LIBERALISMO
Y CATOLICISMO
- tercera parte -
por el Padre Roussel
“… Los errores
modernos envenenan de tal modo la atmósfera que respiramos, que los mejores
fieles de la Iglesia se contaminan. Las costumbres de laicización de
la Sociedad, de indiferentismo religioso, de liberalismo en todos los campos,
son tales, que nos cuesta mucho acoger la verdad en toda su integridad, verdad
que nos viene de la sana filosofía y de la fe católica…”
“… El libro del Padre Roussel: Liberalismo y Catolicismo, da una
perfecta idea del Liberalismo y del peligro que supone el Catolicismo liberal,
que proliferó con motivo del ralliement, se desarrolló con el
Sillonismo, el modernismo, el progresismo, para triunfar con ocasión
del Concilio Vaticano II, y destruir finalmente todo lo que quedaba de específicamente
católico en la fe, la moral, la Liturgia, las instituciones de la Iglesia,
por la aplicación del espíritu ecuménico y democrático.
“De ahí la importancia de conocer bien lo que los Papas pensaron
sobre el Liberalismo y sus sucedáneos. Su resistencia tenaz y valiente
frente a este ataque apocalíptico es también nuestra resistencia.
Sus argumentos son nuestros argumentos. Puesto que este ataque tiene como fin
la destrucción del orden natural y sobrenatural, la defensa contra él
se ha de basar en los principios fundamentales de estos órdenes natural
y sobrenatural, y, por consiguiente, en principios inmutables y eternos como
Dios mismo, autor de estos dos órdenes…”
(Extractos del curso consagrado al “Magisterio de la Iglesia”,
del año 1979-1980, por Monseñor Marcel Lefebvre)
- Desarrollo lógico y síntesis del Liberalismo
-
Como hemos dicho, el Liberalismo no es más que el nombre reciente de
errores muy antiguos: protestantismo, filosofismo naturalista, racionalismo...
Son siempre, bajo diversos rótulos, los mismos principios, las mismas
doctrinas, que tienden a los mismos efectos funestos. Aunque la substancia se
mantiene, el punto de vista cambia y legitima la novedad de las denominaciones.
El Liberalismo, en efecto, considera todas las cosas, en todo terreno, desde
el punto de vista de la libertad, de la independencia, de la autonomía
del hombre, y pretende organizar todo en relación a este nuevo dogma.
En tanto que en nombre de la “libertad de conciencia” rechaza toda
supremacía del poder espiritual sobre el poder temporal y niega incluso
toda autoridad religiosa exterior a la conciencia individual, suministra los
principios del “laicismo” actual.
Cuando intenta formularse, edificarse como sistema, el liberalis-mo reconoce
como dogma esencial, axioma o postulado, el principio que le ha dado
su nombre: la libertad entendida como plena autonomía, o independencia
absoluta, o exención de toda ley que no proceda del individuo o que no
sea consentida por él, o supresión de toda vínculo que
incomode. Así, el liberal será libertista en filosofía,
libertino en moral, libertario en sociología, librepensador en religión.
Sigámoslo atentamente en sus diversas manifestaciones, primero en la
filosofía pura, luego en moral y religión; finalmente, consagraremos
un estudio especial al Liberalismo en política.
1º) EN FILOSOFÍA GENERAL
En este dominio, el liberalismo moderno ataca especialmente el orden fundamental
de la metafísica del conocimiento. Desconfía del intelectualismo,
sobre todo tomista, demasiado sometido al objeto para su gusto, demasiado servil
respecto al dogma, imponiendo, por otra parte, una insoportable sujeción
a las potencias apetitivas y afectivas. A continuación, por una especie
de romanticismo filosófico, busca los sistemas que le aseguran más
libertad: el idealismo subjetivo (Kant) u objetivo (Fitche), el voluntarismo,
el moralismo, el pragmatismo, la filosofía de la acción o de la
intuición... hasta llegar al libertismo desenfrenado de Renouvier, Secretan,
Lequier: según estos últimos, todo está subordinado al
libre querer, el cual no depende de ningún otro. Dios mismo no es más
Aquel que es, sino lo que ellos quieren, la libertad absoluta. Por otra parte,
la evidencia objetiva, la certidumbre, los primeros principios, sobre todo el
de la contradicción, cometen el imperdonable error de imponer límites,
penosas sujeciones a la libertad de pensamiento: se llegará así
a negar las leyes de la lógica y a pretender que toda afirmación
es libre, ¿ acaso el juicio no era ya para Descartes, no el asentimiento
de la inteligencia, sino un consentimiento de la voluntad? Con Bergson, Le Roy,
se concluirá la evolución radical de la verdad: la verdad no es,
se hace; esencialmente variable, es libremente formulada, libremente aceptada,
y su existencia, su valor, dependen sólo de la adhesión subjetiva
que se le conceda; más aún, es el espíritu individual quien
crea toda verdad, y por tanto toda realidad, incluido Dios.
