LIBERALISMO Y CATOLICISMO
- sexta parte -


por el Padre Roussel

 

“… Los errores modernos envenenan de tal modo la atmósfera que respiramos, que los mejores fieles de la Iglesia se contaminan. Las costumbres de laicización de la Sociedad, de indiferentismo religioso, de liberalismo en todos los campos, son tales, que nos cuesta mucho acoger la verdad en toda su integridad, verdad que nos viene de la sana filosofía y de la fe católica…”
“… El libro del Padre Roussel: Liberalismo y Catolicismo, da una perfecta idea del Liberalismo y del peligro que supone el Catolicismo liberal, que proliferó con motivo del ralliement, se desarrolló con el Sillonismo, el modernismo, el progresismo, para triunfar con ocasión del Concilio Vaticano II, y destruir finalmente todo lo que quedaba de específicamente católico en la fe, la moral, la Liturgia, las instituciones de la Iglesia, por la aplicación del espíritu ecuménico y democrático.
“De ahí la importancia de conocer bien lo que los Papas pensaron sobre el Liberalismo y sus sucedáneos. Su resistencia tenaz y valiente frente a este ataque apocalíptico es también nuestra resistencia. Sus argumentos son nuestros argumentos. Puesto que este ataque tiene como fin la destrucción del orden natural y sobrenatural, la defensa contra él se ha de basar en los principios fundamentales de estos órdenes natural y sobrenatural, y, por consiguiente, en principios inmutables y eternos como Dios mismo, autor de estos dos órdenes…”

(Extractos del curso consagrado al “Magisterio de la Iglesia”,
del año 1979-1980, por Monseñor Marcel Lefebvre)


- La mentalidad “católico-liberal” -

Las principales características de esta mentalidad (1) son: una desmedida admiración irreflexiva por la libertad-independencia y por las novedades, una cierta perversión intelectual provocada por la mezcla y el deterioro de los principios, que conduce, en la práctica, a una moderación inexplicable y una conciliación a toda costa.

El Syllabus termina la serie de proposiciones que condena, de esta manera: “El Pontífice Romano puede y debe reconciliarse y transigir con el progreso, el liberalismo y la civilización moderna”. El Católico-liberal tratará de realizar lo que le está prohibido al Papa: permanecer católico sin abandonar los principios liberales y encontrar el terreno de acuerdo que permitirá al fin la conciliación tan deseada.

A fin de poder entender esas tentativas, su imposibilidad y su peligro, tratemos de penetrar en los repliegues bastante tortuosos del espíritu “Católico-liberal”; esto tendría que ser fácil puesto que con gusto proclaman tener un espíritu amplio, abierto y generoso.


QUÉ ES EL “CATÓLICO LIBERAL”, Y QUÉ NO ES

El “Católico-liberal” no es ciertamente “naturalista”, ni racionalista, pero teme la afirmación de lo sobrenatural, lo minimiza, delimita rigurosamente su alcance, sea que escriba sobre historia de la iglesia (de Broglie, Monseñor Duchesne), sea que trate de Patrología (Rauschen, Turmel), sea que se dedique a la hagiografía (cfr. “los desmitificadores de los santos”), sea que se ocupe de la exégesis.

Su tendencia naturalista se manifiesta sobretodo en el orden político-social. El concepto de “política cristiana”, ordinariamente se le escapa. En cuanto a la acción social propiamente dicha, en lugar de considerarla como una rama de la acción católica y utilizarla como medio para hacer reinar la Ley de Nuestro Señor sobre el mundo económico, demasiado a menudo se la encamina a la neutralidad, a la interconfesionalidad de asociaciones profesionales, bajo pretexto que estas no son asociaciones o congregaciones pías. Es así que poco a poco, más preocupado del número que de la calidad, limita su visión al fin puramente temporal de sus obras. En este asunto no conoce sino sólo la Encíclica “Rerum novarum” y con el agravante de interpretarla a su manera. Si es director de un diario, suprime sistemáticamente la expresión “católico” con el falaz pretexto de no comprometer a la iglesia, y de hecho para sustraerse de su vigilancia, proclamando su neutralidad en el terreno de lo público.(2) Si es sacerdote, dejando los elevados niveles sobrenaturales, se ceñirá preferentemente en su predicación, a las cuestiones sociales, al alcoholismo, a la disminución de la natalidad, se apasionará por los sindicatos, la agricultura, el problema habitacional de los obreros, campesinos... “Hæc oportuit facere et illa non omittere” (3): ya es la falta de perspectiva que constituye uno de los rasgos del espíritu “católico-liberal” y que volveremos a encontrar más tarde.

