LIBERALISMO Y CATOLICISMO
- cuarta parte -


por el Padre Roussel

 

“… Los errores modernos envenenan de tal modo la atmósfera que respiramos, que los mejores fieles de la Iglesia se contaminan. Las costumbres de laicización de la Sociedad, de indiferentismo religioso, de liberalismo en todos los campos, son tales, que nos cuesta mucho acoger la verdad en toda su integridad, verdad que nos viene de la sana filosofía y de la fe católica…”
“… El libro del Padre Roussel: Liberalismo y Catolicismo, da una perfecta idea del Liberalismo y del peligro que supone el Catolicismo liberal, que proliferó con motivo del ralliement, se desarrolló con el Sillonismo, el modernismo, el progresismo, para triunfar con ocasión del Concilio Vaticano II, y destruir finalmente todo lo que quedaba de específicamente católico en la fe, la moral, la Liturgia, las instituciones de la Iglesia, por la aplicación del espíritu ecuménico y democrático.
“De ahí la importancia de conocer bien lo que los Papas pensaron sobre el Liberalismo y sus sucedáneos. Su resistencia tenaz y valiente frente a este ataque apocalíptico es también nuestra resistencia. Sus argumentos son nuestros argumentos. Puesto que este ataque tiene como fin la destrucción del orden natural y sobrenatural, la defensa contra él se ha de basar en los principios fundamentales de estos órdenes natural y sobrenatural, y, por consiguiente, en principios inmutables y eternos como Dios mismo, autor de estos dos órdenes…”

(Extractos del curso consagrado al “Magisterio de la Iglesia”,
del año 1979-1980, por Monseñor Marcel Lefebvre)


- Refutación del Liberalismo: “fe laica” o fe católica -

La refutación completa del Liberalismo exigiría una larga respuesta si quisiera un detenerse en los detalles, en las múltiples formas y aplicaciones de este error monstruoso. Mas, según dice Santo Tomás, “tota scientia in virtute principiorum continetur”.(1). El Liberalismo se presenta como una ciencia sistematizada a partir de un principio, la autonomía absoluta del hombre. Bastará entonces con denunciar la nulidad de tal principio; luego esbozaremos un rápido paralelo entre la enseñanza católica y la “doctrina liberal”, pues la exposición de la verdad y la exhibición al desnudo del error constituyen la más eficaz apología para una inteligencia recta.

1º) AUTONOMÍA DEL HOMBRE. LIBERTAD DE CONCIENCIA

Dependencia radical del hombre en el orden natural. — “O el verdadero Dios, o el absurdo radical”. Tal es el dilema inevitable que la existencia de un mundo contingente plantea a la razón.(2) La razón puede, en efecto, demostrar con certeza la existencia necesaria de un Dios creador y Señor Soberano del Universo. todo aquello que se nos presenta con un carácter evidente de movilidad, de contingencia, evidentemente nos es por sí, sino por otro, que en definitiva no puede ser sino Dios mismo, Aquel que Es. Éste es el caso del mundo visible que nos rodea y del cual formamos parte. Este mundo es esencialmente dependiente de la Causa primera y universal: dependiente en su devenir, ya que Dios está en el principio, sin perjuicio de la acción real de las causas secundarias; dependiente en su ser, ya que no podría subsistir ni un solo instante sin la acción conservadora de Dios, que lo mantiene por encima de la nada; dependiente en su acción, ya que sin la moción de Dios no podría ni comenzar a actuar, ni continuar sin su concurso; dependiente en su fin, ya que está hecho para Dios y suspira por su Bondad soberana.

El hombre, en particular, por su alma espiritual, es inmediata y directamente creada por Dios, y directamente ordenado a El como Fin último; sólo al poseerlo por medio de la contemplación intelectual de Su Esencia, alcanzará su perfección última, realizando a la vez la mayor gloria de Dios y su propia bienaventuranza definitiva.

