismo que
las formas aristocráticas y monárquicas. En este sentido todo
Católico puede ser demócrata. La determinación, la adaptación
de esta democracia a un determinado país es asunto de razón, experiencia,
prudencia.
d) Finalmente, la
democracia en el sentido liberal de Rousseau, Lammenais, Maret, Sangnier,
constituyendo no tanto una forma política determinada, sino una filosofía
general basada en los principios de 1789 ya descritos anteriormente. Es esto
lo que podemos llamar Democratismo. En este sentido ningún Católico
puede ni debe ser demócrata. Con la Iglesia, él debe aceptar:
• Una libertad, “facultad
de moverse en el bien”, regulada con sabiduría.
• Las desigualdades naturales y
necesarias, en vez de pretender una nivelación de clases.
• El verdadero concepto de autoridad,
en su origen (viene de Dios y no surge del pueblo), en su naturaleza (ella manda
como servicio en vez de ser un puro servicio sin mandato o una pura “autoridad
consentida”).
• La verdadera noción de dignidad
del hombre, compatible con la humildad de su propia condición y no la
exaltación hiperconsiderada del yo, ni la sobrevaloración demagógica.
• La subordinación indirecta del
Estado a la Iglesia y la cristianización necesaria de la política
y la legislación.
• La realeza social de Nuestro Señor
Jesucristo, etc.
En resumen, todas esas verdades necesarias que de hecho la Tercera República
niega y rechaza sistemáticamente como lo señalan las dos Declaraciones
de Cardenales de 1892 (6) y de
1925.
Según el sentido con que se encare el católico, tendrá
el deber o la simple facultad, o la prohibición rigurosa de ser demócrata.
Pero si él quiere particularmente ser demócrata en el sentido
puramente político, no sólo deberá, lo mismo que el monárquico
o el bonapartista, admitir primero la doctrina íntegra de la Iglesia,
sino que además tendrá en las actuales circunstancias, que usar
de una circunspección y prudencia especialmente vigilante ante el peligro
de ser atraído por el brillo y sonoridad de las palabras que no acepta,
de los errores que ellas encierran, por temor a que su preferencia por la forma
democrática de gobierno, no lo lleve a asimilar su mentalidad y caiga
también en un democratismo condenable y condenado (7)..
NOTA SOBRE EL “RALLIEMENT”
Antes de terminar con el “equívoco democrático”,
es necesario volver un poco sobre el asunto del Ralliement, a causa
de los abusos intolerables que continúan cometiendo los “Católico-liberales”.
Anteriormente nos hemos pronunciado acerca de en qué consistía
el “Ralliement”. ¿Cuál era la naturaleza
de la adhesión a dar a la República? Ciertamente ella exigía
de todo Católico la sumisión sincera al “poder constituido”
y la obediencia a sus justas leyes y prescripciones, la colaboración
legal a los asuntos públicos. Por cierto también exigía
que ningún Católico se justificara sobre la enseñanza,
la práctica católica, para oponerse a la forma republicana, comprometiendo
de ese modo a la Iglesia en las luchas políticas de partido. Pero, ¿suponía
esa actitud algo más que el cesar provisorio de toda oposición
exterior y sistemática al régimen, llegando a la adhesión
interior de la inteligencia y de la voluntad? No lo creemos. Más, puede
uno preguntarse si un católico francés, que continúa perteneciendo
al partido realista (al que la Tercera República reconoce oficialmente
en el país y en la Cámara, al igual que los otros partidos), obediente
al “poder constituido” en la medida en que mande legítimamente
temiendo atacar la forma republicana en nombre de la doctrina católica
y no subordinar la Iglesia a su partido, uno se puede preguntar, digo, si ese
Católico realista no está perfectamente de acuerdo con la Encíclica
pontificia de 1892 (8).
Cualquiera sea la teoría, difícil de precisar, en los hechos el
“Ralliement” ha fracasado. En vez de unir, ha dividido
y multiplicado las divisiones, ha quebrado la resistencia católica en
lugar de fortificarla. A causa de la deslealtad, de la hipocresía del
gobierno, del sectarismo de las Cámaras, le ha faltado su particular
objetivo que era impedir la anulación del Concordato; en cuanto a E.