No es “libertista” en filosofía, pero tiene un gusto mediocre por el intelectualismo, sobre todo tomista, que dicho sea de paso, se satisface en ignorar. Le opone las filosofías voluntaristas, la filosofía de la inmanencia, de la intuición, o de la acción; preconiza el dogmatismo moral, considerando que responde mejor a las aspiraciones modernas. Tiene horror al Positivismo aún en su parte aceptable, la preocupación de lo real y lo mismo del materialismo. Pero tiene una inclinación por el Idealismo de Kant y de sus discípulos, por otra parte más peligroso. Su horror de lo absoluto lo conduce a la filosofía de puntos de vista, hacia la movilidad, a un relativismo más o menos acentuado.

No es partidario de la libertad fin en sí misma, de la libertad anárquica sin regla. Pero exagera su excelencia y falsea su uso, le da otra medida, extiende su dominio, manifiesta una confianza excesiva en sus felices resultados. No niega, sin embargo, el pecado original, pero la contemplación de su alma cristalina y romántica, le hace creer con mucha facilidad en la bondad de la naturaleza caída.

En teología rechaza con indignación toda acusación de libre examen y se irrita contra los que él denomina amablemente “servidores de la Inquisición”, “cazadores de herejías”, “bulldogs de la ortodoxia”, etc..., pero disminuye tanto como puede el ámbito de las verdades en que se debe creer, el número de dogmas de fe definidos; una Encíclica lo inquieta, pone como pretexto que ha sido escrita por un tal determinado Cardenal, o bien la relega tranquilamente en ese museo de antigüedades que él llama “la tesis”. Pretende una plena libertad en cuestiones que son controvertidas, olvidando un tanto que el «sentido católico», esa sensibilidad de una fe que realmente ama, le exige inclinarse hacia el lado de las preferencias de la Iglesia. A veces, hasta llega a desconocer la verdadera naturaleza del acto de fe en sí mismo, ya no ve lo suficientemente claro el motivo en la autoridad soberana de un Dios infinitamente veraz e infalible, sino en “la libre apreciación del juicio individual, y estima tal ocurrencia, mejor que toda otra” (Dom Sardá): la fe deja lugar a una simple “preferencia doctrinal”.

No se opone a la Ley, pero la teme, tampoco se opone a la autoridad, pero la limita, desconfía por anticipado, se pone en guardia contra los abusos posibles. Respecto a ella es susceptible, discute sus mandatos o los interpreta a su manera, mide su acatamiento con cuenta gotas... y, salvo que parezca favorecer sus tendencias, él deforma y hasta traiciona sus directivas. No está lejos de considerar esta autoridad como un mal menor, y, por consiguiente, existe una marcada tendencia a no aceptarla más que bajo la forma de “consentida” (cfr. Sillon). Por otra parte, gusta oponer libertad y autoridad como dos fuerzas del mismo valor, como dos derechos iguales entre los que trata difícilmente de lograr el justo equilibrio que desea; es más fuerte la tentación de inclinar la balanza hacia el lado de la libertad. Parece no comprender que la ley perfecciona la libertad al limitarla, que la verdadera autoridad es esencialmente liberadora y que no hay libertad legítima más que en el orden, asegurado por la autoridad legítima.

Cierto que no es inmoral, y hasta presenta un cierto gusto por el “moralismo”, es devoto con un sabor protestante, siempre sin preparación suficiente por la verdad especulativa, dogmática o metafísica, que es la que fundamenta la moral, la regula desde lo alto y la corona. Pero, aún esta moral, el “católico-liberal” la entiende reduciéndola demasiado. Desde un principio él calla el aspecto sobrenatural que hace su grandeza y solidez; y en cuanto a la moral natural, desconoce la jerarquía de valores. De esa manera, da una enorme importancia a lo material regulado por la virtud de la templanza y deja casi en el olvido los pecados del espíritu; preocupado por la castidad corporal hasta el puritanismo, no tendrá ningún escrúpulo en mezclar los principios: lo que llamaríamos propiamente la impureza del espíritu. En el orden social extiende hasta el exceso el dominio de la justicia a expensas de la caridad, y el campo de la libertad en detrimento de la obediencia a la autoridad legítima.