Esta libertad autónoma del espíritu soberano es inviolable y sagrada:
“encadenar la razón, escribe F. Buisson, comprimir
la inteligencia, es cometer un sacrilegio”. La verdad misma no tiene
el derecho de someter a la inteligencia: si fuese uniforme o definitiva, la
encadenaría. Entonces, la verdad, la certidumbre absoluta no existe.
No se hablará más con afirmaciones intolerantes, sino solamente
con impresiones generosas y amplias. El pensamiento no está ya sometido
a la dominación apremiante y tiránica de lo verdadero, “él
es, por sí mismo, su norma, una norma móvil, susceptible de variar
indefinidamente al gusto del sentido individual”. Es el relativismo universal.
Así, si cada uno no debe depender sino de sus propias luces, que emergen
de la subconsciencia, a fortiori jamás se tiene el derecho de
aceptar una doctrina basándose en la afirmación de otro, aunque
este otro sea Dios. La verdad procede del interior, a continuación de
la erupción inmanente y vital del sentimiento profundo del individuo.
De tal modo, se llegará a preferir el error libremente hallado, a la
verdad servilmente recibida. Es así que el “pensar libremente”
(se ha dicho que es el mejor modo de no pensar) conduce necesariamente al
librepensamiento.
La única verdad absoluta es que no existe la verdad absoluta, porque
el espíritu es inviolablemente libre respecto a toda verdad, sobre todo
respecto a aquella que pretende hacerle violencia en nombre de una autoridad
exterior, tal como lo hace la verdad revelada.
Después de esto, es comprensible que Jaurès, discípulo
de Hegel antes de serlo de Karl Marx, haya podido escribir: “Lo que
ante todo debe salvaguardarse... aquello que es el bien inestimable conquistado
por el hombre a través de todos los prejuicios, todos los sufrimientos
y todos los combates, es esta idea de que no existe ninguna verdad sagrada,
es decir, prohibida a la plena investigación del hombre...; de que lo
más grande que hay en el mundo es la libertad soberana del espíritu...;
de que toda verdad que no viene de nosotros es una mentira; de que hasta en
las adhesiones que damos, nuestro sentido crítico debe quedar siempre
despierto, y que una secreta rebelión debe mezclarse en todas nuestras
afirmaciones y en todos nuestros pensamientos; de que, si el ideal mismo de
Dios se hiciese visible, si Dios mismo se levantase ante las multitudes de un
modo palpable, el primer deber del hombre sería rehusarle obediencia
y considerarlo como un igual con quien se discute, no como un amo a quien se
soporta”.
En efecto, nada es más lógico desde el momento en que se ha admitido
el principio del racionalismo: la razón individual, juez de lo verdadero
y de lo falso, árbitro del bien y del mal, fuente de toda realidad, creadora
incluso de Dios.
2º) EN RELIGIÓN Y MORAL
Para el liberalismo, evidentemente, no puede hablarse de religión o moral
sobrenaturales; una verdad o un mandamiento que pretendiera imponerse al hombre
desde el exterior le sería inasimilable, ininteligible: sería
incluso una violencia inmoral, sacrílega, un atentado insoportable a
la sacrosanta libertad del individuo.
Pero las mismas nociones de Religión y de Moral naturales se encuentran
igualmente corrompidas o suprimidas por la radical ruina de su base, las verdades
metafísicas sobre Dios y el hombre.