Lamy, para él el celo de León XIII a favor de la alianza ha precipitado
la ruptura entre la Iglesia y el Estado. Por consiguiente, también las
interpretaciones abusivas y desleales de los “Católico-liberales”
han favorecido indirecta, pero muy eficazmente, el progreso del laicismo en
el país y entre los mismos católicos...
¿Pero nos hemos preocupado lo suficiente de las condiciones de hecho,
de la “hipótesis”? ¿No nos hemos despreocupado, y
hasta quizás con menosprecio, sobre la verdadera naturaleza del gobierno
republicano, sobre la situación exacta de la Iglesia de Francia?
A pesar de todo, la política del “Ralliement” había
al menos dado pruebas manifiestas de la buena voluntad de León XIII,
la sinceridad de su deseo de conciliación. Sobre todo, había obtenido
ese feliz resultado de destacar mejor la independencia de la Iglesia frente
a los diversos partidos políticos, la superioridad del punto de vista
religioso sobre el político, el no subordinar la Iglesia a una forma
determinada de gobierno.
En todo caso, dado el cambio de circunstancia y sin duda también
por una información más completa, la política
del “Ralliement” ha sido poco a poco abandonada: es un
hecho concluido en 1909 (9). También
en marzo de 1911, el Cardenal Lugon, haciéndose interprete del pensamiento
de Pío X, pudo afirmar sin temor a ser contradicho que el “terreno
constitucional” estaba “descartado” por el Papa como “elemento
de discordia” y como inaceptable después de un “fracaso definitivo”.
En adelante, el “terreno religioso” era considerado como la única
base de unión de los Católicos en Francia. Desde entonces, ningún
gesto, ningún documento pontificio no ha dejado ni siquiera suponer que
las “direcciones de Pío X” hubieran sido anuladas. Una carta
dirigida en marzo de 1926 a La Gazzette Française por Monseñor
Marty, mencionando el pensamiento del Papa Benedicto XV dice explícitamente
lo contrario.
Sin embargo, los “Católico-liberales” o “Demócratas
Cristianos” no se resignaban fácilmente a abandonar esta política
del Ralliement que les había favorecido tanto. Continuaron impulsándola
muy a menudo en un sentido tendencioso que nunca fue el de León XIII
(10). Continuaron con fórmulas
equívocas que es bueno denunciar:
1º) “¡Nada de política!”,
afirman por ejemplo, lo que es extraño por parte gente que la ha practicado
ordinariamente mal, como maestros de la intriga electoral. Pero ellos lo interpretan
así:
• sea como indiferentismo político,
lo que es un error pues si la Iglesia es indiferente a las distintas formas
de gobierno, no es indiferente a los principios que las animan, a la legislación,
a lo que de ello resulta; además hay aún en política
pura, una verdad objetiva, y sin este orden, la Iglesia nada enseña
en virtud de su autoridad y rechaza el poner su indiferencia al servicio del
o de los partidos que pretendieran utilizarla y que lucharan para hacerla triunfar,
de la misma manera es para todo católico, ciudadano de una patria determinada,
deber general el buscar esa verdad por la razón y la experiencia, y servirla
con prudencia;
• sea como nada de política de
oposición al Régimen de hecho; estamos en una República,
y por lo tanto respeto, amor y veneración por Ella, ¡y esto no
sería hacer política, sino simplemente una actitud cristiana!
Uno se pregunta si Don Sturzo y su Partido popular alimentan tan buenos sentimientos
ante la dictadura fascista de Mussolini;
• sea, en fin, como neutralidad política
frente a religiones, Iglesias; política y Religión deben estar
separadas: esto es Laicismo, opuesto a toda política cristiana. En este
orden de ideas ya es hora que los católicos de Francia comprendan de
una vez:
a) Que la política en general, ciencia y arte
de gobernar las naciones, es de capital importancia. Las costumbres electorales
y parlamentarias nos lo han hecho olvidar demasiado. Gobernar no es, en absoluto,
el asegurar penosamente no se qué equilibrio quimérico entre las
voluntades individuales o intereses de partido, lo que ordinariamente no conduce
sino a la dominación insolente y tiránica de la facción
menos escrupulosa; ante todo gobernar es conducir una sociedad dada a realizar
su fin temporal, el buen común (paz y prosperidad), del cual el elemento
principal es moral y religioso, y ello mediante una colaboración proporcional
de todos los ciudadanos o individuos bajo la dirección clara y el impulso
firme de la autoridad legítima. Queda claro que no existe una cuestión
social importante que no sea también política, que no exija una
solución política. La política es en este sentido, la primera
de las obras sociales, condición de la existencia y de la fecundidad
de todas las otras.