No es irreligioso, al contrario, es hasta piadoso y a menudo muy practicante, más su piedad es frecuentemente más sentimental que dogmática, más individualista que “Romana”; hasta podría decirse que se inclina al pietismo pues a menudo sólo busca en las prácticas piadosas la emoción de las que ellas pueden ser fuente, lo que lo expone al peligro de caer en un puro sensualismo del alma. También Rousseau y sus discípulos románticos tenían un sentido religioso, como, más recientemente ciertos inmanentistas y modernistas allá en su subconsciente todo empapado de “divino”. Sumando a esto, el hecho de ser ordinariamente inclinado a equívocos, ama establecer una distinción, de comienzo desgraciado, entre el orden privado y el orden público: piadoso, muy piadoso en lo privado, pretende se neutro en lo público, sin duda por temor de rozar siquiera, la plena libertad de conciencia de otro; la religión es asunto privado de la conciencia de cada uno, y no debemos tener ni la apariencia de condenar a aquellos que no piensan como nosotros, afirmando radicalmente nuestras creencias.

No es un “libertario” ni en el orden político y social, pero es, a menudo —¡sin imaginárselo sin duda, pero en el fondo lo es!—, un anarquista; los principios de libertad e igualdad que admite sin crítica, que quiere con devoción, lo arrastran fácilmente a una especie de religión democrática que casi se confunde con la pura demagogia. Por otra parte, alma de cortesano más que de mártir, cede sin mucho problema, lógicamente satisfecho.

No es tampoco “Revolucionario”, pero experimenta una extraña o ninguna simpatía por los “grandes antepasados”, sobre todo por los virtuosos “Constituyentes” y queda inerme contra las fórmulas equívocas de los principios de 1789. Consternado por ver a la Iglesia y la Revolución en contradicción y en lucha, quiere disipar el malentendido: limando un poco el dogma católico (lo llama “suavizar las aristas” o “hacerse todo a todos”) apreciando con indulgencia la filosofía revolucionaria, se vanagloria de acercarlos y unirlos en un abrazo de paz que supone será definitivo, no haciendo como los intransigentes que lo comprometen todo.

Propiamente hablando, no es un “innovador” ni un adversario declarado de la tradición, pero tiene un gusto muy pronunciado por las novedades. Esto se percibe en las palabras con que se expresa preferentemente: juventud, aurora, nueva era, porvenir, vida y movimiento. No admite tampoco el dogma racionalista del progreso necesario e ineludible, pero se siente obligado a confesar que la era moderna de la libertad de conciencia es incomparablemente superior a aquella que denomina “régimen restrictivo inquisitorial de la Edad Media”. Afirma que es feliz de vivir bajo el reinado de “la hipótesis”, por otra parte esto es lo que mejor conviene a pueblos salidos de la infancia, adultos que buscan el máximo de conciencia y responsabilidad moral y cívica.

No detesta a la Iglesia, ¡oh, no!, pero su gusto inveterado por la quimera democrática y sus matices liberales a menudo lo hacen sacrificar, sin sentirse culpable, los derechos de Dios y de la Iglesia. No es enemigo de la autoridad Romana, pero él no se fía; y cuando tiene ocasión, le enrostra su lentitud en responder a las aspiraciones modernas. En general no se atreve a atacar directamente al Papa, lo compadece de ser un prisionero de quienes lo rodean y aceptar de buen grado a las Congregaciones Romanas. Por otra parte, cuando las circunstancias se prestan, acepta con reconocimiento los favores del poder civil y consentiría sin mucha repugnancia las nuevas “libertades galicanas”, sobre todo si fueran otorgadas por un gobierno popular llamado “libre”.