En efecto, ¿qué es Dios para un liberal? O no es nada,
y entonces es el ateísmo radical, o lo es todo, y éste es el panteísmo.
O es solamente algo, pero no una Persona, pues esto sería hacerlo un
ídolo; se lo reduciría, a lo más, a una «simple representación
ideal del espíritu humano, el cual, al darle hospitalidad, le hace respetable».
Así, se hablará de lo “Divino” más que de Dios,
y aun lo “Divino”, ya bien reducido, “noción perpetuamente
revisable”, deberá someterse a las limitaciones que podrá
imponerle arbitrariamente esta razón soberana del hombre, que la ha creado,
concibiéndola, expresándosela.
El hombre es libre, esencialmente libre, absolutamente libre. No se
le reconoce más que una obligación fundamental que, en realidad,
le libera de todas las demás: la de respetar, conservar y aumentar al
infinito su libertad. Entonces, no se hable más de autoridad, de ley,
de ligaduras. Eso sería esclavitud, y “toda esclavitud,
escribe F. Buisson, es un crimen de lesa humanidad, sin exceptuar la servidumbre
que se cree voluntaria”. La única regla de moral es, pues,
actuar libremente, y en eso consiste actuar bien; respetar su libertad y la
del otro, a eso se reduce toda la moral. La caridad (a base de la fe) es toda
la Ley, dice San Pablo; la libertad resume toda la moral, replica el liberal.
Es, una vez más, la emancipación total del individuo, su misma
deificación. No obstante, para algunos recientes fabricantes de moral
“liberal”, esta substitución de Dios por el hombre, sólo
puede realizarse progresivamente gracias a las instituciones democráticas
y a la legislación cada vez más “laica”; tal es la
irreligión del futuro, en la que la libertad de conciencia encontrará
finalmente su expansión definitiva y perfecta al adquirir los atributos
del mismo Dios. Un pensamiento liberado de la verdad, de los dogmas de fe; la
conciencia individual (o social) como norma suprema del bien y extrayendo de
sí misma las leyes de su actividad; la dignidad de la persona humana,
la libertad como un fin en sí mismo, la autonomía absoluta de
la voluntad, estos son los principios de la nueva moral. Hasta aquí se
había creído que la libertad debía realizar el orden sometiéndose
a él; por el contrario, ahora el orden consiste en el respeto a la libertad,
causa suprema y fin último de sí misma.
Un espíritu sano y sereno queda alelado en presencia de semejantes aberraciones,
tan ridículas como monstruosas. Y sin embargo, lo repito, es la enseñanza
que los Buisson, Payot, Aulard, Bayet, etc... distribuyen a los maestros para
ser repartida a los niños de Francia: el hombre deviene Dios, o al menos
lo será sin tardanza en virtud del Progreso necesario que, mediante la
Ciencia, hará del hombre la conciencia, la Razón misma, en una
vida intensa y plenamente feliz por sus propios medios. Para algunos, discípulos
retrasados de Rousseau, la Naturaleza es el bien; para otros, la Naturaleza
es el mal, pero para todos la Libertad es el ideal, ya que ella será,
o el desarrollo supremo de la Naturaleza, o la separación final de ésta:
de todos modos, será el triunfo definitivo del Bien. La Religión
y la Moral del hombre que deviene Dios se resume, pues, toda entera, en una
libertad sin límites y sin freno. “El progreso humano,
escribe Payot (1), debe realizar
de más en más la libertad. El hombre se ha liberado sucesivamente
de la opresión de la naturaleza, de la violencia heredada de los ancestros,
del medio, de las tradiciones, se ha liberado políticamente: orgulloso
y libre, un francés consciente de su valor y de su dignidad, no desea
obedecer más que a las leyes de su propia razón”, leyes
por lo demás extremadamente simples, dado que el autor agrega, algunas
páginas más adelante: “la verdad no existe, sino...
que se hace” según una evolución que, si no es contrariada,
conducirá rápidamente al hombre a las cimas de la divinidad.
