LIBERALISMO
Y CATOLICISMO
- undécima parte -
por el Padre Roussel
“… Los errores
modernos envenenan de tal modo la atmósfera que respiramos, que los mejores
fieles de la Iglesia se contaminan. Las costumbres de laicización de
la Sociedad, de indiferentismo religioso, de liberalismo en todos los campos,
son tales, que nos cuesta mucho acoger la verdad en toda su integridad, verdad
que nos viene de la sana filosofía y de la fe católica…”
“… El libro del Padre Roussel: Liberalismo y Catolicismo, da una
perfecta idea del Liberalismo y del peligro que supone el Catolicismo liberal,
que proliferó con motivo del ralliement, se desarrolló con el
Sillonismo, el modernismo, el progresismo, para triunfar con ocasión
del Concilio Vaticano II, y destruir finalmente todo lo que quedaba de específicamente
católico en la fe, la moral, la Liturgia, las instituciones de la Iglesia,
por la aplicación del espíritu ecuménico y democrático.
“De ahí la importancia de conocer bien lo que los Papas pensaron
sobre el Liberalismo y sus sucedáneos. Su resistencia tenaz y valiente
frente a este ataque apocalíptico es también nuestra resistencia.
Sus argumentos son nuestros argumentos. Puesto que este ataque tiene como fin
la destrucción del orden natural y sobrenatural, la defensa contra él
se ha de basar en los principios fundamentales de estos órdenes natural
y sobrenatural, y, por consiguiente, en principios inmutables y eternos como
Dios mismo, autor de estos dos órdenes…”
(Extractos del curso consagrado al “Magisterio de la Iglesia”,
del año 1979-1980, por Monseñor Marcel Lefebvre)
- Conclusión -
El “Catolicismo-liberal”, cualquiera sea el nombre que utilice,
“Democracia-cristiana”, o “Catolicismo-Social”, es un
espíritu, una mentalidad general, una enfermedad que se extiende por
todas partes, tanto en su teoría como en su práctica. En realidad,
no es posible encerrar en los límites de una exposición ya demasiado
larga, todos sus detalles y precisar sus matices. Han sido suficiente recordar
el origen y el desarrollo histórico del “Catolicismo-liberal”,
manifestando los principales rasgos de esa mentalidad, en particular su incoherencia
doctrinal, la falsedad radical de su espíritu, su especial actitud en
presencia de los problemas acerca de la relación de la iglesia y el Estado,
con los múltiples equívocos detrás de los cuales se refugia.
Para concluir, insistimos un poco más sobre el peligro muy especial
del “Catolicismo-liberal” e indicamos algunos remedios
apropiados.
PRIMERO: PELIGRO DEL “CATOLICISMO-LIBERAL”.
El Liberalismo absoluto y lógico, salido de un Racionalismo
extravagante, horroriza en su misma franqueza, y no engaña a nadie, al
menos entre quienes permanecen en la verdadera doctrina, saben quedarse a cubierto
con el sólido escudo de la fe y escuchan con atención las enseñanzas
del Magisterio vivo de la Iglesia.
El “Catolicismo-liberal” es algo bien peligroso pero de otra
manera. Se ha dicho con razón que, gracias a él, el juicio
se debilita, la conciencia se vuelve indiferente, el espíritu se llena
de nubes, de sombras... ¿Cómo, de esa forma, conservar la tradición
inmaculada de la Iglesia, en ese mundo de imágenes, donde el arte de
ir degradando las tonalidades ha llevado al infinito?
Se dudaría en dar un salto brusco desde la cima del puro Catolicismo
hasta las profundidades del Liberalismo, pero el “Catolicismo-liberal”
ofrece y dispone la pendiente intermedia que facilitará el descenso,
haciéndolo insensible. Además, como se ha dicho, “si no
hubiera matices, ningún medio entre la verdad y el error, pocos serían
los hombres que tuvieran el triste coraje de extraviarse. Tienen necesidad de
descender lentamente al error, gradualmente, y familiarizarse con las tinieblas”.
El gris pálido o sombrío del “Catolicismo-liberal”
trabaja por la transición entre la blancura sin mancha del Catolicismo
y el negro definido del Liberalismo (1).
En el Parlamento de los filósofos y de las Religiones, el “Católico-liberal”
se ubicaría, efectivamente, entre la derecha, representando la verdad
católica, y la izquierda, figurando la multitud de errores, en ese centro
que él llama con audacia el “justo medio”. Pero se preguntará
¿una pendiente no sirve para ascender tanto como para descender? Sin
duda, pero precisamente, el “Católico-liberal” manifiesta
una constante tendencia a “progresar” hacia la izquierda; por la
fuerza de las cosas y la lógica de los principios, él se vuelve
poco a poco menos católico y cada vez más liberal. Si bien desde
el principio a menudo no tenía la intención de condescender
con las debilidades y miserias de su siglo, lo vemos, ordinariamente, descender
al error, a la traición, la apostasía. Yo me lo imagino con buena
intención, como ese salvador imprudente que, queriendo ayudar a un desdichado
que está por caer en el abismo, se inclina hacia él y le tiende
una mano para socorrerlo. Pero, en lugar de tomarse con la otra mano a una base
sólida, se sujeta a unos frágiles pastos y cae con el otro que
lo arrastra.