El mundo, el hombre, son entonces esencialmente relativos a Dios, radicalmente dependientes de El. También de El reciben su ley fundamental. Inteligencia y Sabiduría infinitas, Dios quiere primeramente el mayor grado de gloria que este mundo libremente creado es capaz de proporcionar, es decir, el orden y la armonía universal. Es por ello que dispone todos los seres y su actividad en vista de este fin supremo. Este orden universal y esencial de las cosas es la Ley eterna, principio del gobierno divino por el cual Dios mueve eficazmente, según su naturaleza, a todos los seres y a cada un de ellos hacia su fin, hacia su perfección, para la realización progresiva de su plan eterno. Esto es porque Dios, que es Orden, ha ordenado todas las cosas, ha impuesto a cada ser su regla, su ley. Los seres inanimados tienen leyes físicas, los seres vivos sus leyes biológicas.

¿Porqué el hombre, más digno de la solicitud divina que todas las otras criaturas, no tendría su propia ley? ¡Es una persona, es libre! Sin duda; pero no es autónomo, independiente. Entonces, también el deberá sumisión a una ley; a una ley conforme con su naturaleza, ley que comprometerá su voluntad, sin violentarla, obligatoria y a la vez libre, es la ley moral. Siguiendo esta ley, la voluntad libre perfecciona su misma libertad y asegurará la obtención del bien, de la felicidad, de la misma manera que su inteligencia perfecciona su actividad y asegura la posesión de la verdad siguiendo las leyes lógicas.

La ley está presente en todo, y en todas partes “la sumisión a la ley es principio de perfeccionamiento” (A. Comte).

Mas la ley moral establece, entre las obligaciones fundamentales del hombre, la de reconocer y adorar a Dios, darle gracias, amarlo y buscarlo como fin último necesario: tenemos aquí la primera restricción general a esa libertad de conciencia que se pretende absoluta.

Dependencia del hombre en el orden sobrenatural. — Si Dios en su soberana independencia y por bondad completamente gratuita eleva al hombre a un estado superior, lo llama a una vida sobrenatural, le revela una religión más perfecta, exige de él un culto determinado, le impone un destino que sobrepasa su naturaleza y que su razón jamás hubiera osado soñar, instituye un orden nuevo obligatorio, esto constituirá para el hombre un deber estricto de tender hacia ese fin sobrenatural y aceptar ese don gratuito y obligatorio, sometiendo su inteligencia a la verdad revelada, conformando su voluntad a los nuevos mandamientos: otra nueva restricción a la libertad de conciencia,(3) que al limitar el libre albedrío, está destinada a elevarlo hasta la vida misma de Dios. Ya que es un hecho histórico y fácilmente demostrable que Dios a elevado al hombre al estado sobrenatural, que el hombre habiendo caído con Adán, ha sido nuevamente elevado, rescatado por el Hijo de Dios hecho hombre, Jesucristo; que desde entonces Jesucristo ha adquirido por su obediencia precisamen-te el primer lugar dentro de todas las cosas en el plan divino y que el hombre no puede ya ir a Dios sino solamente sometiéndose al Hombre-Dios, aceptando sus palabras, obedeciendo su Ley y a la Iglesia fundada por El para continuar oficialmente su obra de Redención.

A partir de ello ¿cómo hablar todavía de autonomía del individuo, de absoluta libertad de conciencia? Lo sobrenatural es un don gratuito sin duda, pero igualmente obligatorio; no es de ninguna manera una supererogación, objeto de lujo y por tanto facultativo. En cuanto a hablar de libertad de conciencia, en el fondo es un absurdo; lo que se debe reivindicar, es la “libertad de las conciencias“ y su derecho absoluto de servir a Dios sin impedimento (Dom Delatte). La libertad de conciencia moderna es un postulado indemostrable, o mejor dicho, un error manifiesto. ¡Como! El hombre, criatura hecha de la nada, incapaz de ser y de moverse sin Dios, ante todo lo que tiene y todo lo que es y esperándolo de su Bondad, ¿podría levantar insolentemente su miseria infinita frente a la infinita omnipotencia de aquel que es el Ser por Sí mismo y por quien todo existe? ¿Osará este hombre, limitar y hasta rechazar su acatamiento? ¡Es el colmo del absurdo!