Es un poco humillante, es verdad, ver a franceses emitir teorías tan
perfectamente absurdas, hasta ahora sólo emitidas más allá
del Rin. Pero es indignante ver esas teorías propuestas e impuestas a
los desafortunados niños de Francia, bautizados y rescatados por la sangre
de Dios.
Las doctrinas filosóficas, morales y religiosas, por la universalidad
de su aplicación y la profundidad de su influencia, constituyen esencialmente
el estado de espíritu que orienta toda la actividad del hombre. No
puntualizaremos aquí las consecuencias que producen, en la práctica,
los principios disolventes del liberalismo. Pero se adivinan fácilmente
las ruinas que su desenfrenado individualismo producirá en los ámbitos
sociales, políticos y económicos: la familia es transformada,
el matrimonio reducido a un contrato rescindible (divorcio y unión libre),
la autoridad del marido y del padre es quebrantada (emancipación de la
mujer, de los hijos). A su vez, la sociedad civil deviene puramente convencional,
la autoridad es debilitada y arruinada; el Pueblo es ciertamente soberano, pero
de hecho es un soberano burlado, porque los regímenes salidos de la filosofía
revolucionaria se las ingenian siempre para suprimir las libertades en nombre
de la misma Libertad. En el orden económico, es la supresión de
las corporaciones que definían y garantizaban los derechos de obreros
y patronos, asegurando con ello el orden y la paz sociales; mañana, será
el colectivismo de estado, el sindicalismo revolucionario o el comunismo puro.
El Liberalismo, como hemos dicho, adopta múltiples formas según
las personas, las circunstancias, el terreno en que evoluciona. Hasta aquí
lo hemos considerado sobre todo en su sentido filosófico profundo. Era
necesario para comprender sus diversas aplicaciones prácticas. No podemos
estudiar aquí todas sus aplicaciones, pero no obstante, hay una que,
tanto por su importancia intrínseca, como por responder al objetivo de
esta “Semana Católica”, debe ser considerada con especial
atención: el Liberalismo político y social.
Además, es a esta forma particular a la que muchos autores modernos atribuyen
con propiedad la denominación de “Liberalismo”. Así,
Liberatore, el cardenal Pie, Ch. Périn, León XIII (2),
el Cardenal Billot..., consideran al Liberalismo como la aplicación de
los principios del naturalismo y del racionalismo al orden social y político,
especialmente a las relaciones entre la Iglesia y el Estado. También
entienden al Liberalismo, ante todo, como “la emancipación,
más o menos acentuada, del Estado respecto a la Iglesia”,
o “la negación del orden sobrenatural aplicado a la política”,
o “un sistema político-religioso que, negando implícita
o explícitamente la autoridad divina de la Iglesia, proclama y defiende
la supremacía del Estado sobre la Iglesia, o la autonomía y la
independencia del Estado en sus relaciones con la Iglesia”.
Hemos visto que el principio fundamental del Liberalismo es el concepto de una
libertad independiente de toda autoridad, de toda ley, de todo lazo; bien supremo
del hombre, es la piedra angular de todo el edificio, la norma de toda apreciación
y actividad, la fuente única de los derechos y de los deberes...
Sigamos ahora este principio en la aplicación que los liberales le dan
en el orden político-religioso. Lo reconoceremos por las ruinas que siembra
a su paso.
1º) LA SOCIEDAD CIVIL
EL ESTADO SEGÚN EL LIBERALISMO
El dogma central es siempre la autonomía absoluta del individuo, la libertad
esencial del hombre.
Si por azar o por necesidad el hombre entra en una sociedad, de ninguna manera
es para abdicar aquello que constituye su misma dignidad de hombre, la sacrosanta
libertad. Entrando libremente en ella, es siempre libre de salir y, si se queda,
es a condición de mantenerse plenamente libre. Para ello, no debe temer
ninguna superioridad, ni obedecer ninguna fuerza o ley extraña; así,
la plena libertad postula una igualdad absoluta con respecto a los demás
asociados.