b) Que la política cristiana, inspirándose
en la sabiduría del Evangelio, tomando como modelo el gobierno de la
Providencia, con miras a asegurar a todos los ciudadanos o personas las condiciones
más favorables para que obtengan su fin eterno; esta política
basada en la afirmación pública de los derechos de Dios y de la
iglesia sobre las sociedades como sobre los individuos, es la más urgente
entre todas las obras; ella está en la cúspide del “orden
social cristiano”.
c) Que la forma de gobierno, teniendo en vista la
mejor organización de los poderes públicos, particularmente para
el que es sujeto de la autoridad, órgano del bien común, no es
una simple etiqueta exterior sin importancia, sin influencia sobre la marcha
de los negocios, indiferente al fondo de las cosas. Esto no es verdad ni en
la teoría ni en la práctica: todo instrumento debe ser adaptado
a su fin. Si desde este punto de vista la doctrina católica exige solamente
que el gobierno, cualquiera que fuere, observe la justicia y sea apto para asegurar
el bien común, la razón y la experiencia piden, por otra parte,
que haya en el gobierno la mayor unidad posible, estabilidad, coherencia, cierta
elevación de mira, perseverancia y continuidad en los propósitos,
una autoridad firme y respetuosa de los derechos anteriores o superiores, al
abrigo de intrigas, de competencias por encima de los intereses de profesiones
o de partidos, una responsabilidad definida... Nos preguntamos, ¿toda
forma de gobierno asegura estas condiciones?, ¿no existen acaso instituciones
corruptoras?
Estos asuntos vitales para el provenir temporal y religioso de una nación,
¿no son acaso dignos del interés y atención de los católicos?
Aún ahí, el gran enemigo es el liberalismo y el democratismo.
2º) “Lealtad constitucional” o “cívica”.
— Con esa expresión los “Católicos Liberales”
confunden la obediencia al poder constituido” en la medida en que éste
gobierne legítimamente (doctrina tradicional de la Iglesia que no está
referida especialmente al Ralliement), con la adhesión de principio a
la forma propia del régimen (en la que el Católico permanece normalmente
libre), o también con la aceptación sin reservas de sus principios
y sus leyes (lo que es puro “sometimiento” [11]).
3º) “Fuera y por encima de partidos”. —
En esto, ustedes creerán que se encontró una forma clara sin equívocos
posibles. Sin embargo no es así. Siendo la República el régimen
propio establecido en Francia, es el régimen nacional, que todos los
franceses, los Católicos sobre todo, deben admitir sin objeción.
Por lo tanto, la fórmula que debiera proporcionar a los Católicos
un terreno de unión superior a aquel en que se mueven los partidos políticos,
significará: fuera de todo partido de oposición al régimen
republicano y por encima de las variedades de los partidos republicanos, calificados
de “bloque nacional” (12).
Igualmente, se agregará para precisar más la fórmula: “en
el cuadro de las instituciones establecidas”. Por consiguiente, una asociación
católica será consecuente con ella misma sólo adhiriendo
a tal agrupación republicana, rechazando admitir en su seno todo realista
militante, prohibiendo a sus adherentes hacer política de oposición
al régimen. Si, obligada por las circunstancias, reconoce a cada uno
de sus adherentes, considerados como ciudadanos, la libertad de adherir a una
agrupación política, tendrá cuidado de apartarlos de un
tal o cual partido de oposición a la forma republicana de gobierno, y
sobre todo si se trata de prevenirlos contra los errores democrático-liberales
de todo partido político que procura la adhesión de los católicos.
Y ciertamente, ¡de esa manera, un buen número de dirigentes de
la asociación se encontraron ellos mismos condenados!
4º) “No comprometerse con un partido político”.
