LIBERALISMO Y CATOLICISMO
- séptima parte -


por el Padre Roussel

 

“… Los errores modernos envenenan de tal modo la atmósfera que respiramos, que los mejores fieles de la Iglesia se contaminan. Las costumbres de laicización de la Sociedad, de indiferentismo religioso, de liberalismo en todos los campos, son tales, que nos cuesta mucho acoger la verdad en toda su integridad, verdad que nos viene de la sana filosofía y de la fe católica…”
“… El libro del Padre Roussel: Liberalismo y Catolicismo, da una perfecta idea del Liberalismo y del peligro que supone el Catolicismo liberal, que proliferó con motivo del ralliement, se desarrolló con el Sillonismo, el modernismo, el progresismo, para triunfar con ocasión del Concilio Vaticano II, y destruir finalmente todo lo que quedaba de específicamente católico en la fe, la moral, la Liturgia, las instituciones de la Iglesia, por la aplicación del espíritu ecuménico y democrático.
“De ahí la importancia de conocer bien lo que los Papas pensaron sobre el Liberalismo y sus sucedáneos. Su resistencia tenaz y valiente frente a este ataque apocalíptico es también nuestra resistencia. Sus argumentos son nuestros argumentos. Puesto que este ataque tiene como fin la destrucción del orden natural y sobrenatural, la defensa contra él se ha de basar en los principios fundamentales de estos órdenes natural y sobrenatural, y, por consiguiente, en principios inmutables y eternos como Dios mismo, autor de estos dos órdenes…”

(Extractos del curso consagrado al “Magisterio de la Iglesia”,
del año 1979-1980, por Monseñor Marcel Lefebvre)


- La incoherencia fundamental del “Catolicismo-liberal” -

Hemos visto las principales características del “Catolicismo liberal”, de las que participan en mayor o menor grado sus adherentes. Es evidente que en ellos la característica esencial es una incoherencia de base; y esta incoherencia, el “católico-liberal” la lleva al frente, expresada en el mismo nombre que utiliza; desde el Ralliement, prefiere la denominación de “demócrata-cristiano” por otra parte sin mayor éxito, pues su democratismo es más revolucionario que católico, ya lo hemos visto.

Se cree buen católico y no admite que en el ambiente religioso se dude de sus sentimientos; allí, con gran conformidad, deja bien establecida la pureza de su vida moral, su participación en las obras católicas, la asiduidad a la práctica de los sacramentos. Más, afectando un liberalismo no menos sincero, se ingenia para dar toda clase de pruebas a aquellos que no participan en su creencia. Trata así de ganar esa apuesta de conciliar lo inconciliable, el catolicismo y el liberalismo, al menos en la práctica; pero no logra en los hechos más que atemperar el uno con el otro y obtener un Catolicismo disminuido, castrado; un Liberalismo provisoriamente tolerante y neutro. Queriendo ser a la vez católico y liberal, no es ni lo uno ni lo otro, o, más bien, no es ya suficientemente católico ante los ojos de la Iglesia y todavía no es lo suficientemente liberal según los no católicos. Renegado para unos, despreciado por los otros, flota indeciso hasta que cae hacia el lado donde se inclina, es decir, de ordinario hacia “la izquierda” como él dice, habituado al parlamentarismo.

La incoherencia radical, no olvidemos que es esa la idea que refiriéndonos al “Católico-liberal”, nos va a servir de precioso hilo de Ariadna que nos permitirá caminar con seguridad a través del laberinto de su espíritu lleno de nubes, de su conciencia tremendamente embrollada; nos permitirá también darnos cuenta de su mentalidad, de sus procedimientos de apostolado, de sus equivocaciones y sus desengaños constantes también.