No es hereje o al menos no lo es todavía, pero su amor por la independencia, su preocupación por tener un espíritu amplio, abierto, su gusto por las novedades, lo ponen en un camino que lleva al abismo. En efecto, es para destacar el hecho que, desde Lamennais hasta nuestros días, la mayor parte de aquellos que han caído en la censura o la condenación de la autoridad eclesiástica, pertenecen a la escuela “Católico-liberal”. La mentalidad de esta escuela constituye el mejor caldo de cultivo para el error; por lo tanto, insistimos en repetir que es en el espíritu de quienes habían sido infestados por esa mentalidad, donde prendió con éxito, deplorablemente, el americanismo, el modernismo doctrinal, el sillonismo, el modernismo histórico, el jurídico y social, provocando resonantes caídas que llegaron hasta la apostasía. Sin embargo, a menudo esas personas procuran quedarse a medio camino, lo que llaman ellos el “justo medio”. Habiendo sido reprendidos con frecuencia se han vuelto prudentes, desconfiados, casi tímidos. Ese tipo de personaje procura evitar todo error formalmente caracterizado, pero guarda una debilidad por el error a medias tintas. Semejante a ese animal que en el agua, desparrama un líquido obscuro para no ser visto por el enemigo, el “Católico-liberal” se envuelve en una nube de equívocos y de confusiones que lo ponen, por un momento al menos, a resguardo de la mirada inquisitiva de la autoridad. En una palabra, como lo hemos dicho, carente de sentido católico, en los temas controvertidos, sus preferencias se dirigen invariablemente hacia el partido menos seguro: el probabilista o al menos el laxista en cuanto a doctrina.

En política, no es un demagogo, y no quiere ser anarquista, pero tiene una marcada preferencia por los gobiernos parlamentarios y populares; en ese caso, él, el adversario de la ley, se vuelve su idólatra porque ella es la expresión de la voluntad general; secretamente desdeñoso de la tradición, de la costumbre que representa el pasado, prefiere el cambio en las leyes, en el gobierno. En general no le gusta que el sacerdote se ocupe en política, aunque fuere para cristianizarla, porque desconfía de lo que llama la teocracia, el “Clericalismo”. Aparte que es una deber estricto para todo católico adherir a la forma de gobierno establecida en un país dado, salvo, puede ser, cuando ella no es democrática y parlamentaria. Hay, en efecto, en el “Católico-liberal” una veneración mal disimulada por la soberanía popular; tiene una gran inclinación hacia la libertad revolucionaria; sacrifica sin embargo la libertad civil siempre deseable, a la obsesión centralizadora de la Democracia, pero protege como a la niña de sus ojos la peligrosa libertad política, lo mismo que a las otras “libertades modernas” de conciencia, de pensamiento, de prensa, etc... Amante también de la igualdad, deplora los privilegios y se llena la boca con el sufragio universal y, sobre un país antes “erizado de libertades” pasa con ira el rodillo nivelador del “Derecho común”.

Desde el punto de vista social y económico, evita ser “socialista”, al menos desde que Roma condenó los errores socialistas y comunistas, ya que al comienzo, se decía gustoso “socialista-cristiano” y hacía de Jesucristo el primer socialista. Hoy se inclina al Estatismo por la proliferación de leyes sociales; sinceramente quiere la supresión de la lucha de clases, pero sobre todo suprimiendo clases y llevándolas a una unificación por la organización jerárquica corporativa y la práctica de las virtudes de justicia y caridad: también aspira a la abolición del proletariado y extender la cooperación así como la participación de los beneficios y en la gestión empresaria.

Finalmente, no es antipatriota: ama a su país y lo prueba cuando tiene la ocasión. Pero su patriotismo, como el antiguo patriotismo revolucionario, tiene un color un tanto especial; es idealista, irreal, lleno de esas nubes con mayúscula que llamamos Derecho, Justicia, Libertad, Progreso... Desde esas alturas llega a considerar con desprecio el humilde “patriotismo territorial”, y al fanatismo nacionalista y chauvinista va a oponer un internacionalismo amplio y generoso.

NOTAS:
(1)
El lector nos perdonará el empleo de este término, tal vez extraño al buen lenguaje. Para nosotros designa el estado que engendra en el espíritu y en el corazón el amor de los fines que imponen las apreciaciones, las estimaciones, los juicios de valor y, por ahí mismo, imprimen a la vida su dirección habitual.
(2) Cfr. La Estrella de la Vendée, con la aclaración de la Semana Católica de Luçon, del 2 de enero de 1926.
(3) “Había que hacer esto sin omitir lo otro” (San Lucas, 11, 42).