— Siempre está sobrentendido para nuestros “Católico
Liberales” que ser republicano, adherir a un partido republicano en una
República no es hacer política. Por otra parte, ellos no hacen
distinción entre: principios políticos, constitución, legislación,
poder constituido, sumisión a la autoridad legítima, adhesión
a una forma de gobierno... Luego un grupo político opuesto a la forma
democrática de gobierno acepta verdades generales sobre el orden, la
autoridad, la tradición, etc., comunes a la enseñanza católica,
ajusta su política religiosa al derecho público de la Iglesia,
lucha contra los mismos adversarios...: ¡eviden-temente no hay allí
más que un “Catolicismo utilitario”, se quiere comprometer
a la Iglesia y ponerla al servicio de un partido! Un católico, un sacerdote,
que proclaman los principios del derecho natural y enseña las tesis del
derecho público de la Iglesia, que combaten los errores político-religiosos
y sociales de un partido que se sabe demócrata y felicitan un partido
que se reconoce realista por sus principios y sus actitudes conforme a las enseñanzas
de la Iglesia, favorecen de esta manera indirectamente aunque con mucha eficacia
a este último partido... evidentemente, y además, este católico
y este sacerdote están al servicio del partido realista y ¡comprometen
a la Iglesia con ellos!
Confundiendo acercamiento natural con compromiso buscado, y la preocupación
de coincidir con la Iglesia y el deseo de ponerla al servicio de un partido;
los desdichados no ven que ese es el deber de todo católico; antes de
entrar a un partido político, admitir como fundamento la enseñanza
integral de la Iglesia; no comprenden que ¡es la misma Iglesia la que
favorece indirectamente, pero muy eficazmente, todo partido político
que adopte sus enseñanzas! León XIII, recordando los principios
de la política cristiana, Pío X condenando los errores de
Le Sillon, Pío XI condenado el “Laicismo”,
favorecen también al partido político que sea, que se inspire
en esas mismas ideas: hay unión en el “finis operis”, pero
no en el “finis operantis”. Igualmente, el día en
que un partido demócrata, movido por una noble emulación, aceptara
perfectamente la enseñanza del derecho divino natural y sobrenatural,
ese día también se beneficiaría en igual medida de la enseñanza
y de la actitud de la Iglesia.
Así, todas esas fórmulas, que uno hubiera podido creer inocentes
en un primer momento, se cambian fácilmente en boca de “Católico-liberales”,
en torcidos subterfugios para legitimar la actitud del “Ralliement”
e imponerlo a los demás.
No es este el lugar para examinar cuales deben ser los juicios y la actitud
del Católico, del Sacerdote sobre todos, ante la política.
Se requieren múltiples y sutiles distinciones. Vamos a plantear solamente
las principales:
I. — El Católico
en cuanto tal, el Sacerdote, no deben tener en esa materia, ni otro juicio,
ni otra actitud que la de la misma Iglesia: admitir lo que Ella enseña,
obedecer sus prescripciones, inclinarse en el sentido de sus preferencias;
II. — La Iglesia es
indiferente con respecto a las diversas formas de gobierno, supuesto que
cumplan las condiciones requeridas: respetar, observar la justicia, ser aptas
para el bien común. Ella rechaza siempre el dejar que su Magisterio quede
comprometido, lo mismo que su influencia, a favor de una o de otra;
III. — La Iglesia también
es indiferente a la política práctica en sí misma,
pero exige: de los gobernantes, que se inspiren en todo, en las reglas
de la moral, de la justicia, de la caridad, que legislen y obren en vista del
bien común; de las personas y ciudadanos, que obedezcan a la
legítima autoridad y colaboren según sus posibilidades, al interés
general; de todos, que practiquen una política cristiana y se
inspiren en el espíritu del Evangelio.
Por consiguiente:
I. — Todo católico
deberá conocer sus deberes de ciudadano y formar al respecto
su conciencia de acuerdo con las enseñanzas de la recta razón
y de la fe; procurar el bien común de la ciudad, de la Patria, sea que
mande o que obedezca; obrar en todo como cristiano, buscando constantemente
realizar la primera de las obras cristianas: un Estado cristiano. En este sentido
deberá ocuparse de política, interesarse en los asuntos públicos,
colaborar eficazmente a este bien común cuyos principales elementos son
el moral y el religioso.
II. — En cuanto a aquello
que es de la “política de partido”, es decir, aquella
que trata de una forma determinada de gobierno, ella es legítima
en sí. Pero el católico tendrá que buscar la verdad
política con ayuda de la razón, de la experiencia, de la autoridad
de personas prudentes y competentes. En la práctica, o sea, en sus esfuerzos
para hacer triunfar sus concepciones y conseguir el poder, tendrá que
estar atento para no violar las normas de la honestidad y de la prudencia.
