LIBERALISMO
Y CATOLICISMO
- quinta parte -
por el Padre Roussel
“… Los errores
modernos envenenan de tal modo la atmósfera que respiramos, que los mejores
fieles de la Iglesia se contaminan. Las costumbres de laicización de
la Sociedad, de indiferentismo religioso, de liberalismo en todos los campos,
son tales, que nos cuesta mucho acoger la verdad en toda su integridad, verdad
que nos viene de la sana filosofía y de la fe católica…”
“… El libro del Padre Roussel: Liberalismo y Catolicismo, da una
perfecta idea del Liberalismo y del peligro que supone el Catolicismo liberal,
que proliferó con motivo del ralliement, se desarrolló con el
Sillonismo, el modernismo, el progresismo, para triunfar con ocasión
del Concilio Vaticano II, y destruir finalmente todo lo que quedaba de específicamente
católico en la fe, la moral, la Liturgia, las instituciones de la Iglesia,
por la aplicación del espíritu ecuménico y democrático.
“De ahí la importancia de conocer bien lo que los Papas pensaron
sobre el Liberalismo y sus sucedáneos. Su resistencia tenaz y valiente
frente a este ataque apocalíptico es también nuestra resistencia.
Sus argumentos son nuestros argumentos. Puesto que este ataque tiene como fin
la destrucción del orden natural y sobrenatural, la defensa contra él
se ha de basar en los principios fundamentales de estos órdenes natural
y sobrenatural, y, por consiguiente, en principios inmutables y eternos como
Dios mismo, autor de estos dos órdenes…”
(Extractos del curso consagrado al “Magisterio de la Iglesia”,
del año 1979-1980, por Monseñor Marcel Lefebvre)
- Informe sobre el Liberalismo “católico”
-
INTRODUCCIÓN
LAS DIVERSAS FORMAS DE LIBERALISMO
Precedentemente hemos estudiado los primeros principios y analizado la esencia
profunda del Liberalismo; hemos destacado las grandes líneas de su desenvolvimiento
histórico y lógico; y hemos esbozado una breve refutación.
Pero como ya lo hemos dicho, el Liberalismo sabe adoptar las formas más
diversas según el gusto de las personas y de acuerdo a las circunstancias.
Casi nunca se muestra al desnudo en todo su horror. Para ser más fácilmente
aceptado por los desprevenidos se disfraza ordinariamente, y con mucha habilidad
y arte, con las apariencias y la máscara de la verdad y de la virtud.
Nos resulta imposible seguirlo en sus diferentes metamorfosis, calcular la sutileza
de sus distintos grados. Además, esto será largo y cansador. Nos
será suficiente recordar con el Papa Liberatore, el Papa León
XIII y el Cardenal Billot, las tres formas principales que adopta en el orden
político-religioso.
1º) El Liberalismo absoluto. — Es el que hemos expuesto en el
capítulo anterior. Partiendo del ateísmo o del panteísmo,
desemboca lógicamente en el Estado-Dios, fuente de todo derecho. Lo cual
tiene por objeto absorber o perseguir a la iglesia Católica. Está
en oposición flagrante a los Derechos de Dios y a los principios fundamentales
de la moral social.
2º) El Liberalismo moderado o mitigado, o semiliberalismo. —
En este caso rechaza todo el orden de la revelación y no conserva más
que la religión y la moral natural, o bien, admitiendo lo sobrenatural
como un hecho al menos, concibe la Política y la Religión, el
Estado y la Iglesia, como dos ordenes, dos poderes absolutamente distintos y
separados, plenamente libres cada uno en su esfera. Si bien no es la fórmula
más rígida, más absoluta: “el Estado está
sobre todo”, es la suya, en el fondo, más peligrosa: “la
Iglesia libre en el Estado libre”, cuya paternidad se atribuye a
Montalembert. El Estado no admitirá el Derecho público de la Iglesia,
peor podrá aceptar, para mantener la paz, el acuerdo de pactos donde
las dos potencias, tratando de igual a igual, se harán concesiones mutuas,
comprometiéndose a no reprimir jamás las “Libertades modernas”,
base esencial del “Derecho nuevo”. Por otra parte, como norma se
tendrá la separación total de los dos poderes. Este sistema conduce
lógicamente al ateísmo político y social, en definitiva
al desprecio de los Derecho de Dios y a la persecución de la Iglesia.
3º) En fin, el llamado Liberalismo «Católico» o práctico.
— De este último tenemos que tratar especialmente aquí.