- El “Católico-liberal” en el orden especulativo -

El Catolicismo tiene la pretensión de ser el único en dar al hombre la seguridad intelectual, de proveerlo de todas las verdades necesarias y suficientes para la dirección de su vida. Esa seguridad se caracteriza por afirmaciones precisas, dogmas definidos, mandamientos determinados, y descarta tranquilamente todo sistema, toda doctrina que la contradiga. No acepta en absoluto ser un sincretismo caótico que busca en las opiniones adversas y toma de ellas el “alma de verdad” que ellas pudieran contener, sino que se establece como único depositario de la Revelación recibida de Dios y hace un llamado a la razón que él dirige para organizarse y exigirse en una síntesis integral: en este dominio siempre a dado prueba, como depositario fiel, de una santa y admirable intransigencia. Por su lado, el Liberalismo absoluto, a pesar de las apariencias, no es menos riguroso en sus principios y sus dogmas, no es menos terminante en sus exclusiones: es eso, por otra parte, una necesidad objetiva metafísica que va más allá de las intenciones, no se puede ser verdaderamente, sino a condición de ubicarse de hecho, en algo determinado, excluyendo todo contrario.

Sin embargo, el “Católico-liberal” quiere conciliar esos extremos; enemigo de toda intransigencia, moderado por principio, teniendo sobre todo un gusto moderado por la verdad y un odio mediocre por el error, amalgama el blanco católico y el negro liberal y compone con los dos un dulce gris que es una verdadera obra maestra de confusión.

Por eso el “Católico-liberal” tiene miedo de las definiciones; es que por sí mismas son intolerantes, tajantes y antiliberales. Rechaza las afirmaciones netas que dejarían suponer que se puede llegar a lo verdadero, estar seguro de poseerlo, que se debe por consiguiente, declarar erróneo y falso todo lo que se le opone. Tiene horror a las manifestaciones extremas, precisas y determinadas, para él exageradas, que, gracias a un lenguaje confuso y equívoco hábilmente utilizado, se ufana de ubicar en el “justo medio”.(1) Las costumbres parlamentarias modernas han moldeado su imaginación: se encuentra en medio de diversas opiniones, unas de derecha, otras de izquierda y mientras ellas se disputan entre sí, él, prudentemente no da su adhesión más que a las de centro. Así, entre el ser y la nada, el opta por el «devenir» entre la verdad y el error; entre el bien y el mal, establece una zona donde todo se confunde; entre Jesús y Barrabás, hubiera sin duda tomado la posición de Pilatos, a menos que, por horror de los extremos y por la preocupación de un prudente equilibrio no haya reunido en una misma condenación a los dos: el ladrón de caminos y el Hijo de Dios.

Pero esta posición que él cree moderada, no es más que la de un “mediocre”. “Entre el mal por exceso y el mal por carencia, escribe el Padre Garrigou-Lagrange, el bien se eleva como una cumbre…, mientras que el mediocre se sitúa a igual distancia entre el punto culminante y las formas opuestas del vicio. Cree estar en el justo medio donde todo se armoniza y, de hecho, es más bien un medio donde todo se mezcla y se confunde”.

Es por lo tanto un medio injusto e insostenible. Desde el punto de vista intelectual, el justo medio consiste no en un término medio entre el error y la verdad, sino en un extremo, en una cumbre, en la afirmación serena de eso que está regulado sobre los principios, sobre la experiencia, sobre la autoridad. La mediocridad por el contrario, buscará ordenarse sobre las opiniones existentes, verdaderas o falsas, y conciliarlas tomando algunos elementos, su “alma de verdad”, a cada uno por un eclecticismo arbitrario que en lugar de llegar a una síntesis ordenada, se obscurece en una confusión, verdadera babel. Esta mediocridad constituirá en la práctica la esencia del oportunismo.

“La mediocridad, continúa el vigoroso teólogo, (aparece como) una prudente mezcla de verdad y de falsedad, como una ciencia del bien y del mal. En esto, el mediocre pretende realizar aquello que Dios jamás ha podido hacer. Dice que quiere armonizar todo y se pone en situación de embrollarlo todo y destruir. Comienza por establecerse en su centro, a igual distancia del bien y de las formas opuestas del mal manifiesto; para obtener la aprobación de todos o del mayor número, se declara amigo de todo el mundo, se considera modestamente, con la sabiduría que puede conciliar al fin los diversos aspectos de la verdad y los del error; extiende su indulgencia a todas las variedades del mal para reunirlas con el mismo bien. Identifica misericordia y justicia al punto de perdonar al impenitente y de reconocer al error los mismos derechos que a la verdad…” (2) Por otra parte, lo absoluto, ¿existe de hecho con la fuerza de una verdad? ¿y quién puede tener la pretensión de poseerla?, se pregunta ansiosamente el “Católico-liberal”.