III. — Tendrá por
tanto libertad como individuo y como ciudadano para adherir a un partido político
determinado, hacer una oposición honesta y prudente al gobierno (oposición
que es también entre nosotros, oficial y legal), desde que él
no actúa como Católico o representante de la Iglesia, y por otra
parte, porque obedece a las justas prescripciones del régimen establecido
y no busca más que mejorar el poder aún modificando su forma;
IV. — Para actuar prudentemente,
en las circunstancias de hecho en que él se encuentra en nuestro país,
comprobará con provecho:
• que
los “partidos” se clasifican menos por lo que respecta a las formas
de gobierno que según los principios filosófico-religiosos, buenos
o malos, que están en la base de toda política;
•
que los “partidos” llamados de “derecha”, son, en
general, los únicos que concuerdan con el derecho natural y la enseñanza
católica. En aquellas circunstancias en las que elija por la Monarquía
o por la Democracia, no deberá olvidarse de sujetar primeramente sus
principios y su acción a la enseñanza de la Iglesia.
En síntesis, el Católico que se ocupe de política
tendrá que hacerlo por el Bien Común y sin olvidar los derechos
de Dios y el bien sobrenatural de las almas; y su Catolicismo, aun en este caso,
no será sino un motivo más de obrar el bien y una regla para actuar
mejor. En cuanto a lo que a la “política de partido” se refiere,
podrá hacerla legítimamente a condición de permanecer escrupulosamente
en los límites de la moral y de la prudencia, de escuchar, si se presenta
el caso, los consejos de la autoridad religiosa (por ejemplo, cuando da su voto),
y de tener en cuenta la jerarquía de los fines.
En cuanto al sacerdote, deberá dar el ejemplo de la perfecta
colaboración al Bien Común; lo cual logrará tanto mejor
cuanto él permanezca ocupando el lugar que le corresponde. Entonces se
ocupará de política sobre todo para formar la conciencia de los
fieles (gobernantes o gobernados), recordándoles sus deberes y los principios
de la política cristiana. En lo que se refiere a la “política
de partido”, podrá, también él, su opinión,
pero la prudencia le aconsejará a veces no manifestarla, y sobre todo
no trabajar por ella en una actividad política concreta. Reconocerá
a todos su legítima libertad en sus ideales políticos al mismo
tiempo que recordará a todos el deber riguroso de no admitir ningún
error político, religioso y social... En la práctica,
la actitud del sacerdote será la de las más fáciles: aceptar
las prescripciones de la autoridad religiosa de quien depende, respetando la
jerarquía de poderes.
Y ahora, si miramos esto bien de cerca y reflexionamos con atención,
nos persuadiremos sin dificultad que lo que impide en ciertos países
una respuesta positiva de los Católicos al gobierno, no es un
asunto puramente político, por más que así lo sostengan
algunos, sino ante todo una cuestión de doctrina (13),
es, a pesar de las apariencias engañosas y palabras mentirosas, todo
el planteo del Liberalismo. ¿Quién reinará, Satanás
o Cristo? En estas condiciones, no es posible conciliación alguna, ninguna
paz.
Guardadas todas las proporciones, aquello que constituye una oposición
esencial entre los mismos católicos, lo que suscita las divisiones,
crea los conflictos, enciende odios, no es una simple divergencia de concepción
sobre la organización de los poderes públicos, sino toda la mentalidad,
toda la doctrina “católico-liberal”. A un Cardenal Pie, realista
legitimista en política, podría considerárselo quizá
separado por un pequeño arroyo del gran defensor de los Derechos de Dios,
el republicano García moreno; en cambio, un océano lo distancia
del realista legitimista pero furibundo liberal, Falloux. El día que
se haya comprendido, el día que se hayan rechazado todos los errores
liberal-democráticos y que haya cambiado la mentalidad que ellos inspiran,
ese día, no lo dudamos, el acuerdo será lo más fácil,
la resistencia al adversario, eficaz y el triunfo estará próximo
(14).
SEXTO: “LA LIBERTAD
Y LA IGUALDAD EN EL DERECHO COMÚN”.