De ello también se sigue:
• o bien que ninguna autoridad que provenga
de la fuerza, del poder o de la riqueza podrá existir en esta asociación
convencional que es la sociedad (es la tendencia comuno-anarquista);
• o bien que, admitida la autoridad, esta
no tendrá más tarea que la de respetar y hacer respetar la libertad
absoluta del hombre (es la tendencia liberal-individualista y anti-estatista
de Montesquieu);
• o bien, finalmente, que la organización
social más apta para salvaguardar la libertad del individuo consistirá
en hacer reyes a los ciudadanos, en erigir al Pueblo como Soberano (es la tendencia
violentamente centralizadora y estatista de J. J. Rousseau). Hasta
hoy, es sobre todo esta última la que ha prevalecido con la Revolución
y con todos los regímenes que ella ha originado; además, convenía
mejor al temperamento “legista”.
Según la concepción de Rousseau, estando constituida la sociedad
por un contrato arbitrario de individuos libres e iguales, el Estado no es en
definitiva más que el mismo conjunto de todos estos individuos, el Pueblo
soberano que absorbe todos los poderes. Será pronto el Estado-Dios de
Hegel. El Estado es así, el poder más elevado, la autoridad
suprema, término del progreso de la humanidad. Nada hay por sobre él,
y sólo de él deriva toda autoridad, procede toda ley y todo derecho.
Si bien el Pueblo elige sus representantes para la administración de
sus asuntos, nada pierde de su soberanía, que es inalienable; de modo
que, cualesquiera sean el sistema o la constitución adoptadas, el hombre,
el ciudadano, en el fondo no obedece más que a sí mismo, aunque
no tenga conciencia de ello.
¿En qué se convierte la Iglesia en semejante sistema?
A lo más, en simple asociación que debe al Estado su existencia
y recibe de él todos sus derechos. Y esta asociación será
considerada como rebelde cuando pretenda la autonomía, como inmoral si
trata de imponer a la conciencia individual o colectiva obligaciones que pudiesen
atentar contra la libertad.
En efecto, esto no es más que una consecuencia lógica de la
“libertad de conciencia” entendida por el Liberalismo como
un derecho absoluto, el derecho mismo. La libertad de conciencia, hemos dicho,
es el poder absoluto de creer o de no creer, y de manifestar a voluntad la creencia
o no creencia adoptadas, dentro de los límites de la ley civil. Tal libertad
es la garantía de todas las demás libertades, es la fuente de
todas los demás derechos. No pudiendo nadie envanecerse de poseer exclusivamente
la verdad, cada uno debe respetar la conciencia y la creencia del otro, en una
tolerancia amplia y universal. Sólo se excluirán de esta generosa
tolerancia las doctrinas o las sectas religiosas que pretendan imponer su verdad
o su culto con exclusión de cualquier otro. La figuración de la
tolerancia se halla en el panteón romano, que ofrecía hospitalidad
a todas las divinidades, salvo a aquella de los cristianos, demasiados insociables
para soportar a las demás.
Este dogma de la libertad de conciencia tiene por corolario necesario el
absoluto laicismo del Estado. Si cada uno puede, absolutamente, pensar
y creer lo que quiera, si el Estado no es más que la suma de los individuos
soberanos, se sigue necesariamente que este Estado no podrá imponer una
creencia, ni favorecerla a expensas de las demás, ni incluso tenerla
en cuenta..., salvo en la medida necesaria para asegurar el orden y la paz entre
los individuos, entre las religiones, lo que lo llevará, también
necesariamente, a tomar partido contra las religiones o sectas que, en su intolerancia
fanática y sacrílega, osaran atentar contra la libertad de las
demás creencias o religiones: es así que la negación radical
de toda Religión de Estado conduce invariablemente a la Irreligión
del Estado y a la persecución.
2º) LA LAICIZACIÓN UNIVERSAL
Los católicos han querido ver en la laicización progresiva del
Estado y de los organismos que de él dependen, la malvada intención
de hacer la guerra a la Iglesia Católica, de oprimir la conciencia católica,
de violentar su libertad. Juicio temerario, ya que no hay allí más
que una aplicación metódica y prudente de este laicismo que exige
la libertad de conciencia predicada y proclamada por todos. La Iglesia Católica,
en principio, no ha sido más atacada que las sectas protestantes o la
sinagoga judía: que reconozca entonces la libertad de conciencia, que
acepte la supremacía del Estado, y éste, en cambio, sabrá
acordarle su tolerancia e incluso su benevolencia.