A falta de la razón, de la que no está seguro, tendrá al menos el éxito que busca… “El mediocre obtiene (en efecto), el deslumbrante éxito del número…Consigue los malos, los tibios..., y la gente de bien que ha engañado... Muy a menudo el sufragio universal lo adquiere de entrada por una gran mayoría (su opinión triunfa en las asambleas que aun no son del todo sectarias, su diario tendrá el mayor tiraje de la región si ésta se conserva todavía algo católica). A la autoridad de los mejores, la mediocridad prefiere la del número, a sus ojos la cantidad compensa la calidad. De tal manera se inclina naturalmente hacia la democracia que ella se convierte en democratismo…” (3) Esta será muy pronto la demagogia o la sociolatría, la soberanía del pueblo y sus pasiones sustituye a la soberanía de Dios y de su ley.

De este modo, el pretendido “justo medio” del “Católico-liberal” es ante todo y desde el principio la perversión del sentido intelectual, que a su vez no tardará en corromper el sentido católico, como lo comprobaremos enseguida.

En resumen, el “Católico-liberal” es moderado, violentamente moderado, moderado sin medida, fanáticamente tolerante, violentamente neutral en cada ocasión. No importa lo que haga, él mismo cae en el defecto que reprocha a sus adversarios, una intransigencia que Louis Veuillot bien conocía, y ha podido calificar de “sectaria”.

Es, por otra parte, muy susceptible en lo que respecta a las intenciones: si se atacan sus ideas, levanta la voz contra un preceder tendencioso; si se le muestra caritativamente que está equivocado, se indigna porque no se tiene en cuenta su buena voluntad, y se enfurece, acusando a sus adversarios, sobre todo a aquellos que el llama “de derecha”, como exagerados, violentos, llenos de odio.

Añadamos finalmente , que, a pesar de ser laxo en la doctrina en que se impone una severa intransigencia, es personalmente bastante intolerante y autori-tario en puntos en los que podría mostrarse generoso sin inconveniente; y, sin embargo, en eso es lógico, pues la misma pasión de independencia lo hace liberal cuando se trata de someterse, y autoritario cuando se trata de mandar.


- El “Católico-liberal” en la práctica general -

Por principio, el “Católico-liberal” no gusta hablar de principios. Por tanto se mantendrá en el terreno de los hechos, pues en él podrá desplegar más fácilmente sus talentos. Pero de entrada se puede sospechar que su mediocridad para gustar la verdad, le va a conducir naturalmente a la mediocridad en la acción (a menos que el mismo temor de actuar y combatir, determine a su medida la teoría aprendida para justificar su actitud).

En todo caso, se sabe, en efecto, que siempre, toda acción humana eficaz, toda lucha enérgica, presupone necesariamente la percepción del bien que valga la pena conservar o conquistar, de lo contrario no se haría nada o quizás apenas. Esto es lo que los modernos llaman la “ley del interés”: para actuar con energía es necesario amar vivamente y no se amará sino en la medida en que se conozca la importancia, el valor de un bien determinado. Se comprende entonces que una serena indiferencia ante lo verdadero, o al menos una débil convicción, no podrá sino engendrar la apatía, la debilidad en la acción. Esto es caso muy frecuente en el “Católico-liberal”. Agreguemos que su deseo exagerado de conciliación junto a una fe debilitada, lo pondrá en riesgo de transacciones poco claras, compromisos lamentables, que luego lo conducirán a retrocesos, capitulaciones, y traiciones irreparables. La historia de esto cincuenta últimos años nos lo testimonian. Pero el “Católico-liberal” no lo admite y continúa exaltando lo que llama “preocupación por la paz”, “conducta prudente”, “actitud caritativa”, “sentido de la realidad”, “política ventajosa”. Sigámoslo de cerca.