El Liberalismo puro ha sustituido al derecho natural y cristiano por un
“derecho nuevo”, cuyo principio fundamental consiste en el
ateísmo legal y social. La autoridad, de ahí en más, emana
del pueblo y reside esencialmente en él. Su voluntad, expresada por la
mayoría, sustenta la ley, formula el derecho. El Estado, su mandatario,
se constituye de esta manera en fuente y regla de todo derecho. Teniendo en
cuenta todos los individuos, todos los grupos sociales, todas las confesiones
religiosas que se mueven en su seno como otras tantas realidades matemáticamente
iguales, a las que él debe tratar con igualdad, tiende sin cesar a legislar
en todo y para todos de manera uniforme, reunirlo todo en un “derecho
común” (15), del
cual es creador arbitrario y soberano.
Los “Católico-liberales” siempre titubeantes en lo que toca
a la doctrina y demasiado escrupulosos en materia de conciliación, han
creído ser hábiles al aceptar el terreno del adversario, y, siguiendo
a Lammenais, se han engolosinado con la fórmula “la libertad y
la igualdad en el derecho común”. Una importante asociación
política, compuesta quizás sólo por católicos, hace
algunos años la tomó como divisa (16).
Diarios y oradores católicos no han cesado de repetirla con gran seguridad,
y hace muy poco, no sin gran sorpresa, la hemos vuelto a encontrar más
brutal que nunca, en la pluma de un alto dignatario de la Iglesia: “Nosotros
no reclamamos sino la libertad y la igualdad en el derecho común, ni
más ni menos”. Y aún, es eso lo que encontramos en
estos tiempos actuales, cuando escuchamos a cantidad de oradores católicos
reclamar con energía la abolición de las “leyes de excepción”,
es decir, la vuelta al “derecho común”.
La oscuridad de la confusión no es propicia para compromiso de ninguna
naturaleza, y la unión exige la leal claridad de la verdad. En base a
esto, resta aún determinar algunas distinciones necesarias.
Por nuestra parte, rechazamos formalmente el “derecho común”
como sistema, en tanto que pretende no ser sino la aplicación del
“derecho nuevo”, basado en la libertad sin control, en la igualdad
absurda, surgida de Lutero y Rousseau, aceptada y propagada por la Revolución...,
pues, en ese sentido, está en total contradicción con el derecho
católico, con el derecho divino natural, y tiende a destruir la noción
misma del derecho en general; tendría por resultado volver a poner todas
las cosas, incluyendo las cuestiones religiosas, en manos de la suerte, de la
más pura arbitrariedad legal.
Una vez expurgado de los falsos principios que lo informan, reivindicaremos
el derecho común, o, más bien, ciertos derechos comunes determinados.
El Católico francés puede ser considerado como hombre,
como francés, como católico. Reclamamos los
derechos naturales comunes a todos los hombres, los derechos civiles
comunes a todos los franceses, pues nuestra calidad de católicos no hace
de nosotros hombres disminuidos, francés de segundo nivel, muy por el
contrario. Pero rechazamos la pretensión que pudiera tener el Estado
de ser la fuente y la medida de todos los derechos. Existen derechos anteriores
o superiores a la ley civil, que ésta debe respetar y garantizar. Como
Católicos tenemos derechos especiales que recibimos de Dios por
la Iglesia, y no admitiremos jamás que el Estado pretenda conducir la
Iglesia al derecho común, porque no hay en allí ninguna medida
entre la verdad y la falsedad, entre el bien y el mal, entre la Iglesia y la
Sectas, Dios y Satanás.
En cuanto a considerar el derecho común como método,
a utilizarlo como recurso, como argumento “ad hominem”, nos parece
legítimo en sí, pero de un manejo difícil y peligroso,
por ejemplo, si se vislumbra una intención de reconocer al Estado
una jurisdicción sobre la Iglesia, en cuyo caso el argumento conduce
fácilmente a los principios de donde procede; además, nos parece
ineficaz, pues el derecho común no ha sido instituido por los
enemigos del Catolicismo sino para destruirlo. ¿Y no es esto acaso la
expresión legal del laicismo que combatimos?