El “Católico-liberal”, en efecto, no permanece cerca de la
iglesia, su Madre, como es necesario, tiene en menos su doctrina y descuida
sus advertencias; por el contrario, se preocupa demasiado, no precisamente del
apostolado que eleva al otro, sino de acomodos y conciliaciones
que lo deslizan, a él mismo, hacia donde se encuentra el otro, haciendo
recordar al ciego que guía a otro ciego y caen ambos en el pozo.
Carece de principios: a fuerza de silenciarlos, ha llegado a olvidarlos;
o, además, desprecia su jerarquía y los mezcla, los interpreta
erróneamente. El resultado es que ya no ve claramente la diferencia entre
el bien y el mal, la Iglesia y las Sectas, Dios y Satanás. Ya no tiene
más aquel santo e intransigente horror al error y al mal, que es señal
del espíritu católico. A causa del espíritu de concesión,
llega a una pura tolerancia. En lugar de consistir su “amplitud de espíritu”,
en la comprensión psicológica del punto de vista del adversario
a fin de reformarlo mejor, en vez de juzgarlo doctrinalmente desde la altura
de la sabiduría católica, con frecuencia va justamente a aceptar
este punto de vista y a admitir finalmente los principios que lo rigen. Así
llegará a esas “aproximaciones blasfemas” (Pío
X) (2) entre el Evangelio y la
Revolución, Jesucristo y el Socialismo, la Iglesia y una cierta Democracia…,
y hará pública su veneración por aquellos “inmortales
principios del 89”, que un Pío VI declaró “injuriosos
a la Religión y a la sociedad”. Más preocupado por
las personas que por los principios, de la popularidad que de “la verdad
en la caridad”, más que hacerles el bien, recordándoles
las verdades, a veces duras, que ellas creen pasadas de moda, buscará
contentarlas respetando sus convicciones erróneas.
Carece de “sentido católico”, que consiste en “inspirarse
siempre en el sentir y preferencia de la Iglesia”, “sentire cum
Ecclesia”, en pensar y apreciar como ella aunque no lo haya definido,
obedecer sus mínimos deseos aunque Ella no los ordene”. El “Católico-liberal”,
cuidadoso de dejar a salvo su preciada libertad, tiene la obsesión constante
de limitar estrechamente su “Credo” a las verdades definidas, y
coloca el resto en la categoría de las “opiniones libres”.
Satisfecho, se cree en orden con la Iglesia desde el momento que admite no haber
una herejía formal, olvidando así la jerarquía de las múltiples
censuras, desde “inconveniente” hasta “errónea”,
con que la Iglesia califica las proposiciones que no son aceptables. —
El sentido católico es también como el espíritu de
la gran familia que es la Iglesia, y el “Católico-liberal”
debilita y pervierte este sentido, se convierte en el primer promotor de esas
divisiones que reprocha a aquellos que lo critican. — El sentido católico
es además el espíritu de la tradición, y el “Católico-liberal”
menosprecia la tradición católica debido a la perversión
de su gusto por las novedades, a su desprecio del pasado que se manifiesta más
preocupado por adaptarse a los errores del momento que de conformarse a las
verdades eternas...
Y esta mentalidad se extiende a todo, pues así como ciertas enfermedades
corrompen el gusto, así la enfermedad liberal corrompe el sentido católico
radicalmente. De allí que no hay que sorprenderse verlos sostener sucesivamente:
• las tesis liberales del “Avenir”,
• la inoportunidad de la [declaración dogmática] de la “Inmaculada
Concepción”,
• la inoportunidad del Syllabus,
• la inoportunidad de [la declaración dogmática] de la infalibilidad
pontificia,
• el americanismo, el “Loysismo”,
• el “Ralliement” mal interpretado,
• los sueños escolares de la Madre María del Sagrado Corazón,
• un cierto naturalismo histórico y bíblico,
• las filosofías intuisionistas y pragmáticas,
• los varios modernismos (dogmático, jurídico, social, práctico),
• la separación de la Iglesia y el Estado (Cardenales verdes),
• las asociaciones de culto,
• la no-resistencia a los inventarios, a la expulsión de religiosos,
• el democratismo (Sillon),
• la inoportunidad de la comunión de los niños,
• la aceptación y el respeto de las “leyes laicas”,
• la Declaración de los Derechos del Hombre,
• la separación de la política y la Religión,
• la neutralidad en el obrar, etc., etc., etc…
Se comprenderá entonces por qué censuras y condenaciones de la
Iglesia han caído casi exclusivamente sobre la secta “católico-liberal”,
puesto que es de su seno que hemos visto surgir tantas insumisiones y apostasías
escandalosas.
Esto en el aspecto propiamente especulativo y doctrinal.
En la práctica, el “Católico-liberal”, a
pesar de ciertas apariencias, carece de verdadera caridad, tanto con
respecto al adversario al que adula, como frente al Catolicismo puro que detesta;
y esto, porque carece desde el inicio de principios y de verdad. Ante todo,
la caridad se dirige a Dios y sus derechos; en cuanto al prójimo, la
primer obra de misericordia espiritual, es siempre enseñar al que ignora
y no el tolerar sus errores.
Carece de la verdadera prudencia: aquel que ve y quiere el fin, utiliza
los medios si quiere obtenerlo con éxito en el verdadero sentido de la
palabra. Y su prudencia consiste en evitar hábilmente exponerse. Parece
ignorar “la seducción de aquel que no calcula las posibilidades
y va siempre derecho hacia adelante” (3);
en definitiva, su habilidad y su prudencia consiste sobre todo en no ocuparse
de nada más que de sí mismo.
Además, carece de carácter, porque carece de convicción.