PREOCUPACIÓN POR LA PAZ

El “Católico-liberal” quiere la paz a cualquier precio, pero es un precio demasiado elevado, pues, tal como la concibe y la practica, se realiza siempre en detrimento de la verdad, de los derechos de Dios y de la Iglesia. Ciertamente, todo católico debe amar la paz, es decir, buscar la tranquilidad del orden en todo dominio: “Bienaventurados los pacíficos”. Pero, dice el Cardenal Pie, la paz no es posible más que en la verdad, pues el orden no es posible entre aquello que no está dispuesto según la exigencia de las mutuas relaciones; entre los hombres, sólo si su actividad esta ordenada según la virtud, en particular según la justicia y la caridad que aseguran el respeto de todos los poderes legítimos, de todos los derechos.(4) De ahí que la paz es imposible aquí en esta tierra, entre la Iglesia y el mundo: “Hijo mío, al entrar al servicio del Señor, prepara tu alma para la prueba”.(5)“Así, todos aquellos que quieren vivir con piedad en Cristo Jesús, deberán sufrir persecución”.(6)

Nuestro Señor mismo lo ha predicho claramente: “Seréis odiados a causa de mi nombre”; y en efecto, es un privilegio del Catolicismo el excitar siempre y en todas partes el odio violento o hipócrita del mundo que él condena. La Iglesia militante luchará en tanto haya almas que salvar. En consecuencia, el pacífico es con frecuencia llevado a preparar y hacer la guerra contra los perturbadores del orden, contra la concupiscencia, contra el mundo, contra Satán. Es pues por amor del orden y de la paz que atacará la ignorancia, el error, la pasiones, para salvar almas. El “Católico-liberal” ignora las verdaderas condiciones para la paz, esta permanencia del orden, puesto que él lleva el desorden en su pensamiento como en el mismo nombre que se da. Quisiera el acuerdo de voluntades por encima y a pesar de la divergencia y la oposición de los espíritus. No alcanza más que a una tolerancia superficial y provisoria en la que el catolicismo lleva todo lo de perder y nada que ganar. No logra en absoluto la verdadera paz, no obtiene ni siquiera la estima de sus adversarios: ¡Cuántas veces lo hemos visto tender con penosa insistencia una mano que se le rechazaba con desprecio! No, el “Católico-liberal” no es pacífico, es pacifista: tiene de ello las dos principales características: aversión a sus hermanos católicos sin epítetos, la comprensión con los enemigos.


ACTITUD CARITATIVA

¡Caridad, caridad! Esta es una de las excusas con que el “Católico-liberal” trata de justificarse. La verdadera caridad consiste en amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo por amor de Dios; ella no separa estos dos amores, ama a Dios y al prójimo como dios lo manda, en el orden y de la manera que El lo quiere, es decir, con, por, y en Jesucristo y la Iglesia. Sabe que el primer bien es la verdad: difundirla será pues su primer deber. Y porque ama fervientemente, detesta con vigor; experimenta un odio implacable al mal, al error, al pecado y busca destruir todos los obstáculos que se oponen a la misión apostólica de la Iglesia. Comentando las palabras de San Pablo: facientes veritatem in caritate, el Cardenal Pie escribe: “La caridad implica ante todo el amor de Dios y de la verdad; no teme pues sacar la espada de la vaina cuando está en juego el interés de la causa divina, sabiendo que más de un enemigo no puede ser cambiando o curado más que por los golpes enérgicos y heridas saludables”. ¿Ama a Dios por sobre todas las cosas el “Católico-liberal” que desconoce su verdad y hace y negocia con tanta habilidad sus derechos imprescriptibles? ¿Ama a su prójimo cuando no emplea todas sus posibilidades para sacarlos del error y hacerle la limosna de un poco de verdad sobrenatural? ¿Es verdaderamente amar a un enfermo ocultarle su mal en vez de curarlo? ¿Es verdaderamente tener piedad de las almas, callar las verdades algo duras pero que sólo por ellas podrían despertarse y salvarse, argumentando que no se los quiere violentar?... No, la caridad del “Católico-liberal” está mal ordenada por no decir directamente deformada. Es más de caridad desordenada que caritativo, pues si es todo dulzura con el incrédulo, es en cambio todo acritud, animosidad con el católico. Su corazón se vuelve hacia «la izquierda» como sus ideas, y en ese sentido no ve en ellos más que equivocados, extraviados y les prodiga tesoros de indulgencia de la que no le queda nada para los verdaderos católicos; con ellos se muestra fácilmente acervo y violento: entonces “su celo es amargo, su polémica agria, su caridad agresiva” (Dom Sardá).