En síntesis, sólo aceptamos el terreno del derecho común
si está delimitado cuidadosamente (derecho natural, derecho civil que
proceda de leyes justas); además, afirmamos decidida y radicalmente,
los derechos de Dios, de Nuestro Señor Jesucristo, de la Iglesia, superiores
a toda legislación civil, y los reclamamos en nombre mismo de la Soberanía
Suprema de Dios, en nombre del deber primordial que tiene todo ser individual
o colectivo, de obedecer a Dios y a sus representantes legítimos. Particularmente,
proclamaremos la necesidad, el deber de todos los individuos, y para todos los
pueblos, de admitir el derecho imprescriptible de Jesús Rey a reinar
sobre toda criatura.
NOTAS:
(1) Encíclica “Notre Charge Apostolique”
del 25 de agosto de 1910, por la que condena los errores doctrinales del movimiento
francés “Le Sillon” acerca de la autoridad, la libertad
y las formas de gobierno.
(2) Encíclica “Ubi
Arcano”. — También Santo Tomás piensa que la
Democracia presenta el mínimo de ventajas y el máximo de inconvenientes
(De Regimine principum, lib. 1, cap. 5).
(3) SanPío X a propósito
de los Sillonistas, definió bien esta clase de democracia: “...Una
organización política y social fundada sobre... la libertad
(entendida en sentido de autonomía del hombre, primer elemento de su
dignidad) y la igualdad (en el sentido de plena justicia
que realizará por sí sola la nivelación de condiciones
en los tres sentidos: político, económico e intelectual), la
fraternidad (amor del bien superior que hace innecesaria
la autoridad), he aquí lo que ellos llaman democracia”;
esto debe incluir además y sobre todo: la mayor participación
posible de cada uno en el gobierno de la cosa pública “realizando
de esa manera la única sociedad capaz de asegurar el ideal de la dignidad
humana, teniendo cada ciudadano un alma de rey y cada obrero un alma de patrón”.
(4) La Patria temporal no puede
sino sufrir en sus intereses, al tener que soportar una tal democracia: “La
República, escribía el R. P. de la Taille en 1908, no
funciona ya en Francia sino como una agencia de destrucción nacional
dirigida por un Sindicato irresponsable de explotadores anónimos”
(Frente al Poder, p. 144).
(5) San Pío X describe
así esta falsa dignidad: “El hombre no será verdaderamente
hombre, digno de ese nombre, sino el día que adquiera una conciencia
esclarecida, fuerte, independiente, autónoma, pudiendo no estar sometido
a maestros, obediente sólo a ella misma y capaz de asumir y de llevar
sin prevaricar las más grandes responsabilidades” (Encíclica
sobre Le Sillon [Notre Charge Apostolique]).
(6) “Desde hace doce
años, escribían los cinco Cardenales franceses en 1892, el
gobierno republicano ha sido la personificación de algo diferente del
simple poder público; ha sido la personificación de una doctrina
y de un programa en absoluta oposición con la fe católica”.
Y nada cambió luego. También la Declaración de 1925, después
de haber demostrado que las leyes laicas tienden a “descristianizar
toda vida y todas las instituciones”, agrega: “Quienes
inauguraron el reino, quienes lo consolidaron, lo extendieron, lo impusieron,
no han tenido otro objetivo”. ¿Es posible
pues, obstinarse en atribuir aunque sea pureza de intención a quienes
nos gobiernan?
(7) Cfr. Encíclica de San
Pío X sobre “Le Sillon”.
(8) Pero si las prescripciones
pontificias de León XIII no iban más allá de la simple
sumisión de hecho al poder establecido, parece bien claro que
su objetivo y su acción políticas, con respecto a la conciliación
hayan tendido a la homogeneidad política de los católicos para
la aceptación formal y explícita de la República.
Cfr. Barbier: “Un caso de conciencia”; R. P. de la Taille:
“En frente al Poder”.
(9) Cfr. Discurso de Pío
X a los peregrinos franceses, del 19 de abril de 1909 y respuesta del Cardenal
Merry del Val al discurso del Coronel Keller, en el mes de mayo del mismo año.