No es necesario recordar al Estado su solemne promesa de asegurar a todos la
libertad de conciencia, porque, en efecto, no olvida que tal es su deber esencial,
y para no faltar a él es que se ha dedicado, con laudable empeño,
a la obra de emancipación que se llama laicización universal:
• Laicización del Estado
mismo, ante todo: las cuestiones religiosas son asuntos de la conciencia privada.
El Estado, majestuosamente situado fuera y sobre las religiones, será
indiferente respecto a todas, o la menos, si quiere protegerlas a todas, no
será el discípulo de ninguna. A decir verdad, las Iglesias, las
Religiones, existen en el Estado, reciben de él su existencia y la ley
de sus actividades; aquella que rehusara someterse a las leyes civiles, expresión
de la voluntad general, e intentará substraerse al estricto derecho común,
no sería ya digna de la benevolente tolerancia del Estado. Es así
que la laicización del Estado equivale a la separación de las
Iglesias y del Estado, y tiene por consecuencia la muy legal persecución
de la Iglesia Católica.
• Laicización de la legislación,
de la administración, de la política. Estas no son más
que las consecuencias rigurosas de la supremacía de la razón y
de la soberanía del pueblo. En virtud de la libertad de conciencia, el
Código será expurgado de todo rastro de Religión, la administración
no admitirá en su seno más que a aquellos que sean laicos, ante
todo en su vestimenta y si es posible, también en su espíritu.
En cuanto a la política nacional o internacional, no tendrá más
en cuenta a Dios, a Jesucristo, a la Iglesia, al Papa, a la Religión.
“El gobierno de todos los asuntos de este mundo debe pasar de los doctores
del Evangelio a los discípulos de la razón”.
• Laicización de la enseñanza:
siempre en virtud de la libertad de conciencia, la escuela debe ser substraída
a las iglesias, sobre todo, a la Iglesia Católica, substraída
a su autoridad y a su dirección, para ser puesta exclusivamente en manos
del Estado que, siendo neutral, es el único en condiciones de distribuir
una enseñanza puramente natural sin oprimir o contradecir las conciencias.
El Estado laico será el único educador oficial: es el monopolio.
Su enseñanza será gratuita, para que incluso los pobres puedan
aprovecharla; obligatoria, para que nadie pueda escapar de ella; laica
en la dirección, en el personal, en las doctrinas y programas, es decir,
esencialmente racionalista, para que sean respetadas todas las opiniones; y
pronto única, para que en vez de tener dos juventudes distintas y enemigas,
todos los espíritus compartan la misma libertad de conciencia y disfruten
finalmente la paz y la felicidad en amplia y universal tolerancia.
Además y paralelamente, el Estado laico realizará poco a poco
la laicización de la justicia, del matrimonio y de los funerales, del
ejército, de la marina, de la beneficencia y de los hospitales... Sólo
entonces el hombre será libre en su país libre.
3º) GUERRA A LA JERARQUÍA CATÓLICA
Creer en una Religión revelada, impuesta por una autoridad exterior a
la razón humana, es sin duda humillante a ésta, y por tanto profundamente
inmoral: es un crimen de lesa humanidad, un sacrilegio. Sin embargo, el Estado
laico, en su generosidad, no instituirá la Inquisición, aunque
podría hacerlo teniendo en vista la liberación de las conciencias
sometidas por el Catolicismo.
Entonces tolerará la creencia católica, al menos provisoriamente,
en el individuo amante de su cadena y de su collar. Pero no podrá admitir
que exista, junto a él, una jerarquía eclesiástica que
pretenda ser independiente de él. En consecuencia, respetuoso (o al menos
tolerante) de la religión católica individual, tendrá el
deber de combatir sin pausa a la Iglesia jerárquica, la teocracia, el
«clericalismo»: atacará primero a las ordenes religiosas,
cuyos votos las hacen profundamente inmorales, cuyas actividades las hacen peligrosas;
vendrá luego el turno al clero secular, al cual se le confiscarán
los bienes, se suprimirán las inmunidades, se les reducirá a la
condición de un funcionario, en espera del momento de suprimirlo; en
cuanto a los Obispos, su nombramiento y su administración serán
estrechamente vigiladas, incluso se tratará de someterlos a la asamblea
de los fieles; y luego, someter toda la Iglesia nacional, si no puede destruírsela,
substrayéndola a la autoridad del “extranjero”, del Papa...