CONDUCTA PRUDENTE

¡Pero al menos es “prudente”, el “Católico-liberal”! Hace de la prudencia su esencia, algo propio, casi su definición; ¿acaso no es la virtud del “justo medio” por excelencia, y reguladora de todas las virtudes? No será él quien comprometerá el bien, pretendiendo tontamente lo más perfecto; él sabe contentarse sabiamente con lo «posible», es lo que repite siempre con una modestia que le satisface. Mas, ¿qué es ubicarse en lo justo? La prudencia se define como la rectio ratio agibilium, lo que puede traducirse como el arte de lograr, en el verdadero sentido de esta palabra, es decir, llegar plenamente a sus objetivos. La prudencia no perderá de vista jamás este fin que es aquí el fin último del hombre y del universo y apreciará todos los medios en relación con este último fin. Procurará el mayor bien realizable en determinadas circunstancias dadas, pero no considera eso mas que como un paso hacia el fin último y no se queda en esas circunstancias como en una etapa definitiva. Ante el mal, lo trata en la medida en que pueda lograr un bien, pero no se acomoda jamás a él y si lo soporta provisoriamente es porque espera una ocasión propicia o la provoca para triunfar más completamente. Así pues, adaptándose a las circunstancias a fin de lograr el mayor bien actual, no cesa de trabajar en reformar las malas disposiciones para aumentar siempre el mayor bien posible; nunca es una prudencia resignada, sino conquistadora; quiere el logro de su objetivo y por eso no desdeña aun la fuerza, pero la regula y la utiliza en vista de sus fines. La prudencia del “Católico-liberal” no se eleva del nivel común porque su visión es limitada; no levantando lo suficiente su mirada, no ve lo necesariamente lejos y le falta así la sabiduría “ciencia de las causas más elevadas”. Es débil e indecisa por falta de convicción y de fe; es que el «Católico-liberal» tiene demasiada confianza en las pequeñas fuerzas humanas y no lo suficiente en Dios y en su Gracia. Es la prudencia del mundo, la prudencia “carnal”. De donde, el combatir no es de ninguna manera su quehacer y blasfema de la fuerza en lugar de ponerla al servicio de la verdad. Es una prudencia que no saber organizar más que operaciones de retirada, en el fondo es el temor y tal vez la dejadez.


SENTIDO DE LA REALIDAD

El “Católico-liberal”, a falta de “sentido católico”, se cree y gustosamente dice estar dotado del sentido de la realidad. No es un teórico sino un realizador. Conoce su época, la conoce al detalle, sus aspiraciones y necesidades. A pueblos adultos y ávidos de libertad, hay que presentarles la verdad de manera nueva y urge a la Iglesia para que entre en el diapasón del progreso actual. Es decir, no tiene, desgraciadamente, ni el sentido de las realidades especulativas naturales ni sobrenaturales, dado su amor excesivamente tibio por la verdad, ni tampoco el sentido de las realidades prácticas, por su carencia asombrosa de psicología. Pretende conocer las aspiraciones de su tiempo, pero desconoce las aspiraciones profundas de toda época, las de la inteligencia por lo verdadero universal, las de la voluntad por el Bien Soberano. Ignora la atracción invencible que ejerce sobre toda alma la exposición franca de la verdad; por otra parte demasiado confiado en los medios humanos, no sabe apoyarse sobre Aquel que hizo el cielo y la tierra, sobre la gracia todopoderosa de Jesucristo, no tiene suficiente fe, particularmente en la afinidad profunda que existe entre el alma sacerdotal y el alma bautizada. De tal manera, si él es sacerdote, su predicación es ineficaz y floja porque sustituye demasiado a menudo, por palabras elocuentes y persuasivas, la “virtus Christi”. En lugar de hablar de autoridad, como representante de Dios y embajador de Cristo, se hace pequeño, hombre, suplicante, y no obtiene entonces sino, a lo sumo, un resultado humano y a veces la indiferencia y el desprecio. Carece también de psicología con respecto al adversario obstinado: se imagina que al ceder siempre ante él obtendrá más, y cada vez pierde terreno. Eso es lo que llama lo “posible”, el “mal menor”; pero cuando hace de esta actitud un sistema, entonces verdaderamente el «mal menor» se vuelve el peor de los males, el famoso “posible” se reduce sin cesar porque poco a poco a medida de sus retrocesos, el adversario no cesa de avanzar y conserva sus conquistas: esa es la historia de la resistencia “liberal-católica” desde hace cincuenta años. ¡Se ha llegado hoy a la aceptación y al respeto de las leyes laicas! Esta es la política de resultados. Los cuales son desoladores.