Se le puede aplicar muy bien la afirmación de Le Play: “Lo
que falta sobre todo a los hombre de nuestra época, es la firmeza en
su conducta, que le da confianza en la fuerza de la verdad”.
Carece de espíritu sobrenatural, de sentido cristiano. Más
de una vez hemos advertido su falta de fe, su tendencia al naturalismo. Esto
se ve sobre todo en su predicación, en las obras a las que se dedica:
parece ignorar la fuerza de Dios, la “virtus Dei”, y pone
una confianza exagerada en la pequeñez de los medios humanos. Llega aún
a no ver ya claramente el fin sobrenatural de su actuar y olvida que el primer
deber del hombre de acción es tener presente el objetivo: el mejoramiento
moral y religioso de sus hermanos. Así, poco a poco, es conducido a sustituir
el sentido religioso por un vago “sentido social”, coloca en primer
lugar el bien material, “humaniza” la misión de la Iglesia
y la empequeñece extrañamente.
Su apostolado se resiente necesariamente por su falta de fe y de sentido
cristiano. No se ve casi convierta adversario alguno, y se cuenta, sí,
en cantidad demasiado grande, el número de perversiones que facilita
o que él mismo realiza (4).
¿Por qué sorprenderse? Una palabra del Cardenal Pie explica todo:
“No se es apóstol sino a condición de trabajar en ser santos,
y la primera condición de la santidad es la ortodoxia: y el más
generoso fervor no puede suplir su ausencia. Nosotros no podemos nada sin la
gracia, y no se puede separar la gracia de la doctrina. Inclusive en el servidor
de Dios y de la causa divina, el error, aún inconsciente y que no constituye
pecado formal, es un muy grave obstáculo a la fecundidad de la palabra
y de la acción”.
De igual modo se debe destacar muy especialmente en qué medida el “Catolicismo-liberal”
es opuesto a la verdadera espiritualidad católica. Esta, implica
desde su base, una entera sumisión de la inteligencia a Dios, una fe
virginal, la humildad, la conformidad con la voluntad de Dios, la abnegación,
el desprendimiento, la lucha sin tregua contra las pasiones, sobre todo contra
el amor propio, la obediencia filial, que llega hasta la admirable y santa esclavitud
de un Grignion de Montfort, hasta esa “infancia espiritual” de laque
Santa Teresita del Niño Jesús acaba de sernos propuesta como modelo
heroico por Pío XI.
En cambio, el “Católico-liberal” tiene como objetivo, ensanchar
de manera inconsiderada, el dominio de la libertad, favorecer que cada cual
se entregue a su propia inspiración, y quedar librado a su impulso personal:
el Espíritu santo que habla al corazón, debe sustituirse por la
orientación de lo exterior. Por otra parte, se relegan a la sombra las
virtudes sobrenaturales, sobre todo aquellas llamadas virtudes “pasivas”;
y se promoverá, por el contrario, las virtudes naturales, las “virtudes
activas”, como más apropiadas a los tiempos presentes. La educación,
la espiritualidad del “Católico-liberal”, consistirá
pues, en desarrollar sobre todo en el hombre, el sentido de su dignidad, de
su personalidad, de su responsabilidad…
Religión de vida interior a la moda protestante, religión de libertad
individual, religión de bienestar, religión de tolerancia y de
concesiones, exaltación del hombre, confianza en sí y “Catolicismo
amplio”… ¿Acaso todo esto es Catolicismo puro y simple?
Pensando de ese modo y obrando así, el “Catolicismo-liberal”
es peligrosísimo.
Lo es tanto más, cuanto incoherentemente en la doctrina, sin firmeza
en la fe, mantiene obstinadamente sus pequeñas concepciones. Bajo
la máscara de moderación se esconde el tozudo sectario que con
su “amplitud de criterio” disimula mal la estrechez de su visión.
Si dirige una obra, organiza un congreso, crea una escuela de sociología,
siempre elegirá a aquellos que están de su lado, oradores y conferencistas
de su gusto; si escribe historia, redacta un periódico, compone un manual,
no tendrá elogios sino sólo para aquellos de su secta, que, ordinariamente,
son aquellos de los que la Iglesia no tiene mucho que alabar.
El “Católico-liberal” es un gran peligro:
Bajo la apariencia de apostolado, corrompe la mentalidad católica, y
sin esclarecer ni conquistar al adversario, por el contrario, lo confirma en
su posición. León XIII, cuando preconiza el “Ralliement”,
y Pío XI, cuando condesciende a exigencias de un gobierno apenas
honesto, no dejan de recordar vigorosamente los principios necesarios, y de
condenar solemnemente el Racionalismo, el Liberalismo, el Laicismo: la indulgencia
práctica va unida naturalmente en ellos a la firmeza doctrinal. El
“Católico-liberal”, bajo pretextos más o menos fantasiosos,
(no comprometer a la Iglesia, no lastimar al adversario, ganar la simpatía…)
calla sistemáticamente los principios, cuando no hace buen negocio
de la verdad católica y de los derechos de Dios. “Mientras
se jactan de atraer los malos a su campo, escribía de ellos Monseñor
de Segur, se deslizan y caen en el campo del enemigo”, y arrastran
a sus seguidores (5).
El “Católico-liberal” es un gran peligro:
Al callar o confundir los principios, diluyendo las verdades, sustituyendo la
claridad salvadora de la doctrina por una nube de equívocos, hacer
amable el error, aceptable el mal, y por ello casi imposible de curar.