ORIGEN Y DESARROLLO DEL “LIBERALISMO
CATÓLICO”
LA EXPRESIÓN “LIBERALISMO CATÓLICO”
Después de lo expuesto y analizado sobre el Liberalismo, ¿es posible
hablar de “Liberalismo Católico”? Son palabras que se rechazan
entre sí; no pueden ponerse de acuerdo; es como si uno hablara de protestantismo
católico o de racionalismo católico.
Si por “liberal” se entiende la virtud de la liberalidad que mantiene
el justo medio entre la avaricia y la prodigalidad, pues nada mejor: todo católico
debiera ser “liberal”, así como debe ser honesto. Si lo que
se quiere destacar es que el católico tiene algún partido propio,
tal partido debe manifestarse por las libertades legítimas y necesarias,
religiosas, políticas, sociales..., entonces decimos también,
nada mejor, si bien la palabra, equívoca, no debería emplearse;(1)
la Iglesia siempre luchó por esas libertades y el mismo Dios no ama nada
tanto como la libertad de su Iglesia.
Pero si entendemos el término “liberal” en el sentido que
hemos desarrollado precedentemente, de rechazo más o menos acentuado
contra la autoridad, de independencia anárquica, de disolución
o relajación de los lazos necesarios, entonces es esencialmente anticatólico.
Hay contradicción formal entre las dos palabras; un católico
no puede ser sino antiliberal y un liberal será lógicamente anticatólico.
Y sin embargo, es en este último sentido que a mediados del siglo XIX,
un grupo de católicos tomó la denominación de “liberal”.
El Cardenal Billot, que es una autoridad reconocida por su precisión
teológica, se sintió obligado a declarar que el Liberalismo de
los católicos que se denominan “liberales” es imposible de
formular, de definir, escapa a toda clasificación y no tiene sino una
sola marca distintiva y característica, la de una incoherencia absoluta
y perfecta.
No existe pues, propiamente hablando, “catolicismo liberal” o “Liberalismo
católico”. Lo que se denomina así, no es una doctrina sino
un Liberalismo más o menos lógico y más o menos acentuado,
admitido prácticamente y sostenido por católicos de buena o mala
fe. También León XIII prefiere hablar de “Liberalismo práctico”.
En realidad existen y son numerosos por desgracia los católicos que admiten
más o menos el sistema liberal, adoptando su espíritu, su mentalidad,
trasluciendo su influencia en sus apreciaciones, sus actitudes y sus actos.
Son muchos, pero afectados de distintas maneras: la equidad obliga a destacar
que hay entre ellos, distinto grado de liberalismo, diferentes matices, podríamos
decir infinitos, desde aquellos que aun se conservan buenos católicos,
hasta aquellos que están rozando la apostasía.
FELICITÉ DE LAMMENAIS
El Padre del liberalismo denominado “católico” o más
bien “práctico” (ya que ordinariamente está prohibido
admitirlo en teoría), fue el desdichado Lamennais.
Entre el solitario de la Chênaie y el solitario de Ermenonville, Rousseau,
hay más de un rasgo común. Ambos fueron sobre todo hombres de
imaginación y sensibilidad. Muy joven, Lamennais fue envenenado por la
lectura de Rousseau, y, aún más, se cree que fue educado por su
tío siguiendo el método del Emilio. En todo caso es Rousseau que
explica a Lamennais. Su doctrina del “sentido común”, especie
de aplicación a la Crítica, del sufragio universal, recuerda curiosamente
al instinto-conciencia o a la voluntad general del disertador ginebrino.(2)
Sin formación filosófica ni teológica seria, fue impactado
sobre todo por el aspecto social de la Religión, y anuncia ya lo que
será el “Catolicismo social”. Incapaz de captar la oposición
radical que separa la filosofía revolucionaria de la doctrina católica,
pretende bautizar el “contrato social”, como ciertos católicos
de hoy se imaginan ingenuamente poder cristianizar cierta democracia; pero será
por el contrario, el contrato social que democratizará su catolicismo.
Lo mismo que Rousseau, es siempre un devoto, un fanático de la libertad.
En nombre del “derecho común”, reclama la libertad absoluta
de prensa. Si fue “ultramontano” al principio, fue menos por adhesión
a la autoridad del Papa que por el odio de la opresión galicana, y no
tardaría en volverse contra lo que llamará la opresión
de Roma. Sueña con una Democracia aureolada de libertades modernas y
fundada sobre el sufragio universal. Entendiendo el Estado a la manera de Rousseau
y de muchos modernos, es decir, como ejecutivo de la Democracia, lo vemos impulsar
la separación de la Iglesia y el Estado, al mismo tiempo que se proclama
vehemente partidario de la unión de la Iglesia y de la Democracia.