Así, el pretendido “justo medio” se desplaza continuamente y siempre hacia lo peor. Es de destacar, en efecto, que el “Católico-liberal”, colocado entre la iglesia y la Revolución, se aleja regularmente de la iglesia para acercarse a la Revolución: en este sentido, sí, el es a menudo muy “adelantado”, va hacia el pueblo, ¿pero es para adaptarse a él, o para conformarlo en Jesucristo? Así, el “Católico-liberal”, cuya intención era reconciliar la Iglesia con la Revolución, de hecho, ha permitido, ha hecho posible y fáciles las conquistas de la Revolución; el no ha conquistado nada de la izquierda y ha hecho perder mucho a la derecha, no ha logrado nada en cuanto a conversiones y ha facilitado muchas perversiones y apostasías. Nos reprocha comprometer a la Iglesia, en tanto se comprometen, ellos mismos, ante el mundo hostil por el simple enunciado de lo que ellos creen y quieren. Nosotros los acusamos de traicionar la Iglesia, ya sea debilitando la fe o bien quebrando la resistencia católica, pactando desinhibidamente con el adversario mismo. Louis Veuillot ha podido por ello escribir: “Ningún grupo, ningún notable revolucionario, ha sido convertido aun, por los programas, los progresos, las delicadezas, ¡y es necesario decirlo!, por las debilidades de los «Católico-liberales». En vano estos han renegado de sus hermanos, despreciando las Bulas, explicando o desdeñando las Encíclicas; estos excesos les han valido mezquinos elogios, humillantes estímulos, ninguna adhesión. Hasta ahora la capilla liberal no es una entrada, sino que más parece ser nada más que una salida de la Iglesia”.

Sin embargo, al “Católico-liberal” no le falta inteligencia, tiene elocuencia, talento, erudición y bien lo sabe. Pero es su posición la que es “imbécil” en el sentido latino del término: en lugar de construir sobre la roca “fundatus supra firmam petram”, construye sobre la arena movediza de la libertad y ahí se hunde; es su posición que es contradictoria pues deplora los efectos de las causas que el ama; quiere combatir la impiedad, la inmoralidad, la herejía, y no ve para ello más que su liberalismo y hacia allí va derecho sin aceptar otra cosa.

NOTAS:
(1)
“La verdad les parece un exceso como el error. Demasiado sabios para detenerse en este, demasiado débiles para elevarse hasta aquella, se quedan a mitad de camino, y llaman moderación e imparcialidad a su debilidad, olvidando que, si hay que ser imparcial con los hombres, no se puede, en moral, ser indiferente entre las opiniones” (De Bonald). Es el caso de decir: “in medio stat virtus”.
(2) Cfr. “Dios”, pág. 733.
(3) Cfr.“Dios”, pág. 737.
(4) Estas virtudes sociales, por otra parte, no pueden ser plenamente comprendidas y realizadas más que en el seno de la verdadera Religión; pues sólo el Catolicismo, orden íntegro y fuerza misma de Dios, es de naturaleza para conducirlas a la perfección relativa que comportan en este mundo.
(5) Eclo, 2, 1.
(6) II Timoteo, 3, 12.