Como ya se dijo “las ideas verdaderas oponen una barrera al mal práctico,
y a aquel que no pueden evitar, lo hacen curable; por el contrario, las ideas
falsas, engendran un mal del que no se siente ni remordimiento, ni llevan a
arrepentirse”, ni se tiene conciencia. En lugar de colocarse entre esos
Católicos que ven el mal y saben denunciarlo, “hi viderunt
mala quæ fiebant in populo Juda et in Jerusalem” (6),
ellos merecen el anatema del profeta: “Væ qui dicitis malum
bonum et bonum malum” (7).
Cuando uno llama mal al mal, y falta a la falta, no está todo perdido;
el error consciente que uno mantiene del mal y del pecado, puede ayudar a salir
de él, y a evitarlo; pero cuando se llama bien al mal, cuando se pretende
justificar la falta, ya no hay casi que esperar la salvación (8).
El “Católico-liberal” es un gran peligro:
Buscando siempre acomodos imposibles entre la verdad y el error, entre el bien
y el mal, entre la doctrina pura y las pretendidas exigencias de una ciencia
hipotética, sustituyendo los principios por los recursos de oportunidad,
los juicios firmes por compromisos dudosos, obnubila los espíritus, dificulta
su rectitud de apreciación, falsea la conciencia, enerva las
convicciones, el coraje, hace imposible una resistencia eficaz a un mal que
no ve como tal.
En este mundo, la Iglesia es esencialmente “militante”
porque existe la lucha necesaria entre la verdad y el error, el orden y la anarquía,
la ciudad cristiana y la ciudad anticristiana, Dios y Satanás; la conciliación
y la paz no es posible sino en el triunfo de la verdad, de Jesucristo. La milicia
católica unida en la verdad, animada por la caridad, marcha bajo la autoridad
del Papa y de los Obispos a la conquista de las almas por el triunfo de Jesucristo.
Sobre esta milicia, los “Católico-liberales”, arrojan la
confusión, la división, disfrazan su bandera, se colocan a un
lado, a la expectativa, pactan con el enemigo, o hasta desertan y traicionan.
Un enemigo francamente declarado es un adversario menos peligroso que los
falsos amigo, y su trato, o, al menos su relajamiento espiritual, “tiene
la eterna misión de abrir las puertas al enemigo, combatir a los Católicos
firmes, paralizar todos los esfuerzos de salvación”, y se avienen
a la conciliación viendo el mal, endulzando su sabor y callando o borrando
los principios.
Los “Católico-liberales” son casi tan peligrosos por
lo que no dicen que por lo que afirman: sus silencios calculados, sus reticencias
voluntarias, su obstinación en no hablar de determinadas personas y de
ciertas ideas; mientras promueven otras sin discreción y sin las reservas
necesarias, dándoles de esa manera una autoridad destinada a engañar
al lector confiado, todo esto además es apropiado para consolidar las
posiciones del adversario, sembrar la división entre los Católicos,
quebrar la resistencia e impedir su avance victorioso.
El “Católico-liberal es muy peligroso:
Pío X no cesó de invitar a los Católicos “a tener
confianza en ellos, en la franca y enérgica afirmación de los
principios y derechos cristianos, a ubicarse en el terreno católico en
lugar de acunar sin fin la ilusión de alianzas decepcionantes y la esperanza
de un apaciguamiento engañador, a velar para no diluir ni un ápice
en el liberalismo la oposición católica”.
El “Católico-liberal”, en lugar de querer primeramente la
concentración de las fuerzas católicas, buscar la unión
en la claridad de los principios, para luego, si es oportuno, intentar una alianza
provisoria pero leal, en vista de un fin definido con gente de orden, alianza
donde el Catolicismo no sufriría ninguna disminución, aun si no
reclamara más que una parte de sus derechos; en vez de esto, decimos,
apresado por la ansiedad del número y la preocupación de complacer
a la “izquierda”, el “Católico-liberal”, reducirá
de más en más el programa católico, callará aun
el nombre, y como si en ello no viera una “mercadería deteriorada
y de contrabando” (Pío X), la esconderá cuidadosamente bajo
la equívoca etiqueta “liberal”, realizando en la
confusión de la noche, un acuerdo superficial y sin fuerza, que no aprovechará
más que al enemigo (9).
El “Católico-liberal” es muy peligroso:
Tanto por sus doctrinas como por su acción, los “Católico-liberales”,
ellos, los sabios, los prudentes, los realistas y realizadores, facilitan el
usufructo del enemigo sobre los derechos católicos y les hacen posible
una victoria que porque es sin pena, será sin gloria. “Nada
enardece tanto la audacia de los malos, escribe León XIII, como
la debilidad de los buenos”. Su obsesión de oportunismo, su
pretensión de seguir la corriente, su temor de enunciar las verdades
que desagradan a otros, su espíritu radicalmente falso, deformándolo
todo, verdad, libertad, autoridad, caridad, prudencia, los lleva a los más
peligrosos acomodos, a las más escandalosas complicidades, a las más
vergonzosas capitulaciones.
Esos católicos son demasiado a menudo pesimistas; quieren suprimir
la persecución rechazando el combate; calumnian y blasfeman de la
fuerza, esa fuerza que no saben ordenar y no tienen el coraje de emplear.
Gracias a su “sabiduría” consumada, a la habilidad de su
táctica, el enemigo no cesa de avanzar y de reducir cada vez más
el dominio de lo “posible”.