Tal es el plan masónico del Liberalismo político y social: libertad
absoluta de conciencia, laicismo de Estado, laicización universal de
la nación, guerra a la jerarquía y, por tanto, a la Religión
Católica, porque la Iglesia misma forma parte del “Credo”
Católico; todo se sigue y se deduce lógicamente.
4º) RESEÑA HISTÓRICA SOBRE EL LIBERALISMO
POLÍTICO Y SOCIAL
Hoy, al menos en Francia, el Estado está totalmente impregnado de liberalismo
y lo propaga activamente. Antes de ser el fiel apóstol, ha sido primero
el discípulo servil. Parece creerse hecho más para asegurar el
triunfo de este sistema, de esta “fe laica”, que para ser el órgano
humilde del bien común.
Sin embargo, no siempre ha sido así: León XIII, en su Encíclica
Immortale Dei, recuerda con placer “el tiempo en que la sabiduría
del Evangelio gobernaba a las naciones”, y San Pío X, en su
Encíclica contra Le Sillon, de buen grado trae a la memoria
el recuerdo de los grandes monarcas que, de acuerdo con la Iglesia, gobernaron
gloriosamente nuestra Francia. El siglo XIII, con la “Cristiandad”,
constituyó el más bello triunfo del Derecho cristiano. En esta
época, escribe León XIII, la influencia de la sabiduría
cristiana y su divina virtud penetraban las leyes, las instituciones, las costumbres
de los pueblos, todas las clases y todas las relaciones de la sociedad civil:
“Indudablemente, no todo era perfecto, pero se estaba en el buen camino,
hacia la paz y la felicidad de los pueblos por la sumisión universal
a la realeza social, obligatoria y bienhechora de nuestro Señor Jesucristo.
Pax Christi in regno Christi”.
Pese a ello, el poder civil soportaba con impaciencia la autoridad de la Iglesia,
del Pontífice Romano. Se vio a los Emperadores alemanes, Enrique
IV, Barbarroja, Federico II, en el transcurso de la larga lucha entre el Sacerdocio
y el Imperio, acompañados de personajes bastante humildes en apariencia,
que fueron para ellos los más preciosos consejeros, los agentes más
activos de sus ambiciosos designios: eran los Legistas; se puede ver en ellos
a los antepasados más auténticos de nuestros modernos liberales.
Estos legistas, imbuidos de derecho romano y bizantino, llenos del recuerdo
de los emperadores pontífices o teólogos, pretendían substraer
el Estado a la jurisdicción de la Iglesia, o incluso subordinar las iglesias
nacionales al Estado, lo que cuadraba bien con su manía de centralización
y de despotismo legal.
En Francia, se los ve aparecer sobre todo en tiempos de Felipe el Hermoso.
Al mismo tiempo que el Renacimiento y la Reforma, y también gracias a
ellas, su papel y su influencia no dejaron de crecer a expensas de la civilización
católica. Se sirvieron del poder civil para lograr sus fines, en vez
de servirlo para el bien común. Lo encaminaron hacia la centralización,
con gran detrimento de las autonomías provinciales, de las franquicias
corporativas, de las libertades individuales, de todos estos organismos naturales
que lo sostenían, limitándolo. También se sirvieron de
él para someter cada vez más a la Iglesia, hasta el día
en que, viendo la Monarquía (pese a todo “cristianísima”)
un obstáculo para la secularización universal, no dudaron en derribarla
para instalarse en su lugar. 1789-93 será el triunfo de los Legistas
y la era definitiva del “Nuevo Derecho”. Los historiadores
Taine, de la Gorce, Gautherot, G. Bord, notan que, en efecto, a partir de esa
época, el papel de los abogados, consejeros del Parlamento, legistas,
jueces de paz, magistrados, etc., se hace preponderante en el Parlamento y en
el Gobierno, tanto por su influencia como por su número.