No, el hombre es esencialmente dependiente de Dios, de su palabra, de sus leyes, de su Providencia, de las autoridades que El delegue, de las sociedades donde lo coloque; el hombre depende de todas las leyes de todos los lazos que lo protegen y lo salvan, esto es lo que enseña la razón católica más razonable que el mismo Racionalismo, puesto que ella va hasta el límite de sus principios y sabe además que aceptando la Revelación, reconociendo la realeza universal de Jesucristo y la autoridad de su Iglesia, ella hace un acto de razón.

Así, pues, el principio supremo del Liberalismo es falso, radicalmente falso; esto se verá mejor todavía comparando la enseñanza católica de Dios hecho Hombre y la doctrina liberal del hombre que pretende ser Dios.

2º) VERDAD CATÓLICA. ERROR LIBERAL

No es verdad que la razón humana sea fuente de Verdad y medida de las cosas. En el orden natural, la inteligencia está sometida al objeto, a lo real, a las leyes, a la dirección de los primeros principios; ella está reglada por las cosas, como las cosas están regladas por la inteligencia divina. En el orden sobrenatural, ella está obligada a someterse a la palabra de Dios, tiene la obligación rigurosa de adherir a los misterios de la fe, de escuchar a la Iglesia y aceptar sus enseñanzas.

No es verdad que la libertad sea un fin en sí misma. Es una fuerza que sin duda puede ponerse al servicio del bien o del mal, pero para ser un derecho, es decir, un poder legítimo, es necesario que se someta al orden de la razón, a la dirección de la ley, al mandato de la autoridad.(4) La libertad no es para el hombre más que un medio de alcanzar el fin que le ha sido asignado por Dios; no debe por tanto ser usado mas que con miras de obtenerlo y dentro de los límites trazados por la razón y la fe. De ahí que solamente esta libertad realizará la definición dada por la sabiduría cristiana “la facultad de moverse en el bien”.

No es verdad que el hombre deba seguir a la naturaleza, a menos de entenderla en su realidad filosófica, es decir en la jerarquía de sus poderes, en su verdad histórica también, es decir, en tanto que redimida y ordenada al orden sobrenatural. Aun en esto, el católico es más naturalista que el mismo naturalista, pues solo él entiende la naturaleza en su integridad, en el orden exacto de sus facultades y su razón de ser, en la jerarquía de sus tendencias y de sus objetivos.

No es verdad que la dignidad del hombre sea tal que toda dependencia le sea intolerable. Al contrario, su dignidad, su excelencia, su perfección, está en reconocer el soberano dominio de Dios, que de la nada le ha dado el ser; tender a El con toda sus fuerzas, ser perfectamente sumiso a su Ley para poseerlo plenamente. Sin entrar a referirnos a la vida cristiana, que se resume en la Caridad, la esencia de la vida humana, por ser humana simplemente, está en esta sumisión total y voluntaria a Dios: “Deum time et mandata eius observa: hoc enim omnis homo”.(5) Y precisamente por esta humilde obediencia a Dios, el hombre se desprende, se libera de lo contingente, de lo temporal, de todo aquello que no es Dios y sube a alturas que ni supone el hombre natural, “homo animalis”. La voluntad, y por ella el hombre, se hace semejante al objeto al que se une, que ama, que sirve: “Servire Deo regnare est”.

No es verdad que el hombre sea libre de aceptar o rechazar el don sobrenatural de la gracia. Dios, que ha hecho al hombre de la nada, ha conservado el derecho de perfeccionar su obra, de elevarlo a un destino aun más excelente y más noble que aquel inherente a su condición primera. En efecto, Dios ha instituido la vida sobrenatural obligatoria y nos lo ha manifestado por signos muy evidentes; debemos por lo tanto creer en Jesús, su doctrina, cumplir sus mandamientos, vivir su vida..., sin lo cual aun nuestro mismo fin natural queda radicalmente perdido, pues en la actual situación de las cosas dispuestas por la Providencia divina, es imposible igualmente lograr el fin esencial y natural sino es en y por el fin sobrenatural.