Así Pío XI, haciendo eco a León XIII, pudo escribir recientemente:
“Es posible quizás, atribuir esa desventaja a la parsimonia
y timidez de los buenos que se abstienen de resistir o resisten con blandura;
los adversarios de la Iglesia obtienen necesariamente de ello un incremento
de temeridad y audacia. Que todos los fieles comprendan por el contrario que
es necesario luchar con coraje y siempre bajo la bandera de Cristo Rey”
(10).
El “Catolicismo-liberal” es muy peligroso:
Como ellos, por una parte, se complacen en la confusión, son maestros
en el arte de la ambigüedad y del equívoco (11),
como sus errores pocas veces son formales y netos, pero sobre todo se caracterizan
por “mediatintas” difícilmente aceptables; y por otra, como
desarrollan gran actividad, son muy intrigantes, tienen comúnmente la
palabra fácil, abundante y sonora, que reparten por todos lados, en el
Instituto, las revistas, la prensa, el Parlamento, en los pasillos y antecámaras,
aún las más solemnes, y obtiene muy a menudo favores oficiales
por servicios prestados o a prestar…, no se puede negar que no hagan mucho
ruido y mucho mal.
Puede ser que nos traten de “sofistas venenosos”, de “sabuesos
de la Inquisición”, de “teólogos quiméricos”
y aún con otro amables apelativos que no molestan viniendo de una pequeña
secta que no vuela alto; nuestra respuesta será citar algunos juicios
de autoridad acerca del peligro del “Catolicismo-liberal”.
¿Qué pensaba Pío IX?
Dirigiéndose a los Peregrinos de Nevers (junio 1871), el Santo
Padre se lamentaba con dolor: “Lo que aflige a vuestro país
y le impide merecer las bendiciones de Dios, es esa mezcla de principios.
Diré claramente y no callaré: lo que temo no son todos esos miserables
de la Comuna de París…, lo que temo es esta desdichada política,
este liberalismo católico que es el verdadero desastre…,
ese juego de oscilación que destruirá la Religión. Es necesario,
sin duda, practicar la caridad, hacer todo lo posible para salvar a quienes
andan descarriados; sin embargo, no es necesario para ello comulgar con sus
opiniones…” (12).
Dos años después, Pío IX, respondiendo unas preguntas,
envió un Breve a un Comité Católico de Orléans.
Allí leemos lo siguiente: “Es cierto que tenéis que
sostener la lucha contra la impiedad, sin embargo, puede ser que tengáis
menos que temer de ese lado que de un grupo amigo, compuesto de hombres imbuidos
de esa doctrina equívoca, la cual, rechazando las consecuencias
extremas de los errores, mantiene y alimenta obstinadamente el germen inicial,
y no queriendo entregarse a la verdad completa, ni osando tampoco rechazarla
enteramente, procura interpretar las enseñanzas de la Iglesia de tal
modo que concuerden con sus propios sentimientos”.
Algún tiempo después, remitió un nuevo Breve a un Círculo
de Católicos de Quimper: “Ellos (vuestros adherentes) ciertamente
no serán apartados de esta obediencia por los escritos y esfuerzos de
los enemigos de la Iglesia y de esta Cátedra de Pedro, puesto que precisamente
es contra esos enemigos que ellos han emprendido la lucha; pero sí podrían
encontrar un camino de deslizarse hacia el error en esas opiniones que
se dicen liberales, que son aceptadas por muchos católicos,
virtuosos por otra parte y piadosos, corriendo el riesgo de ser fácilmente
atraídos hacia esas opiniones muy perniciosas. Advertid entonces, venerable
hermano (el Obispo de Quimper), a los miembros de la Asociación
Católica, que en las numerosas ocasiones en las que Nos, hemos condenado
a los adeptos de las opiniones liberales, no nos hemos referido a aquellos que
odian a la Iglesia y que hubiera sido inútil designar; sino más
bien, señalamos a aquellos que, conservando y manteniendo escondido el
virus de los principios liberales que han bebido con la leche bajo la excusa
de que no está infectada de una malicia manifiesta y no es dañosa
para la Religión, según ellos, así la inoculan fácilmente
en las almas y propagan de esta manera las semillas de esa revolución
por la cual el mundo está destruido desde hace tanto tiempo”.
Ese mismo año de 1873 se lee en un Breve al Círculo Católico
de Milán: “No obstante, y siendo cierto que los hijos de este siglo
son más sagaces que los hijos de la luz, sus engaños (los de los
enemigos de la Iglesia) tendrían sin duda menos éxitos si un gran
número entre aquellos que llevan el nombre de católicos, no les
tendieran una mano amiga. Sí, ¡así es! Hay quienes tienen
la apariencia de querer marchar de acuerdo con nuestros enemigos, y se esfuerzan
por establecer una alianza entre la luz y las tinieblas, un acuerdo entre la
justicia y la iniquidad, por medio de esas doctrinas que se llaman “Católico-liberales”,
las que, apoyándose sobre los principios más perniciosos, adulan
el poder laico cuando invade las cosas espirituales y empuja los espíritus,
por lo menos, a la tolerancia de leyes más inicuas, tan tranquilamente
como si no hubiese sido escrito que nadie puede servir a dos señores.