Su “Credo” es la Declaración de los Derechos del Hombre.
En nombre de la “libertad de conciencia” tratan de absorber la Iglesia
mediante la “Constitución civil del Clero”. Habiendo fracasado,
instituyen una astuta y odiosa persecución legal, y persiguen a la Religión
católica en todos los terrenos: una sola potencia, la suya, podrá
permanecer de pie en medio del desierto de las libertades en ruinas. Es el absolutismo
legal y el cesarismo bizantino, decorado con el título de “institución
libre”, sin duda porque el Estado-Dios queda como único señor
ante los individuos aislados y debilitados, ante la Iglesia sojuzgada, perseguida
o destruida.
La obra de los Legistas fue definitivamente codificada por Napoleón
I, sobre todo en sus “Artículos orgánicos”; a
partir de este momento, el Estado es “neutro”, la legislación
racionalista; expresión de los principios de 1789, ésta no es
otra cosa que la Revolución permanente, bajo el especioso nombre de “Nuevo
Derecho”.
Cuando el mal entra así en la legislación, cuando se
convierte en la ley fundamental de las instituciones, cuando ya no es más
la consecuencia efímera de una pasión violenta, sino que es erigido
en sistema oficial de gobierno, cuando es proclamado doctrina oficial de una
enseñanza monopolizada, entonces impregna todos los órganos de
la sociedad, crea un espíritu público a su imagen, deprava y deforma
las conciencias y, humanamente se hace casi incurable.
Los gobiernos subsiguientes no pudieron o no osaron remediar este mal; los principios
de los legistas, su mentalidad, permanecieron fijas y como estereotipadas en
el Código, enraizadas en las instituciones parlamentarias, proclamadas
por la prensa y por la enseñanza oficial, y esto bastó, a falta
de la pasión antirreligiosa, para acelerar el movimiento de laicización,
es decir, de descristianización universal.
Ninguna forma de gobierno está, en sí y por sí, ligada
a la doctrina “liberal”, pero es necesario reconocer que quizás
ciertas instituciones tienen con ella una afinidad especial, sin duda porque
se prestan mejor a la aplicación de sus principios sobre la autoridad,
la libertad, la igualdad, la soberanía popular. También la Masonería,
en su clarividencia, parece haber tenido siempre una cierta debilidad por la
República democrática, tanto en Europa como en América.
En todo caso, la Tercera República, considerada concretamente en sus
orígenes, en su doctrina oficial, en su personal “hereditario”,
en su legislación y en su actitud general, se ha identificado perfectamente
con el más puro Liberalismo. Régimen de legistas y de abogados,
ha sabido organizar la más admirable máquina de secularización
y de persecución legal que jamás se haya visto.
Incluso, es la única obra en la cual, pese a los múltiples gobiernos
que se han sucedido durante cincuenta años, se puede reconocer un designio
netamente concebido y fielmente perseguido. El punto de partida es siempre la
libertad de conciencia, es decir, la absoluta libertad del hombre de creer lo
que quiera o incluso no creer; y se llega así invariablemente a la necesaria
neutralidad o laicismo del Estado y de todo lo que depende de él: legislación
y política no hacen más que conformarse a la auténtica
doctrina liberal.
Desgraciadamente, el hecho de vivir durante mucho tiempo en un aire apestado
por los mismas liberales, de respirarlo por todos los poros desde la más
tierna edad, ha creado entre nuestros compatriotas, frecuentemente incluso entre
los mismos católicos, algo así como un temperamento de pecado
“liberal” que ya no permite comprender su horror y el grave peligro...
a menos de remontarse a los principios de una sana doctrina y escuchar con docilidad
“mente cordis”, la voz infalible de la Iglesia inmortal.
NOTAS:
(1) Cours de Morale, pág. 104.
(2) “Lo que son los
partidarios del Naturalismo y del Racionalismo en filosofía, los seguidores
del Liberalismo lo son en el orden moral y civil, puesto que introducen en las
costumbres y en la práctica de la vida los principios establecidos por
los partidarios del Naturalismo” (León XIII, Libertas).