No es verdad que el hombre sea libre desde el punto de vista social. En efecto: Ante todo, la familia donde nace o que funda, es una sociedad natural de la cual, la constitución y leyes fundamentales (unidad, indisolubilidad, autoridad paterna) han sido establecidas por Dios, restauradas y santificadas por Jesucristo. Luego, la sociedad civil tiene también a Dios por autor y en ella toda autoridad procede de El. Finalmente, la Iglesia, sociedad sobrenatural perfecta, única depositaria de la verdad religiosa y de los medios de salvación, es obligatoria para todos y nadie tiene derecho de rechazar su doctrina, de sustraerse a sus leyes y a su autoridad.

No es verdad que el Estado sea independiente de Dios, de Jesucristo, de la Iglesia. Como agente, está directamente sometido a Dios en todo; por su fin depende indirectamente de la Realeza Social de Nuestro Señor, de la autoridad de la Iglesia. Especialmente debe profesar la verdadera Religión, proteger y defender la Iglesia, prohibir los falsos cultos, salvo que una tolerancia provisoria se imponga en nombre del bien público, dar a la Iglesia, en la medida que Ella lo reclame, el apoyo del brazo secular, poner su legislación y aplicarla en armonía con los derechos superiores de la Iglesia. Por tanto, tampoco es verdad que la tolerancia deba ser universal: en el campo de las ideas esto sería el escepticismo, en el ejercicio del gobierno, el desorden y la anarquía; no se tolera el mal y el error, sino sólo cuando no es posible de otra manera.

En resumen, no es verdad que la libertad sea la panacea universal. La libertad debe estar regulada por la ley que fija los deberes y los derechos, y por la prudencia natural y sobrenatural que precise sus aplicaciones prácticas. “La libertad y sus beneficios, escribe León XIII, esto es lo que ante todo se ha exaltado hasta las nubes como el remedio supremo, un incomparable instrumento de paz fecunda y de prosperidad”. Pero, por desgracia, los hechos han demostrado que una libertad “concedida sin distinción a la verdad y al error, al bien y al mal, no logra sino rebajar todo aquello que hay de noble, de santo, de generoso y abrir mas ampliamente el camino al crimen, al suicidio y al torbellino abyecto de las pasiones”.(6)

Por eso no hay que confundir la verdadera libertad, que es una libertad ordenada, con la falsa libertad o licencia, que no es sino una libertad anárquica, libertad de perdición. Contrariamente a la creencia de que el hombre es totalmente libre, la realidad nos muestra que está bajo muchos tipos de autoridad, rodeado de múltiples lazos tutelares; adecuarse al orden tal como es su deber esencial, es la condición de su perfección suprema.

- Conclusión -

Quien haya seguido este estudio, no podrá ya asombrarse al escucharnos decir: el Liberalismo es un pecado, un pecado grave del espíritu, el pecado mismo, pues es esencialmente la rebelión contra Dios y contra el orden establecido por Él.

Santo Tomás, en su lenguaje tan preciso, diría del Liberalismo que no es solamente “peccatum”, sino además “culpa”. El “peccatum” es en general la deficiencia, la falta de rectitud exigida a una operación con respecto a su fin. En este sentido el Liberalismo es un “peccatum intellectus”, pues es un error grosero hasta la contradicción; erigiéndose en sistema, se devora a sí mismo, puesto que no reconoce a ninguna verdad ni a ningún bien el derecho de imponerse al hombre libre.