Así, éstos, ciertamente, son más peligrosos y más
funestos que los enemigos declarados, porque secundan sus esfuerzos
como desapercibidos y aún ignorantes, porque se mantienen en el límite
extremo de las opiniones formalmente condenadas, y toman una cierta apariencia
de integridad y de doctrina irreprochable, tentando de esta manera a los imprudentes
amigos de conciliaciones, engañando a las personas rectas que se revelarían
contra un error manifiesto. Así es como ellos dividen los ánimos,
desgarran la unidad, y debilitan las fuerzas que debieran reunir para conducirlas
juntas contra el enemigo…”
También en 1873, Pío IX se expresó en igual sentido en
un Breve al Presidente de la Federación de los Círculos Católicos
de Bélgica: “Lo que más alabamos en esa religiosa obra es
que sois enemigos de los principios «Católico-liberales»,
que tratáis de limpiar de las inteligencias tanto como está en
vuestro poder. Aquellos que están imbuidos de esos principios, hacen
profesión, es cierto, de amor y respeto por la Iglesia, y parecen consagrar
a su defensa sus talentos y sus trabajos; pero no trabajan menos en pervertir
su espíritu y su doctrina, y cada uno de ellos, siguiendo la variación
particular de su espíritu, se inclina a ponerse al servicio o del César
o de aquellos que inventan derechos a favor de la falsa libertad. Piensan que
es absolutamente necesario seguir este camino para evitar causas de discusiones,
para conciliar con el Evangelio el progreso de la sociedad actual, y para restablecer
el orden y la tranquilidad, como si la luz pudiera coexistir con las tinieblas,
y como si la verdad no continuara siendo verdad a pesar de que se quiera violentar
su verdadero significado y despojarla de la inmutabilidad inherente a su naturaleza.
Este insidioso error es más peligroso que una enemistad declarada,
porque se cubre con el velo engañoso del celo y de la caridad; y es evidente
que esforzándose en combatirla y poniendo un cuidado constante por alejar
de ella a los simples, que extirparéis la raíz fatal de las discordias
y trabajaréis eficazmente en producir y mantener la estrecha unión
de las almas”. Criticar esas doctrinas, es dividir pero para fomentar
su unión, teniendo en cuenta “la única campana” que
pedía la reciente declaración de los Cardenales y Obispos de Francia.
En 1874, Breve a los redactores de La Croix en Bruselas: El
Santo Padre los felicita por luchar “especialmente contra el liberalismo
católico que procura conciliar la luz con las tinieblas, la
verdad con el error. Sin duda, prosigue Pío IX, os habéis abocado
a una lucha brava y bien difícil, ya que esas doctrinas perniciosas,
que abren el camino a toda empresa de impiedad, son, en este momento, sostenidas
con violencia por todos aquellos que se glorían de favorecer el pretendido
progreso de la civilización; por todos aquellos que profesan la religión
exteriormente, pero que, no teniendo sin embargo, su verdadero espíritu,
hablan en todas partes y con mucho ruido, de paz, mientras ignoran la verdadera
vía que lleva a la paz; atraen a ellos por este proceder, una cantidad
muy considerable de hombres a los que seduce el amor egoísta de la tranquilidad”.
Admiremos la fina y firme psicología de esta última frase que
explica en parte el éxito del “Catolicismo-liberal”, el cual
halaga, en efecto, las disposiciones más comunes en la naturaleza caída
de todo hombre, orgullo secreto, desprecio de la autoridad, confianza en sí
mismo, horror a la lucha… Dando vuelo a estas disposiciones, el “Catolicismo-liberal”
crea “un estado de espíritu suavemente satánico, tranquilamente
insumiso u opuesto a Dios”.
En febrero de 1875, Breve a los miembros de la Conferencia de San Vicente
de Paul de Angers: “Perseverad en la fe… pero no permitáis
jamás que se desvíe vuestro objetivo, sea por las trampas que
el error multiplica, sea por los discursos sutiles y melosos de aquellos que,
confiando en su propia sabiduría, consideran a veces inoportuna tal o
cual doctrina de la Iglesia, creyendo haber descubierto una especie de término
medio, con cuya ayuda, podrán lograr que la verdad y el error, que se
combaten si cesar, lleguen a un mutuo abrazo, considerando como una obra de
prudencia no atarse plenamente ni a la una ni al otro, temiendo que la verdad
sacuda al error de su conquista, o que el error sobrepase los límites
que locamente han creído poderle asignar”.
Finalmente, en diciembre de 1876, Pío IX dirigía aún un
Breve a los redactores de un diario católico de Rodez, donde
decía: “No podemos menos que aprobar el haber emprendido la
defensa y explicación de las decisiones de Nuestro Syllabus, sobre todo
de aquellas que condenan el Liberalismo que se dice católico,
que cuenta con un gran número de adherentes aún entre hombres
rectos que parecen casi no apartarse de la verdad, y es más peligroso
para los demás, engaña más fácilmente a
aquellos que no están prevenidos, destruyendo el espíritu católico
insensiblemente y de manera escondida, disminuye la fuerza de los católicos
y aumenta la de sus enemigos.
Muchos seguramente os acusarán de imprudencia y dirán que vuestra
tarea es inoportuna; pero, porque la verdad puede desagradar a muchos e irritar
a aquellos que se obstinan en su error, no puede por eso ser considerada imprudente
e inoportuna; más bien, es necesario creer que ella es tanto más
prudente y más oportuna cuanto el mal que combate es más grave
y más extendido. De igual manera habría que afirmar que nada es
más imprudente y más inoportuno que la predicación del
Evangelio que tuvo lugar cuando la religión, las leyes, las costumbres
de todas las naciones le hacían una oposición directa. Una lucha
de ese tipo no podría sino atraerse las injurias, el desprecio, las querellas
llenas de odio; pero Aquel que trajo la Verdad a la tierra, no predijo una cosa
diferente a sus discípulos, sino que ellos serían odiados a causa
de su Nombre”.