Como vemos, Lamennais es muy “moderno”, como lo ha felicitado un
historiador católico reciente, pero esta modernidad, ¿es de buen
gusto? Uno puede preguntárselo. En todo caso, es demasiado cierto que
por sus teorías aventuradas sobre la educación del Pueblo soberano,
sobre las relaciones de la iglesia y el Estado, de la autoridad y la libertad,
por su tendencia hacia el socialismo y hasta por su condenación y su
apostasía, es el predecesor y modelo demasiado influyente de ciertos
“demócrata-cristianos” contemporáneos.
Tener simpatía por Lamennais, compadecerlo, se puede comprender, pero
eso de ninguna manera puede legitimar el juicio que el Padre Lemire, sacerdote
más demócrata que teólogo, enuncia diciendo: “Ese
gran reformador fue obstaculizado miserablemente por haber favorecido demasiado
pronto el movimiento que debe salvar un día el cristianismo entre nosotros”.
LA ESCUELA “CATÓLICO-LIBERAL”
La Escuela que se denomina a sí misma “Católico-liberal”
procede de Lamennais, y, en consecuencia, por medio de él, viene de Rousseau.
Por eso, no va a cesar en sus esfuerzos brillantes pero imposibles para conciliar
lo contradictorio: Dios, la Ley Eterna, con una libertad desordenada, la Iglesia
y la Revolución, los Derechos del Jesucristo y el “Nuevo Derecho”.
Sin embargo, no se constituyó definitivamente sino a partir de la división
de los católicos con respecto a la ley sobre la libertad de enseñanza
de 1850. Los más destacados fueron Montalembert y Monseñor Dupanloup.
Es necesario que el lector tenga presente que hay formas y múltiples
matices en el «Catolicismo-liberal». No nos cansaremos de repetirlo
para que no se nos acuse de injusticia: todos los rasgos que definen
al «Católico-liberal», tal como lo describimos, no aparecen
en todo su conjunto en todos aquellos que calificamos o acusamos.
El “Católico-liberal” no tiene, en efecto, un tipo uniforme;
es más una “imagen fabricada” que permite distinguir diferencias
considerables. La escuela “Católico-liberal” de 1850-1870
no era en general tan definida como la que precedió o la que siguió
inmediatamente a la condenación del modernismo (1907); y en lo que atañe
al de nuestra época, sería difícil tratar de igual manera
(sin lesionar la equidad) a de Mun o un P. Bureau, poner en el mismo rango a
tal exégeta recientemente condenado por sus tendencias naturalistas y
a un Loisy formalmente apóstata y panteísta.
Pero no se puede sino deplorar que tantos oradores o historiadores católicos,
celebren sin hacer las reservas necesarias, glorias que no carecieron de sombras.
Tanto más que demasiado a menudo se capta entre los panegiristas, la
intención manifiesta de exaltar precisamente las doctrinas o los actos
que tienden a justificar principios y legitimar actitudes que la Iglesia no
puede en absoluto aplaudir. Puede ser posible que esa sea la razón por
la cual, hace algunos años, el santo padre, en ocasión del centenario
de Louis Veuillot, dirigió un Breve al gobierno y no permitió
en cambio, la celebración solemne de Montalembert. Hay en todo caso un
peligro real en eso, de parecer que se recomiendan tendencias discutibles o
hasta que se recomiendan tendencias discutibles o hasta acreditar errores formales
bajo apariencia de virtudes que ni se piensa en rectificar.
¡No hay nada más peligroso que el error de la gente de bien! La
pureza de vida moral, el mismo celo por la religión católica no
son suficientes para que un escritor, un orador o un sabio, pueda ser un guía
seguro de la juventud católica y más aun del clero. No se quien
es más santo, si un Cardenal Pie o un Monseñor Dupanloup, un Veuillot
o un Montalembert, pero no se puede dudar que la doctrina del Obispo de Poitiers
en firmeza, es bien diferente que la del Obispo de Orleáns, que el sentido
católico del director de l’Univers sobrepasa en su delicadeza
a la del orador de Malinas.
Nuestro objetivo no es por otra parte, formular aquí juicios definitivos
y completos, sino sólo destacar la “continuidad” del error
“Católico-liberal” desde hace un siglo.