El liberalismo se convierte en «culpa», falta grave, cuando y en la medida en que es elegido por la voluntad libre del hombre. En si mismo es “materia grave y muy grave”, incomparablemente más que el pecado de la carne, porque corrompe la más excelente y más necesaria de nuestras facultades, la inteligencia; pecado verdaderamente satánico puesto que es inspirado por él, pecado radical, y, por consiguiente, casi incurable.(7)

Lo que aumenta todavía la gravedad del pecado del liberalismo es que instituye la rebelión misma en principio, la independencia en sistema, es que organiza, si se pudiera aplicar la expresión, el desorden mismo contra toda ley. León XIII también ha dicho del Naturalismo y del Racionalismo, principios del Liberalismo, que constituyen la idea “la más perversa de todas”.(8) Después del odio formal contra Dios, no hay pecado más grave, pues ataca directamente la fe y los primeros principios de la vida sobrenatural.

Es interesante hacer un paralelo entre los principios y conclusiones liberales y los principios y conclusiones católicos; es lo que mejor pone de relieve su radical oposición:

Para el liberal
1º Razón, origen y medida de las cosas.
2º Razón individual.
3º Autonomía de la voluntad.
4º Ateísmo o panteísmo.
5º El Hombre se basta a sí mismo.
6º La libertad, fin en sí misma.
7º Libertad esencialmente independiente.
8º Independencia exigida por la dignidad.
9º El Hombre, esencialmente bueno.
10º Progreso indefinido y fatal.
11º Igualitarismo.
12º Individualismo anárquico.
13º Licencia para hacer lo que se quiera.
14º Soberanía del número, del Pueblo.
15º Francmasonería, etc.
Para el católico
1º Razón dependiente del objeto: natural y sobrenatural.
2º Razón de los siglos y tradición.
3º Dependencia con respecto al bien y a la ley.
4º Un sólo Dios, distinto del mundo.
5º Dios único Ser necesario.
6º Puro medio para obtener el fin último.
7º Depende de la autoridad, de la ley, del orden.
8º Sumisión a la ley, fuente de perfección.
9º Viciado por los pecados original y personales.
10º Supone el orden a los fines necesarios.
11º Jerarquía y organización.
12º Lazos sociales necesarios.
13º Libertad regulada: hacer lo que es bueno.
14º Soberanía de Dios y de quienes El delega.
15º Iglesia Católica, etc.

Así pues, mientras el catolicismo afirma la sujeción absoluta de la razón individual y social a la Ley de Dios, el Liberalismo sostiene una independencia absoluta. Por consiguiente se opone radicalmente a los Derechos de Dios, de Jesucristo Rey, de la iglesia, a la existencia de toda sociedad o bien temporal del hombre como a su eterna salvación. Es por eso que debemos combatirlo por todo los medios legítimos y correctos.

No hay tiempo que perder, pues el mal es grande, más actual que nunca: esta iniquidad, decía Pío X, por la cual “el hombre se substituye a Dios” es “lo que caracteriza la época que vivimos”. Y Benedicto XV: “El espíritu de indisciplina que no era hasta hoy más que triste privilegio de algunos descarriados ha llegado ya a posesionarse de las masas y les pone también a ellas sobre los labios el eterno grito de rebelión: Non serviam!” (24 de diciembre de 1919). Y hace muy poco un eminente Prelado escribía: “Hoy el Liberalismo es el error capital de las inteligencias y la pasión dominante de nuestro siglo, constituye como una atmósfera infecta (Pío XI habla de la «peste del Laicismo») que envuelve por todas partes al mundo político y religioso, que es un inmenso peligro para la sociedad y para le individuo... Falsea las ideas, corrompe los juicios, adultera las conciencias, debilita el carácter, enciende las pasiones, subyuga a los gobernantes, subleva los gobernados, y no satisfecho de apagar (si eso fuera posible) la luz de la revelación, inconsciente y audaz, pretende extinguir aun a la misma razón natural”.