Y además, agregamos nosotros, si, hablando en la jerga democrático-liberal,
el hombre moderno ha salido de la infancia y ha llegado a ser adulto, debe ser
más capaz que nunca para soportar el peso de toda la verdad. Y no es
entonces el momento de callarla.
Tales declaraciones, viniendo de una tan alta y augusta autoridad, confirman
singularmente nuestras reflexiones, nuestros juicios, nuestra actitud. Pero,
se dirá para buscar atenuar su valor, que ¡esos Breves
no están ubicados entre las declaraciones solemnes del Vicario de Jesucristo!
Sin duda, replica el Cardenal Pie; “sin embargo, salen del marco de
simples cartas privadas, tanto por sus destinatarios, como por su contenido.
Los destinatarios no son simples individuos, sino asociaciones católicas,
a las cuales es evidente que el Jefe de la Iglesia tiene la intención
de dar una dirección doctrinaria. El contenido es el desarrollo y aplicación
de los documentos anteriores dirigidos al episcopado. Esos Breves son la condenación
explícita y fundada del liberalismo religioso, y se necesita un singular
empecinamiento para conciliar en adelante ese sistema con la ortodoxia católica”
(13).
A su vez, los Obispos de Ecuador, reunidos en el Concilio en Quito
(1885), redactaron una carta colectiva en la que puede leerse: “En
cuanto a nosotros, no tememos tanto los furores y violencias del radicalismo
absoluto del franc liberalismo…, de la francmasonería…Lo
que nos inquieta sobre todo es el Liberalismo Católico, esa
perniciosa peste, esa política pendular, verdugo disfrazado, peor que
la Comuna de París, como lo ha expresado Pío IX en diversas circunstancias…
Ese funesto error… corrompe poco a poco el corazón, pervierte la
inteligencia, finalmente pierde las almas y consuma la ruina de la Religión
y de la Patria…”
¡Peores que la Comuna! Sí, porque aquellos hicieron mártires,
y los “Católico-liberales” preparan el camino a la apostasía
de los pueblos.
La secta “Católico-liberal”, aunque ha cambiado de nombre,
no ha cambiado de espíritu ni de actitud. Se proclaman siempre los mismos
principios, se exaltan siempre las mismas personalidades, se recomienda siempre
la misma forma de obrar. De tal manera, que el Obispo de Coutances
podía escribir en 1910: “¡Qué mal nos ha hecho
ese deplorable sistema (del liberalismo «católico»)! Es él
quien ha falseado los espíritus, ha quebrado las convicciones y debilitado
las energías; es él quien ha preconizado la necesidad de concesiones,
ha dado tanta audacia al error y a la impiedad sectaria; es él quien,
bajo pretexto de evitar males mayores, pide a la verdad disimular sus derechos.
Y sin embargo, sólo la verdad puede salvarnos. ¿Dónde estaríamos
nosotros hoy si los Apóstoles hubieran sido liberales?”.
En la misma época, el Padre E. Barbier, temible especialista
en cuanto a la crítica del Liberalismo, y precisamente por eso abundantemente
injuriado y vilipendiado por los “Caritativos” liberales, escribía
después de haber recordado los Breves de Pío IX que citamos anteriormente:
“Quien quiera sea que haya leído esas fuertes palabras con un poco
de atención, no podrá dejar de reconocer que tienen completa actualidad
y se aplican literalmente al estado de espíritu, hoy día y más
que nunca muy común entre los Católicos. ¡Con qué
fuerza esas palabras nos hablan del derecho de la crítica y el deber
de la lucha! El liberalismo «católico» ha levantado su cabeza
y más alto que en tiempos de Pío IX. Se exhibe en todos los campos.
Destruye, más o menos discretamente, los principios de la disciplina;
inspira un espíritu de tolerancia que desarma las convicciones más
indispensables, alimenta esperanzas quiméricas de conciliación,
a las que sacrifica el deber imperioso de la resistencia; predica el sumisionismo
(ese amor indecente por un gobierno sectario) que disfraza bajo el nombre de
fidelidad a la enseñanza tradicional de la Iglesia; olvidado de los principios
del derecho cristiano, profesa el acomodo al nuevo derecho y cree hacer acto
de sabia política, renunciando a todo privilegio para la Iglesia, sin
su aprobación; y todo esto lo cubre con el nombre de fidelidad a sus
directivas...”.
Así pues, resumiendo, todo “Catolicismo-liberal” es particularmente
peligroso: tanto las pruebas que hemos analizado sobre su naturaleza,
como las pruebas de autoridad, nos lo demuestran sobradamente; y ese
peligro, lejos de ser quimérico, es muy acuciante, no tanto en la intelectualidad
selecta que vuelve, a velas desplegadas, hacia las sanas ideas de la tradición,
de la autoridad, del orden, sino más bien en las masas, de más
en más, pervertidas por la prensa “católico-liberal”.
Estamos aquí para tratar más especialmente el retorno de las
naciones al yugo amable, necesario y bienhechor de Cristo Rey. Pero el
“Catolicismo-liberal” está entre nosotros, Católicos,
como el mayor obstáculo a este reino deseable, en el individuo y
sobre todo en la Sociedad (14).
Desde el punto de vista individual primeramente, pues, como hemos visto,
halaga el orgullo del hombre predicando una falsa dignidad humana, prepara su
rebelión por una falsa noción de la libertad y de la autoridad.