(10) No dudamos en repetir que,
los “railliés”, si bien ciertamente “refractarios”,
bastante pocos han podido tener ante las directivas de León XIII actitudes
o palabras lamentables, y demasiado a menudo traicionaron su sentido uniéndose
a una República sistemáticamente anticristiana. Nisard, embajador
de Francia ante León XII, escribía luego de una audiencia el 10
de noviembre de 1900: “El papa ha recordado que no había dejado
de invitar a los Católicos a que aceptaran la República, pero
una República cristiana, heredera de las tradiciones y continuadora del
papel de la gran Nación Católica que es Francia…”
(11) En nombre de la fidelidad
constitucional “obligatoria” se quiere que los monárquicos
renuncien a sus convicciones políticas. Es un abuso intolerable
que es fuente de división y de impedimento para la acción. Lo
que se debe mas bien pedir a todo católico que forme parte de una asociación
religiosa para la defensa de la Iglesia, es “hacer abstracción
de toda preferencia política y subordinar sus preferencias al interés
de la causa católica” y mostrarse sin ambages, católico
en todo, también en política.
(12) Cuántas veces hemos
escuchado a los jefes de la Acción Liberal popular, pretender que el
“terreno constitucional ha sido el de la Iglesia en todas las épocas”,
por lo tanto, sería una obligación para todos los católicos
de un país, no sólo obedecer al régimen establecido en
todo ejercicio legítimo de su poder, lo cual es lógico, sino además,
de ¡alinearse formalmente con todos los gobiernos que se sucediesen en
un país determinado! Es sin embargo eso lo que enseñaba e imponía
a sus adherentes una asociación católica, comprometida por otra
parte a la A.L.P.: “es enseñanza tradicional de la iglesia, que
nos manda no preocuparnos del régimen establecido” escribía
uno de sus dirigentes en 1907. De modo que, según esos jóvenes
doctores laicistas “¡nuestra religión no nos permite querer
otra forma de gobierno que el régimen establecido ni buscarla aun por
los medios que la constitución autoriza!”. Podremos sorprendernos
después de haber visto esas asociaciones, formadas para luchar contra
los enemigos de la Iglesia, llegar, a veces de hecho, a un sentimiento obsecuente
e imprudente por un poder esencialmente anticristiano, y a la neutralidad en
la causa de los derechos de Dios sobre la sociedad.
(13) El R. P. de La Brière
escribía recientemente: “Todos los hombres… que ocuparon
el gobierno de Francia desde hace cincuenta años... estuvieron de acuerdo
en considerar el régimen republicano no como una simple forma de gobierno,
sino como la expresión política de una filosofía de Estado:
el laicismo. Todos estuvieron de acuerdo en incorporar las leyes laicas al propio
régimen tan estrictamente como la organización de los poderes
constitucionales. Los Católicos franceses fueron tratados como enemigos
públicos no sólo por su oposición a la forma republicana
del gobierno sino sobre todo por su oposición a las leyes y a la doctrina
del laicismo oficial...”. Esto, agrega el autor, es un tema de historia
“definitivamente dilucidado”.
(14) Entre nosotros, los Católico-demócratas
tienen una marcada tendencia hacia los matices liberales, los Católico-monárquicos
son ordinariamente, antiliberales decididos. Aparentemente buscan los
mismos fines, el bien de la Patria y libertad de la Iglesia, no difieren más
que en cuanto a los medios (república, monarquía); pero en el
fondo, lo repetimos, la oposición real se encuentra entre el liberalismo
y el antiliberalismo; absolutamente no se quieren los mismos fines y se
parte de principios opuestos. Es esto lo que explica que un “Católico-liberal”
o “Demócrata-cristiano” rechazará con blandura los
avances de los radicales y socialistas, cuando no los buscará quizá
y caerá en sus brazos, en tanto que rechazará con indignación
y cólera toda alianza con los monárquicos antiliberales. Su tendencia,
manteniéndose “hacia la izquierda”, no admitirá la
fórmula “sin enemistades a la derecha”, tanto como no combatirán
decididamente las leyes laicas, siendo que admiten parcialmente al menos los
principios generadores.
(15) Cfr. sobre este tema, el
excelente y muy sustancioso folleto del Padre Roul, del Seminario de Roma: “La
Iglesia Católica y el Derecho común”, año 1926.
(16) S. E. el Cardenal Charost,
prologando la vida del R. P. Le Doré, recuerda que el valiente atleta
“reprochaba a los jefes de la Asociación Liberal el no llevar al
frente de su programa la bandera de Jesucristo, de sus derechos y los de su
Iglesia, y el haber empaquetado prudentemente todo en el derecho común”
(p. XV).