Los poderes de gobierno, la prensa, la enseñanza, etc... están al servicio del Liberalismo. ¡Nosotros no tenemos ni el dinero, ni el poder, ni la influencia! ¡Somos poca cosa frente a un mal de tal magnitud! Mejor así, pues reconociéndolo, no nos tentaremos en fiarnos en nosotros mismos, sino que nos confiaremos absolutamente en Dios, quien, de nada, hizo el cielo y la tierra, y se complace en elegir los pequeños para confundir a los poderosos. Sigamos a nuestro soberano Padre el Papa Pío XI con la valentía, confianza y serenidad con que él denunció al Laicismo, dándole un golpe justo con la institución de la fiesta de Cristo Rey, prediquemos sin cesar la necesidad de la política cristiana, recordemos sin cesar los derechos imprescriptibles de Nuestro Señor Jesucristo a reinar, no solamente sobre los individuos, sino sobre los pueblos y el mundo entero de manera que sea el Primero, el primero en el honor y en el ejercicio de la autoridad.

Un F. Buisson proclama el laicismo integral, es decir, “la pura y simple aplicación del libre pensamiento a la vida pública de la sociedad”. En cuanto a nosotros, es el orden integral cristiano lo que queremos, es decir, el espíritu del Evangelio impregnando toda la sociedad, y de esta manera, devolver al hombre la verdadera libertad que es “alcanzar su fin sobrenatural mediante Jesucristo”. Trabajemos, pues, enérgicamente por el reino social de Jesucristo y proclamemos en todo lugar a Cristo Rey.

“Pero, ¿no es una quimera lo que ustedes proponen?”, nos dicen. Sí, si uno se confía solo en los pobres medios humanos; no, si se apoya en la fe, sobre la fuerza misma de Dios. “Pero ¿no será eso impopular? ¡Comprometen a la Iglesia! ¡Es necesario no herir las aspiraciones modernas del pueblo respecto a la libertad!”. Conocemos desde hace mucho tiempo esas objeciones de una debilidad que se considera prudencia y que hasta ahora no a obtenido sino favorecer el avance de la apostasía universal de las naciones.

Con la resistencia diocesana de Luçon (Comunicado de la Vendée, del 17 de enero de 1920), respondemos: “Si se quiere ayudar a un hombre que está envenenado no hay que ofrecerle más veneno. Es un contraveneno lo que hay que administrarle para salvarlo. Nuestra sociedad está envenenada con el abuso de la libertad. Es ese abuso de la libertad humana llevado hasta el desprecio de los Derechos de Dios que ha engendrado el Laicismo. Y este Laicismo a su vez, se ha convertido en la «peste» de la que muere el mundo contemporáneo. Esa expresión es del mismo Sumo pontífice. Es necesario por tanto, combatir y combatir de todas maneras el Laicismo bajo todas sus formas y en todas sus etapas. Es la única manera de salvar la Sociedad devastada por esta horrible peste”. El reino de Cristo, y en este reino la Paz del mundo: “Pax Christi in regno Christi”, sólo podrá establecerse sobre las ruinas del Laicismo.


NOTAS:
(1)
“Toda ciencia está virtualmente contenida en los principios de que parte”.
(2) Cfr. la conclusión del libro sobre Dios del R. P. Garrigou-Lagrange.
(3) Ciertos liberales admiten sin problema que la libertad “debe ser dirigida y gobernada por la recta razón, y por consiguiente, sometida a las leyes naturales y a la ley divina y eterna; pero creen deber detenerse ahí y no aceptan que el hombre libre deba someterse a las leyes que a Dios le placería inspirarnos por un camino distinto al de la ley natural” (León XIII, Encíclica “Libertas”). Pretensión insoportable: cfr. H. Brun, pág. 38.
(4) “La libertad, este elemento de perfección para el hombre, ha de aplicarse a lo que es verdadero y bueno” (“Immortale Dei”). Por eso, “una libertad no debe ser jamás reputada por legítima sino en la medida en que aumenta nuestra facultad para el bien, pero no fuera de él” (León XIII, “Libertas”).
(5) Eclo., 12, 13.
(6) Parvenu à la 25e année...
(7) Habría que ser absolutamente ignorante de la Teología moral para escandalizarse de semejante afirmación. En la Tabla de las obras de Santo Tomás de Aquino se puede ver qué frecuentemente el gran Doctor enuncia la siguiente conclusión: “Peccata carnalia sunt minus gravia, licet turpiora, quam spiritualia”.
(8) Officio sanctisimo.