Desde el punto de vista social sobre todo, pues, al admitir el falso
dogma de la “libertad de conciencia” por la neutralidad y el laicismo,
prepara el camino hacia la secularización universal y al ateísmo
social, el mayor mal de los tiempos modernos. Así, ha llegado el momento
de reaccionar vigorosamente, de buscar y aplicar los verdaderos remedios
que nos curarán de este mal disolvente.
NOTAS:
(1) “El error de las buenas personas, decía
Le Play, es el peor de los errores”.
(2) Hay que citar todo el párrafo
porque se aplica bien a los “Católico-Liberales”: “La
exaltación de sus sentimientos (de los jefes de “Le Sillon”),
la ciega bondad de su corazón, su misticismo filosófico, mezclado
con una parte de iluminismo, los han arrastrado a un nuevo evangelio, en el
que han creído encontrar el verdadero Evangelio del Salvador, hasta el
punto de que osan tratar a Nuestro Señor Jesucristo con una familiaridad
soberanamente irrespetuosa, y de que, al estar su ideal emparentado con el de
la Revolución, no temen hacer entre el Evangelio y la Revolución
aproximaciones blasfemas, que no tiene la excusa de haber brotado de cierta
improvisación apresurada”.
(3) Un distinguido sacerdote gustaba
decir: “Para el Católico, para el Sacerdote, ser recto es ser
hábil”.
(4) Esto sobre todo, favoreciendo
en los otros el progreso de ese espíritu de independencia que constituye
el fondo de su mentalidad: en el orden social, por ejemplo, promete a los obreros
la abolición inminente del asalariado, esa situación de semiesclavitud;
felicita a los campesinos por haber llegado por fin a la mayoría, preparando
así el advenimiento del proletariado obrero y campesino..., siendo que
hubiera sido lo indicado, predicar a todos la justicia, la caridad, la aceptación
cristiana de su condición.
(5) Nada conmueve agradablemente,
ni adula al “Católico-Liberal”, como el aplauso y las felicitaciones
equívocas de los adversarios. ¡Deplorable estado de ánimo
para enseñar las verdades necesaria, aunque sean impopulares!
(6) “Estos vieron los
males que se hacían en el pueblo de Judá, y en Jerusalem”
(I Mac. 2 6).
(7) “Ay de vosotros
que a lo malo decís bueno, y a lo bueno malo” (Is. 5 20).
(8) Agreguemos de paso que si
el “Católico-Liberal” adjudica de buena gana intenciones
perversas a sus opositores Católicos, es que tienen la obsesión
de no ver sino intenciones puras en los adversarios, lo que desde luego, vuelve
más amables sus errores, o, mejor dicho, sus “verdades parciales”
como prefieren llamarlos.
(9) Siempre actuales son las palabras
de Luis Veulliot: “Posiblemente, son más las verdades que perdemos
porque los buenos no tiene el coraje de decirlas, que por los errores que los
malos han sabido multiplicar sin medida… No es la religión la que
os hace amables, es vuestra persona que lo es o no lo es; y el temor de no ser
amables termina por robaros todo coraje de ser verdaderos. Los otros os alaban,
pero ¿por qué? Por vuestros silencios y apostasías…”
A su vez, el R. P. De la Taille formula los dos sistemas de unión: el
liberal, el católico: “El asunto es saber si es aceptable para
los católicos unirse en un solo bloque con una masa
de incrédulos determinada, y, por lo tanto, marchar bajo una misma bandera,
que evidentemente no será la bandera de los principios católicos,
sino la única que podrá ser enarbolada por la generalidad de los
incrédulos susceptibles de apoyarnos, es decir, la bandera liberal…”
No sería preferible que los creyentes, agrupados alrededor de su bandera,
concierten alianzas provisorias con los incrédulos, agrupados en torno
a la suya. “Estas coaliciones no exigen principios comunes: basta
la concordancia de intereses por más divergentes que sean los objetivos
ulteriores... El asunto aquí es, entonces, mantener la integridad de
los principios católicos por una parte, y por otra, tener la cantidad
que se presume de adherentes”. Por otra parte, es cierto que una
alianza sincera de este orden, sin darse una peligrosa fusión, no tendría
de tal más que el nombre.
(10) Croix, del 31 de
diciembre de 1925.
(11) Se podría decir de
ellos, como de los Sillonistas, “Almas evasivas”.
(12) Después de recordar
este discurso de Pío IX, el Cardenal Andrieu agregaba (1922): “Ya
es hora de acabar con este ídolo del liberalismo que aun tiene tantos
adoradores, y que en este mismo instante en que os hablo, trabaja con una actividad
febril, con el pretexto de sagrada unión y paz religiosa, procurando
reconciliar a los católicos con las leyes justamente condenadas por las
Encíclicas pontificias como atentatorias de los derechos de Dios y la
constitución divina de la Iglesia”.
(13) Œuvres, VII,
p. 567.
(14) De todo el “Catolicismo-liberal”
se puede decir lo que decía Pío X del “Sillon”:
“(Este) en adelante no es más que un miserable afluente del
gran movimiento de apostasía organizado en todos los países para
establecer una Iglesia universal que no tendrá ni dogmas, ni jerarquía,
ni regla para el espíritu, ni freno para las pasiones, y que, bajo pretexto
de libertad y de dignidad humana, volverá a conducir en el mundo, si
pudiera triunfar, el reinado legal de la mentira y de la fuerza y la opresión
de los débiles, de aquellos que sufren y que trabajan”.