Después de estas aclaraciones, continuemos nuestro tema.
Montalembert, discípulo y compañero de Lamennais, luchó
al principio valientemente a favor de los derechos de los Católicos.
A partir de 1850 se inclina hacia un liberalismo que podríamos denominar
más bien equívoco. En Malinas, en 1863, tratará de hacer
aceptable la fórmula que le proporcionara Cavour: «la Iglesia libre
en el Estado libre», y antes de su muerte, pronunciará palabras
deplorables sobre “el Ídolo del Vaticano” a propósito
de la infalibilidad pontificia. Por otra parte, gran admirador del parlamentarismo
inglés, se inclinó finalmente hacia la Democracia.
Monseñor Dupanloup, autor principal del compromiso que era la
ley de 1850 sobre la enseñanza, quería también él,
reconciliar la Iglesia con la Revolución. A partir de 1844 escribía:
“Aceptamos, invocamos los principios y las libertades proclamadas
en 1789”.(3) Favoreció
ampliamente a los hombres y las tendencias liberales. “Escamoteó”
brillantemente (el término usado es de Montalembert) el Syllabus,
poniendo de relieve lo que él no condenaba pero silenciando hábilmente
lo que eran sus principios. Finalmente se lo verá oponerse por mil intrigas,
hasta apelando al poder civil, a la definición de la Infalibilidad pontificia.
En política, era partidario de la monarquía parlamentaria.
En cuanto a Lacordaire, abogado convertido, liberal por su temperamento, demócrata
avanzado en 1848, se mantenía un poco al margen de la Escuela “Católico-liberal”,
y se gloriará de morir “liberal impenitente”.
También hay que hacer aquí una mención de Monseñor
Maret, profesor de Teología en la Sorbona. Fue siempre un fervoroso
entusiasta de la democracia, entendida no como un sistema puramente político,
lo cual después de todo es algo legítimo, sino como ideal filosófico
y moral, casi como una religión cuyos dogmas son tomados de la Declaración
de los Derechos del Hombre; ya veía en ello el progreso necesario y fatal
del porvenir. Por otra parte, como Dupanloup y Montalembert, y más que
ellos, es profundamente galicano y adversario decidido de la Infalibilidad.
Se podrían citar aún otros nombres ilustres de aquel tiempo, como
Gratry, de Falloux, de Broglie, el equipo del “Correspondant”...,
pero los límites de un informe no permiten extenderse más.
De todos esos católicos, volvemos a repetirlo, no menospreciamos en nada
el talento, la dedicación a la Iglesia, los servicios prestados
a la causa católica. Así, en absoluto formulamos con lo expuesto
un juicio global sobre el tema. Pero si bien nosotros no dudamos de sus buenas
intenciones, podemos preguntarnos si la autenticidad de su espíritu estaba
a la altura de su buena voluntad. El destacar este punto de vista permitirá
a sus numerosos y fervientes discípulos, rectificar sus apreciaciones
demasiado entusiastas.
Desde hace cincuenta años, la Escuela “Católico-liberal”
no presenta ningún nombre destacado, digno de mencionar. Por el contrario,
gracias al Laicismo creciente y al apoyo político, ella ha reclutado
por la enseñanza, la palabra y la prensa, numerosos adherentes entre
el clero y el pueblo católico. ¿Es esto, como ellos lo afirman,
un bien en favor de la Iglesia? Lo veremos al continuar este estudio. Destaquemos,
sólo por el momento, que es casi exclusivamente en esa línea que
sucesivamente han ido surgiendo... americanistas, sillonistas, modernistas
de diferente grado y matiz. Esto es ya una indicación valiosa acerca
del peligro de un cierto Liberalismo aun atenuado. Lo comprenderemos mejor cuando
hayamos descripto la mentalidad “Católico-liberal” y comprobado
sus deficiencias doctrinales y prácticas.
NOTAS:
(1) “Es de desear, escribe León XIII,
que los católicos elijan y adopten otro nombre para designar a su
propio partido político, para que el título de liberales que se
darían a sí mismos no sea para los fieles una ocasión de
equívoco y de extrañeza…” (Cfr. H. Brun, pág.
46).
(2) “Aún ayer,
la Iglesia defendía la razón contra un Lamennais, este demócrata
excesivo, que trataba a la razón humana como un simple jefe de Estado,
y la hacía depender del sufragio universal” (Cardenal Charost,
Discurso a las Facultades Católicas de Angers, 1925).
(3) La pacificación religiosa.